Teníamos héroes - Frank Miller

 

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Fuente: https://youtu.be/YbETtH36Zlo?si=G70ARewGhifVfT3g

Hay un pequeño bar que está abierto y lleno de clientes antes de que la mayoría de nosotros a tomado el café de la mañana. El local está dos pisos debajo de las calles del centro de Metrópolis. De la parada Schuster, por la salida sur, tuerce dos veces a la izquierda, camina unos diez metros y estará justo ahí.

Pero podrías pasarte con la misma facilidad y sin saber que está allí; no hay ningún cartel ni siquiera una puerta, solo un pasillo oscuro que parece un buen lugar para un asesinato. Sigue el olor a cigarrillo y el sonido de la máquina de discos del interior. Es un pequeño tugurio aceptable y, si llegas antes de la hora punta matutina, es muy probable que encuentres un taburete.

La primera pista de que hay algo que no encaja en este sitio es el camarero. Nunca olvidarás su rostro: es una mole que ha visto demasiado, un hombre roto con láseres en los ojos. Su frente es una baliza de grietas, una avalancha esperando a suceder; su piel ha perdido su natural color amarillento y se ha vuelto un poco gris. Tiene una voz como latas de Coca-Cola aplastadas bajo el suelo. Se llama Jones, dice que es de Marte y nadie le dice que está loco, ni siquiera alguno de esos tristes borrachuzos. Pero tampoco es que le tengan miedo. Ellos han visto y hecho cosas que se supone que son imposibles. No son de los que alardean de que puedan levantar coches a pulso, correr más que una bala, o saltar al aire y quedarse ahí. No, estos tipos no tienen nada que demostrar.

Excepto el viejo Chasquidos. Siempre en el mismo taburete del final, chasqueando los dedos al ritmo de la música y hablando sin parar sobre grandes poderes, aventuras por todo el mundo, viles conquistadores mundiales y todo lo que se te pueda ocurrir. Nunca deja de chasquear esos malditos dedos, nunca deja de sorber y farfullar sobre los viejos tiempos, los días de gloria, la edad de oro. 

La llaman la edad de los héroes.

Y el resto de los viejos gruñen, afirman con la cabeza y refunfuñan entre ellos contándose viejos chistes que se han contado miles de veces. Incluso el gordo y rojizo Pingüino suelta un par de palabrotas antes de echarse a llorar. Entonces empiezan a hablar y, si eres un poco listo, escuchas. Hablan: son aventuras increíbles y suenan como una panda de mecánicos jubilados. Hablan sobre el Hombre de Acero, sobre la Princesa Amazona... pero nunca hablan del malo, del cruel. Él que no podía volar ni doblar el acero con sus manos. Él qué asustaba a los criminales y se reía del resto por ser unos cobardes envidiosos. No, nunca hablan de él.

Pronuncia su nombre y verás combarse tanto la cara de Deppin que la mandíbula le tocará la barra. Ni uno de ellos quiere hablar de Batman. ¿Fue asesinado silenciosamente o decidió que ya no merecíamos la pena? La pregunta flota en el aire unos segundos y luego Jones sirve una ronda para todos, incluido él, y vuelven a hablar sobre los viejos tiempos, los días de gloria. 

Lo recuerdan, estuvieron ahí, en el meollo. Entonces, no hace mucho tiempo, teníamos héroes.

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