Análisis de la ciudad rusa de "Crimen y castigo".

 

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Fragmento:

Rechazaba este pensamiento porque le torturaba; sólo tenía un sentimiento y una idea: que era necesario que todo cambiara, fuera como fuere y costara lo que costase. «Sí, cueste lo que cueste», repetía con una energía desesperada, con una firmeza indómita.  

Dejándose llevar de una arraigada costumbre, tomó maquinalmente el camino de sus paseos habituales y se dirigió a la plaza del Mercado Central. A medio camino, ante la puerta de una tienda en la calzada, vio a un joven que ejecutaba en un pequeño órgano una melodía sentimental. Acompañaba a una jovencita de unos quince años que estaba de pie junto a él y que vestía como una damisela: llevaba miriñaque, guantes, mantilla y un sombrero de paja con una pluma de un rojo de fuego, todo ello viejo y ajado. Estaba cantando una romanza con una voz cascada, pero fuerte y agradable, con la esperanza de que le arrojaran desde la tienda una moneda de dos kopeks.  

Raskolnikov se detuvo junto a los dos o tres papanatas que formaban el público, escuchó un momento, sacó del bolsillo una moneda de cinco kopeks y la puso en la mano de la muchacha. Ésta interrumpió su nota más aguda y patética, como si la hubiesen cortado. —¡Basta! —gritó a su compañero, y los dos se trasladaron a la tienda siguiente.  

—¿Le gustan las canciones callejeras? —preguntó de súbito Raskolnikov a un transeúnte de cierta edad que había escuchado a los músicos ambulantes y tenía aspecto de paseante desocupado.

El desconocido le miró con un gesto de asombro.

—A mí —continuó Raskolnikov, que parecía hablar de cualquier cosa menos de canciones— me gusta oír cantar al son del órgano en un atardecer otoñal, frío, sombrío y húmedo; húmedo sobre todo. Uno de esos atardeceres en que todos los transeúntes tienen el rostro verdoso y triste, y especialmente cuando cae una nieve aguda y vertical que el viento no desvía, ¿comprende? A través de la nieve se percibe la luz de los faroles...  

—No sé... no sé, perdone —balbuceó el paseante, tan alarmado por las extrañas palabras de Raskolnikov como por su aspecto, y se apresuró a pasar a la otra acera.

El joven continuó su camino y desembocó en la plaza del mercado, precisamente por el punto donde días atrás el matrimonio de comerciantes hablaba con Isabel; pero la pareja no estaba. Raskolnikov se detuvo al reconocer el lugar, miró en todas direcciones y se acercó a un joven que llevaba una camisa roja y bostezaba a la puerta de un almacén de harina.

—En esa esquina montan su puesto un comerciante y su mujer que tiene aspecto de campesina, ¿verdad?

—Aquí vienen muchos comerciantes —respondió el joven, midiendo a Raskolnikov con una mirada de desdén.

—¿Cómo se llama? ¿Cómo le pusieron al bautizarlo? ¿Eres tal vez de Riazán? ¿De qué provincia?

El mozo volvió a mirar a Raskolnikov.

—Alteza, mi familia no es de ninguna provincia, sino de un distrito. Mi hermano, que es el que viaja, entiende de esas cosas; pero yo, como tengo que quedarme aquí, no sé nada. Espero de la misericordia de su alteza que me perdone. Es un filón lo que hay allí arriba: una taberna, hay un billar, incluso algunas "princesas"... es un lugar muy chic.

Raskolnikov atravesó la plaza. En uno de sus ángulos se apiñaba una multitud de mujiks. Se introdujo en lo más denso del grupo y empezó a mirar atentamente las caras de unos y otros, pero los campesinos no le prestaban la menor atención; todos hablaban a gritos, divididos en pequeños grupos. Después de reflexionar un momento, prosiguió su camino en dirección al bulevar y pronto dejó la plaza y se internó en una calleja que, formando un recodo, conduce a la calle de Sadovaya. Había recorrido muchas veces aquella callejuela; desde hacía algún tiempo, una fuerza misteriosa le impulsaba a deambular por estos lugares cuando la tristeza le dominaba, con lo que se ponía más triste aún.

Esta vez entró en la callejuela inconscientemente. Llegó ante un gran edificio donde todo eran figones y establecimientos de bebidas; de ellos salían continuamente mujeres descalzas y vestidas con negligencia, como quien no ha de alejarse de su casa, y formaban grupos aquí y allá en la acera, especialmente al borde de las escaleras que conducían a los tugurios de mala fama del subsuelo. En uno de estos antros reinaba un estruendo ensordecedor: se tocaba la guitarra, se cantaba y todo el mundo parecía divertirse. Ante la entrada había un nutrido grupo de mujeres; unas estaban sentadas en los escalones, otras en la acera y otras, en fin, permanecían de pie ante la puerta charlando. Un soldado bebido, con el cigarrillo en la boca, cerdeaba en torno de ellas lanzando juramentos; al parecer, no se acordaba del sitio a donde quería dirigirse. Dos individuos desarrapados cambiaban insultos y, en fin, se veía a un borracho tendido cual largo era en medio de la calle.

Raskolnikov se detuvo junto al grupo principal de mujeres. Éstas platicaban con voces desgarradas; vestían ropas de indiana, llevaban la cabeza descubierta y calzado de cabritilla. Unas pasaban de los cuarenta, otras apenas habían cumplido los diecisiete; todas tenían los ojos hinchados. El canto y todos los ruidos que salían del tugurio subterráneo cautivaron a Raskolnikov. Entre las carcajadas y el alegre bullicio se oía una fina voz de falsete que entonaba una bella melodía, mientras alguien cantaba furiosamente al son de una guitarra, marcando el compás con los talones. Raskolnikov, inclinado hacia el sótano, escuchaba con semblante triste y soñador.

—"Mi hombre, amor mío, no me pegues sin razón" —cantaba la voz aguda.

El oyente mostraba un deseo tan ávido de captar hasta la última sílaba de esta canción, que se diría que aquello era para él cuestión de vida o muerte. «¿Y si entrase?», pensó. «Se ríen, es la embriaguez... ¿Y si yo me embriagase también?».

—¿No entra usted, caballero? —le preguntó una de las mujeres. Su voz era clara y todavía fresca; parecía joven y era la única del grupo que no inspiraba repugnancia.

Raskolnikov levantó la cabeza y exclamó mientras la miraba:

—¡Qué bonita eres!

Ella sonrió al cumplido.


Análisis de recursos:

1° Psicogeografía.

Dostoievski no describe San Petersburgo como es, sino como quiere que se sienta. A través de una claustrofobia abierta te presenta una amplia plaza pero no deja de utilizar palabras como "callejuelas" o "estrechez". Además, el protagonista no se mueve por aquí por gusto, sino que está siendo impulsado "inconscientemente", razón por la cual no sabe comportarse como una persona normal.

2° Juego de contrastes.

La muchacha que canta lo está haciendo mal, y aún así Raskólnikov le da dinero. Esto en lugar de ser una recompensa, hace que la empujen y vayan a otro lado. Sus monólogos reflexivos, no inspiran la reflexión de la gente, sino que la aleja. Además, Dostoievski utiliza soberanamente bien el "efecto foco", seguimos las desventuras de Raskólnikov porque es el protagonista, no porque lo que haga importe, ya que mientras él está mirando las caras de los campesinos, a él nadie le está prestando atención.

3° El lenguaje de la jerarquía social.

El diálogo con el joven de la camisa roja establece tres pautas claras para detallarte perfectamente a un personaje que no va a volver a salir. 

1° Es joven pero bosteza porque está cansado frente a un almacén de harina, lo que nos dice que probablemente trabaje allí. 

2° No sabe nada del sitio, y tampoco le importa, por eso no se esfuerza en seguir la conversación con Raskólnikov.

3° El sarcasmo para romper el sistema de castas social. Al ver a Raskólnikov preguntarle por su provincia, cuando él es de un origen más humilde, hace que le responda con humildad agresiva: "alteza", "su misericordia".

4° Percepción como foco de escasa luz.

La descripción del callejón donde están las damas son apenas tres líneas, y no necesita detallarte cada detalle para que te lo imagines como un lugar sucio. Te cuenta que hay tres damas en un hostal, un borracho y dos hombres peleándose, con eso y la atmósfera ya construida, es suficiente.

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