Hasta que llueva por última vez.

Prólogo.

"Encarar al padre de las calumnias no fue de mis ideas más inteligentes, él me maldijo con la carga de enfrentar a sus acólitos uno a uno, siempre con la fuerza suficiente para seguir, nunca con la fuerza suficiente para acabar. 

Lucharé eternamente si es preciso, su poder no puede durar para siempre... Espero. 

Sea como fuere, no dejaré que me venza sin presentar batalla, blandiré mi espada hasta que mi sangre se derrame y empape el suelo que piso. 

Hoy y siempre voy a luchar hasta que llueva por última vez".

Palabras grabadas a fuego en la tumba de Nácido alamanecer.

Capítulo 1: Sombras naranjas.

Despertó estirado todo lo largo que era en aquel viejo sofá cama azul. No lo conocía pero lo odiaba, tanto como odiaba el color gris sin fuste de las paredes y aquel cuadro de la esquina que no sabía que representaba.

- Ya iba siendo hora de que te despertaras dormilón - dijo la voz que rápidamente identificó como la de su hermano.

- ¿Cuanto tiempo llevo dormido? - preguntó incorporándose.

- Unas 10 horas.

- Joder... - expresó en un suspiro apagado.

Sentía los huesos agarrotados y tal vez algo de confusión, miraba a la cara de su hermano y aunque lo reconocía no podía describirla.

- ¿Por qué estoy sin camiseta? - dijo mientras se miraba, lo único que llevaba puesto era su vaquero marrón, sus brazales de cuero negro acabados en guantes sin dedos y sus siempre lustrosas botas negras.

- Tus estúpidas borracheras haciendo de las suyas otra vez, ¿Eh? 

Él apretó la mano por instinto y entonces notó el mango en su mano derecha, estaba apretando un cuchillo de 70 centímetros. ¿Eso acaba de aparecer? Lo notaba ligero pese a su gran peso, tardó poco en reconocerlo como suyo.

- ¡Oye! - Gritó su hermano. - ¿Me estás escuchando? Deja esa antigualla en su sitio antes de que lastimes a alguien, Hel.

Su hermano lo estaba reprendiendo apuntándole con el índice, aunque su tono era acusador tenía una media sonrisa en los labios y una ceja arqueada.

Hel no lo pensó mucho, dio un giro de muñeca mientras estiraba el brazo y cortó el dedo de su hermano con una precisión de cirujano.

- ¿Pero que cojones? - gritó su hermano retrocediendo.

- Tú no eres mi hermano - aseguró Hel con calma. - Mi hermano no me llamaría así.

- ¿De qué estás hablando? - dijo su hermano tapándose el índice cortado con la otra mano. - Te he llamado Hel, ese es tú nombre.

- Si - dijo haciendo una pausa dramática - pero la hache es muda.

Su "hermano" había pronunciado el nombre con una pronunciación inglesa, literalmente "jel". Mientras que la pronunciación correcta sería con una hache castellanizada, "él".

- Además, si eres mi hermano, ¿Por qué no sangras como yo? Mejor dicho, ¿Por qué no sangras en lo absoluto? 

No hubo más preguntas cuando Hel soltó un puño con la izquierda que se descargó sobre la nariz de su hermano. Rompió el tabique, había escuchado crujir la nariz, pero no sangraba. 

Su hermano cayó rodando de espaldas, tirando el sofá cama. Hel se acercó a mirar pero ya no veía nada allí.

Distraído por la confusión del momento, sintió como sus costillas crujían con un golpe. Atrapó con gran destreza la pierna que no podía ver y rajó con sus uñas la piel, no sangraba, y no solo eso, su propia sangre desaparecía al entrar en contacto con esa cosa invisible.

Hel divisó muy tarde la sombra que se alzaba tras él, había recogido el sofá cama del suelo y lo estrelló contra su espalda, haciendo que soltara la pierna y obligándolo a darse de bruces contra el suelo. Eso sí, la empuñadura de su cuchillo seguía firme en su mano.

Hel notó que su nariz había hecho contacto con algo viscoso que se había pegado a su cara, aunque no lo veía sabía que era el dedo cercenado. se giró para estar boca arriba a la par que con su pie se impulsaba en el suelo para levantarse, chocando de espaldas con una pared. Se puso en guardia, el cuchillo en un ángulo de sesenta grados.

Cuando se había levantado había visto por breves segundos una figura más en la habitación, un hombre mayor con una calva en el centro de su cabeza pero con peinado cano al rededor, vestía con jersey verde y pantalones grises. Ahora no había nadie delante de él, pero su nariz detectaba olores, un aroma similar a mezclar hierro y huevos podridos, esa era sangre que había salido del dedo y que también provenía de una nariz rota a pocos pasos de él.

Cerró los ojos y se concentró, lanzó una estocada en la dirección correcta y su cuchillo atravesó al objetivo, había hundido en el cráneo desde la punta hasta la empuñadura.

La poca alegría que tuvo con ese movimiento la perdió cuando una serie de golpes llegaron sobre todo su cuerpo. Desde el estómago hasta las rodillas, desde puños hasta patadas, eran demasiadas acciones para que las realizara un solo individuo, ¿Habían llegado más de estos seres invisibles? ¿Cómo? No había escuchado pasos.

Con una estrategia desesperada empujó su cuchillo hacia arriba, luego dio un tajo en ángulo descendente soltando el cuchillo en el momento preciso para que se clavara en el suelo de hormigón no muy lejos de él. Tomó lo que supuso eran las piernas cada una con una mano y empezó a girar sobre una punta de su pie como si de una bailarina de ballet se tratase. Todo el lugar se llenó con aquel hedor de la sangre. Finalmente tiró ambas mitades del cadáver que al tocar el suelo se hicieron visibles, dando lugar a un hombre de tela naranja.

Hel tuvo que encajar de la mejor manera posible un golpe directo a la nariz. No podía retroceder más, tenía la espalda contra la pared, se maldijo por haber soltado el cuchillo pero no perdió la calma.

Notó como el olor más fuerte se acercaba a él, contraatacó en dicha dirección con un gancho. Ambos puños chocaron pero la muñeca del rival quedó totalmente partida y sus huesos estallaron como ramitas. En un rápido movimiento Hel agarró el antebrazo invisible, obligándolo a golpearse en la cara salpicándose con aquel olor pútrido. Una vez identificó la cabeza llevó ambas manos hacia ella y le partió el cuello. Cayó al suelo el cuerpo de una mujer de no más de cuarenta años.

Hel identificó rápido otro ataque con el mismo olor, saltó hacia la izquierda para esquivarlo y devolvió con fuerza un puñetazo con la diestra a lo que identificó como el pecho de la criatura. Su puño pasó a través de las costillas y arrancó la columna vertebral a la altura del cuello. Esta vez sí apareció el cuerpo del anciano, pero no solo eso, el lugar donde debió situarse el golpe que había evadido mostró que se trataba de su cuchillo clavado en la pared donde antes no había nada.

Las piezas hicieron clic dentro de la cabeza de Hel, esto seres no eran solo invisibles, estaban jugando con su percepción. Así como le habían hecho creer que eran hermanos, manipulaban su percepción para que creyera que eran invisibles, por eso no dejaban sombra, por eso no sangraban y por eso no los escuchaba. Pero si podía olerlos, porque nunca había dejado de creer que la sangre tenía olor. Su cuchillo era la viva prueba de esto, no lo veía porque no había percibido como lo tomaban del suelo pero si lo había visto clavarse en el cráneo porque percibía que lo había hecho.

Hel sonrió como no había sonreído hasta ese día, tomó el cuchillo de la pared y puso la mente en blanco. Él percibía a las otras personas de la sala, las percibía como percibió al anciano cuando sabía que tenía que haber alguien más en él lugar. Entonces abrió los ojos y encontró a dos mujeres, una rondaba los cuarenta y la otra era una anciana. Ambas mantenían la distancia, aterradas.

- Yo... - empezó a decir la mujer.

Hel no la dejó acabar, lanzó su cuchillo con excelente precisión atravesando su ojo. Cuando la anciana reaccionó medio segundo más tarde, Hel ya estaba sobre ella, la había puesto de espaldas al suelo y la tomaba por los hombros.

- Pi, pi, piedad - murmuró la vieja.

- ¿Piedad? Ya no me queda de eso - haciendo presión con los pulgares en su gaznate, casi se deleitó al escuchar el cuello crujir.

Hel no daría piedad a ninguno de los acólitos del innombrable, cuando tuviera sed se alimentaria de sus lagrimas de cocodrilo.

Capítulo dos: Pingulaser.

Dio un paso sobre el hielo, Hel estaba buscando algo fuera de lo común en ese paraje helado. Escuchó un crujido acompañado de un brazo que sobresalía del suelo lo cual le hizo ponerse en guardia.

La mano se apoyó en la superficie, con una fuerza descomunal partió la capa de hielo y se puso en pie quien sería su adversario.

El torso era una mesa octogonal que le servía cuál caparazón de tortuga. Su mano izquierda portaba un sable energético, de cintura para abajo iba ataviado con vaqueros azules y mocasines marrones. Su cabeza como rasgo más significativo era la cabeza de un pingüino.

"Un pingüino laser, ¿De qué otra forma sería, no?" Habló Hel para sus adentros.

Había una distancia de treinta pasos entre ellos que se redujo a cero cuando Hel atacó. Su confiable estocada directa al centro del pecho debía ser suficiente, en cambio el pingüino recibió el impacto y la mesa que usaba cuál armadura ni se arañó.

Su oponente dio un revés con la izquierda que Hel bloqueó con ambas manos en él puñal. El hierro empezó a fundirse por lo que Hel se vio obligado a extraer energía cálida de él mismo para contrarrestar el láser.

Estaba demasiado concentrado en eso y no vio como el pingüino usaba su mano derecha para tomarlo del cuello, lo levantó un palmo del suelo y lo estrelló contra el hielo de espaldas.

Hel notó el frío en su desnudo cuerpo sin camisa, por instinto usó más energía interna, necesitaba calor y con eso obtuvo más fuerza, la suficiente para estirar su cuello y morder la mano del pingüino en el espacio entre su pulgar y el índice.

El pingüino lanzó un alarido de dolor impropio del animal que tenía por cabeza. Quiso llevar su espada hasta el cuello de Hel pero este último con ambidiestra habilidad, bloqueó la espada con su cuchillo y la hizo resbalar por el filo hasta la empuñadura cercenando los dedos del pingüino. Sin perder tiempo propició una serie de puñaladas rápidas al antebrazo desgarrando piel y hueso.

El pingüino laser alzó a Hel por el cuello y lo aventó cinco metros por el aire con otro sonoro quejido.

Hel se estrelló múltiples veces contra el suelo girando de lado, su pecho y espalda con numerosos cortes y magulladuras.

Mirando al frente no dio crédito cuando el pingüino contraía sus extremidades hacia su pecho como una verdadera tortuga. Aún con un brazo fuera, lo clavó en la tierra y haciendo una acción similar a cavar con los dedos se impulsó hacia delante, girando en vertical a frenética velocidad, como un neumático cuesta abajo.

Hel en lugar de retroceder echó a correr en su dirección, solo a milímetros de chocar, saltó y asestó una patada con el talón en las aberturas del octógono. Hundiendo el pesado cuerpo del pingüino en las aguas heladas del polo tras hacerlo atravesar una capa de tres metros de hielo.

Cuando Hel se estaba preparando para tomar un respiro mientras acumulaba energía, algo debajo de él comenzó a resquebrajarse. Las aguas empezaron a girar en un tornado en el sentido de las agujas del reloj cada vez más rápido y las capas superiores de hielo se estaban partiendo. En el centro del remolino estaba, como no, la mesa octogonal.

Todo el suelo se partió en un diámetro de doce metros, girando al son del remolino y cada vez más y más rápido.

Hel clavó el cuchillo al suelo y se aferró a él lo más que pudo para no soltarse. Tenía que salir del rango del ciclón, ¿Pero como? Las piezas de hielo se habían partido completamente a su alrededor y la suya no tardaría mucho en hacerlo. Tirarse al agua era una estupidez, aunque el frio no le afectara no podría nadar muy lejos.

Hel no tuvo que pensarlo mucho ya que el pingüino empezó a girar desde el mismo centro en la otra dirección a más velocidad aún. El efecto de choque entre las dos fuerzas desencajó el cuchillo y mandó a Hel a volar unos catorce metros. Hel sopesó las consecuencias y decidió caer de lado, apoyando todo su peso en el hombro derecho. Derrapó con el mismo otro tramo de seis metros y se levantó lo mejor que pudo. Su brazo desollado estaba en carne viva, expuesto al frío y sin forma de curarse.

Hel apretó los dientes, empezó a acumular todo el calor que pudiera, sentía su piel arder, sentía rabia y sentía muchas cosas, pero lo que no sentía era miedo, ni siquiera por aquel tornado que había salido del agua y giraba a 380 kilómetros hora en su dirección. Para colmo de males el tornado comenzó a desprenderse de sus trozos de hielo y láminas astilladas volaban hacia Hel.

Hel se preparó para el primer impacto, una lámina del tamaño de una vaca calló sobre él, pero este dio un simple corte horizontal con el cuchillo y la misma se partió sin oponer resistencia.

Con una sonrisa en sus labios Hel se lanzó a la carga, tenía tanto calor acumulado que allí donde posaba sus huellas derretían una pulgada de hielo. Los trozos más pequeños de hielo se derretían al tocarlo y los más grandes eran fácilmente partidos al vuelo.

Hel era consciente de que esto no duraría mucho tiempo así que se dirigía al ojo del huracán, aquel punto donde la mesa seguía girando. Ya a tres pasos del tornado y sin pensarlo, Hel se tiró a dentro con una acometida. Empezó a clavar su cuchillo en el centro de la mesa con tal euforia que se olvidó de que su rival tenía piernas humanas. El pingüino laser sacó sus extremidades y pateó a Hel en la entrepierna, el dolor remitió al resto del cuerpo y perdió fuerza, lo que facilitó que el tornado lo llevara hasta sus laterales.

Un trozo de hielo impactó con su brazo y casi lo dislocó, su calor había perdido fuerza lo cual le dejó vulnerable cuando unos fragmentos de hielo se clavaron en su espalda. Quedó aún más aturdido cuando un bloque aún más grande se partió contra su cabeza.

Hel luchaba por no quedar inconsciente, cuando el tornado frenó. Una onda de choque lo sacó despedido hasta los setecientos pies de altura junto a otros bloques de hielo.

Hel cayó en picada, aún aferrándose a su cuchillo hizo varias maniobras y logró situarse encima de un trozo de hielo ya a quinientos pies, donde clavó su arma como si de un piolet se tratase.

Entonces tuvo que reaccionar en milisegundos cuando un distinguido sable azul rompió la capa de hielo desde abajo, Hel lo desvió cortando la empuñadura de revestimiento metálico pero aún así parte de su pierna fue atravesada.

Hel liberó un grito primal, divisó al pingüino laser e hizo fuerza en la base del hielo, lanzando aquel bloque de cinco metros conta su rival, el cual fue aplastado sin poder reaccionar.

Hel aterrizó con un choque que lo hundió dos metros en el suelo, casi fracturando su pierna cortada. Empuñando su cuchillo con el brazo que aún conservaba casi intacto esperó hasta que...

El pingüino salió girando en su forma de rueda, ya casi al lado de Hel liberó una pierna para impulsarse y atacar desde arriba pero su contrincante se vio venir el truco. Hel lanzó su cuchillo, partiendo y desgarrando el talón del pingüino láser. Lo tomó en pleno vuelo y se aferró al pecho de la criatura. Con el poco calor que le quedaba hizo fuerza sobre el lateral de la mesa, arrancándolo. El pingüino liberó la cabeza, quizás con intención de picotear, pero Hel descargó el lateral de la mesa sobre el pico del pingüino mientras hundía la madera en lo más profundo del hielo. Le partió la parte superior de la cabeza y se dio por finalizado este combate.

Hel se tiró de espaldas al suelo, estaba jadeando. Arrastrándose de rodillas y llegando hasta su cuchillo se sintió más seguro, esta batalla le hizo darse cuenta de lo poco que apreciaba su integridad física.

"Solo espero que en mi próxima vida no se me olvide tomar un jersey" pensó.

Capítulo 3: El come capuchas.

"Otra jodida habitación gris de ventanas cerradas y persianas verdes, ¿Cuántas de estas he visto ya?" Pensaba Hel. "El innombrable debería mejorar su habilidad con la estética".

Los grandes pasillos eran silenciosos, no había casi puertas y las pocas que había eran de acero reforzado, como si tratasen de ocultar algo. Hel echó abajo unas cuantas pero solo había salas vacías con mucho frío o calor concentrado, entre menos diez y ochocientos grados centígrados.

Esa atmósfera tensa y sin ruido se rompió con un hilito de voz, comenzó como si alguien tatareara una pieza religiosa, pero pronto cobró una forma más ritual. Era un extraño "ommms" entonado que recorría los huecos de los pasillos.

Hel buscó la fuente del ruido siempre manteniendo el sigilo y la calma.

Llegó a una puerta donde los ruidos tras ella eran algo más intensos pero no superarían la fuerza de un susurro.

"Debe estar insonorizada" pensó. "No será tan fácil".

Hel puso la mano derecha en el centro de la puerta, empuñando el cuchillo en la izquierda listo para lo que fuera. Entonces apretó y el metal se arrugó como el papel, Hel sacó hacia atrás la puerta de las bisagras y la colocó frente a él a modo de escudo. Pese a lo preparado que creía estar, no dio crédito a lo que vio.

En aquella habitación de apenas ocho metros una gigantesca sudadera gris con capucha colgaba de un gancho del techo, mientras dos hombres de poco más de veinte años estaban arrodillados con las cabezas dentro de las mangas.

El sonido ritual había cesado pero el ambiente se sentía cargado y tenso.

- ¿Que está pasando aquí? - Cuestionó Hel.

El crujido de los cráneos fue su respuesta. La sudadera gigante empezó a elevarse por su propia voluntad.

El primer movimiento de Hel consistió en arrojar la puerta con frenética velocidad, el metal atravesó de lado a lado a la fantasmagórica ropa sin tocarla.

La sudadera gigante sacó los cordones que tenía a la altura del cuello y los lanzó a la velocidad de un látigo, Hel pudo evadirlos de una voltereta por el suelo entrando dentro de la habitación.

Los cordones autoindependientes intentaron atacar de nuevo, pero esta vez Hel acumuló calor en su cuchillo y los cortó sin problemas.

Este mismo calor lo acumuló en el resto del cuerpo, y en una rápida acometida se abalanzó sobre tamaña prenda de vestir. La sudadera se deshilachó desde el centro del pecho partiéndose a la mitad en el momento justo para que Hel pasara entre las dos mitades sin tocarla.

Hel deslizó sus pies por el suelo, derrapando en el concreto.

- ¿Que eres? - preguntó Hel.

- Podría preguntar lo mismo - dijo la capucha con una voz de ultratumba.

- Me llaman Hel.

- Soy el alma de los caídos en desgracia - respondió la ropa.

- Pues permíteme ayudarte con el descanso eterno.

- ¿Siempre usas frases tan poco originales? - preguntó la ropa con genuina duda.

Hel puso los ojos en blanco y arremetió de nuevo. La sudadera comenzó a lanzar múltiples de sus hilos, pero Hel los interceptaba y cortaba con rápidos movimientos. Los pocos que sobrevivían se quemaban al contacto con su piel.

Ya cerca, Hel apuñaló la ropa con genuina furia. La sudadera no lo esquivó, recibió el corte de buena gana sin daño aparente, luego desenganchó la manga derecha de la cabeza aplastada de aquella persona y la enredó en el antebrazo de Hel.

Crujió.

A Hel se le llenaron los ojos de lágrimas y contuvo un alarido. Usó su furia para aumentar su calor interno quemando la manga, tomó a la sudadera por el pecho y con un giro la arrojó con fuerza lo más que pudo.

El espectro se vio quemado y empujado atraves de los muros de varias habitaciones. Su cuerpo intangible ni lo notó pero la distancia le serviría a Hel para ganar tiempo.

Solo en la habitación vacía notó de nuevo los cuerpos, el primero tenía la cabeza totalmente aplastada, el segundo tenía pequeños filamentos agarrados a su ropa y cabello. 

Hel le puso una mano en el hombro y lo giró. El cuerpo tenía los ojos totalmente en blanco y carecía de pulso. Su cabeza estaba hinchada y su cuerpo pesaba menos de lo que debería.

"Es una mente colmena" pensó Hel. "¿Se alimentan de los cuerpos? No estoy seguro, pero es claro que los necesita".

Hel dio un tajo, separando y quemando todos los hilos del cadáver y utilizó sus restos como rastro para buscar al espectro.

Acumuló más calor, todo el que tenía, fue lanzado a través de las paredes.

El hormigón y hierro se derretían por donde pasaba, por cada zancada recorría diez metros, contaba con lo necesario para fundir aquel espectro.

Llegó a una habitación inmensa llena de maquinaria de costura. Los hilos se figuraban en diversas ramas inconexas. El espectro en cambio lo esperaba flotando en medio de la habitación.

- Es una trampa, ¿Verdad? - Gritó Hel.

- Averígualo tú mismo - le respondió.

Cuando Hel embistió estando a tres pasos de la capucha, ya era demasiado tarde. Vio los finos ilos, apenas milimétricos que se extendían desde la capucha en todas direcciones hasta el techo. Eran como finas cuerdas, totalmente tensas, entonces tiraron.

A Hel le cayó encima todo el techo del lugar. Atraído hacia un solo punto a una velocidad antinatural. Las piernas de Hel fueron las más afectadas, tenía láminas de hierro cubiertas con hilos y atraídas con el doble de potencia solo para cortarlo.

La capucha completamente intacta se acercó a Hel, había triunfado he iba a pronunciar algún tipo de discurso.

Hel estalló.

Todo el calor que tenía acumulado fue liberado en una potente ráfaga omnidireccional que redujo a cenizas todo a su paso.

Hel abrazó el suelo y tomó las bocanadas más grandes que pudo, había liberado toda su energía en un estallido, no sentía las piernas y tanto peso le había estado aplastando los pulmones.

"No era a esto a lo que me refería cuando pedí un jersey, cabrón" pensó sabiendo muy bien que sería escuchado.

Capítulo 4: ¿Te acuerdas?

Varios años atrás, durante el gobierno de Nácido Alamanecer, existió una ciudad próspera llamada Merídiñan.

Merídiñan se situaba a los pies de tres montañas, el trabajo era necesario en su justa medida y sin llegar a ser una utopía, la economía era estable y la pobreza estaba al mínimo.

En lo alto de la escala social estaba el rey estelar, bajo él la élite noble y política, bajo ellos estaban los soldados y en el último escalón los campesinos y ganaderos.

Dado a la escasez de conflictos armados, los soldados solo se encargaban de patrullar la ciudad como un servicio de guardia, resolviendo incidentes civiles y en raras ocasiones enfrentando animales salvajes.

Hel nació en el punto más alto del desarrollo de su sociedad. Él era hijo de un soldado y una noble, la educación la recibía de su madre y los entrenamientos de su padre. Cuando no hacía alguna de esas dos cosas solía jugar con su mejor amiga, una niña extrovertida que vivía cerca de él.

Un día que Hel se encontraba más raro de lo normal su mejor amiga le pidió que le acompañara, tenía pensado ir de exploración a los "terraplenes inacabados", un lugar que pocos visitaban por lo monótonos que eran. Una tierra llena de irregularidades y sin terreno fértil para nada que no fueran hierbajos. La única protección que brindaba el lugar eran un par de vallas mal puestas para evitar caídas.

Hel y su amiga se encontraban en lo alto de una cuesta de no más de tres metros de ancho. Estaba adosada a un terreno a la derecha y a su izquierda había un gran hoyo en la tierra fruto de la erosión.

- ¿Cuánto crees que habrá de caída si me tiro desde aquí? - Preguntó la amiga.

- No se, unos diez metros supongo - fue la respuesta que Hel dio cabizbajo, su vista perdida en el suelo.

- Voy a comprobarlo - dijo ella pasando una pierna por lo alto de las vallas.

Hel abrió los ojos como platos y la tomó de los hombros, echándola hacia atrás.

- ¿Pero que haces loca? Que te matas - gritó Hel.

- ¿Y que haces tú? Estás que no reaccionas - le replicó ella, los brazos en jarras.

Hel evadió la pregunta sin disimular, solo empezó a caminar cuesta abajo.

- Hel no hay quien te entienda - le comentó ella acercándose corriendo. - Cuando algo te preocupa tienes que decirlo, así te podemos ayudar.

Hel siguió sin contestar la pregunta, solo caminó hasta el fondo del lugar y luego se dirigió hacia el centro.

- Bah, pues muy bien, sigue en tu plan de ignorar el mundo, pero cuando te quedes solo no quiero que vengas a buscarme, hum - ella cerró los ojos e hizo sobre salir el labio inferior.

Hel se detuvo, ella avanzó hasta ponerse a su altura.

- Yo, creo que algo no está bien, es todo - susurra Hel.

- ¿Pero el que es? - pregunta ella de nuevo.

Hel se gira con una sonrisa en el rostro.

- Si quieres saberlo, tendrás que atraparme.

Hel echa a correr en dirección a una de las paredes del agujero, la misma tenía una forma cóncava y se podía escalar en ella fácilmente. La amiga aunque sorprendida en un inicio, también acompañó a Hel corriendo, tratando de seguir su ritmo.

Una vez llegaron arriba de nuevo, Hel perdió su vista en el horizonte. Se sentó en el suelo, disfrutaba la suave brisa de ésas tierras y quería que durara para siempre.

- Te tengo - exclamó ella mientras daba una palmada en la espalda a Hel.

- Me atrapaste - dijo el tarándose al pasto.

- ¿Y bien? ¿Qué te pasa?

- Mira allí, ¿Ves esa construcción en el horizonte?

Hel señaló una pequeña fábrica a lo lejos. Estaba formada por un semicírculo de ladrillos y un gran tanque de agua al lado. Ambos conectados por lo que parecía una manguera que salía desde las chimeneas superiores hasta la boquilla del tanque.

- ¿La ves? - volvió a preguntar Hel.

Estaba solo.

Cuando volvió a girar la cabeza la fábrica estaba más cerca. Hel se puso de pie sobre saltado. Al dar un paso atrás la fábrica se duplicó, y ésas réplicas se duplicaron a su vez, como si de mitosis se tratara.

Intentó echar a correr en cualquier dirección pero las fábricas se extendieron en filas, perdiéndose hasta el horizonte en ambas direcciones, izquierda derecha, delante y detrás de él.

- ¿Cómo has estado? - preguntó una voz que salía de ninguna parte.

Hel cerró los ojos y apretó los dientes, lo hizo con todas sus fuerzas y el suelo se quebró con forma de asterisco debajo de él. Sin embargo, las grietas volvieron a cerrarse de inmediato.

- Veo que tu mente sigue tan fuerte como siempre, ¿O ya no? 

A unos tres metros de él las raíces del suelo cambiaron a matices violeta que empezaron a entrelazarse unos encima de otros hasta dar forma a un ser antropomórfico, sin rostro ni pies, solo un conjunto de raíces.

Hel retrocedió, podía reconocer esa voz aunque su apariencia fuera otra. Hel podía ver al padre de las calumnias, el también llamado Innombrable.

- Tú..  que has hecho con ella.

- ¿Con quien?

- Con... Ella - volvió a repetir Hel.

- No conozco a nadie llamada así. Poner a tus hijos el nombre de un artículo es extraño, aunque supongo que es algo normal para ti, "él".

No había emociones en sus palabras, de hecho, ni siquiera parecía una voz, era más como un eco siseante.

Hel se descubrió impotente, su cuerpo ahora reducido de estatura ni siquiera albergaba calor para luchar. Por primera vez en mucho tiempo, tubo miedo.

- Aunque quisiera, no podría devolverte con ella. Esa muchacha murió hace sesenta y siete millones de años.

- Mientes - gritó Hel.

- ¿Por qué lo haría? ¿Qué ganaría con eso? 

- Quieres que me desespere, que sucumba a la locura. Pero no lo vas a conseguir, porque me he prometido que seguiré vivo hasta que te mate.

- Hel, no te quiero loco, te necesito cuerdo para que sigas actuando como mi verdugo.

- Yo no soy...

- Ni uno solo de los monstruos que has matado me importaban, son desechos que ya no necesito, pero tampoco me apetece perder tiempo con ellos.

- Tú...

- Ahórrate el discurso, ni siquiera lo recordarás cuando despiertes. No quiero que ni siquiera se te pase por la cabeza suplicar. Parafraseándote, "¿Piedad? De eso ya no me queda".

Hel abrió la boca, pero no produjo sonido. La figura del innombrable se había desvanecido. Un dolor de cabeza empezó a apoderarse de él, luego despertó.

Capítulo 5: Cara cono.

En su despertar repentino Hel se lanzó contra la primera pared que encontró, seguidamente infundió sus dedos en calor y dibujó sobre el concreto la forma de la fábrica que vio en su sueño. En un trozo de apenas un palmo dibujó lo que recordaba, arrancó el trozo de pared y fundió la parte trasera de la piedra, guardándola en el pantalón e infundiendo calor en ella para que se pegara a su pierna. Eso dolió mucho, pero Hel lo aguantó como se aguanta una bandeja de comida ardiendo con las manos desnudas, mordiéndose los labios y cagándose en todo.

Solo pasada esa sensación se puso a observar el lugar, un lúgubre pasillo de hospital con un par de luces tintineantes en el techo y sin ventanas. Parecía que había sido abandonado hace décadas.

Hel hizo lo que hacía siempre, empezó a caminar buscando alguien a quien matar. No, a alguien no, más bien a algo, lo que sea que fueran los acólitos del Innombrable. Él hacía eso por una buena razón, era porque... En fin, era por algo que no podía recordar pero que era muy importante.

¿Qué sería esta vez? ¿Una emperatriz de los dinosaurios malvada? ¿Un duende capaz de manipular los rayos? ¿Un objeto inanimado poseído por una rata de fuego? Toda idea ridícula podía ser posible en este punto.

El lugar no le ofreció ninguna respuesta, todo eran paredes carcomidas, puertas oxidadas y habitaciones oscuras. Todo era igual menos una puerta que aparentemente llevaba al exterior.

- No hay forma de que eso no sea una trampa - Hel suspiró y se encaminó de todas formas, acumulando calor en el proceso.

Al pasar por la puerta y llegar al exterior se encontró en medio de una carretera intransitada. Todo estaba a oscuras pues era de noche y además la escasa luz parecía no venir de ningún lado visible pues no había estrellas en el cielo.

- ¡Heeeel! - gritó una potente voz.

Hel se dio la vuelta para buscar el origen del sonido. En lo alto del edificio de mínimo cincuenta plantas, un punto diminuto que relucía con el naranja de un cono de tráfico quería llamar su atención.

- Tú que te denominas el asesino de jefes, ¡Prueba tu suerte conmigo! - gritó otra vez antes de saltar desde la azotea.

Hel se apartó de la puerta con un salto impulsado en los talones. Justo a tiempo para evitar que esa cosa lo aplastara.

La cosa formó un cráter de dos metros de diámetro a sus pies y el radio de un metro era lo que le separaba de Hel.

Aquel personaje rondaría una altura del metro sesenta, aunque llevaba un cono de tráfico en la cabeza que le tapaba el rostro al completo y le sumaba unos veinte centímetros. Vestía con deportivas, calcetines, chándal, camiseta y chaqueta negra. Lo más destacado de todo era que cargaba con una señal de Stop de su tamaño, la sostenía como se sostiene una lanza, la cabeza (en este caso la señal), apuntando al suelo.

- "Mata jefes" no es un título o algo parecido, es mi apellido - comentó Hel mientras adoptaba su pose de pelea. - Además lo estás pronunciando mal.

- No me importa - dijo el cara cono haciendo girar la señal entre sus manos moviendo el tubo galvanizado.

- Solo respóndeme una pregunta, ¿Por qué quieres matarme? - preguntó Hel ya listo. Los pies en ángulo, el cuchillo a la altura de la cara.

- No me dejas otra opción, puesto que... - El cara cono siguió hablando pero Hel solo escuchaba el susurro del viento.

- ¿Qué has dicho? No he podido escuchar esa última parte.

El cara cono no repitió nada, solo avanzó corriendo señal en alto y dio un corte en horizontal que Hel esquivó agachándose. La señal ni siquiera rozó su cabeza. Entonces se alzó en un rápido movimiento acertando un uppercut en la base del cono. El golpe tubo la suficiente fuerza para despegar al oponente del suelo y lanzarlo por el aire a través del dintel de la puerta, haciendo que cayera dentro del edificio.

La figura del cara cono fue a parar a la esquina del pasillo. Atravesar la piedra había tirado escombros de la pared de entrada. Placas del tamaño de un perro carlinos y el grosor de un libro de quinientas páginas.

Hel tomó uno de esos escombros y le infundió calor. Similar a las bolas rápidas en baseball, lo lanzó con potencia y precisión. El cara cono debió entender la semejanza porque reaccionó a tiempo para golpear justo con el centro de su señal y devolver el trozo escombro.

Hel lo interceptó cuando ya lo tenía cerca, fue a partirlo a la mitad con su cuchillo cuando el escombro relució con un morado pálido. El trozo se detuvo en el aire ajeno a la gravedad y el tiempo, cuando el cuchillo clavó su punta en él tuvo el mismo efecto. La luz se expandió en microsegundos por el arma y Hel apenas tuvo tiempo de reaccionar, quitando su mano en un rápido movimiento. Aún así notó como la luz se extendía desde sus brazales hasta su pulgar y tubo que arrancarse el mismo junto al brazal derecho en un rápido movimiento de muñeca con la mano izquierda. Un golpe de canto a la suficiente temperatura cortó y cauterizó la piel.

- ¿Qué pasa mata? ¿Se te paró al ver tanto poder? - Ese cara cono seguro tenía una sonrisa entre los dientes.

Se acercaba corriendo, pero dio un salto y cayó en picado desde arriba, descargando su señal a modo de martillo. Hel se apartó, rodando por el suelo hacia atrás luego de tirarse apoyando el peso en su brazo izquierdo.

Hel recargó calor en su mano y lo desplegó en forma de una ráfaga vertical que chocó con el cabeza cono. El calor derritió parte del metal y el plástico, pero el hombre aguantó estoicamente, arremetiendo de nuevo con múltiples golpes que solo rozaban el aire porque Hel siempre parecía un paso más rápido, pero solo uno.

Cara cono hizo algo casi irracional, dio un salto con todas sus fuerzas y atravesó el techo que lo llevaba al piso de arriba. Dejó caer la cara de la señal con fuerza contra el suelo que correspondía con el techo de la planta donde Hel estaba. El lugar se derrumbó sin mostrar oposición alguna.

Hel se vio forzado a moverse impulsado por el calor. Esquivó los fragmentos más cercanos que caían sobre el con la velocidad de una flecha. Eran diminutos y esa extraña energía morada rebosaba en ellos, incluso en los trozos más microscópicos. 

La opción más lógica sería salir por la puerta pero el techo se caía en dicha dirección, no podría concentrarse mientras avanzaba y si uno de esos fragmentos lo tocaba podría paralizar todo su cuerpo. ¿Cuánta piel podría quitarse para evitar que se propagara? No la suficiente para evitar un daño mortal. ¿Podría acabar con eso antes de que se extendiera a su cerebro o su corazón? Mucho lo dudaba.

La otra opción más lógica la realizó dando todo de si. Liberó su calor acumulado en una burbuja omnidireccional, el suelo se fundió junto con la tierra y el pasillo se iluminó de improviso. Los escombros en cambio se detuvieron en la periferia de la burbuja pues la misma también se había detenido. La energía morada y el calor había chocado causando que la burbuja quedara estática.

El cara cono entró en caída libre hacia la burbuja, atravesando concreto y calor sin verse afectado. Cayó con los pies por delante y se desgastó la suela al derrapar por el suelo. Hizo girar la señal entre sus manos con la gracia de una hélice de helicóptero y descargó un golpe horizontal.

Hel avanzó un paso ante el peligro lo suficiente como para adentrarse dentro del área del palo pero lejos de la señal. El golpe se encajó en sus costillas mientras Hel estiraba la pierna y de una patada a altura media dañaba las manos de cara cono, obligándolo a tirar la señal.

Hel prosiguió acertando un golpe en el centro de cono que hizo a su rival trastabillar. Cara cono descargó un gancho en el estómago de Hel con la diestra mientras usaba la zurda para golpear la cabeza. Ese golpe resonó en el cráneo de Hel, lo fracturó, no aguantaría otro golpe así.

Cara cono soltó un golpe con el puño derecho que Hel pudo desviar con la mano izquierda a la par que él lanzaba su propio golpe al plástico naranja.

Crujió. 

Hel se obligó a sonrreir mientras llevaba sus manos a la grieta que había forma, tirando con todas sus fuerzas hasta que partió el cono.

Hel tomó una de las mitades mientras la otra caía al suelo. Allí donde antes había estado el cono ahora estaba una llama violeta que crepitaba silenciosa.

La mitad que Hel portaba también le trasmitía ese aura a todo su cuerpo, lo hacía sentir más ligero de lo que ya era. Era, en efecto, la energía que contrarrestaba el poder purpura y permitía a cara cono no verse afectado por su poder.

Hel no tuvo mucho tiempo para analizarlo cuando la mano de cara cono lo tomó por el cuello. Hel de rápidos reflejos como era rasgó su muñeca con las uñas y en respuesta cara cono lo lanzó por el pasillo, en dirección a la puerta de entrada por puro frenesí. Lo sacó de la burbuja de calor, pero Hel se vio inmune al tener aún la mitad del cono.

Hel fue a dar de cabeza contra el suelo, rebotó por el lugar derramando sangre de la parte fracturada de su cráneo. No duraría mucho más de cinco minutos.

Hel se obligó a ponerse de pie, su mirada buscaba a cara cono mientras su cuerpo sentía una extraña energía tras él, un leve destello lo cubría.

Cara cono apareció delante de Hel y este último apenas tuvo tiempo para agacharse cuando la señal de cara cono golpeó en vertical con intención de cortarle.

Cara cono se dio cuenta demasiado tarde de su error.

La señal de cara cono salió disparada del metal cuando chocó con el filo del cuchillo de Hel que aún seguía ahí, elevado del suelo y clavado en el escombro que había dejado a la entrada en su primera demostración de poder.

Hel no perdió el tiempo, saltó y tomó la señal por el palo hierro, luego la descargó en ángulo contra el pecho de cara cono, atravesó el lugar donde debería estar su corazón y la llama que ahora tenía por cabeza crepitó con fuerza antes de detenerse para siempre.

Hel no tuvo una frase ingeniosa que compartir con sigo mismo esta vez, simplemente dejó que la gravedad hiciera su trabajo.

Capítulo 6: Las patas cortas.

Ahora estaba caminando sin rumbo fijo por una vereda. Raramente le pasaba esto, pero esta vez en específico lo sentía hasta natural, era como si volviera a apreciar una pequeña caminata como aquella que daba con... Bueno, con ella.

"Aún no recuerdo su nombre" pensó Hel. "Si tan solo tuviera algo de ella".

Muy en el fondo sabía que el padre de las calumnias le había hecho algo a su mente. No podía recordar todo lo que había luchado, pero eso más que una maldición era algo beneficioso, Hel se sentiría horrible si pensara frecuentemente en toda la gente que había matado.

"Todos lo merecían, eran acólitos del Innombrable" se decía. 

Una parte de Hel se sentía mal por pensar así.

"Tú no te criaste con estos valores, ¿Has olvidado ya de donde viene tu fuerza? ¿Has olvidado quien te da el calor y el valor? ¿Acaso has dejado que el Innombrable triunfe en tu mente?" Le decía, no, le gritaba su subconsciente.

Antes de pensar en si se estaba volviendo loco o no, Hel divisó a lo lejos un río y tres o cuatro árboles repartidos en sus dos orillas.

El paisaje se sentía antinaturalmente lineal. Era una explanada vacía y justo allí, como si hubieran sido generados de manera artificial, se encontraban los árboles.

Hel se acercó con la guardia alta, listo para los posibles ninjas de las hojas ocultos en los árboles, o los avestruces de tierra que saldrían de las raíces. Cuando Hel se preparaba para cualquier cosa era, literalmente, para cualquier cosa.

Pese a tener los nervios a flor de piel y músculos tan tensos que podrían haber rayado queso, nadie llegó para tratar de matarlo, eso lo tranquilizó. Dejó caer su peso sobre el tronco de un árbol y se dio el lujo de cerrar los ojos. Por fin un poco de calma, calma antes de la tempestad pero calma al fin y al cabo.

- ¿Es usted un exhibicionista? - preguntó una voz inocente.

Hel se giró para ver a un niño vestido con un gorro azul de pescador, un chaleco verde, una camiseta blanca y unos pantalones de pana con más bolsillos que piernera.

- ¿Por qué va usted sin camiseta? Se va a resfriar - dijo el niño.

- ¿Aquí? ¿Con 50 grados a la sombra? Si claro - contestó Hel mientras volvía a dejar reposar su cabeza.

- ¿No tiene usted casa? ¿Por qué está por aquí tan solo y sin camiseta? - el niño giró en torno al tronco para mirar mejor a Hel.

- ¿Tus padres no te enseñaron que no se debe hablar con desconocidos? 

- Yo no tengo padres.

Esa respuesta dejó a Hel sin argumentos, solo se quedó con cara de póker.

Estando frente a él, Hel analizó mejor la figura de aquel niño, su piel era marrón, con rallas blancas muy finas, como si fuera... No, espera.

- ¿Estás hecho de madera? - preguntó Hel sin disimulo.

- Si, me llamo Pinocho. Es un placer, señor exhibicionista - la inocencia en sus palabras era genuina, tan real como sus labios y ojos tallados a cincel.

- No me llames así - respondió Hel bruscamente.

- ¿Y como debería llamarte entonces? 

- No lo hagas, solo déjame tomar la sombra y lárgate, este lugar se va a convertir en un campo de guerra muy pronto.

Pinocho giró y echó la cabeza hacia atrás mientras alzaba una ceja tallada como si fuera una real.

- ¿Cómo es eso? - preguntó. - ¿Cómo se transformará este lugar en una guerra?

- Ocurre siempre - dijo Hel en un suspiro. - Me ocurre siempre.

Pinocho se encogió de hombros y fue camino a la orilla del río.

- Es usted raro señor exhibicionista, casi tanto como este cielo lila - dijo Pinocho ya ha varios pasos de distancia.

Hel desvío la mirada al cielo, tan azul como el lapislázuli pulido.

- El cielo no es lila, ni siquiera es del rosado del atardecer - dijo Hel con desdén en sus palabras.

- ¿Estás seguro? Yo lo veo tan lila como las amapolas - respondió Pinocho, aún de espaldas.

- Las amapolas tampoco son lilas.

- si lo son, yo lo se, soy experto en amapolas y toda clase de frutas.

- Esto es ridículo.

Pinocho se encogió de hombros ante aquella respuesta. Llevó su mano derecha a uno de los bolsillo del pantalón, de él empezó a sacar un hilo de pescar que se pasó por la cara. Luego de que pasara por el alto y bajo de su nariz, lo volvió a lanzar repetidamente.

Hel que se situaba a la espalda del muchacho miraba todo esto con incredulidad, aunque por instinto ya había llevado su mano a la empuñadura de su cuchillo y lo sostenía con fuerza.

- ¿Qué se supone que estás haciendo? - Preguntó el descamisado.

Pinocho giró la cabeza, dejando solo ver el lateral izquierdo de su cara. Hel abrió los ojos como platos al ver que la nariz de Pinocho se había estirado hasta alcanzar fácilmente los dos metros. El hilo de pescar se había enrollado a lo largo de su tabique y el anzuelo colgaba en la punta.

"¿Es esto un truco? ¿Él es el acólito del Innombrable?" Se preguntó Hel para así mismo.

- Pescando - dijo Pinocho.

- ¿Eh?

- Lo que estoy haciendo, estoy pescando.

Hel pudo observar como la nariz de Pinocho crecía un poco más de la punta.

- A ver, técnicamente todavía no estoy pescando pero es lo que voy a hacer - plasmó con una sonrisa en los labios.

La nariz entonces disminuyó un poco.

Pinocho se arrimó más a la orilla del río, se sentó dejando caer sus pies en el agua algo profunda, le llegaba hasta la mitad de la tibia.

Hel se acercó a él, cuchillo en mano, casi pudo sentir como hasta los árboles temblaban de miedo con su caminar.

Pinocho en cambio, con toda la calma del mundo sacó un cubo de plástico plegable de uno de sus chorrocientos bolsillos y lo llenó con algo de agua antes de colocarlo a su derecha.

Hel se sentó a la izquierda de Pinocho. El chavalín tenía una gracia única, movía la cabeza y empujaba la nariz como si de una caña real se tratara.

- No le has puesto ningún cebo al anzuelo - comentó Hel.

- No pesco para comer, lo hago por deporte - le respondió.

- Los peces no morderán un anzuelo vacío.

- Lo harán, porque me conocen y saben que luego los soltaré.

Hel esperó antes de responder pero la nariz de Pinocho no creció.

- Eso es ridículo niño, un gancho les atrapará, se clavará en su boca y les hará daño cuando tires, no se dejarán lastimar por gusto.

Pinocho hizo un rápido movimiento de cuello hacia el cielo. De la punta de su caña/nariz colgaba un salmón.

- ¿Decías? - preguntó Pinocho con cierto tono picaresco. - El cielo no es lila, las amapolas tampoco y estás últimas no son una fruta - con forme Pinocho negaba sus mentiras su nariz y el hilo se retraían hacia su tabique hasta que tuvo al pez a un palmo de su cara. Lo tomó y lo echó al cubo.

- Estoy bastante sorprendido - dijo Hel. - ¿Cómo descubriste esta habilidad? 

- Un día fui a pescar al río Guadalquivir, se me cayó la caña y pesqué con la nariz. Desde entonces se ha hecho tradición - comentó Pinocho orgulloso.

- Yo me refería a tu habilidad para hacer crecer la nariz.

- A, eso, no es una habilidad, es una maldición.

Hubo un silencio incómodo entre ambos.

- ¿Y bien? - preguntó Hel.

- ¿Qué?

- Cuéntame como obtuviste la maldición.

- ¿Por qué? Ni siquiera te conozco - respondió pinocho mientras lo miraba con una ceja alzada.

- Tienes razón - Hel lo pensó un momento, concluyó que este era un chaval confiable. - Me llaman, porque me llamo, Hel Matajefes, una vez hace mucho tiempo viví en la ciudad del Hijo del día, era hijo de un soldado y aprendí todo tipo de defensa con la espada. Un día una gran amenaza se presentó en el lugar donde vivía, se formó un ejército con el rey a la cabeza. No recuerdo más, solo se que fallé.

- ¿Esa gran amenaza era fuerte? - preguntó Pinocho.

- Mucho, más fuerte que el Sol - susurró Hel, había estigmas de dolor en sus palabras.

- Eso es mucha fuerza.

- Yo también cargo con una maldición desde ese día - Hel miró a Pinocho a los ojos. - No dejo de aparecer una y otra vez en lugares al azar, enfrentando a los acólitos de aquella fuerza maligna.

- Wow... - Pinocho guardó silencio un momento. - ¿Y cuanto tiempo llevas haciendo esto?

- No lo sé , ni siquiera se si sigo en mi mundo, ¿En que estado estamos?

- sólido - dijo Pinocho con una sonrisa plasmada en los labios de madera.

Como Hel no vio crecer su nariz pensó que el chaval iba enserio.

- No he oído hablar de este lugar, ¿Esta cerca de Meri...?

- No - dijo Pinocho llevándose una mano a la cara. - Sólido no es un lugar, es un estado de la materia, era un chiste.

- No lo entiendo - dijo Hel con la misma expresión bacía de siempre.

- Olvídalo, si lo explico perderá la gracia.

- ¿Me contarás sobre tú maldición?.

Pinocho desvío la mirada hacia el río, empezó a jugar meciendo los pies. Luego suspiró, cosa que extrañó a Hel que había caído en la cuenta de que Pinocho no debía tener pulmones al ser de madera.

- Hace mucho, mucho tiempo- empezó a narrar Pinocho. - En un pueblo perdido de Italia vivía un solitario carpintero llamado Geppetto. Él nunca se había casado, pero quería tener un hijo, así que le pidió al poderoso Hada de la basura que le diera un niño.

» Cuando Geppetto se despertó a la mañana siguiente se encontró que de los restos de serrín, leña cortada y piel muerta se había formado un pequeño infante que era dos cuartas partes de madera y dos cuartas partes de carne.

» Geppetto recibió un mensaje en su mente, "dado a que este niño se formó a partir del amor sincero, no se le permitirá mentir, de hacerlo, le crecerá la nariz".

- ¿Ese niño eras tú? - interrumpió Hel.

- No, era mi hermano mayor, Pinueve.

» Prosigo, el niño era bastante rebelde y un día un señor lo convenció para que dejara de ir a la escuela e invirtiera dinero en el circo al ser todo un fenómeno. El niño dejó los estudios y se embarcó en esa vida, pero le fue mal, lo terminaron expulsando y lo dejaron abandonado en una isla desierta.

» Geppetto terminó enterándose de lo que había pasado y fue al rescate de su hijo con una barca formada por cuatro troncos.

» La travesía no fue fácil, pero Geppetto terminó llegando a la isla y salvó a su hijo. Para su desgracia, en el camino de regreso serían comidos por una ballena.

- Un momento, ¿Qué es una ballena? - interrumpió Hel.

- Es como un pez, pero enorme y en realidad no es un pez, es un mamífero - explicó Pinocho.

Hel se quedó mirando a su nariz, no crecía, no lo había hecho durante toda la historia, así que tenía que ser verídico.

- Vale, ahora no me interrumpas - prosiguió Pinocho. - Cuando la ballena se comió a Geppetto y al niño este último recordó su maldición, empezó a decir mentiras para que el filo de su nariz cortara la piel de la ballena o como mínimo la asfixiara. Desgraciadamente para él esto resultó inútil, entonces miro a su padre con lágrimas en los ojos y dijo: "Lo siento por todo papá, nunca podremos salir de aquí, no debí dejar los estudios, debería haberte devuelto el amor que tú me dabas".

» El niño se abrazó a su padre, justo cuando creía que ya todo estaba perdido unas palabras resonaron en su cabeza, "los niños buenos de verdad renuncian a todo por hacer lo correcto", efectivamente era la voz del hada.

» Entonces mi hermano se subió a la balsa de madera y renunció completamente a su mitad humana, se juntó con la madera de la balsa y dijo: "ciertamente, no escaparemos de aquí". Entonces todo su cuerpo se envolvió con la de fuerza un roble y su nariz creció hasta poder tocar las nubes atravesando a la ballena y dándole muerte.

» El cadáver de la ballena terminó varándose en una playa. Geppetto y mi hermano salieron de las tripas de la ballena, nada más hacerlo una luz se apareció delante de ellos, su brillo emanaba colores que ningún humano podría describir y su presencia estaba más allá de sus mentes.

» "Fuiste sincero, aprendiste la lección, ¿Aún quiere ser un niño de verdad?" Preguntó esa luz a Pinueve.

» "Ya no me veo como un niño maldito, pero quisiera tener una vida más tranquila. Oh, poderoso hada, ¿Sabrías resolverme este dilema?" Preguntó Pinueve.

» "De ahora en adelante, serás solamente un cuarto de madera, con los tres cuartos restantes formaré un niño nuevo para que tengas a quien enseñarle tus lecciones" dijo el Hada.

- Ese niño nuevo eres tú - dijo Hel.

- Efectivamente, luego de tan ajetreada historia, Geppetto, mi hermano y yo nos quedamos a vivir en un pueblo cerca de esa playa. Desgraciadamente no le caímos muy bien a la gente, pero nos teníamos entre nosotros y eso bastó - Pinocho suspiró al llegar a este punto. - Tristemente, la vida también se acaba, Geppetto murió de viejo y mi hermano y yo no tuvimos éxito tratando de sacar a flote el negocio de la carpintería. 

- No es necesario que me cuentes el resto - volvió a interrumpir Hel, pues había notado la tristeza en las palabras de Pinocho.

- No, está bien, es triste pero también es liberador. En ocasiones necesitas su buen amigo al que contarle tus problemas - dijo Pinocho mirando su reflejo en el agua. - porque, ¿Nosotros somos amigos, a que si?

- Me lo pensaré - dijo Hel con una media sonrisa en los labios. - ¿Qué pasó después? 

-No mucho, no teníamos dinero ni lugar a donde ir, yo no necesito comer, pero mi hermano si, por eso me enseñó a pescar - Pinocho tenía una sonrisilla mientras decía esto pero poco a poco cambió la expresión a una más fría. - Mi hermano y yo volvimos a encontrarnos con el hombre del circo, ese que te dije antes. Aunque al principio nos negamos a trabajar para él y huimos de donde estaba, era imposible escapar, siempre parecía estar allí donde íbamos con la misma maldita oferta. Terminamos aceptando.

- Un momento - interrumpió Hel. - El hombre del circo, ¿Cómo era? 

- Alto, pelo rizado, bigote manillar pequeño - la descripción de Pinocho no era mucho mejor de lo que podría hacer un niño de su edad.

- Creo que conozco a un cabrón así, ¿Aún trabajáis con él? ¿Está cerca? - Hel se puso en pie empuñando su cuchillo.

- Que va, nos escapamos de él hace meses, yo creo que ya nos ha olvidado.

- Eso no es posible, porque si yo estoy aquí quiere decir que aún estáis en problemas - Hel sonó demasiado amenazante. - ¿Donde está tu hermano? 

- Estaba durmiendo en aquel árbol - dijo Pinocho señalando al lugar donde Hel había estado reposando hace un rato. -Aun tiene que estar ahí - la nariz de Pinocho creció un poco cuando terminó de hablar.

Entonces, tres clavos surcaron el aire como mosquito sibilantes hacia la piel de Hel. Este alzó el brazo y los detuvo con su brazal de cuero.

Una figura salió corriendo desde uno de los árboles más cercanos, alzando un martillo de carpintero.

"Quería atacarme por la espalda al parecer" pensó Hel.

Ni siquiera se movió cuando el martillo golpeó su cabeza. El mazo estalló hecho pedazos, con eso apenas logró hacer cosquillas en la cabeza de Hel.

Hel llevó su mano al cuello del atacante a inhumana velocidad. Se impulsó con el calor de sus pies y lo estrelló mientras cambiaba su llave, bloqueando el cuello con el hombro izquierdo.

Hel miró de arriba a abajo al atacante. Barón, aparentaba unos 17 años, pelo negro y corto con tupé, su piel era clara como la madera de una silla casera, sus ojos verdes estaban furiosos y se entrecerraban por la presión de sus cejas poco pobladas. Vestía con arrapos que bien podrían haber sido un saco de patatas y estaba calzado con unos calcetines desgastados. En contraste con Pinocho, el se veía muy mal.

- Pinueve, supongo - dijo Hel.

- Tú que crees - Pinueve escupió pero el gapo se deshizo al entrar en contacto con el aura de Hel.

- Escúchame, no quiero hacerte daño, pero lo haré si me obligas - Hel hizo más presión con el codo en la laringe de Pinueve.

- Ya claro, el i n bra-e a man a su ber o solo para hablar - dijo Pinueve.

Hel pudo notar como se entrecortaban sus palabras, algo quería que no escuchara con claridad.

Pinocho llegó corriendo a tomar a Hel por el pie, tratando inútilmente de alejarlo de su hermano. 

- Mira, te voy a decir lo que se, se que te sigue una fuerza que no entiendes, se que crees que soy tu enemigo y se que no me creerás si te digo que tienes que huir porque no voy a seguirte - Hel giró la cabeza para ver a Pinocho golpeando su pierna, sollozaba por el esfuerzo. - Pero si de verdad lo aprecias, sabrás que no puedes ganar esto, así que también sabrás rendirte.

Hel lo tomó por un brazo, lanzándolo contra otro árbol lejano. Pinocho corrió tras él y socorrió a su hermano tomándolo por el brazo y ayudándole a levantarse.

- Hermano, vámonos, no lo pienses - Pinocho trataba de empujar a su hermano para que retrocediera, pero era demasiado débil y Pinueve parecía estar clavado al suelo.

- ¿Estás tonto Pinocho? 

- Ya le has oído, si nos vamos nos dejará.

- ¡Es mentira! - gritó Pinueve. - su --fe dijo lo mismo, que si lo rechazábamos nos dejaría en paz, pero es mentira, el i--om-ra--e siempre vuelve.

Hel no podía entender las palabras importantes, en sus oídos sonaban como el susurro del viento. Palabras incompletas que él podía entender por el contexto general.

Pinocho siguió tirando de su hermano, suplicando para que no hiciera una estupidez. Pinueve en cambio era más terco y no cedía terreno.

- Cres que puedes engañarnos, pero te equivocas, ¿Qué pretendes, buscarnos después para acabar con nuestras provisiones? ¿Buscas si refugiamos a alguien más? ¿O simplemente haces esto por placer como un sicario barato? - Gritó Pinueve señalando al guerrero descamisado con un dedo anular acusante.

- Si amaras un mínimo a tú hermano, o a tú propia humanidad, ya hubieras huido - Hel negó con la cabeza. - Solo sigues siendo el mismo fanfarrón que no reconoce el peligro cuando lo ve.

Pinueve miró de nuevo a su hermano, estaba llorando, quería decir algo para convencerle de que se fueran pero solo podía balbucear.

"Se está volviendo humano" pensó, "por eso llora y siente como un niño de verdad, no necesita mostrarle nada a nadie".

- Tienes razón - dijo Pinueve mientras posaba su mano en el hombro de Pinocho. - Me escuchas verdugo, amo mucho a mi hermano - Pinueve puso una mano en el árbol para apoyarse.

Hel observó la nariz de Pinueve, no crecía. Un momento, ¿Le había llamado verdugo? Eso sí lo había oído.

Los dedos de Pinueve se hundieron en la corteza del árbol. Con un solo brazo lo sacó de raíz mientras con su mano libre empujaba lejos a su hermano. Su brazo se unió completamente con la madera, las raíces tomaron forma de mano derecha. Pinueve cerró el puño e impulsado por la fuerza de sus pies impactó directamente contra Hel, quien ni siquiera hizo el amago de cubrirse.

Hel recibió el impacto del golpe a pecho descubierto, el impulso lo mandó a la otra punta del río, pero sin problema se acomodó en el aire y cayó de pie, apenas levantando algo de suelo y tierra.

- Si, amo a mi hermano más que a mi humanidad, por eso estoy dispuesto a rechazarla solo para salvarle - gritó Pinueve desde la otra esquina.

El joven de madera volvió a impulsarse, cruzando de orilla a orilla a la velocidad de un disparo de pólvora. El puño de su improvisada mano cerrado, listo para el impacto, entonces...

Estallido.

Hel liberó de su cuerpo una onda de calor. Una ráfaga ardiente que se expandió horizontalmente, reduciendo el árbol a cenizas en su mayoría.

Hel extendió la mano y por pura inercia el cuello de Pinueve fue a parar a su palma. Imitando el movimiento, Hel llegó a la otra orilla de un salto en picada. Aplastando el suelo con el cuerpo de Pinueve y causando que un torrente de tierra de un metro se alzara.

- Se acabó, ya he demostrado ser mejor, ¿Te rendirás sin que te mate? - dijo Hel, encima del cuerpo de Pinueve boca arriba. Ambos cubiertos de tierra y polvo.

Pinueve lo miró a los ojos, unos ojos sin alma, entonces entendió todo. Aquel hombre no luchaba para matarle, luchaba para matar, a secas, solo necesitaba la escusa correcta.

Hel hizo más presión, sus dedos ardiendo causaban dolor en el cuello de madera inanimado de Pinueve.

- ¿Qué si te rendirás sin que te mate? - le gritó Hel a la cara.

- Si.

La nariz de Pinueve creció buscando el cielo. Hel daleó la cabeza a un lado evitando el ataque. Puso la mano de canto y partió esa rama que llamaba nariz. La tomó al vuelo con la otra y la clavó en el cuello de Pinueve, atravesando la tierra tras el como si fuera porespam pinchado por una aguja. Cuchillo en mano, dio un tajo en horizontal, decapitando al chiquillo de madera.

- Nooo - gritó Pinocho que venía corriendo lo más rápido que podía.

Se detuvo a pocos pasos de Hel. Temblaba de miedo ante la figura del asesino de su hermano.

Hel no dio ninguna explicación, todas le parecían palabras vacías, no iba a decir "no me dejó otra opción" o "lo siento mucho"; porque no era verdad, sabía que había hecho y porque. Se limitó a acercarse a la orilla del río, se dejó caer de espaldas al agua, su cuerpo fue arrastrado por la corriente lejos del lugar.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Creepypasta: Nina the Killer (Remake 2024).

Minecraft c0nsci0usne33 ARG español.

Todos los problemas que tiene Chris Venganza y como arreglarlos.