Microrrelato: las posibilidades y sus rarezas.
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La segunda regla del club de literatura es que no se habla del club.
Rumina, la argentina repetidora, 19 años recién cumplidos, mide metro setenta, y de una visual deduzco que pesa unos 63 kilos. Las personas de su calaña luchan sin guantes y usan mayoritariamente los puños mientras presionan en una pose mayoritariamente estática, como si hubieran salido del viejo boxeo alemán del siglo XX.
Desde que tumbé a Yuri se ha formado una fama de "imbatible" entorno a mi, son varias quienes han tratado de poner eso a prueba.
Rumina es especialmente peligrosa, su novio practica boxeo y solo con ver su guardia puedo deducir que le ha enseñado un par de trucos, lo que quiere decir que sabe perfectamente lo que hace.
La gente como Rumina no pierde el tiempo, ataca rápido hacia partes blandas, cabeza y mandíbula, lo mejor será guardar distancia y proteger bien mis riñones.
Empieza con un cruzado de izquierda que evado sin ningún problema, a ese le sigue otro de derecha, lo evito moviendo los pies, saliendo de su alcance con dos pasos.
Evito en todo momento agacharme para esquivar, podría quedar expuesta a un golpe de rodilla en la frente.
Sigo retrocediendo, los golpes que lanza no me alcanzan. Es una estrategia, quiero que piense que huyo de ella, que se confíe y abra su defensa, pero no está dando resultados.
Rumina adelanta su tren superior mientras las piernas dan equilibrio adelantadas lo justo y necesario, de esta forma podrá evitar patadas a la rótula o que intente agarrarle una pierna.
Un boxeador peso pesado pesa 100 kilos de media, golpea a 50 kilómetros hora y puede levantar a un hombre adulto 8 milímetros del suelo de un solo golpe.
Toca improvisar.
Desgasto mis nudillos en sus brazos mientras entro y salgo de manera constante, evitando sus contragolpes. Un recto de izquierda va hacia mi mejilla, pero consigo desviarlo con mi antebrazo hacia arriba abriendo sus defensas. Mi puño contrario sale como un gancho en parábola ascendente e impacta fulminante debajo de su axila, esto le obliga a retroceder mientras sostiene un brazo que tiembla.
Los nervios axiliares son los más sensibles del cuerpo, un corte profundo puede causar una perdida total de movilidad en los brazos.
La rodeo en dos zancadas, Rumina depende en su totalidad de sus brazos, si ataco las partes blandas de su espalda... No hay tiempo, Rumina subvierte mis expectativas con una patada lanzada en reversa que se clava en mis costillas. Es como recibir una coz de una yegua rabiosa y me golpea a la altura del páncreas, lo cual duele todavía más.
Aturdida, dejo que empuje mi cuerpo a base de puñetazos en la boca hasta ponerme de espaldas contra un muro.
Un cruzado de izquierda me llega a la frente, empuja mi cráneo contra la pared, no solo causa un corte a la altura de mi ceja, también me trae de vuelta a la realidad.
Rumina quiere terminar todo con un golpe certero que puedo telegrafiar, cabeceo hacia la derecha y entonces su mano zurda sale de alguna parte fuera de mi campo de visión, puedo notar como se aferra a mi y a mi cabello. Su otra mano también agarra mi cabeza, golpeando con la parte baja de su palma en mi oído, esto duele como el infierno.
Como si intentara aplastar mi cara con sus manos aprieta, luego me baja de golpe y mi mandíbula choca de sobre manera con su rodilla, todo el golpe pasa de mi cabeza a mi cerebro y el mismo rebota con las paredes de mi cráneo.
Todo está oscuro, creo que he muerto, o por lo menos, así no es como me imagino un coma profundo.
Rumina ya no está, las otras chicas tampoco, y no puedo escucharlas. Bueno, pues todo el universo ha sido destruido y solo quedo yo.
Lo bueno de ser agnóstica es que no se que esperar de este momento, solo quiero que la muerte y sus rarezas me sorprendan.
Si fuera creyente tal vez me molestaría no estar en el paraíso, y si fuera atea me molestaría ver que sigo consciente después de morir.
Si le preguntas a un ateo como se imagina a Dios te dará una lista detallada de sus inseguridades proyectadas en algo en lo que no cree y por alguna razón odia.
Estoy escuchando algo reírse, o alguien más bien, es una risa de mujer mayor. Puedo ver unos dedos masivos que salen desde cada esquina del universo.
Esa entidad más allá de mi conocimiento me permite deslumbrar lo que sucede, soy una posibilidad que ha creado con el único propósito de verme morir, ya no aporto nada, así que va a destruirme.
Creo que eso me hace un poco feliz, de alguna manera que no sabría explicarte, yo gano.
Los dedos se retraen hacia la palma y todo termina.

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