Remake: Trickshot.

 

El tercer disparo fue para el bartender, la cabeza reventó como una pompa sanguinolenta y manchó las paredes de atrás con partes de un cerebro achicharrado.

Con más plomo que hierro en el cuerpo, Alexander echó abajo la puerta del baño y se dejó caer sobre el lavabo, conteniendo todo su peso con las manos en los laterales de cerámica.

- Vamos, puedes calmarte - se dijo viéndose solo y acorralado. - Vamos, muévete de una maldita vez.

Las rodillas ceden y el arma se escapa entre sus dedos, los azulejos del baño frenan su costado y el sonido del golpe resuena entre sus jadeos entrecortados.

Se lleva una mano a la cara para tapar esa molesta luz neón que ilumina todo el baño, solo molestaba, y en los tres cuartos de medio metro cuadrado ni siquiera servía. La estética de estos lugares estaba a la mediocre altura de los pandilleros que vivían en ellos.

Exhausto, al borde del colapso y con un suplicio insoportable por cada movimiento que hacía, Alexander no tardó en darse cuenta de que lo que más sentía era miedo.

La sangre salía lenta pero sin pausa de cada uno de los agujeros en su piel, no tenía ni tiempo ni fuerzas para extraerse las balas, y lo peor era que ni siquiera tendría forma de curarse, en el mejor de los casos podría morir tras cumplir su propósito.

El baño tembló, pensó que era su visión que se emborronaba por un mareo, pero no, las paredes de cerámicas grises reverberaban junto al resto del local por la inercia que venía a causa de una nave turbo propulsada pasando a baja altura, algo frecuente en la zona, en especial en las noches como las de ahora y hoy, que es cuando ocurria el contrabando.

"Serán treinta o cuarenta, como mucho", pensó mirando a la puerta que daba directamente al parque industrial.

Era una de estas puertas de manilla verde que solo se abre de una dirección, si querían entrar desde fuera tendrían que echarla abajo, porque la única otra entrada del local estaba en su punto de mira.

"Atrincherarme aquí solo me quita tiempo", se maldijo entre dientes mientras apartaba su miedo y trataba de ponerse de pie.

Sus zapatos resbalaron y chirriaron al raspar la sangre, su pantalón azul marino echo giras se había pegado a su piel y su gabardina gris parecía una cortina banguardista llena de plomo y polvo. Del sombrero no había ni rastro.

A pura fuerza de instinto y voluntad vuelve a tomar su revolver, lo mira dubitativo por un segundo, pero decide recargarlo igual, no es como que tenga otra opción sobre la mesa.

No era un arma cualquiera, tenía munición comparable a artillería semi-pesada, no era una baratija, pero tampoco podía echar abajo edificios.

"Tecnología de punta, amigo, un disparo con el cilindro bien cargado puede reventar un camión si le atina en el motor", eso le dijeron cuando le vendieron el arma.

Alexander desliza el revolver modificado por una de sus manos, su pulso no es tan firme aunque espera que sea funcional, para ello se asegura disparando dos veces contra la pared.

¡Bang! ¡Bang!

Nota en su tímpano menos decibelios de los que debería, pero una sordera temporal es el menor de sus problemas.

Notando el reciente calor en la mano, piensa; "seguramente sean más, cincuenta o sesenta", apretó con aún más fuerza la empuñadura, pero no se persuadió a si mismo, cuando vio que no se tropezaba al caminar, tiró de la manilla verde y salió.

***

Alexander caminaba girando la mirada hacia todas las direcciones, solo veía sangre y muertos en las calles asfaltadas del parque industrial. Su mano sostenía el revolver modificado con menos fuerza de la que le gustaba, pero al menos estaba bien cargado, por lo que la balanza dolor y riesgo estaba en equilibrio.

Cuando vio las primeras quince mirillas de francotirador en las ventanas del edificio a su derecha supo que levantar el arma era el equivalente a empaparse en sangre para nadar con tiburones.

- Que lugar más desagradable - fue lo único que dijo.

Bajó el arma lentamente y dejó que le rodearan 15 pandilleros que salieron de sus coberturas y los callejones circundantes. Todos le apuntaban con ametralladoras del siglo XXI, armamento decente para ser un barrio pobre.

Una figura se abrió paso entre los demás, las cadenas de oro resaltaban por las luces de las farolas y los contrastes de la noche. También eran reflectantes en los suelos mojados de esas calles de película.

El tipo era el jefe, y era el estereotipo que te imaginas si digo boxeador negro de Detroit, con más cadenas que un rapero y las manos en unos bolsillos tan anchos que cabía la UCI semiautomática que portaba en la derecha.

- Tengo 45 francos calibre setenta y tantos apuntando a tu culo de blanco - dijo el jefe al señalarlo con la mano desarmada. - Me vas a decir quién te envía y quizás me piense si dejarte con vida o no.

"Solo son 24", pensó Alexander mientras le sostenía la mirada.

Uno de los hombres se acercó al jefe sin dejar de apuntar al sujeto responsable de los 34 cadáveres repartidos por el lugar. - Jefe, yo se quien es, he oído hablar de él.

El jefe miró con desprecio a su hombre ya que le temblaba la voz. - ¿Y quien coño es? Porque yo solo veo un blanco con un revolver defectuoso que le a dado pasaporte a un puñado de inútiles, os compré chalecos antibalas y rifles de sobra, y os habéis empeñado en frenar las balas con el cráneo. Pues sea así, muertos como perros callejeros.

- No es eso, jefe - replicó el lacayo con valentía, llevándose una severa mirada. - Pasa que él es Trickshot.

- ¡Por mi como si es el putísimo "Rusvelt" en bicicleta! Un nombre de maricón con ropa de cuando las mujeres no botavan no va a dar problemas en mi barrio.

Era normal que el jefe no lo conociera, el alias de Alexander era algo que pasaba de boca en boca, tenía un nombre con más sombra que el hombre que había detrás, porque generalmente verle era un billete de ida al cementerio. Se decía que no importaba la fuerza o letalidad del oponente, no había persona que le aguantara más de tres disparos.

Pero sin embargo, el hombre en el epicentro de los pandilleros no parecía corresponder con la leyenda, había imitadores de bar más intimidantes que ese hombre que disque iba a matarlos a todos y todavía no pestañeaba, más bien tenía la mirada perdida en el cielo.

- ¡Que le jodan! A ver "truco-disparo", me dices ya mismo que has venido a hacer aquí, o te meto más balas por el culo de las que tiene mi cargador. 

- Yo... He venido a mataros a todos.

Las carcajadas que sonaron no fueron pocas, muchos incluso dejaron de apuntarlo, hablaba igual que los borrachos que se creían su propia película.

- ¡Jajaja! ¿Matarnos? En el estado en el que estás te da de ostias hasta mi abuela, y no tiene brazos - rió el jefe, creyendo tener todo bajo control. - "Disparo-truco", incluso si me dieras algún problema, de ese edificio van a salir negros con armas hasta en los dientes, ¿Creés que puedes tirar un edificio con tu juguete roto?

El jefe siguió provocándole, pensaba que esto era una estratagema y que tendría algún aliado entre las sombras, pero no salió nadie, y el cabrón tiroteado que apenas se mantenía en pie seguía mirando al cielo.

"Estará lanzando una plegaria", pensó el jefe, "pero con la noche tan cerrada ni siquiera lo escucharán en lo alto, hay más posibilidades de que le escuche alguien en una nave de las que pasan".

- ¿Aún nada? Ya veo que alguien se ha cagao del...

- ¡Ey "Tu-pac"! - le cortó Alexander de repente. - ¿Sabes cómo acaba tu película?

Lo había interrumpido, y aquellas palabras le sentaron al pandillero como una patada en la entrepierna.

- ¡Quitenme a este payaso de mi vista! - ordenó el jefe.

No había terminado de pronunciar la "e" al final del primer verbo cuando Alexander giró su muñeca y lanzó un disparo al aire. El proyectil semivioleta de su arma se perdió en las nubes y luego una gran explosión encendió el cielo.

Todos quedaron atónitos viendo como una nave atravesaba una capa baja de nubes y se precipitaba sin freno hacia el edificio circundante. Todo el exterior llenándose de advertencias y alarmas mientras los pandilleros gritaban por sus vidas, ahora el moribundo de vestimenta rara no era tan importante.

El jefe de los pandilleros miró entonces lo que les venía encima mientras susurraba. - El puto motor del flanco derecho, ha volado el puto motor del flanco derecho sin ni siquiera verlo.

La nave, que era del tamaño de un avión comercial, cayó en una diagonal picada directamente contra el edificio donde los francotiradores se refugiaban.

Escombros salieron por doquier, a los pandilleros que no habían muerto aplastados por alguno de ellos, se les había revuelto la cabeza por la explosión y la onda de choque, pero Alexander no tuvo ese problema, la sordera y el mareo era algo que traía consigo.

De los quince, solo 6 quedaron vivos sin contar al jefe. Alexander se tiró al pelotón más cercano, un grupo de tres.

Uno fue a subir el rifle cuando lo vio, pero Alexander llegó a tiempo para girar el arma por el cañón, y quince balas se enterraron en el idiota que tenía a la derecha. Su puño se enterró en la garganta del tipo central, y usandole de escudo humano, lo asió por el brazo y lo puso entre él y el compañero de la izquierda que abrió fuego, dejando al escudo de carne como una trinchera bombardeada.

Alexander le lanzó el peso muerto al agresor, que intentando esquivarlo, no pudo dar crédito a la velocidad con la que Alexander le estrelló el codo derecho en todo el centro del plexo solar, obligándole a exalar un aliento final, pues ni el chaleco pudo con la ferocidad de la extremidad que se incrustó en una diagonal perfecta.

Los cuatro restantes se alejaban del polvo y el fuego, uno huía y los tres que se quedaron estaban a punto de conocer porque "Trickshot" tenía la fama de los tres disparos.

Una nube de polvo se evaporó cuando un disparo violeta lo disipó, fue a parar en la pierna de un pandillero, separando la rótula del resto del cuerpo. Mientras cojeaba hacia atrás, un disparo más surcó el aire, al dar en la mano soltó el arma y para ese punto el arma de Alexander ya estaba cargada al máximo, el tiro de gracia lo dio en la cabeza en el medio segundo que aquel hombre tardó en tocar el suelo.

Se recolocó y cubrió en un trozo escombro relativamente grande que le protegía de cabeza a talones, la adrenalina era mágica, más no le daría la fuerza necesaria si le rodeaban.

Las balas llovían desde dos frentes, Alexander pateó una piedra, a su talón no le hizo ni puta gracia, pero distrajo a los pandilleros lo suficiente, pues pensaron que sería una granada.

Alexander salió de su cobertura con los restos de gabardina en la mano contraria a la de su arma. El primer disparo fue contra un pandillero que tenía a 15 metros, el fuego y polvo entre ellos los cubría, pero Alexander tenía buen ojo, disparó sin ser visto y le voló el cuello.

Lanzó entonces su gabardina por lo alto, y el pandillero restante pensó que era él. Agujereó lo que quedaba de tela hasta vaciar el cargador y cuando ya se dio cuenta del señuelo, el disparo de Alexander le estalló el pecho hasta dejar visibles las costillas.

Alexander decidido corría en una dirección, iba directamente por el jefe, el pandillero restante que estaba huyendo. Este último al principio había pensado que sería un buen plan, pero cuando se giró para ver lo que quedaba de sus hombres, solo observó a Alexander corriendo hacia él, y apuntándole desde unos 20 metros que cada vez se reducían más.

El jefe giró sobre sus talones y sacó la UCI del bolsillo, "si este cabrón le ha dado a una nave, me dará a mí por la espalda", pensó.

Disparó sin apuntar, múltiples balas dieron contra el suelo y dispersaron asfalto, para cuando estaban a la altura de Alexander, este ya había salido de la línea de tiro, y entonces disparó sin miramientos.

¡Bang! 

El disparo atinó a la UCI del jefe, volando el arma en mil pedazos, y lanzando parte de sus piezas ardiendo sobre la cara del pandillero líder, dejando en su rostro quemaduras de tercer grado.

- ¡Aaaaa! ¡Cabrón! - gritó mientras se trataba de cubrir retrocediendo.

Alexander corrió hasta llegar a su altura, como le hubiera gustado disparar, pero sabía la cantidad de sus balas de memoria, y ya no le quedaban tiros.

- ¡Puag! - escupió el pandillero junto a parte de sus muelas cuando Alexander le pegó con la culata del arma en la boca. - ¡Blanquito cabrón!

El jefe le estrelló un gancho de izquierda en la quijada, y el golpe fue tan preciso que apagó el cerebro de Alexander un segundo exacto en el que soltó el arma.

El pandillero y él no se diferenciaban mucho en altura y peso, pero la experiencia en golpes estaba a favor del tipo que gritaba a todas luces que ya había matado a gente con sus propias manos.

Alexander amagó con una mano derecha, el pandillero le hizo una finta, cuando vio el uppercut de izquierda que se acercaba apartó la cabeza con una rotación de cadera, pero sus reflejos le engañaron porque el golpe fue directamente bajo el cinturón y su pelvis pagó el precio.

Con lágrimas en los ojos lanzó una patada hacia una herida abierta de Alexander, pero este ya era una máquina de adrenalina en movimiento y no lo sintió. Embistió con un cabezazo en la nariz, y mientras el jefe trastabillaba, le encajó un perfecto gancho de izquierda en el hígado, que lo tiró al suelo sollozando.

Alexander no era ajeno a esta situación, sabía lo que iba a pasar ahora, el pandillero se pondría a suplicar por su vida, y le ofrecería dinero, droga, poder o perras, pero él no estaba para tragarse ese discursillo de nuevo.

¡Crack!

Alexander pateó la mandíbula del pandillero y se la fracturó por tres frentes distintos. Luego se puso sobre él, pisando sus manos para que no se defendiera, le quitó una cadena del cuello y se la envolvió el los nudillos mientras el jefe gritaba algo inentendible.

- Y ya solo queda uno - murmuró con las cadenas tan fijadas como vendas de boxeo. - No quiero que te confundas, no estoy aquí por dinero ni poder, esto es por una venganza. Una venganza contra los Deathman.

Con el refuerzo del metal, Alexander dio tres golpes consecutivos en el lóbulo frontal, hasta que finalmente le partió el cráneo a aquel tipo.

Se quitó de encima, fue caminando hasta su arma que aún desprendía calor desde el cilindro, la recogió y confirmó lo que ya sabía, no le quedaban tiros. 

Sus oídos pitaban, su visión se conformaba por borrones, y todo lo que podía ver eran dos luces nuevas que se unieron a las llamas y las sombras, azul y rojo, el color de las sirenas de la policía.

- Esto... No va muy bien.

La adrenalina dejó de hacer efecto, y Alexander colapsó sobre su propio cuerpo, a penas teniendo tiempo para poner la mano frente a la cara mientras todo se cerraba en un fundido a negro.

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