"Happy Sugar Life" al estilo Chuck Palahniuk.
¿Qué estás haciendo aquí? De verdad, pregúntate eso unos segundos. ¿No tienes nada mejor que hacer? ver un drama en la NHK, practicar caligrafía shodō, o tal vez asistir a un matsuri local. O, ya que tienes tanto tiempo libre, podrías inscribirte en un curso nocturno de ikebana. Haz algo útil con tu vida. Llévate a tomar un ramen calentito. Tíñete el pelo de un color atrevido, como hacen los jóvenes en Harajuku.
Nunca serás más joven de lo que eres ahora.
¿Por qué sigues aquí? ¿Estabas entre esto y la pornografía? ¿Las memorias de una sociópata obsesiva compulsiva le ganaron a falos blancos y vaginas censuradas con cuatro barras negras?
Lo que vas a encontrar aquí es una historia real y patética sobre alguien con quien nunca querrías cruzarte.
Pero ahora imagínate a una niña, tan pequeña que apenas te llega a la cintura, con el pelo negro y revuelto, peinado como quien muere electrocutado por una tostadora. Imagínatela en viejas fotos del álbum de la escuela, sonriendo con huecos donde se le cayeron los dientes de leche, sus nuevos dientes creciendo torcidos. Lleva un traje de marinera con un lazo en el pecho casi tan grande como ella. Desde esa edad temprana, ya comprendía el dolor, y creía que años de abuso se podían curar con palmitas en la cabeza. No tiene zapatillas favoritas. Le gusta andar descalza utilizando medias negras. Confía tanto en quien sea, que la pobre podría comer veneno para ratas si le prometes que es takoyaki recién hecho.
Imagínatela recibiendo un golpe. Una mano que golpea su rostro inocente porque el alcohol y el desapego son más fuertes que el consuelo. Yo no me quedaría de brazos cruzados y dejaría a esta pobre niña a merced del mundo.
— Hay alguien en mi corazón — le digo a Shyoku-chan mientras cierro el casillero.
— ¿Queee? — grita de sorpresa como las gyaru en las entrevistas de televisión. — ¿Qué pasó con la Sato que tenía un interés nuevo cada tres días?
La maté. Abrí su cabeza con un paraguas. La hice trocitos y tiré su cuerpo al río.
— Nunca pensé que tuvieras ese tipo de carácter fuerte — me abraza.
Pellizco su tripa. — ¿No estás un poco más gorda?
Se tira al suelo con el dramatismo del teatro kabuki. Puta ignorante necesitada de afecto. Esta a 7 kilogramos de la bulimia. Su autoestima es tan baja que se ve a si misma como una ballena. Va a cazar chicos conmigo porque sola no tiene oportunidad.
— Bienvenido a casa, amo — digo en el maid café. Mis manos sudando bajo dos manoplas de oso. Mi cabeza ridícula con dos orejas postizas.
Mis compañeras de salario mínimo hablan de mí. Preguntan a sus sempais por mi estado de ánimo. Todo trabajador del Café Angelical sabe que nadie es feliz.
Regreso tarde y abro la puerta del apartamento. Esta sentada. Pasa frío mientras se ajusta sus medias. Me mira con esa cara tan inocente.
— Sato-san, ¡Has vuelto!
Esta pequeña salta de felicidad. Intenta llegar a mis hombros.
— ¿Estuviste esperándome en la puerta a pesar del frío? — acaricio su cara.
Shio-chan, eres mi todo. Esta chica de ocho años es más agradable que lamer azúcar de un cuchillo. Nos bañamos juntas y me pregunta que porque flotan los patitos. Ni siquiera Arquímedes podría entender lo que esta chica dice.
Es un papito. El agua caliente le dice; "tengo que ayudarte". Ella no ve a los cazadores. No puede ver a esa gente que no sabe meterse en sus asuntos. Me la quieren arrebatar porque han visto su rostro en el folleto de personas desaparecidas.
Me espera casi llorando en la puerta. Es inocente. No ha sido pisoteada por el sistema laboral todavía. No se prostituye vestida de mucama en un trabajo de medio tiempo.
— Volveré tarde — digo.
Me abraza de nuevo. Sonríe como un perro que busca una pelota sin saber que es una granada sin seguro. — Estás trabajando por mi bien.
Las vías de la estación de tren me llaman. Otro incidente en area urbana de una joven que no pudo más. Imagino mis organos desperdigados siendo removidos por la pala de un pasante que también desearía tirarse, pero que no puede porque tiene mujer e hijos.
Tú no puedes irte. Por más que te digo que no te quedes, sigues escuchando. Estás atrapado en mi cabeza, en mi sudor, en el hedor a café recalentado y faldas almidonadas de la cafetería La Princesa Imperial.
Día uno.
El uniforme me aprieta las costillas como una prensa hidráulica. Lazos finos me marcan las pantorrillas y el mandil de colores rosa parece un tumor en mi pecho. Mis compañeras, tienen uñas acrílicas y sonrisas de kabuki, me miran como si fuera un bicho que se coló en su sopa miso. Una de ellas, con el pelo teñido de platino y cara de sueño de J-pop frustrado me empuja al pasar. Lo que daría por ver cómo se tropieza con sus tacones y se abre el cenit de la cabeza con el pico de una mesa. Sería gracioso que ocurriese en el cumpleaños de un niño. Todos aplauden cantando cumpleaños feliz y ella tropieza contra la mesa. Todo digno de una película serie B de terror.
Taiyo Mitsuboshi es el único que destaca en este circo. Rubio, ojos que brillan como los neones de Akihabara. El sueño de cualquier mujer, incluso de las que saben que es ilegal. Viste con camiseta blanca abotonada y un mandil de solo cintura. Me observa mientras limpio mesas, sus dedos tamborileando en el mostrador como si estuviera ensayando para un comercial. Rasgos finos, casi antropomórfico. Seguro que su fantasía es ser sometido mientras le dicen lo malo que ha sido. No se en qué momento pasa, pero quedo a solas con él en un pasillo.
Manos a la espalda. Ropa lisa. Me mira a los ojos como si esperase que pudiera alzar la luna por él. — Me gustas, ¿Quieres salir conmigo?
No lo hubiera imaginado. Lo único que me esperaba de él es que me pidiera ser su tapadera para un matrimonio lavanda. Este pequeño querubín idiota seguro que aún creé en los cuentos de hadas y el amor a primera vista.
— No, lo siento. Ya hay alguien más en mi vida.
Shio. Shio es mía. Shio es el azúcar que no se derrite, la única cosa que no quiero insultar en este mundo. Taiyo agacha la cabeza con un "entiendo" y se va sin pelear. Pobre idiota pusilánime, espero que al menos no se masturbe pensando en mi. Vuelvo a fregar la mesa, el trapo oliendo a detergente y vomito de algún otaku alérgico a la canela.
Una de las chicas viene a verme acompañada de otras tres. Por poco me lanzan al aire con un "jip jip urra" por haber rechazado a Mitsuboshi. Que si muy firme, que si muy valiente, que si se ha atascado el bater y tengo que limpiarlo. Algún gracioso ha metido tres rollos de papel higiénico y ha tirado de la cadena.
Cuando termino, veo a la jefa al final del pasillo. Está hablando con Mitsuboshi en su oficina, la puerta entreabierta. Susurra algo, él asiente, y cuando me ven mirando, se levanta a cerrar la puerta.
Clic.
Como si escondieran el cadáver de un cliente en el congelador. No confío en nadie. Desconfío aún más de quien cierre una puerta con un menor dentro y después eche la llave. Las puertas cerradas son donde los secretos se pudren, como los cuerpos en los callejones de Kamagasaki.
Taiyo Mitsuboshi no vuelve a ser visto en el trabajo. Pero yo, día tras día, veo como mi número de tareas aumenta. Mis manos frotan mierda de algún hijo de puta que se caga fuera en los baños de hombres. Mis uñas son más útiles para raspar los chicles resecos que hay debajo de las mesas. La espátula que me han dado para eso no tiene filo. Esto no es un accidente. Alguien aquí quiere joderme, y bien.
Llego cansada a casa. Ya ni siquiera puedo conocerme bien.
Ya no.
Pero reconozco con ternura a la niña de ocho años que se arruga con suavidad entre sábanas para dormir en la entrada esperándome. Titiritea como un enfermo de neumonía. Su piel clara por falta de sol es demasiado sensible para el mundo que hay ahí fuera.
Mañana es día de paga.
Quizás.
Quizás.
Quizás esto no haya sido en vano.
— Esto está mal — le digo a mi jefa empuñando mi sobre con menos de la mitad de lo que me corresponde.
— No. No está mal — camina a mi con tacones de puta en el barrio rojo. — Que tengas una cara bonita no implica que puedas sacar ventaja a tus compañeras.
— Esto está por debajo del salario mínimo.
— Ahora trabajas para mí imperio. La "Princesa Imperial", ¿Recuerdas? No tiene por qué haber problema si decido recortarte la paga extraoficialmente.
La puta esta habla como un villano de estudio Gibli. Me pone las manos en los hombros y me balancea con la sonrisa de un salariman que no se come una rosca.
— No, no debe hacer esto. Esto está mal — llevo mis manos a mis ojos y me tambaleo hasta dar con la espalda en la puerta.
— ¿El que está mal?
— Obligar a un menor de edad a tener relaciones sexuales con usted, por ejemplo.
Sus ojos se abren, dos monedas de yen. Su boca parece el pico roto de un capa después de una patada. Mírame a la cara. Mírame a la cara. Mientras te pierdes en mis pupilas yo enciendo la grabadora de mi móvil en el bolsillo de mi uniforme.
— ¡Pequeña estúpida! — grita mientras tambalea hacia atrás y pone la mano en el escritorio de su despacho. — ¿Esa es forma de hablarle a un adulto?
Sus uñas de 500 yenes perfectas para arañar una espalda. Sus ojos que gritan desatendida en ámbitos eróticos. Su pinta de tarta de navidad. Después del 25 no hay quien se la coma.
— Este lugar apesta a flujo vaginal y cigarros — olfateo el aire cargado de lujuria. — ¿Él no llegó al orgasmo?
— Tú... — intenta decir pero la interrumpo.
— No abras esa puta boca de nuevo a menos que puedas traer a Mitsuboshi aquí y que lo explique todo.
Sudores fríos. Maldiciones no escuchadas desde que Japón extinguió a los tigres en Corea. Un gesto que indica que va a correr a golpearme.
— Este... Este es mi imperio.
Pobre emperador Anko, ahora ve de primera mano como Mayowa no Ōkimi le mata reclamando lo que le pertenece.
Pateo el manillar del armario y la puerta se abre de golpe. Al final Mitsuboshi si que va a poder explicarlo todo. Está amarrado. La mirada perdida cuál hombre al que le inyectan heroína en vena. Está sentado sobre su propia mierda. Olfateo el aire cagado de lujuria.
La jefa se levanta. Está completamente loca. Yuka Takaoka fumando en la escena del crimen. Ella se ríe, se ríe de verdad y me dice:
— Fuiste una tonta por intentar salvarlo. Si, siento celos por ti. ¿Porque los hombres atractivos solo se fijan en los rasgos afeminados de menores? Es una cultura enfermiza, pero común. Yo puedo hacer lo mismo. Y claro que usé mi cuerpo para convencerle de que yo era una mejor opción.
No tiene ningún arma. Yo tengo la espátula sin filo en el bolsillo. También tengo deudas y alquiler. El carma no es el único que tiene que ajustar cuentas. Saco mi teléfono y enfoco directamente a su cara.
— ¿Alguna otra declaración?
Empieza una charla sin sentido. Que si la estoy amenazando. Que si su imperio. Que si él lo disfrutó.
Pobre Mitsuboshi. Es el escalón más bajo de la masculinidad. Violado por una mujer. Una historia que no podrá compartir con nadie. Una anécdota que solo se ganará las risas y comentarios del estilo; "Qué miedo, ojalá me pase".
— Cállese la puta boca — digo al fin. Mis ojos tienen tanta emoción como los peces muertos en la pescadería. — No me importa una mierda su reino, sus gustos o su menopausia. Págueme lo que me debe. Suelte al chico, y no volverá a oír hablar de mí.
La campana de la cafetería es el gong final que marca mi último día laboral en ese sitio. Guardo mi paga y la de Mitsuboshi en mi bolsillo. Le he salvado la vida, es lo menos que puede hacer.
— La confianza puede hacer mucho daño Mitsuboshi-kun. Debería ser más cuidadoso, los deseos de las mujeres son muy fuertes — digo antes de despedirme.
Vuelvo a casa, las vías del tren cantan más alto que nunca. Shio está dormida en el futón, sus medias negras torcidas, un patito de goma en la mano. La miro y pienso: esto es amor. Esto es mío. Y que el mundo se queme antes de que me la quiten.

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