Relatos de vs 2.
Dead Bart vs Nessi.
—No estoy bromeando, Charles —insistió Noah, su voz un susurro mientras apretaba los puños—. Ese vídeo maldito… lo vi. Bart está viniendo por mí.
Charles soltó una risa áspera de esas que sueltas cuando no tienes ganas de reír pero tu cuerpo no tiene otra respuesta, sus manos apretando el volante como si quisiera estrangularlo.
—Claro, amigo, y el cadáver que encontraron en el Himalaya era el Tails Doll, ¿no? — respondió.
—Había un cuerpo, Charles. En una cabaña, justo al lado. ¡Muerte por epilepsia! —Su voz se alzó, quebrándose como cristal —. No me digas que no significa nada.
Charles frenó el coche de golpe, el chirrido de los neumáticos cortando asfalto. Sus ojos escépticos buscaron los de Noah.
—Mira, no digo que no te crea, pero… ¿Zalgo conquistando México? ¿El fin del mundo? —Hizo una pausa para suavizar su tono —. Vamos, hombre, eso suena a pesadilla de foro de internet.
Noah no respondió. Abrió la puerta del coche con un movimiento brusco, el aire helado de octubre golpeándole los pomulos.
—Tal vez solo necesito despejarme —murmuró, más para sí mismo que para Charles—. Navegar por el lago. Olvidar.
Charles alzó una ceja, su sonrisa regresando como amigo traicionero.
—Cuidado con Nessie, entonces. Quizás hoy no haya atrapado suficientes peces y decida darse un festín contigo. —Arrancó el motor, el rugido del coche ahogando su risa mientras se alejaba.
— No es más tonto porque no se entrena —susurró Noah, su aliento formando volutas en el aire frío. Cerró los ojos, y por un instante, vio a su yo de diez años, estrellado contra el pavimento, la risa de los demás resonando en su cabeza. "Maldito enlace", pensó. "¿En qué momento creí que abrirlo era buena idea?".
El lago lo esperaba, un espejo negro bajo un cielo sin estrellas. Su balsa, una frágil tabla de madera, apenas sostenía su peso, el móvil en su bolsillo y los remos de sus manos. Remó con furia contenida, el frío le mordía las mejillas, pero el movimiento lo calmaba, cada golpe de remo un intento de ahogar el pánico creciente en su pecho.
Entonces lo vio. Un reflejo en el agua, no el suyo. Un niño amarillo, su rostro quemado, los ojos blancos como tele sin señal. Noah se sacudió y casi cae al agua, su corazón tamborileando contra sus costillas.
—¿Qué demonios...? —Se frotó los ojos, buscando de nuevo el reflejo. Nada. Solo su rostro. Pero entonces, desde las profundidades, una sombra colosal surcó rápida, rompiendo la superficie con ondas circulares que sacudieron madera.
— Es solo Nessie — suspiró Noah, antes de recuperar sus cinco sentidos —. ¡Joder, eso es peor! —Sus brazos se convirtieron en un torbellino, los remos golpeando el agua con desesperación mientras la balsa se precipitaba hacia la orilla. La madera chocó contra la tierra, lanzándolo de bruces al suelo. Su móvil resbaló, girando sobre la grava, su luz parpadeando como faro roto.
El aire vibró con un rugido primitivo. Noah alzó la vista, el corazón detenido. Una cascada de agua se alzó, dando forma a una criatura imposible: un plesiosaurio de escamas relucientes. Nessie, el monstruo del lago Ness, lo apartó de un aletazo, enviando su cuerpo y partiendo la balsa en pedazos. El mundo se desvaneció en un estallido de dolor, y Noah cayó inconsciente.
Desde la luz parpadeante del móvil, una figura comenzó a tomar forma. Dead Bart, su cuerpo pútrido se alzó, los jirones de su piel colgando como harapos, sus ojos sin pupilas fijos en la criatura del lago. Dos bestias, dos pesadillas, reclamaban la misma presa. Nessie, la colosal criatura del lago, alzó su cabeza serpentina, las escamas negras reluciendo bajo la luz fracturada de la luna. Sus ojos, se clavaron en la figura pútrida del niño cuya carne quemada parecía absorber la oscuridad en lugar de reflejarla.
Nessie atacó primero. Su cuello se alargó con una velocidad imposible, las mandíbulas abiertas revelando filas de dientes duros y filosos. El aire silbó cuando intentó atrapar a Bart, pero la figura amarilla se movió más rápido de lo que el ojo podía seguir. Con un puñetazo que podría haber roto la ventana de un avión, Bart golpeó el hocico de Nessie. El impacto fue devastador: un diente del tamaño de un antebrazo salió volando, girando en el aire antes de clavarse en la arena con un "thunk" sordo. Nessie rugió, el dolor era un fuego desconocido en su mandíbula, pero cuando sus ojos buscaron a Bart, no encontraron nada. La criatura amarilla había desaparecido, como si se hubiera disuelto en la noche. Nessie giró su cabeza colosal, sus fosas nasales dilatándose mientras olfateaba el aire, buscando algún rastro de esa carne putrefacta. Al instante siguiente un dolor agudo estalló en su cráneo, un zumbido que no era sonido, sino algo más invasivo. Imágenes fragmentadas destellaron en su mente: sangre en el agua, su propio cuerpo destrozado, una familia llorando en un avión, y monstruos que las palabras no alcanzan a describir. Su visión se volvió borrosa, los contornos del mundo fundiéndose en un caos de formas y colores que no se iban ni cerrando los párpados.
Desde la oscuridad, un chirrido rítmico rompió el silencio. Bart reapareció montado en un monopatín, las ruedas chirriando contra la grava mientras realizaba acrobacias imposibles. Subió por la cola de Nessie, usando su joroba como rampa. Apuntó un golpe a una vértebra en la base del cuello, un punto queaparecía vulnerable. Pero Nessie reaccionó, su piel cambió en un instante, pasando de escamas duras a una superficie resbaladiza como el hielo. Las ruedas de Bart derraparon, y él intentó aferrarse, sus dedos hundidos en la carne mutable de la criatura. Pero Nessie volvió a mutar, adoptó su forma de Kelpie: un ser de agua y engaño, con piel se volvió adhesiva, atrapando la carne putrefacta de Bart como si fuera pegamento.
Nessie se revolcó con furia, su cuerpo colosal sacudiendo la orilla. Las astillas de la balsa destrozada, aún dispersas por el suelo, se clavaron en Bart, perforando lo que a duras penas se podría llamar piel y carne. El dolor debería haberlo detenido, pero Bart no era una criatura de musculatura ordinaria. Sus ojos sin pupilas brillaron con un resplandor rojo, y un fuego antinatural brotó de sus manos, masticando la piel de Nessie. Con un calor superior al de un ordenador en verano, la piel adhesiva de Nessie se deshizo bajo el fuego, liberando a Bart entre cenizas de escamas y órganos dañados.
Cojeando, el niño retrocedió, su pierna izquierda torcida en un ángulo que sugería huesos rotos, aunque su cuerpo seguía moviéndose. Nessie, rugiendo, cambió de nuevo. Era un caballo emergiendo del oleaje, con crines que parecían hechas de espuma y ojos que brillaban como el fondo del lago. Con un movimiento de su cabeza, el Kelpie invocó una ola, un torrente de agua estancada que se estrelló contra Bart, apagando las llamas que aún chispeaban en su cuerpo. El monigote amarillo trastabilló, su pierna herida ralentizándolo. Nessie, ahora en su forma equina, galopó hacia él, sus mandíbulas abiertas para atraparlo. Pero Bart se movió en el último instante, como si supiera exactamente dónde caería el golpe. Nessie lanzó una serie de golpes con sus patas delanteras, cada impacto sacudiendo la tierra, pero Bart se deslizaba fuera de su alcance, siempre dos segundos por delante. Sus ojos brillaban con un conocimiento imposible del futuro, con más certezas que las que cualquier charlatán con una bola de cristal pudiera decir.
Entonces, Bart contraatacó. Sus manos se alzaron, y el aire frente a Nessie se fracturó como un espejo roto. Imágenes surgieron en la mente del Kelpie: su cuerpo destrozado en el fondo del lago, el agua teñida de rojo, los gritos de los suyos resonando en la eternidad. Era una visión tan vívida, tan cargada de dolor, que Nessie vaciló, sus patas temblando. Pero el Kelpie no era una criatura fácil de doblegar. Con un relincho que resonó como un canto hipnótico, invocó su poder más antiguo: la atracción irresistible que había arrastrado a incontables niños a las profundidades. Bart, a pesar de su naturaleza sobrenatural, sintió el tirón. Sus movimientos se volvieron lentos, sus ojos más vidriosos si cabe, tal cual si la parte que aún recordaba ser un niño, no pudiera resistirse.
Nessie no desperdició la oportunidad. Sus mandíbulas se cerraron sobre Bart. Lo levantó, después lo estrelló contra el suelo, el impacto alzando una nube de polvo y grava. Bart, sin embargo, no estaba acabado. Con un movimiento desesperado, recogió un puñado de arena y lo lanzó a los ojos de Nessie al rojo vivo, se volvió cristal antes de chocar contra los globos oculares del caballo. Nessie relinchó y sacudió su cabeza, lanzando a Bart al agua con un movimiento brusco. El lago los recibió a ambos, un campo de batalla líquido donde las reglas del mundo parecían torcerse aún más, todo ese territorio natural esperaban el segundo asalto.
Dead Bart luchaba contra el agua para ascender, sabía que era el dominio de Nessie, sus posibilidades de victoria eran drásticamente cercanas a cero. Antes de que pudiera alcanzar el aire, una fuerza colosal lo golpeó desde la derecha. Nessie, ahora en forma de anguila cortaba el agua a 370 kilómetros por hora, partió un cuarto de su cuerpo sin perder impulso. La ya de por sí malgastada pierna de Bart se hundió y él iba camino al mismo destino por una corriente que lo impulsó hacia las profundidades.
El fondo del lago lo recibió, un cementerio de restos humanos esparcidos entre rocas y algas. Bart alzó una mano, y un resplandor rojo pulsó desde sus dedos, como si tocara los hilos de un poder más allá de la vida. Los cuerpos se alzaron, sus gritos de agonía rasgando el silencio acuático. Eran marionetas de carne y hueso, los ecos de sus almas en un coro de estática que Bart se sabía de memoria. Lanzo los cuerpos contra Nessie, la anguila zigzagueó entre ellos, partiendo los cadáveres como si fueran ramitas secas. Más, un grito agudo resonó desde la derecha haciendo vibrar las corrientes. Nessie giró, sus sentidos alerta, solo para que una roca enorme se estrellara contra su flanco izquierdo, atrapándolo de lado a lado justo en la zona que ya había sido quemada antes. Había sido un truco de Bart, que manipulaba la percepción como un maestro titiritero. "Multiplícate por cero", parecía decir.
Nessie divisó al chico amarillo a través del agua turbia y se lanzó hacia él, un misil de instinto bruto, pero el mundo se torció. El fondo del lago se alzó para recibirlo, y Nessie chocó contra él con un impacto que hizo temblar las profundidades. Solo otra ilusión visual que hizo rugir de dolor a la criatura que, girando en un remolino, agitó las aguas del lago, un vórtice diseñado para triturar los huesos del chico. Bart respondió con un estallido de fuego sobrenatural. Las llamas, imposibles bajo el agua, que ardieron hasta transformar el líquido en vapor. El calor escaldó la piel de Nessie, sus escamas burbujeando y pelándose mientras un grito de dolor escapaba de su garganta y embotaban su mente.
Nessie, agotao pero implacable, cambió de forma una vez más. Su cuerpo de anguila se deshizo en un torbellino de agua, y el plesiosaurio emergió, su cuello largo y sinuoso cortando el agua, con un movimiento final, sus mandíbulas se cerraron sobre Bart, partiéndolo en dos con un crujido que resonó hasta la orilla. Lanzó los restos del chico fuera del lago, y cayó con un sonoro "crash", típico de los cuerpos que ya no respiran. Nessie emergió nuevamente entre cascadas de agua que brillaban bajo una luna sin estrellas. Las escamas estaban quemadas, su carne abierta, pero aún se movía, arrastrándose con una determinación nacida de siglos de supervivencia en agua dulce para su cuerpo de agua salada. Se detuvo, su respiración era pesada, cada inhalación un recordatorio de su agotamiento. Sus ojos se posaron en Noah, aún inconsciente, y por un instante, la criatura imaginó que su carne podría saciar el hambre y darle fuerzas. Pero el cansancio era demasiado. Sus párpados se cerraron, y en la oscuridad de su mente, una visión: un ataúd de piedra, su cuerpo encerrado dentro, y una voz desconocida susurrando desde el exterior: “Si tan solo todos tuviéramos esa suerte”. Nessie despertó con un sobresalto, un balbuceo incoherente escapando de su garganta. Intentó moverse, pero su corazón, antiguo y agotado, se detuvo. El monstruo del lago Ness colapsó, cayó para nunca más levantarse.
En la graba de la carretera cercana, el móvil de Noah parpadeó. Una imagen hiperrealista de Bart se formó en la pantalla, sus ojos sin pupilas brillando con un propósito que trascendía la muerte. Sus dedos, o lo que quedaba de ellos, teclearon un mensaje en un correo electrónico: “31 de octubre de 2025, no dejaremos que la historia se repita”. La imagen se desvaneció, y el móvil se apagó. Noah despertaría horas después, del cuerpo de Nessie ni rastro, solo el mensaje esperándolo en la pantalla. No lo entendería, no aún. Pero en el fondo de su mente, algo conectaba. La noche guardaba secretos que no se quedarían en ese lago.
Eyeless Jack vs El hombre perro de Míchigan.
El aire del Bosque Nacional Hiawatha está cargado de humedad y el olor a pino. La luna se proyecta entre los árboles como una lámpara LED a través de un rallador de queso. Eyeless Jack, ser de máscara azul y cuencas vacías, se mueve silenciosamente entre la maleza, buscando campistas. Sus sentidos atrapan en sus pies el crujir de un periódico viejo y arrugado, sus titulares hablan de una "bestia" que despierta cada diez años. Sin ojos para devorarlo, Jack lo patea con un pie indiferente, juzgándolo mera basura. Sus garras brillan, y su instinto le susurra que la noche no le pertenece solo a él, que hay ojos hambrientos acechando en el borde de los tocones.
Un aullido gutural irrumpe rasgando el velo de la medianoche. Jack gira, sus sentidos detectan esa presencia masiva. El Hombre Perro de Míchigan brota de la maleza, ojos amarillos que brillan en la oscuridad, colmillos desnudos que buscan saciarse con más sangre y garras que se abrirían paso en su piel fácilmente. Con el tamaño de un búfalo en cuatro patas y una altura de 2,26 metros cuando se yergue, Jack sabe que no es el Golden retriever de algún campista que trasnocha. El sin ojos, rápido como un fantasma que huye de su propia sombra, se funde en la oscuridad, trepando a una rama baja para observar sin ser observado. El hombre perro olfatea el aire. Su oído, comparable al de un pastor alemán, capta el crujido que cualquier otro hubiera confundido con un siseo, pero no él. Carga a 4 patas, luego gira en redondo, sus garras arañando la corteza de un pino, y suelta un rugido ensordecedor, que hace huir a los pájaros. Jack, desconcertado por un instante, siente la vibración y en respuesta, salta desde la rama, garras extendidas, apuntando con un corte quirúrgico al homoplato del Hombre Perro aún encorvado. El Hombre Perro, con reflejos animales, esquiva parte del corte con un movimiento lateral. Responde con una embestida cuadrúpeda, sus patas traseras levantando tierra y agujas de pino. Jack rueda hacia un lado, pero el Hombre Perro gira en plena carrera, sus mandíbulas atrapando la pierna de Jack, fuerza de agarre que dejaría tieso a un ciervo de 170 kilos. En respuesta, Jack desenfunda su revólver desde la cintura y dispara. La bala impacta el hombro del Hombre Perro, arrancando un gruñido de dolor. La bestia sacude a Jack violentamente, lanzándolo contra el suelo. El revólver rueda bajo un arbusto, perdido como un grano de oro en el desierto.
El Hombre Perro se yergue, sus garras brillando, y lanza zarpazos a dos manos, desgarrando la corteza de un árbol cercano cuando Jack rueda para esquivarlo. El impacto saca astillas y leña seca que cruje bajo el peso de la criatura. Jack, aprovechando su velocidad, se pone de pie y lanza un rodillazo militar directo a la nariz del Hombre Perro, un golpe preciso que conecta con un crujido. La bestia gime, retrocediendo, pero suelta otro rugido intimidatorio, tan potente que Jack siente la presión en su pecho. Aprovechando la distracción, el Hombre Perro escarba de un zarpazo, y la madera y arena que había tirado cae sobre los huecos vacíos de Jack, irritando su piel y logrando que se desoriente brevemente.
El Hombre Perro carga de nuevo, sus garras abriendo un tajo en el pecho de Jack. La sangre negra y fétida brota, salpicando el hocico de la bestia. El olor tóxico desorienta al Hombre Perro, que tose y sacude la cabeza, por la repulsión repentina. Jack, resistiendo el dolor como resistía los gases tóxicos en la guerra, aprovecha para circular y saltar a la espalda de la criatura, sus garras buscando los riñones. Sin embargo, la gruesa capa de grasa, comparable a la de un búfalo, amortigua los cortes. El Hombre Perro se revuelve, rodando como un tronco caído, intentando aplastar a Jack con su peso masivo. Jack siente como algunos huesos se le parten, pero su resistencia sobrenatural lo mantiene aferrado.
El Hombre Perro, furioso, lo azota contra el árbol que tiene más cerca, y cuando logra que se suelte, ataca al cuello, levantándolo como un lobo con su presa. La mandíbula aprieta, pero la sangre putrefacta de Jack inunda la boca de la bestia, provocándole arcadas. Jack, colgando del mordisco, usa sus garras para cortar los tendones cercanos a la mandíbula, forzando al Hombre Perro a soltarlo. En un movimiento desesperado, la bestia muerde el brazo izquierdo de Jack y lo arrastra hacia el interior del bosque. Jack, con un reflejo rápido, clava sus garras en la corteza de un roble, anclándose. El Hombre Perro da un tirón rabioso, arrancándole el brazo con un crujido espeluznante, pero Jack, imperturbable, solo retrocede a las sombras.
El Hombre Perro olfatea el aire, su visión aguda y su olfato detectando el hedor putrefacto de Jack a 60 metros. Salta hacia las sombras, cuando Jack está por salir, arrancando la máscara azul de un zarpazo y clavando sus garras en las costillas expuestas. Jack, sin su máscara, muestra una mueca de dientes afilados. Con un movimiento relámpago, corta los tendones de ambas manos del Hombre Perro, debilitando sus zarpazos. Aprovechando el aullido de dolor de la bestia, Jack muerde la mano derecha, destrozándola con un crujido de huesos y tendones. El Hombre Perro, frenético, se revuelve, pero Jack rueda ágilmente y monta su espalda. La bestia intenta aplastarlo rodando contra algo, derribando un árbol joven en el proceso, pero Jack, con precisión de cirujano, clava sus garras en las vértebras más expuestas de la columna del Hombre Perro. Una y otra vez, las garras perforan, cortando nervios y tejido. La bestia aúlla, sus patas traseras ceden, y cae agotada, su cuerpo temblando bajo el peso de sus heridas hasta que nada en él se mueve.
Jack, con su máscara destrozada a un lado, la toma antes de alejarse cojeando entre las sombras, sin tener la tentación de arrancarle un riñón a esta criatura. Su sangre putrefacta se mezcla con la del hombre perro, y ya solo le interesa recuperar su arma, o encontrar algún transeúnte despistado, lo que antes suceda.
Gato Wampus VS Suicidio de Calamardo.
El Alpine Lakes Wilderness yacía envuelto en el crepúsculo, sus picos dentados y pinos oscuros sumidos en quietud. La superficie del lago brillaba reflejando el ámbar menguante del cielo. El Gato Wampus, avanzaba sigiloso hacia la orilla, sus ojos, escudriñaban el bosque atentos al menor movimiento. Bajó la cabeza para beber, sus mandíbulas a centímetros del agua, cuando un estruendo desgarró el silencio. Un disparo desde las profundidades hizo que ondas en el agua se movieran sinuosas, y el líquido ambarino se tornó roto mientras una niebla inexplicable se extendía de la superficie hasta el cielo cambiando todo. El Gato Wampus alzó la cabeza, sus orejas girando, sus garras desplegándose, el reculando ante el más mínimo estímulo de peligro. Entonces él surgió, una figura de colores pálidos, con una escopeta entre los tentáculos, y unos ojos hiperrealistas. El Calamardo suicida lo miró fijamente.
El Gato Wampus no vaciló, giró su cuerpo y lanzó su cola como un látigo de hueso y músculo. Pero el ataque atravesó a Calamardo cual espejismo, la figura disolviéndose en volutas de niebla roja. El Gato Wampus gruñó mientras sus ojos buscaban en la penumbra. Desde el agua, una bala de cacería cruzó en un siseo hasta chocar de lleno con la cabeza del gato. El impacto reverberó en su cráneo, obligándolo a retroceder con un rugido de dolor. Su piel era indestructible, pero sus organos internos no, y esa mierda acababa de revolverle el cerebro. Sus garras arañaron la tierra, estabilizándose, mientras Calamardo, ahora sí, emergía del lago, escopeta en mano, su rostro una máscara de carne retorcida, los ojos sangrando y humeantes. El Gato Wampus respondió con un rugido ensordecedor, pero Calamardo solo miró feo, y el rugido se desvaneció, reduciendo su sonido a un susurro.
El Gato Wampus, fintó hacia la izquierda, esquivando un segundo disparo que partió un árbol en astillas. Con un salto de cuatro metros aterrizó frente a Calamardo, con dos brazos bajó la escopeta, el metal crujiendo bajo su fuerza. Con los otros dos, lanzó un zarpazo doble, las garras rasgando los ojos de Calamardo, que se convirtieron en un amasijo de sangre negra. El calamar chilló, un sonido que no fue silenciado, amplificado por su propio poder hasta convertirse en un alarido que hizo temblar las hojas. El felino chirrió también tomando distancia. Calamardo se desvaneció, teletransportándose entre los árboles. La niebla roja se espesó, y de ella surgieron múltiples Calamardos, cada uno con un rostro más grotesco que el anterior, sus escopetas apuntando, sus tentáculos retorciéndose. El Gato Wampus intentó usar su oído agudo, pero Calamardo manipuló el sonido, silenciando el bosque hasta que solo se oía el latido de su propio corazón. Un disparo insonoro salió de la nada, impactando el flanco del Gato Wampus. La piel lo protegió, pero el golpe lo hizo chillar, la fuerza bruta sacudiendo sus huesos. Sin embargo, su inteligencia brilló: sus ojos recorrieron las ilusiones, buscando detalles. Ninguna tenía el olor acre de la pólvora. Pero un hilo de humo subía desde un pino cercano.
El Gato Wampus concentró su mirada. Sus ojos brillaron como brasas, y una chispa saltó desde ellos, encendiendo el árbol en una explosión de llamas que iluminó la niebla y deshizo la humedad para volverla humo. Calamardo salió gritando, su piel chamuscada, usando su propio don sobrenatural en él, negándose a desmayarse. El Gato Wampus no le dio tregua, corrió a 6 patas, 80 km hora en un salto, que atrapó al calamar por el cuello, sus mandíbulas cerrándose con una fuerza de 426 kilogramos. La cabeza de Calamardo se desgarró con un crujido húmedo, cayendo al suelo con un "plof" hueco. Pero la victoria no llegó. La niebla roja se arremolinó, y la cabeza de Calamardo se recompuso, los ojos brillando de nuevo, su cuerpo regenerándose en segundos. La oscuridad absoluta cayó, una nube impenetrable que ahogó la luz y el sonido.
El Gato Wampus encendió sus ojos, intentando perforar la penumbra, pero la niebla roja embotó sus sentidos, un veneno que nublaba la mente. Desde un punto ciego, Calamardo lanzó una patada, sus dos tentáculos golpeando el hocico del Gato Wampus. El contacto envió una oleada de emociones caóticas: furia, calma, pánico, todo a la vez. El Gato Wampus rugió, resistiendo por pura voluntad animal, su mente demasiado salvaje para sucumbir del todo. Enfurecido, el Gato Wampus cerró los ojos y concentró su poder. Sus pupilas ardieron como soles gemelos, y una chispa brotó, encendiendo la niebla misma. El fuego estalló contra el calamar, su cuerpo parcialmente quemado, la escopeta derretida en sus manos y el resto del prado transformado en un incendio forestal. La niebla roja intentó regenerarlo, pero el Gato Wampus no lo permitió. Se alzó en dos patas, sus cuatro brazos moviéndose. Dos brazos bloquearon los tentáculos de Calamardo, desviando un golpe que buscaba estrangularlo. Los otros dos rasgaron su pecho, garras cortando carne y hueso. Calamardo se teletransportó a la espalda del Gato Wampus, un tentáculo intentando rodear su cuello. Pero el Gato, anticipando el patrón giró en el aire, su cola azotando como un martillo. El golpe impactó la columna de Calamardo, su piel quemada crujiendo bajo la fuerza. El calamar fue partido en dos. El Gato Wampus no se detuvo, con un rugido que sacudió el bosque, sus cuatro brazos descargaron una ráfaga de zarpazos, mutilando el cuerpo de Calamardo en pedazos irreconocibles. La niebla intentó recomponerlo, pero el Gato Wampus alzó la mirada, sus ojos llameando. Una explosión de fuego consumió lo que quedaba, reduciendo a Calamardo a cenizas que se disolvieron en el viento.
Ahora todo ardía, el cielo cubierto por el humo, pájaros espantados a contra viento, mamíferos grandes y pequeños escapando de las llamas, y el lago parcialmente seco que ya no saciaría su sed. El gato Wampus se retiró sin dejar nada atrás, y quizás hizo bien, pues había bajado tanto el nivel del agua del lago que una cabeza sobresalía parcialmente. Una cabeza antigua, putrefacta, y con un ojo que volvía a mirar al cielo. Esos labios se curvaron y susurró; "Riégalo".
Ticci Toby VS Goatman.
El olor a madera y moho era tan putrefacto que atravesaba el bozal de Ticci y se metía por sus fosas nasales. Lo cierto es que no sabía muy bien dónde estaba pero la presencia de algo, quizás Slenderman, lo había llamado y sentía que no estaría fuera de lugar investigar. Se acercó a la baranda de madera y miró hacia abajo para verse reflejado en un arroyo de aguas estancadas y acueductos en desuso.
"Salta, acaba con todo", le murmuró una voz en su cabeza. Era áspera y violenta, nada parecida a la voz persuasiva del hombre alto.
Ticci se giró mirando sobre su hombro, captó una vibración en el aire y movió su cabeza a tiempo para evitar un pedrolo del tamaño de su cráneo que chocó contra la madera liberando astillas, de suerte que no la rompió. Los ojos del joven buscaron figuras entre los árboles, evitó tres rocas más con contoneos evasivos y bajó lentamente sus manos hacia sus hachas.
Desde la penumbra al otro lado del puente, emergió Goatman. Sus ojos amarillos brillaban como brasas, y sus cuernos curvos relucían bajo un sol que ya empiezaba a ocultarse. Su musculatura, una fusión grotesca de humano y chivo, se tensaba con cada paso, haciendo temblar las tablas del puente. Toby sonrió bajo la protección de su mandíbula, un tic nervioso sacudiéndole el hombro. “Esto va a ser divertido”, pensó.
Goatman no perdió tiempo, excarbó el suelo y tomó carrerilla. Embistió como una cabra, Toby, giró hacia un lado cuando lo tuvo cerca, esquivando por milímetros los cuernos afilados que buscaban empalarlo. Goatman, incapaz de frenar su impulso, chocó contra el barandal del puente. El hierro oxidado se dobló con un chirrido, y fragmentos de madera volaron al río.
Toby aprovechó el momento. Desenfundó una de sus hachas, la esgrimió en un arco descendente, el filo buscaba el cráneo de la criatura, pero Goatman, con su visión horizontal superior, detectó el ataque. Giró su torso, y el hacha de Toby solo rozó su piel gruesa, dejando un corte superficial que apenas sangró. La criatura respondió con un puñetazo contra la mandíbula de Toby. Nudillos resonando en el bozal. Toby retrocedió tambaleándose con la cabeza zumbando, solo aturdido, su insensibilidad al dolor lo mantuvo en pie.
Goatman no dio tregua, levantó una pezuña y la estrelló contra el pecho de Toby, intentando aplastarlo contra las tablas contrarias del puente. Toby rodó hacia un lado, sintiendo el crujido de la madera bajo el impacto. Desde el suelo, contraatacó con un movimiento desesperado: impulsó su rodilla con fuerza hacia el abdomen de Goatman, pegó en el hígado, y el chivo gruñó, reculando un paso, mientras el daño se disipaba. Furioso, Goatman abrió sus fauces y mordió el antebrazo de Toby, sus dientes masticaron carne y músculo hasta pinchar hueso. La sangre salpicó, pero Toby no reaccionó al dolor. En cambio, hundió los dedos de sus manos en la piel del cuello de Goatman, tirando con fuerza para arrancar de un jirón carne y columna. La criatura rugió de furia, notando como las uñas se hundían en su piel. Clavó pezuñas en madera, dio un cabezazo en el lateral de la cabeza de Ticci y se lo llevó por delante en una embestida que la baranda no resistió. Ambos cayeron al río con un estruendo, el agua fangosa esperando.
Ticci giró al hombre cabra en el aire mientras este se llevaba otro trozo de antebrazo en un mordisco rápido. Goatman calló de espaldas y Ticci siguió aferrado a él en el choque. La cabra soltó un berrido agudo que hizo vibrar los tímpanos de Toby. Aprovechó el aturdimiento para lanzar una coz con sus pezuñas, impactando en el pecho de Toby con la fuerza de un ariete, sus costillas crujieron más que en el accidente de tráfico. El aire escapó de los pulmones de Toby, y su cuerpo se arqueó por el impacto, rodando hacia un lado. Con la conciencia intacta, sacó su segunda hacha del cinturón. Goatman no pareció prestarle atención a esto, y en lugar de seguir de frente retrocedió hacia los acueductos en la parte baja del puente. Ticci, con un movimiento premeditado, lanzó su hacha y la clavó en la espalda de Goatman mientras este se internaba en las sombras.
Ticci lo siguió con su otra hacha en mano, el hombre cabra tenía una velocidad sorprendente para su tamaño, pero estaba herido. El joven se detuvo antes de internarse en la oscuridad, y retrocedió cuando un arma gigante se alzó y cayó con un silbido, buscando partir en dos a Toby. Este se apartó en el último segundo, y el arma se clavó en la tierra fangosa, levantando una nube de barro y mugre. Toby intentó flanquear a Goatman, quien ahora portaba un enorme hacha del tamaño de un hombre. Corrió hacia la periferia de su visión para confundirlo, pero los ojos de la criatura lo siguieron sin esfuerzo. Un puñetazo brutal alcanzó a Toby en el plexo solar, haciéndo que se doble. Sin embargo, Toby, aferrándose a su instinto, se lanzó hacia los cuernos de Goatman, los agarró con ambas manos y rodó sobre su cabeza en un movimiento acrobático, aterrizando detrás de él, tomando el hacha incrustado en la espalda.
Toby, ahora con ambas hachas en mano, empezó a lanzar hondanadas de cortes buscando extremidades expuestas. El hombre cabra, con más poder bruto y menos agotamiento, lanzaba arcos brutales que Ticci solo podía esquivar o bloquear arriesgándose a tambaleos y perdidas de equilibrio por la energía cinética restante. El hombre cabra tomaba la delantera mientras Toby retrocedía hasta el bosque, buscando usar los árboles como cobertura. El joven giró medio segundo antes de que le llegase un corte horizontal de Goatman, y el arma se clavó en el pino tras él astillándolo. Toby se agachó, aprovechando la abertura, y hundió una de sus hachas en el costillar de Goatman. La hoja cortó profundo, y un chorro de sangre oscura brotó, pero Goatman respondió con un puñetazo que impactó en la cabeza de Toby, empujándola contra la parte plana de su propia hacha, aún clavada en el árbol.
Aturdido, Toby soltó una de sus hachas por la confusión. Goatman, aprovechando su fuerza superior, levantó a Toby por las axilas como si fuera un muñeco. Con un rugido, le asestó tres cabezazos consecutivos, los cuernos golpeando con fuerza brutal, los ojos de Ticci se hundieron en sus cuencas en su último choque. Toby, en un esfuerzo óptimo, deslizó la cabeza, dejando expuestas las gafas de su frente, estallaron en fragmentos que se clavaron en la piel de ambos cuando un nuevo cabezazo chocó. La sangre corrió por el rostro de Toby, pero su insensibilidad al dolor le permitió reaccionar: pateó con ambos pies el pecho de Goatman, liberándose y rodando hacia atrás para recuperar su hacha caída.
Ticci Toby estaba ciego, pero el chivo había perdido una córnea a causa de los cristales. Goatman, furioso, desencajó su hacha del árbol y la lanzó como un martillo en horizontal. El arma giró con un silbido, y Toby, con un giro ágil a la izquierda, la esquivó por centímetros, sus sentidos alerta de cualquier cambio en el aire. El hacha se clavó en un árbol tras él, haciendo temblar el tronco. Toby contraatacó con un arco descendente de su hacha, buscando el cuello de Goatman, pero la criatura dio dos pasos rápidos hacia atrás, evitando el golpe. Con un movimiento relampagueante, Goatman pateó con una pezuña los testículos de Toby, haciéndolo gruñir, aunque no sufriese dolor, sus piernas no mantuvieron su equilibrio mucho más tiempo, y su mano soltó el hacha por perder fuerza en el agarre.
Ambos empezaron a lanzarse puñetazos sin orden ni concierto, un golpe al costillar, otro a la cabeza, otro a la mandíbula... Ticci intentó un recto hacia el cuello, más Goatman atrapó su muñeca con los dientes, masticando con fuerza hasta que el hueso crujió. Giró la cabeza con violencia, Ticci colgando de sus fauces hasta lanzarlo contra un árbol, donde la espalda chocó contra el mango del macizo arma del hombre cabra, aún clavada en el tronco. Toby intentó arrastrarse hacia Goatman, sus piernas no respondían, y solo le quedaba una mano funcional, pero la criatura no se acercó. En cambio, emitió otro chillido ensordecedor, que resonó en el bosque y desorientó aún más a Toby, cuyos tímpanos dañados apenas podían procesar el sonido.
Entonces, un crujido ominoso llenó el aire. El árbol donde estaba clavada el hacha de Goatman, debilitado por los golpes, comenzó a ceder. Toby, aturdido y sin visión, no lo oyó venir. Goatman solo retrocedió estratégicamente, dejando que el árbol colapsara. El roble cayó con un estruendo, aplastando a Toby bajo su peso. Las ramas lo inmovilizaron, y su cuerpo quedó como poco más que una masa viscosa y empalada. El hombre cabra bufó, acercándose para arrancar un brazo del chico, esa sería toda su comida por hoy.
Media hora después, el cuerpo de Toby ya era pasto de gusanos. Ningún ser humano lo encontró, lo único que había frente a él era un hombre de traje y sin rostro.
B.O.B VS Lobo Andino.
En un bosque neblinoso, cerca de un cementerio perdido en los Andes, donde la bruma se arremolina entre árboles retorcidos y rocas que sobresalen del suelo, el lobo andino y B.O.B se encuentran a diez metros de distancia. Nadie sabe que los ha traído aquí, quizás uno meó en el terreno del otro. Sea como fuere, esto promete sangre.
El lobo actúa primero, moviéndose como una sombra neblinosa. Sus garras filosas apenas rozan el suelo, evadiendo rocas y raíces con agilidad. Se desliza tras un árbol, usando su olfato agudo para rastrear a B.O.B, que ya había iniciado su marcha hacia él. En un destello, salta desde la bruma, apuntando a las cervicales del humanoide con dientes afilados. Bob lo visualiza por el rabillo del ojo, y evade parcialmente el ataque, pero la mandíbula del cánido se cierra en el muslo de B.O.B, desgarrando piel pálida. La sangre brota, pero el lampiño no aúlla; en cambio, ríe. Con un giro ágil, el humanoide patea con fuerza inhumana, su pie conectando con el flanco del lobo. El impacto resuena, pero el cuerpo resistente del cánido absorbe el golpe, retrocediendo con un gruñido mientras la energía se disipa en su melena.
B.O.B aprovecha el espacio, sus piernas musculosas lo impulsan en un salto acrobático. Aterriza a 2 metros del lobo, pateando una roca suelta que vuela hacia el hocico del animal. El lobo esquiva, su cuerpo robusto zigzagueando entre la niebla, pero B.O.B ya está encima, desatando una ráfaga de patadas. Una conecta con el lomo del lobo, haciendo crujir costillas. El cánido aúlla, pero acostumbrado a la falta de aire en la altitud, se mantiene en pie. Gira en redondo, clava sus garras en la pantorrilla de B.O.B., intentando dejarlo cojo. La piel del humanoide se desgarra, pero su fuerza bruta lo mantiene firme, cual si pisase descalzo cristales, pateando al lobo en el hocico en respuesta, forzándolo a soltar.
La niebla se espesa, el lobo usa su ventaja. Se desvanece entre los árboles, su pelaje fuerte camuflándose mientras acecha. B.O.B, silencioso y ágil, escanea el entorno, sus dientes torcidos rechinando. El lobo emerge desde un ángulo ciego, saltando al pecho de B.O.B. con garras extendidas. Rasga el torso pálido, sangre salpica. B.O.B lo resiste con una tenacidad obscena y brutal. En un movimiento, patea nuevamente el abdomen del lobo con sus uñas afiladas, desgarrando pelo y carne de la zona que ya tenía costillas fracturadas. El lobo retrocede, sangrando, sus ojos brillando con furia andina. B.O.B saca a relucir su sonrisa mellada, efectuando otro salto hacia una rama baja con agilidad inhumana. Desde allí, se lanza hacia el lobo, intentando pisotear su cráneo. El lobo, con reflejos afilados por su oído, lo evade entrando bajo una roca, esquivando por centímetros. Contraataca mordiendo el tobillo de B.O.B, sus dientes triturando tendones que no dan de si. El humanoide tropieza, pero su otra pierna patea el hocico del lobo, liberándose. El impacto aturde al cánido, sangre goteando de su nariz. La niebla oculta a ambos momentáneamente, cada uno reagrupándose para el próximo choque sabiendo que será el último.
El lobo derrapa en plena carrera alrededor de Bob, embiste con su metro ochenta, se clava en el torso y busca cerrar sus caminos en el cuello. Los dientes del lobo rozan la garganta del humanoide, pero él gira, usando su agilidad para evitar el mordisco fatal. Con un cabezazo en el hocico roto vuelve a dejar al canino en el suelo, y sigue con un pisotón que aplasta la pata delantera del lobo, fracturando hueso. El cánido cojea, su robustez al límite. Bob desata su arma oculta, su orina nociva actúa como un chorro que salpica el hocico del lobo, se introduce por sus heridas abiertas y poco a poco lo desgasta. El olor tóxico quema las fosas nasales del lobo, su olfato superior ahora una debilidad. Tosiendo, el lobo retrocede, su respiración dificultada. B.O.B salta sobre su espina dorsal y él solo puede ofrecer un jadeo. Bob patea con reiterada furia al animal mientras ríe, y cuando todo cesa la noche andina queda en silencio.
Lobo de los andes, población, cero.
El demonio de MK2 vs El monstruo de Tagua Tagua.
4:00 de la tarde, Río Tagua Tagua, hora local.
Una criatura con fauces tan anchas como la cara, degusta a un toro recién cazado. Los tejidos del animal ensucian su dentadura mientras se relame la sangre que gotea por todo su cuerpo. Solo alza la cabeza cuando un sonido electrizante manifiesta un portal carmesí. Cuatro brazos se apoyan en cada costado e impulsándose en ellos, sale un Kintaro tan maldito como imponente.
— Escucha monstruo, tu alma es algo que reclamo, y no tomaré un "no" como respuesta.
La criatura giró sobre sus patas y una de sus inmensas colas golpeó el cadáver del toro en dirección al demonio que, con solo mirarlo, prendió el cuerpo en llamas. Antes de tocar su atigrada piel ya era solo cenizas.
— Como quieras, entonces prepárate para un Mortal Kombat.
El escenario era un campo abierto con tierra, rocas y el río al fondo. El tablero perfecto para un choque entre la precisión marcial del demonio y los instintos primales de la bestia. Ambos se miraron, el aire crispándose mientras el combate comenzaba.
El demonio tomó la iniciativa, invocando su poder para transformar el valle. El suelo se tiñó de rojo ardiente y nubes de tormenta se arremolinaron en el cielo, descargando relámpagos que iluminaban su figura. Este cambio buscaba intimidar al monstruo, cuya naturaleza animal, le recordaría quien estaba más alto en la escala. Sin embargo, el monstruo de Tagua Tagua, con piel impenetrable que había soportado volcanes y un coraje que se había batido con cien bocas de fuego, no se dejó intimidar, sus ojos humanos brillando con desafío. Rugió, y con un movimiento de sus colas prensiles, arrancó un árbol de raíz, lanzándolo como proyectil hacia el demonio, quien lo esquivó con un destello de teletransportación, reapareciendo en su flanco a 10 metros. La bestia cargó con una embestida que hizo temblar el suelo, pero el demonio, fintó reposicionandose y usó sus cuatro brazos para un combo de uppercuts, en las patas de la criatura, esquivando por decímetros los aguijones de la cola que buscaban empalarlo.
La criatura derrapó, abriendo una de sus alas a tiempo para golpear al demonio y sacarlo volando. El daño fue severo y le votó sangre del cuerpo, pero logró colocarse con una voltereta antes de caer con los dos pies firmes. Aprovechando su ventaja táctica, el demonio invocó manos gigantes del suelo, cada una del tamaño de un jugador de baloncesto. Ardían al rojo vivo y se aferraron a las patas de la bestia, pero las escamas del monstruo podrían haber aguantado una erupción, esto era menos que una china en el zapato para él. Con un giro violento, la bestia usó sus garras afiladas para rasgar las manos etéreas, disipándolas en un estallido de energía pixelada. No contenta con defenderse, agitó sus dos colas, enredando una alrededor de un árbol cercano y azotando el aire con la otra, una onda de choque que levantó ceniza del suelo y obligó al demonio a reposicionarse, cayendo con el salto de Kintaro directamente en la base de las colas del animal. Su peso era de casi 230 kilos, más con la fuerza g y la inercia, y aún así no movió a la criatura que lo bateó con el árbol que había arrancado y lo hizo rodar 5 metros.
El demonio clavó garras en tierra, y con dos manos que invocó exprimió al vuelo el dichoso árbol que la bestia le lanzó. Esta embistió con sus dos cuernos por delante, destrozando nuevamente las manos, pero el demonio se reposicionó antes de que la bestia tuviera tiempo de pasarlo. El monstruo suspiró, y si no hubiese sido tan irracional habría notado como sus pulmones se esforzaban un poco más de lo que deberían, como sus pies no eran tan rápidos como esta mañana cuando cazó el toro, y como, desde un ángulo muerto, le llegaban unos abanicos que casi cortan su retina.
La bestia rugió antes de lanzar un coletazo instintivo que reventó al zombi de Kitana en múltiples fragmentos. El clon de Jax llegó con una patada voladora que se rompió todos los huesos al impactar con el pechamen del monstruo. No hubo tiempo para que gritara de dolor cuando la pata del ser lo aplastó. Mirando en todas direcciones se descubrió rodeado de ninjas de colores, hechiceros y demás combatientes, mientras el demonio principal observaba a lo lejos sentado en el trono del mundo exterior que a saber de dónde lo había sacado.
— ¡Round 1, fight! — gritó.
Sub-Zero tomó la iniciativa, lanzando una ráfaga de hielo hacia las patas del monstruo, intentando inútilmente frenar una carga que empaló a Scorpion en uno de sus cuernos. Reptile fue reposicionado sobre su cabeza, y escupió un chorro de ácido hacia los ojos de la bestia, que gritó, atacando a tontas y a locas. Aplastando a Shang Tsung y Liu Kang que, inútilmente, estaban intentando defenderse con fuego. La bestia rugió de dolor, batió sus alas, zarandeó su cuerpo, y la mera onda de choque sacó a todos los luchadores por el aire. Sus dos colas aplastaron a Scorpion en lo que parecía un aplauso. Y cuando buscaba alguien más a quien destruir, Kintaro llegó de la nada, dando un potente golpe con sus cuatro brazos al mismo tiempo en el ojo de la criatura que cayó de boca contra el río.
— ¡Finish him! — gritó a sus luchadores señalando al río con un brazo.
Los cielos se arremolinaron en la tormenta ya formada, la lluvia torrencial sacudió todo el terreno y un rayo que Raiden invocó, chocó de pleno contra el río levantando tierra y agua. La explosión fue inesperadamente fuerte, todo el río se desbordó y las aguas subieron casi cuatro metros por culpa del diluvio y quizás algo más. Los luchadores fueron barridos por el torrente, y el demonio tuvo que invocar tres manos, una encima de otra, para posicionarse en un lugar seguro. Todo el valle se había convertido en un lodazal.
La bestia salió del agua con un chapoteo que más parecía un tsunami. Raiden, que era el cuerpo que tenía más cerca, fue brutalmente aplastado de un mordisco. El demonio se puso en guardia sabiendo que esto todavía continuaba, pues aunque el monstruo de Tagua Tagua estaba herido cosa mala, con la mitad de su cráneo al descubierto a causa del ácido, escamas levantadas que mostraban piel en carne viva, y unos pulmones que no daba más de sí, no estaba dispuesto a decir sus últimas palabras ni cuando su espíritu empezaba a ser dañado. La bestia, adaptada al terreno acuoso, se sumergió parcialmente, usando el río como cobertura para acechar, la lluvia torrencial dándole más terreno donde moverse. Sus colas emergieron del agua, atrapando a Sub-Zero y lanzándolo contra una roca, mientras sus garras rasgaban el aire hacia el demonio, quien esquivó por centímetros. El lodazal limitaba la precisión de sus evasivas, que dependía de un terreno firme para sus combos. Afortunadamente, la bestia empezaba a ser más y más lenta.
Sin embargo, ese cardio monstruoso de aquella criatura parecía que le mantendría en pie otra semana entera. La bestia, en respuesta, usó sus cuernos para embestir el suelo, levantando el terreno y sacando rocas del tamaño de potros, lo que obligó al demonio a teletransportarse nuevamente, esta vez más cerca del río. La constante presión no le dejaba pensar con claridad.
La bestia, ahora en su elemento, avanzó a través del lodazal, sus garras y aguijón listos para un ataque letal. El demonio, recuperándose rápidamente, invocó más manos gigantes para distraer, pero la bestia las ignoró, usando su tamaño para aplastarlas con un pisotón que hizo temblar el valle. El combate se volvía una carrera contra el tiempo: el demonio necesitaba desgastar a la bestia, mientras esta buscaba un golpe definitivo. Con el corazón en la boca, el demonio pensó que ya había tenido suficiente. De un gesto, proyectó una energía que buscaba atrapar el alma de la bestia en una dimensión ilusoria, similar a los personajes de Mortal Kombat. La bestia, aunque animal, mostró resistencia, su instinto primal rompiendo parcialmente la ilusión con un rugido que resonó como desafío a la muerte. El demonio sonrió, eso de evadir la muerte le sonaba familiar. La ligadura ralentizó la mente del monstruo, haciendo que sus colas se movieran con menos precisión. El demonio aprovechó para reposicionarse, con una mano alzada trajo de vuelta a la vida a Sub-Zero y Reptile, zombis putrefactos que aún tenían cosas que decir.
Los ninjas atacaron al mismo tiempo, está vez, el ácido penetró más profundamente, causando un daño visible que hizo retroceder a la bestia, cuyos rugidos se volvieron más agudos, sus pies ya no le permitían aguantar su peso. La bestia, cegada y ralentizada, intentó un último pisotón, pero el demonio, dejó que Sub-Zero y Reptile hiciesen otro ataque en conjunto, El ácido finalmente penetró la boca de la bestia, dañando órganos internos, mientras el hielo hizo que cayese de cabeza contra el barro. La bestia colapsó, su resistencia vencida por el daño acumulado y la manipulación se llevó su alma a un reino que no era de este mundo.
Kintaro Wins, FATALITY!
Ángel juez y Bloody Painter VS los devoradores de hombres.
Dina y Helen despertaron en una aldea que no conocían, todo eran casas adobadas y un pequeño río, rodeados por arbustos y vegetación densa, y algún que otro árbol.
Ángel juez se sacude la cabeza. — ¿Recuerdas cómo hemos llegado aquí? — Sus ojos negros recorren el horizonte, buscando respuestas.
Helen frunce el ceño bajo la máscara, su mente no tiene ningún recuerdo. La lógica dice que esto no tiene sentido. —¿Qué posibilidades hay de que esto sea una ilusión? —pregunta, su tono tranquilo. Sus dedos rozan el mango del cuchillo en la chaqueta, al menos no está desarmado.
Dina se pellizca el brazo, el dolor un pinchazo agudo que ancla su mente al presente. —No parece un sueño —responde. Levanta la espada, el metal capturando el último suspiro del sol. En el reflejo, un movimiento: maleza que se estremece. Las estrellas en sus ojos se dilatan. —Helen... Creo que no estamos solos.
— Lo sé —susurra él, su mirada fija en un rastro de huellas ensangrentadas que la tierra y el viento se llevan. —Corre.
Corren, botas y zapatos golpeando polvo, hasta refugiarse en una casa en ruinas, sus paredes de adobe agrietadas. Dentro, el aire huele a muerte reciente. Un hombre yace en el suelo, su cuerpo destrozado por laceraciones profundas, un rifle sin munición apretado en sus manos. Helen se arrodilla, examinando las heridas. — Un león ha hecho esto.
— Y como no pensemos algo, somos los siguientes —responde Dina, su mirada endurecida pero sus manos temblando ligeramente alrededor de la empuñadura de su espada. Suben a una azotea precaria para escrutar el terreno. Entonces, una pista: una cola desaparece tras una casa, un movimiento tan rápido que parece un truco de la luz. —Nos está acechando —deduce Dina, su voz baja.
Helen entrecierra los ojos, su mente tejiendo planes. —¿Puedes cortar el cuello a un león?
— Puedo intentarlo —responde Dina con la certeza de un veredicto.
***
Blody Painter, con la cara tensa bajo una mascara sonriente, unta sus manos en la sangre pegajosa del muerto que encontraron, embadurnando su chaqueta. Arrastra el hedor carmesí hasta el centro del claro, dejando un rastro que grita "venid a por mí". Se planta allí, cuchillo escondido en su palma, los ojos entrecerrados, esperando que el mundo le enseñe los dientes. Y el mundo no decepciona.
Desde la maleza, Sombra, el más grande de los dos devoradores de hombres, se lanza con un rugido. Helen gira y el instinto le salva por los pelos. Dina, inesperada como un milagro, salta desde una sombra, su espada trazando un arco de platino hacia el cuello del león. El filo muerde, pero no lo suficiente; Sombra gira la cabeza y la herida es solo un arañazo en su pellejo. El león se alza en dos patas lanzando zarpazos que silban en el aire. Dina bloquea con la espada en diagonal, el metal chillando como si fuera golpeado en caliente. Un garrazo le rasga el brazo, arrancándole un gruñido y un chorro de sangre que salpica el suelo. Con un giro de pies, se reposiciona, dejando espacio para que Helen, por la espalda del felino, trepe a un tejado roto.
Helen salta, cuchillo en alto, buscando la espalda de Sombra, pero el mundo tiene otros planes. Fantasma, el segundo león, pasa como un borrón, interceptándole al vuelo. Helen cae, rueda por el polvo, y sus manos encuentran la mandíbula del león, empujando con toda la fuerza de un hombre que por primera vez topa con una mandíbula que no puede romper. Sin otra opción, le suelta un puñetazo al hocico, un golpe desesperado que apenas hace retroceder al león. Painter intenta huir, Fantasma se lanza, garras rasgando la espalda de Helen, dejando jirones de carne y sangre. Con un grito ahogado, Helen gira sorpresivamente y clava su cuchillo en el ojo del león, un golpe sucio que arranca un rugido de dolor y lo ciega lo suficiente para que el pintor sanguinolento pueda arrastrarse hacia el río medio seco. Se limpia la sangre en el agua poco clara, arrancándose lo que queda de su camiseta y arrojándola como señuelo, esperando que el olor y la corriente se lleven al león en dirección contraria.
Mientras tanto, Dina no está teniendo un día mejor. Sombra la embiste, y una garra le desgarra la pierna, arrancándole un jadeo. Pivota, su espada silbando baja, y clava un tajo en la pata del león, un corte que hace volar sangre pero no lo detiene. Salta atrás, y cojeando, se mete en una grieta de una casa en ruinas, el adobe cayéndose a cachos. Sombra mete una garra, buscando carne, y Dina le responde con un corte que arranca piel y tendón. El león ruge y embiste, destrozando el adobe como si fuera pan seco. Agarra a Dina por el costado, sus colmillos hundiéndose en carne, arrastrándola al polvo. Ella golpea con el pomo de la espada, un golpe desesperado en la cabeza del león, que rueda hacia atrás con un gruñido. Dina intenta una estocada profunda, pero Sombra se retuerce como un gato panza arriba, arañándola y empujándola con una fuerza que le roba el aliento y la manda lejos.
El león salta, músculo y muerte, pero Helen aparece desde su ángulo muerto, cuchillo en mano, apuñalando en las zonas más expuestas. Los cortes llueven en el flanco de Sombra, pero el maldito bicho los aguanta como las llamas y las espinas. Dina, con sangre chorreando por la pierna, patea el hocico del león, ganando un segundo para que ambos corran a ocultarse en una ruina.
—¿Estás bien? —jadea Helen, su espalda hecha un mapa.
— ¿Lo estás tú? —responde Dina, su voz un gruñido mientras aprieta el brazo herido.
Los rugidos de los leones resuenan, un coro de intimidación que rodea la aldea, buscando su olor. Creen estar a salvo, escondidos en las sombras, pero el ruido es un truco. Sombra cae desde un árbol, un demonio de garras que atrapa el brazo armado de Helen, lo estrella contra el suelo antes de abalanzarse otra vez mordiendo el cuello. Helen con mano rápida apuñala cervicales buscando el cerebro, pero Sombra lo termina de asfixiar antes. La sangre brota como un río, y Helen muere con un gorgoteo.
Dina no puede ayudar, ve el reflejo de Fantasma en su espada, y entra en movimiento. Gira, su espada partiendo el aire, y el filo le arranca más dientes al león, un golpe que habría decapitado a un hombre pero solo enfurece a la bestia. Sombra, aún saboreando la sangre de Helen, se lanza de nuevo. Dina se planta en su mejor guardia, buscando una estocada final, pero los leones son demasiado rápidos, moviéndose en zigzag, saltan desde ambos flancos, colmillos y garras encontrando carne. Dina cae, su espada inútil en el polvo, mientras los leones la destrozan, su sangre mezclándose con la tierra. La aldea queda en silencio, rota solo por el jadeo de los leones.
Cuando los devoradores de hombres se alejan, alguien más llega con una sonrisa tan ancha como su cara y los brazos cruzados a la espalda como si paseara por un mercado. Mira los cadáveres de los dos muchachos — Bien, dos menos —dice. La noche, un sudario de tinieblas, lo envolvió en su abrazo, y los rugidos de los leones resonaron, presagios de un terror innombrable que acechaba en la penumbra.
Lucifer vs La Bestia de Crawfordsville.
Lucifer se encontraba perplejo, a sus pies había un teléfono móvil perfectamente funcional y con acceso a internet. Aquí, en una cueva de medio oriente que no salía ni en los mapas. Lo habían llamado, habían reclamado su presencia y ahora que estaba allí todo lo que había era roca y arena moviéndose por las dunas.
— No lo entiendo — masculló entre dientes. — No localizo a nadie, y eso solo sería posible si... Si, sí el que me invocó no tuviese un alma humana.
Salió a la boca de la cueva, el paraje tampoco era muy prometedor, un cielo encapotado por nubes negras que rugían muy de vez en cuando con una falsa alarma de relámpagos. De pronto se escuchó un grito, un alarido desgarrado similar a un animal herido, y el demonio miró al cielo buscando su origen. La Bestia de Crawfordsville surcaba el aire como una serpiente de niebla y fuego, se detuvo al llegar a su posición y empezó a girar alrededor de la cueva con intenciones poco claras. Su ojo llameante destellaba, iluminando las mesetas con un resplandor rojizo, mientras un frío sobrenatural emanaba de su presencia, congelando la arena bajo ella. Lucifer se teletransportó y tomó posición desde una meseta elevada, ojos de ascuas vivas que contemplaban como la criatura se retorcía y tomaba rumbo a su posición. Sus alas de cuero se desplegaron, y una sonrisa cruel cruzó su rostro, quizás esto no sería una pérdida de tiempo.
La Bestia atacó primero, aprovechando su velocidad realizó un envite mientras adoptaba una forma más sólida, 5 metros de escamas zigzagueando entre los cañones, rodeando a Lucifer con un torbellino de viento frío mezclado con olor a azufre. La arena se arremolinó, cegando el campo, mientras sus aletas golpeaban el aire, buscando aplastar al demonio. Lucifer invocó un sable de caballería, y lo clavó en el primer ala que tuvo cerca, el filo atravesó la piel y pinchó hueso, pero no detuvo el movimiento del ala, que lo zarandeó contra la que tenía delante y le aplastó, agrietando la armadura contra las rocas, metal débil por la criogenización que estaba sintiendo. El demonio se teletransportó en un destello hacia otra meseta a 17 metros, la rabia retratada en su rostro como en los dibujos de Alexandre Cabanel. Allí, alzó una mano, cadenas de roca y metal surgieron del suelo, intentando atrapar las aletas de la Bestia. Pero aquella brutal masa, en su forma amorfa, disolvió parte de su cuerpo, esquivando las cadenas con un movimiento fluido, pasando a través de ellas como trozos de hierro por un flan.
Lucifer evadió hacia la izquierda con un aleteo, mientras esa monstruosidad se llevaba un trozo de columna rocosa con el ojo llameante, envolviendo todo en cenizas. El Rey del infierno, con la expresividad de un trozo de mármol, alzó la mano invocó un ejército de las tinieblas, Jigoku a la cabeza con su cuerpo de perro y colmillos listos. El can saltó hacia la Bestia, intentando morder sus aletas, pero un vendaval helado lo repelió, lanzándolo contra una roca, provocando un crujido impropio de un animal. Caballos salados, cuervos con espadas, y cualquier otro demonio que se acercase, era destazado contra las rocas por el viento o congelado hasta la muerte si permanecía demasiado tiempo en el rango de acción de la bestia de Crawfordsville. La bestia, optando por su forma dragón, destrozaba a las ordas por centenas, las que no, estaban demasiado asustadas como para hacer algo.
— Miedos... — susurró Lucifer a la mente de la criatura, que se dio cuenta demasiado tarde de que él ya no estaba en su rango. — Todos tienen sus miedos. Cuando los miedos se forman, yo los saco a la luz.
Un haz brillante partió el cielo, un destello de tropecientos lúmenes que chocó contra el fuego de la Bestia, neutralizando el ataque y cegando momentáneamente su ojo. La criatura chilló, tambaleándose en el aire, su dirección comprometida por la luz abrumadora.
Aprovechando la ventaja, Lucifer se teletransportó detrás de la Bestia, había 16 aletas repartidas a partes iguales por toda su masa sin forma, 4 ya no eran funcionales. Con un movimiento marcial, blandió una espada creada de la nada, cortando una de las aletas de la Bestia. La criatura rugió de dolor, su sangre etérea derramándose como niebla. Intentó contratacar, rodeando a Lucifer con su cuerpo serpentino, pero él volvió a teletransportarse, apareciendo en otra aleta pasto de su filo. La criatura emprendió vuelo, una ráfaga de azufre y frío lanzando a Lucifer por los aires antes de retomar su flotar estable. En posición, el padre de las calumnias invocó más cadenas, esta vez materializándolas directamente alrededor de las aletas restantes, con rocas de media tonelada en sus extremos. El peso de las cadenas tiró de la Bestia, haciéndola descender hacia un cañón, donde chocó levantando polvo.
Lucifer se concentró, apareciendo frente al monstruo aturdido, sus ojos brillando con fulgor. Miró directamente al ojo llameante de la Bestia y, con un parpadeo, extrajo su alma, enviándola al infierno. La Bestia chilló, su forma física temblando mientras su esencia era arrastrada a un dominio desconocido para ella. En el infierno, el escenario cambió. Llamas eternas iluminaban un paisaje de rocas negras, cuerpos martirizados y el tiempo mismo, torciéndose bajo el control de Lucifer. Dos horas en este reino equivalían a días de agonía. La Bestia, ahora una sombra de su forma dragón, intentó volar, pero el aire ardiente del infierno limitaba sus movimientos, y su frío parecía sofocarse. Lucifer, en su elemento, se teletransporta para esquivar los embates de la criatura. Sus guardianes demoníacos, caballos alados y perros infernales, atacaron las aletas de la Bestia, desgarrándolas con mordiscos y golpes. La criatura, sin forma de regenerar heridas, comenzó a debilitarse, su ojo llameante parpadeando con menos intensidad, y cuando el Rey del infierno creía tener todo bajo control, la bestia soltó una la alarido amplificado que destruyó los tímpanos de todos los presentes.
Lucifer solo pestañeó un momento, y entonces la bestia había desaparecido. Apenas tuvo tiempo de moverse un centímetro a la izquierda en medio segundo cuando un ojo llameante se chocó contra él, una de sus alas quemándose y mandando su cuerpo contra la Tierra. La bestia había dejado atrás toda forma concebible, era una gelatina de sufrimiento y llamas, tan amplia como un cementerio, ser vivo que pillaba, ser vivo que se llevaba por delante, sin discriminar entre enemigos y víctimas colaterales. Lucifer tuvo que teletransportarse fuera del infierno, gritando al notar las cicatrices irreparables en su cuerpo.
Esa bestia estaba allí abajo, en sus dominios, demostrando su inutilidad como gobernante. No, eso no era algo que fuese a permitir. Tenía miedo, por primera vez en posiblemente siglos tenía miedo, pero él mejor que nadie conocía los miedos y como neutralizarlos, todo su cuerpo se encendió en deseos de victoria y volvió a aparecer directamente en el infierno. Se quitó la armadura, preparó todo su ser, y dio un rugido que compitió contra los de aquel monstruo, dos fuerzas de la naturaleza en movimiento, dos temores a lo desconocido chocando, y sólo una luz no se extinguiría.
Lucifer fue de frente contra el ojo llameante, la bestia de Crawfordsville fue de frente contra el padre de las tinieblas. Antes de que el choque llegase a producirse, Lucifer estalló en un destello que iluminó cada rincón de ese lugar, el portador de luz en toda su expresión. La criatura pestañeó, y eso fue lo último que pudo hacer. Lucifer dio una estocada de frente con una espada más grande que cualquier otra que hubiese creado, atravesó aquella retina de lado a lado, y estrelló al monstruo contra las rocas levantando todo el terreno.
— Tú alma me corresponde — dijo Lucifer jadeando con fuerza. — Vas a tener toda la eternidad para recordarlo.
Unos aplausos salieron de la nada, Lucifer se volteó para ver a un hombre de exacerbante sonrisa, traje impropio de este mundo o de cualquiera, y demasiada confianza en sí mismo. — Bravo, usted sabe cómo mantenerse a la altura de las expectativas — le elogió aquel hombre que pondría a los pelos de punta a cualquier persona racional. — Perdón por emboscarle con ese mensaje, era la única forma de asegurarme de que estuviese cansado y no me matase nada más verme.
— ¿Quién eres? — preguntó el rey de las tinieblas.
— Lo sabrá pronto — dijo aquel hombre deteniéndose significativamente cerca de él. — Antes de que me eche de aquí con una simple mirada, ¿Puedo decir unas palabras en mi defensa?
— Tienes 10 segundos — gruñó el demonio.
— El viene. ¿Se unirá a sus hermanos cuando este mundo caiga?
Lucifer no supo que decir o hacer más allá de poner una mueca. — Esa profecía es falsa, y ellos no son mis hermanos.
— Entonces no hay más que hablar, de momento.
El hombre desapareció tan rápido como vino, y Lucifer colapsó entre las escamas de aquel cadáver. Ya habría tiempo para pensar en todo esto otro día, dos horas en el infierno son muy largas. . .
El pitufo Enrique VS Germán malvado.
Estaba Benjamín bien tranca palanca viendo vídeos en el YouTube cuando en eso ve una noticia: "el pitufo Enrique andas vuelto por las calles".
— ¿Pitufo Enrique? Ya no saben qué inventar. ¿Qué es lo próximo? ¿Germán malvado?
En eso se puso a ver un vídeo de su youtuber favorito, Hola soy Germán, donde Germán empieza a llorar sangre y mira la cámara, pero al mirar a través de la pantalla encuentra Benjamín bailando cumbia en su habitación, y detrás de él el pitufo Enrique obligándole a hacer eso.
En eso Germán sale de la pantalla y empieza a acuchillar a Benjamín, para luego pegarle una patada en los hocicos al medio metro del pitufo Enrique. Así comienza este combate.
El primer asalto arranca con una explosión de movimientos. Germán, impulsado por su furia característica, se lanza hacia Enrique con una ráfaga de puñaladas salvajes que buscan rajarlo de arriba a abajo. Enrique con la calma de un granjero en tiempos de buena cosecha, esquiva y bloquea, moviendo la cabeza con precisión milimétrica mientras circula por la habitación, que para él es más grande por su pequeño tamaño. Sus ojos nunca abandonan a Germán, estudiándolo mientras retrocede, Enrique entonces ve la oportunidad en la rótula expuesta del chileno cuando avanza, y responde con un golpe invisible que hace que Germán se tambalee y caiga hacia adelante.
El pitufo Enrique toma la muñeca de Germán y la empuja contra un armario de puerta abierta. Entonces cierra la puerta con un golpe invisible y el golpe hace que suene un crack de la muñeca al crujir.
Germán lo mira con odio y dice — Te apuesto que ahora morirás.
— Vos parate de manos si tan canchero sos — responde Enrique con voz ronca.
Germán avanza de una sola zancada liberando su mano atrapada, sorprendiendo al pitufo que ve que el sangrado no lo detiene. El chileno le mete un patadón en la cabeza que lo manda a volar como al Charlie Charlie, chocando contra la mesa y destrozando el ordenador.
Germán lo envuelven un abrazo físico no psicológico. Sus rodillas castigan el torso de Enrique mientras lo presiona contra la ventana, buscando agotarlo. Enrique, con menos idea de esto que Inglaterra de ganar mundiales limpiamente, gruñe y empuja con violencia, pero Germán usa su estatura superior para derribarlo contra el suelo, llevando rápidamente sus manos al cuello de Enrique.
El pitufo arde en cólera lanzando golpes invisibles contra el rostro de Germán que hacen que su boca y nariz sangren, mientras múltiples risas maníacas resuenan en su cabeza. Pero la neta camioneta, Germán no se detiene mientras presiona con fuerza. Entonces el pitufo gime de dolor y consigue hacer que las ventanas se abran con una potente ráfaga de aire con azufre. Germán gira por la sorpresa y sus ojos son rápidamente irritados por la corriente de viento que Enrique invocó.
Con esta distracción, Enrique ajusta su enfoque, sus ataques más medidos pero aún cargados de potencia. Sus combinaciones de puños invisibles vuelan hacia las quemaduras ya expuestas en la piel de Germán, buscando la presión continua para causarle delirio. El chileno responde con un boxeo sucio, lanzando manos y codos que mantienen al pitufo a raya para que no se acerque. Enrique parece estar focalizado pero entonces la imagen de Germán se ve borrosa y falla uno de sus puñetazos. Una gota de sangre brota de la ceja de Enrique tras un golpe sólido de Germán, pero cuando intenta avanzar Enrique vuelve a generar una corriente de viento que esta vez también entra por nariz y garganta debido al desgaste del youtuber, lo que corta su respiración momentáneamente debido a una tos incontrolable. Enrique entonces aplaude y Germán desaparece, perdido en algún punto remoto de la comarca.
Enrique respira unos minutos, se va a la cocina y se prepara un choripán, y cuando ya tiene las fuerzas repuestas, sale de la casa por las sombras. Pero unos focos de un auto lo iluminan de inmediato, era el maldito de Germán que arranca para llevárselo por delante. Enrique reacciona a tiempo y se teletransporta al lado del copiloto, Germán saca su hierro golpeador de parejas felices y se lo estampa en los piños. Enrique lanza un golpe invisible hacia el freno que lo hunde y por la frenada repentina, el chileno estampa su frente contra el volante. Enrique entonces le lanza una doble patada en la cara así a lo Rey misterio, y lo saca rodando del vehículo.
Germán se levanta hecho pija, pero no ve a Enrique por ninguna parte. Gira en una patada giratoria así a lo Chuck Norris y le pegan la cara a Enrique que iba a salir de entre las sombras, Enrique agarra bien su fémur, y le parte el tobillo de un movimiento, para luego tumbarlo como a los policías. Germán se levanta una vez más apuntando a Enrique con su hierro golpeador de parejas felices, Enrique se pone en guardia como Nicolino Locche.
Germán, consciente de que está perdiendo terreno, apela a su ingenio. Corre pa ya pero finge un tropiezo, bajando la guardia. Enrique, confiado, avanza para cerrar la distancia. Pero es una trampa: Germán lanza una estocada precisa que perfora el hombro izquierdo. La sangre salpica el suelo de asfalto, y si alguien estuviera viendo esto de seguro gritaba con fervor. Enrique retrocede, claramente dolorido, sus dientes rechinando.
Germán intenta capitalizar, pero Enrique, a pesar de la herida, usa su velocidad para evitar más estocadas. En un momento de valentía, o estupidez si me lo preguntas, Enrique lanza un uppercut invisible al cuello de Germán, hundiendo su nuez de Adán. El Chileno tropieza para atrás, sorprendido por la resistencia del argento.
Enrique, ahora con el hombro sangrando, parece más decidido que nunca, qué pitufo este. Germán, medio ciego y con problemas respiratorios, intenta mantenerlo a raya con estocadas, tajos y acuchilladas con el fierro, pero Enrique usa su antebrazo derecho para desviar el hierro, lo que termina con un crujido. Germán sonríe pero Enrique desaparece, pa aparecer tras él a la altura de su cabeza. La distancia se reduce a cero y de un movimiento relámpago, Enrique agarra el cuello de Germán, torciéndolo con una técnica de pelea barriobajera. Antes de que Germán pueda reaccionar, es derribado con otro golpe invisible a su pierna herida, enviándolo de boca contra un bordillo. Enrique consigue un perfecto ground-and-pound, que es esto que hacen los de MMA cuando tienen a uno en el suelo y empiezan a darle puñetazos y codazos. Ya no hay nada que pueda salvar al youtuber y Enrique lo aturde de un último golpe, pero se ríe.
Cuando Germán vuelve a ser consciente no puede ver a Enrique, pero nota que no es capaz de controlar su cuerpo, está bailando cumbia en mitad de la calle, y le cae un piano.
Fin, chao chao.
El Manager de Symmetry Icon vs. Indrid Cold.
Ella no sabía porque había recibido ese mensaje que la había llevado hasta la feria abandonada de Point Pleasant, Virginia Occidental. Era medianoche, el casi 31 de octubre de algún año, y la niebla se arremolinaba entre los restos del carrusel y las cabinas derrumbadas. Volvió a leer el texto en la pantalla del móvil:
"Hay algunos problemas con tu chico, ven al viejo parque de atracciones para hablarlo".
Si, él había estado actuando extraño desde el éxito de la canción, ¿Pero tan importante sería el asunto como para hablarlo en este lugar sin gente?
— Esto es una pésima idea — se dijo.
Miró por el retrovisor para dar marcha atrás, pero una luz que parecía provenir de una lámpara de queroseno gigante se posó a como 7 pies de ella. Un zumbido metálico anunció la llegada de Indrid Cold cuando la puerta corrediza de esa cosa se abrió. Caminaba lento, con peinado hacia atrás, brazos cruzados bajo las axilas, y una sonrisa tan ancha que parecía que tocaba sus dos orejas.
— No tengas miedo — le dijo a ella directamente en su mente sin necesidad de mover la boca. — No de mí, al menos.
La chica no daba crédito a lo que veían sus ojos, Indrid la tranquilizaba de alguna manera que no podía explicar, y con un gesto le pidió que bajara la ventanilla. El aire entra cuando lo hizo, y él dijo unas palabras que parecían encriptadas: — Tenga cuidado con los camiones a estas horas de la noche. Buen viaje.
De alguna manera la chica sintió que ese era su pistoletazo de salida, dio marcha atrás con más calma y se dirigió a la ciudad, más atenta a la carretera de lo que su cansancio le permitía.
Unos mocasines golpearon desde las sombras, Indrid se giró con sosegada calma y sin perder la sonrisa, el Manager de Symmetry Icon emergió, su figura encorvada envuelta en un traje de pana y cara de que iba a sacarle los ojos a alguien.
— ¿Quién demonios eres tú? — preguntó.
— Me llamo Indrid Cold, un placer — asintió un poco con la cabeza en un gesto amable que al manager le pareció un insulto. — Vengo desde Lanulos, y se podría decir que mi propósito es hacer que la historia se repita, aunque para ello tenga que hacer que su historia no se repita. ¿Podemos dar así esta charla por concluida y quedar buenos términos?
— Ja — espetó el manager. — Me gusta tu tranquilidad, tu estilo, tienes cara de que echarías a dos adolescentes a los leones para salvar el mundo. ¿Y como no tener esa cara si ya lo has hecho?
— No es como que fueran inocentes, ellos hubieran hecho lo mismo con cualquiera. Ahora le pregunto, ¿Va a seguir tratando de distraerme con una charla insustancial, o va a intentar matarme?
El Manager prepara las manos y se tira tal cual es, lanza dos puñetazos rectos para medir la distancia, buscando cerrar el espacio. Indrid retrocede con un ágil movimiento lateral, sin separarse mucho del centro de la pelea, las manos aún bajo los hombros. De repente, Indrid dispara una patada frontal al cuerpo del manager, quien la bloquea con los antebrazos, pero siente el impacto. Responde avanzando con un puñetazo a la mandíbula que falla y un gancho que acierta donde Indrid debería tener los pulmones, pero el golpe no le saca ni un suspiro. Indrid conecta una patada baja a la pierna que sostenía el equilibrio del creepypasta, apuntando al muslo externo. El golpe logra que cogeé ligeramente, pero fintea en respuesta encajando un puñetazo en el lado izquierdo del maxilar que le tira dos dientes a Indrid. Cuando el manager va a dar un recto, Indrid ya no está ahí.
Al empresario musical le llega desde la espalda un zapatazo con todo el empeine en la boca que lo arrastra pa tras. Indrid se había teletransportado para atacar desde su punto ciego. El manager retrocede aún con la guardia alta, Indrid empieza a presionar usando sus brazos, extrañamente largos y conocedores de los huecos en la defensa enemiga. El manager queda entre Indrid y la ventana de una vieja discoteca, intenta otro puñetazo en bolea, pero Indrid lo lee antes de que si quiera mueva el codo. Se inclina hacia atrás evitando el golpe y responde con una patada alta al mentón que empuja al hombre a través de la ventana y lo baña en cristales rotos.
El manager nota una herida abierta en su cabeza, sus ropas ahora tienen jirones por los cortes y todo su cuerpo está tumbado en el suelo resbaladizo de una pista de baile. Mira el reflejo de Indrid en uno de los cristales que toma rápidamente y gira con movilidad instintiva, usando el filo del borde para dar un tajo eficaz a la altura del pecho en las ropas de Indrid que están a punto de llevarse piel también.
— ¿Te crees muy listo? — pregunta el manager con los dientes apretados.
— Ciertamente poseo mucho conocimiento — responde el extraterrestre sin mover los labios.
— Entonces entenderás esto perfectamente.
Indrid abre los ojos cuando le llega el estímulo, pero ya es tarde. Todos los altavoces del lugar cobran vida con un zumbido escalofriante. La melodía de "See You After, Babe" comienza a filtrarse, pegajosa y venenosa, diseñada para aferrarse a la mente como una garrapata a un perro de pastoreo. Las notas buscan invadir la conciencia de Indrid y volverlo loco. Él ladea la cabeza con su sonrisa marcadamente forzada, como si solo necesitase rigidez muscular.
— Esto será peor para usted, el tiempo se le hará muuuy largo.
Dicho y hecho, en la cabeza del manager la canción parecía reproducirse a cámara lenta. Se miraron solo un instante más, un duelo de voluntades en el cual ninguno de los dos quería perder terreno. El creepypasta fue el primero en avanzar, dos cristales en cada mano. Indrid tomó su propia iniciativa creando un diamante de luz que iluminó los diez metros de pista. Dos cristales salen volando hacia el extraterrestre mientras su portador rueda a un lado, esquivando una patada giratoria a media altura que Indrid había hecho mientras salía de la trayectoria de los cristales. El manager ataca de inmediato buscando un punto vulnerable, el vidrio filoso rozando la cadera mientras el oponente gira con gracia y asesta un rodillazo en su ingle que le saca el aire. El extraterrestre tira una mano alta intentando arrastrar al manager hacia una pared, pero el creepypasta, de alguna forma sobrenatural, manipula la suerte y un cable pelado de los altavoces cae, dándole a Indrid un chispazo en el hombro. Esto le fuerza teletransportarse para evitar un corte profundo en la cara.
Indrid conjura rápidamente luces diamantinas que se reflejan en el cristal del manager y de ahí a sus ojos. Para el mundo esto ocurre en un destello, pero al empresario musical le parecen minutos muy largos. Aprovechando la confusión, Indrid proyecta una oleada telepática más intensa, de alguna forma lee sus intenciones e inseguridades. Luego acierta un puñetazo, acierta dos, pero cuando va por el tercero el hombre reacciona, se agacha a tiempo para dar un cabezazo en la sonrisa del extraterrestre. Con un chasquido de dedos los altavoces amplifican la maldita canción, Indrid sin llegar a darse cuenta se asesta un puñetazo a sí mismo y se cae pa atrás.
El manager intenta pisarlo, Indrid se teletransporta a unos metros, pero aparece pisando los cristales de la ventana. El diablo musical lo escucha, gira en redondo lanzando uno de sus cristales como un proyectil. El hombre de peinado hacia atrás, más aturdido de lo que debería, apenas tiene tiempo para cubrirse la cara con la palma derecha, causándole esto un corte profundo en la misma. Por alguna razón que se le escapa la canción empieza a aparecer un martilleo constante en su cabeza, y parece ser ahora el manager quién sonríe aunque su pecho subía y bajaba con dificultades respiratorias por los golpes y la dilatación temporal en su cabeza escocía, cada segundo sintiéndose como un minuto cargando piedras.
— ¿No te encanta esta canción? — pregunta el terrestre agachándose para coger trozos de cristales, uno en cada mano. — Hay quien diría que ni siquiera es de este plano, ¿Quieres librarte de ella, hacemos un trato?
— Te aseguro, mi estimado, que para nosotros esto está lejos de ser una amenaza — Indrid siguió sonriendo. — Usted quiere dominar fuerzas que no entiende. Yo soy las fuerzas que no entiende.
El manager entre cerró los ojos, incluso pestañeó, llegó a frotarselos pensando que podría ser el cansancio, pero no, las luces de esos diamantes empezaban a distorsionarse y de pronto le parecía imposible describir a su adversario con palabras. De alguna extraña forma parecía que estaba muy lejos, pero rápidamente supo que todo estaba en su cabeza. Como si hubiese probado un chute de adrenalina, fue de nuevo hacia el extraterrestre, y el extraterrestre fue hacia él. La mala suerte quiso que Indrid casi tropezase al pisar un cristal, mientras caía fue recibido con una patada de el manager en la boca, tan devastadora como un accidente de tráfico. Indrid le barrió los tobillos desde el suelo, haciendo que callera de posaderas. El manager dio un tajo que solo desplazó el aire de su sitio, porque indrid no estaba donde sus ojos le decían.
El extraterrestre le asestó un gancho desde alguna parte y volvió a ponerlo de pie, las luces se distorsionaban cada vez más y más. El manager detuvo la música de golpe, escuchando perfectamente los pasos de Indrid, giró en un semicírculo con el brazo extendido y clavó uno de sus cristales en todo el hombro del tipo sonrriente. Fue a llevar el otro hacia la cara, pero Indrid le atrapó la muñeca, el manager forcejeó soltándose levemente para estrecharle la mano. Palma con palma, ambas sangre se entrelazaron, el manager ya estaba casi seguro de su victoria.
— ¿Es que no ha escuchado bien la música? Esa combinación de instrumentos no se ha visto en siglos, puede que en milenios — la cación volvió a encenderse con más ganas, la cabeza del extraterrestre empezando a volverse loca. — ¿No quiere ser parte de algo así? ¿Es que no escucha?
— ¿Usted si? — Indrid solo sonrío hasta que sus mejillas eran solapas de carne, leyendo a su rival y sus intenciones perfectamente, notando el nerviosismo y como todo lo estaba dejando sordo.
Un fuerte zumbido llenó la mente del manager, pensaba que sólo era un truco barato de telepatía hasta que vio una gran luz aproximarse desde fuera.
¡Kabumba!
La nave de Indrid chocó con la estructura a toda velocidad llevándose por delante las paredes de concreto, la chapa, los cables, la canción, y al susodicho manager, dejando de él solo un berrete en los cristales y un brazo que Indrid todavía sostenía con fuerza, cual si fuera una mosca contra un parabrisas que había perdido una pata.
— Al menos me dejó una bonita canción — dice Indrid moviendo sus labios, por primera vez, para tararear en voz alta esa pegajosa melodía entre las ruinas de la maravillosa noche de West Virginia.
El Diablo de Jersey VS Herobrine.
Estado de Nueva Jersey, 3:00 de la mañana, hora local.
Unas fauces de caballo arrancan la cabeza a una vaca muerta, así el cuerpo queda en mejor exposición para poder ser degustado por el diablo que esta causando esto, el diablo de Jersey. Come su presa en un campo a kilómetros de donde la capturó, cuando una luz del cielo lo empaña por la espalda, cosa que no podría importarle menos mientras la oye descender. De ese aparato con forma de lámpara de queroseno sale un hombre con los brazos cruzados, manos bajo los hombros, y gran sonrisa, un hombre que ha asesinado a un manager que sigue espachurrado donde debería estar su parabrisas.
— Buenas noches — dice Indrid Cold sin mover los labios.
— ¿Qué quieres? — le corresponde telepáticamente el diablo de Jersey.
— Hay un trabajo...
— ¿Saldré vivo de allí? — interrumpe la criatura con cabeza equina antes de que termine la explicación. — Se que puedes ver el futuro, así que no quiero juegos.
— No veo el futuro — corrige al demonio sin perder la tensión en su pose. — Veo probabilidades, y se que si no detenemos a quien quiero que detengas, el único futuro que habrá será la destrucción del mundo a manos de algo peor que tú. Algo que te mataría con el sólo echo de cantar con su séptima boca.
— Ya me sé esa profecía, y sé perfectamente que al final ganamos.
— Ganamos una vez, nada nos garantiza ganar otra — Indrid abre mucho más los ojos, y un portal hecho de obsidiana y aura morada se crea al lado del diablo de Jersey. — Acaba con el hombre de ojos blancos, por favor y buena suerte.
El diablo de Jersey solamente bufa, y al cruzar el portal ya estaba en un mundo hecho de cubos, viendo entre la niebla y la tormenta que se gestaba, a un hombre de ojos sin pupilas que lo esperaba. Herobrine también era consciente de los futuros destinos. Qué más puedo contar que te interese, un bosque pixelado, dos criaturas que parecen haber salido del averno, y ningún mundo posible en el cual los dos salgan vivos de esto.
Herobrine actúa primero, invocando una niebla aún más espesa que envuelve el bosque, reduciendo la visibilidad a casi nada. Jersey reduce la distancia entre ellos en centésimas de segundo, pero cuando choca contra el suelo, el creepypasta ya no está. Los ojos rojos brillan en la penumbra mientras su adversario se funde con un árbol, esperando el momento perfecto. Con un movimiento rápido, usa su telequinesis para arrancar cuadros de 2 por 2 de la tierra, lanzando los bloques hacia el Diablo como proyectiles. Los cubos de tierra y piedra atraviesan el aire, pero el Diablo, con sus pezuñas y garras, destroza todo lo que llega. Con un destello de su teletransportación, desaparece y reaparece a varios metros, sus manos apuntando al cielo. Su risa áspera resuena, y un relámpago ilumina su silueta de quimera grotesca mientras extiende sus alas. Una tormenta se desata con fuertes vientos y la niebla se despeja con los primeros signos de lluvia.
El Diablo de Jersey alza la cabeza soltando un grito ensordecedor. El bosque no se inmuta, menos por un árbol que parece taparse los oidos. Desciende en picado y de un tajo con las garras de sus manos abre el pecho de Herobrine, rompiendo su protección de madera.
— Maldito ente profano — dijo el rasgado entre dientes. Mientras tomaba una pose defensiva recibió una coz en las costillas que le sacó rodando hacia atrás, escupiendo el aire de sus pulmones.
Herobrine siente una presión abrumadora en su mente, el diablo relincha, su presencia temporal causando el efecto deseado. El creepypasta opta por una postura compacta y paso decidido, avanza buscando cerrar la distancia. Sus manos rompebloques le tiran una lluvia de trompadas. El diablo, con más alcance, lanza otro garrazo a Herobrine. Este lo telegrafía, se pone en lateral y golpea la quijada equina. El diablo se cubre de un segundo golpe con sus alas, pero una onda telequinetica echa ambas hacia atrás y hace que el demonio de medio giro. Un coletazo desde un punto ciego al girar roza la sien de Herobrine, quien absorbe el contacto sin inmutarse. El creepypasta responde con un gancho de derecha que obliga al diablo a retroceder con su teletransporte. El tiempo vuelve a retomar su flujo habitual.
Herobrine es quien domina ahora la tormenta, el diablo tiene que volar a altas velocidades esquivando ráfagas de viento y evadiendo rayos. Con su control climático ruje y abre el cielo más, detrás de un destello de nuve, salta la entidad de ojos blancos con una espada de diamante. El diablo evade un tajo, aún con la distancia a su favor. Desgasta sus nudillos en un puñetazo que le cruza la cara a Herobrine. Confiado en su fuerza bruta sus garras brillan con un movimiento rápido que solo araña una espada en pose defensiva, Herobrine responde con un golpe en horizontal, Jersey se separa con un batir de alas hacia atrás. Rodea el mismo punto a una velocidad vertiginosa y de pronto está pisando la columna de Herobrine contra una colina que levanta polvo y escombros.
El diablo alza una mano, Herobrine se mimetiza en un segundo con el suelo y pasa bajo la tierra. El diablo atraviesa el suelo con todo el largo de su brazo, pero se atora en la tierra y Bra in presiona con telequinesis todos los bloques, el hombro a microsegundos de partirse definitivamente. El diablo suelta un chirrido peor que arrañar cristales, el terror abrumando de golpe desconcentra a Bra in, pero no lo suficiente para teletransportarse y evitar un segundo ataque.
Ambos embisten hacia el cielo. Herobrine aprovecha la libertad del espacio tridimensional. Se impulsa hacia arriba con un giro, usando una ráfaga de viento para desviar la trayectoria de Jersey. Las coces del animal surgen con furia, buscando desgastar a su oponente desde la distancia, en un golpe de suerte, patea la muñeca de Herobrine y la espada cae a tierra. Brain absorbe una patada al torso y responde con un uppercut que genera una onda de choque visible en el aire. La colisión de sus golpes crea chispas de energía eléctrica que iluminan las nubes. Ninguno está dispuesto a ceder, ¿Igual que en cada pelea que narro, si no cuál sería el chiste?
Ya en un momento crítico, el Diablo usa su manipulación del tiempo al máximo, haciendo que Herobrine sienta que cada movimiento es una eternidad. Aprovechando esta ventaja, se teletransporta detrás de él, pero un bloque telequineticamente llega y choca con la nuca del diablo. Herobrine, le mete un codazo giratorio en la garganta, y al final ambos se agarran con todas sus fuerzas. El mundo llega al borde del colapso, un trueno chocando contra ambos por la tormenta repentina y caen como un rayo en tierra.
La gente llama a este momento la calma tras la tempestad. El diablo de Jersey tose, tiene un ala totalmente partida, y cuando está por pensar en qué hacer, un filo de diamante separa la otra ala de su cuerpo. El diablo se desgarra en un alarido mientras dobla la rodilla de Herobrine de una coz.
— ¡Te mandaré al infierno! — grita soltando otro golpe.
Herobrine lo evade, se une piel con piel, el espectro mimetizandose con la entidad demoníaca. — Espérame allí, tardaré en llegar.
En un último giro, clava su espada a través de las costillas de la bestia. El diablo de Jersey estalla con un claf, y donde estaba solo queda un chuletón flotando y experiencia. Si quieres en contrarla en tu mundo de Minecraft, mejor, ¡Detente!
Ben Drowned vs NYAMI-NYAMI.
— Qué lugar más extraño para poner una cueva — dice Noah viendo las pantallas incrustadas en la roca y el río que fluia en medio como un gran estanque.
Sacó el sobre, el mensaje que había recibido era sencillo: "No enciendas el juego, solo llévalo a la consola de estas coordenadas el día 31 de octubre, año del señor 2025".
Sobre un altar de roca lunar estaba una Nintendo 64 directamente conectada a una única pantalla que brillaba tenuemente sin emitir estática. El joven apretó el sobre y ya podía imaginarse que había dentro antes de abrirlo. No hubo sorpresa al ver un cartucho totalmente gris con MAJORA escrito a rotulador y en mayúsculas.
— El espíritu de Ben Drowned, como no — se dijo antes de ponerlo en la consola, encender, y salir corriendo sin mirar atrás. — No más encuentros con creepypastas, Dead Bart fue suficiente — gritó.
***
La cueva reverberaba como cien hadas en una botella. Las paredes, talladas en roca y con pantallas zumbantes, dormían a la espera de algo. El aire estaba cargado de una energía inestable, como si el tiempo y el espacio se debatieran entre colapsar o seguir su camino. De pronto, las aguas del río se agitaron violentamente, y de ellas emergió Nyami-Nyami, la deidad del Zambeze. Su cuerpo colosal, una serpiente titánica con cabeza de pez y colmillos afilados como dagas, se alzó en magnificencia. Escamas relucientes y ojos profundos como el abismo que escanearon la cueva, algo muy malo se había introducido en ese lugar. Acto seguido, una de las pantallas conectada a una consola cubierta de musgo, cobró vida sola. Un destello verde parpadeó, mostrando un glitch pixelado. Nyami-Nyami ajustó su mirada, de la nada un ardor cegador le atravesó el ojo, la pantalla le había prendido en llamas la retina. Con un rugido primordial, la deidad abrió sus fauces y desató un torrente de agua furioso que arrasó cuanto televisor había, dejando solo cortocircuitos en una explosión de chispas.
Desde las sombras de la cueva, una risa distorsionada resonó, Ben Drowned estaba ahí, como una estatua que pareciera tener pulso. Sin mediar palabra, la realidad misma pareció obedecerle, torció el cuerpo de Nyami-Nyami, sus escamas crujiendo bajo una fuerza extradimensional. Pero la deidad del río sobrada en su control de la suerte, disipó la maldición como quien se quita las legañas al despertar. Con un movimiento rápido, sus colmillos se cerraron sobre la estatua, atrapándola, llevándose la de corbata al fondo del río.
Ben, liberó una descarga de electricidad que iluminó el agua, la corriente intentando abrasar a Nyami-Nyami. Más la deidad resistió, respondió en un parpadeo con otro chorro de agua a presión. Ben se teletransportó fuera del agua, reapareciendo en la orilla. Nyami-Nyami, furioso, impregnó el suelo de la cueva con su magia ancestral, y un remolino colosal emergió tragándose parte de la tierra y atrapando a Ben en energía espiritual.
Ben no necesitó moverse cuando invocó una réplica de Majora transformado, una abominación de músculos y tentáculos que hacía piruetas en el aire. Lanzó dos latigazos que azotaron el cuerpo de Nyami-Nyami, dejando marcas humeantes en sus escamas. La deidad esquivó un tercer latigazo con una agilidad imposible para su tamaño y respondió con un tsunami devastador. La ola estrelló a Ben y a Majora contra las paredes desprendiendo rocas, haciendo temblar todo en varios kilómetros a la redonda.
Ben manipuló el tiempo, envió a Majora dos segundos al pasado, justo antes del tsunami. La máscara viviente asestó un golpe sorpresa a Nyami-Nyami, desgarrando una de sus branquias. Pero la deidad del río no se doblegó. De su cuerpo brotaron brazos titánicos de tres metros, seguido usó su control sobre la vida para apagar la existencia de Majora en un instante, haciendo que la criatura colapsara. Lo agarró de una pierna y lo estrelló contra una pared de la cueva, partiéndo la mascara en dos y derrumbando tres cuartas partes de la estancia.
— No deberías haber hecho eso — dijo Ben.
Nyami-Nyami sintió una opresión imposible. Sus branquias, diseñadas para respirar en cualquier entorno, comenzaron a fallar. Se sumergió, y aunque el oxígeno estaba presente, su cuerpo colapsó, cayendo inerte al fondo del río. Pero la muerte física no era el fin para una deidad como él. Su forma espiritual emergió, un dragón etéreo con tentáculos y dientes de sierra, cargado de la furia del Zambeze.
Ben respondió al desafío, transformándose en un espíritu sombrío de ojos amarillos y una boca distorsionada que parecía devorar la luz. Su cuerpo multiforme, con brazos desproporcionados, chocó contra Nyami-Nyami en un impacto sin precedentes. Entrelazaron sus manos espirituales en un forcejeo. Ben desató un géiser de fuego de su boca, mientras Nyami-Nyami contraatacó con un remolino de agua. Las dos fuerzas colisionaron, vaporizando el aire y tirando por tierra lo que quedaba de la cueva.
Ben jaló a Nyami-Nyami hacia adelante, manipulando la realidad para crear una pared invisible contra la que la deidad se estrelló, aturdida. Aprovechando el momento, Ben asestó un puñetazo que arrancó un diente espiritual de Nyami-Nyami, que cayó al río sin levantar el agua. Cuando Ben alzó el puño para un segundo golpe, Nyami-Nyami se retorció con agilidad serpentina, enroscándose alrededor del brazo de Ben. Con su poder para dañar espíritus malignos, comprimió el brazo, haciéndo crujir la figura fantasmal. Tentáculos emergieron de su forma espiritual, atrapando ambos brazos de Ben y tirando en direcciones opuestas. El cuerpo sombrío comenzó a fracturarse, al borde de partirse en dos.
Las cervicales de Ben se abrieron y un Link salió de ellas, empuñando la Espada Maestra y un escudo resplandeciente. Con un movimiento relámpago, cortó a la altura del ojo, lo que hizo tambalearse a la deidad. Rodó por su cuerpo escamoso y saltó fuera de su alcance antes de que pudiese responder. Ese Link traía unos ojos de furia y un cuerpo que recordaba a la descomposición propia de pasar mucho tiempo sumergido, no era otro más que Ben con la forma cambiada.
Nyami-Nyami, furioso, decidió llevar la pelea a su terreno. Invocando su poder ancestral, intentó reclamar el alma de Ben para el inframundo, como había hecho con los trabajadores europeos en las leyendas del Zambeze. Ben se desvaneció inexplicablemente, e inexplicablemente volvió al terreno de juego con un aura verde entorno a él, como si solito se hubiese vuelto a invocar. El tiempo mismo se fracturó por eso, la cueva se les había quedado pequeña, y ambos parecieron trascender a un plano donde espacio y tiempo eran irrelevantes. Tomaros sus posturas más intimidatorias y se lanzaron para un último asalto.
El plano existente se desvanece cuando ambos alcanzan velocidades inconmensurables. La cueva, el agua, el tiempo, todo. Todo fue borrado y de todo escaparon en su choque. Nyami-Nyami, con su forma espiritual dragónica resplandeciendo en el vacío rugió con un: —No me has dejado sin río, yo SOY el río—.
Su sempiterno cuerpo se lanzó como un torrente de agua. Ben, en su forma de Link, levantó el escudo para bloquear el impacto, desviando la corriente principal. Las salpicaduras se transformaron en una mano colosal y maciza que se cerró sobre él, intentando aplastarlo. Con un giro ágil, Ben atravesó la mano con la Espada Maestra, y en un corte en arco perfecto, cercenó los dedos líquidos, que se disiparon en vapor siseante.
Sin perder un instante, Ben manipuló la realidad, creando una pared invisible frente a él. Enganchó su pistola gancho al borde y se propulsó hacia arriba. Nyami-Nyami, con su magia, impregnó la pared, transformándola en un remolino voraz que intentó succionar a Ben. Pero este, con un destello de estática, se teletransportó en el último segundo, esquivando una embestida de la deidad que hizo temblar el plano entero. Reapareciendo a gran distancia, Ben, con la precisión de un orni, tensó su arco y disparó tres flechas simultáneamente. Nyami-Nyami, invocó su control sobre la suerte, las flechas se desviaron sin siquiera tocar su cuerpo. El rio viviente sacudió la cola como un látigo, y el golpe alcanzó a Link. Sin darle respiro, Nyami-Nyami envolvió a Ben con su aura espiritual y lo arrastró al inframundo, su plano sagrado de aguas oscuras y corrientes eternas. Allí, estrelló a Ben contra una pared, haciendo crujir la realidad misma y lanzando lascas hasta el infinito.
Nyami-Nyami abrió sus fauces para morderlo, pero Ben liberó una mano con un movimiento desesperado y creó una bomba que lanzó directamente a la garganta de la deidad. La explosión resonó en el inframundo, perturbando el espíritu de Nyami-Nyami, que retrocedió con un rugido de dolor. Ben aprovechó el momento, teletransportándose en un parpadeo y cayendo desde lo alto para clavar la Espada Maestra en el cenit del cráneo de Nyami-Nyami. La deidad se sacudió violentamente, arrancando a Ben de su cabeza y enviándolo al suelo con un giro de su cuerpo serpenteante.
Con un cabezazo colosal, Nyami-Nyami arrastró a Ben a través de la roca hacia las corrientes más profundas del inframundo. Las aguas se tiñeron de un rojo carmesí, imbuidas con el poder divino, que comenzó a purificar el espíritu maligno de Ben. Ben gritó, y de su cuerpo brotó un infierno de llamas que consumieron el agua a su alrededor. Nyami-Nyami, resistiendo las llamas con su corazón indomable, generó más tentáculos que envolvieron a Ben, apretándolo con fuerza para evitar que se concentrara en una teletransportación nuevamente.
El cuerpo de Ben comenzó a distorsionarse, como si fuera estática en una pantalla. Con un crujido final, desapareció, dejando a Nyami-Nyami flotando en el silencio del inframundo. El rio viviente pareció calmarse, sus escamas espirituales brillando con un fulgor triunfal. Cuando de pronto, el agua a su alrededor se desvaneció. El inframundo colapsó, y la existencia misma comenzó a desmoronarse en un vacío de glitches. Desde el principio anterior a la existencia de la infinitud emergió Ben, ahora en su forma más aterradora: la sombra de la estatua de la elegía, una silueta distorsionada con ojos sin vida y una presencia que desafiaba toda lógica. De fondo, comenzó a sonar la Canción de la Curación invertida, un lamento discordante que perforó la mente de Nyami-Nyami. La deidad sintió un peso abrumador en su espíritu, su mente nublándose.
— No puede ser... No es posible— murmuró Nyami-Nyami sin la capacidad de oponerse.
Desesperado lanzó un remolino de agua sagrada, pero fue tan inútil como golpear la niebla con un palo. Ben, ahora en un plano de existencia superior, era intocable, una entidad más allá del alcance de cualquier fuerza física o espiritual. Con una risa propia de un vendedor de máscaras, Ben pronunció:
—¿Te has encontrado con un terrible destino, verdad?
El cuerpo espiritual de Nyami-Nyami comenzó a desvanecerse, sus escamas disolviéndose en píxeles. Con un destello final, la deidad del Zambeze fue borrada de la existencia, su presencia extinguida como un archivo en la papelera. . .
Amanecer de un nuevo día.
***
Hay una mansión perdida en el bosque, te recomiendo centrarte en ella y no en las notas colgadas en los árboles, o invocarás a una entidad a la cual no quieres conocer.
Jeff the killer entra en el gran salón, abre la puerta de una patada y se sienta en la primera silla que ve. Todo es madera de épocas anteriores al Renacimiento, y en la gran mesa cabrían cuarenta personas en cada lado. El anfitrión de la casa aparece, no tiene rostro, pero se encuentra visiblemente molesto.
— ¿Qué pasa Slendi? Vine a estirar un poco los pies sobre la mesa, hoy me ha pasado una cosa de locos.
Jeff no tiene tiempo de explicarse, uno de los tentáculos de Slenderman pone sobre el tablero el cuerpo aplastado y mutilado de Ticci Toby. El tipo de sudadera blanca y ojos sin párpados se impresiona, y si no silba es por la falta de labios.
— ¿Quién le ha hecho eso a Tobías? — comenta Jeff con cierto retintin sarcástico.
— Parece devorado por una cabra — comenta la voz de ultratumba del hombre delgado.
Jeff junta los dientes en su sonrisa marcada a cuchillo. — ¿Lo atacó una cabra mutante? A mí me atacó un vampiro radioactivo.
— Y yo peleé con un extraño alienígena — comenta Slenderman mientras yergue su figura.
Las puertas del comedor se abren otra vez, Eyeless Jack camina con heridas de garras y dientes en todo su cuerpo, especialmente notable por el hecho de que le falta un brazo.
— ¿Y a ti qué te atacó, un hombre lobo?
— Un hombre perro, en Míchigan — escupe antes de tirar todo su cuerpo contra una silla.
El espíritu de Ben Drowned aparece levitando encima de la mesa. — No váis a creer lo que me ha pasado — dice.
— Te atacó un animal mutante — menciona Jeff más cortante que su cuchilla de carnicero.
Ben desciende hasta posarse en el tablero, mirando el cuerpo de Toby. El viejo televisor de la pared se enciende de inmediato, todos menos Jack y slender enfocan sus pupilas en él, una noticia que está en todos los canales: "Encuentran sin vida los cuerpos de los temidos asesinos Blody Painter y Ángel juez".
— Demasiadas coincidencias, ¿No os parece? — dice un cuerpo amarillo y quemado que se arrastra hasta ser visible. — Claro que, lo mejor es que dejemos de actuar como si todo esto fueran hechos inconexos.
— Vamos, no me jodas, es el putísimo Bart Simpson — dice Jeff, aunque nadie le hace caso.
Slenderman lo mira sin necesidad de ojos, y el cuerpo a medio descomponer con rasgos hiperrealistas sigue su explicación. — Yo veía con certeza el futuro, una fecha donde sería el fin de todo. Pero algo ha cambiado el tiempo tal y como lo conocemos, algo que no es de este plano quiere evitar nuestra victoria y manda criptidos para evitar que perpetuemos el camino hacia la profecía. No se que es, pero no puede actuar directamente, así que busca destruirnos uno a uno.
La expresión de todos pareció ensombrecerse en la ya de por sí poco iluminada casa. — ¿Estás diciendo que han empezado una guerra contra nosotros? — pregunta Ben.
La puerta se abre de golpe, una mano esquelética la ha empujado, y aunque sus ojos están vacíos tiene una inconfundible sonrisa canina. — Una guerra no. No, no, no. Una cacería — dice la inconfundible voz de Smile dog.
— Así es, y volverán el año que viene — dice Bart.
— Jajaja — Jeff se parte la caja delante de todos. — Y yo que me quería ir a dormir, y resulta que formo parte de una especie de Críptidos contra Creepypastas, temporada 3.
****
Era una mañana tibia, el cielo estaba despejado y todo olía a ramas y vegetación. BigFoot caminó hasta un árbol, puso la mano en el tronco y este se iluminó en verde fosforito. Algo salió detrás de una nube, era gigantesco, oscuro y con dos ojos como faros rojos. Mothman, el llamado hombre polilla de Point Pleasant, descendió hasta estar junto a él.
— ¿Tú? ¿Tan mala es la situación? — preguntó Pie grande.
Mothman no hizo gesto alguno, sólo giró su cabeza en dirección a una gigantesca nave que descendía del cielo. Parecía bastante magullada, grandes roces y chapa destartalada, sin mencionar una gigantesca mancha de sangre del tamaño de un manager. Por supuesto, Indrid Cold salió de ella cuando se posó en tierra, y caminó con las manos bajo las axilas hasta llegar a los demás criptidos.
— Decidme que al menos a vosotros os ha ido mejor — dijo el hombre de sonrisa rígida sin mover los labios.
— Si, aplasté al rastrillo con una roca — respondió Pie grande.
Mothman simplemente movió un ala con dificultad, pero se sacudió un poco dando a entender que no había sido para tanto sepultar a aquel Pokémon.
— Yo también me cargué a uno — Indrid giró para ver sobre su hombro la mancha en su nave. — Pero no diría que todos lo hemos tenido fácil, el diablo de Jersey ahora es solo volutas de experiencia, ¿Os acordáis de Nyami Nyami?
— ¿Quién?
— Exactamente, un tal Ben Drowned lo ha borrado de la existencia.
BigFoot frunció el ceño, ¿Borrado existencial? Solo la jerarquía más alta de las leyendas tenía acceso a tanto poder, ¿Acaso estos niños armados con computadoras y cuchillos tenían tanta influencia en la realidad?
— ¿Qué vamos a hacer ahora?
Indrid Cold se encogió de hombros. — Seguir luchando, tenemos hasta el próximo octubre para planear como.
— Che, esto es ridículo — Algo apareció tras ellos, ojos de azufre, poco mas de medio metro de altura, piel azul y un marcado acento porteño. — ¿Por qué los gringos siempre se la quieren bancar solos? Habemos más críptidos en el mundo por si no sabés.
— El pitufo Enrique, ¿A qué debo el honor? — pregunta Indrid girando sobre sus talones.
— Te vi tirarle un piano desde el cielo al boludo que puse a bailar y te seguí hasta acá, ¿De que trata esto, de monstruos de los bosques y marcianos?
— Estamos salvando el mundo.
— Yyyy, ¿Para que?
— ¿Dirás qué no quieres que este mundo sea salvado? — pregunta Big foot. — Como protector ancestral de la naturaleza valoro cada vida que hay aquí. Esos llamados creepypastas no tienen respeto por nada ni nadie, matarán humanos, quemarán bosques, y hasta destruirán almas en cada rincón del universo solo para satisfacer su ego. No podemos dejar que eso pase.
Enrique tenía cara de que en cualquier momento se dormía, así que Indrid se sonrió más y probó otra vía de negociación. — Si este mundo desaparece no podrás ver más partidos de Boca.
— Ufff, no papá, haber empezado por ahí. Posta, ¿A quien tenemos que matar? ¿Estamos solos acá?
Mothman hizo un leve chirrido para que se centrase en él, antes de empezar a comunicarse mentalmente. — Esto no es ningún juego, esta amenaza va más allá de esta realidad, va incluso más allá de las infinitas que conforman el vasto río de La Fuente, pléyadianos, intraterrestres y otras formas de vida superior. Cualquier acción en pequeña o gran escala puede causar problemas que se escapan a nuestra comprensión de las calamidades futuras, por eso los intraterrestres moderarán su ayuda.
— Qué no entiendo un carajo cuando me hablás así — replica Enrique con una mueca. — Estos gringos del espacio se explican en jeroglíficos, ponele voluntad y hablá bien.
— ¿Quieres ayudarnos a recagar a palos a los malos? — pregunta Indrit alzando una ceja.
— Dale.
— Entonces cualquier cosa que hagas puede traer consecuencias peores, así que tenemos que ser rápidos y eficientes. Toma esto como un prólogo de Críptidos contra Creepypastas temporada 3.

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