Asuka en Dos Hombres y Medio.

 

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La IA dice:

Salchichas, robots y un idiota en pantalones cortos.

La mañana en Malibú no comenzó con el habitual sonido de las olas, sino con el crujido de Alan Harper contando monedas en la mesa de la cocina. El sol entraba con una intensidad castigadora, iluminando el café quemado que Alan custodiaba como si fuera su última posesión terrenal. Charlie bajó las escaleras en bata, arrastrando los pies y protegiéndose tras sus gafas de sol. Se detuvo en seco al oler el aire.

—Alan, si ese brebaje de fibra vuelve a tocar mi licuadora, te juro que te echaré de la casa. Y esta vez no te dejaré llevarte tu almohada ortopédica.

—¡Es por mi digestión, Charlie! —protestó Alan sin levantar la vista—. Además, tenemos un problema. ¿Recuerdas el programa de intercambio que Judith me obligó a firmar para que Jake "expandiera sus horizontes"?

Charlie se sirvió un vodka puro. —No. Y por la cara de pánico que pones, me alegra no recordarlo.

—La estudiante llega hoy. Es una prodigio alemana, una piloto de élite o algo así. Solo espero que no sea tan rara como los amigos de Jake.

En ese momento, la puerta principal no se abrió; detonó. El estruendo fue tal que Charlie casi tira su vaso. En el umbral, envuelta en una luz casi divina y una furia palpable, apareció una chica pelirroja con un uniforme que gritaba "autoridad extranjera". Llevaba una maleta metálica que golpeó contra el suelo con el peso de un tanque.

—¡Anta baka! —rugió Asuka Langley Soryu, clavando su dedo índice en el pecho de Alan—. ¿Tú eres el espécimen que me va a hospedar? ¡Esta unidad habitacional es un insulto! ¡Exijo ver el sistema de filtrado de aire y la línea segura con el cuartel general ahora mismo!

Charlie se bajó las gafas un milímetro, observando el torbellino rojo. —Vaya, Alan... Es como nuestra madre, pero con mejor cabello y, sospecho, con acceso a armamento nuclear.

Asuka giró sobre sus talones, plantándose frente a Charlie. El aire pareció electrificarse. —¡Escúchame bien, playboy de tercera! Soy Asuka Langley Soryu, la mejor piloto que ha pisado este planeta. No he cruzado el océano para convivir con un calvo que cuenta centavos y un alcohólico en bermudas. ¡Esto es una pérdida de tiempo para una elegida!

—¡No soy calvo! —chilló Alan desde el rincón—. ¡Es una frente despejada por la inteligencia!

Jake apareció en ese momento, rascándose la barriga y con una mancha de mostaza en la camiseta. Se quedó mirando a Asuka con la boca abierta. —Oye... ¿vienes a la convención de cómics? ¿Ese traje viene con lanza-misiles o solo es para que los nerds te miren?

Asuka se puso de un color carmesí que rivalizaba con su pelo. Sus nudillos crujieron. —¿Cómo me has llamado, pedazo de analfabeto funcional? ¡Te voy a usar como cable de sincronización para mi Unidad-02!

Berta salió del lavadero, apoyada en su fregona, observando el caos con una satisfacción macabra. —Vaya, por fin alguien con agallas en esta casa. Me gusta. Avisadme cuando empiece a tirar a los niños por el balcón, quiero sacar fotos.

Charlie, recuperando su compostura habitual, dio un sorbo a su trago y señaló las escaleras. —Reglas de la casa, niña prodigio: no toques mi piano, no entres en mi cuarto, y si oyes gritos de mujer por la noche... no es un ataque de un Ángel. Es que soy un ganador.

Asuka lo miró con un desprecio absoluto, como si Charlie fuera un microbio en un portaobjetos. —Este lugar apesta a mediocridad. El mar no es rojo, no hay alarmas de impacto y este niño huele a fritanga. Es el peor escenario de entrenamiento de mi vida. Cogió su maleta, subió las escaleras como si estuviera conquistando una colina enemiga y, al pasar junto a Alan, le propinó una patada en la espinilla que lo dejó doblado.

—¡Me quedo con la habitación grande! ¡Y más vale que desayunemos chucrut mañana o declararé este lugar zona de exclusión! —gritó desde arriba antes de dar un portazo que hizo temblar las fotos de la pared.

Un silencio pesado cayó sobre la cocina. Alan, sujetándose la pierna, miró a su hermano con ojos llorosos. —Charlie... esto ha sido un error catastrófico. Nos va a matar a todos.

Charlie sonrió, una expresión lenta y cínica. —¿Bromeas? Por fin hay alguien en esta casa que te odia tanto como yo. Alan, esto no es un problema... es el mejor reality show de mi vida.

Mientras el sol de Malibú seguía brillando, la casa de los Harper se preparaba para lo inevitable: la colisión entre el ego de una piloto de mechas y la absoluta falta de dignidad de un quiropráctico en apuros.

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