Remake 2026: David.

 

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¿Qué iba a hacer? David siempre vivió preocupado.

Hace dos años y seis meses, le preocupaba no poder hacer amigos en la secundaria.

Hace dos años y cuatro meses, le preocupaba perder a Carlos y a Carolina. Los conoció en una clase de Geografía, armando un mapa político entre risas y lugares que nunca iba a visitar.

Hace dos años y dos meses, le preocupaba no poder terminar el Emisario Subespacial en su Nintendo Wii pirateada. Quería desbloquear a Sonic; se lo había prometido a su hermanito.

Hace dos años, le preocupaba que en el cole le vieran las uñas rosas. Su hermana se las había pintado mientras él dormía, una venganza porque él le había sacado el Max Steel para que sea el villano en una boda de Barbies. .

Hay un hombre adulto llorando en el living. Está en posición fetal sobre el flexiplás frío y tiene un cuchillo de cocina entre las manos. Las venas del cuello le saltan mientras mastica un: "Fue mi culpa, fue mi culpa".

Hace un año y diez meses, más o menos, conoció a Juliana. Era la chica nueva del curso, la del termo bajo el brazo que escuchaba la misma música que él. Esa que amaba el café tanto como él, y miraba las retransmisiones de los partidos de platense los sábados.

Hace un año y nueve meses, David y Juliana se pusieron de novios. Eso no le gustó a Juan, resentido del último curso que vivía acosándoles e inventando rumores.

Hace un año y nueve meses, Carlos lo convenció de ir a una academia de Muay Thai. "Es como el box y el karate, boludo, hacés de todo", le decía. Iban a un gimnasio de barrio porque el dueño era amigo del viejo de Carlos y les cobraba barato. David se sentía fuerte. Nudillos curtidos, buenas notas y familia funcional. Pensaba que tenía el mundo en el bolsillo.

Pero el mundo en este lado del mapa te muerde los dedos cuando te paras a revisar si está en su sitio. .

El living de la casa es chico. Hay un televisor de tubo que no sintoniza y una foto de la familia posando frente al obelisco de Buenos Aires. El hombre que tiembla en el piso tiene 50 años y manchas de sangre en la camisa. Antes de esto laburaba doble turno para que no le falte nada a su familia. Ahora, al lado suyo, están dos niños pequeños, barón y nena. La sangre avanza por las juntas de las baldosas en dirección opuesta a sus lágrimas.

Quizás hace ya un año y seis meses, su mayor preocupación era aprender a silbar. Juliana siempre tarareaba sus canciones favoritas y él quería seguirle el ritmo. Su madre le enseñó a silbar temas viejos: "Un millón de primaveras" y "De música ligera". David practicaba hasta que sus labios se escocían, lijando sus cuerdas vocales hasta alcanzar la nota perfecta.

Quizás hace un año y cuatro meses, Juan aumentó el acoso. Iba por los pasillos repartiendo mentiras, diciendo que David hablaba mierda de sus amigos, que era un llorón y que pateaba perros por la calle. David se desesperó; la ansiedad se le escapaba por la boca. Se obsesionó con silbar canciones que él mismo inventaba. En Geografía, en los recreos, en los entrenamientos, en todo silbaba. Hasta Juliana se molestó por eso: "Pará un poco, David, me ponés nerviosa". Pero hasta cuando dormía su cabeza repetía melodías en sus sueños.

Hace un año, o cosa así, su mayor preocupación fue que Juliana lo dejó por teléfono. Sin llamada, sin explicaciones que pudiera entender, sólo un: "se acabó", en un mensaje de texto. David se refugió más que nunca en el deporte mientras el mundo se le venía encima: su hermana atrapó una fiebre que no bajaba con nada, las notas de su hermano eran un desastre, y los pequeños errores aquí y allá empezaban a aparecer enormes. ¿Cuántas desgracias se pueden apilar antes de que la estructura ceda?

Hace un tiempo, le agarró la tormenta en la calle por confiar en el pronóstico del noticiero. Caminó hasta la casa de Juliana que le quedaba cerca; pensó en hablar, arreglar las cosas o que, por lo menos, le prestara un paraguas para no mojarse. Aún había confianza con ella y su familia. La puerta trasera estaba mal cerrada, los fierros oxidados nunca trababan bien. Entró despacio y no había nadie en la planta baja. Escuchó ruidos, gemidos que se mezclaban con el golpeteo de la lluvia en el techo de chapa. Se asomó al cuarto y los vio. Juliana estaba con otro tipo. Se fue con el mismo sigilo con el que entró, robándose un paraguas despechado.

Quizá dos semanas después, Juan se enteró de todo. El colegio se volvió un infierno. Puso a todo el curso en su contra, burlándose, escribiéndole "cornudo" en la silla. Molestaban también a Carlos y Carolina por estar cerca de él. La torre de frustración le cayó de golpe, olvidando cualquier atisbo de disciplina aprendida, y yendo a buscar la raíz de los problemas.

David fue contra Juan y dos de sus amigos. Carlos estaba allí, (que si quería detenerlo de hacer alguna estupidez o qué sé yo). No hubo quien lo frenará cuando dio un puñetazo a Juan en la sien y luego le hundió el codo en la boca a otro tipo. Todo lo demás fue una pelea de bar en el patio del recreo. Carlos se metió sin ver otra opción, devolviendo golpes mientras los profesores corrían para separarlos. En medio del descontrol, David sintió una chispa de algo que lo extasiaba, que le salía por los poros, y lo motivaba más que simple adrenalina. .

El tipo en el living sigue moqueando, sosteniendo el cuchillo sin fuerza entre los dedos. Tuvo el coraje para encajarle dieciocho puñaladas a su propio hijo y veinticuatro a su hija, pero no le da el cuero para terminar con él mismo. Sigue balbuceando cuando David baja las escaleras sin ruido, pasa hasta la cocina y saca del refrigerador la botella de licor Chivas que su viejo guardaba para "una ocasión especial".

Hace un año, un maldito año exacto, David se dio cuenta de que la violencia ciega de una pelea en el patio del cole le calentaba más la sangre que cualquier round de Muay Thai.

Usó a Carolina como excusa para salir, era testarudo y no aceptó un no por respuesta. Ella no se sentía segura, y cada tanto lo miraba de reojo. David le dio conversación hasta que llegaron a su casa, y luego partió por el callejón más inseguro que encontró. No tardaron en llegar problemas. Le rompió el brazo a un tipo, le abrió la cabeza a otro de un rodillazo, y un tercero le rajó el cuello con una navaja al saltarle desde un punto ciego. Perder el celular y la billetera fue lo de menos, se desplomó como pudo frente a la puerta de Carolina y suplicó por ayuda mientras presionaba su palma contra la herida.

Que saliera vivo de eso fue un milagro.

Después de la cirugía, no le importaba el picor de los puntos, ni la garganta hecha un desierto. Sólo podía comer licuados y lo único que le preocupaba era que no podía silbar. 

Los parientes iban y venían, Carlos y Carolina también se pasaban, hasta Juliana apareció, pero las charlas eran frías y no le aportaban nada a ninguno. Solo había calma cuando su madre se sentaba al borde de la cama y le silbaba bajito hasta que se dormía.

Hace seis meses, después de una rehabilitación, volvió a las calles sin aprender nada.

Hace cinco meses, no le tembló el pulso para fracturarle la mandíbula a Carlos en un guanteo. Una rodilla voladora por la que fue expulsado permanentemente. Perdió a su mejor amigo y el mundo siguió girando.

Hace dos meses, salir a buscar bardo era cosa de todas las noches. Se escapaba por la ventana del cuarto, dejando la almohada bajo las sábanas para engañar a los padres.

Hace un mes, parte de su familia sufrió un accidente de tráfico. Su padre pegó un volantazo en la ruta por no atropellar a un gato. Su vieja y su hermano menor quedaron tendidos entre los destrozos y hierros del auto. A David se le cortó la respiración cuando le dieron la noticia, pero la angustia se le volvió bronca en dos segundos. Esa noche regresó a la casa con múltiples heridas y cortes nuevos.

Su madre murió, y a su hermano lo tendrían que alimentar por un tubo el resto de su vida.

Su padre se hundió en el whisky y la autocompasión. mpezaron las palizas. La hermana recibía golpes por cualquier consulta, y David le provocaba cada que podía para medirse con el agotado fondo monetario y pozo de alcohol en el que se había convertido su padre.

Todo era expulsiones en el colegio y notas de los profesores que iban al tacho de basura.

Hace exactamente dos horas, David se cruzó a Carolina. Era de noche, hacía frío, y no se le podía distinguir de los chorros que esconden navajas en sus bolsillos. Ella le dijo que no quería verlo más, que estaba harta de encontrarlo siempre con la cara rota y los ojos idos. David giró la esquina como si no le hablaran. 

No le importo.

Como no le importó entrar a su cuarto y ver la almohada donde él debería estar durmiendo llena de tajos. .

Ahí está el hombre.

Sigue llorando porque cree que mató a sus tres hijos como mató a su mujer. David lo mira desde arriba con la botella de licor caro y un encendedor en la mano.

— Despierta.

Cuando el padre abre los ojos, David le estalla la botella en la cara. Los cristales se le entierran en el cuero cabelludo y los ojos, mientras el whisky le quema heridas. David le patea la cabeza, obligándole a pararse sobre sus nalgas y arrastrando el cuerpo hacia donde están los cadáveres de sus hermanos. Hunde la rodilla en el tabique hasta que siente el crujido.

Cuando el padre cae, David desata una lluvia de codazos descendentes. Le encanta ese movimiento. 

Le encanta que ya no hubiera ningún instructor que le dijera que eso es ilegal.

Golpea.

Golpea.

Golpea hasta que la sangre ya no se distingue del alcohol en el suelo.

Prende el encendedor y lo tira sobre el charco, saliendo mientras el fuego limpia sus huellas.

¿Qué iba a hacer ahora? Meterse en problemas. Era lo único que no le preocupaba.

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Historia original: https://youtu.be/Dqi92qbfybw?si=f7ywDFKj2KsQxiPZ

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