Boceto con IA de un guión que nunca terminé.
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Prólogo.
Has tenido alguna vez esa sensación de que las cosas han cambiado sin que hayas hecho algo; una silla que está donde estaba pero no de la forma que recuerdas, el respaldo torcido un poco más a la derecha, un libro que termina como recordabas pero ese párrafo que jurabas que te sabías de memoria tiene palabras distintas, una coma de más o un "siempre" que ahora es "nunca", y un largo etcétera que te hace dudar de tus propios ojos. No sé, igual soy yo, que me fijo demasiado en cosas que no importan. Estaba revisando un viejo monólogo anónimo del año 2000, uno que alguien subió a un foro olvidado del netlink y que encontré por casualidad buscando basura nostálgica. Decía así:
"Lo que una vez fue mi mundo, ahora no es más que un lienzo en blanco, una pizarra vacía que espera ser llenada por alguien más valiente que yo. Me pregunto si alguna vez lo será. Ella está a salvo ahora. Eso es lo que importa. Ella y todos los demás pueden vivir sus vidas sin la carga de mi existencia interfiriendo, sin el peso de mis errores empujándolos hacia abajo. Los hice desaparecer a todos de mi memoria, los liberé de mí misma, y sin embargo… aquí estoy, todavía atrapada en este vacío. No hay sonido, no hay color, solo el eco silencioso de lo que solía ser. Estoy sola en un espacio entre espacios, así lo decidí y así debe ser; hay quien dice que cadenas voluntarias no pesan. Quizás algún día alguien más venga, alguien que pueda tomar este lienzo y pintar algo nuevo. Hasta entonces, soy lo que queda de mí, flotando en un mar de nada, esperando algo que tal vez nunca llegue."
Eso era lo que leía, un monólogo melancólico que decía mucho con muy poco, como un susurro que se cuela por las rendijas de una ventana cerrada. Así debía acabar y así lo recordaba, con ese aire de rendición que te deja pensando en nada y en todo a la vez. Por eso me quedé helada cuando vi una línea más, una que no estaba en mi memoria ni en las capturas borrosas que había visto antes en línea: "Están creciendo rosas en el cielo del atardecer." Miraba confusa esa frase, rascándome la cabeza con la uña mordida del índice, mientras el zumbido de la ciudad se colaba por la ventana entreabierta. Revisé la última actualización de la página: 37 años atrás, octubre de 2000. Sip, ningún cambio, ningún edit desde entonces. Esa línea no era nueva, o no debería serlo.
Alcé las cejas, un poco molesta, y refresqué la página en la tablet, una reliquia de mi padre que todavía usaba botones físicos en vez de gestos holográficos. Estaba escuchando música a un volumen que probablemente me dejaría sorda antes de los 20, un riff de guitarra que cortaba el aire como un cuchillo desafilado. Bajé el sonido con un desliz en los auriculares inalámbricos, esos que mi madre insistió en comprarme aunque yo prefería los cables enredados de antes. En la pantalla, resolución 720p granulada como un recuerdo mal grabado, la frase seguía ahí, terca: "Están creciendo rosas en el cielo del atardecer." Maldición, 16 años y mi cabeza ya empezaba a fallar como una máquina vieja. Me enojé un poco, no sé si conmigo misma o con el mundo.
Retiré mi silla hacia atrás, una de esas de oficina con forro gastado y cuatro ruedas chirriantes, un regalo de mi padre de sus días de pantallas y teclas en alguna torre de cristal allá en Shinjuku. El chirrido rasgó el silencio del cuarto, y por un segundo juré que algo más se movió, un eco que no encajaba. Llevaba puesto mi uniforme de instituto, gris como el humo de una computadora averiada, con líneas verdes fosforescentes en las mangas que me recordaban los fondos de Windows de los dos mil, esa estética que mi madre amaba en fotos viejas pero que yo nunca pillé del todo. Me quedé mirando por la ventana, el cristal opaco porque a mi madre no le gustan los reflejos, nunca dice por qué. Afuera, la ciudad industrial de 2027 se extendía como un mar de luces parpadeantes: pantallas flotantes proyectando anuncios en el aire, drones zumbando entre edificios, menos cables que en las fotos amarillentas de mi madre, más chips brillando en las muñecas de la gente. No me gustaba cómo había cambiado el mundo; lo prefería antes, los años 90 que nunca viví, con sus máquinas torpes y sus silencios sin interferencias. Miré el reloj en la pared, una antiguaya que mi madre conservaba por motivos que solo ella sabía: diez de la noche. Hora de dormir, supongo.
Capítulo 1: Rutina de una chica en 2027.
Estaba despertando con el pitido del reloj antiguo de mi madre, ese trasto de agujas que suena como si alguien tosiera metal. Habían pasado dos semanas de instituto, y este era mi tercer lunes en Yokohama, tercera casa, tercer intento de fingir que me importa. Me levanté, pateando la ropa que colgaba de la silla de oficina a la cama; la había dejado ahí después de quitármela anoche, un ciclo que repetía cada vez que necesitaba sentarme. Mi habitación era un desastre ordenado: la computadora vieja de mi padre acumulaba polvo en una esquina, mi tablet de 2019 a su lado (lenta pero eficiente como un burro en un hipódromo), y una sola ventana dejaba entrar una luz pálida a través de cristales opacos a petición de mi madre, como no. Miré por ella, esperando algo, y maldije para mis adentros. Era primavera, pero no había cerezos en flor, solo torres grises y pantallas flotantes parpadeando en la distancia. Qué ciudad tan decepcionante.
Estaba peinándome frente al espejo de la cómoda, uno pequeño que apenas mostraba mi cara entera. No soy nada especial: pelo castaño tirando a negro, liso y aburrido, ojos grises con retinas grandes que parecen tragarse la luz, nariz pequeña que mi madre dice que saqué de ella. El mechón izquierdo lo llevaba corto, porque a ella no le gusta que me lo deje crecer; dice que me hace ver "desordenada", aunque nunca explica por qué le molesta tanto. Mientras pasaba el cepillo, oí a Fedor ladrando en el patio, un gran danés moteado que suena como un trueno cuando se emociona. A veces pienso que es el único que me entiende de verdad, con esos ojos enormes que no piden nada más que un paseo. Me sobresalté un poco con un ladrido más fuerte, y dejé el cepillo con un suspiro.
Estaba bajando a la segunda planta, los escalones crujiendo bajo mis pies como si la casa tuviera algo que decir. Aquí en Yokohama, con tanta evolución de edificios sin cables y pantallas en cada esquina, habían dejado espacio para suburbios pequeños, casas tradicionales de madera y tejas que mi madre adoraba. Ella siempre decía: "No sé, tengo recuerdos bonitos en una casa así, tal vez lo soñé", y se quedaba mirando al vacío como si hubiera visto a un alienígena tocando su puerta. Era raro, toda su infancia la pasó en un piso estrecho de Tokio, o eso me había dicho la abuela. En la cocina, la vi de pie, removiendo algo en una olla: pelo castaño oscuro con mechones grises prematuros, ojos suaves pero cansados, una sonrisa tranquila que escondía más de lo que decía. La misma Arisu que había dejado de trabajar a los 27 para dedicarse a los bienes de la casa. Nos sentamos a desayunar tostadas, mantequilla y mermelada, el vapor subiendo que indicaba que la tostadora había cumplido su función.
Estaba mirando la cocina mientras comía, notando cómo lo viejo y lo nuevo chocaban como si no supieran qué hacer el uno con el otro. La nevera zumbaba con una pantalla táctil que mostraba el clima, el microondas proyectaba un holograma con el tiempo restante, y el lavavajillas susurraba mientras limpiaba platos con ondas ultrasónicas, todo muy considerable para una casa que parecía sacada de otra época. Porque la encimera era de madera áspera, la mesa tenía arañazos de cuchillos torpes y tenedores que se dejaron con mucha fuerza, y otro reloj antiguo tic-tacaba en la pared como un latido.
- Entonces, ¿qué tal el club de los juegos de mesa? - dijo mi madre, con esa voz suave que usa cuando quiere sonar normal.
- Mamá, se llama "el club de pasatiempos no digitales", no hables de él como si fuera el Monopoly - le contesté, inflando un cachete con resignación, no estaba para explicar que era más un refugio de raritos como yo que otra cosa.
- Bueno, mientras te diviertas - dijo ella, su cálida sonrisa maternal de siempre. - Te daré dinero por si quieres invitar a tus amigos a algo.
- Gracias - respondí con un suspiro sincero.
Seguimos comiendo cinco minutos más. Mi padre, seguro, se había ido temprano a su oficina, encerrado en algo que no entendía ni tenía intenciones en entender.
- A lo mejor papá se lo pasa mejor que nosotras, jugando al buscaminas hasta la hora de comer y luego regresa para el solitario - bromeé, y mi madre soltó una risita que casi llegó a sus ojos.
Al terminar la comida, ya estaba poniéndome los auriculares de cable, un regalo de mi madre que apreciaba mucho, porque el zumbido de los cables era más apetecible que el silencio. Agarré uno de mis dos espejos de bolsillo, esos que guardo porque a mi madre no le gustan los reflejos nítidos; no es que les tenga miedo, dice, solo los evita como si fueran a mostrarle algo que no quiere ver. Caminando hacia el metro por las calles de Yokohama, el aire olía a metal y sal del puerto. Miraba a la gente: los únicos sin chips en las muñecas o drones flotando a su lado eran los que no podían pagarlos, arrastrando bolsas rotas o empujando carritos. Había pasado un largo tiempo desde que vi a alguien sin esa tecnología pegada al cuerpo, y me hizo pensar en noches de Tokio, antes de la primera mudanza, cuando era pequeña y jugábamos a juegos de mesa con mi padre todavía en casa. Ahora todo era innecesario, pantallas flotando y chips brillando, y yo solo quería que me dejaran en paz con mis brumas mentales.
***
Estaba de pie en el metro, apretando el espejo de bolsillo contra mi palma después de arreglarme el pelo, que se me pegaba a la cara como si tuviera vida propia. La chaqueta gris del uniforme rozaba mi piel, un poco áspera en los codos, la falda me llegaba justo a las rodillas, y los calcetines marrones subían tan alto que parecían medias, todo colgando de mí como si no terminara de encajar. Mi maletín escolar, ese trasto pesado con libros y lápices, se balanceaba en mi mano derecha, chocando contra mi pierna cada vez que el tren giraba. Los asientos estaban llenos, como cada maldita mañana, así que me quedé ahí, mirando a los hombres con trajes negros arrugados que seguro iban a oficinas llenas de pantallas, y a las mujeres con blusas de colores apagados que probablemente corrían a tiendas o cafés. Todos tenían chips brillando en las muñecas, como si fueran medallas. La escena me recordaba una pintura de Yoshitoshi Abe, con esas figuras quietas y perdidas, pero la luz azul de la mañana se colaba por las ventanas, nada que ver con sus cielos grises y morados que tanto me gustaban.
Estaba mirando por una de las ventanas del metro, cristal claro, no como los opacos de casa que mi madre insiste en tener. Afuera, los rascacielos se alzaban como dedos de metal, las pantallas publicitarias flotando entre ellos, tapando un cielo azul perfecto que casi no tenía nubes ni contaminación. Me molestaba ver eso, todo tan limpio y tan falso a la vez; supongo que el mundo entero es así ahora. El tren traqueteó, un temblor que sentí en los huesos, y me agarré fuerte a la barandilla, el frío del metal contra mis dedos. El rock suave de BoA zumbaba en mis cascos, calmando el arranque del día con su voz que parecía flotar sobre el ruido. Me salió solo pensarlo, como un eco de algo que no entiendo: "Día presente, hora presente… lo único que no conecta aquí soy yo". Qué tontería, pero se me quedó dando vueltas en la cabeza.
Estaba pensando en lo poco que sé de tecnología, y en cómo este tren eléctrico levitaba sobre rieles invisibles, moviéndose a 80 km/h de promedio según el holograma en la puerta. Me dejaba en mi parada 20 minutos antes de que empezara el instituto. "Tiempo de sobra para caminar sola y en paz, como debe ser", me dije, aunque una parte de mí sabía que no estaba tan bien con eso. Pensé en mis supuestos "amigos" del club de juegos de mesa; algún día tendría que decirle a mi madre que no estoy en ningún club, que solo voy a un bar cerca de la escuela a ver a unos tipos de veintitantos jugar al póker, con sus cartas gastadas y sus risas que no me incluyen. Me gusta más eso que los hologramas y los dados digitales que todos usan ahora; al menos el póker se siente como algo real.
Estaba ajustando uno de los cascos cuando empezó a fallar, un zumbido que se colaba como si las ondas de mi trasto viejo chocaran con los drones del tamaño de moscas que flotaban por el vagón, revisando tickets con sus luces parpadeantes. La música se entrecortó como casi siempre, y por un segundo pareció que se mezclaban melodías, y una parecía que susurraba un nombre, "Lain", eso era lo que yo entendía, seguramente no dijera nada. Me quedé mirando al vacío, con el maletín pesándome en la mano, y me pregunté si estaba bien asumir que todo esto era normal, que las cosas raras que me pasaban eran solo fallos de mi cabeza o de las máquinas. ¿Y si había algo mejor que esto, una vida que no tuviera que renegar todo el tiempo? El pensamiento me dio un nudo colgando como un cable suelto.
Estaba bajando la mirada, concentrada en la letra de la canción que todavía sonaba en un auricular, cuando sentí un líquido frío escurrirse por mi cara, como si alguien hubiera derramado agua desde arriba. Alcé la vista rápido, y por un segundo el hierro de la barandilla parecía derretirse sobre mí, goteando en hilos grises que olían a metal quemado. Pestañeé dos veces, fuerte, y todo volvió a la normalidad, el vagón limpio y quieto como si nada. Pero entonces un aliento muy cálido me rozó la nuca, tan cerca que se me erizó la piel. Giré en mi propio ege rápido, el maletín casi golpeaba a dos mujeres con abrigos caros que me miraron como si fuera una loca.
- Perdón, pensé que me había dormido y perdía la parada - solté a la par que hacía una reverencia torpe.
Ellas chistaron, murmurando algo entre dientes sobre la educación que me daban en casa, y se apartaron. Me quedé ahí, con el corazón latiéndome en los oídos, pensando que había sido una alucinación por soñar despierta.
Estaba llegando a mi parada, el tren frenó con un zumbido suave, y bajé al andén con el maletín golpeándome la pierna. Caminé hacia el instituto por calles llenas de holo-pantallas que gritaban anuncios y drones que zumbaban como abejas sobre mi cabeza. Me sentía fuera de lugar, vivía como una radio rota en una discoteca de última tecnología, todo brillando y yo apenas funcionando. Los edificios eran altos y lisos, con cristales que reflejaban el sol de primavera, y el aire todavía traía un olor a sal del puerto que no encajaba con las luces artificiales. El instituto apareció al doblar una esquina, una mole de cemento y vidrio con paneles solares en el tejado, estudiantes entrando en grupos, hablando de tareas atrasadas o de quién se había peleado con quién en el netlink anoche. Me colé entre ellos, con los cascos zumbando todavía, y me dirigí a mi primera clase.
Estaba caminando por los pasillos del instituto, con el sol tan claro que si entrecerraba los ojos podía ver a mis compañeros como borrones en un fondo blanco. Las baldosas de mármol brillaban bajo mis pies, las paredes amarillas parecían vibrar con el zumbido constante de los chips que todos usaban para intercambiar chistes o fotos, y algunos idiotas sacaban sus drones de bolsillo, esos trastos diminutos que zumbaban cerca de mi cabeza y hacían que mis cascos chirriaran por las interferencias. Llegué al salón de clases, un cuarto lleno de mesas lisas y pantallas parpadeantes, y me tiré en mi sitio de siempre: primera mesa a la izquierda de la última fila, lo bastante lejos para que nadie me hablara. Me gustaba así, mirando las nucas de todos sin que me vieran.
Sentada en la primera clase, matemáticas, con el profesor soltando cosas sobre nuevos descubrimientos y una campana de Gauss que flotaba en un holograma interactivo de "tizas láser", todo brillando en el aire como si fuera un truco de circo. La tecnología había avanzado un montón, eso seguro, pero a los 30 minutos ya estaba perdida, mirando las líneas curvas que bailaban sin sentido. No pregunté nada, porque nadie lo hace; todos fingen que entienden, y yo no iba a ser la tonta que levantara la mano. Ya buscaría las respuestas después en la red, en mi tablet vieja, aunque seguro tardaría el doble por lo lenta que es. Mientras, el holograma zumbaba y el profesor seguía hablando como si alguien le prestara atención.
Estaba pasando las horas en más clases, siendo la única rara que sacaba un lápiz y un cuaderno para tomar notas, el roce del grafito contra el papel sonando como un secreto en medio del silencio. Los profesores daban la espalda, proyectando sus voces hacia las paredes, mientras mis compañeros "tomaban notas" en sus aparados electrónicos, o eso decían. Los veía de reojo: la mitad jugaba a juegos en línea, y la otra mitad leía cosas que nada tenían que ver, grabando el audio de la clase como si con eso bastara. Yo seguía garabateando números y palabras, aunque a veces me quedaba mirando el lápiz, preguntándome por qué me molestaba en hacerlo a la antigua.
En el primer descanso, sacando mi bento de la mochila y levantándome para ir a comer afuera, a la fachada del edificio donde hay una zona abierta para los que queremos aire de verdad. Las verjas que la rodean brillaban con una electricidad que bien podría ser magia, porque no entendía cómo hacían para solidificar la luz en barras que no te dejaban caer.
Iba a salir cuando una chica delante de mí, una de esas con el pelo teñido de azul que siempre habla demasiado, soltó - ¿Qué? ¿Consiguió un Rose Croix de verdad y lo tomó sin morirse?
La que estaba con ella se rió, y yo fui la única que giró la cabeza, aunque hice rodar los ojos pensando: "Ya están hablando de un nuevo sabor de vape otra vez". Qué original, seguro era otra moda tonta que se les pasaría en una semana.
Estaba sola en la azotea, sentada con el bento en las manos, mirando al patio de abajo donde los críos corrían con sus drones o se quedaban pegados a sus chips como si el mundo fuera a acabarse si soltaran las pantallas. El instituto había doblado las clases de educación física, y menos mal, porque ducharse y cambiarse fuera de casa es un rollo, pero sin eso todos aquí serían bultos sedentarios con dedos rápidos. Levanté la vista a los pájaros que cantaban en los cables, un hábito que saqué de mi madre, y me terminé el arroz con un murmullo mental: "Gracias, mamá, por enseñarme a mirar algo que no brilla". Me pregunté si algún día tendríamos tiempo para ir a pescar, aunque luego pensé si ella miraría el agua o apartaría la cara, como hace con los espejos, como si su reflejo fuera a morderla.
Estaba terminando las clases del día, la última siendo educación física, donde, para variar, no era tan inútil como en matemáticas. Corría y saltaba como si mi cuerpo supiera lo que mi cabeza no, y hasta pensé que si tuviera tanta testosterona como un chico podría ser la número uno en lugar de la cinco de la clase. Me duché rápido, el agua tibia oliendo a cloro, y me cambié la ropa sudada por el uniforme gris con esas líneas verdes que odio. Guardé todo en el maletín y me preparé para ir a "mi club", o sea, el bar tres calles abajo donde los tipos de veintipocos ya habrían dejado el blackjack para empezar con el póker. Sus mesas de madera y sus cartas gastadas eran lo más cercano a algo real que había encontrado en este sitio, y me gustaba sentarme ahí, mirando, aunque nunca me invitaran a jugar.
Estaba llegando al bar, un cuchitril de tres tatamis que parecía sacado de otra época, con un letrero de madera y latón escrito en katakana: "El bar en el que nadie tiene nombre". El aire dentro olía a café importado de Colombia y a cerveza de Berlín, o eso me imaginaba, porque nunca había estado en esos sitios ni me había molestado en preguntar de dónde venía nada. Pasé una identificación por el sensor de la puerta, un pitido verde me dejó entrar, y no cambié la cara aunque por dentro me reí un poco. Era una tarjeta que me identificaba como "Lain Mizuki, 18 años", la había conseguido con una máquina de hacer tarjetas de oficina de mi padre cuando no miraba. No era gran cosa, pero me gustaba tener ese secreto guardado en el bolsillo.
Estaba entrando con un saludo corto al hombre tras la barra, un tipo flaco ya entrado en años con cara de no dormir, y pedí una naranja "Win Cane" que en teoría sabe a naranja como en teoría el agua del grifo sabe a agua. Me senté en la barra madera compacta bajo mis dedos, como las encimeras de casa, y me puse a pensar qué diría mi clase si me viera aquí. Probablemente nada, son demasiado idiotas para notarlo, pero mi madre… ella sí que pondría esa cara de decepción que no explica. En teoría no estaba haciendo nada ilegal; la identificación no era falsa, solo creativa, y no pedía alcohol, así que si alguien se metía en problemas sería el dueño, no yo. Me encogí de hombros y pensé con algo de filosofía bruta: "Si a mí me sirve y no jode a nadie, ¿qué importa?". Sonaba bien en mi cabeza.
Estaba mirando a la mesa de la izquierda, en la esquina mejor iluminada del local, justo bajo una ventana cuadrada que dejaba pasar una luz taciturna, como si el sol se hubiera cansado de brillar. Ahí estaban los dos tipos jugando al póker, SF y Orwa, nombres que se daban entre ellos y que yo nunca cuestioné. Debían tener entre 27 y 29, supongo. SF era un armario con cabeza rapada tapada por una gorra hacia atrás, sudadera gris hoodie que le colgaba como un saco, y una voz ronca que parecía salir de un cenicero. Orwa era más joven, rapado al cero también, con una gorra hacia delante y cadenas de falso oro en el cuello que brillaban bajo la luz; lo que más destacaba era el revolver en su cinto, debía ser una réplica, nadie iría con un arma real visible por la calle.
Estaba abriendo mi espejo de bolsillo sobre la madera, usándolo para ver en el reflejo a los dos jugadores mientras mordía un onigiri con umeboshi que le había pedido al barman, el arroz frío y ácido contra mi lengua. Ellos no me notaban, demasiado metidos en su partida y en su charla de amigos. Aunque solo veía las cartas de Orwa desde mi ángulo, seguía el ritmo por lo que gritaban: "Subo", "Paso", cosas así. Hablaban de sus vidas entre risas, que el trabajo iba mal, que el amor iba peor, que ya casi tenían 30 y seguían sin mujer ni hijos. SF limpiaba pantallas en una empresa por cuatro yenes, y Orwa vivía de prestado, probando dispositivos raros que llevaban el dolor de la realidad virtual al cuerpo real, "para experiencias inmersivas", arriesgando su vida como si no tuviera nada mejor que hacer para ganar pasta.
Yo contemplaba en silencio otras tres partidas, comiendo despacio para no llamar la atención de nadie, la última terminaba con un full house que le dio la victoria a SF, y él soltó un gruñido de triunfo que hizo temblar la mesa. El dueño del bar, un viejo con manos inquietas, había estado moviendo cosas detrás de la barra, limpiando vasos o revisando algo que parecía importante, aunque sus ojos se desviaban como si fingiera no verme o no escuchar el juego. Tres clientes en dos horas, este bar retrofuturista con sus sillas gastadas y su aire a café viejo tenía los días contados, lo sabía. Pedí un café para llevar, el olor amargo subiéndome por la nariz mientras pagaba con el dinero que me dio mamá para "invitar a mis amigos". Todo ese tiempo sin cruzar mirada con SF ni Orwa, solo un "gracias" al barman que apenas me contestó.
Tomaba el tren de regreso, esta vez con solo un auricular puesto, el otro colgando inútil contra mi pecho. Pensé que la alucinación de la mañana, ese aliento cálido y el hierro derritiéndose, pudo ser por las interferencias entre mis cascos y los drones del metro; sonaba lógico, o quería que lo fuera. No pasó nada raro en el viaje, solo el traqueteo y las pantallas flotantes parpadeando afuera. Al llegar a casa, pasé un rato con Fedor, rascándole las orejas mientras él jadeaba feliz en el patio, luego subí a estudiar, completando apuntes en mi tablet con un lápiz óptico que se trababa cada dos por tres. Cené con mi madre, arroz y pescado frito, ella hablando de chismes que había compartido con las vecinas y de cuando fue a comprar, yo soltando algo vago sobre las clases. Mi padre llegaría en una hora, y seguro solo nos diríamos "buenas noches" antes de que se encerrara en su cuarto.
Estaba acostándome en mi cama, el colchón crujiendo bajo mi peso, pensando que mañana sería otro día igual, solo cambiando el horario de clases como venía siendo toda la semana. Me pregunté si valía la pena renegar tanto de la tecnología, porque todo apuntaba a que terminaría como SF, limpiando las pantallas que odio por un sueldo miserable. Qué gracia, yo, que prefería el lápiz y las cartas gastadas, atrapada en un mundo de chips y hologramas. Cerré los ojos, el silencio zumbando en mis oídos, y me dormí con esa idea dando vueltas como un mosquito que no encontraba dónde picar.

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