Cadáver exquisito: Los ojos de Valerio bailaban.

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Los ojos de Valerio bailaban, intentando discernir algo en la noche, con un esfuerzo tan solo comparable al que su propio cuerpo debía ejercer para mantenerse de pie. Sus pequeños tropiezos, de algún modo, lo dirigían a la entrada del bar más cercano en esa oscura inmensidad en vez de hacerlo caer de bruces al suelo.

Se detuvo frente a la puerta, apoyado con dificultad en el marco, asegurándose de tener en el bolsillo tanto su cartera como su medicina, además de la navaja que siempre llevaba encima por si acaso. Continuó sin miedo, con seguridad; tenía suficiente dinero para que no lo echasen, por más que viniera tan borracho que en el otro establecimiento lo hubiesen obligado a parar.

Evitó caerse por los escalones gracias a que apoyó las manos en la barra de madera que se extendía de principio a fin del local, aunque no pudo evitar que el rostro se le girase un poco. Con ello contempló diversos detalles, como las decoraciones de hiedra, pieles de leopardo o máscaras teatrales que varios portaban, sin contar la omnipresente música que procedía en su mayoría de tambores y flautas.

—Para toda la noche, por favor. —Depositó un par de monedas de plata con un gesto sorprendentemente preciso en la barra y se llevó una de las cervezas presentes de inmediato a los labios—. ¡Este es un buen servicio! —exclamó.

De haberle preguntado alguien en ese momento, Valerio hubiese dicho que no veía menos, sino que lo veía todo. Sus ojos, poco a poco, iban enviando matices de suma extravagancia a su cerebro, como ver a las mujeres de la zona con cola o a algunos hombres con patas de diversos animales. Aunque la visión que lo perseguía con mayor persistencia era la de un hombre de piel verde sentado al lado de un joven muy bello, rodeado de muchos más fiesteros.

Respiró hondo, mientras otra cerveza era deslizada de su mano a su boca, y se dirigió hacia quienes parecían ser los mejores bebedores de la zona. Aunque tuvo que rezar para sentarse sin acabar en el suelo.

—¿Amigo tuyo? —preguntó el verdoso.

—A partir de ahora sí —respondió el hermoso—. ¡Otra copa para este campeón!

Una más no debería hacerle daño, solo le ayudaría a ahogar las penas, así que la tomó. Solo que después vino una más, y luego otra, y luego... En fin, acabó con la cabeza sobre la mesa por un buen rato, acompañado tan solo por el más bello en ese punto.

—Bueno, nada mal; te mereces un puesto entre los bebedores del mes.

—El primero. —Valerio ni siquiera levantó la cabeza de la mesa, mientras una mano le servía de apoyo y la otra se encontraba en el bolsillo a modo de reposo.

—Ese es mío, indiscutiblemente, lo siento.

—Debería verlo para creerlo.

No hizo falta decir más. La multitud volvía por momentos solo para observar cómo aquel hombre superaba su propio récord, entrando en un estado de embriaguez que no parecía subir más allá del límite por mucho que bebiese. En caso de no ser cliente VIP, y de tener que pagar cada cerveza individualmente, le podría haber costado más que una mansión.

—¿Ves? Te lo dije. —Las palabras salían como escupitajos regurgitados—. ¿Qué opinas?

No obtuvo respuesta, por lo que se acercó a Valerio, posiblemente suponiendo que estaba dormido.

En ese instante fue cuando Valerio actuó. Sacó de su bolsillo su navaja de la suerte, situada al lado de su cartera y de las anfetaminas en jeringa que se había inyectado a través de la tela de su ropa para despertarse, y la puso en práctica.

El arma de color amarillo, gracias a estar empapada con sangre de centauro, atravesó la piel de su objetivo en el momento en que estaba más vulnerable, sajándole todo el cuello, y rápidamente, antes de que nadie más reaccionase, se echó a correr.

***

Salió del bar pitando leches, despierto temporalmente por la sustancia que se había inyectado. Claro que no se arrepentía, pero tras haber apuñalado al mismísimo Dionisio no podía permitirse ser atrapado.

Hizo un quiebro a la izquierda, evitando a la primera pantera y en un fluido movimiento de manos, atrapó la muñeca de la primera bacante que iba a apuñalarlo. Tiró de ella hacia la derecha mientras pasaba por debajo de un hacha que se incrustó en el corazón de la compañera.

En la naturaleza, los pumas son mucho más fuertes que los lobos, por eso cuando la manada busca matarlos para eliminar competencia, lo rodean hasta que se cansa y luego lo muerden hasta la muerte. Con la sustancia pasaba igual, más fuerza explosiva a cambio de un cardio menos duradero.

Levantó polvo al rodar por el suelo. Pateó una rodilla que crugió. Se movía entre los árboles como Quirón entrenando a Ulises. ¿Qué hora sería ya? El efecto túnel le impedía ver el cielo, y tantos rugidos de panteras empezaban a cansar.

— Te tengo.

Algo le apuñaló a la altura de la pantorrilla. El mismo impulso que movía sus pies ligeros ahora era sangre a presión que lo hizo resbalar y darse de boca contra una piedra. Sus pupilas, tan llenas de vasos sanguíneos que parecían tener relieve, solo pudieron enfocarse en la mujer de ojos de eclipse que ahora guardaba su daga.

Más felinos. Más mujeres. Más sangre en el suelo. Más muerte si se le ocurriera mover el más minúsculo tejido del cuerpo.

— Siempre metiéndote en problemas, ¿No puedes hacer como las personas normales y trabajar en un molino o adoptar un pato?

— Medea, que gusto verte, ¿Como están los hijos?

— Muertos, ¿Como está tu novio, ha cumplido ya la mayoría de edad?

La figura de un hombre en el cielo se iluminó en violeta, señal inequívoca de asfixia. El tirso dorado y los ojos verdes se reflejaban en el mango del puñal que seguía estrechamente hundido en su lóbulo frontal. Descendia como un hombre en una máquina, ya era por pose y avaricia. Martell miró de reojo a las señoras. Nop, una turba de borrachas violentas no servirían para negociar.

El dios bajó de un tirón separando la otra pierna del cuerpo al pisar. Sólo formó más barro, porque el cuerpo que mutilaba estaba ya en esa fase falta de sentido que sufren todos los adictos a la piedra cuando duermen en el suelo.

— ¿Quién eres tú? — el tirso apuntó a la cabeza.

— Descordenadas narrativas, paleto, deberías probarlo. Además, ¿Quién coño eres tú? ¿El dios del vino? Ese se llamaba Dioniso, lo despedazaron los titanes.

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