Creepypasta - Mi mejor amiga Miku
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Fuente: https://youtube.com/playlist?list=PLikZu15l_f0zQDhKZXIxj0GSOJYFG2keM&si=OzIyggLFKuKU9D1Z
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Capítulo 1.
No puede ser que mi vida haya cambiado tan drásticamente en tan poco tiempo, solo por una obsesión que no pude controlar. Hoy dejo este mensaje a todas las personas que conozco, y también a aquellas que tienen una obsesión muy grande hacia algo. Lo mío fue más que una obsesión: fue el fin de todo aquello que amaba y no podía reemplazar. A decir verdad, estuve al borde de la locura, o tal vez ya estoy loco y no me he dado cuenta, porque no recuerdo varias cosas que pasaron. En fin, voy a contarles lo que en realidad ocurrió, así que voy a ser muy claro.
Esto pasó un día de julio; para ser preciso, era el 17 de julio, el día de mi cumpleaños. Yo siempre esperaba esa fecha durante casi todo el año, porque mi hermano mayor trabajaba fuera del país y cada cumpleaños me mandaba una sorpresa. Como era de esperarse, mis padres me hacían una fiesta todo el día, ya que yo era el único hijo que vivía en la casa y, aparte de nosotros, no había nadie más.
Cuando ya habían pasado de las cinco y media de la tarde, tocaron a la puerta. Pensé que sería un amigo o el mensajero con la sorpresa de mi hermano. Apresuradamente fui a abrir, pero no había nadie a la vista. Pensé que tal vez era una broma de algún conocido que quería pasarse de listo, pero al bajar la mirada al suelo, noté que ahí estaba un gran paquete. No creí que alguien pudiera dejar un paquete solo en la calle, y mucho menos un mensajero, así que no tardé más y lo recogí. Era bastante pesado y me costó algo de trabajo levantarlo, pero cuando logré llevarlo a la sala, lo primero que hice fue usar una llave para abrir la caja.
A decir verdad, me llevé una sorpresa bastante grande. En su interior había una colección completa de Miku Hatsune. Para ser sincero, yo no conocía mucho a ese personaje, ya que no era muy fanático del anime; solo conocía unos pocos y había oído de ella en varias referencias que hacía la gente en internet. Aparte de eso, no sabía nada más. Después de pensar un rato, me dispuse a revisar lo que había, pero antes encontré una nota que sabía que era de mi hermano. Decía:
"Hola, hermano. Lamento no estar contigo en tu cumpleaños, quería que esto fuera una sorpresa, pero desafortunadamente las cosas no han ido muy bien para mí aquí. Para recompensarte, te entrego toda mi colección y varios de mis objetos más preciados. Espero que los cuides tanto como yo lo he hecho por tanto tiempo. Nos veremos pronto. Te quiere, Carlos."
A decir verdad, no había podido ver a mi hermano en mucho tiempo, y su presencia me hubiera hecho mucho más feliz. En cuanto a la colección, yo sabía que era muy valiosa, porque desde años antes de irse, mi hermano se la pasaba recolectando esas cosas; siempre que salía algo nuevo, iba y lo conseguía. Entendí que me estaba dando una parte de su vida con esto, así que me prometí que siempre la cuidaría, sin importar lo que pasara.
Por curiosidad, me puse a ver detalladamente lo que había en la caja: pósters, muñecos, una peluca, incluso un traje de cosplay, discos de música originales, dibujos y varias cosas más. Entre todo eso, había un disco de Vocaloid el cual desconocía por completo, y junto a él, dos cajas más con la imagen de Miku. Una tenía escrituras en inglés y la otra en japonés. Como no sabía japonés, preferí leer la de inglés, idioma que dominaba bien. Decía que el disco era para instalar la librería de voz de Miku, pero aun así no me quedó muy claro, por lo que decidí dejarlo para después.
En la noche, cuando la fiesta terminó, subí a mi cuarto para revisar más a fondo los discos en mi computadora. Primero puse el que decía "Vocaloid", porque me daba más curiosidad saber qué era. Cuando se terminó de instalar, abrí el archivo que me dejó, pero apareció un recuadro que decía que hacía falta una librería de voz. Yo no sabía qué era eso y no había otro disco en esa caja, así que no sabía qué hacer.
Luego recordé algo que había visto antes en varias imágenes en internet: en muchas de ellas aparecía un logotipo igual al del disco de Vocaloid, e incluso venía en la misma caja donde estaba Miku. Inmediatamente supe que ambos discos tenían algo que ver. Entonces, introduje el segundo disco en mi computadora y lo instalé. Luego abrí el programa de Vocaloid y esta vez sí inició correctamente.
La primera vez que lo vi, no entendía absolutamente nada, ni siquiera cómo funcionaba. Me dispuse a investigar en internet y encontré mucha información sobre en qué consistía y acerca de las voces que existían. Me di cuenta de que este personaje era, en esencia, un software de voz. Empecé a escuchar varias de las canciones que había en YouTube y la música me empezó a gustar.
A la mañana del día siguiente, acomodé todas las cosas en mi cuarto. Como eran vacaciones de verano y no entraba a clases hasta agosto, tenía mucho tiempo libre, suficiente para hacer algunos pendientes y salir con mis amigos a entretenernos un rato. Pero ese día, como no tenía planes, me puse a investigar más. Me fascinaba tanto el asunto que yo también quería probar a componer canciones. Busqué tutoriales en internet y, cuando ya había visto unos tres tutoriales básicos, quise empezar. Primero se me ocurrió la idea de hacer que hablara en español, e incluso que dijera mi nombre, porque no creo que haya nadie que no haya intentado eso al principio. En fin, estuve con mi computadora hasta que se hizo de noche; el tiempo se me pasó volando. Al final, fui a cenar y un par de horas después me fui a dormir.
Pasaron los días y cada vez me gustaba más. Al cabo de un mes, ya era todo un fanático de Vocaloid, en especial de Miku. Me sabía la letra de sus canciones más famosas al derecho y al revés y, como había oído que posiblemente harían un concierto aquí en México, pensaba conseguir boletos, aunque mi problema era que aún no sabía dónde los venderían; primero tenía que confirmarlo.
A dos días de volver a la escuela, ya había creado tres canciones, pero solo subí una a internet; las otras dos quería que fueran personales. Pasé los últimos días de vacaciones mal habituado a la pantalla, descuidando a mis amigos porque los vi menos veces de las que esperaba, y quería recompensar ese tiempo con ellos. Bueno, tampoco consideraba que fuera tiempo perdido, pero sabía que tenía que alejarme de la computadora por un momento.
El primer día de clases finalmente llegó. Sentía una mezcla de emoción y nervios a la vez, porque era mi primer año de preparatoria. Mi hermano siempre me contaba lo bueno y lo malo de esa etapa, y lo que más me preocupaba eran los bravucones, porque cada escuela suele tener varios.
Por eso quise pasar un poco desapercibido, pero eso era casi imposible, siendo que los alumnos nos teníamos que presentar ante todo el salón. En fin, sabía que siendo el primer día no ocurriría nada malo, pero era cuestión de tiempo para que pudiera pasar algo; siempre me preocupaba por eso. Afortunadamente, el día se pasó muy rápido y por fin me pude ir tranquilo a mi casa.
Siempre se me hizo costumbre revisar mi computadora al llegar de la escuela. Cuando revisé mi cuenta de Facebook, me encontré con una solicitud de amistad. El usuario que me la envió era uno de mis compañeros nuevos. Se me hizo raro que, siendo que no conocía a ese sujeto, me buscara y me encontrara en Facebook; pero bueno, en realidad no me importó y lo acepté. Al momento en que acepté la solicitud, me mandó un mensaje por el chat. Como era de esperarse, decía: "Hola". Luego le pregunté si lo conocía, él me confirmó lo que ya sabía y añadió que, como escuchó mi nombre en las presentaciones, quería conocerme. Estuvimos mandándonos mensajes hasta que dieron las once de la noche. Antes de terminar la conversación, él me preguntó qué era lo que más me gustaba y yo, estando en confianza, le hablé acerca de Vocaloid. Después de eso, no me contestó el mensaje y se desconectó. Lo único que pensé fue que se había aburrido y se había ido; no le tomé importancia y al final me fui a dormir.
Al día siguiente parecía que tendría una jornada normal de escuela. Todo marchaba bien, pero a unos metros de llegar al aula de clases, me percaté de que unos sujetos empezaron a murmurar entre sí cuando pasé a un lado de ellos. Cuando llegó la hora del receso, yo me dirigía a la cancha que había en la escuela, pero poco antes de llegar, alguien me empezó a gritar:
—¡Eh, tú! ¡El tonto que va caminando!
A decir verdad, no estaba totalmente seguro de si se refería a mí, pero quise voltear solo para asegurarme. En eso, se me empezaron a acercar unos tipos que tenían pinta de ser de último semestre. Yo no sabía cómo reaccionar; sentía muchos nervios y no podía moverme. Cuando ya estaban muy cerca de mí, uno de ellos dijo:
—¿Así que te gusta ver dibujitos japoneses, verdad?
Yo, paralizado, me preguntaba cómo es que sabía que me gustaba eso. Luego, ese mismo sujeto añadió:
—Nuestro camarada te estuvo mensajeando ayer y nos contó lo que le dijiste.
Entonces era eso. Pero no entendía por qué reaccionaban así, por lo que les pregunté:
—¿Y qué si me gustan? ¿Qué hay de malo con eso?
El que lideraba me contestó:
—A nosotros no nos gustan porque son para raros. ¿Y sabes qué les hacemos a los raros como tú?
En ese momento supe que me iban a hacer algo. De inmediato, entre toda la bolita me empezaron a cargar y me llevaron a una parte trasera de la escuela donde no había nadie. Ahí mismo, todos me empezaron a golpear y a patear. Sonó la campana y todos se empezaron a ir, diciéndome groserías e insultos. Yo no podía moverme por el dolor de la golpiza que me dieron. Pasó una hora y todavía sentía un terrible malestar. En eso apareció el conserje, se dio cuenta de que yo estaba ahí e inmediatamente fue a llamar al director. Me llevaron a la enfermería y también llamaron a mi mamá. El director, preocupado, me preguntó que quiénes me habían hecho eso; lo único que pude decirle fue cómo vestían algunos de ellos, nada más. Los buscaron hasta encontrarlos, pero ya no pude saber mucho de lo que les hicieron; creo que los suspendieron o algo así. Debido a las heridas, tuve que pasar casi una semana en cama, pero pude recuperarme.
Tuve que volver a la preparatoria. Cuando llegué a mi salón, una chica se me acercó y con voz amable me preguntó qué era lo que me había pasado. Sin pena, le conté todo, y cuando terminé de decirle, ella me empezó a hablar acerca de lo que les pasaba a varios chicos a los que les gustaba el anime. Dijo que su hermana, que también iba en esa escuela, le había contado que ahí no toleraban a los otakus por ideas muy equivocadas que tenían de ellos. Mencionó a un chico al que le había pasado lo mismo que a mí, pero él no delató a los que lo agredieron. Me explicó que la última vez que delataron a esos chicos, ellos llevaron a aquel tipo a un lugar apartado y casi lo matan a golpes; no había pruebas de que ellos hubieran sido, pero todos sabían la verdad. Eso hizo que estuviera todavía más asustado de lo que ya estaba.
Durante los días siguientes ya no quería ir a la escuela e inventaba excusas para faltar; pero las veces que iba, no prestaba atención y mis calificaciones bajaron demasiado. Ya no salía con amigos y, por miedo, no hablaba con nadie en la escuela; solo me comunicaba por correos electrónicos. Me empecé a aislar del mundo y solo creaba conversaciones simuladas con la voz de Miku; le solía contar lo que me pasaba y hacía como que ella me contestaba. Y eso no paró ahí: cada noche dormía con un peluche de Miku y hablaba con él cuando no podía conciliar el sueño. Esto me llevó a una obsesión muy profunda, totalmente creada por el miedo.
A un par de semanas de que empezara a hacer eso, mi mamá se dio cuenta de que algo malo pasaba conmigo, porque yo no era así. Un día ella quiso hablar conmigo y preguntarme si me ocurría algo. Tenía mucho miedo de decírselo, así que solo le contesté que sentía mucho estrés por la preparatoria y que por eso me había sentido mal tan constantemente. Ella fingió que esa respuesta la sacó de dudas y se fue, pero yo sabía que no la había dejado satisfecha y que tarde o temprano iba a enterarse de lo que pasaba.
En ese momento estaba todavía menos tranquilo de lo que ya de por sí estaba. Ahora, lo único en lo que podía confiar era en Miku; sí, sabía que era un personaje ficticio, pero era lo único con lo que podía hablar debido al miedo. Todos los días escuchaba al menos veinte canciones suyas. Una tarde de sábado estaba buscando de forma habitual nuevos temas en internet, pero encontré unas cuantas canciones con nombres raros. La que más me llamaba la atención era una que se titulaba "Miku's Carnival". Por el título, creí que era una de esas canciones de terror que hacían los fans para causar polémica. La tonada de la canción era semejante a la famosa canción "Cagayake! GIRLS" (de K-On!), pero acompañada por algún tipo de sonidos extraños. La letra de la canción era muy tétrica y, en cuanto se terminó, repentinamente me empezó a doler la cabeza. El dolor era tan agudo que creo que lloré por un minuto entero. Recordé que en el baño tenía aspirinas, fui corriendo y me tomé una. Poco a poco el dolor se empezó a desvanecer por completo. Era muy extraño que hubiera sucedido eso y en esas circunstancias. Pasó una hora y ya no sentía malestar; ya era casi de noche y tenía que ponerme a estudiar, porque al día siguiente forzosamente tenía que ir a la escuela para presentar un examen y evitar reprobar. Al final dieron las once de la noche y mejor me fui a dormir, como ya me había acostumbrado.
Al día siguiente, mientras caminaba para ir a la escuela, pensaba que quizás aquello de que habían golpeado a ese sujeto hasta casi matarlo era una típica leyenda urbana que se cuenta en las escuelas para asustar a los crédulos. Pero lo celebré muy pronto. De repente, empecé a sentir que había alguien detrás de mí. Me di la vuelta y ahí mismo estaban dos de los que me habían golpeado la primera vez; los relatos se hacían realidad.
Estaban a una distancia bastante larga, pero cuando me volteé a verlos, empezaron a correr hacia mí. Entonces me puse a correr yo también. Me era difícil avanzar cargando mi mochila porque estaba bastante pesada, así que la aventé al suelo. Cuando ya habíamos cruzado dos calles, salieron tres tipos más por el frente y me acorralaron; ya no podía salir por ninguna parte. Los cinco caminaron hasta llegar a mí. Recibí un golpe certero que hizo que me tirara al suelo y, después de eso, entre todos me empezaron a sujetar. Desafortunadamente, acá no había nadie cerca que pudiera ayudarme. Me llevaron a rastras a lo largo de unas nueve o diez cuadras, actuando de forma muy disimulada para que los pocos transeúntes no sospecharan. Cuando pararon, estábamos enfrente de una casa que a plena vista se notaba que estaba abandonada. Me metieron a la fuerza y, justo adentro, estaban los demás miembros del grupo, al parecer esperándome. Se me acercó el tipo que me había insultado en la escuela y, con una voz cargada de enojo, dijo:
—Recuerdas lo que pasó aquel día, ¿verdad? Y aun así te atreviste a delatarnos. ¿No te han dicho lo que le pasó al último sujeto que se pasó de la raya como tú?
Entonces ya estaba todo claro para mí: no eran cuentos. Ellos en serio le habían hecho eso a aquel pobre chico.
No sabía si sentir miedo o enojo, así que le exclamé con furia: —¿Por qué le hacen esto a los otakus? ¿Qué hay de malo con que les guste ver anime? ¡Eso no es un delito como para que cometan este tipo de estupideces!
Después de gritarle, el líder me dio un golpe tan fuerte en el abdomen que me dejó sin aire. —No tolero ver a un tipo al que le gustan los dibujos donde salen niñas que lanzan rayos rositas y tienen el pelo pintado —escupió con desprecio.
En ese momento entendí que no solo odiaba el anime, sino que también era un intolerante y un homofóbico; pero aun así, era una completa estupidez que hicieran todo esto. Yo ya estaba tirado en el suelo por el dolor, a punto de desmayarme. Luego, el tipo remató: —Esto le pasa a los cabrones que se meten con nosotros.
De repente, empecé a ver todo de color negro, aunque seguía vagamente consciente. Esto pasó por espacio de medio minuto. Después de eso... ya no recuerdo nada.
Lo siguiente que registré fue que estaba parado frente a esa misma casa abandonada. No tenía la menor idea de cómo había llegado ahí o por qué seguía en pie, considerando los golpes que me habían dado antes de perder el conocimiento. Ni siquiera quería averiguar si aquellos tipos todavía seguían adentro, así que, como pude, me largué de ahí. Estaba completamente adolorido, pero al menos logré llegar a mi casa.
Cuando mi mamá me escuchó entrar, salió de la cocina y vio el estado en el que me encontraba. Preocupada, me sostuvo y me llevó a la sala. Ya no podía ocultarlo más, así que le conté parte de lo que había pasado, omitiendo lo de la casa abandonada porque sabía que eso la preocuparía todavía más de lo que ya estaba. Ella me prometió que llamaría a la policía para que los encontraran, me vendó las partes que más me dolían y me dejó descansando. Cuando mi papá llegó del trabajo, le explicamos la situación y él aseguró que se encargaría de todo.
Se pasó el día y, a la mañana siguiente, me tuve que quedar en casa debido a las secuelas de la agresión. El dolor seguía presente en varias partes de mi cuerpo, pero al menos ya podía moverme. Sin embargo, lo más prudente era quedarme en cama todo el día. Para pasar el rato, encendí la televisión. En ese instante estaban transmitiendo un noticiero local que hablaba sobre un multihomicidio ocurrido el día anterior. Conforme daban detalles, el asunto captó mi atención. Presté mucha atención a la pantalla y me percaté de algo espeluznante: el reportaje se estaba haciendo en la misma calle y frente a la misma casa abandonada a la que me habían llevado.
No entendía cómo pudo haber pasado eso. Creí que aquellos tipos habían raptado a otros sujetos después de mí, lo cual explicaría por qué yo no resulté con heridas más graves. El presentador de noticias dijo que ya habían identificado a algunos de los cadáveres; me quedé helado al escuchar los nombres de los mismos tipos que me habían emboscado. Lo peor vino después: el reportero añadió que había cuatro cuerpos que eran imposibles de identificar debido a que estaban completamente destruidos.
Pasaron diversas imágenes difuminadas de la escena del crimen y de las cosas extrañas que los asesinos hicieron en ese lugar. Hubo dos detalles que me perturbaron profundamente: el primero mostraba una mancha de sangre en la pared con una forma muy peculiar, la cual me recordaba al famoso puerro que siempre lleva Miku; el segundo era una pinta en la pared que decía "Miku's Carnival".
No era posible que hubiera tantas coincidencias en un mismo lugar. ¿Acaso había sido yo? Pensar en eso me parecía una locura, porque yo no recordaba nada después de perder la conciencia. Además, me consideraba incapaz de hacer algo tan atroz; yo no pude haber sido el autor de esa masacre. Pero si no fui yo... ¿quién fue? Estaba demasiado confundido y no podía pensar con claridad.
Así estuve durante cuatro días. Cuando llegó el domingo, ya me sentía con fuerzas para levantarme de la cama. Por la mañana fui al baño, me miré al espejo y vi que todavía tenía varias marcas en el rostro. Quería revisarme las heridas más detalladamente cuando, de pronto, experimenté una sensación horrible: sentí que alguien me miraba de cerca desde atrás. Me di la vuelta rápidamente, pero no había nadie. Creí que el trauma del secuestro me estaba afectando más de lo que pensaba.
Traté de despejarme un poco revisando mi computadora. Al encenderla, noté que en el escritorio había un archivo de audio que no había visto antes, titulado "No temas". Lo abrí. No podía creer lo que estaba escuchando: era la voz de Miku, y parecía estar hablándome directamente a mí. El audio decía:
"No tengas miedo. Yo soy la única que te entiende y la única en la que puedes confiar. Quien se meta con nosotros... será castigado."
Y ahí terminaba la grabación. Me quedé helado. ¿Cómo era posible que un personaje ficticio me hablara sin que yo hubiera programado el software? Yo no recordaba haber editado ese audio. Esto era cada vez más siniestro e ilógico. Pensar que Miku me estaba hablando en la vida real era una estupidez. Desconecté la computadora de golpe y salí corriendo de mi cuarto.
Fui a la sala, donde estaba mi padre. Él me miró y me preguntó si me pasaba algo, porque me veía sumamente pálido. Le mentí diciéndole que no era nada, que solo me sentía mareado por llevar días encerrado sin que me diera el sol. Después de contestarle, me senté junto a él a ver la televisión. En ese rato, él cambió de canal y sintonizó el mismo noticiero de antes. Mi papá murmuró que ese programa era demasiado amarillista como para que un chico de mi edad lo estuviera viendo. Bueno, eso era lo de menos. Lo que sucedió a continuación me dejó paralizado.
Mientras mirábamos la pantalla, mi papá cambió tres veces de canal de forma seguida, y en uno de esos destellos de estática apareció la viva imagen de Miku mirándome y diciendo: "Hola". Me exalté y di un brinco en el sillón. Mi papá me miró con extrañeza; era como si yo fuera el único en la habitación que había visto y escuchado aquello. Para disimular, le dije que tenía que ir al baño urgentemente.
Cerré la puerta del baño con seguro. Preso de la angustia, sentí que me estaba volviendo loco. Tenía que calmarme y razonar. Estuve tratando de controlar mi respiración por media hora, hasta que salí del baño convencido de que todo había sido una alucinación producto del estrés.
Volví a mi cuarto intentando recuperar la seguridad. Revisé mi computadora de nuevo y, efectivamente, el archivo de audio ya no estaba. Tuve un momento de calma y decidí revisar mis redes sociales y las estadísticas de la canción de Vocaloid que había subido un mes atrás a mi canal de YouTube. Solo había subido un video originalmente, pero al revisar el gestor de contenidos, descubrí que había un segundo video arriba, configurado como privado. En la miniatura se alcanzaba a ver a Miku saludando.
Pensando que eran más locuras mías, pero carcomido por la curiosidad, abrí el video. En cuanto inició, me di cuenta de que estaba hecho con el programa MMD (MikuMikuDance). Olvidé mencionarlo antes, pero yo tenía ese software instalado en mi computadora, aunque no lo sabía usar bien; identifiqué los menús y las texturas de inmediato. En el video aparecía un modelo de Miku que estaba tan exageradamente detallado que parecía una persona real. Miku tenía la mirada fija en la pantalla y una sonrisa muy marcada, casi perturbadora, en el rostro. Entonces, con su voz digital original, empezó a hablar, dirigiéndose directamente a mí:
—No te asustes de mí, no soy un invento de tu imaginación. Yo soy real. Tú me conoces a mí y yo te conozco a ti. Pienso que seríamos los mejores amigos... y todo aquel que interfiera será castigado, justo como aquellos chicos que te hicieron daño.
No podía ser. ¿Cómo podía hacer eso? Se supone que era un personaje ficticio, no era posible. Pero si lo pensaba bien, había demasiadas cosas que la identificaban. Además, yo no pude haber sido: no tenía rastros de sangre ajena en mi ropa, no tenía la fuerza física suficiente para enfrentarlos a todos juntos y no había ninguna otra persona presente en ese lugar. Aun así, pensar que algo que se supone que no existe pudiese cometer semejante acto me helaba la sangre; aunque, a decir verdad, creía que esos malditos se merecían eso y más por haberle hecho tanto daño a tantas personas. Con todo y eso, mi mente seguía en un completo caos.
Después de un momento de silencio, la modelo virtual del video siguió hablando. Esta vez dijo:
—¿Ya lo pensaste? Podemos librar a este lugar de esa gente que le hace mal a los demás y que no aporta ningún beneficio a este mundo. Sé mi mejor amigo... ¿Aceptas o no?
Ahora estaba demasiado tenso. Me tomé unos minutos para reflexionar bajo la presión del momento y saber qué hacer. Si ella me estaba pidiendo que decidiera, tenía que actuar rápido. No me tomó mucho tiempo resolverlo y, al final, miré a la pantalla y le dije:
—Acepto.
Inmediatamente después de pronunciar esas palabras, la ventana del reproductor de video se cerró sola y en el escritorio de mi computadora apareció un nuevo archivo de audio titulado "Gracias". Lo abrí. Era la voz de Miku susurrando:
"Ahora, nada ni nadie podrá separarnos..."
Con la piel de gallina y sin saber qué iba a pasar a partir de ese instante, me alejé de la máquina lentamente.
De pronto, escuché a mi mamá desde la entrada de mi habitación. Me avisó que unos amigos habían llegado a la casa y querían invitarme a dar un paseo por el centro. Le dije que sí; me sentía mucho mejor y creí que salir me ayudaría a despejarme de todo lo acontecido.
Mientras caminábamos por el centro de la ciudad, un par de sujetos desconocidos se nos acercaron. Me pareció haber visto sus rostros antes en la escuela. Los miré con desconfianza y les pregunté:
—¿Los conozco de alguna parte?
Ellos, con tono burlón y amenazante, me respondieron:
—Deberías. Nosotros vamos en la misma preparatoria, por si no lo sabías. Tú fuiste el otaku que hizo que expulsaran a nuestros amigos, y también tienes la culpa de que ellos hayan muerto.
Me quedé frío y les reclamé:
—¿Por qué dicen que yo tuve la culpa?
Ellos respondieron de inmediato:
—Sabemos que estuviste en aquel lugar el día en que los asesinaron. Ellos nos dijeron que iban a buscarte para llevarte ahí, pero nosotros no pudimos acompañarlos. Además, te hubiera pasado lo mismo que a ellos, pero tú sigues aquí como si nada... Así que será mejor que te cuides.
Tomé esa advertencia de muy mala manera. La paranoia me carcomía por dentro: si en serio yo no lo había hecho, ¿quién me estaba "protegiendo"? Tuve que inventar una excusa para regresar a casa; ya estaba anocheciendo. Cuando llegué a mi hogar, lo primero que hice fue encerrarme en mi cuarto y cubrirme por completo con las sábanas de mi cama hasta que finalmente me quedé dormido.
Al día siguiente tenía que ir a la escuela. Ya no me quedaban excusas para faltar, así que no tuve alternativa. Lo único que hice al llegar fue caminar rápido por el pasillo y sentarme en mi lugar habitual. Tocó el timbre de inicio de clases y entró el profesor, y justo detrás de él venía el director con un semblante de profunda tristeza. Este último tomó la palabra y dijo:
—Lamento informarles que dos de sus compañeros fueron asesinados anoche a la medianoche en sus propios hogares. Nadie sabe quién lo hizo, pero las autoridades siguen investigando. Lo único extraño que se encontró en las escenas del crimen, y que no pertenecía a las víctimas, fueron dos reproductores de música portátiles con una sola canción grabada, al parecer proveniente de Japón...
Mi corazón dio un vuelco. ¿Cómo es que había pasado eso? Sabía perfectamente que esos dos eran los mismos sujetos que me habían amenazado el día anterior en el centro. No pudo haber sido una coincidencia, pero yo no pude haber sido: estuve en mi casa toda la noche encerrado en mi habitación.
Cuando salí de la preparatoria corrí directo a mi casa, queriendo descifrar qué demonios estaba sucediendo. Mientras subía las escaleras sumido en mis pensamientos, oí que mi mamá me gritaba alarmada desde la sala, exigiéndome que bajara de inmediato. Cuando llegué con ella, me señaló el televisor y me dijo que estaban pasando un reportaje de última hora sobre unos chicos que vivían a unas cuantas calles de nosotros.
Era el mismo noticiero amarillista de la otra vez. Al mirar la pantalla, vi las fotografías de los dos sujetos que me habían amenazado. El conductor decía que habían sido ejecutados casi de la misma y brutal manera que los chicos de la casa abandonada. Sin embargo, esta vez mostraron detalles visuales mucho más perturbadores: las autoridades habían encontrado en la escena del crimen un mechón de cabello de un color azul celeste brillante, los números "01" marcados con sangre en las paredes de ambas casas y los dos reproductores MP3 con la extraña melodía. El canal reprodujo un fragmento del audio del reproductor: era la tétrica tonada de Miku's Carnival.
Estaba empezando a comprender que lo de Miku no era una alucinación ni una locura, sino algo aterradoramente real. Pero si era cierto, ¿cómo podía comprobarlo al cien por ciento? Debía estar loco de remate solo por considerar la idea, pero no podía vivir con tanta incertidumbre. Tuve que maquinar un plan para probar mi teoría; debía ser con alguien que yo no conociera para no levantar sospechas. Después de meditarlo, supe que la única forma de comprobarlo era utilizando a un abusador, y la escuela era el lugar idóneo para cazar a uno.
Al día siguiente en la preparatoria, me dediqué a investigar quién era el bravucón más odiado y temido de la institución. No tardé en encontrar a un tipo de tercer año que en cada receso se dedicaba a fastidiar a los alumnos más chicos, insultándolos y robándoles sus pertenencias. Tenía que hacer que él se fijara en mí de una manera que no pareciera obvia.
Fui a la parte trasera de la escuela, cerca de la cancha de fútbol donde él usualmente se juntaba con su grupo. Pasé junto a él y le llamé la atención diciéndole un par de cosas provocadoras. El tipo se enganchó de inmediato: se me acercó furioso y me dio un fuerte empujón que me hizo caer directo al suelo. Me gritó una infinidad de groserías y, al final, me arrebató violentamente el dinero que traía conmigo antes de marcharse entre risas.
Después de provocar el altercado, me pasé todo el día ansioso, esperando a ver si ocurría algo, si la silueta de cabello celeste se cobraba su próxima víctima... Pero no ocurrió absolutamente nada. Al menos, no hasta el día siguiente.
Capítulo 2.
Antes de comenzar la clase de ese día, el director y el profesor entraron al salón. Yo ya me esperaba que dijeran que otra persona había muerto... y eso fue justo lo que pasó. Este experimento estaba dando resultados, tal y como lo había previsto. Esto era casi como tener un superpoder y lo podía utilizar con las personas que discriminaban a los demás y contra todo aquel que se entrometiera en mi camino.
Sin embargo, todavía me sentía dudoso sobre usar esto para matar a otros. Aunque se lo merecieran, la idea de arrebatar una vida me pesaba; pero, por otra parte, pensaba que para muchos sería un alivio que estos sujetos desaparecieran para siempre. Tenía que pensar bien en esto y decidir si usar esta habilidad para acabar definitivamente con la discriminación en la escuela y en otros lugares. Había que planificar con frialdad quiénes iban a ser los siguientes en ser castigados.
A partir de ahí, cada vez que me encontraba a alguien que se metía conmigo o con los demás, ese sujeto terminaba muriendo de una manera similar a los anteriores. Y cada vez que alguien fallecía, los investigadores encontraban distintos objetos característicos de la mismísima Miku en la escena. En una ocasión, hallaron una ilustración de Miku tirada a un lado del cadáver, la cual tenía escrita una frase manuscrita:
"Todo aquel que se meta conmigo o con mi amigo, será castigado con la muerte. Atentamente: M.H."
Después de que ocurrieran unas cinco muertes consecutivas, la policía empezó a activar alertas en toda la zona y en los alrededores de las escuelas. Las jornadas de clases se acortaron para que los estudiantes pudieran regresar a sus casas antes de que se hiciera muy tarde. Como los investigadores no encontraban ninguna pista sólida para dar con el asesino, comenzaron a interrogar a las personas casa por casa, e incluso en la preparatoria nos interrogaron uno por uno. Llegaron a tales límites que las autoridades impusieron un toque de queda en la comunidad; si se encontraba a alguien fuera de su hogar a altas horas de la noche, sería considerado sospechoso y encerrado hasta que se demostrara lo contrario.
A este supuesto asesino anónimo los medios lo bautizaron con un apodo: "El Ninja Vocaloid". Le dieron ese nombre por ser un asesino extremadamente sigiloso que no dejaba huellas y porque utilizaba la imagen de la Vocaloid más famosa para llevar a cabo sus crímenes. En fin, cada vez que ocurría un homicidio, la policía cerraba por completo la calle entera. Menos mal que ninguno sucedió en mi calle, porque de ser así, nos hubiesen descubierto de alguna manera debido a toda la mercancía y posters que tenía colgados en mi cuarto.
Pasó un mes y ya habían ocurrido otros seis homicidios. En ese último caso, los investigadores finalmente se dieron cuenta de un patrón: todas las víctimas eran estudiantes de la misma preparatoria y, además, tenían algo más en común. Todos ellos tenían la fama de burlarse, acosar o agredir a otros compañeros que tuvieran gustos hacia programas, música y mercancía de origen oriental. Descubrieron esto último cuando revisaron los expedientes escolares e interrogaron a varios alumnos. Esto llevó a la policía a sospechar fuertemente que el homicida era un estudiante de la misma escuela.
Cuando me enteré de esa hipótesis, supe que corría el riesgo de que nos descubrieran. No me quedaban casi opciones. Lo único que podía hacer era esperar a que algo más pasara, hasta que de pronto se me ocurrió una idea descabellada: asustar a los propios policías para que dejaran de investigar el caso. Yo sabía perfectamente que una patrulla vigilaba los perímetros de la escuela cada noche.
Entonces, en cuanto regresé a mi casa después de las clases, abrí un nuevo archivo en el bloc de notas de mi computadora y redacté detalladamente mi plan para que Miku pudiera entrar en acción esa misma noche.
Al día siguiente, me desperté esperando los resultados del plan. Justo antes de que me fuera a la preparatoria, el teléfono de la casa comenzó a sonar. Contestó mi mamá y, tras colgar, me avisó que se habían suspendido las clases hasta nuevo aviso. Le pregunté la razón y, con la voz temblorosa, me dijo que la patrulla que vigilaba por las noches había sido atacada ferozmente por el homicida, y temían que la entidad aún siguiera rondando por el lugar.
Mi plan había dado resultados. No completamente como lo había calculado en el bloc de notas, pero era casi igual a lo que esperaba.
Esa tarde vi en la televisión el mismo noticiero que informaba de las muertes. Hablaron extensamente de lo que pasó la noche anterior. Dijeron que esta vez un oficial de policía había resultado muerto y el otro solo estaba herido, afortunadamente no de gravedad. Este último ofreció su testimonio desde el hospital.
El oficial explicó que estaban patrullando cerca de la escuela preparatoria cuando, de pronto, oyeron que algo pesado trepó por el techo de la patrulla. Inmediatamente detuvieron el vehículo para revisar de qué se trataba. Cuando bajaron a inspeccionar, no vieron nada sobre el toldo. Sin embargo, cuando se disponían a subir nuevamente a la patrulla, dos manos pálidas salieron por debajo del chasis y jalaron con fuerza a uno de los policías hacia el suelo. El agente empezó a luchar desesperadamente para liberarse del agarre y, antes de que la silueta se lo llevara arrastrando, logró soltarse. Su compañero corrió a auxiliarlo, pero antes de que pudiera llegar, el asesino emergió por completo de abajo del auto y se arrojó violentamente contra él. Mientras el policía herido intentaba ponerse en pie para ayudar, no lo logró a tiempo; el asesino se llevó arrastrando a su compañero hacia la oscuridad de un callejón.
El oficial herido explicó que fue sumamente difícil seguirle el rastro debido a que el asesino se movía con una velocidad sobrehumana. Cuando creyó haberlo perdido de vista en la penumbra, empezó a escuchar un ruido extraño, como una estática digital distorsionada. Apuntó con su linterna hacia el origen del sonido para encontrar qué lo ocasionaba y descubrió a su compañero tirado en el suelo. Su uniforme estaba completamente desgarrado, cubierto de sangre y con pedazos de piel brutalmente cortados.
El policía seguía escuchando ese ruido aberrante, así que movió el haz de la linterna hacia la izquierda del cuerpo. Lo que vio lo dejó en shock: era el asesino, pero no como todos lo imaginaban. Ni siquiera sabía si era un hombre, una mujer o si era algo humano.
El oficial dio una descripción exacta de la entidad: no pudo ver su rostro, pero sí distinguió gran parte de su cuerpo. Dijo que tenía un cabello larguísimo de color azul celeste, vestía lo que parecía ser una falda corta color negra, un chaleco gris, botas altas negras y en los brazos llevaba unas mangas muy anchas que flotaban de manera independiente, sin estar anexadas a ninguna otra prenda. En cuanto la criatura se dio cuenta de la luz de la linterna, se dio la vuelta y escapó corriendo a una velocidad inverosímil. El oficial intentó dispararle en repetidas ocasiones, pero las balas no parecieron hacerle ningún daño. Cuando el homicida se marchó, el policía herido se percató de que en el suelo, justo en el lugar donde la criatura había estado parada, había un mensaje escrito con sangre. La nota decía:
"Se metieron con la persona equivocada. Yo lo que hago es hacer justicia, así que ya no sigan con esto o se derramará más sangre."
Esto era sencillamente impresionante. Ni siquiera sabía cómo es que ella aparecía de la nada para cometer los asesinatos. La descripción del oficial era impactante: relataba que actuaba casi como un animal salvaje, lo cual resultaba espeluznante de escuchar. Tenía una actitud completamente diferente a la que mostraba cuando nos contactábamos a través del ordenador; me generaba una sensación de extrañeza monumental.
En cuanto terminó el reportaje en la televisión, fui corriendo a investigar en internet, buscando en los periódicos locales digitales para ver si encontraba algún dato extra que los noticieros hubieran omitido, pero no hallé nada relevante. Al no tener más pistas, solo me quedaba esperar a que mi plan funcionara.
A los dos días, los medios reportaron que el número de vigilantes y patrullas en las calles se redujo drásticamente debido al miedo de los oficiales a que les pasara algo similar a ellos o a sus familias. Eso provocó que me relajara muchísimo; al fin podía estar tranquilo en mi habitación.
Una noche después, poco después de irme a dormir, tuve un sueño sumamente extraño. Me encontraba en un lugar parecido a una habitación completamente oscura y me invadía una intensa sensación de miedo. Empecé a caminar a tientas hasta que topé con una puerta. Al abrirla, di a un pasillo largo cuyo suelo estaba cubierto por una fina capa de agua. Caminé a través del pasillo y, antes de alcanzar el otro extremo, el escenario cambió de golpe.
Aparecí en una habitación idéntica a la mía, pero estaba totalmente vacía; lo único que reposaba en el suelo era una corbata azul celeste. Ya me imaginaba perfectamente de quién era. Abrí la puerta de ese cuarto y salí a lo que parecía ser el resto de mi casa, pero todo el entorno estaba sumido en un ambiente lúgubre y asfixiante.
De pronto, a lo lejos, escuché una risa que se me hacía sumamente familiar. Caminé hacia la dirección de donde provenía el sonido y los pasos me guiaron directo a la puerta de la recámara de mis padres. La abrí. La habitación estaba tal y como la había visto la última vez que entré —apenas el día anterior—. No había nadie. Reinaba un silencio absoluto.
En el momento en que quise darme la vuelta para salir, la puerta había desaparecido por completo. Me exalté al ver la pared lisa y retrocedí varios pasos asustado. De un pestañeo, los muebles también se esfumaron, dejando únicamente un gran espacio vacío y oscuro. Caminé hacia el área donde antes estaba la cama y empecé a sentir el peso de una mirada fija sobre mí. Me percaté de que a mi izquierda se erguía una sombra.
Me quedé helado durante unos segundos. La sombra comenzó a moverse, dirigiéndose lentamente hacia mí. A medida que se aproximaba, sus rasgos se volvían más nítidos. Justo antes de alcanzarme, me di cuenta de quién se trataba: era mi hermano Carlos.
Aunque en mi fuero interno sabía que aquello era solo un sueño, me quedé sin palabras. No lo veía desde hacía años y lo único que deseaba era darle un fuerte abrazo. Corrí hacia él y lo estreché con todas mis fuerzas. Pasaron unos instantes en silencio hasta que él comenzó a hablarme con un hilo de voz frío y distante:
—No cometas errores... Sigue por tu camino. No confíes en nadie. No sigas órdenes... Busca respuestas y nunca los dejes morir.
En cuanto terminó de hablar, colocó su mano sobre mi espalda. Lo único que yo anhelaba en ese instante era que ese sueño no terminara jamás; no sentía más que una profunda nostalgia en medio del silencio. Sin embargo, tras unos cinco minutos, la mano de mi hermano dejó de apoyarse en mí. Mientras lo seguía abrazando, empecé a sentir que su cuerpo se volvía extremadamente delgado, casi incorpóreo. Alcé la vista hacia su rostro y vi con horror que se estaba desvaneciendo, como si se estuviera quedando en los puros huesos. Continuó secándose a una velocidad espantosa hasta que toda su piel desapareció y sus huesos se convirtieron en polvo entre mis brazos.
Aquello ya no era un sueño nostálgico, sino una auténtica pesadilla. Quería despertar desesperadamente, pero mi mente estaba atrapada. Comencé a gritar con todas mis fuerzas hasta que caí exhausto al suelo.
Cuando creí que me quedaría atrapado en esa oscuridad para siempre, empecé a escuchar una voz que conocía a la perfección. El eco se oía cada vez más nítido y cercano, susurrándome al oído:
—Lo que haces no es malo... Haces lo que piensas y eso es bueno para nosotros. No necesitas a nadie más... Solo a mí.
De un momento a otro, la voz se materializó justo a mi lado. Me volteé y ahí estaba Miku. Ahora podía verla de frente y escuchar su voz limpia, sin necesidad de reproducir el software de Vocaloid. Era algo asombroso. Ella me tomó de la mano; su piel se sentía sumamente suave y a mí me embargó una oleada de emoción por tenerla finalmente a mi lado en el mundo real.
Tenía un rostro alegre y su cabello, a pesar de la densa oscuridad del espacio, emitía un brillo azul celeste fosforescente. Me clavó la mirada directamente en los ojos y me dijo:
—Siempre estoy a tu lado, estés donde estés. Sé perfectamente cómo te sientes y lo que piensas. Cualquier cosa que desees que haga, la haré; incluso no hace falta que me lo digas en voz alta, solo piénsalo y yo sabré qué es. No necesitas de nadie más. Yo soy la única que te protegerá y te acompañará por siempre.
Yo, con un ánimo lleno de ansias y fascinación, le pregunté:
—¿Cuándo nos volveremos a ver así, frente a frente?
Ella me sonrió de medio lado y respondió:
—Siempre nos veremos en tus sueños. Y recuerda siempre: no hagas caso de los demás, ellos solo quieren que seas infeliz toda tu vida. Solo escúchame a mí y tendrás todo lo que siempre habías soñado.
Esa fue la última frase que pronunció antes de que me levantara de golpe en mi cama, empapado en sudor.
Capítulo 3.
Desperté con una extraña sensación; sentía como si mi cuerpo estuviera cambiando de alguna manera. Moví mi cabeza hacia un costado del colchón y encontré un mechón de cabello suelto color azul celeste. Era la prueba irrefutable de que ella en serio había estado en mi cuarto la noche anterior.
Me levanté de la cama a toda prisa y me fui al baño. Lo primero que hice fue mirarme fijamente en el espejo: tenía la cara sumamente pálida. Supuse que se debía a que ya casi no salía de casa debido al confinamiento, así que no le quise dar más importancia. Bajé a la cocina y, en cuanto entré, mi mamá me saludó con un cálido "buenos días". Al escuchar su voz, volví a experimentar ese presentimiento helado, como si algo terrible estuviera a punto de desatarse. Me quedé mirándola fijamente en silencio, tanto que ella me preguntó si me pasaba algo.
—No pasa nada, mamá —disimulé de inmediato—. Es solo que no dormí muy bien anoche.
Seguí caminando hasta llegar al comedor. Como era costumbre, mi padre se limitó a tomar una taza de café rápido antes de marcharse a su trabajo en la oficina de administraciones públicas. Ahora que las clases estaban suspendidas, yo me quedaba en casa con mi madre todo el día.
Después de sentarse a la mesa, mi mamá me comentó algo que me erizó la piel: me dijo que durante la madrugada había escuchado ruidos extraños provenientes de mi habitación, como si estuviera hablando con alguien a oscuras, y que me había levantado varias veces. Ni siquiera yo sabía a qué se debía eso. ¿Acaso me había vuelto sonámbulo mientras tenía aquella pesadilla con mi hermano y Miku? Para no levantar sospechas, le respondí con total tranquilidad que había tenido que ir al baño en repetidas ocasiones porque tomé demasiada agua antes de acostarme. Desayuné lo más rápido que pude y me refugié en la sala; no quería ser interrogado por nadie. Ya de por sí cargaba con unos nervios espantosos y me costaba un mundo fingir normalidad frente a los demás. Solo quería relajarme y apagar la mente, así que encendí la PlayStation 3 para distraerme.
Pasaron unas dos horas y el juego logró calmar mi ansiedad. Ya era casi el mediodía y no tenía nada más en qué pensar. Apagué la consola y, casi al instante de hacerlo, escuché que llamaban con firmeza a la puerta principal. Fui a abrir.
Cuando abrí la puerta, me quedé sin aliento. Lo pude ver... lo pude ver otra vez. Era mi hermano Carlos. En serio era él, no se trataba de un sueño, era completamente real. Por fin lo tenía en persona frente a mí. Al verme, me sonrió:
—Hola otra vez, Luis. Cuánto tiempo ha pasado, hermano. Sí que has cambiado mucho.
Inevitablemente me abalancé sobre él y le di un abrazo asfixiante; creo que también se me escaparon algunas lágrimas de la pura emoción. Un minuto después, mi mamá se asomó al recibidor y, al ver a Carlos, se le iluminó el rostro con la misma alegría y alivio que a mí. Lo hicimos pasar de inmediato. Estaba tan ansioso que empecé a bombardearlo con preguntas, siendo la principal cómo demonios había logrado viajar si se suponía que estaba saturado de trabajo en el extranjero.
Carlos nos explicó que había estado en contacto frecuente con uno de sus amigos que vivía cerca de nuestro vecindario. Este amigo le había estado informando al detalle sobre la oleada de homicidios, el toque de queda y la peligrosa situación de la zona. Cada vez más preocupado por nuestra seguridad, Carlos había suplicado en su empleo que le otorgaran unos días de vacaciones urgentes para venir a asegurarse personalmente de que estuviéramos a salvo. Mi mamá, mitad aliviada y mitad angustiada, le exclamó:
—¿Por qué viniste arriesgándote a que también te pase algo a ti?
A pesar de los regaños, era evidente el profundo alivio de que la familia estuviera reunida de nuevo.
Como las clases siguieron suspendidas por varios días y casi nadie salía a las calles, los homicidios se detuvieron por completo. La histeria colectiva comenzó a relajarse un poco, aunque la policía continuaba con las investigaciones y mantenía vigentes las estrictas normas de seguridad pública. Sin embargo, pronto se anunció en los medios locales que las clases finalmente se reanudarían. Saber que a mi hermano le quedaban pocos días de descanso me puso bastante triste; quería pasar cada segundo con él, pero no había nada que pudiera hacer.
El día del regreso a la preparatoria, el plantel estaba sitiado por oficiales de policía. Como medida de seguridad obligatoria, nos revisaban minuciosamente las mochilas y pertenencias antes de dejarnos entrar. Al menos las jornadas se habían acortado significativamente. Fue un día escolar extrañamente normal. En cuanto sonó el timbre de salida, empaqué mis cosas y corrí a casa; quería aprovechar las últimas horas con Carlos.
Subí directo a mi cuarto a dejar la mochila antes de ir a buscarlo. Pero justo antes de salir de la habitación, volví a sentir esa extraña interferencia en el ambiente, exactamente igual a la de hace unos días. Me percaté de que la pantalla de mi computadora estaba encendida con un archivo de video maximizado. Le di a reproducir.
En la pantalla apareció Miku, pero esta vez no tenía su habitual sonrisa digital; su rostro reflejaba una seriedad fría y perturbadora. El software comenzó a emitir su voz distorsionada:
—¿Qué pasó conmigo? ¿Acaso ya no importo? Yo soy tu mejor amiga, ¿recuerdas? Nadie se puede interponer entre nosotros... Si sigues intentando alejarte, lo mataré a él y le arrancaré las piernas. ¿Me oíste? No te vas a librar de mí nunca.
Ahí terminó el video, dejando la pantalla en negro.
Se suponía que éramos un equipo. Ahora, la entidad que afirmaba ser mi mejor amiga me estaba amenazando de muerte con arrebatarme lo que más amaba en este mundo. Me hundí por completo en la desesperación. Me desplomé en el suelo de la habitación y me puse a llorar de forma desconsolada durante horas. Por el propio bienestar de Carlos, ya no podía ni acercarme a él; aquello se sentía como una auténtica maldición.
Lleno de un coraje ciego y odio reprimido, arrojé los muñecos y las figuras de Vocaloid contra el suelo, arranqué los pósters de la pared con violencia y los pisé con rabia. Pero, de repente, una punzada brutal me atravesó el cráneo. Fue un dolor de cabeza insoportable. Mi visión comenzó a teñirse de negro, exactamente igual a la noche en que desperté en la casa abandonada. Perdí el conocimiento y me desmayé sobre los restos del inventario destrozado.
Al colapsar, volví a caer en el mismo espacio onírico de la última vez. Estaba en un vacío sumido en la oscuridad absoluta; era imposible distinguir si se trataba de una habitación gigante o de otra dimensión. Creí que estaba completamente solo, hasta que percibí una presencia helada justo a mi espalda. No podía voltear la cabeza ni mover un solo músculo de mi cuerpo; estaba completamente paralizado.
Entonces, una voz que reconocería en cualquier parte —una voz que ahora me provocaba una mezcla repulsiva de ira y pánico— me susurró al oído con una dulzura venenosa:
—Hola, Luis... ¿Te da gusto volver a verme? Ojalá que sí. Te lo dije y te lo volveré a repetir: no me alejaré de ti nunca, pase lo que pase. Y creo que todavía no lo has entendido... ya te advertí lo que le puede pasar a tu hermano si no me haces caso. Pero no es por eso por lo que he venido hoy. He observado que ya no me tienes el mismo cariño y confianza que antes. Te estás pasando de listo conmigo, Luis, y eso me desagrada profundamente. Ahora dime... ¿vas a estar conmigo o en mi contra?
Tras esa pregunta, se hizo un espacio de silencio total que se sintió eterno, como si hubieran pasado tres minutos agónicos en la negrura. Miku volvió a romper el silencio:
—Considera qué es lo mejor para todos.
En el instante en que creí que la pesadilla terminaría, sentí un dolor agudo e insufrible: algo afilado se me clavó directo en la espalda. El impacto del dolor me hizo soltar un grito desgarrador que resonó en el vacío.
La silueta de Miku caminó lentamente hasta colocarse enfrente de mí. Me miró desde arriba con sus ojos brillantes y desalmados, sentenciando:
—Para que sepas qué se siente que alguien te apuñale por la espalda.
Y, acto seguido, sacó de la manga de su uniforme un cuchillo de cocina completamente empapado en sangre fresca.
Cuando abrí los ojos, desperté encima de mi cama. Por lo visto, ya era de noche. Miré a un lado y allí estaba mi mamá sentada; me dijo con voz preocupada que había escuchado ruidos extraños en mi cuarto y que, cuando entró a verme, me encontró tirado en el suelo, inconsciente sobre los restos de las figuras y posters que había destrozado. Tenía miedo de que me estuviera ocurriendo algo malo, así que se dispuso a cuidarme durante unas tres horas. Incapaz de confesarle la verdad, solo le mentí diciéndole que llevaba días sin dormir bien y que me había ganado el sueño de golpe. Se marchó de la habitación, no sin antes pedirme que le avisara de inmediato si me sentía mal.
A partir de ahí, ya se imaginarán lo demás. Una fuerte angustia me carcomía por dentro; me sentía completamente acorralado por las consecuencias de mis propias acciones. Era horrible. Estuve dándole vueltas a la situación en la oscuridad y no pude pegar el ojo en toda la noche.
Cuando dieron las tres de la mañana del día siguiente, asumí que tendría que ir sin excusas a la escuela, y eso fue lo que hice. Angustiado, pálido y casi dormido por el insomnio, caminé hacia el plantel. Normalmente no hablaba con nadie, pero ese día en específico se me acercó la misma chica que semanas atrás me había contado lo de la casa abandonada. Primero me preguntó con disimulo qué tanto sabía yo sobre el personaje que utilizaba el asesino cuando atacaba. Le respondí un par de generalidades para salir del paso, pero entonces me soltó una pregunta que me congeló la sangre: me cuestionó si, por casualidad, yo tenía un disfraz de ese personaje en mi casa.
No tenía idea de por qué me preguntaba esas cosas, pero la situación se tornaba sumamente turbia. Antes de responderle, la encaré:
—¿Por qué me estás preguntando todo esto?
Ella miró a los lados y me confesó sus motivos. Me dijo que había estado investigando un poco más a fondo por su cuenta y que encontró a un par de testigos de la zona. Estos vecinos relataban haber visto al asesino salir de una casa cercana mientras miraba fijamente hacia la ventana delantera de mi hogar. Según la descripción de los testigos, la silueta era idéntica a la que el policía herido había detallado en el hospital, con una sola diferencia: ellos sí habían logrado observar su rostro de reojo y, por sus rasgos físicos, creían firmemente que se trataba de un hombre, a pesar de que llevaba prendas que hacían difícil definirlo. No habían ido a declarar a la delegación por puro miedo a convertirse en las siguientes víctimas.
—La policía cree que el asesino es un estudiante de nuestra misma preparatoria —concluyó ella, clavando sus ojos en los míos—. Así que cualquiera de los que estamos aquí presentes podría ser el culpable.
Era una observación demasiado precisa. Por la forma en que me miraba, supe que sospechaba abiertamente de mí. Tenía que actuar con la mayor naturalidad posible para que no siguiera indagando; era extremadamente peligroso que continuara haciéndome preguntas. Con los nervios destrozados, corría el riesgo de confesar algo que no quería, pero quedarme en silencio habría sido igual de incriminatorio. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para nivelar mis emociones durante el resto de las clases.
En cuanto sonó el timbre de salida, corrí a mi casa, entré a mi habitación y pasé la llave por el cerrojo. Desesperado, tomé una decisión drástica: suplicar y pedir perdón. No podía lidiar con esta entidad yo solo, y estaba dispuesto a humillarme con tal de que dejara en paz a mi familia. Me puse de rodillas y estuve suplicando su perdón al monitor apagado durante unos diez minutos, hasta que la habitación se congeló. Volví a percibir esa pesada mirada oscura sobre mi nuca... y caí desmayado una vez más.
Desperté atrapado en el mismo sueño, en el mismo vacío oscuro de la última vez. Miku estaba de pie frente a mí, observándome con una sonrisa que irradiaba un sadismo puro. Con ese gesto en el rostro, comenzó a hablar:
—Elegiste bien al quedarte conmigo, Luis. Tus súplicas me han conmovido y he decidido perdonarte... pero a partir de ahora, no quiero un solo error tuyo. Además... quieres deshacerte de esa chica entrometida de la escuela, ¿o no? Con gusto me encargaré de ella, lo sabes. Pero antes, quiero que me jures que serás leal a mí para siempre.
No tenía opción. Estaba completamente sometido. Le juré lealtad total en el suelo de la pesadilla. Al terminar mis palabras, ella se acercó lentamente, me tomó de la mano con una suavidad helada y el sueño se disolvió.
Esta vez pareció que me mantuve inconsciente mucho más tiempo que en las ocasiones anteriores. Al reaccionar, me extrañó profundamente que mis padres no hubieran entrado a revisar si me encontraba bien. Era una hora avanzada de la noche. Un presentimiento horrible me obligó a intentar salir del cuarto; extrañamente, la puerta no tenía la llave puesta, ni siquiera estaba bien cerrada.
Salí al pasillo sumido en una penumbra absoluta. Caminé hacia la habitación de mis padres para ver si dormían, pero al abrir la puerta, la cama estaba intacta: no había nadie allí. Era imposible que hubieran salido a esa hora bajo el estricto toque de queda de la comunidad. Con el corazón acelerado, fui hacia el cuarto de huéspedes donde se estaba quedando mi hermano. Toqué la madera un par de veces, pero no obtuve respuesta. Seguí golpeando con insistencia, llamándolo por su nombre, pero el silencio interior continuaba. Ya sin poder resistir la angustia, empujé el pomo.
La habitación estaba a oscuras. La silueta de mi hermano yacía recostada en la cama. Me acerqué rápidamente para ver por qué no despertaba... y lo que vi me arrancó el alma. Deseé con todas mis fuerzas que aquello fuera solo otra pesadilla, pero el olor a hierro y la sangre fresca eran reales.
A Carlos le habían arrancado un brazo entero, sus cuencas estaban vacías porque no tenía ojos y le faltaban varios dedos de los pies. En el brazo que le quedaba, habían marcado con cortes profundos el número 01.
—¡Teníamos un trato! —grité en medio de la oscuridad, rompiendo a llorar con una furia y un dolor que jamás había experimentado—. ¡¿Cómo te atreviste a hacerme esto?!
Estaba fuera de mí, completamente furioso. Regresé a mi cuarto tropezando con las paredes, maldiciendo y gritando al aire directo hacia la computadora hasta quedarme casi sin voz. De repente, el monitor de la computadora se encendió por sí solo, reproduciendo un archivo de video.
Era Miku otra vez, pero su voz ya no sonaba como la de un sintetizador común, sino como un eco demoníaco y distorsionado que infundía un terror absoluto:
—¿Qué pasa, Luis? ¿Te di una gran sorpresa, no es así? Tal vez pienses en tu mente humana que he faltado a mi palabra, pero en realidad te he hecho un gran bien. Me deshice de las distracciones y de los peligros que amenazaban con apartarte de tu camino. Eso es lo que he hecho desde el primer día en que nos conocimos. Fueron muchas muertes... mucha sangre. Recuerda que siempre tiene que haber sacrificicios de por medio para que puedas cumplir con tu verdadero objetivo. Espero que al fin lo entiendas... Nos veremos mucho más pronto de lo que te puedes imaginar. Hasta pronto.
El video se cortó instantáneamente. Lleno de rabia, tomé el ordenador y lo arrojé con violencia contra el suelo, rompiéndolo en pedazos.
Fue entonces cuando escuché el eco lejano de las sirenas. Varias patrullas se dirigían a toda velocidad hacia mi calle y se detuvieron frente a mi casa. Escuché el estruendo de la puerta principal siendo derribada de una patada y los pasos apresurados de los oficiales inspeccionando la planta baja. Subieron las escaleras y entraron a mi cuarto. Al verme en el estado en que me encontraba, se acercaron con cautela y me preguntaron si estaba bien. Con las lágrimas corriéndome por las mejillas y la garganta seca, fui incapaz de articular una sola palabra. Los oficiales me tomaron de los brazos y me pidieron que los acompañara abajo. No me opuse.
Pero mientras descendíamos por los peldaños de la escalera, volví a sentir esa densa interferencia en el aire. La mirada oscura me envolvió y una migraña brutal me partió la cabeza. Perdí el conocimiento por completo.
Cuando recobré el sentido, me encontraba otra vez en mi habitación... pero todo había cambiado. Yo estaba de pie, y al mirarme las manos descubrí con horror que llevaba puesto el traje completo de Miku, las mangas anchas y la falda, todo empapado en manchas de sangre fresca. ¿Qué demonios había pasado?
Desesperado por escapar, salí al pasillo de la casa, pero el camino se convirtió en un matadero. Encontré los cuerpos de los policías que habían entrado a auxiliarme; algunos yacían mutilados en el suelo y otros colgaban del techo. A todos les faltaba alguna extremidad: un brazo, una pierna... e incluso uno de los agentes estaba prácticamente degollado en una esquina. Era una carnicería horrible. La lógica me decía que era imposible que yo hubiera hecho eso solo, pero la ropa ensangrentada que llevaba puesta me gritaba lo contrario.
Escuché el eco de más sirenas aproximándose a la distancia; otra oleada de patrullas estaba por llegar. Si la policía entraba y me encontraba vestido de esa manera entre los cadáveres de sus compañeros, no habría escapatoria. Corrí hacia la ventana de la parte posterior de la casa y salté hacia el patio trasero.
Al caer, el horror no terminó. En el patio trasero había un rastro espeso de marcas de sangre que subían hacia la estructura del tragaluz. Colgados del techo, con los ojos abiertos en un gesto de espanto eterno, estaban los cuerpos de mis padres. Y justo a un lado de ellos, suspendida de una cuerda, se encontraba la chica de la escuela; sus vísceras colgaban expuestas de su abdomen destrozado.
El asco y el pánico me revolvieron el estómago, pero no había tiempo para derrumbarme. Tenía que huir antes de que me avistaran. Corrí con una velocidad que no reconocía como mía, cruzando los callejones en la oscuridad. Desafortunadamente, una patrulla perimetral me divisó a lo lejos y comenzó a perseguirme con las luces encendidas. Maniobré entre las calles hasta que, por puro instinto, terminé adentrándome en el único lugar que conocía: la casa abandonada donde aquellos bravucones me habían llevado la primera vez.
He estado oculto aquí, en la planta alta, por casi tres horas. Mientras exploraba entre los escombros de las habitaciones, encontré esta vieja grabadora de periodista que aún funciona. Les cuento todo esto y dejo este registro para que mi historia no se vuelva a repetir, y para que comprendan la verdad detrás de las muertes. Mientras tanto, me quedaré esperando aquí, en la oscuridad, hasta que las autoridades me encuentren... o hasta que muera de hambre.
Un momento... algo está pasando abajo. Lo estoy sintiendo otra vez. Esa estática digital en mi cabeza... lo estoy empezando a ver todo negro.
Por favor, no... ya no quiero... ¡no otra vez!
[FIN DE LA GRABACIÓN]
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