Análisis al Fragmento de Dorsia: American Psycho.
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Fragmento:
–Oh, Patrick –se lamenta ella por el teléfono–. Será tan divertido.
Estoy bastante seguro de que las posibilidades de acostarme con Patricia esta noche son bastante altas, pero no si vamos a un concierto en el que toca un ex novio suyo (con Patricia no existe nada así).
— No me gustan los conciertos –le digo, dirigiéndome a la cocina. Abro la nevera y saco un litro de Evian–. No me gustan los conciertos –vuelvo a decir–. No me gusta la música «en directo».
–Pero éste no es como los demás. –y añade débilmente–: Tenemos buenos asientos.
–Oye. No es necesario que discutamos –digo–. Si quieres ir, vete.
–Pero yo creía que íbamos a ir juntos ,,–dice ella, fingiendo emoción–. Creía que íbamos a ir a cenar. –y luego, casi como si se le acabara de ocurrir, añade–: Pero juntos. Los dos.
–Lo sé. Lo sé –digo–. Oye, debemos dejar que cada uno haga exactamente lo que quiera hacer. Quiero que hagas lo que te apetezca hacer.
Ella hace una pausa y prueba desde otro ángulo. –Es una música tan bonita... Sé que suena a estúpido pero es realmente gloriosa. La banda es una de las mejores que hayas visto nunca. Son divertidos y maravillosos, y la música es estupenda y, me apetece muchísimo que los veas. Lo pasaremos muy bien, garantizado –dice, con ardor.
–No, no, ve tú –digo–. Lo pasarás bien.
–Patrick –dice ella–. Tengo dos entradas.
–No. No me gustan los conciertos –digo–. La música en directo me fastidia.
–Bueno –dice ella, y su voz suena con un auténtico tono de decepción–, pero me sentiré muy mal si no estás allí conmigo.
–Te digo que vayas y lo pases bien. –Quito el tapón de la botella de Evian, tomándome un tiempo para lo siguiente–. No te preocupes. Iré al Dorsia solo. No importa nada.
Hay una larguísima pausa que soy capaz de traducir como: bien, bien, ahora vamos a ver si quieres ir a ese jodido concierto. Tomo un largo trago de Evian, esperando que me diga que aparecerá por aquí.
–¿Dorsia? –pregunta, y luego, desconfiadamente–. ¿Has reservado mesa allí? Quiero decir, ¿para nosotros?
–Sí –digo yo–. Para las ocho y media.
–Bueno... –Emite una risita y luego, tartamudeando, añade–: Era..., bueno, lo que quiero decir es que... yo ya los he visto. Sólo quería que los vieras tú.
–Oye. ¿Qué vas a hacer por fin? –pregunto–. Si no vienes tú, tendré que llamar a otra persona. ¿Tienes el teléfono de Emily Hamilton?
–Vamos, vamos, Patrick, no te... precipites. –Suelta una risita nerviosa–. Tocan otras dos noches más, así que puedo verlos mañana. Oye, tranquilo, ¿vale?
–Vale –digo yo–. Estoy tranquilo.
–¿A qué hora quieres que nos veamos? –pregunta la puta del restaurante.
–He dicho que a las ocho –le respondo, molesto.
–Está bien –dice ella, y luego, con un susurro seductor–: Nos veremos a las ocho. –Sigue al teléfono como si esperara que le fuera a decir algo más, como si creyera que iba a felicitarla por hacer la elección adecuada, pero no tengo tiempo para esas cosas, de modo que cuelgo con brusquedad. Inmediatamente después de colgarle el teléfono a Patricia, atravieso rápidamente la habitación y agarro la guía Zagat y busco hasta que encuentro Dorsia. Con dedos temblorosos marco el número.
Comunica.
Dominado por el pánico, pongo el teléfono en llamada constante y durante los siguientes cinco minutos la señal de que comunican, perpetua y espantosa, se repite sin cesar. Por fin deja de comunicar y en los segundos que preceden a la respuesta experimento algo de lo más raro: una descarga de adrenalina.
–Dorsia –dice alguien, de sexo no fácilmente identificable; alguien a quien el ruido de fondo ha hecho andrógino–. Espere un segundo, por favor.
El sonido que oigo es ligeramente menos fuerte que el de un estadio de fútbol abarrotado y tengo que reunir todo el valor del que soy capaz para seguir en la línea y no colgar. Espero cinco minutos, con la mano sudorosa, entumecida por agarrar el teléfono inalámbrico con tanta fuerza, con una parte de mí mismo dándose cuenta de la inutilidad del esfuerzo, otra esperanzada, otra jodida por no haber reservado mesa antes o haber encargado a Jean que lo hiciera. Al fin, vuelve a oírse la voz, que dice, arisca:
–Dorsia.
Me aclaro la garganta.
–Oiga, ya sé que es un poco tarde, pero ¿es posible reservar una mesa para dos para las ocho y media o las nueve? –Lo pregunto con los ojos cerrados con fuerza.
Hay una pausa –la multitud del fondo es una masa que se agita, ensordecedora– y con auténtica esperanza me atrevo a abrir los ojos, dándome cuenta de que el maître, probablemente esté comprobando la lista de reservas para ver si han cancelado alguna–, pero entonces suelta una risita, al principio baja, pero que se convierte gradualmente en una carcajada que se interrumpe bruscamente cuando cuelga con violencia.
Aturdido, febril, notándome vacío, pienso en lo que puedo hacer, mientras el único sonido que me llega es el del tono del teléfono. Reuniendo toda la energía que me queda, cuento hasta seis, vuelvo a abrir la guía Zagat y trato de recobrar mi concentración para superar el aplastante pánico de no conseguir reservar mesa para las ocho y media en un sitio que, si no está tan de moda como el Dorsia, al menos sea comparable.
Por fin consigo reservar mesa para dos a las nueve en Barcadia, yeso sólo porque ha habido una cancelación, y pienso en que Patricia probablemente se mostrará decepcionada, aunque le guste Barcadia –las mesas son espaciosas, la luz es agradable y tranquilizadora, la comida Nouvelle Southwestern–, y si no le gusta, ¿qué va a hacer la muy puta, denunciarme?
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Análisis importante del fondo.
1° Fondo transitorio.
La cocina o el salón existen como "no lugares", más allá de la mención, no sabes cómo son: "voy a la cocina", "cruzo rápidamente la sala".
Ellis se detuviera a describir el color de las paredes de la cocina o el diseño de las encimeras en este momento, rompería el ritmo de la neurosis de Patrick. Al omitir el fondo, el autor logra que el apartamento se sienta extrañamente estéril, y él lector entiende que que así es como Patrick lo vive.
2° Elementos de estatus.
— La botella de Evian: la usa como un accesorio dramático para ganar tiempo en la negociación con Patricia ("tomándome un tiempo para lo siguiente"). Además, es Evian, agua de marca.
— La guía Zagat y el teléfono inalámbrico son herramientas de comunicación que le transmite el rechazo (la risa del maître) y que sujeta con tanta fuerza que la mano se le queda entumecida.
En relación con el punto anterior, al no describir cuadros, muebles ni techos, el lector se ve obligado a enfocarse únicamente en las marcas y las acciones mecánicas.
3° La acústica.
Mientras habla con Patricia, el entorno es mudo. Ambos habitan una burbuja de superficialidad tan densa que el resto del mundo desaparece. Ella finge emoción, él finge desapego ("debes dejar que cada uno haga exactamente lo que quiera"). Cuando ella se interesa, él piensa en ella como una puta y un accesorio.
Aunque no llega a mostrarse, el ruido del concierto molesta a Patrick por la mera idea de desaparecer entre la multitud, de no poder escucharse a sí mismo, que para él es lo más importante. Algo así vemos cuando llama a Dorsia y el ruido de fondo ("un estadio de fútbol abarrotado", "una masa que se agita, ensordecedora") es la representación acústica del bando ganador. Ese ruido es la sociedad de Manhattan divirtiéndose, quitándole el control a Patrick hasta de las personas con las que habla, ya que al personal al teléfono no le puede reconocer el sexo y la escena termina con este mismo riéndose de Bateman.
Cuando el pánico disminuye al conseguir mesa en Barcadia. De repente, el espacio sí empieza a ser descrito: "las mesas son espaciosas, la luz es agradable y tranquilizadora, la comida Nouvelle Southwestern". Patrick solo es capaz de proyectar un espacio físico cuando este ha sido aprobado por el filtro del consumo y el estatus.

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