Creepypasta Judge Angels (Remake): Este muerto está muy muerto.
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Taylor regresó un poco menos sereno de lo que debería a su departamento en el piso 42 del Upper West Side. El complejo había sido diseñado por Costas Kondylis, un detalle arquitectónico que solía reconfortarlo. Giró una esquina del pasillo, y por un suspiro, le pareció ver que su sombra se movía con un segundo de retraso.
Dio la vuelta y afinó la vista en las paredes revestidas con paneles de compuesto acústico multicapa, cuyo precio por yarda superaba los cuatrocientos dólares. —¿Hay alguien ahí? —preguntó.
Solo obtuvo siseo esteril de la ventilación del techo. Sacó el llavero del bolsillo y abrió la puerta de roble macizo con sellado neumático. Si pasaba el umbral, estaría a salvo.
Dio un paso dentro, pero descubrió que su pie izquierdo no respondía. Miró hacia abajo. La punta de una espada había atravesado limpiamente su trajede Canali, saliendo por debajo de su abdomen. El corte rápido hizo que su sistema nervioso ni siquiera respondiera.
—Empieza el juicio —dijo una voz femenina.
Una patada exacta lo empujó desde la cervical herida directamente hacia el suelo. Frenó la caída con las manos, destrozando los puños de su camisa de algodón egipcio, para ser pateado de nuevo en la cadera, haciéndolo rodar boca arriba. Detrás de él, el roble se cerró con un clic amortiguado. El temblor del impacto ni siquiera afectó a las ventanas de triple acristalamiento acústico que aislaban el apartamento del ruido de la avenida West End. Desde fuera, nadie vería nada.
Nadie escucharía nada.
La figura revelaba dos cavidades sin pupila, como los pozos de un oso polar. En el cuello, una cicatriz rodeada en los flancos por la correa de un colgante y todo lo encajaba un cabello rubio que parecía cortado a machetazos.
—Di... Dina —alcanzó a articular Taylor.
—Nombre incorrecto. La juez en funciones se presenta como Ángel Juez, y ordena al acusado Tyler O'Donnell que dé sus alegaciones.
Ángel caminó sobre la moqueta de lana virgen de alta densidad, la espada en su cinto había perdido toda la sangre en el charco de la entrada y no manchaba el mármol negro de las habitaciones contiguas. En el techo estaban incrustadas luces de panel Flos que hoy, convenientemente apagadas, no emitirían luz suave sana para el cutis. El resplandor de los rascacielos de Manhattan y los carteles de Times Square se filtraban por el cristal, recortando la silueta de la enorme mesa de ébano de Macasar de la firma Promemoria que dominaba el centro del salón.
—Teníamos un trato — Taylor intentó moverse, pero sus dedos resbalaron inútilmente contra las fibras de la moqueta de diseño. Desde su posición en el suelo, la mesa de ébano parecía un altar de sacrificio —. Lo has roto... prepárate para ver a tus monjitas...
—Taylor, vas a morir. Voy a matarte —dijo Ángel sin inflexión dramática—. Puedes asumirlo ahora y quizás cuando te despelleje te duela menos.
Se notaban los años en los dos, pero más en Ángel. No solo había ganado una musculatura magra, también había conseguido altura. Su ropa era nueva, pero similar a la de cualquier hija de vecino que compra en tiendas departamentales.
Con una parsimonia, Ángel dejó la espada sobre el borde pulido de la mesa de ébano, justo al lado de un cenicero de cristal de baccarat y un catálogo de subastas de Sotheby's. Luego, comenzó a calzarse dos guantes blancos de hospital, tan claros como las constelaciones en sus ojos.
—Espera —consiguió articular Taylor, su voz interrumpiendo el zumbido del aire acondicionado—. ¡Teníamos un trato! ¡No seas animal! Prometí que te olvidaría y eso he hecho.
Ángel metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y extrajo un bisturí del número 10. Se inspeccionó, asegurándose de no haberse manchado de sangre. — No, prometiste que te daría dinero y me olvidaría de esto. Pero no ha funcionado, no olvido, y se que tú tampoco. Llevo tres meses espiándote. Cada dos semanas vas personalmente a la comisaría de la calle 82 a preguntar si hay noticias sobre mí. Es curioso. Franclin, Fedor, Carl, Julius, Maxel... Ninguno de ellos da un duro por mí. Solo tú.
Dio dos pasos hacia el cuerpo inerte de Taylor, con una simetría perfecta en la pisada.
—Es tu turno de proceder —continuó Ángel—. Haz la duda que inunda tu cabeza.
Taylor sintió que el labio inferior le temblaba —¿No... no estabas en Austin?
—Una ciudad maravillosa. Hay gente de buena fe y de palabra. Si les haces un favor, te lo pueden devolver publicando una noticia falsa tres meses más tarde en algún diario digital que llegará a donde quieras.
—Eso no es posible... —susurró Taylor —. ¿Y como me has encontrado? ¿Cómo sabías que estaba en este distrito?
— El turno de palabra del acusado ha terminado —. Ángel sujetó el brazo derecho de Taylor por la muñeca. Con una maniobra de palanca en el ángulo correcto, le dislocó la cabeza del húmero fuera de la cavidad glenoidea.
Taylor emitió un alarido contra los paneles de seda, que murió entre las capas de aislante. Sin perder el ritmo, Ángel repitió el proceso con el brazo izquierdo.
—¡Aaaa! ¡Estúpida! —bramó Taylor, las lágrimas dos canales simétricos —. ¡Si me matas sabrán que fuiste tú! ¡Matarán a esas dos viejas igual, aunque solo sea para meterte miedo!
Ángel sonrió, mostrando una hilera de dientes tan increíblemente impecables —. ¿Y cómo sabrán que fui yo? Viví sola junto a un padre abusivo toda mi maldita infancia. Conozco cada esquina de sitios como este. Todo insonorizado y Todo sin cámaras. No creéis en dejar registros de pruebas que puedan incriminaros.
Ángel lo sujetó por los puños destrozados de la camisa de algodón egipcio. Los brazos de Taylor colgaban desarticulados. Lo arrastró sin esfuerzo por la moqueta mientras sollozaba y preguntaba para ganar tiempo, todo sin ningún resultado. Con un impulso, lo levantó hasta soltarlo sobre la encimera Silestone que coronaba el mueble bar.
Taylor quedó allí tendido, el golpe le había sacado el aire, sus ojos encallados en el techo. — ¿Pero como? ¿Solo dime cómo?
— El cielo me habla en sueños, Taylor.
Ángel se dio la vuelta hacia la barra, apartando dos botellas de whisky de malta Hibiki de veintiún años y una cafetera exprés italiana de acero inoxidable pulido de la firma Jura, cuyo valor rozaba los tres mil dólares. Eso dejó un enchufe de pared libre. Del otro bolsillo extrajo un aparato de cable grueso, que Taylor solo pudo intuir pues no veía más que la espalda.
—Sigues estando loca —escupió Taylor —. Por eso te importan una mierda los daños colaterales. Debí matarte ese día.
Ángel se giró súbitamente. —¿Qué esperas? Esto no es un juicio que ganes con retórica. A nadie le importa un eslabón fácil de sustituir. Si ahora mismo me voy, morirás igual.
Taylor la miró fijamente a esas dos esferas oscuras tan absolutas como las trompetas del apocalipsis. Podía ver su propio rostro envejecido reflejado. Estaba viejo. Sabía que estaba viejo. Recordó que a él no le habían asignado un arma o una guarda espaldas como a Rafael Clark en su día. Había pensado, erróneamente, que contratar escoltas levantaría sospechas entre sus socios del bufete. Sus inversiones en la bolsa de valores habían empezado a quebrar de forma sistemática y, últimamente, se había enganchado a la cocaína para aguantar las noches. Sin Clark, iba devaluándose como un mal activo financiero.
Ángel leyó el colapso mental en las microexpresiones de su rostro arrugado. —Lo creas o no, esto es un acto de misericordia —le dijo, antes de darse la vuelta una vez más para reajustar la tensión de sus guantes.
—Sabrán que fuiste tú — Taylor ya no amenazaba, sólo tenía la voz rota —. Eres la única sospechosa.
—Yo te hubiera decapitado en la entrada, pero a ti te gusta complicar los procesos. Me obligas a ser creativa.
Taylor movió el cuello con dificultad, intentando ver qué trasteaba ella entre las sombras del mueble bar.
—¿De qué... de qué hablas ahora?
Ángel giró, pasó el bisturí sobre el pecho de Taylor, abriendo camisa y piel que se desbordaban de los vasos capilares como vino de una copa.
—Un callejón de Hunts Point, en el Bronx —dijo Ángel —. A un indigente le abrieron la caja torácica y le extrajeron el pulmón izquierdo. Eso no lo hice yo.
Abrió uno de los cajones de ébano de la barra, extrajo un trapo de lino belga de alta densidad para hundirlo en la boca de Taylor como mordaza improvisada. Se le hinchaban las venas del cuello y se le marcaba el esmalte en los dientes.
— Las afueras de Flushing, Queens —continuó ella—. Una mujer de treinta y dos años. Vivía sola. La amarraron a la estructura de su cama y se le realizó una incisión esternal media para extraer su corazón con una sierra oscilante médica. Eso tampoco lo hice yo.
Ángel estiró los brazos desarticulados de Taylor hacia atrás, fijándolos contra el borde de la barra, y expuso por completo el pecho flaco del abogado, que desde el impacto respiraba con una frecuencia cardíaca pesada. Vio en la cara del acusado que estos antecedentes no los entendía.
— Arthur Vance, millonario e inversionista de riesgo. Cuarenta y cinco años. Acababa de salir de una cirugía estética de rodilla en una clínica privada para jugar mejor al golf en el club de Southampton. Estaba descansando en el Hospital del Upper East Side. Fue atacado en la mitad de la noche; le extrajeron ambos fémures y lo dejaron desangrándose en una habitación cerrada por dentro. Eso tampoco fui yo.
A través de la bruma del dolor, Taylor reconoció ese último nombre. La prensa sensacionalista del New York Post había apodado a la responsable "Enfermera Ann", teorizando que se trataba de una mujer debido a los largos mechones de cabello castaño que la oficina forense encontraba en las escenas. Pero en ese instante, con el shock hipovolémico, Taylor no podía discernir si Ángel decía la verdad o si esos asesinatos eran su coartada. Solo la vio darse la vuelta, empuñando una sierra oscilante médica Stryker, de uso quirúrgico estándar. El motor eléctrico cobró vida, el chirrido monocorde también fue a morir a las paredes del piso 42.
—Taylor O'Donnell. Por los cargos de cómplice de asesinato, obstrucción a la justicia y corrupción corporativa, hago uso del poder que me ha sido entregado y te declaro culpable.
Ángel hundió la hoja dentada de la sierra directamente en el centro de su esternón. Mientras el giro de alta velocidad empezaba a hacer saltar chispas de tejido carnoso, bronquios y fragmentos simétricos de hueso contra la tapicería de seda de cuatrocientos dólares, Ángel no dejó de sonreír.
Una sonrisa perfecta.
Una sonrisa justa reflejada en un colgante limpio.
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Notas sobre Dina/Ángel: Su espada es impermeable a la sangre. // Todavía tiene su colgante con el ángel de Anatema. // Se rie al final porque: "Yo lo soy, mamá, lo soy por mí y por ti" -- "Jeje" saliendo entre sus labios. // Más temeraria que racional. // Cicatriz en el cuello con el colgante. // 2028 = 21 años.
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