Creepypasta Judge Angels vs Nurse Ann (Remake) | Disección de un ángel de ojos negros.

 

---

Capítulo 1.

Ángel caminaba conteniendo la respiración, la humedad de Texas era insoportable. Parecía que, cada vez que tomaba aire, en sus fosas nasales entraba sopa. El reloj digital de una sucursal bancaria parpadeaba en la periferia de su visión. Eran las dos de la tarde, pero bien podrían ser las altas horas de la noche, ya que el cielo estaba completamente encapotado por una tormenta eléctrica inminente.

Se detuvo justo donde la acera de hormigón acababa abruptamente, cediendo el paso a coches en ráfaga. En Houston, siempre llegaban coches en ráfaga, sedanes y camionetas, eran la cúspide de la cadena alimenticia en esta jungla de asfalto. Ángel se ajustó las gafas de sol de montura plástica negra. El gesto era estúpido, sus ojos eran un regalo de los angeles. Aunque estuvieran a plena vista, nadie los vería de todas maneras, porque no había ni un alma viva en las calles que no estuviese dentro de un coche. 

Cuando el tráfico cedió, cruzó la avenida dejando atrás las vías principales que cortaban en dirección a Downtown. Se adentró en Greenspoint, siguiendo las rutas laterales donde los bloques de apartamentos de ladrillo estaban desgastados de las inundaciones pasadas. Las primeras gotas de lluvia caliente comenzaron a manchar el algodón gris de su camiseta de segunda mano, tres tallas más grande de lo necesario.

Soltó un improperio contra Lucifer y empezó a correr sintiendo bajo la tela húmeda, a la altura de la cintura, la empuñadura de la espada presionada contra su piel. Frío amatista, engastada en el pomo era el único punto de contraste térmico en todo su cuerpo. El viejo truco de camuflar el arma entre los pliegues de la ropa holgada nunca dejó de funcionar.

Se cubrió con los brazos hasta que llegó al porche cubierto de lo que parecía ser un albergue comunitario, espacio de cemento delimitado por columnas de estuco. El suelo estaba sembrado de latas de aluminio de Coca-Cola y Bud Light, colillas de cigarrillos Newport. Eran las huellas rastreables de las personas que habían estado ahí protegiéndose del sol.

Junto al escaparate de vidrio opaco, un hombre yacía encogido sobre varios cartones. La rigidez del cuello y la saliva seca en la comisura de los labios sugerían una inconsciencia de coma etílico. Lo rodeó sin mirarlo dos veces, empujó la puerta de metal y entró.

El aire acondicionado industrial trabajaba a su máxima capacidad, sustituyendo la sopa del exterior por una corriente de desinfectante de pino. Olía ligeramente mejor que el agua estancada en los amplios sistemas de drenaje de los bayous en los laterales de las calles, aunque eso no era decir mucho.

El espacio asfixiante era de techos bajos, con yeso amarillento por las filtraciones. Una placa de acrílico atornillada a la pared de linóleo revelaba que el lugar no dependía de una organización internacional, sino de la beneficencia privada: "Day Center de los McCallister", ponía. Un negocio familiar de redención evangélica o, más probablemente, una fachada contable. Ángel se ajustó la montura plástica de las gafas en su camino hacia el mostrador elevado de recepción. 

"Seguro que esto es un lavado de dinero", pensó.

Tuvo suerte. 

La fila avanzaba sin letargo. Los pocos que se registraban delante de ella se movían con prisa, ansiosos por desaparecer en el salón principal, un espacio con mesas monobloque de resina y sillas atornilladas, podrías apostar que las sueltas habían sido usadas como armas contundentes en el pasado.

Cuando llegó su turno frente a la ventanilla de plexiglás, la recepcionista ni siquiera la miró. Deslizó un formulario térmico engrapado a una tabla portapapeles. "Nombre, fecha de nacimiento, procedencia y una firma que declaraba no portar armas ni sustancias ilegales en el recinto", esas cosas. 

Ángel tomó el bolígrafo encadenado al mostrador y rellenó los campos sin parpadear. Escribió Cloe Vandan, veintitres años, nacida en Austin. Una ficción irrelevante que el sistema desconectado de las bases de datos federales aceptó.

Ya en el comedor, el panorama se abría en un pasillo central del que nacían ramificaciones como las patas de una araña, conduciendo a dormitorios temporales y duchas comunitarias. Ángel examinó el salón para ver jornaleros hispanos con los pantalones de mezclilla rígidos por el cemento seco, sentados junto a familias enteras que habían sido desalojadas de los complejos cuando la gentrificación había ganado.

Si hubiera podido poner los ojos en blanco, lo habría hecho, pero detrás de los cristales, sus ojos eran dos fosas negras con puntos blancos que imitaban constelaciones lejanas. Su anomalía solo servía para ver como la miseria alcanzaba límites insospechados.

Permaneció de pie, apoyada a medias contra una columna de soporte. Sentarse no era una opción, el ángulo de la silla haría que la hoja cortara el forro de su camiseta o, peor aún, su propia piel a la altura de la cadera. No le importaba. La adrenalina de su torrente sanguíneo mantenía sus músculos tensos. Ignoró miradas de hombres que vigilaban sus botas de trabajo, y la estampa de las madres amamantando a sus hijos. Toda la estridencia del lugar terminó convirtiéndose en un zumbido estático cuando se acercó a una de las ventanas laterales que daba al estacionamiento.

Al ver los vehículos deslizarse por la avenida exterior, un pensamiento puramente orgánico cruzó sus recuerdos, llevaba demasiado tiempo sin beber agua. ¿Horas? ¿Días? No, días no. Se había terminado una botella de un litro antes de subir al autobús interestatal que la dejó en la terminal.

Con un movimiento displicente de las manos, comprobó sus pertenencias a través de la tela de los bolsillos. En el derecho, el tacto grueso de los billetes grandes; en el izquierdo, los billetes de uno y cinco dólares. Todo seguía en su sitio.

Fuera, la lluvia continuaba cayendo. 

A ojo se veía que la tormenta duraría al menos tres horas más. Un par de ancianas metodistas que ordenaban ropa en una mesa cercana comenzaron a mirarla con insistencia, incómodas por ver a una chica joven de pie durante tanto tiempo. Una de ellas le indico su silla con una amabilidad provinciana que Ángel encontró irritante. Para evitar llamar la atención, accedió. Caminó hacia el asiento realizando una serie de movimientos calculados milímetro a milímetro, contrayendo el abdomen y fijando la postura de la pelvis para asegurarse de que la espada subiera de forma vertical entre los pliegues de la ropa, sin sobresalir un solo centímetro. Se sentó como un maniquí de aparador, espalda completamente recta y ojos fijos en la nada.

A la hora de comer, el comedor comunitario se había convertido en un murmullo uniforme de cubiertos plásticos golpeando bandejas. Ángel compartía una mesa redonda con otras seis personas: cuatro pintores con restos de laca blanca en las cutículas, y dos cajeras que aún llevaban los chalecos de nailon azul. 

Hablaban entre ellos con rutina. 

Ángel mantenía las gafas de sol apuntando hacia el plato, donde una porción de puré de patatas gomoso compartía sitio con un vaso de agua que al menos no era del grifo. Hundió el tenedor de plástico. La resistencia que ofreció la masa le confirmó el diagnóstico de puré instantáneo deshidratado, recalentado en microondas.

Desde su periferia visual registraba cada movimiento. Sin hablarle, ellos reían y gesticulaban con soltura. El hombre a su izquierda, un afroamericano de unos cuarenta y cinco años con una gorra de los Astros, anunciaba que finalmente había ahorrado lo suficiente para el depósito de un apartamento en el norte de la ciudad. Los demás lo felicitaban con palabras y asentimientos. A su derecha, una de las cajeras, elevando el tono para competir con el ruido de fondo, comentó sus planes de mudarse en otoño a Illinois, a la casa de su hermana.

Ángel desvió las fosas oscuras hacia la única pantalla de televisión de la estancia, un monitor Zenith de veinticuatro pulgadas colgado en un soporte de pared metálico. El canal de noticias locales acababa de interrumpir su programación habitual para enlazar con una transmisión en directo desde Austin. La tipografía roja de la pantalla anunciaba un hallazgo macroscópico. "Se han encontrado restos humanos a las afueras de Austin; la policía investiga un posible homicidio múltiple y no se darán detalles del escenario para proteger la investigación".

— ¿Te imaginas que son esos desaparecidos de Wallstreet? — Dijo la otra cajera.

— Imaginas mucho — le respondió otro tipo que no había hablado todavía.

"Este mundo necesita más justicia", pensó Ángel. Luego tragó el agua tibia sin experimentar la más mínima sensación de frescor en la garganta. 

A través de la periferia exacta de su campo de visión, detectó a una empleada del centro. La mujer caminaba con un ritmo errático, mordiéndose la uña del pulgar con nerviosismo somático, antes de desviarse súbitamente hacia la mesa de los ancianos. Ángel rotó el eje de su torso apenas veinticinco grados para mantenerla en su rango óptimo de escaneo, mientras continuaba introduciéndose las patatas frías en la boca. Era una mujer joven de cabello oscuro y tez oliva, rasgos típicos del sur de Asia. La trabajadora aspiró una bocanada de aire acondicionado, se secó la palma de la mano sudorosa contra el pantalón de sarga y retomó la trayectoria hacia la mesa objetivo.

Cuando Ángel se disponía a dar el tercer bocado, sintió la presión vacilante de unos dedos sobre su hombro izquierdo. Por supuesto, la había visto, pero la montura ajustada de sus gafas ocultaba ese hecho.

—Disculpe —la empleada tenía una complexión delgada y una vibración sutil. Extendió el brazo, casi presionando la pantalla de un iPhone contra la mejilla de Ángel—. ¿Dina Ángela Clark?

—Se ha equivocado —respondió ella inexpresiva. A su alrededor, las conversaciones de volumen.

—No, no. Dina Ángela Clark —insistió la mujer —. Tenemos una sala privada para llamadas telefónicas... girando dos pasillos a la derecha.

Ahora todos los cuerpos presentes en esta habitación tenían que dejar de respirar. Ángel deslizó la mano libre hacia el cuello, rozando la superficie de su colgante, calculaba bajar los dedos por la camiseta, rodear la empuñadura de la espada y atacar.

—Por favor —añadió la trabajadora en un susurro apenas audible—. Es tu madre.

El nombre operó un cambio de frecuencia. Dina dejó que las gafas se deslizaran por el puente de la nariz un par de centímetros, fijando la vista en la empleada. La mujer mostraba los signos periféricos de un desmayo, pero solo el hecho de que no gritara le indicó a Dina algo, no sabía que, pero era algo. Se levantó de la silla, ajustó los pliegues de la tela gris sobre la cadera y, sin pronunciar otra palabra, acompañó a la mujer hacia la penumbra de los pabellones gastados.

Dina avanzó por el pasillo de linóleo deslavado hasta cruzar el umbral de una oficina auxiliar con la puerta abierta. Solo cuando las cuatro paredes de yeso las aislaron, extendió la mano y tomó el dispositivo móvil. La pantalla táctil conservaba la grasa dactilar de la empleada.

— ¿Dígame? — Pronunció seca.

— Dina, o Dina, hija mía, realmente eres tú.

Ángel se disoció por completo. Era imposible. Al otro lado de la línea vibraba la frecuencia exacta de la voz de su madre. La voz de la mujer que llevaba años muerta, le hablaba con la misma emoción que el día que encararon al señor Clark.

— ¿Qué significa esto? — giró sobre sus talones para mirar a la empleada, pero a excepción de ella misma, la habitación estaba vacía. Era como si la mujer se hubiese filtrado entre las grietas estructurales del yeso.

Dina apretó el terminal contra su oreja y gritó directamente hacia el micrófono inferior —. ¿Quién demonios eres?

— Dina, se que parece un milagro, pero soy tu madre.

— No, no lo eres.

— Entiendo tu dolor — el tono al otro lado del receptor descendió, cargado de una humedad que casi permitía registrar el olor salino de las lágrimas. — Mi querido ángel, seguro que lo pasaste tan mal tú sola. No hay excusa que una madre pueda dar para abandonar a su hija. 

Ángel soltó un pequeño siseo entre los dientes. — No, mi madre no me ha abandonado, ella siempre me escucha y tú no eres ella. ¿Quién te está pagando para que la imites? Dímelo, os juzgaré a los dos. 

— Juzgar y seréis juzgados — la réplica de la voz activó un reflejo motor en la mano de Dina. Flexionó los tendones de los dedos con una fuerza desmedida, provocando una fractura superficial en el vidrio templado. — ¿Cómo puedo probarte que soy yo?

— Mi madre no me preguntaría eso.

— Estoy asustada, hija mía. No fue fácil para mí, como sé que no lo fue para ti. Pero si no te abandonaba, tu padre iba a matarnos a las dos.

— Menos monólogos de capilla.

— La capilla, si, ¿Recuerdas aquel día también? — Dina chirrió los dientes y tragó saliva —. Si, aquél día que las dos lloramos tanto después de que rezase.

El diafragma de Dina sufrió un espasmo violento. Comenzó a hiperventilar, eso la obligó a retroceder hasta impactar de espaldas contra la pared. — Desgraciada, ¿Cómo sabes eso?

— ¿Te he dicho alguna vez que eres mi pequeño ángel de la guarda? 

Dina canceló toda respuesta. Su cuerpo inflaba el pecho en un intento de procesar todo. A la altura de su cadera, la empuñadura de la espada comenzó a vibrar, tal vez solo se lo parecía a ella, lo cierto es que no razonaba lo suficiente para distinguirlo. El sentimiento era tan constante como la lluvia chocando contra los techos de lámina.

— No quiero que lo olvides. Por favor, Dina, ven a verme a la Iglesia Open Skies hoy en la noche, allí te mostraré...

Dina cerró el puño con cincuenta kilogramos por pulgada cuadrada. La carcasa de aluminio y el cristal de la pantalla colapsaron hacia el exterior. Los componentes internos crujieron, la batería de litio se perforó liberando un olor acre, y un par de fragmentos diminutos de vidrio templado salieron despedidos, rebotando contra los cristales oscuros.

Seguía lloviendo fuera.


Capítulo 2.

La noche se desplomó sobre el norte de Houston sin pedir perdón o permiso. Dina caminaba con los pies sumergidos en sus zapatos de lona, completamente calados por el fluido mugriento de las aceras, que a esa hora ya habían desaparecido bajo una capa de tres centímetros de inundación. A los lados de la calzada, los bayous artificiales se habían saturado de forma definitiva. El volumen de agua turbia rozaba los bordes de concreto de los canales, cauces lo suficientemente amplios como para arrastrar un cuerpo.

Dina se estaba empapando. Su pelo revelde chorreaba y su espada en el cinto dirigía gotas sucias por todo el filo de la hoja hasta el suelo. Quizás no era buena idea llevar un pararrayos en la cintura, pero la amatista en su empuñadura con alas, ya no era necesario ocultarla. Era un ángel y venía a hacer el trabajo de un ángel. Encontraría a esa mala imitación, la atravesaría de lado a lado, y seguiría su camino.

Se detuvo frente a la estructura. La Iglesia Open Skies estaba en las últimas. Su lucha contra la erosión del tiempo no se había detenido ni con las reformas de finales del siglo diecinueve, cuando una oleada de inmigrantes alemanes y checos de filiación católica había intentado expandir la planta original. El estuco blanco y los arcos sencillos de la fachada ahora coexistían con parches de ladrillo industrial y refuerzos de cemento.

Ángel Juez evitó el acceso principal y se adentró por un vestíbulo lateral, un nártex abandonado que servía de zona de transición. El espacio recibía su única iluminación de una ventana conopial, desprovista en ese instante de cualquier rastro de luz. Al quedar bajo techado, se sacudió las mangas de su ropa. El interior del templo presentaba un índice de humedad y moho aún más elevado que el exterior, la madera en descomposición se asomaba entre los huecos del techo de pizarra negra. Tarde o temprano, la velocidad del viento vectorial vencería la resistencia de los cimientos.

El corredor del pasillo central se extendía en una perspectiva lineal y oscura. Dina avanzaba despacio. La línea de su barbilla se reflejaba de forma intermitente en la superficie pulida del colgante plateado bajo la cicatriz del cuello, mientras mantenía la palma de la mano derecha fija sobre la empuñadura de la espada. Solo pensaba en matar, era por todos sabido que los demonios eran expertos en hacerse pasar por otros. 

Alcanzó la primera abertura del pasillo, una capilla lateral desprovista de puerta. Había vida en el interior. Dina cruzó el umbral situando ambas manos sobre la empuñadura de la espada, lista para ejecutar. En el centro de la estancia, sobre el reclinatorio de madera, una figura permanecía de rodillas, con la espalda encorvada en posición de rezo. Dina detuvo el impulso motor de sus músculos cuando en el centro de sus doscientos grados de visión notó cabellos pelirrojos de puntas abiertas que no veía desde hace demasiado tiempo.

El lugar se iluminó brevemente por el estallido de rayos en las nubes, y la mujer presintió la otra sombra. Ladeó su postura sin llegar a darse la vuelta. —Sabía que vendrías, hija —la voz poseía la misma frecuencia que el móvil—. Estaba pidiéndole al cielo que completaras el trayecto sana. 

Conforme el perfil se hacía más nítido y la figura se incorporaba, Dina tembló en su agarre. Esa mujer tenía los mismos ojos, los mismos labios, hasta la misma piel que su madre. Solo que no parecía una imitación, en ella podían verse arrugas naturales por el paso del tiempo. Era imposible, contrafactual incluso, pero ese cuerpo era idéntico a Anael Clark.

Dina Ángela Clark no estaba preparada para esto. Se sintió tan clavada al sitio como una estatua de yeso. Nada impidió a la mujer que la abrazase, y por ello Dina sintió contra su ropa empapada una calidez que solo podía dar un cuerpo humano.

Esto no era un demonio frío. 

Era palpable.

Era real.

Era demasiado para ella.

No podía llorar, solo quedarse quieta, con los brazos a medio retraer y el pecho a segundos de un ataque de nervios.

— Guarda eso, hija mía — La señora Clark empujó delicadamente la mano de Dina para que soltase la espada y esta cayera en su guarda de nuevo. — Quiero enseñarte algo.

Su madre la tomó de la mano. La textura de su piel era idéntica a esas que en el pasado peinaban sus cabellos. Esa calidez familiar la arrastró a través de una galería con repisas empotradas sin santos. A medida que avanzaban, los signos del abandono y el saqueo se volvían más evidentes.

Pasaron rápido sobre los tablones, esquivando charcos  formados por las goteras del techo. Dina no podía apartar los ojos de la sonrisa de su madre. Era dolorosamente real, arrastraba su pensamiento paranoico y danzaba junto a él. En su cintura, las vibraciones de la amatista cobraban fuerza, transformándose en un ruido blanco que ella era experta en ignorar.

"Si esto es un sueño, por favor, no quiero despertar".

Sintió un nudo de querer llorar y no poder mientras cruzaban el espacio bajo el alto coro, donde la acústica de la tormenta masticaba todo.

—Aquí es.

La señora Clark la adelantó hacia una habitación adosada, el antiguo espacio de la pila bautismal. El mármol original estaba roto en pedazos sobre el suelo. Enfrente, una vidriera se mantenía extrañamente intacta. Bajo los destellos eléctricos que se filtraban por el vidrio coloreado había algo que la hizo poner los pies en la tierra de golpe.

— Así me recordarás mejor —dijo la mujer con una calma espantosa —. Esta es una parte de mí que nunca pudiste ver.

Para Ángel se amontonaban sensaciones contemplando un cuerpo bajo los cristales. Estaba destrozado por el impacto de un camión. Los huesos del pecho hundidos, los pómulos y la mandíbula hechos trizas por el golpe contra el volante. Pudo reconstruir la agonía de una muerte por desangramiento, cinco minutos agónicos mientras las costillas desgarraban los pulmones por dentro.

Dina se quedó sin aire. Era el cadáver real de su madre, exhumado y reconstruído. La piel era la peor parte, había sido desollada de otra persona y repintada con acrílicos de tanatoestética para imitar a Anael Clark. Por los pliegues sueltos de las muñecas, Ángel distinguió los tonos olivia de la empleada del albergue.

— Dijo que haría cualquier cosa con tal de que no desmembrase a su hija como esos ricachones de 'Niuyork' city —susurró la figura.

Dina reaccionó apoyando los dedos en la empuñadura, pero el shock la tenía tan paralizada que el zumbido de la espada le parecía el rugido real de un motor directo hacia ella. Movió las constelaciones de sus ojos un milímetro apenas. En el reflejo del acero expuesto, vio un bulto enorme descender hacia su cabeza.

Dio un salto desesperado hacia la izquierda, sintiendo el filo romper la humedad. La mujer, que un segundo antes lucía como su madre, se había convertido en una aberración de dos pieles, una mitad era Anael y la otra, la trabajadora del albergue. En su mano derecha empuñaba una motosierra, y la movía con la ligereza de una daga.

—Salta, conejito, salta —siseó lanzándose de nuevo.

Dina se movió guiada por el contrapeso de su propia arma, buscando desesperadamente una zona segura mientras bloqueaba el ataque y salía al pasillo. El último desvío salió mal. Los dientes de la sierra mordieron la tela de sus vestiduras y le desgarraron el antebrazo.

Dina soltó una risotada histérica, una descarga pura de adrenalina mientras se reposicionaba. Levantó la cabeza, dejando que la luz de los relámpagos iluminara la vieja cicatriz de su cuello, y sacudió el brazo ensangrentado. Mostró la marca profunda que llevaba el nombre de Krampus, y sacudió la sangre fresca manchando el suelo y las paredes.

A la mujer se le inyectaron los ojos en sangre mientras avanzaba con una soltura espantosa, balanceando el cuerpo como si desfilara por una pasarela. Atacó de nuevo describiendo un arco letal que Dina logró evadir por pura memoria muscular. El siguiente embate lo bloqueó con una parada de hoja plana. El tercer choque fue de filo contra filo. Aunque la espada de Ángel resistió sin astillarse, las revoluciones de la cadena en movimiento empujaron su arma y la punta terminó clavándose al suelo.

Al tiempo de esto, el puño de la criatura le cayó como un ladrillo. Con el sabor metálico de la sangre inundándole la boca pero sin perder el paso, Dina pivotó usando su propia espada clavada como eje; la arrancó del suelo en un movimiento ascendente y golpeó con las alas de la guarda el pómulo que imitaba el rostro de su madre. Desgarró piel abriendo una sonrisa grotesca en el monstruo.

Aquella anomalía soltó una risotada rancia mientras se tambaleaba hacia atrás. Siguió con una estocada recta con la motosierra. Ángel tuvo que quebrar el cuello hacia un lado, calculando cada milímetro de sus apoyos para no resbalar en el pasillo. La estrechez de las paredes impedía cualquier movimiento fluido para ella, pero no frenaba las diagonales violentas que su oponente proyectaba. Al agacharse para esquivar un saliente de mármol, el labio de la sierra le raspó el otro brazo casi mostrando hueso. Fue en ese microsegundo de dolor donde Ángel asimiló que una motosierra no necesita técnica, ni filo limpio para destruir un cuerpo. Basta con que un solo centímetro de esa cadena dentada en movimiento roce la piel para que desgarre arterias, músculos y tendones de forma irreversible. Huyendo de espaldas, Ángel pateó un charco hacia el frente. El agua sucia y los sedimentos en los ojos inyectados de la mujer, no sirvieron, y ella persistió con fijeza ciega a lo largo del pasillo central.

De pronto, el espacio se expandió. Habían salido a la nave principal, justo bajo la cúpula del altar mayor. Dina rodó por encima de la mesa de comunión, ganando el lado opuesto y detectando la oportunidad perfecta cuando la criatura de dos pieles lanzó un violento ataque lateral. Calculando la trayectoria, Dina lanzó una puñalada de punta, colando la hoja de su espada justo en el hueco entre la barra de la sierra y la cadena dentada. Hizo palanca con todo el peso de su cuerpo, un esfuerzo que por poco le desolla las palmas, hasta que el eslabón maestro cedió con un crugido y la cadena se partió.

La mujer dio un violento traspié sin hacer una mueca o algo que imitase un sentimiento humano. Su sistema motriz se recompuso con el último impulso del motor, y lanzó un latigazo con la máquina rota. La cadena suelta voló para enrredarse firmemente alrededor del tobillo de Dina. La atacante tiró del hierro con fuerza y Dina perdió el equilibrio, azotandose contra el suelo. El armazón de la sierra impulsado por el peso muerto del motor, cayó con fuerza en el centro de su pecho. El impacto le sacó todo el aire de los pulmones, pero la descarga de adrenalina impidió que cayera aturdida.

Aun con espada en mano, desvió un segundo golpe contundente, haciendo que la máquina se estrellara contra el borde del altar. Dina rodó hacia el lado contrario y, desde el suelo, hundió el filo de su espada directamente en la garganta expuesta del monstruo. Mientras la criatura se desplomaba hacia delante para seguir golpeando, Ángel la sujetó por la mandíbula a medio desprender y tiró en la dirección opuesta para arrancar el maxilar inferior de cuajo. Dina remató la secuencia incorporándose con un violento cabezazo que aturdió los reflejos de la criatura y, girando sobre las puntas de los pies, ejecutó un tajo horizontal que hizo saltar la cabeza de la mujer de su cuello, describiendo una parábola limpia antes de golpear las losas.

Ángel se quedó con el pecho subiendo y bajando mientras contemplaba aquella silueta sanguinolenta que permanecía erguida frente a ella.

¿Erguida?

Su cerebro tardó un fragmento de más en procesarlo.

Fue demasiado.

Los nudillos del cuerpo pegaron directamente en las falanges de Dina, obligándola a soltar la empuñadura. Mientras intentaba asimilar la imagen del torso sin cabeza moviéndose por voluntad propia, recibió un puñetazo en la sien que la lanzó en paralelo a su arma.

Dina se llevó la mano al esternón y la frente, presionando el punto del impacto mientras su respiración rabiaba. —¡Mierda, mierda, mierda! ¿Quién eres tú?

La criatura recogió la cabeza del suelo y se la encajó sobre el muñón del cuello. Las fibras musculares arrancadas comenzaron a entrelazarse por sí solas; la capa de grasa y la dermis se generaron en la incisión biológica. —Solo soy alguien a quien no le gusta que la imiten —respondió con una modulación de voz nueva.

De repente, la piel que cubría su silueta empezó a replegarse cual parásito que busca una nueva forma. Los tendones y la estructura ósea rotaron trescientos sesenta grados. El tejido celular comenzó a teñirse de una tonalidad grisácea y negra compacta, unificándose hasta moldear la textura de un uniforme de enfermería de corte clásico. La criatura se desveló como una mujer de gran estatura, con el cabello castaño suelto sobre los hombros. Poseía una belleza tensa que emitía una luminiscencia rojiza en mitad de la penumbra del templo.

—¿Seguirás corriendo? —preguntó la mujer, arrojando el chasis de la motosierra inservible hacia los bancos astillados de la nave central.

¿Correr era una opción física siquiera? Ángel paseó la mirada por el entorno. El suelo tenía astillas, fragmentos de pizarra caídos y una oscuridad aún acompañada por la lluvia y los rayos del exterior. No había líneas de evacuación seguras.

Dina se incorporó presionando la laceración más profunda de su antebrazo, intentando taponar la hemorragia. La comisura de sus labios volvió a curvarse hacia arriba en una mueca más temeraria que racional.

—Nurse Ann, supongo.

—La original — Le respondió. — Y en una sola pieza.

El cerebro de Ángel procesó la información, recordó como le había cargado el muerto con Taylor, y enlazó esto con el reporte de Austin. — Esa mujer del albergue... Eras tú todo el tiempo. Te pusiste su piel.

Nurse Ann sonrió detrás de la mascarilla de enfermería negra que cubría la mitad inferior de su rostro. El movimiento de los pliegues epidérmicos alrededor de la mandíbula delató el gesto, aunque ella se limitó a asentir.

Dina retrocedió estirando la columna para descomprimir las vértebras y alivianar la sensación de dolor tras el golpe en el pecho. No iba a desperdiciar energía formulando preguntas estúpidas. Daba igual cómo la hubiera rastreado hasta Greenspoint, o cómo conocía los detalles de su trasfondo biográfico; sus propios actos de justicia solían dejar un rastro explícito en los medios de comunicación. Fue directa a lo importante. —¿Por qué no me mataste en el comedor?

—Veo que tú también has firmado un pacto —Ann señaló con un movimiento de mandíbula a la espada de guarda alada —. Lo que no tengo claro es si eres plenamente consciente de la naturaleza del mismo.

Dina recordaba a sangre fría las memorias de esa reliquia de Toledo. —Dicen que esa espada le perteneció a un ángel.

—También dicen que cuando dos entidades pactadas cruzan caminos, están condenadas a repetir estos ciclos de confrontación eternamente, sin final alguno.

Dina rió seca. —¿Quién te ha contado esa soberana estupidez?

—Sea anatema —sentenció Ann, fijando sus pupilas en ella.

Dina desplazó las constelaciones hacia su cuello. El contacto con el metal del colgante estabilizó su pulso. — A mí me protegen los ángeles de demonios como tú. Enfermera Ann, se te declara culpable de los cargos de suplantación de identidad, profanación y exhumación de fosas, y asesinato en primer grado. Ahora dictaminaré sentencia.

Nurse Ann liberó una carcajada desquiciada que rebotó contra la bóveda de la iglesia, un sonido agudo y carente de cordura.

— Aquí te espero, conejo.

Ann se proyectó hacia delante, Dina leyó la trayectoria y la rebasó con un paso lateral, pero Ann pivotó las caderas en el acto, descargando el puño directamente sobre la herida expuesta de su antebrazo. El dolor hizo a Dina responder con un gancho ascendente que sacudió el pómulo recién reconstruido de la enfermera, desestabilizando su eje.

Sin darle tregua, Dina explotó hacia el frente. Puño izquierdo, derecho, izquierdo otra vez. Con cada extensión de los brazos, los ligamentos sufrían bajo la tensión y sus nudillos se cubrían de una mezcla de sangre propia y ajena. En un revés salvaje que cruzó la cara de Ann, arrastró el ojo izquierdo fuera de la cuenca. Ángel intentó capitalizar esta ventaja, más Ann operaba bajo una anatomía indolora. La enfermera avanzó entre la sangre para clavar un puñetazo bajo el costillar de Dina tan profundo que le hizo escupir una bocanada sanguinolenta. Mientras la joven asimilaba la conmoción, Ann lanzó una patada lateral, el filo del tacón fue a dar en el ya dañado esternón. Proyectó el cuerpo de Ángel contra los bancos de madera astillados, pero sus piernas resistieron la transferencia evitando el suelo.

Ann juntó ambas manos sobre la cabeza, entrelazando los dedos a modo de maza neumática para descargar un golpe descendente que habría fracturado el cráneo de Dina. Ángel circuló fuera del radio de alcance al último milisegundo. Aprovechando el contratiempo, descargó un derechazo que repercutió en el lóbulo frontal de la enfermera, mandándola de espaldas contra los bancos del lado opuesto.

Dina se asfixiaba con un tórax que le pesaba. A través de la plenitud de su visión de doscientos grados, registró cómo la piel de Ann volvía a generar mitosis acelerada para crear otro ojo. Con violencia arrancó una pata de madera de un banco destrozado y la lanzó obligando a Dina a saltar para evitarla. Ann intentó golpear aprovechando el ángulo muerto del salto, pero Dina desvió el antebrazo enemigo con el dorso de la mano y hundió el puño directamente en la laringe de la enfermera. Ann ni siquiera hizo el amago de asfixiarse, su mano libre se movió, cerrándose directamente sobre la laceración abierta del brazo de Dina. La joven sintió cómo los ligamentos se desprendían del tejido óseo. Desesperada, pateó la rótula de Ann con toda la fuerza que le quedaba, luxando la articulación de la enfermera lo suficiente para escurrir el brazo fuera del agarre. El tirón arrancó jirones de tela y una capa de su propia epidermis.

Dina quedó rezagada con el brazo izquierdo caído, un peso muerto que colgaba de su hombro. En ese instante, el templo entero se iluminó con la descarga de un rayo periférico más intenso de lo normal. La luz estroboscópica le permitió ver, por el flanco derecho, su espada tendida sobre las losas; por el izquierdo, registró el reflejo de Nurse Ann extrayendo un bisturí de acero al carbono del número diez.

Dina se sobresaltó, intentando corregir su postura para saltar hacia su arma, pero Ann predijo la mecánica del movimiento y lanzó un tajo fino que rebanó los tendones de su cuello, aunque superficial, poco bastaba para reabrir esa cicatriz. El equilibrio de Dina estuvo a punto de estamparle de boca contra la arista de un banco, logrando apoyarse in extremis en la pierna izquierda para detener la caída.

Tres pies la separaban de la espada, cuyo pomo de amatista parecía emitir un pulso de socorro. Siete pasos la separaban de la enfermera.

—A la mierda —masculló Dina.

Se proyectó hacia el frente sintiendo la sangre escurrile hasta el centro del pecho. Avanzando a paso corto sin cruzar las piernas para mantener el centro de gravedad bajo. Ann imitó el desplazamiento, cuando Dina bajó aún más el eje buscando el suelo, la enfermera leyó el patrón y hundió el bisturí en el tejido blando inmediatamente inferior a las costillas de la joven. La hoja de acero inoxidable se partió debido a la inercia del cuerpo en movimiento, pero la punta quedó alojada peligrosamente cerca del hígado.

En un pico de actividad metabólica que se sintió como masticar adrenalina, con la espada al fin empuñada en su mano derecha, Ángel Juez rotó sobre su propio eje en un movimiento circular y clavó el acero a través del estómago de Ann, subiendo la trayectoria en diagonal hasta atravesar el miocardio. Una vez que la tuvo empalada, Dina hizo palanca utilizando la guarda como apoyo y levantó el cuerpo de la enfermera por encima de su cabeza, exponiendo su anatomía a las inclemencias de la tormenta que se filtraba por el techo roto.

Ann contrajo los músculos faciales, transformando la mascarilla negra en una mandíbula hipertrofiada llena de dientes expuestos.

— ¿Qué harás ahora, conejo?

— Sentenciar — respondió Ángel Juez.

Como si el cielo respondiera, un rayo atravesó la brecha de la cúpula y la punta del acero actuó como el conductor perfecto de una descarga de alta tensión. Los miles de voltios frieron el organismo de Ann desde los centros nerviosos hasta las extremidades. La criatura emitió un alarido agónico mientras la corriente carbonizaba sus tejidos internos. La guarda y el pomo de amatista contuvieron la electricidad el tiempo suficiente para salvar el corazón de Dina, pero no pudieron frenar la transferencia térmica. El metal alcanzó el punto de fusión en segundos. Dina sintió el olor a carne quemada mientras el mango de la espada se le fundía a la piel y los tendones de su propia mano.

Aun así, no liberó el agarre. Se mantuvo firme, sosteniendo el cuerpo calcinado contra el cielo de Houston.

El rayo y la fuerza del viento vectorial arrancaron de cuajo una sección del techo, abriendo el ábside al exterior. Ángel Juez sacudió la espada utilizando el último ápice de energía en los músculos; el cuerpo carbonizado de Ann salió azotando contra los bancos antes de que los escombros en llamas se desplomaran sobre ella, sepultándola en una pira de madera y pizarra.

Ángel cayó de rodillas, descargando todo su peso corporal sobre la punta de la espada, que quedó hincada entre las losas del suelo. La tormenta, libre de la barrera del techo, la empapó de inmediato, estabilizando la temperatura de su piel y enfriando el metal fundido. El tejido de su palma se había fusionado de forma aparentemente irreversible con el relieve de la empuñadura. No había forma de separar la mano del mango.

Ángel se puso en pie, tambaleándose como un mecanismo defectuoso en dirección a la salida central, mientras el fuego se propagaba con rapidez en la estructura alta del coro. Justo cuando su mano libre se posaba sobre el pomo oxidado de la puerta, un crujido resonó a sus espaldas. Entre el humo denso, la silueta esquelética de Ann, desprovista de masa muscular y reducida a fibras ennegrecidas, se arrastraba por el suelo con la única fuerza de su brazo izquierdo.

—Esto no va a terminar, conejo —. Su voz un silbido de ceniza—. Este fuego no tiene la capacidad de detenerme. Volveremos a cruzarnos. Tú y yo estamos destinadas a repetir esto para siempre... ¡Para siempre! ¡Me oyes! ¡Para sie...!

Las cuerdas vocales de la enfermera se quemaron más, reduciendo sus palabras a aullidos guturales antes de que su cráneo impactara decisivamente en el suelo.

Dina liberó una risotada desquiciada cuando una nueva sección de la cubierta sepultó los restos de Nurse Ann. Empujó la hoja y dio un portazo al salir, dejando atrás el incendio y la cortina de humo que se elevaba en la retaguardia. Se presionó la laceración del cuello utilizando la única extremidad que aún respondía a sus impulsos nerviosos, pero le resultó imposible ignorar la presencia de la hoja del bisturí, que continuaba desplazándose cerca de sus órganos vitales.

Elevó la vista hacia el cielo de Greenspoint una última vez. Se encontraba a escasos metros de la Interestatal 45; por primera vez desde su llegada, la autopista permanecía completamente desierta, libre del flujo intermitente de vehículos. El sistema simplemente se había detenido. Ángel no pudo ejecutar un solo paso más. 

Alcanzó el límite del agotamiento, sus piernas cedieron y su cuerpo se desplomó de bruces contra el asfalto inundado con ya 7 centímetros de agua. La corriente constante de la inundación, que corría con fuerza hacia los márgenes de la calzada, arrastró su cuerpo inerte hasta la boca de una de las zanjas de drenaje. El agua la succionó, introduciéndola en la oscuridad del sistema de alcantarillado.

Continuará. Por supuesto que esto continuará.

Continuará para siempre.



---

Notas sobre Dina/Ángel: Su espada es impermeable a la sangre. // Todavía tiene su colgante con el ángel de Anatema. // Se rie al final porque: "Yo lo soy, mamá, lo soy por mí y por ti" -- "Jeje" saliendo entre sus labios. // Más temeraria que racional. // Cicatriz en el cuello con el colgante. // 2028 = 21 años. // "Soy un ángel, y he venido a hacer el trabajo de un ángel".

Notas sobre Ann: hizo un pacto que le permite saber gotas del destino, pero no ver el panorama completo. // Su arma es una Krosser MS-380 "Pro-V" (arma ficticia, pero suena real porque "MS" significar Motorsäge (motosierra en alemán). El número 380 sugiere una cilindrada de 38cc o una evolución de la serie 300. "Pro-V" le da el toque de gama profesional con reducción de vibración), la puede canalizar a partir de sus tejidos si tiene el tiempo suficiente // Básicamente es una mezcla de Leatherface, un Skinwalker y lo visto en el cómic original.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Creepypasta: Nina the Killer (Remake 2024).

Minecraft c0nsci0usne33 ARG español.

A todo esto, ¿Qué pasó con Katawa Shoujo 2?