Cita de Europa contra Europa.
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Fuente: https://youtu.be/wY7taZQI5-E?si=zKEGYYZJlPNhbs3C
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La primavera y el verano de 1914 estuvieron marcados en Europa por una tranquilidad excepcional, recordaba años después, en 1920, Sir Winston Churchill, alimentando esa idea nostálgica de la estabilidad europea en tiempos de la Alemania de Guillermo II o la Inglaterra de Eduardo VII. El contraste entre los good times y el período de grandes convulsiones políticas y sociales inaugurado por el estallido de la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914.
Se esperaba que la guerra fuera corta y, aunque los gobiernos de los principales poderes contribuyeron a poner en riesgo la paz con sus movilizaciones militares —especialmente después del asesinato del archiduque Francisco Fernando el 28 de junio en Sarajevo—, ninguno de ellos había hecho planes militares o económicos para un prolongado combate. Sabían que si entraban en guerra todos a la vez —algo que posibilitaba el sistema de alianzas pactado unos años antes—, el dinero y las energías gastadas podrían conducir a la bancarrota de la industria y del crédito en Europa.
Al declarar la guerra general en agosto de 1914, escribe Ruth Henig, los poderes europeos contemplaban una serie de encuentros militares cortos e incisivos, seguidos presumiblemente de un congreso general de los beligerantes en el que confirmarían los resultados militares mediante un arreglo político y diplomático. Guillermo, el príncipe heredero de la corona alemana, ansiaba que la guerra fuera «radiante y gozosa». El ministro ruso de la Guerra, el general Sukhomlínov, se preparaba para una batalla de dos a seis meses, y las expectativas británicas eran que sus fuerzas expedicionarias estuvieran en casa para Navidad.
La guerra, sin embargo, duró cuatro años y tres meses, y el entusiasmo que exhibieron a favor de ella la mayor parte de las poblaciones de los países beligerantes —incluidas las clases trabajadoras en las ciudades y en el campo— se evaporó relativamente pronto. Especialmente en Europa central y del este, la escasez de comida y de materias primas y los numerosos conflictos que se derivaron de las duras condiciones en que se desarrolló la guerra formaron el telón de fondo de las revoluciones de 1917, que sucesivamente derribaron al régimen zarista y al gobierno provisional de Aleksándr Kérenski.
El escenario ruso era una sociedad campesina cuando comenzó el siglo XX; el 80% de la población pertenecía al campesinado, sobre el que intelectuales y escritores habían elaborado visiones románticas acerca de sus lazos indisolubles y de su superioridad —de vocablo como de moral— frente a los valores modernos y occidentales. El movimiento populista defendió en los años 70 del siglo XIX una organización de la sociedad en torno a la comuna campesina y sus costumbres igualitarias, un camino diferente al de Europa occidental, y miles de estudiantes radicales se fueron al campo siguiendo su consigna «ve con el pueblo» para intentar atraer a los campesinos al campo revolucionario. El choque con la realidad fue brutal porque esos grupos educados en las ciudades no sabían nada sobre el campesinado, confirmando que había un abismo entre esos dos mundos: las dos Rusias, la oficial y la campesina, como las había llamado unos años antes el pensador Aleksandr Herzen.
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