Creepypasta (Retake): Los 12 sonidos.
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Desafortunadamente para ti, has confiado demasiado en la estabilidad de la realidad, y ahora, por querer descargar vieja música de 2005 en páginas de dudosa procedencia, te has sintonizado con una frecuencia del espacio donde maldiciones y fenómenos físicos son indistinguibles unos de otros. No temas, te explicaré al detalle lo que tienes que hacer y, con un poco de suerte, no te convertirás en otra de esas sombras que vagan por estos parajes.
Tu primera pista será tu alrededor, parecerá tu habitación, pero el sonido que saldrá de tus altavoces será un agónico suspiro notoriamente inhumano, similar al que haría una persona atravesada por un hierro profundo en la garganta. Tu habitáculo ha dejado de ser seguro; cuando las sombras huelan tu carne querrán entrar a como de lugar y, créeme, pueden abrirse paso entre las paredes. Si intentas abrir la puerta y la cerradura ha sido partida, recomiendo que arranques tus cuerdas vocales con aquello que tengas a mano; un bolígrafo o tus uñas son una buena opción. Van a hacerle cosas horribles a tu cuerpo cuando entren, al menos, que no tengan la satisfacción de escuchar tus gritos.
Si la puerta se abre, has sido rápido. Huye por ese pasillo antes de que las sombras terminen de cobrar forma. No te confundas, ninguna de ellas es uno de tus seres queridos. Rec08.mp3 y alguno de los otros 11 archivos traerán el infierno a tu vida, pero no le pueden hacer nada a la gente que conoces, no todavía.
Será cuestión de tiempo que llegues a una ventana; verás desde fuera una noche retorcida y una tormenta que amenaza con romperse en cualquier momento. No verás suelo ni gente en el exterior; eso es una buena noticia.
Contempla tu reflejo en el contraste de la oscuridad hasta que notes que tus ojos ya no te pertenecen, hasta que notes que tu rostro es el de alguien más, alguien que también jugó esto y no pudo cargar con la culpa. ¿Adivinas por qué? Lo descubrirás rápido cuando unas manos etéreas aparezcan sujetando tu cuello; si tu cabeza te dice que ya no puedes continuar, deja que esas palmas lo aplasten, es la muerte más misericordiosa que encontrarás en este sitio.
Si por el contrario tienes fuerzas para seguir, cubre tu cabeza con los brazos y salta a través de la ventana. Caerás rodando por el suelo de un autobús en movimiento; la tormenta finalmente ha empezado y nadie en ese autobús sabe cómo te has caído.
Pide disculpas y siéntate hasta que los ruidos afuera comiencen a hacerse más cercanos. Cuando entiendas las palabras entre los murmullos, cuando las luces empiecen a fallar inexplicablemente y sientas que el volumen de la radio puede reventar tus tímpanos, comienza a rezar en todos los idiomas que se te ocurran y levántate.
No mires a las sombras a la cara, simplemente no lo hagas. Deberías empezar a buscar a alguien; no sabes quién es con exactitud, pero en la periferia de tus ojos empezarán a mostrarse los rostros falsos de aquel que buscas. Notarás que a tu cuerpo le entra fatiga, como si llevases dos horas avanzando, como si te salieran callos solo por apretar los asientos para avanzar.
Tendrás que agarrarte fuerte.
A la más mínima turbulencia que no resistas, las sombras notarán debilidad y te empezarán a sacar vértebras una por una.
Llegarás al asiento; sabrás cuál es porque solo de estar cerca escucharás a una niña que se lamentará por algo casi tan doloroso como lo que te espera si fallas.
Ahora gira; ahí está la persona que buscas, reconocerás sus manos por ser aquellas que viste en el reflejo, Odeo Takashima. Este chico en 2002 fue de los primeros japoneses en obtener un reproductor de MP3, de los primeros en querer dejar constancia de cada experiencia de esta vida y de las siguientes posibles. Apreciaba demasiado el aparato que tiene entre las manos, y tú se lo vas a tener que quitar.
¡Has tardado demasiado!
En el asfalto exterior chirrían las cuatro ruedas, las luces de fuera se enloquecen y un conductor de camión impertinente salido de ninguna parte choca con el autobús. Su contenido trasero, varillas de acero para la construcción, sobrepasa los vidrios y la chapa. Uno de los hierros atraviesa el cráneo de Takashima de lado a lado.
¡Agáchate!
Por qué poco, otras 6 se incrustan en su cuerpo. Mientras la sangre sale por su boca a borbotones, no parece feliz de verte ahí sin hacer nada. Yo diría que es ahora o nunca. Tómas su reproductor e intentas salir corriendo; te señala con alaridos de animal moribundo y las sombras empiezan a desgarrar cada músculo que alcanzan. Ese fémur roto asomando en tu pierna no tiene buena pinta. Te pegas los auriculares a las orejas y cierras los ojos mientras su sonido te invade.
Escuchas esas grabaciones de todo el trayecto: el deslizarse del autobús, las personas sacudidas y rotas en el choque, el muro con el que chocaron y a las personas llorando por misericordia.
Escuchas el dolor hecho música y sientes que abrir los ojos ya es seguro.
Vuelves a estar en tu habitación, aunque yo comprobaría que la cerradura abre, solo por si acaso.
Parece que has encontrado uno de los doce sonidos. Los once restantes nunca podrán ser encontrados; al menos, no en esta realidad.
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