Creepypasta: ¿Hay alienígenas en tu casa disfrazados de nomos de jardín?

 

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Comunión: Encuentros con lo Desconocido | PDF | Experiencia | Objeto volador no identificado https://share.google/wN8DfOq9hjGGQsRek

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Cuando había recorrido la mitad del camino de nuestra vida, me encontré en un bosque sombreado, porque había perdido el camino que no se pierde. Es difícil hablar de lo que era, ese bosque salvaje, denso y difícil, que incluso en recuerdo renueva mi temor; tan amarga, ¡la muerte no es más severa! Pero para contar lo bueno descubierto allí, también hablaré de otras cosas que vi.

DANTE, Infierno, Canto 1. .

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Expediente: Testimonio del novelista Whitley Strieber.

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Diciembre 26, 1985.

Mi esposa y yo tenemos una cabaña de troncos en un rincón apartado del norte de Nueva York. Es en esta cabina donde han tenido lugar nuestras principales experiencias. Me ocuparé primero de lo que recuerdo del 26 de diciembre de 1985 y luego de lo que posteriormente se metió en la memoria el 4 de octubre. Hasta que busqué ayuda, recordé sólo que hubo una extraña perturbación el 4 de octubre. Si pudiera recordar otras experiencias inusuales en mi pasado. La noche del 4 de octubre también había sido de tumulto, pero tomó discusiones con las otras personas que habían estado en la cabaña en ese momento para ayudarme a reconstruirlo.

Esta parte de mi narrativa, que abarca el 26 de diciembre, se deriva de material de la revista que había escrito antes de someterme a cualquier hipnosis o incluso discutir mi situación con nadie.

Cuando estaba solo, esto era lo que era.

Nuestra cabaña está muy escondida y es silenciosa; forma parte de un pequeño grupo de cabañas diseminadas por una zona a la que se accede por un camino de tierra privado. Este, a su vez, se ramifica desde una carretera comarcal poco transitada que conduce a un casco antiguo que ni siquiera aparece en muchos mapas. Pasamos más de la mitad de nuestro tiempo en la cabaña porque yo hago la mayor parte de mi trabajo allí. También tenemos un apartamento en Nueva York.

La nuestra es una vida muy tranquila. No salimos mucho, rara vez bebemos más que vino y ninguno de nosotros ha usado drogas. Desde 1977 hasta 1983 escribí novelas de suspense imaginativas, pero en los últimos años me había concentrado en ficción mucho más seria sobre la paz y el medio ambiente, libros que estaban firmemente arraigados en hechos reales. Así, en este momento de mi vida, ni siquiera estaba trabajando en historias de terror y en ningún momento había estado en peligro de ser engañado por ellas.

Estábamos pasando una Navidad encantadora en la cabaña a finales de diciembre de 1985. En Nochebuena cayó nieve, que continuó durante dos días más. Mi hijo había descubierto con deleite que la nieve caía en cristales perfectos sobre sus guantes si se quedaba de pie con las manos extendidas.

El 26 de diciembre pasamos una mañana feliz estrenando su nuevo trineo; luego, por la tarde, fuimos a hacer esquí de fondo. Para la cena tuvimos sobras de ganso de Navidad, salsa de arándanos y boniatos fríos. Bebimos agua con gas y limón fresco. Después de que nuestro hijo se fuera a la cama, Anne y yo nos sentamos tranquilamente juntos a escuchar música y leer.

A eso de las ocho y media encendí la alarma antirrobo, que cubre todas las ventanas y puertas. Sin ninguna razón aparente en ese momento, el otoño anterior había desarrollado una costumbre inusual: de la forma más secreta, siempre hacía un recorrido por la casa mirando en los armarios e incluso buscando debajo de la cama de invitados por si había intrusos ocultos. Hacía esto inmediatamente después de conectar la alarma. A las diez estábamos en la cama y a las once ya estábamos durmiendo.

La noche del veintiséis era fría y nublada. Había unas ocho pulgadas de nieve en el suelo y todavía caían algunos copos ligeramente.

No recuerdo haber tenido ningún sueño ni turbación en absoluto. Al parecer, por esa época del mes se vio un objeto grande y desconocido en las inmediaciones, pero el informe al respecto no se publicaría hasta una semana después. Sin embargo, incluso cuando leí ese informe, no lo relacioné de ninguna manera con mi experiencia. ¿Por qué debería hacerlo? El informe atribuía los avistamientos a una broma pesante. Solo mucho más tarde, cuando lo investigué por mi cuenta, descubrí lo impreciso que era aquel informe.

Nunca he visto un objeto volador no identificado. Pensaba que todo ese asunto ya había sido explicado por la ciencia. Me llevó un par de meses establecer la conexión entre lo que me había sucedido a mí y la posibilidad de visitantes no humanos, por muy improbable que pareciera tal relación.

En mitad de la noche del 26 de diciembre —no sé la hora exacta— me desperté abruptamente. Y sabía por qué: oí un peculiar zumbido, un murmullo procedente de la sala de estar de abajo. No se trataba de un crujido al azar ni del asentamiento de la casa, sino de un sonido como si varias personas se movieran rápidamente por la habitación.

Escuché atentamente. El ruido no tenía sentido. Me senté en la cama, sorprendido y muy curioso. Sentí una pizca de miedo. La noche seguía completamente en calma, sin viento. Mis ojos se dirigieron directamente al panel de la alarma antirrobo situado al lado de la cama. El sistema estaba armado y funcionaba perfectamente. No se había abierto ninguna ventana ni puerta protegida y nadie había entrado, al menos según la hilera de luces encendidas.

Lo que hice a continuación puede parecer peculiar. Volví a acomodarme en la cama. Por alguna razón, la extrema extrañeza de lo que oía no me incitó a actuar. A lo largo de esta narrativa, este tipo de respuesta inapropiada se repetirá muchas veces. Si algo es lo bastante extraño, la reacción es muy diferente de lo que uno pensaría. La mente parece desconectarse como por algún tipo de instinto.

Tan pronto como me acomodé de nuevo, me di cuenta de que una de las puertas dobles que conducían a nuestro dormitorio se estaba cerrando. Al cerrarse hacia fuera, la abertura se hacía más pequeña, ocultando lo que había detrás de ella. Me senté de nuevo. Mi mente estaba despejada. No estaba dormido ni en un estado hipnótico entre el sueño y la vigilia. Quiero dejar claro que en ese momento me sentía completamente despierto y en plena posesión de todas mis facultades. Podría haberme levantado fácilmente a leer un libro, escuchar la radio o dar un paseo de medianoche por la nieve.

No podía imaginar qué podía estar pasando y me sentí muy incómodo. Mi corazón empezó a latir más fuerte. Ya no estaba recostado; estaba sentado mientras una pregunta se formulaba en mi mente: ¿qué podía estar moviendo la puerta?

Entonces vi, que se doblaba alrededor de ella, una figura compacta. Era tan clara y, sin embargo, tan completa e increíblemente asombrosa que al principio no pude entenderlo en absoluto. Simplemente me quedé allí sentado mirando, demasiado atónito para moverme.

Meses y meses más tarde, descubrí que otra persona que había tenido la experiencia del visitante se lo encontró por primera vez a través de esta misma figura peculiar que corría hacia ella de la misma manera en que esta se precipitó hacia mí.

Sin embargo, antes de narrar los siguientes segundos, me gustaría dar una descripción exacta de cómo me pareció la figura. Primero describiré las condiciones físicas bajo las cuales la vi. La habitación era tenue, pero no oscura. El panel de la alarma antirrobo emitía la luz suficiente para que yo pudiera ver. Además, había nieve en el suelo, lo que añadía algo de luz ambiental. Si hubiera habido una persona en la habitación, habría podido distinguir claramente sus rasgos faciales.

Esta figura era demasiado pequeña para ser un adulto, a menos que fuera un niño. Calculé la distancia aproximada a la que estaba la parte superior de la cabeza respecto al suelo, basándome en mi recuerdo de la posición de la figura en la puerta, y creo que medía aproximadamente tres pies y medio de alto, en general más pequeña y ligera que mi hijo.

Pude ver quizás un tercio de la figura, la parte que se asomaba alrededor de la puerta para verme. Llevaba un sombrero liso y redondo, con un borde extraño y afilado que sobresalía fácilmente unos diez centímetros del lado que yo podía ver. Debajo de esto había un área vaga. No podía ver el rostro, o tal vez no lo distinguía. Unos momentos más tarde, cuando estaba cerca de la cama, vi dos agujeros oscuros como ojos y una línea negra descendente a modo de boca, que más tarde se convirtió en una «O».

Desde el hombro hasta el vientre se veía el tercio visible de una placa cuadrada grabada con círculos concéntricos. Esta placa se extendía desde justo debajo de la barbilla hasta la zona de la cintura. En ese momento pensé que parecía una especie de peto o incluso un chaleco antibalas. Debajo había un aparato rectangular del mismo tipo, que cubría la parte inferior de la cintura hasta justo por encima de las rodillas. El ángulo en que se inclinaba el individuo era tal que las piernas quedaban escondidas detrás de la puerta.

Estaba bastante sorprendido, pero lo que estaba viendo era tan extraño que tuve que asumir que era un sueño. Tal vez por eso seguí sentado en la cama sin tomar ninguna medida. O tal vez mi mente ya estaba bajo algún tipo de control.

En cualquier caso, me quedé sentado, asustado pero incapaz o poco dispuesto a afrontar lo que estaba observando. Mi mente me explicó la visión: a pesar de estar completamente despierto, debía de ser una alucinación hipnopómpica. Tales fenómenos ocurren a veces como una transición entre el estado de vigilia y el sueño. Supuse que me había despertado una pequeña perturbación y que estaba experimentando tal ilusión, sin importar el hecho de que me sentía completamente despierto.

Debido a su aislamiento, la casa no solo tenía una alarma contra robos, sino que también albergaba una escopeta, que en ese momento no estaba lejos de la cama. ¿Era por eso que la criatura detrás de la puerta llevaba un escudo, si es que realmente era eso? Posteriormente me he preguntado si no habría tenido lugar un reconocimiento previo de la casa que hubiera revelado la presencia del arma.

El julio anterior habíamos tenido una experiencia que debería relatarse aquí. Estaba leyendo a eso de las once y media de la noche cuando oí unos pasos fuertes: unos pasos normales y humanos resonaban sigilosamente por nuestro porche hacia la zona donde acababa de instalar una luz con sensor de movimiento. Lo curioso de estos pasos fue que venían de la zona de la piscina y se dirigían hacia la carretera, al contrario de la dirección de la que habrían venido si se hubiera tratado de un merodeador procediente de la vía pública. En ese momento pensé que cogería el arma y bajaría si la luz se encendía.

Tan pronto como lo pensé, bajé corriendo, pero no vi a nadie a pesar de que la luz seguía encendida. Como estaba conectada a un temporizador de quince segundos, me pareció sorprendente. Había salido al porche en no más de diez segundos y no había lugar para que un intruso se escondiera entre la casa y el camino, no en tan poco tiempo.

Una cuidadosa investigación, escopeta en mano, no reveló nada. Estaba seguro de que vería a quienquiera que estuviera corriendo. En ese momento incluso sopesé la idea de que debían de haber saltado al tejado. Pero no había nadie allí.

Posteriormente la luz nunca volvió a funcionar bien, aunque estuvo en buen orden más temprano esa misma noche. En septiembre quité las bombillas y más tarde, ya en otoño, la unidad fue reemplazada.

Lo siguiente que supe fue que la figura entró corriendo en la habitación. A partir de ahí solo recuerdo oscuridad durante un periodo de tiempo indefinido. No recuerdo haber dormido ni haber estado despierto. Lo que sí recuerdo es mucho más inquietante: mi siguiente recuerdo consciente es estar en movimiento. Estaba desnudo, con los brazos y las piernas extendidos, como si me hubiera quedado congelado a medio salto. Me estaba desplazando fuera de la habitación. No había ninguna sensación física en absoluto, ni de ser tocado ni de sentir frío o calor. Podía percibir mi propia forma y masa, pero no en términos de sensibilidad táctil. Era como si me hubiera quedado profundamente paralizado. Aunque quería moverme desesperadamente, no podía.

Debido a mi estado de aparente parálisis, me temo que no puedo afirmar que estuviera flotando sobre alguna plataforma mágica o una alfombra voladora; bien podría ser que me llevaran en brazos. En cualquier caso, en ese punto ya me hallaba en un estado de pánico total. Había desaparecido cualquier pensamiento fugaz sobre un sueño o una alucinación: algo estaba terriblemente mal, tan mal que mi mente se quedó en blanco. No podía pensar y, aunque hubiera sido capaz de emitir algún sonido —cosa que dudo—, tampoco pude probar a hacerlo.

Debí de haberme desmayado de nuevo, porque no tengo más recuerdos de ese traslado. Lo siguiente que supe es que estaba sentado en una pequeña hondonada en el bosque. Estaba bastante oscuro y la maleza congelada presionaba con fuerza a mi alrededor. Recuerdo haberme sobresaltado al notar que no había nieve sobre la tierra gris.

Estaba sentado con las piernas parcialmente dobladas y las manos en el regazo. Aunque no puedo recordarlo en detalle, es posible que estuviera apoyado sobre algo. Todavía carecía de sensibilidad. Al otro lado de la hondonada, a mi izquierda, había una persona pequeña a la que solo podía ver por el rabillo del ojo. Esta persona llevaba un traje de color gris y estaba sentada en el suelo con las rodillas levantadas y las manos rodeándolas. Tenía dos ojos oscuros y un agujero redondo por boca; me dio la impresión de llevar una máscara.

Sentía que estaba bajo el control absoluto y detallado de quien me retenía. No podía mover la cabeza, ni las manos, ni ninguna parte de mi cuerpo salvo los ojos. A pesar de esto, no estaba atado.

Inmediatamente a mi derecha había otra figura, esta completamente invisible salvo por un ocasional destello de movimiento. Esta persona trabajaba activamente en algo que parecía tener que ver con el lado derecho de mi cabeza. Vestía ropas de color azul oscuro y era extremadamente rápida.

La hondonada parecía no tener más de cuatro pies de diámetro, pero mis ojos no funcionaban con normalidad, tal vez sencillamente porque no llevaba puestas mis gafas (soy ligeramente miope). Mientras que la presencia de los demás permanece vaga en mi mente, el individuo a mi izquierda me causó una impresión muy clara. No sé por qué, pero tuve la firme sensación de que era una mujer, por lo que me referiré a ella en femenino. Era tan pequeña como los demás y parecía casi aburrida o indiferente. También sentí que me estaba explicando algo, pero soy incapaz de recordar qué era.

En ese momento vi ramas pasando ante mi cara y, luego, un barrido de las copas de los árboles. Miré hacia abajo y, debajo de mí, todo el alto bosque se desplazaba lentamente hacia la derecha. No había posibilidad de cuestionar cómo me había elevado por encima de los árboles: solo observaba y registraba. Entonces, un suelo gris oscureció mi visión, deslizándose bajo mis pies como un iris que se cierra.

Lo siguiente que supe es que estaba sentado en una habitación redonda y desordenada. Mi impresión es que en ese instante me estaban sujetando entre varias de estas personas, como si fueran conscientes de lo que estaba a punto de suceder. El paso a este entorno totalmente desconocido, de forma tan repentina y bajo unas condiciones tan extremas, me despojó de cualquier reserva de entereza que aún conservara. Si bien hasta ese momento había sido capaz de mantener cierto control sobre mi atención, esta me abandonó por completo y me entregué al terror más absoluto. El miedo era tan poderoso que parecía hacer que mi personalidad se evaporara. No era una experiencia teórica ni meramente mental, sino algo profundamente físico.

«Whitley» dejó de existir. Lo que quedaba era un cuerpo en tal estado de pavor que este se extendía a mi alrededor como una cortina densa y sofocante, convirtiendo la parálisis en una condición cercana a la muerte. No creo que mi humanidad ordinaria sobreviviera a la transición a esa pequeña habitación: yo morí y un animal salvaje ocupó mi lugar. Sin embargo, no todo se había ido. Lo que quedaba, aunque diminuto, estaba ocupado en una tarea esencial de observación: miraba lo mejor que podía, registrando todo lo que veía.

La pequeña cámara circular tenía un techo abovedado de color morado, con nervaduras que aparecían a intervalos de aproximadamente un pie. Tuve la impresión de que era un espacio habitado y desordenado. Al otro lado de la habitación, a mi derecha, había algo de ropa tirada por el suelo. De hecho, me cruzó por la mente la idea de que el lugar estaba francamente sucio. Para mí resultaba claustrofóbico y angustioso; toda la escala era pequeña, estrecha y cerrada. Me parece recordar que la estancia estaba cargada y el aire bastante seco, de modo que es posible que el entumecimiento del pánico se estuviera pasando.

Aquella gente minúscula se movía ahora a mi alrededor a gran velocidad. Su rapidez era inquietante y, de una forma curiosa, desagradable. Me vino la idea de que me estaban llevando y me acordé de mi familia. Una aguda sensación de estar atrapado me invadió; era un sentimiento verdaderamente horrible, acompañado por la certeza de que estaba absolutamente indefenso en manos de estas extrañas criaturas.

A pesar de mi terror extremo, era consciente de lo que me rodeaba. Sé que estaba sentado en un banco, apoyado contra una pared. Los colores predominantes eran el beige y el gris. El banco era del mismo color que las paredes y estaba rematado por un borde de color marrón oscuro. Por la claridad con la que recuerdo estos tonos algo apagados, deduzco que la habitación estaba iluminada, aunque no vi la fuente de luz.

Había algo muy hermoso, creo, relacionado con una lente en el techo, pero apenas puedo recordar nada sobre ello. Tal vez había una lente en el punto central del techo a través de la cual se podía observar una escena colorida.

No hay forma de estar seguro de cuánto tiempo permanecí en esta habitación. Pareció ser una estancia de no más de unos pocos minutos o incluso segundos. Sin embargo, pudo haber sido más tiempo, porque tuve ocasión de mirar a mi alrededor y notar numerosos detalles. Si bien antes estaba totalmente paralizado, ahora era capaz de mover al menos los ojos y, posiblemente, la cabeza.

Estaba tan asustado que mis recuerdos son difusos y están cubiertos por la amnesia. A medida que escribo esto, soy consciente de que ocurrieron muchas más cosas, pero simplemente no puedo acceder a ellas. Podría tratarse de una amnesia por trauma, por fármacos, por hipnosis, o incluso por una combinación de las tres. Existe un fármaco, la tetrodotoxina, que podría aproximarse a dicho estado: en pequeñas dosis causa anestesia exterior, mientras que dosis más grandes provocan la sensación de «cuerpo separado» descrita a veces por víctimas de abducción. Cantidades mayores pueden llegar a simular la apariencia de la muerte, deteniendo incluso la actividad cerebral detectable.

Esta rara droga es el núcleo del veneno zombi de Haití y poco se sabe sobre por qué funciona como lo hace. También es el famoso veneno del fugu en Japón, que se encuentra en los tejidos del pez globo y que es un apreciado, aunque mortal, afrodisíaco.

Mi entorno era tan poco familiar en cada detalle y mi sorpresa fue tan grande que simplemente me desvanecí, en el sentido de que perdí la capacidad de dirigirme a mí mismo tanto mental como físicamente. No solo estaba anestesiado físicamente (aunque ya no tan paralizado como totalmente inerte), sino que me hallaba en un estado mental que me separaba de mí mismo de forma tan completa que no tenía manera de filtrar mis emociones o reacciones más inmediatas, ni mi personalidad podía iniciar acción alguna. Fui reducido a una respuesta biológica pura. Era como si mi cerebro anterior hubiese sido separado del resto de mi sistema y todo lo que quedara fuera una criatura primitiva, en efecto, el simio del que evolucionamos hace tanto tiempo.

Sin embargo, yo no estaba en el mono: estaba en mi cerebro anterior, encerrado y lejos del resto de mí mismo. Mi mente se había convertido en una prisión.

Había un ser a mi derecha y otro a mi izquierda. Dentro de mi campo de visión comenzó de nuevo un gran ajetreo. Lo siguiente que supe fue que se le estaba mostrando a alguien una pequeña caja gris con tapa corredera. Había un saliente curvo en un extremo de esta caja para facilitar su apertura. Quien la sostenía era una persona delgada y esbelta cuya apariencia no me resultaba clara. ¿Era esta de nuevo la mujer? No estoy seguro. Al recordarlo, casi parece como si le hubieran hecho algo a mis ojos para afectar a mi capacidad de enfocar la vista. Los ojos que había alrededor de la habitación están muy detallados en mi recuerdo, pero cualquier intento de estabilizar la visión y ver a un ser en particular resultaba en algo borroso. Sería interesante saber si esto era un efecto inducido o algo causado por mi propio miedo a lo que estaba viendo.

Mi recuerdo de quien me precedía es el de una persona diminuta y rechoncha, agachada como si estuviera acurrucada sobre algo. Se le había dado la caja y ahora la abría, revelando una aguja extremadamente brillante y delgada, montada sobre una superficie negra. Esta aguja brillaba cuando la veía por el rabillo del ojo, pero era prácticamente invisible de frente.

Me di cuenta, o creo que me dijeron, de que se proponían insertar eso en mi cerebro.

Si antes había sentido miedo, ahora me quedé completamente loco de terror. Discutí con ellos. «Este lugar está sucio», recuerdo haber dicho. Luego: «Arruinaréis una mente hermosa». Podía imaginar a mi familia despertándose por la mañana y encontrándome convertido en un vegetal. Una enorme tristeza se apoderó de mí. No recuerdo haber gritado, pero evidentemente lo estaba haciendo, porque recuerdo muy bien el siguiente intercambio.

Una de ellas —creo que la que había identificado anteriormente como la mujer— dijo: «¿Qué podemos hacer para ayudarte a dejar de gritar?». Esta voz era notable: definitivamente era auditiva, es decir, la oí en lugar de sentirla. Tenía un tono sutilmente electrónico, con la entonación plana y sorprendentemente del Medio Oeste americano.

Mi respuesta fue inesperada. Me oí decir: «Podríais dejarme oler». Estaba avergonzado; no era una petición normal y me molestó haberla hecho. Pero tenía mucho sentido, tal como lo he comprendido después.

El que estaba a mi derecha respondió: «Oh, bien, puedo hacer eso», con una voz similar, hablando muy rápido. Me sostuvo la mano contra la cara, acunando mi cabeza con la otra mano. El olor era distinto y me dio exactamente lo que necesitaba: un ancla en la realidad. Sigue siendo el aspecto más convincente de todo el recuerdo, porque ese olor era completamente indistinguible de uno real. No parecía en modo alguno una experiencia onírica o una alucinación: lo recordaba como un olor real.

Había un ligero aroma a cartón, como si la manga de la túnica que estaba parcialmente apretada contra mi cara estuviera hecha de algo parecido al papel. La mano en sí tenía una acidez débil pero distintivamente orgánica en su olor. No era un olor humano, pero era inconfundiblemente el olor de algo vivo. Había un matiz sutil que recordaba un poco a la canela.

Lo siguiente que supe fue que hubo un estallido y... un destello; entonces me di cuenta de que habían realizado la operación propuesta en mi cabeza. Sentí ganas de llorar y recuerdo que me hundí en una cuna de diminutos brazos.

En este punto tuve un poco de sensibilidad y el tono muscular suficiente regresó para permitirme deslizar los pies por el suelo en un esfuerzo por no caerme. Entonces me levanté y parecía estar de repente en otra habitación, o tal vez simplemente vi mi entorno actual de manera diferente. Parecía ser un pequeño quirófano. Yo estaba en el centro, sobre una mesa, y tres gradas de bancos estaban pobladas por unas cuantas figuras acurrucadas, algunas con ojos redondos en vez de rasgados.

Era consciente de haber visto cuatro tipos diferentes de figuras. El primero fue el pequeño ser robótico que me había conducido a mi habitación. A él le siguió un grupo numeroso de seres cortos y fornidos con trajes de color azul oscuro. Estos tenían caras anchas que parecían de color gris oscuro o azul oscuro bajo esa luz, con ojos brillantes y profundos, narices chatas y bocas amplias, de aspecto algo humano. Dentro de la habitación me encontré con dos tipos de criaturas que no parecían en absoluto humanas. La más provocativa medía cerca de cinco pies de alto, muy delgada y delicada, con ojos negros, rasgados, extremadamente prominentes e hipnotizantes. Este ser tenía una boca y una nariz casi vestigiales. Las figuras que estaban en el anfiteatro eran un poco más pequeñas, con cabezas de forma similar pero con ojos redondos y negros, como botones grandes.

A lo largo de toda la experiencia, los más robustos estuvieron siempre presentes. Aparentemente eran los responsables de moverme y controlarme, y tuve la clara impresión de que eran una especie de «ejército regular». Por qué «regular», no lo sé.

No recuerdo qué ocurrió, si es que ocurrió algo, en la sala de operaciones. Mis recuerdos de los desplazamientos de un lugar a otro son los más difíciles de evocar, porque era entonces cuando me sentía más indefenso. Mi terror se disparaba cuando me tocaban. Sus manos eran suaves, incluso relajantes, pero había tantas que sentía un poco como si estuviera siendo pasado a lo largo de una hilera de insectos. Fue muy angustioso.

Pronto me hallé en un entorno más tranquilo una vez más. Había ropa esparcida alrededor y dos de los más robustos me sujetaron las piernas. Lo siguiente que supe fue que me estaban mostrando un objeto enorme y extremadamente feo, gris y escamoso, con una especie de red de cables en el extremo. Era de al menos un pie de largo, estrecho y de estructura triangular. Insertaron este artilugio en mi recto. Parecía cobrar vida dentro de mí, como si tuviera existencia propia. Al parecer, su propósito era tomar muestras, posiblemente de materia fecal, pero en ese momento tuve la impresión de que estaba siendo violado y, por primera vez, sentí rabia.

Solo cuando retiraron la cosa vi que se trataba de un dispositivo mecánico. El individuo que lo sostenía señaló la malla de alambre de la punta y pareció advertirme sobre algo. ¿Pero sobre qué? Nunca lo supe.

Los acontecimientos comenzaron a sucederse muy rápidamente de nuevo.

Uno de ellos tomó mi mano derecha e hizo una incisión en el dedo índice. No hubo dolor en absoluto. De repente, mis recuerdos terminan. Ni siquiera hay oscuridad, solo la mañana.

Ya no tuve más recuerdo del incidente.

Me desperté la mañana del veintisiete de manera bastante habitual, pero lidiando con una clara sensación de malestar y el recuerdo muy improbable, pero intenso, de haber visto un búho mirándome a través de la ventana en algún momento de la noche.

Recuerdo cómo me sentí en la tarde del veintisiete cuando miré al tejado y vi que no había huellas de búho en la nieve. Sabía que no había visto ningún búho. Me estremecí, con un frío repentino, y me aparté de la ventana, retirándome de la noche que caía tan rápidamente sobre el bosque más allá.

Pero quería creer desesperadamente en esa lechuza. Se lo conté a mi mujer. Ella fue educada, pero comentó la ausencia de huellas. Yo deseaba enormemente convencerla, sin embargo. Aún más: quería convencerme a mí mismo. Tan obsesionado estaba con esto que llamé por teléfono a un amigo en California con el propósito específico, aunque poco probable, de hablarle de la lechuza en la ventana.

Más tarde descubrí que los recuerdos de animales en lugares extraños son un bloqueo de memoria común tras esta experiencia. Una mujer joven regresó de un picnic en un bosque en Francia con la historia de haber visto un hermoso ciervo. Pero tenía sangre en la blusa y una extraña cicatriz recta que no podía explicarse. Pasaron diez años antes de que recordara algo de la verdad de su experiencia en aquel bosque, y habría muerto con ese recuerdo encubierto si otro encuentro con los visitantes no la hubiera llevado a cuestionar su verdadero significado. Otro hombre salió de su experiencia pensando solo en que había visto a un montón de conejos saltando fuera de su coche.

Al igual que mi lechuza, estas historias debieron de parecer meras extravagancias, pero ocultaban experiencias reales que resultaban tan imposibles de aceptar que mantenerlas ocultas cobró un precio altísimo, como podría estar ocurriéndole a cualquiera.

A partir de ese primer día, mi esposa notó un cambio dramático de personalidad en mí, que creyó similar a una alteración que había tenido lugar el mes de octubre anterior. Habíamos pasado por un infierno personal entonces a causa de mis exigencias y mi comportamiento acusatorio, y ella no quería que el patrón se repitiera.

Pero yo estaba cayendo de nuevo, y esta vez los síntomas no eran únicamente mentales. Esa primera noche sufrí el síntoma físico inicial de mi calvario. Habíamos regresado de una tarde de esquí de fondo suave, nada extenuante. Sin embargo, yo estaba muerto de cansancio. Normalmente estoy lleno de energía; incluso una tarde difícil en las pistas me deja una sensación agradable y relajada.

Sentí escalofríos y me fui a la cama. Me quedé acurrucado entre las sábanas y la colcha, mientras caía la noche, sintiéndome horrible. Pensé que debía de tener una fiebre alta. Estaba agotado. Los sonidos de mi mujer y de mi hijo en la planta baja me llenaban de una sensación de aprensión. Recuerdos extraños de personas corriendo, de ser empujado y zarandeado, se arremolinaban en mi cabeza.

A continuación, nuestros vecinos más cercanos llegaron de repente; aparecieron sin previo aviso. Solemos ser muy reservados en nuestra reducida comunidad, y esta era solo su segunda visita espontánea en los dos años que llevábamos siendo vecinos.

Sintiéndome algo mejor, bajé a verlos. Tan pronto como empezamos a hablar, me vi quejándome de que creía haber visto la luz de una moto de nieve en el bosque entre nuestras casas a las tres de la mañana. Me horroricé a mí mismo: ¿qué estaba diciendo? No podía recordar nada de eso y lo sabía mientras hablaba. Nuestros vecinos sugirieron la idea de que el bosque era demasiado denso para que maniobrara una moto de nieve, lo cual es cierto. Entonces le dije que debían de ser las luces de su casa; él tiene dos focos que alumbran su patio trasero. Me explicó que esas luces habían estado apagadas, pero se ofreció a reorientarlas para que no se pudieran ver desde nuestra casa. Yo sabía ya entonces que sus luces no me habían estado molestando tan tarde por la noche (aunque a veces resultaban molestas al principio de la velada, ahora que el invierno había despojado al bosque de sus hojas protectoras). Mi recuerdo de la moto de nieve era tan vacío como el recuerdo de la lechuza.

Tras una breve charla, nuestros vecinos se fueron a casa. Yo no estaba contento con mi propio comportamiento y me resultaba difícil de entender, ya que parecía tan involuntario, casi como si hubiera estado hablando en contra de mi voluntad.

Mi esposa señala que mi personalidad se deterioró drásticamente en las semanas siguientes. Me volví hipersensible, me confundía con facilidad y, lo peor de todo, me mostraba distante y brusco con mi hijo. Siempre hemos sido una familia feliz y no había ningún cambio en nuestra condición de vida o en nuestra relación que justificara este cambio de personalidad.

Comprender que el recuerdo del búho no era real me creó problemas inquietantes. Era consciente de que algo había ido mal en mí, de alguna manera; el problema era que no podía entender qué era. Sencillamente, no había nada en mi vida que lo explicara. Empecé a preocuparme por las toxinas en la comida o en el agua, pero como nadie más en la familia se veía afectado y yo no había probado ningún alimento que pudiera haber causado una extraña alergia, parecía poco probable.

No sabía que el búho y la luz eran recuerdos pantalla que ocultaban una experiencia traumática. Tal como los describió Freud, un recuerdo pantalla es un método que utiliza la mente para protegerse de cosas demasiado perturbadoras para ser recordadas.

Tenía la sensación de estar separado de mí mismo, como si yo fuera irreal o el mundo a mi alrededor lo fuera. El 28 de diciembre estaba tan deprimido y en tal estado de conflicto interno que me senté a escribir un relato corto en un esfuerzo por explorar mis emociones. Reflejaba no solo mi estado emocional, sino probablemente también algunas de las realidades ocultas tras él. Lo llamé «Dolor». Iba a ser la última pieza narrativa sostenida que escribiría durante siete semanas, y es lo último que redacté antes de que estas enormes verdades ocultas comenzaran a emerger de mi inconsciente.

En ese momento no tenía ni idea de que estaba sufriendo un trauma emocional, ni de que docenas de personas habían pasado por pruebas muy similares tras haber sido llevadas por los visitantes.

Antes del día veintiséis había logrado un buen progreso en una gran novela de dos volúmenes basada en las relaciones entre Rusia y Estados Unidos al inicio de la Revolución Rusa. Ahora apenas podía leer mi propio trabajo, y mucho menos seguir trabajando en un proyecto tan complicado.

Dado que escribí «Dolor» como una expresión del estado emocional que se superponía a los recuerdos que entonces estaba reprimiendo, lo relataré brevemente. Trata sobre un hombre que conoce a una enigmática mujer llamada Janet, que resulta ser una especie de superhumano, tal vez un ángel o un demonio. Ella conduce a este hombre a una extraña experiencia de captura y confinamiento en un armario pequeño y mágico. A partir de la agonía que le sigue, él obtiene una enorme perspectiva y una nueva fuerza espiritual.

Lo que me resulta más interesante de esta historia es que continúa con la imaginería presente en mis primeras novelas de terror. Los visitantes pueden verse como los Wolfen, como Miriam Blaylock en El ansia, o como la reina de las hadas Leannan y sus soldados en Catmagic. El tema es siempre el mismo: la humanidad debe hacer frente a una fuerza dura pero enigmáticamente hermosa que, como la propia Miriam Blaylock se describe, es «parte de la justicia del mundo». Esta fuerza siempre permanece oculta entre los pliegues de la experiencia.

Mientras trabajaba en «Dolor», mis estados mental y físico continuaron empeorando. Apareció una infección en mi dedo índice derecho: parecía la lesión provocada por una astilla, pero no recordaba haberme clavado ninguna, a menos que fuera de algún tronco que llevé a la estufa. La herida se supuró. Ni el yodo ni la pomada antibiótica parecían ayudar. Busqué la astilla, pero no pude encontrar nada.

Me di cuenta de que me resultaba incómodo estar sentado a causa de un dolor en el recto, un síntoma raro y perturbador. Tenía la vaga sensación de que me había ocurrido algo angustioso, pero sin un recuerdo claro.

En los días siguientes experimenté más episodios de fatiga. Estaba trabajando y, de repente, me entraba frío y empezaba a temblar. Luego me sentía tan agotado que no podía continuar y me metía en la cama tiritando y apesadumbrado, seguro de que me iba a dar gripe. Me tomé la temperatura durante una de estas crisis y descubrí que era de 35,9 °C al principio y de 37,1 °C en el punto álgido de la «fiebre». Después descendió a 36,1 °C.

Por las noches me iba a dormir, pero me despertaba por la mañana sintiéndome como si hubiera estado dando vueltas en la cama todo el tiempo. Empecé a temer al sueño y a veces me costaba cerrar los ojos. Me sentía observado y no dejaba de oír ruidos nocturnos. Por las mañanas me despertaba con la sensación de haber estado, de alguna manera, en guardia.

Mi carácter empeoró. Me volví inestable: loco de entusiasmo por una idea en un momento y en la absoluta desesperación al siguiente. Sospechaba de amigos y familiares, mostrando a menudo una hostilidad abierta. Llegué a odiar las llamadas telefónicas. No podía concentrarme ni siquiera en programas de televisión ligeros. Después de escribir «Dolor», descubrí que no podía mantener la atención lo suficiente como para trabajar más de cinco o diez minutos seguidos. Un intento de leer La fiesta de Gerald, de Robert Coover, me dejó profundamente confundido: leía y releía las mismas páginas una y otra vez. Cambié a una novela menos exigente, pero también me resultó totalmente incomprensible. Había estado leyendo algunos sermones del filósofo místico del siglo XIII Meister Eckhart, pero tuve que abandonar ese estudio. Ya no podía seguir mi propio pensamiento, y mucho menos el de los autores que me interesaban. Fue un descubrimiento aterrador e inquietante.

En la tarde del 3 de enero estábamos esquiando cuando sentí un dolor detrás de la oreja derecha. Era una sensación similar a la que ocurre en la mandíbula cuando la novocaína desaparece tras una sesión en el dentista. Me dolía el cráneo y la piel estaba sensible. En medio de esa zona tan sensible, mi esposa pudo ver el puntito de una costra.

Creo que la combinación del dedo infectado, el dolor en el recto y el dolor de cabeza fue lo que finalmente hizo que mis recuerdos salieran a la luz. El torbellino confuso se resolvió en una serie específica de memorias y, cuando vi de qué se trataba, casi exploté de terror e incredulidad.

Uno de esos recuerdos me venía a la cabeza, se quedaba allí un momento y luego se iba, dejándome con el corazón palpitante, jadeando y con el sudor corriéndome por la cara.

Pensé que había perdido la cabeza.

Durante la mitad de mi vida me he dedicado a una búsqueda rigurosa y detallada de un estado de conciencia superior. Ahora pensaba que mi mente se volvía contra mí, que mis años de estudio sobre todo tipo de materias, desde el zen hasta la física cuántica, me habían llevado a algún desvío extraño y trágico del alma.

Tan pronto como los enfoqué, mis recuerdos se volvieron perfectamente vívidos: tan reales, por ejemplo, como se vuelven los recuerdos de la infancia cuando decides sacarlos del archivo mental donde están ocultos. Me senté en mi escritorio tratando de encontrarle sentido a lo que no podía tenerlo.

Pensé, en silencio y con calma: «Puedes estar volviéndote loco o puede que tengas un tumor cerebral. Tienes que tener agallas para descubrir qué es y tomar las medidas necesarias». Y luego apoyé la cabeza sobre el escritorio y, francamente, me puse a llorar.

Durante un par de días viví con ello. Tal vez los «síntomas» se calmarían.

Entonces, de repente, una tarde recordé el olor. Su olor. Volvió a mí con tanta claridad como si lo hubiera inhalado un instante antes. Más que nada, salvo el hecho de descubrir que no estaba solo en mi experiencia, fue ese recuerdo totalmente real el que me salvó de volverme loco de remate.

En la primera semana de enero, un periódico local publicó relatos sobre un objeto u objetos que se habían visto en nuestra zona. Esta historia apareció en el número del 3 de enero de 1986 del Record de Middletown, Nueva York. El titular calificaba la aparición de falsa alarma, pero según el artículo, la gente de la zona que había presenciado el evento lo dudaba. Un hombre, sin embargo, afirmó que había visto pasar las cosas sobre una prisión local brillantemente iluminada y, teniendo en cuenta eso, sostuvo que eran aviones. Un artículo de seguimiento del 12 de enero profundizó en la hipótesis de la broma.

Mi esposa me mostró el artículo y me dijo: «Dijiste que esto pasaría. Hablabas de esto la semana pasada». Yo no recordaba la conversación, pero el artículo me hizo fijarme en un libro que mi hermano me había enviado por Navidad, titulado Ciencia y OVNIs, de Jenny Randles y el astrónomo Peter Warrington.

Warrington es un científico respetado y el libro parecía estar bien escrito. De hecho, no afirma nada sobre la realidad del fenómeno, sino que simplemente pide más estudio y hace un llamamiento a la comunidad científica para que comience a aceptarlo como un área legítima de investigación.

Me sorprendió descubrir que Ciencia y OVNIs me asustaba. Lo puse a un lado tras haber leído no más de las primeras cinco o seis páginas.

Mucho más tarde, después de que realmente hubiéramos empezado a tomar en serio todo este asunto, Anne y yo investigamos más sobre los avistamientos de OVNIs en nuestra zona. Descubrimos que es un hervidero de avistamientos, y lo ha sido durante casi medio siglo.

Como suele suceder, el hijo de dieciocho años de uno de nuestros vecinos vio algo flotando cerca de una carretera a menos de cinco millas de nuestra cabaña, aproximadamente a las nueve y media de una noche de finales de diciembre. Me lo describió como «enorme y cubierto de luces», una descripción típica. Lo observó durante bastante tiempo. Al ser hijo de un expolicía estatal y piloto, no afirmó que fuera un «OVNI», sino que simplemente dijo la verdad: no sabía lo que era, pero parecía una estructura sólida y, como permaneció suspendido durante un periodo sustancial (más de quince minutos), no podía haber sido una formación de aviones. Llamé por teléfono a la Goodyear Corporation y averiguamos que su dirigible no estaba en la zona en ese momento.

Lo único que pensé que podría haber sido era algún dirigible desconocido, pero incluso eso me parece difícil de creer a la vista de lo que descubrí más tarde al respecto.

Tan solo al hablar con unos amigos en abril, mi esposa descubrió una experiencia personal de observación temprana en la zona que tuvo lugar a finales de los años cincuenta. Una de sus mejores amigas es artista y esposa de un conocido compositor. En su infancia, esta mujer solía ir a un campamento de verano a menos de tres millas de donde se ubica actualmente nuestra cabaña de troncos, un hecho que desconocíamos cuando Anne le hizo la pregunta que habíamos decidido plantear a tantas personas como pudiéramos como parte de nuestra investigación.

Para obtener información válida y, al mismo tiempo, evitar sesgos, nos limitábamos a preguntar a la gente: «¿Cuál ha sido tu experiencia más extraña?». Ninguna de las personas a las que preguntamos tenía la menor idea de lo que nos estaba sucediendo.

La respuesta de esta mujer resultó ser muy reveladora. Relató que había visto un platillo volante en 1953, cuando tenía nueve años. Procedió a describir un objeto similar al que había aparecido en la misma zona inmediata en diciembre de 1985. Como ocurre en muchos informes a lo largo de los años, lo describió como enorme, lleno de luces y flotando en el aire. Se movía lentamente.

Si todos estos objetos fueran fruto de bromas, los bromistas habrían estado operando durante más de treinta años e, incluso a principios de los cincuenta, habrían tenido unos silenciadores excelentes, teniendo en cuenta que el objeto visto entonces no hacía más ruido que los que se ven hoy en día.

Investigaciones adicionales nos revelaron que nuestra zona del norte del estado de Nueva York —que comprende aproximadamente los condados de Westchester, Orange, Putnam, Rockland y Ulster— tuvo una serie absolutamente extraordinaria de avistamientos de objetos con forma de bumerán o triangular de enorme tamaño a partir de 1983. Miles de personas vieron estos objetos: desde meteorólogos y empleados de la Administración Federal de Aviación hasta una muestra representativa de toda la población local. Policías locales, alguaciles, policías estatales e incluso, en un caso, todo el gobierno municipal en masa vieron aquellas cosas, que fueron descritas como «del tamaño de un portaaviones».

La explicación oficial, detallada en la revista Discover en noviembre de 1984, fue que los avistamientos los producía un grupo de pilotos que volaban en avionetas. Según Discover, las avionetas a veces volaban de noche en formación con sus motores apagados y con las puntas de las alas a quince centímetros de distancia. Dado que estos aviones no parecían usar sus radios, en la prensa local se añadió posteriormente que mantuvieron silencio de radio durante estas apretadas maniobras nocturnas.

Un piloto me dijo que todo esto era extremadamente poco probable, que tal vuelo en formación no sería posible ni siquiera con aviones mucho más pesados. Los bromistas e incluso los aviones secretos pueden ser parte de la respuesta al enigma, pero no son la solución completa.

Un artículo aparecido en la edición del 17 de abril de 1983 de The New York Times citaba a un meteorólogo profesional que observó un objeto silencioso de casi un kilómetro de diámetro flotando a unos treinta metros por encima de él. The Times lo cita diciendo que tuvo la sensación de «estar siendo examinado y descartado».

No creo que un meteorólogo profesional confunda un objeto de casi una milla de ancho con una formación de avionetas, y menos a una altura de treinta metros.

El Sr. Philip J. Klass, un conocido escéptico de los avistamientos OVNIs sin explicación, afirmó que la gente probablemente estaba viendo «un avión publicitario». El Sr. Klass era en ese momento editor de Aviation Week & Space Technology, una publicación famosa por su asombrosa capacidad para obtener primicias del Departamento de Defensa sobre proyectos aeroespaciales secretos. El Sr. Klass también escribe para una publicación que he admirado, The Skeptical Inquirer. Sin embargo, a la luz de mi propia experiencia, empiezo a sospechar que, en el caso de este asunto en particular, el escepticismo se ha llevado más lejos de lo que resulta razonable o prudente.

Ni la versión oficial ni el Sr. Klass explican los cientos de informes de avistamientos recopilados por el profesor de ciencias local Phillip J. Imbrogno, a quien The Times describió como «una persona que trabaja duro para ofrecer una explicación racional». Hablé con el Sr. Imbrogno, quien dijo que desde 1983 había reunido alrededor de doscientos informes de personas capacitadas como observadores que habían visto grandes dispositivos con una estructura claramente definida. Añadió que, en una noche en que hubo avistamientos prolongados y claros de un dispositivo flotando sobre una avenida local, ¡los vientos alcanzaban un promedio de 23 nudos! Lo que la gente vio esa noche no fueron aviones, ya fueran pesados o avionetas en formación cerrada.

Y nadie ha explicado qué vino y me llevó en la noche ni qué me inyectaron en el cerebro.

Cuando fuimos a la ciudad de Nueva York para pasar una estancia en enero, yo todavía no sabía casi nada acerca de los OVNIs y nada en absoluto sobre los avistamientos comentados anteriormente.

La vida no volvió a la normalidad. A pesar de que no había más razones para retrasar la escritura, no era capaz de ponerme a trabajar. Me sentía un poco mejor, pero estaba terriblemente incómodo. Mi dificultad para relacionarme con mi esposa e hijo continuó.

Finalmente terminé Ciencia y OVNIs. Hacia el final del libro, me quedé asombrado al leer la descripción de una experiencia similar a la mía. Cuando leí la versión del autor sobre la «experiencia de abducción arquetípica», me quedé perplejo. Estaba tumbado en la cama en ese momento y simplemente me quedé mirando las palabras fijamente. Yo también había estado sentado en una pequeña hondonada en el bosque. Y más tarde había recordado a un animal.

Mi primera reacción fue cerrar el libro de golpe, como si contuviera una serpiente enroscada.

Estaban hablando de personas que pensaban que habían sido llevadas a bordo de naves espaciales por extraterrestres. Y yo parecía ser una de esas personas. Se me congeló la sangre: nadie debía saber esto jamás, ni siquiera Anne. Decidí simplemente bloquear todo ese asunto en mi mente.

Unas mañanas después, a eso de las diez, estaba sentado en mi escritorio cuando todo pareció venirse abajo sobre mí. Ola tras ola de tristeza me atravesaron. Miré la ventana con ansia. Quería saltar. Quería morir. Sencillamente no podía soportar este recuerdo y no podía deshacerme de él. ¿Qué demonios eran esas cosas? ¿Qué me habían hecho? ¿Eran reales o había sido víctima de algún estado mental desconocido?

Recordé que un hombre llamado Budd Hopkins había sido mencionado en el libro como un destacado investigador en la materia. El nombre me resultaba familiar: Anne y yo estamos interesados en el arte, y Hopkins es un conocido pintor abstracto, cuyas obras han sido expuestas en el Guggenheim y el Whitney.

Encontré su nombre en la guía telefónica. Pero ¿cómo podría llamarlo? Qué cosa más estúpida tendría que admitir. Hombrecillos. Platillos voladores. Qué idiotez.

Sin embargo, reconocí claramente que si volvía a tener un momento de desesperación tan intensa, me tiraría por la ventana. Sin duda. Se lo debía a mi familia, que me amaba y dependía de mí, el intentar evitarlo.

Llamé a Budd Hopkins. Él contestó el teléfono y escuchó mi historia durante unos minutos. Pensé que me iría a marchitar de vergüenza al contarlo, pero pronto me interrumpió: «¿Podrías venir ahora mismo?».

Resultó que su casa en la ciudad estaba a diez minutos a pie de la mía.

Hopkins era un hombre grande e intenso, con una de las caras más amables que he visto jamás. Más tarde descubrí que era brillante y astuto, pero en ese momento mostraba una apariencia muy afable.

En cuanto comenzó la entrevista, Hopkins me explicó que no era terapeuta, pero que podía ponerme en contacto con uno si así lo deseaba. Luego revisó los hechos que he dejado registrados aquí.

Mientras estaba sentado en la sala de estar de aquel hombre, escuchándole decir que no estaba solo, que otros habían pasado prácticamente por lo mismo, las lágrimas me rodaban por las mejillas y pasé de querer ocultarlo todo a querer entenderlo.

Fue durante ese primer encuentro cuando me preguntó si había sucedido alguna otra cosa inusual en el pasado. Mi reacción inicial fue decir que no; una sola experiencia ridícula y horrible como esa era más que suficiente. Pero la pregunta pareció desencadenar algo en mí. Tras un momento de reflexión, solté: «Me parece recordar que una noche la casa se quemó. Pero que no llegó a consumirse por el fuego».

Todo el infierno se había desatado en una noche a principios de octubre. Incluso se produjo una explosión que despertó a toda la casa. Habían ocurrido cosas extrañas, pero por alguna razón desconocida simplemente las habíamos apartado de la mente. Apenas las comentábamos. Pero esa vez no me ocurrió solo a mí: habíamos tenido invitados en casa. Si realmente hubiese pasado algo, ellos sin duda lo recordarían. Ahí tenía una oportunidad para poner esto a prueba. Si nadie recordaba nada, podría descartar todo este embarazoso asunto de los extraterrestres.

Salí de casa de Hopkins feliz. Me había dicho que, a juzgar por su experiencia, los acontecimientos de octubre podían haber sido causados por los mismos responsables de la perturbación del 26 de diciembre.

Maravilloso. Me pondría en contacto con los testigos. Ellos, por supuesto, dirían que no recordaban nada. Entonces comenzaría el doloroso, pero afortunadamente bien comprendido, proceso de aceptar que había sido víctima de un fenómeno mental inusual. Iría a terapia y aprendería a olvidar a los misteriosos visitantes.

Ningún otro resultado parecía posible. Por supuesto que no. Había resuelto mi problema.

4 de octubre de 1985.

Mientras caminaba por la Sexta Avenida hacia mi apartamento de Greenwich Village, lo que había sucedido el 4 de octubre se fue haciendo más claro en mi mente.

¿Por qué no había pensado ni hablado sobre estos eventos antes? La respuesta es sencilla: había guardado todo el episodio en el cajón de las cuestiones abiertas y lo había olvidado. En retrospectiva, la única razón que puedo ofrecer para haber actuado así es que no quería afrontar lo verdaderamente extraños que habían sido los acontecimientos de esa noche. Pero al examinarlos con más detalle, comenzaron a parecer claramente misteriosos e incluso aterradores.

A menudo manejamos el miedo mediante la negación y, en este caso, como pronto resultará evidente, había motivos más que suficientes para estar aterrorizado.

Cuando escribí el relato que sigue, todavía no había sido sometido a hipnosis y no sabía qué más, de haber algo, permanecía oculto en mi mente. Lo redacté en un período de dos días tras ver por primera vez a Hopkins y algún tiempo antes de conocer al Dr. Donald Klein, quien se convertiría en mi hipnoterapeuta cuando comenzamos a descubrir las zonas en blanco de mi memoria.

El 4 de octubre de 1985, mi esposa, mi hijo y yo fuimos en coche a nuestra cabaña acompañados por dos amigos cercanos, Jacques Sandulescu y Annie Gottlieb.

Conocíamos a Jacques y a Annie desde hacía unos cinco años. Lo que resulta evidente de inmediato sobre ellos es que él es tan enorme como ella es pequeña. Jacques pesa cerca de 135 kilos, es cinturón negro de karate y hace cien flexiones de una sentada. Ella también es cinturón negro, pero quizá pesa unos 54 kilos. Ella es la intelectual; él, la fuerza física. Ambos son escritores. Jacques llegó a los Estados Unidos como refugiado tras haber realizado trabajos forzados en la Unión Soviética a finales de los cuarenta. Siendo ciudadano rumano, lo habían deportado por la fuerza a la región del Donbás para trabajar hasta la muerte en las minas de allí. Su libro, Donbas, narra su larga fuga y dibuja un retrato fiel de él como un hombre de una constitución física extraordinaria. Pensé que sería un gran testigo debido a su firme sentido de la realidad.

Annie Gottlieb es más intelectual, autora del reciente Do You Believe in Magic: The Second Coming of the 60s Generation (Times Books, 1987).

La noche del 4 de octubre estuvo llena de niebla en el condado de Ulster. Cenamos en un restaurante local y llegamos a la cabaña a eso de las nueve de la noche. Encendí el calentador de la piscina para que estuviera agradable al día siguiente (sábado) y luego encendí el fuego en la estufa de leña. Estábamos todos tan somnolientos que nos fuimos a la cama casi de inmediato.

Anne y yo nos retiramos a nuestro dormitorio del segundo piso; Jacques y Annie fueron a la habitación de invitados y cerraron la puerta; y nuestro hijo se fue a su habitación de la esquina, situada al lado de la de ellos, dejando la puerta abierta. Desde mi cama, con las puertas del dormitorio abiertas, podía ver a través del techo del salón una ventana hexagonal situada en la parte más alta del tejado.

Durante la hora siguiente, la niebla se volvió cada vez más densa. Cuando apagué la luz de lectura, quedé envuelto en una oscuridad absoluta y un silencio total. La luna llena había sido el 29 de septiembre y ahora estaba en cuarto menguante. Salió aproximadamente a las diez y media, pero era completamente invisible debido a la densa capa de nubes.

No recuerdo qué había estado leyendo esa noche, pero no era una lectura aterradora, ni tampoco la cena había sido el tipo de comida que produjera pesadillas o malestar. No habíamos bebido más de un vaso de vino y una copa cada uno en el restaurante.

Dormí sin sueños durante un periodo de tiempo, quizás unas dos o tres horas. De pronto me desperté sobresaltado y vi, para mi horror, que una luz azul clara se proyectaba sobre el techo del salón.

Sentí miedo, porque no era posible que hubiera ninguna luz allí. Las luces de los coches en la carretera no podían reflejarse en ese techo. A principios de octubre, nuestro vecino estaba de viaje en Japón y su casa no solo estaba a oscuras, sino que resultaba invisible a través del bosque entre nuestras parcelas, el cual todavía conservaba un espeso follaje. La luz automática del porche, que había sido persistentemente problemática, estaba ahora sin bombillas. Tampoco podía haber sido una linterna, porque la iluminación era uniforme, muy amplia y de un azul muy claro. Intentamos duplicar esa luz con una lámpara fluorescente portátil, tanto en una noche clara como en una con una niebla similar, pero ni siquiera una luz fluorescente muy potente logró conseguir ese efecto, por no hablar de una pequeña unidad portátil.

Mi mente hizo un inventario de las posibilidades mientras veía esa luz azul arrastrarse lentamente por el techo, como si lo que la causaba se desplazara despacio desde arriba hacia el patio delantero. Finalmente di con lo que me pareció una solución sensata: la chimenea debía de estar ardiendo y las chispas caían sobre el jardín de la entrada. Tenía que hacer algo al respecto de inmediato.

¡Y entonces me quedé profundamente dormido! El último pensamiento que recuerdo antes de desplomarme, con el corazón todavía martilleándome, fue que el tejado se estaba quemando. Esta fue la primera reacción alarmantemente inapropiada de esa noche, pero no iba a ser la última.

No sé a qué hora ocurrió eso, pero era pasadas de medianoche.

En algún momento después de volverme a dormir, me desperté de nuevo, esta vez por un fuerte estallido, como si hubieran hecho explotar un petardo justo ante mi cara. Mi mujer gritó y, abajo, mi hijo empezó a chillarle a la nada.

Cuando abrí los ojos, me quedé de piedra al ver que toda la casa estaba rodeada por un resplandor que se extendía entre la niebla.

Me dije a mí mismo: «¡Maldito idiota, te dormiste y ahora el fuego ha empeorado!». Finalmente logré levantarme. Mientras lo hacía, le dije a Anne: «El tejado se está quemando. Voy a por nuestro hijo y a despertar a los demás». Empecé a bajar la escalera.

No había recorrido ni la mitad de la habitación cuando el resplandor desapareció de repente. Estaba profundamente confundido. No me quedó más remedio que decirle a Anne que me había equivocado y bajar a consolar a mi hijo. De camino me encontré con Jacques en el pasillo. Su presencia me aterrorizó y di un salto hacia atrás, alejándome de él. Luego le pedí disculpas por haberme sobresaltado tanto ante un amigo, le dije que se calmara y se fuera a la cama, y añadí que no pasaba nada.

Continué hacia la habitación de mi hijo y lo abracé. A los pocos minutos estaba de vuelta en la cama y la casa volvía a estar en silencio.

A la mañana siguiente se habló muy poco del incidente. Lo que sí recuerdo es que Annie mencionó que a Jacques le había molestado la luz de la noche anterior. No lo entendí, porque la puerta de su habitación había estado cerrada, así que no podía haber visto la luz del baño, que se dejaba encendida para nuestro hijo. No recuerdo mi confusión respecto al fuego. En lo que a mí respectaba, Annie y Jacques se habían molestado por la luz, pero yo no.

Más tarde esa semana me noté un poco agitado, sin saber muy bien por qué. Tenía el recuerdo persistente de una luz centelleando en mis ojos esa noche. Y recordaba vagamente una especie de explosión.

El fin de semana siguiente tuve un recuerdo muy claro y dramático de un enorme cristal erguido sobre la casa, algo glorioso. De cientos de pies de altura, brillando con una luz azul sobrenatural.

Se lo conté a Anne y, mientras hablaba, experimenté una sensación de vacío al saber que ella no me creía. ¡Por supuesto que no! Ni yo mismo me creía. «¿No hubo algún problema con la estufa?», preguntó. Sentí vergüenza y nunca volví a mencionar el cristal. Lo aparté de mi mente de forma permanente.

El 6 de febrero de 1986 llegué a casa desde la casa de Hopkins pletórico de entusiasmo. Estaba seguro de que pondría fin a todo esto haciendo las preguntas adecuadas. Jacques y Annie se habían molestado por la luz del baño. Por supuesto. Su puerta debía de haber estado abierta, tal como lo había visto en el pasillo con Jacques. Y mi esposa Anne no había gritado por la explosión, sino porque yo le dije que la casa se quemaba. No había habido ninguna explosión. Y en cuanto a la luz azul en el techo del salón, junta una fuente de luz imprevista con una niebla espesa y puede pasar cualquier cosa.

Primero le pedí a mi esposa que recordara la noche del 4 de octubre. No fue difícil identificar la fecha específica, ya que fue la última vez que Jacques y Annie habían venido a la casa de campo y el grosor de la niebla era inusual.

Me perturbó que Anne recordara de inmediato haber despertado por el estallido. No vio el resplandor, pero mi primera advertencia sobre el fuego aparentemente no caló en su sueño, porque lo único que recordaba era a mí diciendo que no había ningún incendio.

Le pregunté a mi hijo: «¿Recuerdas la última vez que Jacques y Annie vinieron a la casa de campo con nosotros?».

«Sí. La noche de la explosión». De modo que él también la había oído. «Un montón de gente me dijo que no pasaba nada, que solo habías tirado un zapato a una mosca».

«¿Qué gente?».

«Mucha gente. Personas que andaban por allí».

Esta respuesta, debo admitirlo, me impactó muchísimo. No quise presionarlo más y llamé a Budd Hopkins, quien me sugirió que le preguntara a mi hijo no por recuerdos, sino por sus sueños.

Siguiendo este consejo, a continuación le pregunté a mi hijo si recordaba algún sueño inusual. Esta fue su respuesta, espontánea e inmediata:

«Soñé que un grupo de doctores pequeños me sacaba al porche y me ponía en una cuna. Me asusté y empecé a decir "No os haremos daño" una y otra vez en mi cabeza. Ese es mi sueño más extraño, porque era como si fuera real. Sucedió en medio de otro sueño, cuando estaba soñando que yo y Ezra [un amigo suyo] estábamos en un barco». No podía precisar si había tenido el sueño la noche del 4 de octubre; solo sabía que había ocurrido en la cabaña.

Sus palabras barrieron todas mis esperanzas de resolver esto de una forma convencionalmente explicable. ¿Qué le había pasado a mi hijo? Su relato inocente era muy perturbador. En el contexto de mis propias experiencias, su sueño sugería que los dos teníamos algún tipo de vínculo psicológico extraño, o que en algún momento él había pasado por una experiencia similar a la mía.

A continuación hablé con Jacques Sandulescu por teléfono. Esta es una transcripción de la conversación:

Yo: «¿Recuerdas algo sobre la última vez que tú y Annie vinisteis a la casa de campo?».

Jacques: «¡La luz!... Estaba durmiendo y, de repente, algo me despertó. Vi que la habitación estaba llena de una luz brillante, como la luz del día, no como la de la luna. Pensé que me había quedado dormido. Miré mi reloj: decía que eran las cuatro y media. Luego te oí a través de la puerta diciendo que todo estaba bien. La luz desapareció, así que me volví a dormir».

Yo: «¿Qué clase de luz era?».

Jacques: «Luz... era de día. Podía ver los arbustos de fuera, podía ver los troncos de los árboles. Pensé que eran las diez de la mañana...».

He hecho todo lo imaginable para intentar duplicar la luz de esa manera. Nuestra habitación tiene una pequeña ventana que da a un porche cubierto de siete pies de profundidad. Más allá, el terreno se inclina gradualmente, por lo que ni siquiera las luces de los coches en la carretera pueden entrar en esa habitación, y mucho menos la luz de la luna o del sol. Durante el invierno, sin hojas, determinamos que las luces de la casa del vecino también eran invisibles desde esa ventana. La luz con sensor de movimiento no incide directamente, sino a lo largo del porche; si de alguna manera se hubiera encendido —incluso sin bombillas—, Jacques no habría visto los árboles y los arbustos, sino el contorno del interior del porche con el patio de atrás en la penumbra. La razón es que el haz brilla más allá de la ventana y a lo largo del porche. De haberse encendido la luz del porche regular, se habría producido el mismo efecto.

Incluso con las luces de los vecinos, la luz del porche y un coche en el patio delantero, no pudimos duplicar el efecto. Nada de lo que puedo concebir puede explicar los principales fenómenos luminosos de esa noche. Tal vez fuera posible explicar el resplandor azul que vi originalmente en el techo, pero no la masiva explosión de luz desde arriba. Visualicé todo el lugar cubierto en llamas. Jacques pensó que era media mañana. Debido a la niebla, un helicóptero o cualquier tipo de avión quedaba descartado. Un piloto me dijo rotundamente: «Olvídate de los aviones».

A las cuatro y media la luna aún estaba en el cielo, pero muy por debajo de la línea de los árboles. ¿Podría la niebla haber magnificado de alguna manera la luz de la luna, haciendo que unos ojos sensibilizados por la oscuridad confundieran su brillo tenue con la plena luz del día? Tal cosa tal vez hubiera sido posible, pero la luna estaba baja en el oeste y la fuente de la luz se encontraba claramente justo encima de nuestras cabezas. ¿Y qué hay de la explosión? Tal vez fue un trueno. Pero no hubo tormentas eléctricas en la zona. Quizá un rayo aislado dentro de alguna pequeña y extraña tormenta lo causó. Sin embargo, el periodo de luz aparente duró varios segundos y no fue evidente para nadie hasta después de la explosión. El trueno sigue al rayo, no al revés.

Fuese lo que fuese lo que causó el efecto, se trató de un fenómeno muy inusual que difícilmente podrá ser identificado.

Y, hasta ahora, no hay forma alguna de dar cuenta del testimonio de Annie Gottlieb. Hablé con ella inmediatamente después de conversar con Jacques. Aunque ella debió de oírlo al teléfono, ninguno de los dos tuvo tiempo entremedias para discutir el asunto. Además, son personas normales, coherentes y fiables. No tenían, ni tienen, razón alguna para mentir y es poco probable que se confundan de forma tan radical con las realidades cotidianas como para inventar recuerdos así. Uno solo tiene que leer los escritos de Annie Gottlieb para darse cuenta de la claridad de su mente.

Al igual que el resto de nosotros, Annie se despertó por una fuerte explosión. Ella relató: «Fue un estallido. Luego oí el correteo de unos pies pequeños que corrían por vuestra habitación del segundo piso. Debían de ser los gatos...».

«Annie, los gatos estaban en la ciudad. No los llevamos los fines de semana porque no les gusta el transportín».

«¡Estás de broma! Siempre supuse que eran los gatos. De todos modos, recuerdo vagamente la luz. Sobre todo me acuerdo de los ruidos. Unos minutos después del correteo, te oí bajar. Dijiste a través de la puerta que no nos preocupáramos. A la mañana siguiente te dije que algunas personas habían bajado de naves espaciales para visitarnos».

«¿Qué? Annie, yo nunca dije tal cosa. Jamás diría algo así».

«En ese momento pensé que debía de haber sido una especie de sueño».

«¿Recuerdas haberme oído decirlo?».

«Bueno, ahora que lo pienso, no sé de dónde saqué la idea de que alguien dijo eso». (Meses después recordó que no le había hablado de una visita, pero sí le había descrito el cristal. En cualquier caso, sin duda tenía una explicación muy extraña para las perturbaciones de esa noche).

En ese momento casi deseé no haber preguntado nada a mis testigos. Me despedí y colgué el teléfono. Me di cuenta, finalmente e inevitablemente, de que algo muy peculiar estaba pasando. No podía negarlo. Hubiera sido un idiota si lo negara.

Fui a mi despacho y cerré la puerta. Era de noche y algunas estrellas ciegas de Manhattan brillaban en el cielo. El mundo exterior se veía tan normal y, en ese momento, su misma normalidad me pareció la cosa más hermosa que jamás hubiera visto.

Pensé en todos los meses transcurridos hasta octubre. El otoño había sido un periodo terrible para mi esposa y para mí. Hacia la segunda semana de octubre había empezado a sentir un pánico extremo a vivir en el área de Nueva York y decidí que debíamos mudarnos.

¿Acaso mi terror había surgido de esa noche? ¿Y qué pasaba con todo mi nerviosismo, mi búsqueda secreta debajo de las camas y en los armarios, mi miedo irracional a los merodeadores? Me parecía que me había vuelto cada vez más difícil con el paso de los meses. Tenía sueños terribles que no lograba recordar. Una y otra vez me despertaba a altas horas de la madrugada sintiendo como si algo terrible acabara de ocurrir.

La última semana de octubre, aún sin un recuerdo consciente de que esa noche hubiera sido inusual de modo alguno, decidí que no podía vivir ni un momento más en Nueva York. Las calles de la ciudad me parecían terriblemente peligrosas. Nuestra cabaña era un lugar espantosamente oscuro al que sentía que no podría volver a entrar jamás. Me sentía fuera de control, como si cualquier cosa pudiera pasarme por la fuerza.

Decidí que quería irme a Austin. Fui a la Universidad de Texas allí y es una ciudad que tanto a Anne como a mí nos encanta. Algunos de nuestros mejores amigos, incluido mi colaborador James Kunetka, viven allí.

Insistí en poner a la venta tanto la cabaña como el apartamento.

Después de Halloween fuimos a Texas, organizamos todo para que nuestro hijo asistiera a un colegio privado local y comenzamos los trámites para comprar una casa.

Recibimos una oferta por nuestra cabaña, pero ningún interés por el apartamento.

Una noche en Austin estábamos mirando la casa que habíamos elegido para comprar. Mi esposa estaba dentro hablando con el agente inmobiliario y los propietarios. Salí a la terraza.

Cuando miré hacia el cañón oscuro que se extendía entre las sombras y vi las estrellas en el cielo nocturno, sentí un miedo repentino y absoluto. Era exactamente como si el cielo fuera un ser vivo y me estuviera observando.

Lo que resultaba aún más alarmante era la clara conciencia de que se trataba de una fantasía paranoica. Pensé entonces que mi salud mental no andaba bien y que pronto tendría que calmarme o tomar medidas para mejorarla.

Pero no podía vivir en esa casa. De hecho, no podría volver a entrar en ella jamás.

Cuando cambié de opinión y decidí quedarme en Nueva York, mi esposa, comprensiblemente, se enfureció. Luego la acusé a ella de haber sido quien quería mudarse a Austin.

A aquello le siguió una crisis. Ella llegó a pensar seriamente en dejarme, porque la convivencia se estaba volviendo intolerable. Sin embargo, tenemos un matrimonio muy sólido y su amenaza desesperada de separarse me hizo frenar mi comportamiento extremo. No fue hasta Navidad cuando realmente empecé a sentirme mejor.

Sentado en mi despacho esa tarde de febrero, hice balance de todo lo que había descubierto. Le había prometido a Hopkins que no leería nada sobre objetos voladores no identificados. En el pasado, como ya he dicho, mi interés en el tema era mínimo. Ciertamente había leído algún libro o dos. Haciendo memoria, pensé que tal vez recordaba haber visto algo hacía años en la revista Look sobre alguien llamado Hill a quien se habían llevado a bordo de un disco volador. (En julio de 1986 me consiguieron copias de los ejemplares del 4 y 18 de octubre de 1966, y no creo que los leyera enteros en su momento; debí de ver algo sobre la historia, sin embargo, porque la recordaba mejor: hubo un informe en el periódico).

A juzgar por lo que informaron los otros testigos, algo había sucedido. ¿Pero qué? Incluso después de hablar con Hopkins, no estaba dispuesto en absoluto a atribuir mi experiencia al fenómeno OVNI. Quería ser muy claro: no tenía ni idea de qué había ocurrido esa noche. Parecía haber mucha confusión y, tal vez, una respuesta emocional por mi parte en gran medida fuera de proporción con lo que parecía haber sido una pequeña perturbación.

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