K-on! Por esas locuras que merecen segunda parte - Capítulos 7 y 8.
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Capítulo 6: Las amistades son como las vías de un tren.
Soñó un fondo negro de pantalla sin encender. No era la primera vez para Yui, y se debatió internamente si esto era un efecto secundario de las pastillas o algo más se gestaba en su cabeza. La última vez le pasó con su viejo instituto, pero esto era diferente, un vacío tan palpable que no parecía acoger ni el eco de sus pasos.
La suela de sus zapatos de colegiala tocó césped húmedo. Al bajar la mirada, descubrió con desagrado que lleva puesto un uniforme de mucama. Odia ese atuendo, le pesa en el cuerpo y le arrastra recuerdos de manos abusivas.
Camina por inercia hasta llegar a lo alto de una colina que se despliega en una explanada acabada en un único árbol. Bajo las ramas, cuatro niñas de apenas once años corren y gritan, contagiadas por una felicidad genuina que parece flotar en el aire. Yui rechina los dientes. Sabe perfectamente qué recuerdo es este. Las niñas, ajenas a su mirada, se arrodillan en la tierra y comienzan a desenterrar una caja oculta entre las raíces del árbol.
Yui desvía la vista hacia otro lado de golpe, obligándose a pensar: "No me afecta". Es inútil. Allí donde clava los ojos aparece otro árbol idéntico, y en la siguiente diagonal otro, y otro, y otro más. Se encuentra atrapada en el centro de un fractal de árboles perfectos y llanuras primaverales sin cielo.
El sueño se detiene. Todas las niñas se giran en perfecto sincronismo hacia ella. Levantan el brazo, la señalan con el dedo y sus voces infantiles resuenan al unísono:
— No tienes a nadie. No tienes a nadie.
Yui busca una escapatoria clavando la mirada arriba, donde solo encuentra la oscuridad y, reflejada en ella, su propio rostro. Está tan jodidamente sola como se siente, pero su cara en el reflejo lo muestra igual.
***
Se despierta de golpe. Lo primero que ven sus ojos es su guitarra colocada en el soporte del suelo, medio sepultada y tapada por una montaña de ropa sin lavar.
Hoy sería otro día de nada, solo respirar y componer letras. Yui observaba el techo del amanecer que se filtraba por la persiana. ¿Cuántas semanas habían pasado desde aquel desastre en el camerino? ¿Dos? ¿Tres? No importaba.
«No las necesito», pensaba. «Hablar sobre el clima, sobre los viejos tiempos... qué ridiculez. Tengo contratos, discográficas, firmas que poner. Eso es lo real».
Con esa mantra de cinismo llegó a la cocina. Espacio aséptico, chirriaba con la calidez que intentaba fingir. Sawako ya estaba allí, inmersa en el periódico de papel, se levantaba muy temprano para tomar su trasto anacrónico. Yui evitó mirarla a los ojos y fue directa al frigorífico. Al abrirlo, había estantes más llenos, ¡Llenos! Después de meses, años incluso, por fin podía disfrutar de algo así. Tomó pan de molde sin tostar y una naranja.
—¿Qué te preocupa, Yui? —la voz de Sawako le entró como jeringa en vena al tiempo que pasaba una hoja.
— Pues, nada.
— No mientas, solo vienes a desayunar con el pelo sin alisar cuando algo te preocupa.
Yui suspiró trémulosa. Su fachada era visible para Sawako desde todos sus frentes abiertos. Se sentó a la mesa, encorvada, con las piernas pegadas y la vista clavada en la tabla de madera. — Volví a encontrarme con dos viejas amigas del instituto — Empezó a untar mermelada, que ya estaba en la mesa, en su pan.
— ¿Quiénes?
— Ritsu Tainaka y Tsumugi Kotobuki.
Sawako enmudeció. — ¿Hace cuanto?
— ¿Hace cuánto fue el concierto? —devolvió la pregunta Yui.
Sawako posicionó el periódico sobre la mesa. Sus gafas quedaron encima, cuál si fuesen dos ojos al acecho. — ¿Hace tanto?
— No fue nada, no le di importancia — Respondió Yui.
— Ellas te abandonaron. Te dejaron sola y yo te rescaté, ¿Lo recuerdas?
— Lo recuerdo.
— No son tus amigas, seguramente solo te quieren Por intereses.
— ¡Eso les dije! — Yui disociaba en automático mientras restregaba el cuchillo en la tostada sin tostar.
— ¿Y no has vuelto hablar con ellas?
— No hablo con nadie porque no tengo amigos.
Esa última afirmación afiló la vista de Sawako. Inclinó su cuerpo hacia adelante. — ¿Me estás culpando por eso?
— No, yo no te culpo por lo que pasó... — bajando la cabeza más que el tono, terminó callando su propia boca dando un mordisco a la tostada.
El silencio que siguió se volvió sólido. Sawako estaba sosteniendo una mirada que desnudaba cada una de las inseguridades de Yui. Optó por cambiar de tema. — Me ha llamado Shizuka Kinoshita, está interesada en ser tu corista.
Yui detuvo el movimiento de su mandíbula por un instante. — ¿La vocalista de Mob-ON?
— Correcto, tras que las ganases en semifinales, ha estado interesada en una colaboración.
Yui volvió a morder. A cada masticada le seguía el pensamiento de "interés, siempre interés".
— Le diré que si, hay que tener a la competencia cerca.
Yui dejó el pan a un lado y tomó la naranja. Le dio un mordisco rápido y no muy profundo a la parte superior, lo justo para rasgar la piel y luego seguir pelándola con las uñas. Sawako la observaba curada de espanto. Sabía perfectamente que Yui ya solo estaba configurada para la música; ella la había manejado para que así fuera.
— Obtuvo mi número por ser amiga de tu taxista, Tachibana Himeko. Así que ten cuidado si te vas muy lejos, no vaya a ser que le haya dado tu contacto alguien más.
— ¿E? — en el momento en que Yui se distrajo clavó el pulgar con demasiada fuerza en la pulpa de la fruta. Un chorro de jugo ácido salió disparado a su ojo derecho. — ¡Aaa, escuece!
Sawako la agarró con firmeza de un brazo evitando que cayese hacia atrás. — ¡Estate pendiente de esto!
Al gritarla, Yui se volvió a quedar plegada en si misma, se hizo pequeñita escuchando como la dictaban su futuro y pensando en buscar una buena base de maquillaje para ocultar el morado que le saldría pocas horas después.
***
Yui necesitaba aire y claridad, así que hizo todo lo contrario. Fue al estudio de grabación en cuanto tuvo la oportunidad, apenas saludando al llegar. Un cubículo claustrofóbico fue testigo de su bloqueo. Se frenó frente a la consola y ajustó los auriculares en el micrófono de condensador que colgaba frente a ella. Deambuló pensando en alguna letra, por las prisas había venido sin Natasha.
Pasaron diez minutos.
Luego veinte.
Treinta.
La pantalla del software de edición mostraba una línea de tiempo con tan pocos registros que bien podría ser plana. No salía ni un acorde, ni una mísera idea para las letras. Frustrada, Yui dio media vuelta y abandonó el cuarto con un portazo acolchado.
Su caminata terminó en la casilla de salida.
En el mostrador estaba Toyosato. La chica se tensó al verla salir de los estudios, irguiéndose por resorte. Hoy llevaba una gorra de maquinista nueva, de pana oscura, ligeramente ladeada sobre su cabello más corto que la última vez.
—¡Hirasawa-san! — su rostro se iluminó, y apoyó las manos en el mostrador—. De verdad, sigo sin creérmelo. ¡Muchísimas felicidades por la victoria ante Rain! Definitivamente la retiraste.
Yui medio que sonrió, pero la rigidez de sus hombros se mantuvo. —Fue una ejecución pública — se permitió bromear —. Si practicas lo suficiente, hasta tú podrías ser como yo.
Yui avanzó por el pasillo central, dejando que sus dedos rozaran las fundas de cuero de los bajos expuestos. Se detuvo ante la vitrina de accesorios. Allí seleccionó dos juegos de cuerdas de níquel de calibre grueso. Justo al lado, en una sección de liquidación, un maniquí con una peluca de fibra sintética negra, pelo hasta las caderas y flequillo espeso. La observó durante cinco segundos. Luego, la descolgó recordando la conversación de esta mañana.
Caminó de regreso al mostrador y puso los artículos sobre la madera. Toyosato parpadeó mientas escaneaba. —¿Una... peluca, Hirasawa-san? ¿Es para algún concepto de videoclip?
Yui adoptó una mala sonrisa, lo que en su lenguaje corporal implicaba estar a la defensiva. — Es por seguridad. Ahora que estoy en la cima, debo cuidar mi espalda de no ser reconocida en público. Es peligroso, mira a John Lennon.
Toyosato expuso sus ojos bajo la gorra, asintiendo con solemnida. — Tienes mucha razón. Debe ser muy difícil ser tan famosa.
La pantalla de la caja registradora marcó el total. Yui pagó en efectivo. Toyosato embolsó los artículos y soltó un pequeño suspiro de cansancio.
Yui tomó la bolsa. ¿Donde iría ahora? Empezaba a ser tiempo para comer, Sawako no iba a estar en casa, así que podría tomar algo aquí. Cuando dio los pasos suficientes hasta la puerta, vio su reflejo junto a la diminuta silueta de Toyosato y el mostrador. Un recuerdo fugitivo de ella comiendo sola le rebotó en el cerebelo, realmente no tenía a nadie como dejó caer Ritsu.
"Maldita sea, no estoy sola", gruñó en su mente.
—Toyosato —dijo Yui, girando en su eje—. ¿A qué hora termina tu turno para comer?
La chica alzó la visera sorprendida.
—En treinta minutos, Hirasawa-san. ¿Por qué?
—Esperaré —dictaminó Yui, caminando de vuelta hasta apoyarse contra una columna de la tienda—. Comeré contigo. Creo que es una buena forma de agradecerte que fueses a animarme y no seas una mala fan.
Durante los siguientes minutos en la tienda, la reina sin espada se convirtió en la conserje sin escoba. Más por aburrimiento que otra cosa, se dedicó a realizar tareas menores junto a la empleada de medio tiempo. Ayudó a alinear los clavijeros de las guitarras expuestas en la pared, revisó la lista de pedidos pendientes de amplificadores en la tableta del negocio y reordenó las cajas de púas por colores y grosores. La actividad la tranquilizó un poco, la recordó a esos tiempos en los que se repartía la tarea del hogar con su hermana.
Mientras colocaba una pila de partituras en el estante inferior, un par de jóvenes con chaquetas de cuero que hablaban en voz alta entraron a la tienda. Yui, al ver la estampa de Soda en ellas, quiso poner a prueba la peluca y se acercó tal cual si fuese a ordenar unos CDs. No prestó mucha atención hasta que uno dijo.
—¿Viste la entrevista de Rain en el foro? Intentó poner a parir a Hirasawa. Dijo que era una farsante y que jugaba sucio con los contratos.
El otro soltó una carcajada. — Le pasa por bocona, a ver si otra ducha de humildad la vuelve humilde o algo parecido.
Yui exhaló un suspiro de algo contenido en regocijo.
15 minutos después, Toyosato regresó del almacén vistiendo su chaqueta de calle y con el cartel de "Cerrado por descanso" en la mano.
— ¡Todo listo, Hirasawa-san! —anunció la chica con entusiasmo —. Conozco una cafetería excelente en el tercer piso. Hacen unos sándwiches estupendos, pensé que te gustaría probarlos.
Yui se acomodó la peluca frente al cristal de la entrada. — Bien, andando entonces.
***
Yui caminaba un paso por detrás de la adolescente, observandose difusa en los escaparates de las tiendas de ropa. A sus veintiséis años, el espejo seguía devolviéndole la imagen de una eterna adolescente. No había crecido mucho, apenas rozaba el metro sesenta y cinco, y su complexión delgada la hacía parecer aún más enana. Nadie se detenía a mirarla. Nadie la apuntaba con el teléfono. O su disfraz funcionaba muy bien, o no era tan importante como creía. Toyosato marchaba con energía, la chica no paraba de hablar sobre su jornada en el instituto, hilando anécdotas en el club de natación y lo fría que estaban las nubes hoy. Yui asentía rítmicamente, emitiendo sonidos de aprobación monosilábicos en los momentos adecuados.
Llegaron a la cafetería del tercer piso. Era un local moderno, tonos neutros y luces cálidas. El camarero las guió hacia una zona apartada, donde las mesas estaban flanqueadas por altos reservados de madera fina que se paraban un grupo de mesas de otras y daba a cada cliente su espacio.
Yui acomodó las bolsas de sus compras unas bolsas bajo el asiento para que no tocasen el suelo. Seguramente, sus ojos segaron el local ciento ochenta grados. Nada fuera de lo habitual, solo familias y solteros. Por los altavoces en las esquinas, solo música Lo-fi en bucle de estudio con el tempo lento.
En el tablero de madera oscura reposaban dos tabletas digitales de bordes cromados. Toyosato tomó una y Yui la imitó, deslizando el dedo por la pantalla táctil donde el menú se desplegaba. Los pedidos se enviaban directamente a la cocina con un toque. Comenzaron seleccionando dos raciones individuales de sándwiches de pollo asado con mostaza dulce y, para el centro, Yui seleccionó una bandeja de sushi templado con emulsión de mantequilla tostada para compartir.
Mientras la pantalla procesaba la orden con un destello verde, Toyosato dejó el dispositivo sobre la mesa y apoyó los codos. —¿Y en qué estás trabajando ahora mismo, Hirasawa-san?
Yui entrecerró un poco los ojos, evaluando la inflexión de la voz de la adolescente. —Noto que últimamente eres demasiado formal conmigo, Toyosato. ¿Por qué?
La chica se removió en el asiento. —Ah... bueno. Es que, después de que ganases tu último título nacional, creo que ya operas en unos raíles demasiado altos para mis vagones, Hirasawa-san. Jaja.
Yui se quedó pintando nada.
—Es... es un chiste de trenes.
Suavizando la línea de su boca, Yui dijo. —Está bien. Ha sido gracioso. Prefiero no reírme demasiado en público. Sé algo de trenes... Cuando era pequeña, tenía una amiga que tenía que tomar uno todos los días para venir a vernos —. Ahí se congelaron sus labios. —¿Preguntabas por lo que hago ahora? —desvió la mirada hacia uno de los altavoces del techo —. Pop Lo-fi. Me es complicado. Se aleja mucho de mi estilo, pero la discográfica insiste en que es un terreno más comercial.
— Entiendo — Toyosato echó el freno de mano y reculó en sus preguntas.
Para recuperar el control de la situación, Yui volvió a tomar la tableta digital. Deslizó el menú de bebidas con rapidez, ignorando sodas o café americano, hasta que llegó a la sección de importación. Buscó el té negro de hojas seleccionadas más caro de la lista y presionó el botón de añadir al pedido. Necesitaba amargura para ahogar los fantasmas del pasado.
Un camarero rompió la inercia del reservado al dejar las bebidas sobre la mesa: un vaso alto de refresco de naranja con hielo que burbujeaba para Toyosato, y una tacita de cerámica con el té verde para Yui. El vapor que ascendía del líquido caliente empañó por un instante el flequillo de su peluca.
Yui extrajo un pequeño frasco de pastillas de su bolsillo y dejó caer tres sobre la palma de su mano. Se metió los suplementos vitamínicos a la boca de golpe y, de un sorbo largo del té, las tragó. Toyosato la contempló con la pajita del refresco a medio camino.
—¿Y eso, Hirasawa-san?
— Son necesarias para mantener la dieta.
La adolescente arrugó ligeramente la nariz, dubitativa. —¿Pero no es malo tomarlas con algo tan caliente? Mi madre siempre dice que el calor destruye los nutrientes.
—Sé perfectamente lo que hago —la interrumpió Yui, sin admitir réplica.
Acto seguido, guardó el frasco y Toyosato captó la señal bebiendo un trago largo de su refresco, forzándose a mirar hacia otra parte. Poco después llegó el resto del pedido. La nula charla se mantuvo mientras se servían los sándwiches de pollo. El crujido del pan tostado y el tintineo de los platos de porcelana se convirtieron en la única banda sonora. Hasta masticaban a ritmos discordantes.
Tras terminar la mitad de su sándwich, el entusiasmo natural de la adolescente pareció ganarle la batalla a la prudencia una vez más. —Entonces... aparte de los proyectos de la discográfica y de entrenar con la guitarra, ¿qué más haces en tu día a día?
Yui detuvo el bocado en el aire. —¿Qué más hago?
—Sí. Tu vida fuera de los escenarios tiene que ser genial. No sé... probar el merchandising oficial, escribirles cartas a los clubs de fans, salir de fiesta con tus amigos los fines de semana... cosas así.
La palabra «amigos» hizo en Yui que vaciara cualquier expresión, transformándose en una pintura genérica de si misma.
—¡Oh, no! — la chica agitó las manos con desesperación, haciendo que la visera de su gorra subiera y bajara—. No lo digo porque sea esa clase de fan acosadora que quiere saber dónde estás todo el tiempo, ¡de verdad! Yo solo... solo voy a comer y a callarme, sí. Perdón. Lo siento mucho, Hirasawa-san, estoy muy nerviosa.
La chica tomó una servilleta de papel con torpeza, limpiándose las gotas de sudor frío que le habían fluido, y regresó a su sándwich. Yui imitó el gesto. Volvió a comer en silencio, pero las palabras de la estudiante habían generado gangrena en sus recursos mentales. "¿Qué más hago?", se preguntó a sí misma.
Para cuando terminaron los sándwiches, seguían calladas. Tan poco estaban hablando que les llegaban voces de las otras mesas sobre partidos de voleibol o experiencias extrañas en la bañera. Toyosato no hablaba por miedo a pifiarla, Yui pensaba que romper el silencio ahora solo sería incómodo. Se ubicaban en el punto nemo de la interacción social.
—¡Dichosos los ojos! —una voz estridente golpeó la burbuja de ruido blanco.
Yui alzó sus sentidos alerta, registraron el sonido de unos pasos firmes hacia el reservado.
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La mujer que acababa de asomarse por el hueco del panel no se dirigió a ella, sino a Toyosato. Era alta, de tez ligeramente bronceada y facciones mediterráneas. La reconoció, era Lucía, la carismática cantante extranjera que semanas atrás hablaba de negocios con Jane.
—Baja la voz, por favor —susurró una segunda presencia más comedida.
Yui tuvo que ladear la cabeza para enfocar al chico que acompañaba a Lucía en el otro flanco. Era un joven de unos veinticuatro o veinticinco años, de facciones suaves. Lo más llamativo de él era su cabello negro, extrañamente largo para ser varón, cayendo a los lados de su rostro sin la necesidad de recogerlo en una coleta.
Toyosato, que se moría de ganas de romper el asfixiante silencio, se enderezó. —¡Lucía! ¿Qué haces aquí?
—Veníamos ha tener los últimos ensayos del bloque de enero. Como vimos que habías cerrado para tu descanso, aquí Azuko y yo pensamos dónde podrías haberte metido.
El chico del pelo largo dio un paso asintiendo levemente a modo de saludo general. —Dijiste una vez que solías tomar tus descansos en esta cafetería, así que nos pasamos a ver si te faltaba mucho para reincorporarte.
—Qué atento a los detalles, Nakano-san —comentó Toyosato genuinamente.
El apellido descargó estática en Yui. —¿Nakano... Azuko?
Tres pares de miradas cayeron a ella al mismo tiempo. Yui no apartó los ojos del chico, como si observara a un gato dócil.
El joven parpadeó, visiblemente intimidado. —Sí, ¿Nos... conocemos de algo?
—No. Pero tu nombre me recuerda al de una serie de animación que solía ver con mi hermana cuando éramos pequeñas —. Hizo una pausa obligada. El espectro de Ui volvió a flotar en su mandíbula. —No importa. Olvídalo.
Azuko dejó escapar un suspiro largo, se delataba que había pasado por esa misma conversación docenas de veces en su vida. —Ah, ya veo. Sí, "Mi vida en los ensayos", el manga de Kakifly. Mis padres eran fans de esa obra. Pero como el personaje principal era una chica, cuando nací decidieron ponerme la alternativa masculina de su nombre. Muy originales, lo sé.
Lucía le propinó un golpe juguetón en la espalda que casi lo hace tambalearse. —Te desanimas por cualquier tontería. Bueno, si os queda mucho para terminar de comer nos vamos, que estamos aquí en medio del pasillo estorbando a los camareros.
Justo en ese momento, un empleado de la cafetería pasó apurado a su lado cargando una bandeja, obligando a los dos músicos a pegarse contra el panel de madera.
—No nos queda mucho —intervino Yui. La fingida cortesía de su voz era tan natural que los tres la creyeron—. Podéis sentaros si queréis.
—No hace falta, de verdad, ya hemos comido algo en el estudio —respondió Azuko educadamente.
Lucía, que malinterpretó por completo la inusual invitación de Yui como coqueteo hacia su compañero, soltó. —No digas eso, hombre. Siempre hay espacio para una buena cerveza fría entre ensayo y ensayo.
El reservado tenía espacio exacto para cuatro personas. Sin esperar una segunda invitación, Lucía se deslizó en el banco al lado de Toyosato, mientras que Azuko, disculpándose con la mirada, tomó asiento al lado de Yui. Ella lo observaba de reojo, había algo en la timidez de ese chico que le resultaba extrañamente familiar.
—¿Qué instrumento tocas tú? —preguntó Yui, mientras daba un sorbo a su té ya tibio.
Azuko fijó la vista en la superficie de la mesa, un tanto abrumado. — Una '69 Fender Japan Mustang. ¿Y tú... Tocas algo?
Toyosato soltó una carcajada ahogada, tapándose la boca con la servilleta. —¿Que si lo hace? Verdaderamente esa peluca funciona. Nakano-san, ¿No reconoces a Hirasawa "la reina sin espada" Yui?
Azuko abrió de par en par. Durante dos segundos obligatorios de incredulidad, miró las facciones de Yui. Luego, ladeó la cabeza, buscando los rasgos de las fotografías de prensa. Yui, disfrutando del impacto, esbozó su sonrisa de revistas. Al chico por poco le sobreviene un desmayo.
—No... no puede ser. Yo... bueno, sabía que eras de esta ciudad, estás en todas las noticias de los medios digitales últimamente, pero no pensaba que... Vaya. No sé. No tengo palabras.
Lucía estalló en una carcajada limpia mientras tomaba la tableta digital para pedir dos cervezas de barril en vaso frío. —Y tú querías perderte esto para quedarte en el local repasando escalas, genio. ¿Qué será de ti cuando me vaya?
El tiempo continuó diluyéndose entre el zumbido de fondo del local y el tintineo de los vasos de cerveza que Lucía vaciaba con rapidez. La cantante extranjera dominaba la mesa mientras explicaba los entresijos de la industria internacional con historias confusas sobre los paisajes verdes e inviernos lluviosos de Asturias.
Azuko aprovechaba los pocos huecos de silencio para dirigirse a Yui. Sus preguntas tímidas buscaban consejo sobre cómo resolver ciertas progresiones de acordes. Las respuestas de Yui, sin embargo, eran escuetas. — Normalmente, en momentos así improviso.
No era una mentira, Yui era treinta por ciento memoria y setenta por ciento talento natural, agudizado más aún porque sabía lo que ocurriría si llegaba con una derrota a su casa.
Todo se acabó cuando Toyosato desbloqueó la pantalla de su teléfono móvil. —Espera. Ya han pasado más de cincuenta minutos. ¡Jane me va a matar!
Lucía soltó una carcajada, apoyando la espalda en el asiento. —No será para tanto, ¿Cuánto dura exactamente tu descanso de mediodía?
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—¡Treinta minutos!
—Ah, entonces sí. Te va a despedir seguro.
—¡No me digas eso! —Toyosato comenzó a buscar la cartera—. Tengo que pagar mi parte y correr, yo...
—Yo pago — la voz de Yui se ganó, por segunda vez en la tarde, tres pares de ojos. —Consideradlo mi forma de agradeceros que no he tenido que comer sola.
Azuko hizo un amago de detenerla. —Hirasawa-san, de verdad que no es necesario. Lucía puede pagar lo suyo...
—No me hagáis insistir. Es de mala educación.
Toyosato casi llora de la gratitud. —¡Mil millones de gracias, Hirasawa-san! Venga, venga, Lucía, muévete...
La adolescente comenzó a zarandear el brazo de la cantante con insistencia hasta que esta se deslizó fuera del banco, dejándole el paso libre. Toyosato salió esquivando a los clientes con la velocidad de un rayo. Lucía se sacudió la chaqueta para mirar bajo la silla. —¡Espera, Toyosato! ¡Te dejas las bolsas... — Se había ido. — Azuko, corre.
El chico parpadeó — ¿Yo?
Lucía no respondió con palabras. Se limitó a hacer un gesto imperioso de "tú eres el más joven, muévete". Azuko soltó un bufido resignado, tomó las bolsas de plástico de su cesta y salió despedido a grandes zancadas.
Al quedarse a solas con Yui, Lucía se tomó un segundo antes de marcharse. Se inclinó levemente sobre la mesa. —De mujer a mujer. Está completamente soltero.
Se dio la vuelta y se marchó a paso ligero. Yui se quedó en el banco sonrojandose. ¿Qué demonios pretendía decirle con eso? Sentía cierto interés por el chico únicamente porque su nombre le recordaba a una obra de su infancia, y ya.
Meneó la cabeza de un lado a otro.
Era por eso y ya.
Tomó la tableta para liquidar la cuenta con un pago de tarjeta. El total reflejaba los caprichos de la mesa: las raciones individuales, el sushi con mantequilla, el costoso té de importación de Shizuoka y las dos cervezas de Lucía sumaban un total de 2.800 yenes. Se realizó el pago en la barra con un "bip bip".
Mientras caminaba de regreso a casa, solo pensó en donde podría buscar aquella vieja serie sobre Azusa Nakano que llevaba tantos años fuera de transmisión. Marchó pensando: "Azunyan, eres de los pocos recuerdos bonitos que me quedan".
Capítulo 7: Una raya más para el tigre.
El abdomen de Sumire subía y bajaba, sus manos con las baquetas sudando casi casi apunto de resbalar. — ¿Y bien, que te parece?
La caja acústica en la que practicaban ahora se sentía más amplia, los entrenamientos ya no se sentían como una cuestión de vida o muerte, aunque nunca lo hubieran sido.
— Impresionante, si que si — Ritsu le asintió con una sonrisa.
— ¿Pero...? — Sumire agachó las orejas.
— No hay ningún pero.
— Siempre lo hay.
Ritsu desvió un poco los ojos silbando. — Bueno, es un detalle tonto. Mira, repite los tres últimos golpes en el bombo.
Sumire se frunció decidida y golpeó.
¡Pam, Pam, Pam!
— Otra vez.
¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!
— ¿Qué notas?
— Creo que nada.
— La fuerza, Sumire, golpea otra vez con más ganas.
¡Pam! ¡Pam!
— ¿Más fuerte? — preguntó.
— Jajaja, ¿De verdad que no lo ves?
Sumire buscó por cada pieza de su instrumento. ¿Qué le faltaba? ¿Qué hacía tan mal? ¿Tendría los cordones desatados? ¿Tal vez su pelo saltaba de manera graciosa?
— ¿Qué pasa? — preguntó a nada de volverse un amasijo de nervios.
— El bombo, Sumire, míralo bien.
— ¿Está roto? ¿Se le ha salido alguna clavija? — sus dedos empezaron a palpar alrededor del círculo toqueteando cada tornillo.
— No, se te está yendo.
— ¿Enserio? Entonces moveré más rápido las baquetas.
— No, Sumire, se te está yendo de verdad. Mira tu pie, cada golpe que le das lo manda un poco más hacia el frente. ¡Jajaja!
Ritsu se llevó un puño a la cara intentando calmar su risa para no humillar inintencionadamente a la novata. Sumire clavó la mirada al suelo echa un tomate, ella simplemente pensaba que el instrumento estaba hecho así para estabilizarse por si se resbalaba de la silla.
— No pasa nada, nos ocurre a todas. Es solo un fallo de principiante. Por cosas como esta normalmente se pone un taco delante del bombo — mientras su risa se volvía más tenue se acercó a la novata. — Venga, va, ahora descanso. No quiero que te preocupes por esto, cuando estés en un escenario de verdad tanto las tarolas como el bombo estarán atornillados.
— ¿Voy a subirme a un escenario de verdad?
— Por supuesto, ¿No es esa la meta de cualquier aspirante a estrella?
— Yo solo quería practicar por diversión, ¿Creés que tengo lo necesario?
— Por supuesto que si — respondió Ritsu mientras le recompensaba con un pulgar arriba.
***
Mientras tanto, en la penumbra del cuarto de las cuentas, Mugi hacía girar un lapicero entre sus dedos mirando el monitor de sobremesa. Su puesto formal en la empresa familiar era revisar los números del final de enero, lo de cargar cajas y limpiar lo hacía por puro gusto.
La puerta anunció a Nodoka y su carpeta de plástico fino con un par de papeles.
— Nodoka, por favor, dame una alegría.
— Sin novedades, desafortunadamente —respondió en compostura, tendiéndole las hojas en blanco—. Solo traigo estas solicitudes tal cual las dejamos. La biblioteca local y las dos cafeterías del centro nos las han devuelto. Dicen que no hay nadie interesado.
Mugi exaló y dejó caer todo el tronco hacia el escritorio. Alzó la cabeza apenas lo justo para mirar a su manager. — Ya estamos a mitad de febrero y todavía no tenemos nada. ¿Segura que no te quieres unir como integrante? Eres muy buena vocalista.
— Lo siento, Mugi, el pánico escénico me supera —declinó con amabilidad mientras dejaba las solicitudes sobre el mostrador y arrastraba una silla de oficina para sentarse —. ¿Cómo van las cuentas de la tienda?
— Bueno, van bien. Hay ganancias constantes, aunque tampoco estamos como para que el dinero nos llegue al techo.
— Me puedes reducir el salario si ves que los números se apretan.
— ¡Claro que no! Antes me reduzco el mío. El dinero no es el problema en absoluto, el problema es la banda. Ritsu y yo somos buenas; humildemente puedo decir que somos muy buenas, pero sin una voz principal o una guitarra no vamos a llegar a ninguna parte.
Los ojos azules de Mugi se desviaron hacia una de las nuevas solicitudes que habían diseñado en Photoshop: letras gruesas en blanco y rojo donde se leía "Ritsu y los Especialistas", todo flotando sobre un fondo de galaxias. — A lo mejor el problema es que el cartel no llama lo suficiente la atención... ¿Crees que si nos ponemos disfraces de animales... ?
Nodoka soltó un leve suspiro, cruzando las manos sobre la carpeta. — ¿Te puedo ser todo lo sincera que soy, Mugi?
— Eres la manager.
— Ritsu y tú lo estáis enfocando mal. No quería decir nada al principio porque admito que no sé demasiado de la industria musical actual, pero después de repasar los conciertos de Yui que me enseñasteis, me he dado cuenta de que estáis buscando miembros en el lugar equivocado. Deberíais frecuentar locales más pequeños, sitios donde haya novatos desesperados por una oportunidad.
Mugi apretó un poco los labios, jugando con el borde de su jersey. — Lo estuve pensando, créeme, pero Ritsu dice que eso no funcionará. Su teoría es que, tal y como estamos ahora, no tenemos ningún tipo de reconocimiento. Si ponemos solicitudes en lugares donde la gente ya se promociona por su cuenta, irán directo a quien tenga más experiencia o una marca establecida.
Nodoka esbozó una calculada sonrisa. — En ese caso... tal vez sí que puedo darte una alegría.
Sumergió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un folleto cuidadosamente doblado en cuatro. Se lo extendió a Mugi sobre el teclado del ordenador. Era la hoja promocional del San'nensei Okurikai de Sakuragaoka —la fiesta de despedida de los alumnos de tercer año—. En la letra pequeña del reverso, la organización especificaba que buscaban artistas locales emergentes de caché bajo, con clara preferencia por presentaciones gratuitas.
— Van a asistir familias enteras, alumnos de graduación y muchas almas jóvenes interesadas en la música —explicó Nodoka.
A Mugi se le iluminaron los ojos al instante, pero segundos después, sus mofletes se arrugaron en una mueca de duda al leer el encabezado del evento.
— Espera... aquí es donde trabaja la madre de Yui, ¿verdad? Seguro que ella va a estar allí.
— Me he asegurado de investigar bien antes de traértelo. El caché actual de Yui es demasiado elevado para un evento escolar y ella no parece estar interesada en volver a sus raíces; no ha asistido a la despedida en ninguno de los años anteriores. La Preparatoria Sakuragaoka sigue manteniendo su fama modesta, pero quién sabe... la nueva sangre que busque inspiración podría estar entre ese público.
Mugi escuchó la argumentación, miró el folleto una vez más y dio un toque firme contra la mesa con el lápiz, haciéndolo resonar como si fuera mazo de subasta.
— ¡Vendido! Vamos a contárselo a Ritsu ahora mismo.
***
Ritsu se acercó hacia Maho Sawabe con el sigilo de un lobo acechando a un cervatillo. Sawabe, una mujer de su misma edad, era la segunda empleada a cargo de la tienda y, lo más importante para los planes de Ritsu, la guitarrista principal de una banda de rock independiente que compartía con sus amigas desde los tiempos del instituto, una de esas raras formaciones que habían tenido la suerte de sobrevivir hasta la adultez.
Mientras colocaba cuidadosamente un par de púas de guitarra en un estante expositor, Maho sin tan siquiera girarse, rodó los ojos y soltó. — Mi respuesta es no.
Ritsu frenó en seco, con una mano en el aire.
— ¡Oye! Pero si ni siquiera he preguntado nada.
— Estuviste toda la semana pasada insistiendo con lo mismo —replicó Maho, colocándose un mechón marrón tras la oreja—, y ahora llevabas dos días sin intentarlo. Estás tomando carrerilla, así que la respuesta sigue siendo no.
Ritsu entornó los ojos, adoptando su mejor pose de negociadora implacable. — Le pongo un cero más a tu salario.
— No estoy interesada, Tainaka. Estoy perfectamente bien con mi banda de siempre.
— Le pongo dos ceros más.
— Tú no tienes cincuenta millones de yenes.
— Yo no, pero Sumire y Mugi sí.
Maho suspiró y se giró por completo para mirarla cara a cara. — Ritsu, incluso si por un milagro te dijera que sí, perdería a mis amigas. Me verían como una vendida que las abandona por dinero. ¿Qué se supone que les podría decir?
— Diles que es por una buena causa.
— Hola, chicas, ¿de qué habláis? —intervino de pronto una voz dulce a pocos centímetros de ellas.
— ¡Aaaaaah! —gritaron Ritsu y Maho al unísono.
El susto hizo que Ritsu diera un brinco desordenado hacia atrás, chocando contra la estantería de madera y haciendo temblar de forma peligrosa toda una fila de bajos eléctricos.
— ¡Mugi, no hagas eso! —exclamó Ritsu, llevándose una mano al pecho mientras estabilizaba el mueble—. ¡Casi nos da un ataque!
— ¡Mil perdones! —se disculpó Mugi, juntando las palmas de las manos con una sonrisa culpable.
Nodoka se acercó tranquilamente tras ella, mientras Maho intentaba recuperar la compostura y no estallar en carcajadas.
— Ritsu, hemos tenido una idea sencillamente legendaria —anunció Mugi —. Vamos a ir a tocar a tú viejo instituto.
Ritsu procesó las palabras. — ¿En serio?
Nodoka le extendió el folleto que traía consigo. — Sí. Me encontré esto hace un momento y he estado consultando los horarios y el personal disponible. No nos pagarán nada, evidentemente, pero puede ser un canal de promoción excelente.
Maho estiró el cuello para echarle un vistazo al volante promocional. — Vaya... ¿Sigue en pie? . Cuando yo estudiaba en la Preparatoria Hikarigaoka siempre había rumores de que en cualquier momento Sakuragaoka terminaría cerrando por falta de alumnado.
Las dos ex-estudiantes de Sakuragaoka y Mugi se giraron despacio hacia Maho.
— Eso... eso ha dolido —soltó Ritsu, arrugando la nariz—. Puedes tener razón, pero había formas mucho más diplomáticas de decirlo. Mugi, despídela con efecto inmediato.
— ¿Cómo?
— Te lo perdonamos todo si te unes a la banda ahora mismo.
Maho se dio media vuelta hacia la trastienda. — Pues entonces me voy, no nos veremos mañana.
— Chicas, por favor, haya paz —intervino Mugi entre risas, haciendo un gesto para calmar los ánimos antes de volverse hacia su amiga de la infancia—. ¿Qué te parece la idea, Ritsu?
Ritsu soltó un silbido suave. — Llegadas a este punto no perdemos absolutamente nada... Ja, al final sí que vamos a terminar aprovechando la fama de Yui. Ganaremos reconocimiento en su propia casa. Un momento... Ella no va a ir, ¿verdad?
— Es lo más probable —respondió Nodoka —. Sin embargo, tampoco tengo forma de contactar directamente con ella para confirmarlo, así que siempre cabe la remota posibilidad de que aparezca entre el público acompañando a su madre o algo por el estilo.
Ritsu miró a Mugi y luego se observó las manos, las cuales, por puro instinto muscular, ya parecían estar sosteniendo las baquetas. — Bah, da igual. No importa si está o si no está. Allí no puede ordenarnos que nos bajemos del escenario, así que vamos a darle a la Preparatoria Sakuragaoka el espectáculo que realmente se merece.
— ¡Sí! —gritaron las cuatro al mismo tiempo, contagiadas por el repentino arrebato de energía.
Fue un grito tan unánime que Mugi, sorprendida por el coro, giró rápidamente la cabeza hacia la segunda empleada. — ¿Tú también te has emocionado, Maho? ¿Significa eso que te unes a nosotras?
— ¡Perdón, perdón! Solo me dejé llevar por el momento, jeje —. Sin embargo, al ver la ilusión genuina en los rostros de las tres, lo pensó un poco mejor—. Bueno... supongo que podría ir a veros con mis amigas, Yukari Sakuragi y Kaede Shimizu. La hermana pequeña de Sakuragi estudió allí, tendrá la forma de conseguir entradas.
— Será un verdadero placer tenerte allí, Maho, aunque sea como espectadora.
***
Al día siguiente, tras haber estado organizando el espacio de trabajo, Mugi y Ritsu preparaban el ensayo. Fiel a sus costumbres, Mugi había llevado su propia mesa plegable para el té, acompañada por su selección de bolsas, el juego completo de tazas de porcelana y una bandeja de pastelitos extra, por si Nodoka y Sumire pasasen a visitarlas.
Ritsu hizo girar una baqueta entre los dedos de su mano derecha, sintiendo soltura en su muñeca.
— Sabes... la verdad es que estoy bastante emocionada por esto. ¿Tú también, Mugi?
— Claro que sí —respondió Mugi mientras colocaba con cuidado su pesado teclado sobre la tarima—. Al fin podré visitar la mítica preparatoria donde todo tendría que haber salido bien. Sé que no merece la pena hacerse la pregunta a estas alturas pero... ¿crees que si me hubiera quedado en Japón, todo habría sido diferente?
Ritsu, que mentalmente ya estaba preparada para el abordaje, respondió.
— No. La muerte de Ui fue un punto de no retorno demasiado grande para Yui. Si te hubieras quedado, solo habrías escuchado cosas que te habrían hecho daño.
Mugi apretó los puños suavemente contra el borde del teclado.
"Basta de 'y si hubiera'".
— Tienes razón. Pensemos en el aquí y el ahora. ¿Crees que podríamos conseguir algún uniforme para la actuación? Yui a veces sale con traje de mucama en sus conciertos, en verano suele actuar en chándal, y hay grabaciones donde incluso sale en bañador.
Ritsu se rascó la nuca, valorando las opciones. — Creo que podría preguntarle a mi madre si guarda el viejo uniforme escolar. ¿Tú tienes algún contacto con alguien del mundo de la alta costura?
Mugi se limitó a una amplia sonrisa.
— Menuda pregunta hago... Estaría perfecto que le encargases a Coco Chanel, o quien sea, que nos fabrique el mismo pero ajustado a nuestra talla actual. Luego nosotras podemos personalizarlo con broches o detalles propios. Y si la cosa sale bien, después vendemos los broches por separado y hacemos una pequeña fortuna. Son todo ventajas, jeje.
— ¡Es una idea excelente! Podemos pasarnos después por el fotomatón del centro comercial para sacar nuestras propias fotografías de referencia.
Ritsu chocó las baquetas entre sí, marcando un ritmo rápido y alegre.
— Trato hecho.
Mugi deslizó los dedos de un extremo a otro sobre las 76 teclas de su instrumento. — Todo en orden por aquí. ¿Cómo deberíamos empezar?
— He estado pensando que nuestro punto fuerte es la percusión, así que empezaré haciendo un poco de teatro —explicó Ritsu, acomodándose en el sillín de la batería—. Digo en inglés: "wan, chu, tri", dando golpes al aire. Después hago que una rebote contra la tarola en un arco perfecto, tú entras con las teclas blancas centrales marcando los contratiempos, y de ahí arrancamos con una base de J-pop tradicional. Asequible para toda la familia.
— Me encanta esa idea.
Mugi se acercó a un viejo radiocasete e introdujo un disco grabable. Se notaba que la empresa familiar había tenido la recuperación hace poco, aún recurría a un aparato de reproducción de los años 2010 para reproducir música en ensayos.
Para Ritsu estaba bien, le obligaba a afinar el oído. Lista de una vez por todas, marcó el compás golpeando las baquetas. El ritmo las hizo entrar en calor rápidamente. Así siguieron, hacia delante como el tiempo devorando los últimos días de febrero para aproximarlas cada vez más a marzo.
***
Ritsu, Mugi, Nodoka y Sumire cruzaron juntas la puerta principal de la Preparatoria Sakuragaoka. Eran exactamente las seis de la tarde y los preparativos básicos para el festival ya estaban casi listos.
La gente comenzaba a desplazarse de un lado a otro por los pasillos exteriores: chicas de catorce años conocían el centro y alumnas de dieciocho portaban broches en flor como símbolo de su pronta graduación. Entre los edificios se habían instalado varios puestos recreativos improvisados cargados de repostería casera. Al pasar por el vestíbulo, Ritsu señaló con una carcajada el busto central decorado con un gorro de fiesta.
Mugi consultó su reloj de pulsera tras ponerse en un lugar donde no estorbase. — Nuestro concierto es dentro de una hora, lo que nos deja unos treinta minutos libres antes de que tenga que hablar con el personal a cargo. ¿Qué os apetece hacer?
— Podemos dar un paseo primero —propuso Ritsu,—. Puedo enseñarte un poco el campus y tal vez nos encontremos con alguna vieja cara conocida, ¿verdad, Nodoka?
— Es muy probable. ¿Te acuerdas de Taki Eri? Formó su propia banda también cuando terminaron la universidad y parece que les va bastante bien.
Mugi dijo. — No cabe duda de que el éxito de Yui fue un auténtico parteaguas para todas las chicas de este instituto.
— ¡Ey, basta de hablar del trabajo durante el descanso! —protestó Ritsu —. Ven, te enseñaré el lugar donde escondía las chuletas que le copiaba a Nodoka.
Nodoka se sacudió en seco. — ¿Que tú hacías qué?
— ¡Nada, nada!
Estuvieron deambulando por paredes marcadas con cintas de señalización que indicaban zonas permitidas y restringidas. A cada paso, Ritsu notaba cierta punzada en el pecho, no reconocia a ninguno de los profesores, y mucho menos a las alumnas de esta preparatoria femenina. Estaba de visitante en su propia cancha.
Al llegar al tramo de escaleras que conducía a los pisos superiores, su mano se apoyó sobre la pequeña figura de porcelana de una tortuga, colocada en el saliente de la balaustrada. Se giró para mirar a Mugi y a Sumire.
— La azotea os va a encantar. Es súper espaciosa y puedes correr gritando a pleno pulmón sin molestar a nadie. Me encantaba subir a mirar las nubes allí cuando... cuando comía sola en segundo y tercer año.
Tan pronto como las palabras salieron de su boca, Mugi y Nodoka abrieron los ojos de par en par, fijando la mirada por encima del hombro de Ritsu. Sumire, aunque no terminaba de entender, imitó el gesto en el mismo punto.
Ritsu agitó la mano en el aire. — Va, chicas, no me miréis así. Ya lo tengo más que superado, de verdad.
— Tainaka Ritsu... ¿De verdad eres tú? —dijo una voz a sus espaldas.
Era una voz mayor, cálida y de timbre maternal. Ritsu se giró en redondo. Frente a frente, en lo alto del descansillo, se encontraba una mujer de hebras que empezaban a ser canosas en un cabello que una vez fue oscuro, y sostenía una postura ligeramente encorvada por los años, aunque mantenía un aspecto sano.
Ritsu sintió que el aliento se le volvía cemento en la garganta. — Se... ¿Señora Akiyama?
Era la madre de Mio. La misma se acercó un par de escalones más. — A ver si me acuerdo de las caras, de cuando veníais a casa a jugar. Tú debes ser Nodoka, y tú Tsumugi. Pero a ti no te recuerdo, cielo.
Sumire dio un paso al frente con reverencia.
— Soy Saito Sumire. Es mi primera vez aquí, es un verdadero placer conocerla.
— Lo mismo digo. Os veo muy sanas y fuertes a todas. ¿Aún tomáis té después de los ensayos?
— Ahora podemos usar uno de mejor calidad para que no amargue —contestó Mugi.
— Vaya, eso me encantaría probarlo algún día.
Mientras la conversación fluía, Ritsu descubrió para su propio mal que no era tan fuerte como pensaba. Uno de sus tobillos amenazaba con ceder, y su mirada no se enfocaba en ninguna parte realmente. La madre de Mio notó la reacción, y le dirigió una mirada de paciencia.
— ¿Qué... qué hace aquí, Akiyama-san?
— Aún hablo con tu familia de vez en cuando. Tu madre me comentó que vendrías a la ciudad, una pequeña parte de mí supo que te encontraría aquí.
Ritsu estaba tan pálida que la luz que entraba por el ventanal parecía atravesarla de lado a lado. — ¿Quería... quería algo de mí?
— Sí. Saber cómo estás. Tu madre me contó sobre tu paso por el ejército y tu trabajo en el extranjero, pero no me dijo cómo te encontrabas tú por dentro. Y bien, Ritsu... ¿cómo te encuentras?
El pulso se aceleró, hasta que sintió un contacto cálido de la mano de Mugi entrelazando sus dedos con ella. Ritsu la miró de reojo; era cierto, ya no estaba sola. Alzar la vista la llevó hacia Nodoka. A su lado, Sumire seguía sin terminar de entender el peso histórico.
Ritsu respiró hondo, llenando sus pulmones de aire fresco, y apretó la mano de Mugi. — Estoy bien. Ha sido un proceso largo y muy difícil... pero estoy bien. He retomado esa vieja promesa que le hice a Mio sobre empezar una banda. Nuestro concierto empieza en unos minutos. ¿Se... se quedará a verlo?
La señora Akiyama asintió despacio. Lo entendía. Claro que lo entendía, ¿quién podía conocer mejor el corazón de Mio que su propia madre?
— Mio siempre me hablaba de lo feliz que eras y de lo dispuesta que estabas a hacer realidad cualquier locura. No pierdas eso, Ritsu. No lo pierdas jamás. Lo mismo os pido a cualquiera de vosotras.
— Muchas gracias, de verdad. Ja, ja... creo que sí que necesitaba esta conversación.
Ritsu sintió que se sacaba una bala del pecho. Quizás nunca podría perdonarse del todo, pero el tiempo había pasado, y de las heridas mortales solo quedaban cicatrices.
La madre de Mio las miró a todas de una. — Si lo necesitáis para vuestro proyecto... el viejo bajo de Mio todavía se encuentra en casa. Estoy completamente segura de que a ella le hubiera encantado que te lo quedases tú, Ritsu.
Mugi sintió que era su momento de hablar. — Nos encantaría recibirlo. Iré a visitarla personalmente con un poco de nuestro mejor té el día que pasemos a recogerlo.
— ¿Me puedo apuntar a ese plan yo también? —pidió Nodoka.
— ¡Y yo! ¡Y yo también voy! —exclamó Sumire, alzando la mano con entusiasmo contagioso.
La señora Akiyama rió dulcemente.
— Todas sois más que bienvenidas a mi casa.
Y finalmente llegó el concierto.
Tenía lugar al aire libre para que hubiera espacio de sobra para todos los asistentes. Entre el equipo de sonido, las vigas del escenario y el enorme telón, lo más importante que separaba a Ritsu del público era un micrófono sobre un trípode. Se acercó a él, lo ajustó a su altura y se aclaró la garganta.
— ¡Buenas tardes, Preparatoria Sakuragaoka! ¿Os lo estáis pasando bien?
La respuesta fue un estallido de júbilo y decenas de chicas agitando bengalas de colores por encima de sus cabezas. Habían pensado en todo. Mugi, ubicada detrás de su teclado, saludaba con la mano al público, profundamente emocionada por el cálido recibimiento. Como era de esperarse, estando acostumbrada a subirse a cuadriláteros de boxeo, esta experiencia le resultaba un paseo más llevadero.
— Soy Tainaka Ritsu, líder de la banda, todavía pequeña, "Ritsu y los Especialistas", marca registrada. Este lugar ha formado a grandes leyendas de la escena fri estail y nosotras aspiramos a ser las siguientes.
Mientras hablaba, sus ojos sondaron la multitud. Distinguió a Maho junto a sus dos amigas; la chica de cabello rubio a su lado parecía especialmente entusiasmada, probablemente sería la batería de su grupo. También localizó a un chico de cabello oscuro que la observaba atenta y críticamente. Quien resultaba imposible de no ver era Yamanaka Sawako... ¿pero de dónde demonios había salido? La madre adoptiva de Yui la miraba con un marcado atisbo de superioridad, aunque no había rastro alguno de su hija.
El resto solo eran mechones teñidos, coletas, moños, peinados en pico y decenas de chicas vistiendo el uniforme escolar, hasta que su mirada se detuvo en la madre de Mio, quien permanecía de pie con las manos serenas, esperando el show.
— Con la ayuda de esta vieja preparatoria en la que estudié, hemos obtenido el permiso para publicitarnos. Así que, si al terminar este concierto alguna de las presentes está interesada en unirse a nuestro proyecto, encontrará a nuestra manager repartiendo solicitudes en la entrada. Y ahora... ¡disfruten del espectáculo!
Giró la cabeza hacia Mugi, quien le devolvió un firme asentimiento. Ritsu hizo girar baquetas, las golpeó por encima de su cabeza al ritmo de "wan, chu, tri". Sumire, desde la mesa de mandos, dio inicio a la base. Ritsu y Mugi arrancaron a tocar al unísono, demostrando que en un solo mes, habían logrado un nivel que nadie podría llamar "música no decente".
Al día siguiente, Ritsu llegó quince minutos antes al trabajo. Nodoka y Mugi ya la estaban esperando en el interior.
Durante el concierto habían logrado entregar un total de 15 solicitudes. Aunque no esperaban tener a semejante cantidad de personas agolpadas en la puerta, confiaban en que las interesadas irían apareciendo progresivamente a lo largo de la mañana.
Para amenizar la espera, Mugi comenzó a servir té caliente y a repartir pastelillos. Ritsu parloteaba con la boca llena, alardeando de cómo su técnica en la batería había estado sencillamente impresionante y asegurando que hasta Sawako se había marchado del recinto carcomida por la envidia.
Dos horas después, dos chicas se presentaron formalmente. Se llamaban Jun Suzuki y Nao Okuda, solían asistir a los conciertos de la preparatoria, atraídas siempre por las puestas en escena. La primera tocaba el bajo, mientras que la segunda había llevado su propio ordenador portátil para mostrarles lo buena que era realizando mezclas y bases.
Ambas representaban una adición fantástica para el equipo, pero Ritsu no pudo evitar estar un poco de capa caída el resto del día. A medida que transcurrían las horas, nadie más cruzó las puertas interesado en la banda. Para colmo, seguían sin una guitarra o una voz.
Cuando finalmente llegó el momento de cerrar el local y recoger el mostrador, una última persona cruzó el umbral. Era un muchacho un poco más bajito que ellas, portando un estuche de guitarra. Tenía el pelo oscuro y unos ojos analíticos. Ritsu lo reconoció como el chico del concierto. El joven también pareció reconocer a Ritsu. Se aproximó al mostrador con una breve reverencia, e hizo exactamente la pregunta que todas estaban esperando.
— Buenos días. Me llamo Nakano Azuko. Soy guitarrista y sé un poco de canto, ¿Dónde tengo que realizar la entrevista para unirme a la banda?
Ritsu ni siquiera esperó. Se lanzó frontalmente hacia él y lo atrapó en un abrazo de oso para no dejarlo escapar, hasta lo levantó varios centímetros del suelo con todo y guitarra.
— ¡Estás contratado! ¡Contratado!
Una oportunidad así parecía caída del cielo, era una de esas locuras que uno solo esperaría ver en las páginas de un manga.


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