Manguruyá sin pulpo.
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Cómo se suele decir, era una cantina en medio de ninguna parte. Demasiado lejos del mar, demasiado lejos de las minas, demasiado cerca de los clientes habituales. Los dos soles estaban en su punto más alto, y estarían así las próximas tres horas, así que Inconmensurable y Criosismo tomarían un trago aquí antes de seguir su travesía hacia el Lago Fragmentaria.
— Habrá que guardar las apariencias — dijo ella.
Criosismo le enseñó las muñecas a la misma velocidad a la que bajaba la cabeza. "Rutina de siempre", decían sus gestos, y ella sintió pena mientras formada las cadenas con sus brazales.
Abrieron la puerta, que era una de estas que van con baiben. A Inconmensurable le llegaban por las caderas y a Criosismo había que sujetarle la puerta o le golpearía en la cara.
Entre la barra y las letrinas de dentro había un pasador de hierro Zonicó minado hace tres vidas. El único esclavo que había parecía ser de la dueña del lugar, ella se estaba abanicándo con un periódico.
— En este sitio hasta las tablas sudan — dijo Inconmensurable. — ¿Qué vas a querer?
— ¿Puedo elegir? — preguntó Criosismo.
Inconmensurable le puso ojos de "¿Qué pregunta es esa?", pero costumbres de toda una vida no se iban a curar por 8 meses de buenos tratos.
— Manguruyá sin pulpo.
((A ver, "Manguruyá" no te lo puedo traducir directamente, por eso he mezclado mango con maracuyá, que es más o menos como me imagino que sabe)).
Mientras Inconmensurable se acercaba a la barra, le puso a él el otro extremo de las esposas en el pasador, para que acompañase al otro esclavo, como dictan los cánones y las buenas costumbres.
Tenía que ser un hombre de más o menos su edad, y quizás tres centímetros más alto, pero cuando no superas el metro cincuenta es difícil de saber. Su pelo era tordo y desordenado, pero se le veía feliz de estar vivo.
Lo primero en lo que se fijó Criosismo es que llevaba calzado, y fijándose en sus pies estaba cuando fue saludado.
— ¡Hola! Me llamo Luna, es un placer.
Tenía un acento muy muy marcado, mínimo tenía que haber estado dos vidas en el interior de las Dunas Naranjas.
— Criosismo — dijo poniéndose la mano en el pecho.
— No eres de por aquí, ¿Verdad?
— ¿Qué me ha delatado?
— La chaqueta térmoreguladora, aquí no sacan a los esclavos de la sombra o nos dan golpes de calor.
Criosismo estiró las mangas, se estaba muy cómodo con las ebras que regurgitaban su propio sudor hecho hielo. — Claro, debí suponerlo, tengo una buena ama después de todo.
— Jeje, bueno, no es por presumir — dijo Luna rascándose bajo la nariz con el índice de la mano encadenada. — ¿Ves esa caseta con un baño? La limpian todas las noches y huele a flores cuando duermo allí.
— Yo solía tener un trozo de cama para mí solo — Criosismo se disoció con los ojos hacia el horizonte más allá de las puertas que ululaban porque una nueva mujer había entrado.
— Oh, ¿Lo perdiste? — Luna puso ojos tristes, como si supiera de ese sentimiento.
— No, ahora tengo un camarote para mí solo.
— Aaa, entonces ya se de dónde eres. Es raro ver a gente de la Estuaria Azul por las Dunas Naranjas. De hecho, eres el primero, pensé que era ilegal sacar esclavos de la región.
Criosismo disimuló la cara. — Es ilegal sacarlos en tren, se pueden sacar en vuelos de embarcaciones con los permisos pertinentes.
"¿Sabe de geografía básica? Este hombre oculta algo".
— Ya veo, ya veo — Luna agitó rápido la cabeza porque le gustaba aprender. — Así que tu ama es mujer de dinero, ¿Cuanto costaste?.
— 100 mil.
— ¿Cien mil? ¿Es que puedes dibujar a una Existema muerta o que, amigo?
La dueña dio un fuerte golpe con el periódico y casi se pudo oír crujir su cuello por la velocidad a la que giró la cabeza. — ¡Luna, nada de blasfemias en mi cantina!
Luna agachó la frente hasta el suelo igual que las morenas se meten en grietas y empezó a suplicar el perdón que las leyes dictan. Criosismo lo imitó por pura memoria muscular, aunque no hubiera hecho nada.
El terror que emanaba de los poros de esa mujer no era poco. Tendría que tener ya la docena, un poco menos de media vida, y aunque no era especialmente alta, si que sobrepasaba el promedio laboral. Además, sus brazales eran fosforito verde, y ante ese rango Criosismo tragaba sal si se lo pedían.
Inconmensurable, que había estado mirando un folleto con el menú, hizo una mueca y se animó a hablar en la barra, frente a frente con la desconocida.
— Un par de copas de manguruyás para nosotras, la de él sin calamar.
La dueña captó el acento extranjero cual si lo llevase escrito en la frente. — Es raro encontrar forrajeras por aquí, ¿Venís a pintar la ciudad de rojo?
Mientras sacaba un par de vasos y hacia cosas con frutas y cuchillas, Inconmensurable le asintió buscando el efectivo en su chaqueta. Le daba gustillo la escarcha que había al rededor de sus monedas. — Turismo, si, vamos a visitar el Lago Fragmentaria.
— Ya no está abierta al público.
— ¿Y eso?
— Cómo era una trampa para turistas había muchas delincuentas. Marulas que no querían pasar sus 28 años de vida en las minas como el resto. Tú pareces una —. Los ojos de la dueña bajaban hasta las monedas escarchadas pero subían un poco más contemplando los brazales. — ¿Tienes permiso para eso?.
No se la podía culpar por preguntar. Inconmensurable no tenía el nombre sólo de apodo. Le sacaba una cabeza a todas en el lugar, y su pelo azul hasta los pliegues finales de sus pantalones pitillo era muy llamativo en una zona mayormente ámbar.
— Solo si son visibles —. Con una mecanización que había realizado de memoria, puso su "permiso para armas no ocultas" en la madera de palo seco.
— Ya veo, una púgil cara —. El azul agua marina de la licencia se proyectaba hasta con más fuerza que su fosforito. — ¿Y porque ir a Fragmentaria? No tienes pinta de querer un retiro espiritual.
Inconmensurable tuvo un pensamiento fugitivo y sus ojos buscaron la claridad en las ventanas y la puerta. Con dos dedos, dio la vuelta a su licencia señalando la última vez que la renovó. "28 del 3 del tercer ciclo ascendido". — ¿Te sueno ya?.
Criosismo hubiera visto el miedo en la cara de quien tanto lo aterraba si no fuese porque seguía con la frente contra el suelo.
— No sabía que eras... Debí imaginarlo — empezó a preparar mas a prisa las bebidas y se dejó de cháchara. — Me llamo Alhambra.
— El placer es tuyo.

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