Son números, no llores - Parte 1.
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Capítulo 1: por algo se empieza.
Un comienzo.
Dos caminos.
Tres jinetes.
Cuatro estados.
Cinco jerarcas.
Seis aspirantes.
Siete formas.
En la segunda, jerarquía seis aspirantes llegaron al poder al mismo tiempo y lo repartieron.
La quinta hermana fue la aspirante que gobernó el trono por derecho, pero esto destrozó su mente.
El trono de la quinta hermana se alza sobre la sangre del fratricidio, Silencio ha tomado su cabeza y la reclama como prueba digna para sentarse.
Pero antes de todo esto y desde siempre por siempre, en la cuarta dimensión entre mundos, había luz. De la luz salieron las gracias y la más curiosa de ellas se llamó Sofisis.
Capítulo 2: Ruinas en blanco y negro.
- Prereresten atención, que no repetiré - dijo el dentista con su fuerte acento en las erres. - Primero situamos el bisturí entre los incisivos y luego cortamos en línea recta.
En el quirófano todos toman nota, hombres y mujeres sin expresión analizan los pasos para convertirse en campeones. El profesor Jifara con su cara arrugada y nariz morada transforma a cualquiera en la mejor versión de si mismo.
- Y ahorrá, el siguiente paso - de pronto Jifara enmudece, no hay nadie más con el en esa sala, solo tiene una bombilla sobre su cabeza y el resto es oscuridad.
- Vendrá - le dice la oscuridad.
Jifara se detiene sin tartamudear, sin miedo - ¿Quién vendrá? - pregunta.
Aunque no hay respuesta, unos ojos de iris naranja le están mirando a través de la oscuridad. Jifara conoce la respuesta de inmediato.
- ¡Perro cómo que vendrá! - grita a la oscuridad. - ¡No podremos pararla! ¡Solo tú puedes hacer eso!
- Aún no - contesta la voz como un eco distante.
- ¡Perro que hay de mi trabajo! ¡Mi esfuerrezo para este coliseo! Ella acabará con todo el mundo, con el mundo mismo.
- Entonces haz algo al respecto - le contesta la oscuridad.
- Perro - empieza Jifara y no termina porque la oscuridad se ha ido.
Jifara está solo en la sala, la oscuridad ha consumido a todos los demás, la oscuridad solo consume.
La luz tintineante del lugar pone nervioso a Jifara mientras camina por los pasillos insonorizados, va dejando guardias detrás de él, ninguno de ellos tiene expresiones porque todos son campeones. Para ser un campeón tienes que renunciar a tus emociones y tu mente, un falso campeón solo piensa en ganar, pero un verdadero campeón no piensa, solo gana.
"Todos mis progresos" piensa Jifara. "Todos mis méritos serán borrados por ella". En sus pensamientos Jifara no tiene acento, en sus pensamientos Jifara es un campeón.
Abre dos grandes puertas de acero y chasquea los dedos para que todos le miren. Jifara está en lo alto del tercer piso de una prisión, los policías que ocupan el pasillo lo miran.
- ¡Si esta noche encuentraran a un campeón no rerresgistrado, quiero que lo traraigan aquí! - grita Jifara señalando el centro del pasillo.
Los policías asienten, él se va. Todos en este lugar son campeones, todos acatan órdenes. No son como los funcionarios de los bancos o los hombres sombríos de las calles, ellos no son campeones, solo podrán aspirar a ese puesto si quedan en pie tras la campanada. Jifara no es un campeón, él es quien los crea.
- ¡Tenemos problemas! - dice Jifara entrando a un cuarto de cuatro metros cúbicos.
En ese cuarto hay dos personas, su mujer, fue una campeona naturalmente. Es una señora rubia de frente amplia y rostro inexpresivo, aunque su cuerpo es atlético sus piernas están rotas así que no se mueve del sitio. En la otra esquina del cuarto está un adulto joven de 23 años sirviéndose un café (se lo echará en los ojos para hidratarse), la piel al rededor de sus globos oculares está en carne viva y cicatrizada. Él también fue un campeón una vez.
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- ¿Qué? - pregunta su hijo.
- Ella vendrá, segurramente hoy - dice Jifara.
Su mujer se lleva una pistola a la boca y aprieta el gatillo. Las paredes celestes del lugar se tiñen de rojo, el mensaje es claro, "no podría con ella ni como campeona, no lucharé así".
Su hijo lo mira mientras deja caer el líquido a 120 Grados sobre sus ojos.
- Seguiré los pasos de madre a no ser que me des razones para no hacerlo - le dice.
- Si ella viene aquí seguramente pasará algo - dice Jifara, frío, sin prestar atención al cadáver de su mujer. - Si ves a un campeón no registrado quiero que lo traigas a prisión, usa la fuerza si es preciso.
Su hijo asiente, Jifara se va.
Camina entre más pasillos, ahora oscuros. Hay lamparas en los laterales pero estas solo se encienden en caso de emergencia o alarma.
Llega hasta el piso más bajo del lugar, allí donde se encuentra su arma definitiva. Dentro de una caja de oro, con una envoltura de cuero echa a medida, una carga de cinco mil disparos. El arma está echa de bronce oxidado porque canaliza mejor la temperatura y altera menos la superposición, la recámara alberga potencia suficiente para fundir el núcleo del planeta y cada disparo está echo de taquiones, partículas 1,5 veces más rápidas que la luz, es lo más cercano que tienen a un poder similar al de ella. Cuando llegue, esta será su única defensa.
Capítulo 3: un coliseo triste.
La dimensión era de color azul porque era su color favorito, cuando la creó hizo solamente lo necesario, cuatro casas, un cielo, una iglesia y un cartel de bienvenida.
Sofisis estaba triste, hoy destruiría un coliseo triste lleno de gladiadores sin emociones.
- Esto también pasará - se dijo en un suspiro. - Esto también pasará -.
Sofisis dejó caer su mano de canto, abrió una grieta en el espacio con la misma facilidad con la cual un karateca experto se abre paso a través de una pila de doce tejas. Luego se dejó llevar.
Impacto.
Se incorpora a mitad de la caída y sus pies pisan el pavimento con fuerza. Medio segundo antes de empezar a disparar ya hay cuerpos amontonados a su alrededor. Cuando los cristales tocan el suelo Sofisis es la única mujer de pie en el lugar. Sus ojos hacen contacto con un adulto en una puerta de la entrada, está de pie pero estático y se ha orinado en los pantalones.
Sofisis no lo ataca, puede leer su mente y detecta sus emociones, lo que la saca una leve sonrisa, aunque no hace falta ser adivino para notar su miedo.
"No tiene la edad mental que aparenta" piensa Sofisis, puede notar en él que es alguien joven, de entre 12 y 15 años como mucho.
- Quédate aquí - le dice, luego se va saltando entre los balcones del lugar hasta salir por el techo.
La noche es fría y el aire húmedo, la niebla no deja ver con claridad pero Sofisis se desplaza entre los tejados sin problema, dando saltos precisos y con un equilibrio que la haría la envidia de cualquier acróbata.
"Tal vez este lugar no siempre fue así" piensa Sofisis girando en el aire entre una lluvia de balas. "Tal vez este coliseo una vez fue un lugar maravilloso".
Sofisis dispara en todas direcciones, sus disparos de taquiones rompen las leyes de la relatividad e impactan en sus enemigos medio segundo antes de ser disparados.
"Quizás antes la gente de este lugar luchaba contra si misma para superar sus problemas". Sofisis acierta un disparo en la cabeza de un hombre a tres kilómetros de ella, la carga sigue su curso fundiendo parte de un edificio, los escombros resultantes de la explosión aplastan a tres personas más. "Tal vez aquí había gente que merecía ser salvada".
Medio segundo antes de que la bala la alcance, Sofisis mueve la cabeza y el disparo ni la roza, luego acierta al francotirador que la apuntaba.
Sofisis no necesita esquivar los disparos, su piel podría resistir un cañonazo de un tanque sin rasguñarse. Sofisis solo esquiva por la misma razón por la que un boxeador golpea a un saco, es puro entrenamiento.
"Me encantaría salvar este mundo" piensa Sofisis "pero no me vais a dejar".
Sofisis mira al cielo y ve como los seres azules la miran en completo silencio. Ya los conoce a todos, y todos ellos la conocen a ella, jamás la aplaudirán, pero todos disfrutan sus espectáculos.
"Bien" piensa Sofisis mientras chasquea la lengua. "Entonces espero que estéis listos para el show de luces".
Sofisis vuela hasta el punto más alto de la ciudad, la torre del reloj. Es un edificio que alguien construyó en algún momento, alguien a quien le importaban las horas y la puntualidad. Ahora eso ya no le importa a nadie, los campeones no tienen horario, cuando tienen que hacer algo lo empiezan y se van cuando terminan.
Sofisis conoce la tierra y cada uno de sus átomos.
"Si las paredes hablaran venderían nuestros secretos".
Sofisis empieza a disparar en todas direcciones, sus disparos dan ocho vueltas al mundo en un segundo antes de desaparecer. Es precisa, con un tiro acaba con alguien en oriente medio y ese mismo ataque acierta a una mujer en Filipinas antes de desaparecer acabando con los campeones de Honduras.
Ya no hay animales en este mundo, los campeones se alimentan de la victoria. Ya no hay hongos en este mundo porque ellos no pueden empuñar un arma, no pueden ser campeones. Lo único que queda en este mundo son bolsas de carne sin alma y a los observantes azules les encanta ver cómo se matan entre si para ser campeones.
Cuando Sofisis cae desde la torre del reloj ya solo queda un lugar con campeones en el mundo. Se encamina a la prisión, puede detectar a alguien con emociones allí. Estaba asustado, no, más bien estaba nervioso, tenía una pistola pero estaba rodeado y no entendía porque seguía vivo.
"Te están dejando vivir" pensó Sofisis y él la escuchó. "No te muevas, solo escucha el silencio".
Sofisis conocía muy bien este juego, a los observantes azules les encantaba que jugara a ser la heroína que salva a la damisela en apuros porque les parecía ridículo que se esforzara en prolongar una vida que tarde o temprano acabaría igual.
Sofisis envolvió su mano en magma y golpeó la puerta de acero blindado que hacía de única entrada y salida. Sus dedos se alzaron y cuando llegaron los destellos ya solo había una persona viva en el lugar. Sofisis le tomó del cuello y le puso un broche de la Asociación del Cuervo Imperial, luego lo lanzó hasta el espacio exterior.
- ¡Se que estás ahí! - gritó Sofisis a lo alto del tercer pasillo de la prisión - ¡Notaría la superposición de tus electrones desde la otra punta del sistema solar!
Sofisis salta, evadiendo el disparo de taquiones que se hunde perforando el suelo. De lo alto del tercer pasillo sale Jifara con su arma en mano, está llorando del miedo pero aún así está luchando, en su cabeza él es un campeón.
Comparten miradas, ambos se apuntan, el disparo de Jifara falla medio segundo antes de tocar el pecho de Sofisis. El disparo de Sofisis cubre cinco veces el diámetro del planeta y no deja de él ni las cenizas.


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