En este bar solo se atienden señoritas: La emperatriz roja.

La primera y seguramente única clienta de la noche llega a las 3:23, diez minutos antes de que cerremos. Aarón, el dueño del bar, me hace una señal con la cabeza para que vaya ha atenderla.

Recorro la barra hasta su posición y solo entonces me doy cuenta de que no puedo discernir con claridad su figura. Debido al fondo marrón del lugar y los fuertes contrastes en lo que parece su piel ocre, solo distingo su color rojo carmesí de su vestido largo a duras penas puedo nombrar el resto de su ser como brochazos sueltos en un lienzo de acuarelas.

- Buenas noches - le digo. - ¿Qué se le ofrece?

- Mi emperatriz - me dice ella. - Has de completar la frase con un que se le ofrece "mi emperatriz".

- Le ruego me perdone - digo tomando un acento más formal. - ¿Qué se le ofrece mi emperatriz?

- Un roncola, por favor.

- Marchando.

Mientras saco un baso con líneas en relieve blanco, la contemplo mejor por el rabillo del ojo, si que parece una emperatriz, tal vez incluso una dama de la guerra.

Su vestido toma ya forma de una armadura con pinchos similares a lanzas en las hombreras, no tiene metal en los brazos pero si unos brazales de plata rosada que le llegan hasta los codos.

Tiene un escote pronunciado, la parte del pecho realza sus dotes en terminaciones con picos y relieves que recuerdan a una cabeza de dragón estereotípica.

A la altura de donde debería comenzar la falda tiene una parte abierta para la mejor movilidad de sus piernas que también están cubiertas de lencería pesada que acaba en tacones de aguja. No se ve ni el más mísero resquicio de piel en sus piernas.

Tiene dos adornos en el cuello, el primero es de tela roja y se encuentra a la mitad del mismo. El segundo parece metálico, es como una "M" invertida de picos pronunciados hacia abajo, como si cayendo encajara en cubrir su pecho.

Lleva una corona que parecen huesos, tibias apiladas y unidas una tras otra en su rubia melena de una cara alemana y piel tan blanca como la noruega.

Con tanta elegancia casi que parece insultante ofrecerla una bebida tan basta, pero como dijo mi padre una vez, hasta las princesas cagan.

Se lo toma, paga y se va.

- ¿La has visto? - me pregunta mi jefe. - ¿Una pelirroja despampanante, verdad?

- Pero si era rubia - respondo.

- Eso dicen tus ojos - me responde sonriendo. - Lo creas o no, ella sola decapitó con sus manos desnudas a una loca que destruyó su planeta, desde entonces es una leyenda y cada quien ve las leyendas de manera diferente.

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