Poema para Agobio.
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"Después de haber andado por este camino divino aburrido con un ancla en la cabeza, y haber apartado usando mis manos, puños con la fuerza de diez mil mesetas.
Puedo decir que no hay mano que en este plano aplane la fuerza de quién derrumba planetas.
No importa tamaño, ni masa, ni carisma o raza, si sus dedos pasan no deja ni restos para una maleta.
Ella se llama Agobio y no tiene odio, tan solo es como el loco de el manicomio que mirando piedras inventa recetas.
Ella viaja entre estrellas, 10 años demora la luz si es que quiere verla.
Primero mira el lugar, en el frio espacio sideral, luego chasquea sus dedos y un mundo entero comienza a brillar.
¿Y que decidirá?
¿Con que se entretendrá?
Si quiere que un payaso vuele con redes en juegos de hazar.
Si quiere puede dar forma a un ejército bélico de un marinero sin gorro hacia atrás, que detiene el tiempo, y come cemento, y habla con un gracioso acento alemán.
Que tendrá como enemiga a una niña montaña, carente del habla, y un aliento que tira pa' tras.
Mientras el lobo de mar el espacio raja le abre la caja a falsas deidades sin vacilar.
Y la niña asustada, su cara mojada, no le queda de otra más que escapar.
Entonces Agobio se agobia, su cabeza como una noria, es una historia compleja con dramas éticos que en ella refleja la falta de sutileza.
- Esta historia apesta, la próxima vez añadiré monos a esta fiesta, en lo que ha mi respecta, esto se acaba ya - dice la entidad creativa que por poco delira y de un bofetón no queda planeta, ni luna, ni na' ".
El hombre sin cabeza y con sombrero mira a través de su nada al extraño viajero de sombrero y gabardina negra con el que se ha cruzado.
- ¿Y bien? Qué te parece mi poema - le pregunta.
- Pues no es por ser descortés contigo, pero la gracia de un poema es que tenga metáforas que reflejen la experiencia vivida, no que la cuentes rimando - dice el hombre de la gabardina encogiéndose de hombros. - Pero como arte naif no tiene precio.
- ¿Acaso me pides que mienta? - le cuestiona el otro deslizando su sombrero en una diagonal que suplanta a un ceño fruncido.
- Nada más lejos de la realidad amigo mío, solo le sugiero que adorne la verdad.
- Por pensamientos así perdí la cabeza hace años - responde el caminante indignado, se ajusta su corbata a su inexistente cuello y retoma su curso saltando entre las rocas flotantes.

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