Creepypasta: ¿De donde vienen los bebés?
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"¿De donde vienen los bebés?" Qué pregunta tan estúpida, todos saben que desde que el Sol maldijo este pueblo los críos vienen del cielo, algunos vienen tranquilos, otros vienen ardiendo, pero todos vienen con sed de sangre.
¿Demasiada información de golpe? Jum, ya, no es una situación fácil ni creíble, permíteme hacer un resumen de mi vida para que entiendas que estoy haciendo aquí.
De los doce a los quince años fui un niño problemático, lo único que hacía bien era fumar porros y meterme en peleas, aunque al menos era bueno con los puños. Mis padres viendo que mi potencial físico solo daba problemas, me mandaron a un pueblo perdido en el mundo que no sale ni en los mapas, para no echarlo a perder. Allí vivían mis tíos en una granja, ellos me criaron como mandan los canones y las buenas costumbres.
He estado diecisiete años viviendo en este pueblo, forjando caracter, amistades y disfrutando del resultado de mi trabajo duro en una granja y del buen vino. Lo único que conservo de mi antigua vida es una fotografía en mi móvil donde aparece un muro "firmado" por mí, "Adam Asgar Fumaporros", ¿Puedes creer que consideraba eso gracioso?
Jum, ya, mis tíos murieron y yo heredé la granja, pero no estás escuchando esto para oír mi historia de redención, de hecho, dudo que haya alguien oyendo esto, ya solo nos queda una puta estación de radio y no tardará en caer.
Llevo cinco días encerrado en mi casa, una humilde construcción de ladrillo y madera con cuatro habitaciones y un sótano, ahora mismo estoy encerrado en mi cuarto. Mi única compañía es una caja fuerte, una escopeta sin balas y vino, mucho vino, ya no queda comida. He usado todos los muebles para bloquear las puertas y ventanas, pero después de lo que tengo planeado tampoco importará.
Jum, ya, retomemos el punto, ¿De donde vienen los bebés? Cómo ya he dicho, vienen del Sol, o eso pienso, de hecho pienso que sea lo que sea que está brillando en el cielo ahora mismo y cubre con su explandor carmesí todo el pueblo, no es el puto Sol, no emite el calor que debería y no se va del cielo, hasta mis animales te temen.
Bueno, si, mis animales, esa es otra, en esta granja tengo diez cabezas de ganado ovino y catorce de ganado bovino. No, no es mucho, estoy pasando por una crisis, es una larga historia.
La noche pasada, hace seis días, oí un extraño ruido en el establo de las ovejas, algo estaba haciendo que una chillara como si le atacara un lobo. Lo malo de vivir solo es que tienes que hacerlo todo tú, así que me forjé de valor, empuñé mi escopeta "Victor Sarasqueta" de dos cartuchos y salí a recibir a la noche.
Llegué corriendo al establo, preparado para disparar a cualquier amenaza, abrí la puerta y tuve que apartarme de golpe cuando 8 cabezas de ganado se tiraron a por mí, un carnero se había quedado atrás y me embistió cuando estaba tratando de recomponerme. Uno no sabe lo fuerte que es hasta que tiene que detener un segundo ataque de un carnero de 120 kilos tomando al animal de los cuernos. Estaba de rodillas y adolorido de los riñones, pero pude engancharlo a tiempo y tirarlo para un lado, eso bastó para que se fuera con las otras ovejas.
Entre al establo, ahora estaba muy enfadado, tanto que no me importó pisar mierda con tal de ver a la puta cosa que había molestado a mis ovejas. No era una puta cosa, eran varias, o varios mejor dicho, media docena de bebés se estaban comiendo a una de mis ovejas.
El escenario era difícil de creer, críos de cómo mucho cuatro kilos, masticando con sus dientes de leche la carne cruda de mi animal. Estaban bajo la luz de un agujero en el techo que alguno habría hecho, habían caído con madera y todo encima de la oveja, mirando mejor vi que había varios bebés muertos también, los que no habían caído encima de la oveja y su lana.
- ¡Pero que coño! - grité.
Me oyeron, los bebés giraron sus cabezas hacía mí y empezaron a gatear en mi dirección. No supe que hacer, no sería ético matar a unos bebes, incluso si estos se habían comido a mi oveja.
Intenté hacer ruidos para asustarlos, rugí, les dije "chu chu fuera". Todo era una puta locura.
Uno de los críos se agarró a mi pantalón con su manita llena de sangre, y empezó a morderme la tela, otro se puso de pie y me abrazó la pantorrilla y otro se tropezó con su propio pie y se mató. Cómo te digo, una puta locura.
Entonces el niño de mi pantorrilla me mordió, y dolió como el infierno. Me han mordido perros cuando era pequeño, como has oído, era un niño problemático, pero eso se sintió como si me mordiera un puto podenco con rabia. Le pegué una patada al bebé y su cuerpo fofo se reventó contra la pared.
Luego el otro también intentó morderme y lo aparté con un golpe muy fuerte de la culata de mi arma, me sentí Sergio García Fernández golpeando una bola de golf con toda la tensión de un torneo.
Jum, ya, ahora pienso que esto podría haber salido mejor si tuviera un perro, mi tío me dijo que comprara uno, pero son caros y aquí se llenaría de garrapatas y pulgas. Además no quiero otra boca que alimentar, esa es otra razón por la que no me casé.
No quiero entretenerme más, oye bien, no soy un puto loco, no iba a disparar a dos bebés y ya tenía unos cuantos cadáveres en mi propiedad. Solo salí corriendo de vuelta a mi casa, ni siquiera metí a las ovejas.
Fui a la cocina, di varias vueltas al rededor de la mesa, pensando en que coño había hecho, creo que hasta me serví un vaso de vino para calmarme, también creo que fueron dos.
No hay policías en el pueblo, así que cuando ya estaba más tranquilo llamé a la policía de la ciudad más cercana, no había señal. Me puse nervioso, volví a intentar marcar dando vueltas al rededor de la casa, nada, estaba frustrado y ese sentimiento no se largó hasta que miré por la ventana.
- ¿Qué coño es esto? - dije.
Estaban lloviendo bebes. Casi todos descendían flotando, como si fueran hojas empujadas por el viento otoñal, otros directamente caían a plomo contra el suelo, eran los que menos, pero pasaba.
Salí al porche de mi casa escopeta en mano, los bebés venían empujados por los vientos del noroeste, y caían en ráfagas cortas de ocho o doce niños cada treinta segundos, hasta que empezaron a llegar más y más en grandes concentraciones. Yo solo me había topado con las primeras gotas de esa tormenta.
Jum, ya, no te mentiré, lo creas o no, era hipnótico ver a los niños, todos varones. Solo salí de ese estado de concentración y locura cuando oí a uno dirigirse a mí, cayendo en mi dirección como un aguilucho. Me pudieron los reflejos, a punté y disparé.
¡Bang! El puto crio se reventó en mil pedazos y sus restos cayeron a plomo contra el suelo.
Los demás bebés giraron la puta cabeza, todos a la vez para mirarme y gatear hacia mí, algunos se tiraban del tejado y se mataban por ello. De nuevo, salí corriendo y me metí en mi casa, moví muebles lo más rápido que pude para bloquear puertas y ventanas, luego me atrincheré en mi habitación, esperando que todo fuera un mal sueño a causa del vino.
No dormí mucho, me desperté cuando un bebé meteorito se chocó contra mi tejado, creo que fue el primero en cinco horas. Ya era de madrugada, pero la cosa no mejoró, hice un hueco en una de las ventanas y miré el cielo, que puta locura, era como el vino tinto hasta donde me alcanzaba la vista y el Sol no brillaba como de costumbre.
Mi teléfono móvil empezó a sonar, ponía Agustín Moreno en la pantalla, ese era el nombre de mi mejor amigo en este pueblo.
- Diga - respondí.
- Tío, menos mal que estás bien, ¿Acabas de despertarte? - me preguntó.
- Algo así, si.
- No salgas de tu casa - su tono de angustia me ponía nervioso. - Se que te parecerá una gilipollez porque estás recién despertado pero están lloviendo bebes, no es una broma ni pollas en vinagre, tío, están lloviendo bebes.
- No te preocupes, lo he visto - respondí sin titubear. - ¿Son peligrosos?
- Si, tío, han atacado a varios ciclistas y personas que se han levantado a trabajar, todo en el pueblo es un puto caos.
- No me jodas, ¿Cuantos son?
- No lo sé, pero son muchísimos - pude escuchar como Agustín cerraba una cortina y sus persianas. - ¿Te acuerdas de Princesa?
- ¿La puta Pitbull que siempre anda suelta?
- Si tío, esa, se la han cargado.
- ¿Cómo?
- ¡Los putos bebes se la han comido! - gritó y tube que retirar el teléfono. - Al animal le ha podido el instinto y se ha cargado a todos los que venían, pero los críos han empezado a morderla también, la han rodeado y se la han cargado, era como una puta masa de bebes tirándose encima del perro hasta que lo han asfixiado, desde aquí puedo ver cómo lo mastican. Joder, es tan grotesco, muchos de estos niños no tienen encías.
- Escucha Agustín - le dije con voz autoritaria. - Tienes que mantener la calma, parecen peligrosos porque son muchos, pero yo me he cargado a tres, siguen siendo bebés, no pueden atravesar puertas.
- Eso es lo que tú crees, he visto como a pilar le caía uno directamente del cielo a través de la ventana - me respondió. - Joder, supongo que se abrá muerto en el choque, pero iba to chutao, si eso cae en una puerta la jode.
- ¡Vale! - le grité. - No te pongas nervioso, llevo viendo esto toda la noche, los que caen a plomo son como uno de cada cien, y son bebés.
- Lo son por ahora - susurró él. - ¿Has visto como está el cielo?
- Jum, si, no parece normal.
- ¡Nada en esta puta situación es normal! - me replicó. - Me he encerrado con mi mujer en mi casa, pero algo está mal - empecé a escuchar como lloraba. - Mi hijo no está, he hecho otras llamadas, parece que los niños han desaparecido, no hay ni rastro de nadie menor de 16 años.
- ¿Pero que coño? - dije, notando como la angustia hacía temblar mis rodillas. - ¿Alguien ha intentado contactar con alguien fuera del pueblo?
- Parece que no hay señal para llamadas al exterior, solo estamos nosotros - me dijo sorviendo un moco por la nariz. - El alcalde se ha montado en su coche y ha salido cagando ostias por la carretera atropellando críos, pero no sabemos que será de él.
- Ese cornudo desgraciado se puede ir... - No terminé la frase, escuché que algo se rompía en mi techo. - Tengo que dejarte, creo que uno se ha colado aquí, solo mantén la calma y llámame dentro de una hora para informar.
Efectivamente uno se había metido por el tragaluz del salón. Le volé en mil pedazos sin miramientos. Casi vomito tras eso, ahora que podía verlo con más claridad, el cabrón tenía sangre negra y apestaba como un queso echado a perder. Si pudieras darte una vuelta por mi casa aún verías la mancha, se pegó como la mierda en la paja de los establos. Se oirá como una puta locura, pero eso me hizo sentir mejor, a la luz de las pruebas se podía ver que esa cosa no era humana.
Jum, ya, estaba a quince minutos de la ciudad en camioneta, pero no estaba seguro de poder llegar a mi vehículo sin que esos cabrones me mordieran los tobillos hasta tirarme y caer sobre mi para asfixiarme o comerme.
Tenía que tapar ese tragaluz, afortunadamente se podía subir al techo desde la cocina, y tenía un par de trozos de chapa, uno nunca sabe cuándo va a necesitar vender chatarra para tener algo que comer.
Había un par de bebés estrellados en mi tejado, pero ninguno vivo, los cabrones eran unos tontos de mucho cuidado y se tiraban de lo alto solitos. Ademas, mi tejado era en su mayoría chapa y madera, se resbalaban y no molestaban.
Me llevó una media hora larga taparlo usando clavos y un martillo, desde lo alto del tejado vi que mis ovejas ya no estaban, seguro que salieron corriendo. Mis cuatro carneros habían muerto luchando.
Mi tío decía que no le pusiera nombre a los animales, que uno nunca sabe cuándo va a tener que matarlos para comer. Razón no le faltaba, pero me dolía ver a mis animales muertos después de luchar contra cabrones sedientos de sangre y que ni siquiera tuvieran un nombre con el que ser recordados.
Volví a entrar a mi casa y sellé por dentro la puertecita que conectaba la cocina con el tejado. Mis unicas conexiones con el exterior y su luz eran los pequeños agujeros en los cristales de las ventanas para ver cómo iba la cosa.
Tenía que pensar y actuar rápido, cogí toda la comida, tomé todo lo comestible de la nevera y la llevé a mi habitación, luego usé la misma para bloquear la puerta. Mi móvil sería mi único vínculo con el exterior, hablando de eso, tenía que racionar su batería, la casa tenía electricidad, pero no sabía por cuánto tiempo, un puto crío podría caer del cielo y tirar alguna torre que me jodiera los enchufes.
Jum, ya, estaba muy paranoico, recargué la escopeta y puse a mi disposición todos los cartuchos que tenía. Lo único que me preocupaba poco eran las vacas, los críos no tenían forma de entrar al establo, no podrían estrellarse desde el techo porque su establo estaba reforzado con buena chapa para hacerlo impermeable. El de las ovejas no, porque ellas mantienen mejor el calor, o eso decía mi tío, hombre fiel a los canones y las buenas costumbres.
Recibí otra llamada de Agustín, contesté lo más rápido que pude.
- Por favor, amigo, dime qué tienes buenas noticias - le dije, casi suplicando.
- No, joder, me temo que no - tenía la voz rota. - Nos hemos encerrado en el sótano con todas las reservas de alimentos que tenemos, los bebés han conseguido entrar a mi casa.
- ¿Qué coño? ¿Cómo?
- A mi mujer se le olvidó cerrar la ventana del baño - me dijo. - Cuando uno entró todos fueron detrás, ya no tuvimos forma de sacarlos, los detuvimos bloqueando la puerta con los muebles que quedaban, pero seguramente ya habrán abierto, los escucho balbucear encima de mí.
- Vale, vale, no alces la voz Agustín - le recomendé. - Por lo que he visto, se guían por sonidos fuertes, hace un rato estuve cambiando la chapa del tejado para cegar un tragaluz y no me atacaron, seguían los golpes fuertes del martillo e iban a la parte que resbala del techo, matándose con la caída. Además, si tienes que matar a uno no te sientas mal, he volado a un crio dentro de mi casa y todavía apesta, son cosas hechas de sangre negra putrefacta.
- Vale, tío, vale, me relajaré, lo intentaré - su tono decía lo contrario.
- ¿Tienes noticias del alcalde?
- No, se fue y no ha regresado, su móvil no salta, es como si no tuviera señal, como todo lo del exterior, quizás logró escapar y está buscando ayuda.
- Claro, puede ser - le dije mientras pensaba. "Ese hijo de la grandísima puta solo sabe mirar por si mismo, si se ha ido seguramente no regresará".
Eso fue lo más importante de esa conversación, algo muy en el fondo de mí quería que el cornudo del alcalde se hubiera muerto por el camino, me va mal por culpa de ese cabrón y sus subidas de impuestos por hectárea a mi nombre.
Me comí una lata de melocotón en almíbar y un poco de agua, eso sería suficiente para aguantar unas horas más, pero al final fue suficiente para todo el primer día.
El segundo día no fue mejor, no hubo noticias del alcalde y según me contó Agustín casi todos en el pueblo se habían encerrado o habían subido a su coche para no dar señal pasada una hora. Por lo demás, no podíamos salir y ver cómo estaba todo, pero las cosas iban mal, porque para el tercer día ese falso Sol no se movía del cielo y no llegó la noche.
Esperaba que mis vacas estuvieran bien, no las oí quejarse en ningún momento y tenían agua y comida para tres días. Lo único que me molestaba de esta situación eran los repentinos impactos de los críos en mi tejado.
Me alimenté distribuyendo y regulando la comida, el día tres prometía ser duro.
Jum, ya, vaya que si fue duro, solo dormí tres horas abrazado a mi escopeta. Me desperté cuando oí a una vaca mugir de dolor. Lo habían hecho, los cabrones habían abierto un agujero en la chapa. Pensé que no podrían, o que les costaría mucho, pero a diferencia de mi casa, el establo de las vacas era más largo que ancho, tenía mucha superficie para más impactos.
Los gritos de mis vacas pronto se empezaron a oír en mayor cantidad, escuchaba como cinco a la vez. Miré desde una ventana, si, tal como decía, los cabrones habían abierto un agujero y ahora llovían encima y se dirigían flotando a través de él. Los que caían al lado supongo que se darían la ostia de su vida al tirarse dentro.
Creí que podría ignorarlo, que esos cabrones sedientos de sangre no podrían entrar flotando todos por el mismo agujero y que los pocos que entraran al final serían matados por las vacas, pero cuando empecé a oír ruidos en más cantidad algo dentro de mí me llenó de rabia y me forjó de valor de nuevo.
- ¡Puta empatía! - grité mientras movía los muebles que tapaban la puerta.
Antes de salir a recibir a los bebés del cielo, sopesé la información, miré desde la cocina a la camioneta, estaba rota, un bebé había roto la luna y varios gateaban sobre los cadáveres de los críos que habían muerto mordiendo las ruedas.
"Siguen siendo solo bebés", pensé.
Hace unos meses, Agustín y yo tuvimos una estúpida charla en el bar, nos preguntamos a cuántos críos de diez años podríamos vencer a la vez, Agustín dijo que siete, yo dije que quince, porque en términos de fuerza, yo era muy superior a Agustín.
Agustín me dijo, "¿Tú te pinchas? ¿Cómo vas a poder con quince a la vez? Después del cuarto que noquees de una ostia te vas a empezar a cansar".
"Eso es lo que tú crees, no he noqueao' yo pocos niños de diez años cuando tenía diez años", repliqué.
Agustín no era muy bueno con los puños, aunque entrenaba y bien, yo siempre le había ganado en el boxeo sin guantes. Jum, ya, parecerá una estupidez pero era divertido, vimos a unos rusos hacerlo en la televisión y era algo que hacíamos algunos fines de semana, irnos a la mitad del campo a pegarnos, el primero en sangrar perdía.
Jum, ya, perdón, dejo de distraerme. Escopeta en mano y con los bolsillos llenos de cartuchos, salí corriendo de la casa, recorriendo esos diez metros que me separaban del establo. Esos cabrones come ruedas me ignoraron hasta que pisé al primero, entonces varios empezaron a gatear hacia mí, delante de mí parecían acumularse en un muro de carne que volé en mil pedazos de un tiro. Aparté los restos de un golpe de culata, empuñando el arma desde el cañón.
Llegué a la puerta con varias mordeduras en los tobillos, pero muchos de los críos aún no tenían los dientes y los que si, no tenían tanta fuerza en individual, la adrenalina me hacía casi inmune al dolor.
Llegué al establo y lo abrí, las vacas salieron en lo que prácticamente era una carga de caballería, todas juntas se abrieron paso entre los bebés y consiguieron dispersarse corriendo, así como abrirme un camino de regreso. Antes de eso miré al interior del establo, que puto asco, todavía me arrepiento, había tres vacas muertas, muchos cadáveres de bebés negros y putrefactos, mientras que otros se comían los restos de las vacas arrancando pequeños trozos de carne con las manos. Retozaban en esa mierda como los cochinos, que putísimo asco.
Mi único consuelo al regresar a casa y volver a atrincherarme es que las vacas ahora eran libres, podrían huir como las ovejas, quizás escapar del área de esta luz falsa del sol falso. Me consolé con esa idea, era mejor que pensar que tarde o temprano dejarían de correr y una oleada de bebés se las comería.
Este día prometía no tener más emoción que el anterior, y estaba feliz con eso, también estaba cansado, pero me sentía seguro, así que dormí mucho.
Soñé que me encontraba con mis carneros y les daba una medalla al valor por haber luchado contra los putos cabrones come ruedas. Esa fue la última vez que dormí más de dos horas seguidas.
Volví a despertar, no por ninguna llamada, sino por un extraño olor a humo, ¡Fuego! ¡Era puto fuego en mi propiedad! El establo de las ovejas había empezado a arder, y el de las vacas iba a seguir el mismo camino.
En medio de ese fuego había un niño, más grande que los bebés, de entre doce y quince años, corría y se divertía quemando bebés que expulsaban un putrefacto humo negro cuando los pisaba.
Los bebés no lloraban al ser quemados vivos, los oía reír, incluso el puto humo negro en el que se convertían reía con ellos.
El niño de doce estuvo un rato pateando bebés hasta que se aburrió, luego se tiró contra una de las paredes del establo de las vacas, destrozó la madera y el ladrillo, prendiendo fuego a todo, fundiendo la chapa para luego largarse corriendo en dirrección al pueblo.
Agradecí que no se hubiera interesado en mi casa, pero también estaba nervioso, no podía asegurar que no regresara, o que por el contrario llegaran más.
Jum, ya, lo único peor que esta situación era el olor interno que estaba quedando en mi casa, era la primera vez que me arrepentía de tener el retrete al lado del dormitorio. Además ahora se sumaba el olor a cuerpos quemados y el humo que oía reírse mientras el fuego avanzaba.
Afortunadamente no llegó a mi casa, había un gran camino de tierra que separaba mi casa del campo, pero sería cuestión de tiempo.
Solo me tumbé en el suelo, cogí el teléfono y llamé a Agustín, tenía que avisarle sobre el nuevo crío ardiendo.
- Agustín, esto se está poniendo peor - le dije cuando contestó. - He visto un puto crio de doce o quince años ardiendo, me ha quemado los dos establos.
- Creo que los estamos viendo por aquí - me respondió él. - Incluso los estamos escuchando, uno habla con la misma voz de mi hijo... Creo, creo que podría ser él.
- Espera, Agustín que dices hombre, ¡Esa puta cosa no es tu hijo!
- ¿Cómo lo sabes? Creo que sí lo es, lo escucho ahora mismo caminar sobre nosotros, está quemando a los bebés, viene a salvarnos - Agustín se oía con la voz entrecortada, el calor le estaba afectando.
- Amigo, por favor, escúchame.
- ¡No, escúchame tú! - me gritó. - Mi mujer y yo estamos cansados de mear y cagar en una esquina y comer reservas, puedo escuchar el humo de los niños reír mientras mueren, mi hijo ha venido a salvarnos.
- Agustín estás putamente loco, pásame con tu mujer.
- Se ha desmayado por el calor...
Y ya, no escuché más de su voz, solo una puerta rompiéndose, su hijo los encontró. Miramigo Agustín, que creía que podía con siete niños de diez años, murió prendido fuego por su hijo de doce.
Jo-joder, putos cabrones, él no se lo merecía.
No quería llorar, me paralicé al momento sosteniendo el móvil, Agustín lloró y agonizó suplicando el perdón de su hijo mientras se quemaba vivo, así siguió hasta que el calor jodió el móvil.
¡Santo cielo! Lo siento tanto Agustín, siento no poder hacer nada para ayudarte o como mínimo darte sepultura.
Así han pasado los días hasta hoy, en lo que intuyo sería la mañana, porque este puto Sol no se mueve. Varios niños han aparecido en el horizonte, parece que se han acordado de que quedaba una casa en pie.
Vienen caminando entre las llamas, se lo están tomando con calma los hijos de la gran puta. No los reconozco a todos, pero son los niños del pueblo, he intentado fundir a tiros al hijo de Agustín, pero las balas se derriten antes de tocarle.
Ahora mismo están ahí fuera esperando, se divierten quemando a los bebés, retozan en sus restos y hacen figuras en ellos como si fuera nieve.
Los humos negros me acosan, entran volando en mi casa riendo, ya no tengo donde esconderme y el calor de estos últimos dos días me está dando dolor de cabeza.
Para quien escuche esto, puede creer que soy un estúpido por no esconderme en el sótano, jum, ya, perdóname si no me apasiona la idea de enterrarme en mi propia tumba para cagar y mear en una esquina.
Eso es todo, no hay transfondo profundo para todo en esta vida, ¿Vale? A veces solo tienes que saber cuándo apretar el gatillo y cuando cerrar la puta boca un rato.
He hablado demasiado a esta vieja grabadora para matar el tiempo, lo cierto es que mi sótano si tiene una cosa, varias calderas para calentar el agua de mi baño y unas cuantas botellas de gas butano que he dejado abiertas, también he llenado todo el suelo de vino, alcohol inflamable, cuando esos niños entren aquí voy a volar todo por los aires.
No será una explosión muy fuerte, no creo que valla a levantar los cimientos de esta casa, o de que pueda matar a los críos, pero es la mejor forma de combatir fuego con fuego.
No creo que sea una explosión muy fuerte, por eso dejo mi registro en esta grabadora que guardaré en esta caja fuerte, si todo sale bien debería aguantar, creo que podrá, en la película favorita de mi tío el protagonista sobrevivía a una explosión nuclear dentro de una nevera. Jum, ya, una película no es el mejor ejemplo, pero espero que sirva, sino no importa, no creo que nadie vaya a venir a este lugar de todos modos.
Esa es la parte más triste de todo esto, soy un granjero en quiebra y mi legado más importante para el mundo es un puto graffiti que habrán visto tres personas, no me diferencio mucho de mis carneros, yo también moriré luchando.
Lo interesante de la cinta termina aquí, tras esto se escucha como Adam mete la grabadora en la caja fuerte y la cierra.
Luego se escuchan sus gritos a lo lejos y fuertes pisadas, gritó hasta que los niños le hicieron caso y fueron a su casa.
"Por si lo habéis olvidado cabrones, sigo vivo y tengo un nombre, soy Adam Asgar López, el fumaporros, yo me los prendía antes de que si quiera nacierais".
Y entonces, el altavoz de la grabadora capta un sonido tan atronador que apenas se registra un pitido. Después, se empiezan a escuchar los escombros caer, así como un fuego que crepitaba y risas de niños saliendo de él.
Fue una lastima que no hubiera nadie para verlo, ver cómo Adam retomaba conciencia y se quitaba las vigas de madera y ladrillos de encima, ver cómo su cabeza se había vuelto una calavera incandescente cuyas nubes de humo eran los cráneos de todos los que mató.
Adam cayó sobre sus rodillas y lloró fuego, no pudo poner fin al sufrimiento, y ahora él era la viva combustión de todos aquellos críos ardiendo sedientos de sangre.
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Notas del personaje:
Adam Asgar López: vive a las afueras, a 15 minutos en camioneta// trabaja en una granja heredada de sus tíos con 10 ovejas y 14 vacas// le gusta el vino// verbos: oír, salir a recibir, creer, largar, me llevó // "jum, ya" // "sed de sangre" // "pueden creerme o no, no me interesa" // "echado a perder" // "Me forjé de valor" // "a veces pienso en mi legado para este mundo, una puta pared firmada con un nombre con el cual ya no me identifico, ¿Le habrá pasado eso a alguien más?" // "Los canones y las buenas costumbres" // mierda, puto y cabrones // "Esa es otra" // "mejor dicho" // "cabezas de..." // "Es una larga historia" // "... Pasada" // "Uno no sabe..." // "Entretenerme" // "¿Qué co*o había hecho?" // "Caían a plomo" // "Prometía ser..."


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