En este bar solo se atienden señoritas: Lady trovador.
Esta historia no comenzará conmigo en un bar, ni siquiera comienza en mi mundo, bueno, más o menos. ¿Te suena el planeta Tierra? Un diminuto punto azul en el sistema solar con vida inteligente. Yo vivo ahí, mejor dicho, vivo en una de sus infinitas variables a lo largo de los mundos.
Mi planeta nunca se ha llevado bien con los meteoritos, es algo más bien personal desde que uno chocó y arrasó el 99,999% de la vida en la superficie terrestre. Ahora mismo, varios gobiernos tienen planes de contención para detener a otro de esos, pero con frecuencia ignoramos los que llegan al planeta ya que se queman en la atmósfera.
Pero en un planeta Tierra, que no era el mío, uno de esos meteoritos cruzó el cielo, liberó una insana cantidad de radiación en la atmósfera y chocó con una isla del Pacífico. Lo único que dejó allí fue un metal desconocido que se terminó llamando el "Hermafroditus Rex", ya lo entenderás. Los países deberían haberse preocupado menos por el metal y más por la radiación que había llegado a la atmósfera y que, en menos de 24 horas, todos estaban respirando.
Los efectos no se notaron hasta pasados seis meses, los casos de hiperandrogenismo se dispararon en mujeres, muchas empezaron a nacer con cromosoma X X pero con pene y testículos funcionales, la ciencia no tenía respuesta para esto. En el caso de los hombres lo que se disparó fue la falta de testosterona, por primera, y seguramente única vez, los hombres de 50 y pico parecían mujeres de 18 años, en algunos casos niñas de 16.
En los primeros 10 años no hubo muchos cambios sociales, aunque las mujeres empezaron a ganar mucho más poder político y a desempeñar trabajos que requerían más esfuerzo físico. Pasados 20 años, eso fue un punto de no retorno, las mujeres con pene, llamadas también "las hermafroditas del espacio", o "ditas espaciales" para abreviar, terminaban la universidad a los 16 años y a los 20 ya tenían un perfecto rendimiento en el servicio militar.
En las décadas siguientes puedes imaginarte lo que pasó, la especie humana siempre ha sido predecible cuando le das poder. Las ditas espaciales empezaron a tener poder y a seducir a otras mujeres que no eran ditas. Sus genes eran dominantes y de sus parejas salían otras ditas, ya no espaciales, en el 80% de los casos.
Con un número superior, una intelectualidad insuperable y el control militar en el 70% del planeta, solo hizo falta un siglo para que tomaran el control absoluto del mundo de forma casi pacífica. Algunos gobiernos opusieron resistencia, pero fueron aplastados en semanas. Los hombres se habían vuelto débiles y poco intelectuales (muchos terminaban la educación secundaria con 22 años), su derrota estaba asegurada desde el minuto 0.
La situación fue tan cómicamente penosa que ninguno pudo usar armas nucleares porque olvidaron sus códigos.
Fue, sencillamente, inevitable, no hubo fuerza política, religiosa o revolucionaria que frenase a las ditas.
El planeta cambió mucho, las ditas consideraron el embarazo una carga, así que con su intelecto superior, encontraron la forma de poner un útero perfectamente funcional en los hombres, y lo consiguieron. Se volvieron el 45% de la población mundial, el otro 45% eran hombres y el 10% restante eran mujeres.
***
Recapitulemos a hace unos minutos, cuando no sabía nada de esto, 3:16 de la noche.
Estoy detrás de la barra del bar, limpiando un vaso con un trapo, hacer eso me tranquiliza, me imagino que soy un DJ haciendo un remix con los sonidos que hace el cristal cuando lo froto. En cualquier otro trabajo seguramente estaría con el móvil, pero he aprendido por las malas que hacer eso no es buena idea, otro día contaré esa historia.
Mi jefe, Don Aarón Paredes Ripoll, está en la cocina revisando cacharros y que no falte nada, en 17 minutos cerramos y le gusta dejar todo en orden.
Él es un señor de 57 años, ya no tiene pelo en la cabeza, pero si en la barba canosa que no complementa con un bigote. Le gusta decir que décadas atrás tenía el cuerpo de Oliver Sacks y la cara de Salvador Ruiz, pero desde que llegó el cáncer de pulmón, ha ganado barriga y perdido movilidad.
"Es una pena", pienso. "Toda su vida trabajando de camarero, sin consumir ni un solo cigarro, para terminar desarrollando cáncer de pulmón por ser fumador pasivo".
Ahora mismo trabajo en el bar que construyó debajo de su casa. Es un buen hombre, y paga bien, de hecho me da un extra por atender el bar de 3:00 a 3:33 a m, porque a esa hora y a este sitio, algunas noches, vienen las mujeres más extrañas que te puedes imaginar.
Alguien abre la puerta, esa puerta de plástico duro que se empuja, no se tira, con cristales mate que parece sacada de una telenovela de los 80. Entra una esbelta señorita de metro setenta y ocho, con un buen chaqué de lino negro y sobreo de una ala tan ancha que podría confundirse con una pamela. Calza mocasines negros con un lazo, si los llebara yo me rasparian los pies, pero ella los mueve con gracia.
Camina resonando en las baldosas de falso jade. Identifico en ella una gracia musical en sus pasos, como si se acercara bailando claqué. Aunque he de decir que mi mente está sugestionada porque lleva una guitarra española dentro de su estuche correspondiente atado a su espalda.
Se sienta en uno de los taburetes de la barra, estos que son de metal y con un asiento de goma espuma medio roto que muestra el relleno amarillo, y además giran, aunque no deberían hacerlo.
Entonces tumba un brazo en la barra, clava el codo y pone su cara en la mano, y me mira con una sonrisa que nunca antes había visto. En verdad no quisiera sonar romántico o pasteloso, pero por vez primera vi en esos ojos marrones, apoyados en unas manos enguantadas blancas y cristalinas, una belleza impropia de este mundo.
Me quedé completamente quieto, mirándola como si me hubiera petrificado. Ella lo notó, y con su sonrisa mediterránea siguió contemplándome mientras se quitaba el sombrero, dejándolo en el asiento de al lado. Luego se quitó la guitarra y la apoyó perpendicularmente a la barra, ahí sí que dejó de mirarme, y yo miré a la cocina, pensando que Aarón sabría cómo lidiar con esta chica que había entrado sin saludar.
Si, estaba nervioso, quería convencerme de que era porque la última noche que una guitarrista entró en el bar se voló la tapa de los sesos con un revolver, pero la verdad es que no sabía cómo reaccionar ante una mujer tan hermosa. De nuevo, lamento si sueno demasiado exagerado.
Al final ella toma la iniciativa mientras yo vuelvo a dirigir mi vista al vaso, como si no fuera mi trabajo tomarle nota. - Es bueno regresar a esta ciudad y ver que hay cosas que no han cambiado - me mira, parece feliz. - O que casi no han cambiado, ¿Eres un nuevo chico trabajando para Aarón?
- Si - asiento tímidamente. - Es mi segundo mes aquí.
- ¿Qué le pasó al otro chico?
- ¿Te refieres a Antonio?
- Si, el universitario con un brazo cómo el mío - se arremanga el brazo derecho y flexiona los bíceps. Lo juro, parecía la musculatura de Svetlana Soluyanova.
- O, si - dejo de mirar su brazo y me vuelvo a centrar en mi vaso mientras ella se arremanga. - Él se graduó y me dijo que iba a dejar su trabajo, que pagaban bien aunque era peligroso, y que si quería venir, y bueno, si, me convenció el puesto.
- Que mal han de ir las cosas si necesitas enchufe hasta para ser camarero - me dice sin perder la sonrisa. - ¿Y tú cómo te llamas?
- Yo me llamo Jaime, es un placer - digo inclinando la cabeza.
- Pues deberías llamarte Lindo, porque eres muy lindo - me guiña un ojo.
Creo que mis piernas están temblando, estoy que me derrito y noto el calor cuando se sonrojan mis mofletes. En este estado es cuando escucho las risas que vienen de la cocina, Aaron sale de detrás de la estantería con el juego de sartenes.
- Por favor, no intimides mucho al muchacho - dice él apoyándose en el final de la barra.
Ella vuelve a reírse y me mira, yo la miro de reojo, sus labios están pintados de carmín y tiene una sonrisa preciosa. - ¿Te estoy intimidando, amor?
- Un poco - me sincero.
- Mil perdones - abre un poco su traje, de un bolsillo interior saca una rosa y me la ofrece con su mano libre. - Toma, como pago por las molestias.
No puedo evitar notar que sus guantes toman el tallo de la flor aplastando los pinchos sin pincharse ella. Correspondo su acción agarrando la rosa sin clavarme las espinas.
Miro detenidamente sus pétalos, no parece una rosa natural, pero tampoco diría que es de plástico, es como si tuviera una tela de escarcha que la protege.
- ¿Estás tratando de seducirme? - le digo intentando no parecer un tomate.
- ¿Qué? - me responde sin perder la sonrisa.
- Lo digo porque soy una persona muy sensible, y si solo haces esto para jugar con mis sentimientos me va a doler.
Su sonrisa parece un poco más alicaída, Aaron pone una mueca que claramente oculta sus ganas de partirse de risa, y yo giro la rosa entre mis dedos.
- Perdón, perdón, perdón - se disculpa mientras junta sus manos como si orase. - Lamento si mis acciones se malinterpretan, son gajes del oficio que me cuesta dejar atrás. No estoy tratando de seducirte, este corazón ya tiene dueño.
La verdad, eso me desilusiona de golpe, quiero decir, era evidente que no iba en serio, pero podría haber ido en serio.
- Muchacho, ¿Es que no aprendiste nada de la emperatriz? - me dice Aarón, como si fuera a darme una palmada en el hombro para reconfortarme. - Esta mujer de aquí te saca años en kilometraje. Y tú - dice mirándola. - No juegues así con un pobre muchacho de 19 años, aún no le han roto el corazón suficiente para diferenciar amabilidad de coqueteo.
"Acaban de hacerlo", pienso.
- ¿Enserio? - ella regresa con su sonrisa carmín. - ¿Cuantos años me echas?
- 26 - respondo con dudas. - ¿Tal vez 30?
- Respuesta incorrecta - tararea. - ¿Y tú, Aaron, cuántos me echas?
- Hace dos años tenías 38, así que si el tiempo sigue fluyendo bien, diría que unos 40 - responde mi jefe, y ella asiente.
40, 40 tacos carga y parece más joven que la mitad de chicas de mi curso. No puedo negarlo, estoy muy sorprendido, y creo que mi cara lo refleja porque se está riendo otra vez.
- Soy Keiserin, una trovadora como las de antes, mucho gusto - me extiende su mano y la estrecho.
Me confié un poco, pero tiene un agarre firme, parece que estoy teniendo un apretón de manos con un sargento en su mejor momento de milicia. Tal vez sea por los guantes que lleva, parecen de un látex o plástico duro e impermeable.
- Ponme una San Miguel, la más fresca que tengas - me dice. Mientras voy a servirla gira la cabeza para ver a Aarón. - ¿Ya has pensado a quien le vas a dejar el bar cuando te jubiles?
- A cualquiera que se crea las locuras que pasan aquí por la noche - responde Aarón mientras se apoya con un brazo en la barra. - Aj, la verdad es que tampoco he tenido mucho tiempo para pensarlo, la radioterapia le está dando mucha tralla a mi cuerpo, muchas veces se tiene que quedar el muchacho solo.
En realidad, solo me ha pasado tres noches, en una no ocurrió nada, en otra me topé con una suicida y en la tercera una mujer me tiró una cartera en la cabeza y luego le rajó un ojo a su yo de otro mundo.
- ¿Estarías dispuesto a dejármelo a mí? - pregunta Keiserin.
Aaron arruga un poco la frente, yo tiro la lata de cerveza a la basura y ella espera la respuesta.
- Esa si que es una propuesta atrevida - dice Aarón, mirando sus ojos para asegurarse de que no bromea. - Es incluso más atrevida que la declaración de mi mujer sobre querer hacer natación, que dije “no va a durar na’”, y ya lleva seis años solo para llevarme la contraria.
- Jeje - Keiserin ríe un poco antes de llevarse el vaso a los labios, pero cuando lo deja se nota su sonrisa alicaída de nuevo. - Si, supongo que a esta hora solo digo tonterías, eso que ni siquiera he empezado a beber en condiciones.
No creo que realmente pretenda emborracharse con una cerveza de lata de medio litro, alguien que piensa hacer eso pide bebidas más fuertes. Sólo parecía estar con una actitud soñadora mientras daba el segundo trago, como si hubieran cortado la cuerda floja por la que caminaba y ya hubiera asimilado la ostia.
Aaron me mira, y me hace un gesto con la cabeza para que diga algo; Claro que tengo que ser yo el que de la cara, llevaba con eso desde el primer día.
- ¿Por qué querrías trabajar aquí? - digo. - Es decir, implicaría abandonar tu mundo y todo lo que conoces, ¿No?
- Amor, lo que me queda en mi mundo no merece la pena - mira aquí y allá sutilmente, como si temiera ser escuchada. - Pese a todos mis estudios solo me queda tirar coplas bajo las ventanas para entretener a los hombres.
- ¿Cuáles son tus estudios?
- Solo tengo un doctorado en psicología y una maestría en música, de los siglos XI al XXI - acompañando estás palabras con un tercer trago, da el vaso por terminado. - También soy semiprofesional de billar, pero nunca he ganado en grandes torneos. O, y se judo callejero, pero esa historia es demasiado larga para contarla en una noche.
Miro a Aarón, este me asiente, como si supiera de primera mano que es cierto. Luego la miro a ella, supongo que mi cara lo dice todo, por eso se vuelve a reír. - ¿A eso le llamas "solo"? - pregunto. - Yo ya me las estoy viendo morado con el segundo año de mi carrera de psicología, ¿Cómo puedes considerar un doctorado algo que definir como "solo"?
- ¿Sabes lo que hace impresionante a un logro? Qué destaque sobre los demás. Mis dos hermanas tienen 5 doctorados cada una, y ganan un sueldo de 5 ceros cada mes - su vista se dirige a la guitarra. - Yo toco música para ricos, asándome de calor bajo sus balcones, porque literalmente mi formación no me da para aspirar a más. Así de crudo es el mundo en el que vivo.
- A, bueno, si lo dices así - creo que voy a regresar a mi trapo y mi vaso.
Keiserin mira a Aarón, como si fuera mi padre y quisiera preguntar; "¿Le puedo dar una cerveza al niño?".
- Díselo, no pasa nada, cosas más raras a visto estando solo - le responde mi jefe a una pregunta que no ha hecho con un ademán.
- Verás, amor, mi mundo solo se parece al tuyo en lo superficial - empezó a decirme.
Tras eso, estuvo 6 minutos de reloj explicándome la historia sociopolítica del ascenso al poder de las ditas, pero ya hablé de eso, así que avanzaré hasta la parte en la cual ella termina y yo dejo de fingir que estoy haciendo algo productivo limpiando el vaso.
Para aclarar, Keiserin no es una dita, ella tiene la fortuna o la desgracia, según se mire, de ser una mujer promedio en un mundo que las trata como ciudadanas de segunda.
Echo mis brazos hacia atrás, apoyándome en una pequeña repisa sobre la que se ponen los pinchos de exhibición por el día.
Para sincerarme conmigo mismo, lo primero en lo que pensé cuando me contó la historia fue en un grupo de talibanes con el cuerpo de los minimois tratando de detener a varias mujeres vestidas como Schwarzenegger en Comando, bazooka de 4 cañones incluido.
- Así funciona mi mundo - ella se encoge de hombros. - Me gustaría decirte que soy una codiciada soltera, me gusta pensar que lo soy, pero solo me separa una década de la famosa canción infantil que dice; "Si antes de los 50 hombre no has conocido, gatos y vino será tu destino, si no te suicidas por el camino".
Entona esas tres estrofas como si recitara una nana para un niño. Para ser honesto, he estudiado declaraciones de guerra menos perturbadoras que esa canción.
- ¿Eso lo cantan los niños? - pregunta Aarón.
- ¿Has oído las canciones infantiles de Francia e Inglaterra de hace tres siglos? - le responde Keiserin. - Una habla sobre despellejar viva a una paloma y otra habla sobre una mujer muerta bajo el puente de Londres.
"Aquí los españoles nos trajeron una de un gato que se muere cayendo de un tejado", pienso yo.
- Joer, pero no eran canciones sobre estar soltera y al borde del suicidio a los 50 - dice Aarón rascándose la calva. - Si mi hija hubiera cantado algo de eso cuando era pequeña me hubiera asustado.
Keiserin suspira con aire de añoranza, como si extrañara una etapa de su vida que no vivió. - Por eso quiero estar aquí, vuestra sociedad no está obsesionada con casarse para ser alguien.
- Tampoco diría eso - agrego, tratando de animarla. - Al gobierno actual le interesa que haya más matrimonios porque implica más hijos. Tenemos unos índices de natalidad que son cada vez peores.
Me mira como se mira a los niños que dicen una estupidez desde el umbral de su inocencia. - La natalidad no entra ni en un listado de los quinientos problemas más urgentes que tienen que resolver las ditas - apuntala ella. - El problema real tiene que ver con sus impulsos sexuales.
» Una dita tiene tres veces más deseo sexual que una mujer y siete veces más que un hombre, eso en términos prácticos quiere decir que una calentura de una dita puede durar 8 de las 24 horas del día.
» Eso se tiene que satisfacer de alguna forma, y los hombres son esa forma. Así que para asegurarte de siempre tener un punto de alivio, los matrimonios son casi prematuros, se pactan desde muy jóvenes, aproximadamente entre los 17 y los 22, que es cuando los hombres terminan su educación básica.
Supongo que se me ve algo de alivio en la cara, porque Keiserin me mira y dalea la cabeza.
Aaron comprende mi situación enseguida e interrumpe antes de que ella trate de resolver sus dudas. - Te puede resultar extraño, porque la última vez que estuviste por aquí te dije que ahora la gente no se soporta mucho y que no te desesperases por casarte, pero en este mundo por matrimonio prematuro entendemos una niña de 12 y un viejo verde de 50.
- Ahí, amor, no, ni pensarlo - dice Keiserin agitando la cabeza. - Un hombre de doce no tendría desarrollado su cuerpo para, bueno, para llegar a más pasos en la consumación del matrimonio, ¿Cómo pueden en vuestro mundo?
- Seguramente en el tuyo también pase, muchacha, simplemente no lo han hecho públicos - dice Aarón con una mueca. - Si algo me ha enseñado este trabajo es que en todas las posibilidades hay un muerto bajo la alfombra.
Se generó un silencio incómodo, uno de esos silencios que en un bar de medianoche serviría para intoxicarse con el olor a alcohol en el aire, o para escuchar a los borrachos reir. En este caso, el único acompañamiento sonoro era mi vaso haciendo skraches.
- ¿Y por qué no se reproducen entre ellas? - suelto para romper el hielo. - Las ditas, digo.
- La homosexualidad entre ditas es pecado, y está penado con la pena capital - dice Keiserin. - Una dita con otra dita siempre dará como resultado una dita, si todas empezaran a hacer eso, ¿Para que me necesitarían a mí, o a los hombres?
- No lo sé - detengo mi remix a velocidad x5. - ¿Por qué quieren a los hombres?
- Porque les gustan los hombres - la cara de "¿No es evidente?" Que Keiserin me echa no puede ser más explícita. - Y les gustan los hombres por la misma razón que a ti te pueden gustar las mujeres. Son bonitos, delicados, sentimentales, te apoyan en situaciones difíciles... - a partir de aquí la vista de Keiserin se centra detrás mía, parece que mira a los dos grifos de cerveza, pero en realidad está mirando al infinito, apunto de proyectar sus sentimientos. - Y luego está la forma en la que te miran y te entienden, porque a lo mejor has tenido una mierda de día, pero él se acurruca a tu lado y te dice; "todo estará mejor, aunque ahora no te lo creas", y tú empiezas a creer un poco, porque en una noche resultaste ser todo para él.
» Y él que parece que tiene mucho, pero solo le pertenece el aire de sus bolsillos, te mira y te sonríe. Porque te quiere, y no puede soportar pensar en ti triste, así que te animas y encontráis consuelo mutuamente.
» Cuando alguien que se ha pasado la vida encerrado entre cuatro paredes te dice que todavía hay esperanza, ¿Cómo no vas a creerle?
» Él vive con toda su vida ya planeada, el 45% de la población es básicamente el 100% de personas con las que interactúa. A todas les da sonrisas de protocolo, pero cuando te ve a ti después de dos años, y te reconoce, llega corriendo, sonríe y te abraza, ¿Cómo no te vas a enamorar de eso?
» Hay hombres fantásticos hay fuera, pero a las ditas les sobran, los quieren pero no los aprecian. Están tan acostumbradas a que todo sea así, que su relación mujer-marido se transforma directamente en una relación ama-sirviente en la cual solo una de las dos partes rasca una felicidad que sería mejor compartida.
» Jeje, perdón, creo que venía a ahogar mis penas y al final han salido fuera por un tobogán acuático, o algo así.
Aaron lo ha escuchado y asiente comprensivo, como un abuelo que entiende las situación de su nieto aunque los tiempos cambien.
Yo tomo confianza, es la primera clienta en un buen tiempo con la que me siento valiente para preguntar, aunque puede que me arrepienta. - ¿Has dicho vivir entre 4 paredes? ¿Tan poco aportan los hombres en tu mundo que solo sirven como amos de casa?
- No exactamente - dice Keiserin mirando su vaso insegura de si debería hablar de esto con alguien sensible como yo. - Pero estar fuera implica exponerse a un 45% de la sociedad que tiene impulsos sexuales muy altos, actualmente la cosa está mucho más regulada, pero en el siglo pasado las violaciones eran tan frecuentes que se volvieron legales.
Tengo que dejar el vaso y el trapo en la encimera detrás de mí porque mi cara de sorpresa se refleja más que su brillo. - ¿Cómo?
- ¿Qué haría un hombre caminando solo por la calle conociendo el carácter de las ditas? - Keiserin vacila un poco, lo que está diciendo es fuerte hasta para ella. - Y si además no se había operado, entonces premio doble, es una putita que busca experiencias fuertes. Aj, me da asco tener que repetir frases que ya estaban anticuadas hasta para la época de mi madre.
"De su madre, ¿No de su abuela?", pienso con cierto temor. - ¿Pero eso ya ha cambiado, no?
- En teoría - se encoge de hombros. - Hace un mes se hizo famosa una noticia de una dita que entró a una casa, violó a un hombre y solo tuvo que pagar la multa por allanamiento de morada. No pisó la cárcel ni un solo segundo, ¿Sabes por qué?
- ¿Por qué?
- Porque en ese momento el chico se había quedado dormido en ropa interior y dejó una ventana abierta, ¡Claramente estaba provocándola para que actuara así! - dice Keiserin, los ojos en blanco para matizar el sarcasmo. - Él alegó que simplemente estaba cansado después de limpiar la casa para su mujer, que dejó la ventana abierta por error y que no quería que eso pasara, no sirvió de nada.
» Naturalmente yo le creo a él, los hombres son bastante despistados, si estaba cansado y hacía calor, no debió pensarlo mucho.
» La parte más triste de esta historia es que seguramente ese pobre hombre haya terminado colgándose o prostituyéndose, la dita con la que estaba casado lo denunció por infidelidad y por cómplice involuntario, por supuesto, él también tuvo la culpa de que forzaran la cerradura de su casa… Y bueno, no sé más de la noticia, pero no ganas un caso así siendo hombre.
Tal vez “repulsión” no sea la palabra correcta para describir lo que siento, es una sensación extraña que solo mi trapo y mi vaso entienden, por eso los miro, como si esperase que ellos me pudieran quitar mi sensación de impotencia.
Aaron se ve preocupado, solo hace una mueca y niega con la cabeza mientras agacha la mirada, como si quisiera decir “que mal está el mundo”.
Keiserin abre un espejo de mano que saca del bolsillo que tiene en su chaqué a la altura del pecho. La carcasa es dorada y el interior plateado, en la tapa se ve bordada una rosa y pone “Familia Cervantes”. Ella se mira el moflete izquierdo y el derecho, discretamente se asegura de no haberse ruborizado mucho contando todo lo anterior.
- A lo mejor me estoy pasando mucho de preguntón - digo mientras hago que nuestras miradas se crucen. - Pero a qué te dedicas entonces. He entendido que cantas coplas a los hombres, ¿Pero cómo puede ser eso un trabajo?
- ¿Cómo puede ser la música un trabajo? - repuso Keiserin, así descubro su manía de responder a una pregunta con otra. - Estoy bromeando, entiendo a lo que te refieres - Keiserin frunce muy sutilmente el ceño, como si hubieran pasado dos años desde que podía abrirse con alguien para hablar de su trabajo. - Verás, con el poco contexto que sabes, puedes entender que las ditas tratan a los hombres como si fueran toda su vida niños de 17 cuya única función es ser educados y cuidar la casa. Así que como muchos de ellos no salen, y tampoco les gusta sentirse solos, me pagan a mí para que vaya por sus casas y les cante canciones para entretenerlos. Generalmente son canciones de amor, para que se sientan queridos.
» No es un trabajo que se pueda permitir cualquiera, ni es un servicio que se le pueda ofrecer a cualquiera. Yo me dejo la voz muchas noches, pero los hombres que están solos en sus casas hasta que llegan sus mujeres, se entretienen mucho.
» Y yo les regalo rosas, hago canciones por petición, a veces me dejan entrar para que les cante en privado o les de una rosa. Una vez uno que solo llevaba un año casado me pidió que lo cargara entre mis brazos - se vuelve a mirar sus bíceps, la verdad es que la envidio, más allá de la genética, ese cuerpo tiene mucho trabajo detrás.
- La felicidad se encuentra en los pequeños detalles - contribuye Aarón a la conversación.
Mi cara parece reflejar un claro; “no se, no se”. Keiserin toma eso como una propuesta de desafío y se levanta, solo me separan de ella los 40 centímetros de la barra.
- ¿Quieres saber lo que se siente? - me dice extendiendo sus brazos hasta mis hombros.
Estoy acostumbrado a tratar con personas más altas que yo, suele pasar cuando mides metro sesenta en un país cuya media es metro setenta y seis, pero con esta mujer era raro, nadie extendía los brazos así con tanta confianza.
- Bueno - respondo indeciso.
Noto sus guantes bajo mis dos axilas, solo espero que el desodorante funcione porque esto me está poniendo nervioso. Ella me levanta como si cargara a un recién nacido, tengo que levantar las piernas para que pueda pasarme por encima de la barra y tomarme con sus dos brazos.
Sé de profesionales de powerlifting que hubieran tenido más problemas que ella levantándome. Me mece en sus brazos como si fuera una media luna haciendo de cuna, y yo solo puedo mirar al techo para no ruborizarme.
Aaron ha decidido hacer como si no se enterara. Está contando de nuevo las cacerolas mientras yo plasmo en mis memorias este fetiche que espero llevarme a la tumba.
Keiserin agacha un poco la cabeza, mis brazos rodean su cuello tratando de no hacer mucha fuerza, aunque tengo la sensación de que si apretara, yo me haría más daño que ella.
Deja caer su pelo moreno largo y sedoso sobre mi cara, y sonriendo me hace una simple pregunta. - ¿Cómo te sientes, amor?
- Creo que Freud tiene más razón de la que me gustaría darle - digo para sacarle una sonrisa antes de que me vuelva a dejar en mi sitio.
Creo que es la primera, y seguramente única vez, que una mujer me deja con las piernas temblando y la percepción de la realidad alterada por este nuevo rubor que embriaga mi cuerpo. Ella solo vuelve a apoyar su cabeza sobre uno de sus resplandecientes guantes.
- Luego, respondiendo a tu pregunta, ¿Cómo puede ser esto un trabajo? Porqué les gusta sentirse queridos, igual que a cualquiera que vive entre cuatro paredes y todo lo que puede hacer es esperar a que la persona que más quiere llegue feliz del trabajo y no les dé una bofetada porque la comida se ha quedado fría, o el baño no está listo, o cualquier otro pequeño detalle y ridículo que haga enfadar a esas criaturas histéricas que tienen como esposas.
- ¿Y las ditas no se ponen celosas? - pregunto, ella pone una mueca que si bien no es molestia, en algunas partes del mundo si expresaría eso.
- ¿Por qué una dita debería preocuparse de alguien cómo yo? - dice como si aclarase una explicación entre paréntesis. - Los hombres ya no se enamoran de las mujeres como yo, toda su educación se centra en prepararse para casarse y servir a una dita.
Haré un breve inciso aquí, mi mente tiene tanta información nueva que trato de juntarla con información que ya se. Esto me recuerda al fenómeno social de los eunucos encargados de cuidar el harén, incluso si hay algún toque indebido, nunca habrá un peligro real de que llegue a mayores si a los hombres se les ha enseñado que ellos reciben.
- Por si te lo preguntas, si, hay cuentos de antes que hablan de amantes que se escapan en mitad de la noche, donde ella es una trovadora y él alguien cansado de la vida esquemática - Keiserin se pasa la lengua para remojar sus labios carmín. - Pero todas acaban en tragedia y con la lección de “has abandonado una vida perfecta por la pasión de una sola noche”.
- Las mejores historias de amor tienen esa carga psicológica - digo ahora en voz alta. - Se me viene a la cabeza “Bodas de sangre” de Federico García Lorca, o “El ruiseñor y la rosa” de Óscar Wilde.
- Si, yo misma me lo imagino como la historia de Romeo y Julieta - Keiserin da una media sonrisa al pronunciar ese nombre femenino, ahí hay una ironía que solo ella comprende. - Pero yo ya he perdido la esperanza, ¿Sabes lo que hice con mi collar de boda?
- ¿Qué es un collar de boda? - expreso replicando su mala costumbre de responder a una pregunta con otra.
- ¿No lo he explicado? Bueno, no tiene mucho misterio, el anillo de matrimonio era poco satisfactorio para declarar el dominio sobre un hombre, así que las ditas les ponen a sus maridos un collar de perro y la placa, hecha de hermafroditus rex, está atornillada, en ella se graba el primer apellido de la dita y es el único que se usa - Keiserin gira su mano, como si atornillara una placa con unos alicates. - A todas las mujeres se les regala uno a los 17 para que lo usen el día de su boda, yo desistí en la búsqueda de marido a los 30 y lo fundí para hacerme estos guantes con sus restos. Son finos, agradables al tacto y gracias a ellos no me salen ampollas cuando toco la guitarra.
Mi cerebro se sacudió un poco con ese pensamiento, intenté hacer otro símil, me imaginé a un hombre llevando el anillo de boda de su madre a la fragua de Vulcano y pidiendo que lo transformara en una uña de guitarra para su banda de metal independiente. Creo que mi cuerpo también notó la sacudida de mi risa interior, y Keiserin se rió un poco conmigo mientras Aaron volvía a unirse a la charla.
- A todo esto, creo que no has dicho que te trae por aquí de nuevo - dice mi jefe rascándose la calva. - Supongo que no era ni la bebida ni la necesidad de tirarle los trastos a mis empleados.
- Mil perdones por eso, otra vez - dice Keiserin, dirigiéndose a mí y disculpándose con la cabeza. - Tengo un contrato de seis meses en esta ciudad, voy a tocar en una fiesta de coronación, la coronación del amor de mi vida, Julieta.
- El amor de tu vida, ¿Es “ella”? - pregunto por el calor del momento y sin ningún tipo de filtro.
- ¿También se me ha olvidado explicar los nombres? - dice Keiserin, mirándome a mí y luego a Aarón. - No, Julieta es un hombre, solo que desde que nacemos, a las mujeres se les ponen nombres majestuosos, y los hombres, que son criados como las mujeres de antes, tienen nombre de las mujeres de antes. Para que te hagas una idea más clara, mi madre se llama Maestà qué significa “magestad” en italiano, mi padre se llama Marta.
“Marta significa “hija” en hebreo”, pienso siendo consciente de la ironía.
- Cómo sea - dice Keiserin agitando la cabeza. - La coronación es solo una pantomima para darle más prestigio a un matrimonio pactado que Julieta no quiere, pero creo que ya te he aburrido suficiente hablando de política, o de mí.
- No te preocupes, alma de porcelana, hasta los psicólogos necesitan un psicólogo - dice Aarón con una sonrisa afable. - Pero sin intención de sonar descortés, deberías irte, cerramos en dos minutos, y supongo que no entra dentro de tus planes quedarte a vivir aquí.
- Totalmente cierto - Keiserin se echa la guitarra al hombro con un brazo y con el otro se pone el sombrero. - ¿Cuánto es por la cerveza?
- A esta invita la casa - digo yo antes de que mi jefe hable.
Keiserin sonríe, sabe perfectamente que voy a tener que pagarla yo de mi bolsillo, pero no quiere arruinar mi gesto de buena voluntad insistiendo en pagar ella.
- Está bien, todo un detalle por vuestra parte, ya os invitaré otro día a algo yo - dice dirigiéndose a la puerta, para girar una última vez y que pueda ver sus pupilas marrones. - Te gusta la psicología, ¿No, Jaime?
- Si, eso estudio.
- Entonces te dejo de tarea analizar esta frase, “no te tomes la vida muy en serio, no saldrás vivo de ella” - una sonrisa suave escapa de sus labios y la puerta al cerrarse parece sonar como el telón que cierra un acto.
***
3:32 de la noche, en un minuto más me iré, pero mi cabeza se hará varias preguntas para las cuales no creo tener respuesta.
----
Notas del autor:
Antonio Revilla Alcalá: 23 años, estudia historia, ya se ha graduado y está estudiando en Inglaterra, //
Jaime Parera Ronaldo: mide 1'60, tiene 19 años, estudia psicología // sensible y formal (habla con números ordinales), le gustan las caricaturas antiguas, el fisioculturismo y las mujeres peligrosas // "este no es uno de esos casos", "pues díselo ahora, porque la tumba no va a escucharte", "lo lamento si..." , "primera y seguramente única vez...", "discernir", "sus dotes", "como dijo mi padre...", "para los no conocedores", "dudo que sea legal en este país...",
Aaron Paredes Ripoll: edad 57 años, tiene barba cana pero no bigote, tiene cáncer de pulmón, no fuma // vive en la planta de arriba de su bar, su mujer hace natación, su hija es socorrista // "ya no estoy para estos trotes", "llevo 54 años dando tralla", "hubieras ido y te hubieras enterado", "joer", "¿A qué se dedicaba ese?", "hay que empezar paseítos, lo que es pasear", "... Y vas de sobra", "dije: va durar na'... Y lleva 6 años pa llevarme la contraria", "A,si", "Si es que ahora no se aguanta la gente".
Keiserin: mide 1'78, pesa 60 kilos, 40 años, la mayor de tres hermanas, ojos marrones, cabellera morena, siempre lleva guantes blancos, chaqué de lino, labios carmín, un espejo de bolsillo, fan de "La Bella y la bestia" y de "Romeo y Julieta"// responde una pregunta con otra // su trabajo dura toda la noche así que no tiene reloj, si lleva 50 flores // "los de antes", "y luego está eso", "déjame hacerte los honores", "amor, por favor...", "codiciada soltera", "mil perdones", "me voy a romper (la voz) en esto...", "no te tomes la vida muy en serio, no saldrás vivo de ella".
BAR: paredes marrones // barra de siete metros // Encimera con espacio para los pinchos de exposición// encima dos armarios pegados a la pared con tres estanterías para vasos (Jaime no llega a la tercera más alta) // a la derecha de la misma las dos fuentes de cerveza // al final de la repisa la cafetera // debajo de la barra está la nevera con las bebidas correspondientes // taburete rojo de metal con asiento giratorio y de goma espuma // puerta (empuja) de plástico duro con cristal mate // baldosas de falso jade.

Comentarios
Publicar un comentario