En este bar solo se atienden señoritas: El amante de esa chica.

 


Era una noche de esas que no tienen estrellas, Julieta había dado una actuación impresionante, su sonrisa podría ser portada de revista en un titular que dijera, "nuevo logro, solo confunde tres acordes en toda una actuación de dos horas".

Todas le habían aplaudido, incluso algunos hombres con permiso especial, habían vitoreado también desde un palco más alto.

Ahora él estaba en el camerino, acurrucado en el pasillo, sollozando entre sus propias piernas. Esto no tendría que estar pasando, se suponía que era una fuente radiante de felicidad y calor, pero se sentía solo y frío, como las estrellas de un hotel.

Le tocaba esperar a que vinieran por él, era como estar encerrado en su propia casa. Si, estaba en el castillo en el que vivía, con más privilegios de los que cualquier hombre podría imaginar, pero seguía siendo un hombre, y su mente daba para lo que daba, no se sabía el camino de vuelta.

Sacó su espejo de bolsillo, ese que tenía el relieve de una rosa y el nombre de su familia, se miró el maquillaje que se le había corrido y el rosa palo empapado de sus mofletes, estaba tan ridículo como una payasa profesional.

"No soy ni eso, soy un bebé de 38 años que no sabe guardar las formas", pensó para si.

¿Cuanto tardaría su hermana en venir? Seguramente mucho, estaba en una reunión de negocios, era de las mejores funcionarias del país, no podía dejar cabos sueltos. Él solo tenía que comportarse como un buen hombre, ser paciente hasta que una dita responsable le dijera que hacer.

Treinta minutos después, se había quitado el maquillaje con un paño húmedo y tarareaba algunas canciones que fallaban en hacerle feliz.

***

Mientras tanto, una mujer con guantes blancos y chaque de lino, iba con su guitarra a cuestas dando pasos que parecían de claqué por como movía los pies conteniendo sus ganas de ir al servicio. - Mierda, otra vez en los pasillos de camerinos, estoy andando en círculos, ¿Donde coño están los baños? Me estoy asando de tanto caminar y no encontrar nada.

Esa mujer se llamaba Keiserin, trovadora y toda una amante como las de antes, le gustaba pensar que también era una codiciada soltera.

- Tiene que haber alguien por aquí a quien preguntar direcciones - se murmuró mientras echaba a caminar.

El suelo era precioso, una alfombra roja con bordados de color dorado, algunos representaban rosas y bailarines. Combinaba bien con las paredes que parecían los muros de una basílica y las lámparas con forma de antorcha que había a cinco pies del suelo.

Keiserin pasó frente a algunas puertas, todas de corte contemporáneo, se esperaba algo más tipo madera y cobre, pero querer imitar la antigüedad no implica seguir permitiendo materiales que se pudrán con la humedad.

Tres puertas antes de llegar a donde doblaba la esquina, escuchó algo a su derecha, era una voz suave que tatareaba, no lo hacía muy alto, pero no necesitabas un oído excesivamente fino para escucharlo. Reconoció la melodía rápidamente, era una que ella misma había cantado días atrás.

Keiserin miró la puerta, había un gran relieve de una rosa y un rótulo en el cual estaba escrito: "Estrella principal: Julieta Cervantes".

Keiserin se quitó su sombrero de ala ancha, un ala tan ancha que casi parecía una pamela hay que decir, se miró como buenamente pudo en el reflejo plasticoso de la puerta y se colocó el pelo. Normalmente no tendría que hacer tanto trámite para hablar con un hombre, pero este era hijo de la sexta dita más importante del país, en la escala social estaba un escalón por encima.

"Antes de tirar los tejos, retoques mirando al espejo", se dijo a si misma. Parecía que iba a pedirle salir en lugar de pedirle usar el baño. 

Toc, toc, toc, llamó suavemente a la puerta.

Julieta cesa su canto de inmediato, se calza los zapatos de tacón y se ajusta el vestido. Va andando para abrir, pero se da a si mismo un golpe en la frente por tonto.

"Siempre hay que preguntar antes de abrir", se regaña.

- ¿Alhambra, eres tú? - preguntó.

- ¿Qué? No, soy Keiserin, la trovadora que tu familia contrato para toda la semana - da unos pequeños toques rápidos con el pie en el suelo, no había caído en el hecho de que Julieta seguramente tenía prohibido dejar entrar a extraños en su camerino. - Amor, no vengo a cantarte, es que me he perdido y necesito usar un baño urgentemente, ¿No podrías dejarme pasar?

Julieta retrocedió tres pasos de la puerta, ¿Keiserin la trovadora? Si, la recordaba, estuvo en tres de sus recitales, la voz era la misma.

- ¿Sigues ahí? - preguntó Keiserin tras un silencio de cinco segundos.

- Yo... E, no.

Julieta se puso nervioso, su hermana, Alhambra, le había dicho que no dejara entrar a ninguna mujer, porque podían secuestrarlo o algo peor, pero lo cierto es que su hermana solía exagerar mucho para que no hiciera cosas imprudentes.

- Perdón, perdón, perdón, se que esta situación te puede poner nervioso - dijo Keiserin, levantando las manos como si pudieran verla tras la puerta. - Mira, te prometo que tu me dejas entrar, yo hago lo mío y luego me voy, por favor, llevo como hora y media andando en círculos por aquí.

- Me dijeron que no abriera a ninguna mujer - replicó Julieta, que se sentía como Caperucita contestando al lobo.

- ¿Pero hablaban de mujer como constructo social o se referían a las ditas? Quiero decir, es sabido por todos mi condición biológica así que no es como que pueda hacerte algo - a Keiserin le tomó un momento darse cuenta de lo brutalmente directa que estaba siendo. - Perdón, mil perdones por hablarte con tanta confianza, pero de verdad que necesito ir o algo dentro de mi va a estallar.

Julieta sopesó sus opciones, podía quedar como el malo de la historia y nadie le acusaría de nada, podría dejarla entrar y arriesgarse a que le secuestren, o podía dejarla entrar, que no pasara nada y se fuera. En tres de los dos casos él quedaba bien parado, tenía la estadística a su favor.

- Bueno, abriré, pero no quiero trucos, ¿Lo prometes?

- Por la honra de mi familia - dijo Keiserin con una mano en el pecho.

Julieta quitó el seguro, abrió la puerta y en el mismo segundo que hubo espacio, Keiserin fijó su vista en el cuarto de baño, en menos de una exalación ya estaba dentro. Julieta solo se quedó bajo el umbral con el aire residual y el sonido del portazo.

***

Keiserin suspiró aliviada y tiró de la cadena, se abrochó bien después de lavarse las manos y se echó la guitarra al hombro. Antes de salir, tiró el papel con el que se estaba secando y vio en la papelera del baño una toallita reciclable con restos de maquillaje, pero no estaba bien limpio, era como si se lo hubieran quitado después de que se le escurriera, eso le había ocurrido a ella una vez que cantó bajo la lluvia.

Salió del cuarto de baño, y localizó rápidamente a Julieta con la mirada, estaba sentado en un sillón casi más alto que él y sus pies no tocaban el suelo, era lo que tenía medir metro cincuenta y poco. Aún así su postura era ensayada y perfecta, espalda recta, manos en las rodillas y cabello en orden.

- Ya he terminado - dijo Keiserin mirándole a los ojos, estaban un poco irritados, había estado llorando. - Perdón por las molestias.

Julieta asiente con una reverencia. - Ya puedes marcharte.

Keiserin asiente y le examina de reojo, su piel es más pálida de cerca (lleva sin tomar el sol desde los 16 como mínimo), sus músculos están poco desarrollados (no se ejercita más allá de lo necesario para la danza), su cara no presenta ni una sola arruga (el tratamiento de su cutis es matutino).

"¿Qué razones tendrá para llorar alguien tan perfecto?", pensó mientras se despedía cerrando la puerta.

Keiserin no podía vivir con la duda, seguía sin venir gente por el pasillo, así que se acomodó frente a la entrada del camerino y escuchó.

***

Julieta suspiró aliviado, tenía que dejar de ser tan sensible, si esa chica verdaderamente hubiese sido mala se lo hubieran llevado sin dejar rastro.

Se desajustó el vestido, y se quitó los zapatos, recostado en el sillón sin más compañía que si mismo, solo tenía para entretenerse unas revistas sobre el mismo en las que salía sonriendo.

"Que sabrán", susurró y empezó a tararear de nuevo.

***

Diez segundos después se detuvo cuando escuchó unos acordes de guitarra española seguirle el ritmo, miró su propia guitarra, esa que casi le equiparaba en tamaño, pero obviamente no estaba tocando sola. Afinó el oído y oyó que la melodía no venía sola, también tenía letra.

"Lo nuestro duró 

Lo que duran dos peces de hielo en un wiski on the rocks.

No se porqué fui,

La infeliz que mordía su anzuelo".

La letra también para, es la voz de Keiserin la que deja de sonar detrás de la puerta cuando Julieta se aproxima.

- O, por favor, sigue tarareando, eres un buen acompañamiento - dijo Keiserin con una sonrisa que nadie pudo ver.

Julieta se plantó firme frente la puerta, ¿Esto era acoso? Debía serlo. - ¿Por qué sigues ahí?

- ¿Te molesta que de letra a tus cánticos? - contra-cuestionó Keiserin. - No creo, esa canción la canté yo al recital al que asististe.

"¿Cómo puede saber ella que asistí?", se pregunta Julieta un cuarto de segundo antes de recordar que es hijo de la mujer más importante de la comarca.

- Je, entonas muy bien, pero era de esperarse de un profesional - siguió diciendo Keiserin. - ¿Quieres un consejo, amor? No hagas caso a esas revistas de enunciados amarillistas que solo se fijan en tus fallos, cuando empiezas a subir la gente solo quiere ver cómo caes.

"Feriantes y ambulantes, gente de mal vivir y maleantes", eso era lo que su madre siempre decía de cualquiera, no debería confiar en una trovadora.

- ¿Por qué me dices eso? - el tono de Julieta mezcla en la dosis perfecta rabia y curiosidad.

- ¿No es por eso por lo que llorabas? - Keiserin se detiene un segundo, no hay respuesta y prosigue. - Vi los paños en el servicio y las revistas, y luego saqué conclusiones precipitadas, mil perdones si no es el caso.

Se hace el silencio nuevamente, Julieta está estupefacto, ¿Hay una mujer preocupándose por él? Eso era nuevo, el único apoyo que solía recibir era de su padre y a veces de sus bailarines, pero casi nunca de una mujer que no fuera familia suya.

- Por tu silencio puedo suponer que te estoy molestando, disculpame Julieta, ya me voy - Keiserin se puso en pie, se quitó el polvo y mientras metía la guitarra en el estuche se abrió la puerta hacia dentro.

Julieta la miraba con unos ojos curiosos, como si esperase saber el final del truco de magia.

- ¿Quieres algo de mí? - preguntó.

- ¿Puedes darle refugio a esta bella, cortés y amable compañera? Entre moverme sin parar y las lámparas me estoy asando de calor.

***

Keiserin volvió a entrar, se quitó el sombrero, chaqué y la guitarra, lo dejó todo el un perchero de la entrada, ahora iba solo con una camisa blanca de tela gruesa. Seguía llevando los guantes, y con ellos tomó una rosa de su bolsillo interior y se la ofreció a Julieta aplastando todas las espinas primero. - Esto para pagar las molestias que te pueda causar.

Julieta la tomó entre sus manos, era una rosa escarchada, preparada para ser trasportada en espacios pequeños sin malograrse. La dejó en un vaso que tenía con agua en el servicio y de inmediato salió a atender a su invitada.

- Por favor, siéntate - dijo ofreciendo el sofá donde había estado sentado hace escasos minutos.

- Muchas gracias - Keiserin tomó asiento, la espalda apoyada en el respaldo y las piernas juntas. 

- Disculpa que no pueda ofrecerte nada, estoy a régimen y no me dejan traer comida aquí - Julieta hizo una reverencia.

Keiserin pestañea dos veces - ¿A dieta? Pero si estás echo un lindo yogurin, ¿Cuanto más tienes que adelgazar?

Julieta no responde, solo se sonroja y mira hacia otro lado.

- ¿No tienes otro asiento? - pregunta ella buscando cambiar de tema.

- No, sería de mala educación sentarme sin permiso - Julieta no habla con total fluidez y se retuerce a si mismo los dedos de las manos por los nervios. - Perdón, yo, no sé qué hacer, es la primera vez que estoy a solas con una mujer de segunda.

- ¡Auch! - Keiserin se lleva las dos manos al corazón como si le hubieran disparado. - Sabía que dirías esas palabras, me estás matando.

Julieta no lo había dicho a malas, se llamaba mujer de segunda a cualquier persona con cromosoma X X que careciera de miembro viril. Así habían educado a Julieta, y él jamás había pensado que pudiera ser ofensivo.

Keiserin siguió con su escena dramática, se escurrió en el sillón, cayó sobre sus rodillas y se tiró a un lado dando un fuerte cabezazo contra el suelo que disparó todas las alarmas de Julieta.

- ¡Ay no! ¿Qué he hecho? - con los ojos como dos estrellas y los nervios machacando su cabeza, Julieta se tiró de inmediato a por la vena aorta de su invitada, evidentemente tenía pulso.

- Era una broma - comentó Keiserin abriendo los ojos.

- ¡No me ha hecho gracia! - estalló Julieta con lo que parecía un berrinche de parvulario. - ¡Creí que querías hablar, no darme más estrés! ¡Si vas a estar en ese plan, vete!

Señaló la puerta y de inmediato se dio la vuelta, hasta quedar de frente a la pared y de espaldas a Keiserin, en su propio huequito de pasillo. La trovadora no supo procesar la situación, era la primera vez que esto le ocurría, los hombres con los que trataba amaban esa broma.

- Por favor, vete, esto ha sido una mala idea - susurró Julieta con las piernas temblando.

Keiserin se acercó caminando a él, pero mantuvo una distancia para no agobiarle. - Mil perdones, creo que hemos empezado con mal pie, si solo quieres hablar eso podemos hacerlo, y si mi disculpa no te convence, puedo cantarte algo para tranquilízarte.

- Ya, claro, por un módico precio - dijo Julieta con desprecio.

- Tú sonrisa es el único pago que necesito - el rojo carmín de sus labios formó una sonrisa moderada que Julieta vio por el rabillo del ojo.

En una noche cualquiera, Keiserin remataría diciendo; "es mi mejor frase, aunque si no te gusta tengo otras", pero el semblante casi triste de él, hizo que lo pensara mejor y esperó por la respuesta.

Julieta no supo cómo interpretar ese piropo que parecía tan falso y tan sincero a la vez, solo sentó su culo en es suelo y se acurrucó a un lado del pasillo por segunda vez en esa noche. - Si esas son las condiciones del contrato, vas a salir de aquí endeudada.

Keiserin rió para sí, una respuesta ingeniosa, la guardaría. Con las aguas más calmadas se acercó a Julieta, y se sentó enfrente suya.

- Amor, ¿Puedes decirme que te pasa?

- Es una estupidez, solo el berrinche de un chico un poco loco - susurra Julieta mientras abraza sus piernas. - La verdad es que estoy confundido, no se si quiero hablar de ello.

Keiserin asiente, ella se sienta más en una posición de flor de loto, sus dos codos clavados en sus piernas. - Tal vez hemos empezado demasiado rápido, ¿Quieres empezar otra vez?

- No tienes porqué hacerlo - Vuelven a compartir miradas, algo se rompe en el alma de ella al ver esos ojos irritados nublando lo que debería ser un cián precioso. - Se que solo sientes lástima por mí y tratas de animarme, es un poco egoísta si lo piensas, ¿Lo haces para que me sienta bien o lo haces para sentirte bien por ayudarme? Si fuera lo segundo sería muy egoísta, pero ese es tu trabajo, ¿No?

Keiserin no supo reconocer si Julieta preguntaba eso porque estaba nervioso, o porque todo su alrededor funcionaba por un ego retroalimentado y así interpretaba cualquier gesto compasivo.

- ¿No creés que si fuera mi trabajo pediría algo aparte de una sonrisa? - Keiserin sonrió, pero no obtiene el mismo gesto de vuelta. - Amor, no hago esto para sentirme mejor, cuando quiero sentirme mejor me emborracho o juego al billar, a veces juego al billar borracha.

Por alguna razón Julieta la imaginó colorada jugando al billar con el palo en la nariz, y sin querer muestró un bosquejo de sonrisa.

- Eso ya me va gustando más - añadió Keiserin.

- Lo agradezco, antes de seguir, respóndeme algo, ¿Te ofende que te llame mujer de segunda?

- ¿Te gustaría que yo te llamara vagina plástica de tercera? - Keiserin puso un semblante sereno.

- No - Julieta negó suavemente. - No sabía que era ofensivo, todas las mujeres con las que me junto usan ese término para referirse a vosotras.

- Lo hacen para desprestigiarnos.

- Ellas desprestigian todo - Julieta miró hacia un lado inflando un moflete. - Parece que cuando yo hago algo nada les hace felices, y aún así lleno teatros enteros, ¿Por qué son tan hipócritas? ¿Por qué no reconocen que me aman, o que me odian o lo que sea? - apretó los puños con un sentimiento de impotencia. - Lo siento, no creo que entiendas eso.

- ¿El que? ¿Que te juzguen desde tu nacimiento por lo que tienes entre las piernas como si lo hubieras elegido? - Keiserin subió la cabeza hasta casi tenerla en un plano inclinado. - Si, esa historia me suena de algo.

Ese arrebato le abrió un poco los ojos a Julieta, no solo había hombres en peor situación que él, también había mujeres.

- Ese sentimiento de... - dejó incompleta la frase buscando las palabras.

- Total impotencia - complementó Keiserin. - Porque cuando llegas a los 17 te das cuenta de que no importa lo mucho que te esfuerces, una dita cinco años más joven que tú hará lo mismo y mejor.

» Si, hablo de esa impotencia, darte cuenta que tu máximo esfuerzo, la más larga y costosa de tus carreras, son solo dos zancadas para cualquiera de ellas, y frente a un mundo dominado por ellas solo queda una vía...

- Agachas la cabeza, tómas una guitarra y te convences de que al menos vives mejor que el promedio - termina de decir Julieta, mirando a su compañera con una expresión que grita; "te entiendo perfectamente".

- Jeje, si, justo así - Keiserin rió un poco más, mientras eso pasa, Julieta se acercó a ella, hasta estar codo con codo. - No somos tan diferentes, yo también me estoy rompiendo la espalda en esto para que me pongan a parir por la espalda, irónico ¿No creés, amor?

- Julieta - dijo él extendiendo un brazo para un apretón. - Llámame Julieta por favor.

- Tu puedes llamarme Keiserin - dijo correspondiendo el estrechón. - ¿Se te ofrece algo más?

- ¿No te importa hacer horas extra? - preguntó Julieta con una sonrisa de curiosidad sincera.

- ¿Creés que yo funciono por horarios? No, no, no, señorito - Keiserin negó moviendo un dedo como un metrónomo. - Los clásicos de mi calaña tocamos toda la noche si es preciso, ¿Podrás seguirme el ritmo?

- Estoy por averiguarlo.

***

Julieta y Keiserin practicaron acordes por 20 minutos, luego empezaron a hablar sobre la canción que Julieta tarareaba con anterioridad, y Keiserin tiró de su memoria, por su maestría en música del siglo XI al XXI, pudo explicar cómo esa versión era una respuesta a una obra escrita por un hombre que las ditas preferían ignorar. Además profundizó, pues no era el único caso que conocía, también estaba la oda de "Hombres tan divinos", que no era más que un plagio hecho por una tal Alcantara Sabedra, pues la versión original hablaba de mujeres y le pertenecía a un artista mexicano.

- Me resulta tan fascinante todo lo que sabes - dijo Julieta.

- Lo creas o no, antes de ser trovadora conseguí una maestría y un doctorado.

- Te creo.

Keiserin le mira casi de soslayo, hacia más de 20 años que no hablaba de esto con alguien que no la mirase por encima del hombro, que raro era escuchar un "te creo" y no recibir una cara ambigua que transmitía el mensaje de; "seguramente lo adaptaron a tu nivel, bájate de la nube".

- Yo, antes de vivir aquí, vivía en el pequeño pueblito de mi padre - Julieta puso un semblante nostálgico. - Iba a un colegio solo para hombres, tenía unas zapatillas viejas y no guardaba en mis bolsillos más que el aire del verano, y era muy feliz, creí que esa sensación duraría para siempre. ¿Cómo pude ser tan tonto?

Keiserin había oído hablar de esos lugares, pequeños pueblos donde la cantidad de hombres era superior a la cantidad de ditas, aunque estas últimas ocupaban el 65% de los empleos de igual modo.

- Tener sueños y esperanzas no es ninguna tontería - Keiserin le dio una palmadita en la espalda tratando de apoyarlo.

- No lo son cuando tienes intención de cumplirlos, pero yo era un despropósito total, era malo en los estudios, y por las noches trasnochaba tratando de aprender a tocar la guitarra, a los 17 años seguía en sexto de primaria y la situación no tenía pinta de que fuera a cambiar.

Keiserin quería decir algo como; "no te culpes, amor, los hombres en promedio terminan la secundaria a los 22", pero tirar datos estadísticos aquí era tan poco empático como decir; "la vida sigue", en un funeral.

- A esa edad mi madre me mandó operar para que pudiera ser algo más en la vida y luego me inscribió a clases de guitarra, día y noche practicando hasta que logré ser esto - Julieta abrió los brazos para referirse a todo el lugar, pero a los ojos de Keiserin, parecía señal especialmente las revistas. - Nunca destacaré por mi mismo, y estoy donde estoy por ser hijo de quien soy, yo... No soy más que el príncipe del país de las mentiras.

Keiserin le dio otras palmaditas. - te entiendo, siento algo similar cuando después de tanto estudio y esfuerzo, mi único propósito en la vida es ir bajo los balcones haciendo los honores a pequeños caballeros, imagínatelo, un doctorado en psicología y al final mi único aporte a la sociedad se resume en "la música es la mejor medicina", porque no puedo aspirar a otra cosa.

- Yo tampoco aspiro a mucho más - confesó Julieta. - Me he resignado a mi destino, llegar virgen a los 40, cumplir con esa tonta tradición de la coronación y casarme con alguien de un estatus parecido.

» Lo cambiaría todo, de verdad que lo cambiaría todo, por volver a tener mis viejas zapatillas y correr para esperar a mis amigos bajo un portal y reírnos de las cosas más sencillas, o intercambiar cromos de chicas mágicas, cualquier cosa.

» Pero sabes, realmente no tengo derecho a quejarme, hay muchos afuera que lo pasan peor, lo único que espero es que cuando me case, mi mujer me quiera y me diga cosas como que sin maquillaje estoy mucho mejor o algo así, no es mucho pedir, ¿No creés?

Keiserin sonrió. - ¿Por qué esperar? Julieta, sin maquillaje te ves hermoso.

- Para, jeje, lo dices solo por decir - respondió muy sonrojado.

- Lo digo totalmente enserio, es más, hasta casi diría que hablo desde la experiencia - Keiserin se señaló entera con un movimiento de brazo. - Aquí donde me ves, solo me pongo fina los domingos, de resto voy con un estilo deportivo a cualquier parte.

- ¿Y no te dicen nada?

- ¿Por qué? ¿Por vestir como quiero? Las ditas están curadas de espanto, seguro que desde lo alto de su ego ni siquiera me ven como una ofensa a la decencia, jeje - Keiserin suspiró con desgana. - No me consiguió corregir mi madre y ya no voy a cambiar a estas alturas.

» Que rabia me da haber terminado tal y como predicaba.

- ¿Tu madre te dijo que acabarías así? - preguntó Julieta preocupado.

- No, ella dijo que tocaría la guitarra bajo un puente para ganarme la vida, pero no ha termido muy desencaminada - Keiserin miró su guitarra con recelo. - Me esforcé el doble, gané la mitad en comparación a mis dos hermanas pequeñas y ahora no me llaman ni para las cenas navideñas, ¿Te lo puedes creer? Solo me hablo con uno de mis sobrinos, y ya ni siquiera tanto.

El carácter positivista de Keiserin se derrumbó con esa última frase, Julieta entendió entonces que aunque el creía estar solo, todavía tenía a su hermana, a su padre e incluso a su madre, pero si no le hubiera abierto la puerta hoy a Keiserin, ella verdaderamente no hubiera tenido ningún lugar a donde ir.

Julieta se acurrucó todavía más con Keiserin, la miró sonriendo. - Todo irá mejor, aunque ahora no te lo creas, o al menos, eso siempre dice mi padre.

Keiserin entonces sintió un flechazo, un calor que no había sentido con nadie más y que fue mutuo, en una noche en la que parecían no tener nada a parte de sus llantos, descubrieron ser todo para alguien más.

- Esa es una frase bonita, ¿Sabes más? - preguntó Keiserin.

- Ay otra que me gusta, dice; "no te tomes la vida muy enserio, no saldrás vivo de ella".

- ¿También es de tu padre?

- Si, se la dice a mi hermana cuando se estresa mucho con el trabajo.

- Vaya, tengo la sensación de que eso pasa a menudo.

- Si, en cierto modo, es la razón por la cual seguimos aquí hablando, si mis cálculos no fallan, tendría que haber venido hace media hora.

Julieta sacó algo de su bolsillo, Keiserin pensó que era un reloj, pero no, era un espejo, se miró los ojos para asegurarse de que ya no se notara el que había estado llorando.

"Tiene que haber pasado noches enteras así, pobre de él", se dijo ella.

- Yo también estoy barada en esta zona por error - admitió Keiserin. - Mi contrato terminaba hoy, y mi plan era aprovechar esta noche para ir a perderme por los bares, no perderme en este laberinto, seguro que me veo hecha un estropicio.

- Para nada - Julieta le pasó el espejo. - Estás hermosa, pero si me permites unos retoques.

Keiserin levantó el espejito a la altura de su cabeza, y Julieta se puso de pie para peinarla, sus dedos finos y delicados hacían perfectamente de peine para el pelo sedoso y algo sudado de la trovadora.

Medio minuto después, Keiserin estaba impecable, y medio dormida también. - Pa que mentirte, que experiencia más relajante - dio como reseña antes de ofrecerle el espejo.

- Te lo puedes quedar - le ofreció Julieta junto a una sonrisa. - Que sirva como recuerdo de esta bonita noche.

Keiserin alegró su semblante. - Este espejo también a reflejado tu sonrisa, así que lo guardo sabiendo que carga un recuerdo muy especial.

Julieta dejó que una lágrima escurriera por su mejilla, Keiserin se puso en pie al verle llorar. - Mil perdones, ¿He dicho algo malo?

- No, todo lo opuesto, has dicho las palabras más bonitas que he escuchado en mi vida, y no estoy acostumbrado a tanto, y yo, no sé cómo decirlo, quizás si estoy un poco loco, porque no te has ido y ya te estoy echando de menos.

Keiserin estiró los brazos, Julieta hizo lo propio, y se fundieron en un abrazo sincero, como dos amantes prohibidos. - No es locura, Julieta, es amor, y yo siento lo mismo.

- E oído hablar de estas historias de amor, nunca acaban bien, y tú, ¿Tienes que irte verdad?

- Si, me iré, más no sin antes prometerte que volveremos a encontrarnos para descubrir si ese final es tan trágico como dicen.

Julieta se rió, y su risa pasó suavemente por los oídos de Keiserin. - Esto me recuerda a otro refrán de mi padre; "La curiosidad mató al gato, pero murió sabiendo".

Separaron un poco sus cabezas y luego se dieron un beso, no fue el mejor beso, era el primero para ambos y fue más un choque de labios que otra cosa, aún así, sintieron mariposas en el estómago, con eso fue suficiente.

- Has dicho antes algo que era cierto, me tengo que marchar, me han contratado en otros lugares y no se cuando podré regresar - empezó a decir Keiserin. - Incluso si lo hiciera, no podría acercarme a ti, ambos sabemos que es difícil que este escenario se repita - se agarraron las manos con fuerza - pero lo que si sé con total seguridad es que regresaré, solo te pido que me esperes.

Julieta asintió, y se dieron otro beso, este les salió mejor, y aunque no llegaron a nada más esa noche, sintieron que avanzaron más que en cualquier otro momento de su vida.

***

Estuvieron otros 45 minutos hablando de música, el día a día y su historia familiar, y las charlas acabaron cuando la puerta del camerino se abrió repentinamente.

- Julieta, ¿Cuantas veces te he dicho que cierres con llave la puerta de tu camerino? - exclamó quien entró, aunque la sorpresa le fue devuelta al ver a Julieta sentado recto en su sillón y una trovadora en frente suyo.

Keiserin y Julieta se hicieron los sorprendidos contemplando a esa dita de metro setenta y tres, de ojos verdes, un calco casi idéntico de su madre pero con el pelo más oscuro. Era Alhambra, la hermana de Julieta.

- ¿Quién es esta? - preguntó señalando a Keiserin.

La trovadora supo guardar las formas, socialmente hablando estaba como 5 escalones por debajo de Alhambra.

- Hermana, ella es Keiserin Gutiérrez, es la trovadora a la que contratamos para los recitales de música del siglo XXI - dijo Julieta señalando a la ya dicha con la palma extendida. - Me pidió direcciones para salir de aquí, pero yo no me conozco el camino a la salida, así que le ofrecí esperar conmigo ya que tú, hermana mía, si sabrías el camino.

Este ritmo rimbombante en la conversación solo lo hacían para aparentar, pero Alhambra llegaba cansada, solo hizo un rápido repaso de memoria y se acordó de inmediato de la trovadora. 

Miró la entrepierna de Keiserin de la manera más descarada posible y luego la miró a los ojos. - ¿Por qué no has esperado fuera?

- Discúlpeme, señorita Cervantes, hacía mucho calor.

- Que poco aguanta la gente de tu clase - masculló mientras sacaba algo de un bolsillo de sus pantalones vaqueros. - Toma, un mapa - le tiró el papel arrugado a los pies. - Ya puedes retirarte.

Keiserin se doblegó con una reverencia antes de tomar el mapa e irse, hasta que no desapareció por la esquina del pasillo, no dejó de sentir la mirada despectiva de Alhambra en su ser.

La hermana se giró para mirar a Julieta. - Cuando dije que no dejaras entrar a mujeres, también me refería a mujeres de segunda.

- ¿Se lo dirás a mamá? - preguntó Julieta preocupado.

- No, el error ha sido mío por pensar que entenderías una orden sencilla - Julieta agachó la cabeza, Alhambra negó para si. - Está bien, reconozco también mi culpa por tardar en mis negocios, mejor nos vamos y me cuentas qué tal estuvo tu día.

El mínimo de amabilidad posible le supo a poco a Julieta, pero de igual manera lo tomó y empezó a contarle a su hermana como le había ido en la actuación de la noche, centrado en eso, y suprimiendo el final, no levantó ninguna sospecha.

***

Keiserin se frotó las manos con un único y fluido movimiento, así encendió con la fricción un cigarro de menta que sostenía en la boca. Era un producto sano y barato, tan peligroso como un regalit de cereza, y era el único tipo de "tabaco" que se permitía, ya que como solista tenía que cuidarse la voz.

"Vaya noche", pensó una vez que salía del castillo y volvía a caminar por ese distrito del siglo XXIII. "Nunca es tarde para retomar el plan de los bares, han de ser como las tres y tengo que tomar el tren a las cinco, ¿Pa que dormir dos horas?".

Dejó salir el humo y respiró la menta, hacía frío por las calles y casi no había personas por ser tan altas horas de la noche, su única compañía era los coches que pasaban con luces largas y las farolas, aunque si se escuchaban algunas grescas en los bares a los cuales pensó que era mejor no ir.

La caminata sin rumbo la llevó hasta un callejón sin salida, allí se le acabó el cigarrillo. "Para hacer lo que estoy haciendo mejor espero en la estación", pensó antes de girar y ver las puertas de cristal mate clavadas en el callejón. "¿Qué? ¿Eso estaba antes?", se preguntó.

La curiosidad la pudo, tiró del manillar y empujó la puerta, las luces del techo le saltaron en los ojos, y un falso verde jade se plasmó en su iris al ver esa orterada de suelo. Tras la barra del bar había un hombre como no se habían visto en siglos, con la altura de las estatuas de Espartaco y seguramente su fuerza, estaba leyendo un libro sobre la historia del auge y caída del imperio británico.

Keiserin desconcertada entró sin saludar, y se sentó en un taburete rojo sin respaldo cuyo relleno sería visible si no se cambiaba, todo fruto del desgaste, razón por la cual también estaban empezando a ganar cierta rotación que no deberían tener.

El pequeño chirrido de la rotación hizo que el bar tender levantara la cabeza, viendo así mejor su pelo rizado hacia arriba de color café tostado.

- Buenas noches - saludó él. - Tú dirás.

A Keiserin le hizo gracia verle tan resuelto, y decidió que sería ahí donde esperaría hasta que llegara el tren.

- Buenas noches - dijo mientras se quitaba la guitarra. - Con todo respeto, estoy un poco sorprendida, no esperaba un hombre atendiendo en este lugar, o en esta ciudad, o en cualquier parte en general.

- Déjame adivinar, ¿Un mundo misándrico? - preguntó él levantando una ceja.

- ¿Cómo? - esa pregunta la tomó a ella totalmente desprevenida. - Si, bueno, tanto como de costumbre, ¿No?

- Tal vez en tu posibilidad lo sea, pero en la mía no, es lo que tiene que esto sea un bar mágico interdimensional.

"¿Bar mágico?" Se preguntó Keiserin mirando rápidamente a todo su alrededor vacío. "Lo único fuera de lugar aquí es él, no entiendo sus comentarios".

- ¿Lo de la magia es una estrategia de marketing? - preguntó Keiserin con intriga.

El chico estiró una mano con firmeza, como si sostuviera un estoque en horizontal, todo a medio metro escaso de Keiserin. Y 10 veces más rápido que un parpadeo, una espada legendaria se manifestó en la mano del hombre, sosteniendo la empuñadura con la firmeza de un templario.

Keiserin pestañeó tres veces, trató de buscar luces, sombras o cuerdas en el lugar para entender el truco, pero lo único raro era una bombilla que colgaba de un ventilador.

- Lo admito, el marketing me ha convencido, ponme algo ligero que me haga pasar la noche - dijo finalmente.

- ¿No estás ni siquiera un poco impresionada? - el bartender dejó la espada en la barra, con la punta cerca de ella.

- ¿No se me nota? - contra-cuestionó Keiserin. - Creo que es un truco maravilloso, nunca lo había visto, pero hoy he conocido el amor verdadero, y dudo que algo me pueda sorprender más.

Pese a lo dicho, tocó con curiosidad el filo de la espada con sus guantes y lo notó hacer contacto con las yemas. "El filo de esta cosa tiene que ser superior al de un cuchillo afilado si puedo notarlo con los dedos".

El bartender le puso un vaso, abrió una lata en la que ponía "Cerveza San Miguel" y le llenó el vaso.

- Esta es una de esas noches en las que solo salen viejos a pasear a sus jilgueros, - dijo él con una sonrisa. - Así que mataría por escuchar algo interesante, si me cuentas tu historia de amor, a esta invita la casa.

A Keiserin le pareció la mejor oferta que le habían hecho en su vida, y hubiera empezado a hablar de no ser porque vio a un hombre mayor salir de la cocina.

Esta vez su cara no disimuló la sorpresa lo más mínimo, este hombre era mayor, barbudo, canoso y sin bigote, era un hombre propio del siglo XX, lucía como un fisioculturista retirado. Definitivamente alguien así, y tan viejo, no podría existir en su mundo, el muchacho de la barra tal vez, se veía joven y hay mucha química por ahí suelta, ¿Pero alguien así de viejo? Imposible.

- Buenas noches - dijo el recién llegado.

- No me jodas - Keiserin se sorprendió de una. - Ni en mi peor borrachera he visto algo así, ahora estoy sobria, este es un bar interdimensional de verdad.

- ¿No te lo había dicho? - le replicó el chico colocándose un mechón suelto que le cayó en la cara.

- ¿Cómo te iba a creer?

- También es verdad, mejor nos presentamos - el chico le estiró una mano, debajo de la manga de su brazo relucía un brazal dorado - Me llamo Antonio Revilla Alcalá, alias; "el chino", porque mi tataratataraabuelo luchó en las Guerras del Opio.

- Y yo me llamo Aaron, sin tilde, soy el jefe del bar y tengo cáncer de pulmón - dijo con más ánimo del que esa frase debería llevar. - Cerramos a las 3:33, sino te quedarás encerrada aquí hasta mañana a la misma hora.

La situación era tan fantasiosa que Keiserin se sintió como Hamlet hablando con los muertos, y simplemente se dejó llevar. Les contó la historia de su mundo, el ascenso de las ditas, y sobretodo, el maravilloso encuentro con Julieta.

- Un final agridulce - terminó diciendo Antonio cuando ella acabó.

- No hables así a una enamorada, muchacho - le regañó Aaron. - No le hagas caso, tu historia no ha terminado, y como un viejo loco que estuvo 5 años haciendo tonterías por amor hasta casarse y ser feliz, te digo, si es el indicado, esperará hasta el fin del mundo para estar contigo, tienes que estar dispuesta a esperar también.

***

Así concluyó la noche, Keiserin salió dos minutos antes con más alegría en el cuerpo, se miró y retocó en el espejo que Julieta le había dado, y cuando se vio preparada lo guardó.

"Volveré", le dijo tanto a Julieta como al bar.

***

Media hora antes, en el comedor del castillo, Julieta y Alhambra se presentaron frente a su madre y su padre.

El comedor era una gran sala con retoques renacentistas y una mesa imperial, se comía solo en el extremo derecho y cada quien recogía lo que ponía. Cuando se hacía un gran banquete se tardaba una hora en ponerla y otra en quitarla.

La matriarca de la casa, Diestra Cervantes, estaba en la punta del tridente, con una copa de vino blanco y sentada en un trono que era una recreación historica del aquel que usaba Urraca primera de León. A su lado, un pequeño hombrecito, un centímetro más bajo que su hijo, y sentado en una silla menos decorosa pero igualmente elegante, su marido, Luna Cervantes.

- ¿Por qué habéis tardado tanto hijos? - Preguntó Luna sin cambiar la postura. - Estaba que no vivía en mí, y vuestra madre no me ha dejado ir a buscaros porque...

Diestra levantó una mano y dejó a su esposo con la palabra en la boca. - Dime lo que ha ocurrido, Alhambra.

- La culpa es mía, madre, he tenido una discusión acalorada en el trabajo y me ha quitado más de una hora - se llevó una mano al pecho reconociendo la culpa.

- ¿Fue un problema con Lucía otra vez? 

- Si, perdió los informes y trató de echarle la culpa a su marido - aunque la serenidad en el rostro de Alhambra era intachable, por dentro estaba apretando su lengua contra los dientes y pensando; "maldita Lucia, si pudiera te sacaba los dientes a patadas".

- Entonces está justificado, ¿Y tú, Julieta, qué tal el concierto? - su mirada giró hasta encontrar a su hijo de espalda erguida y vestido ajustado.

- Bien, madre.

- ¿Ningún fallo?

- No, madre, fallé algunos acordes - tomó ambas puntas del vestido e hizo una reverencia de disculpa. - Lo lamento.

- ¿Nada más?

Julieta se ruborizó un segundo recordando su primer beso, para cualquier persona hubiera sido percibido como un simple escalofrío, pero para Diestra Cervantes fue una onda en unas aguas tranquilas.

- No, madre, nada más - respondió Julieta. - No cenaré, estoy a régimen, me iré a mi cuarto.

- Espera - ordenó su madre.

Julieta se ruborizó otro medio segundo, eso disparó todas las alarmas de ambos. - Julieta Cervantes, ¿Has hecho algo indigno hoy? - su madre clavó sus ojos en él, cada gesto que hiciera tendría que ser natural o no habría vuelta atrás.

- Claro que no, Madre, no me atrevería - respondió Julieta de inmediato. - En cuanto terminé me dirigí al camerino y allí esperé a mi hermana como se me había indicado.

- ¿Es eso cierto, Alhambra?

Su hermana sabía que su hermano había omitido un detalle adrede, pero de momento no había dicho ninguna mentira, y ya venía calentita del trabajo, así que evitaría el conflicto. - Todo lo que mi hermano ha dicho es cierto, madre.

Diestra asintió, pero volvió a mirar a su hijo. - ¿No te habrás tocado mientras esperabas, cierto?

- No, madre, por supuesto que no - Julieta saltó a la defensiva ante una acusación tan vulgar y repentina.

- Esa vagina debe llegar intacta a los 40, no lo eches a perder por una calentura.

Cualquier otro día Julieta se hubiera callado, se hubiera tragado su orgullo y se hubiera pasado la noche llorando, pero después de todo lo ocurrido con Keiserin, no podía seguir viéndose a si mismo como un objeto. - ¿Si tan importante era porque me operaste tan joven?

La mandíbula de su padre por poco tocaba el suelo de tanto que abrió la boca, su madre no tenía palabras ni expresiones inteligibles, y su hermana le arreó una bofetada tan fuerte que le tiró rompiendo un tacón de tanto que le hizo tambalearse.

- ¿Cómo te atreves, si quiera, a formular esa pregunta? - Diestra permaneció sentada, pero Luna no, saltó de inmediato de la silla y se puso entre sus dos hijos.

- Calma, por favor, seguro que Julieta solo quería gastarte una broma - miró a su hijo que aún estaba asimilando el golpe. - ¿Cierto, Julieta?

Alhambra podría apartar a su padre con una mano y volver a golpear a su hermano si quería, y lo haría, si su madre lo ordenaba. Esta situación era un golpe de realidad que le recordó a Julieta su lugar en esta casa.

- Si - respondió tratando de no escupir los dientes que le castañetearon. - Solo era una broma, perdón madre.

- Sabés que la coronación es una tradición centenaria, no sabes la suerte que tienes de que se te permita ser a ti, y no a tu hermana, el eje principal de esa fiesta, no tolero bromas, ¿Quedó claro?

- Si - dijo Julieta casi sin aire.

- Pues a tu cuarto, Luna, acompáñalo y recuérdale cuál es su sitio, ya he hablado suficiente.

***

Luna caminó junto a Julieta en dirección a su cuarto en la planta de arriba, solo le llevaba los tacones rotos, luego de superar en factor shock, Julieta podía andar perfectamente.

- ¿Por qué le has dicho eso a tu madre, hijo? - preguntó Luna cuando llegaron a los aposentos.

- Solo era una pregunta normal - respondió Julieta.

Luna negó, y se detuvo en la entrada. - No tienes derecho a cuestionar a tu madre, pero si realmente era solo una pregunta, ya se te explicó en su día que es lo que más valor nos da, ¿Lo entiendes?

Julieta miró de soslayo el collar que su padre llevaba, la placa de hermafroditus rex atornillada con el nombre de la familia, ¿Cómo podía sentirse persona pareciendo un perro?

- Mamá fue coronada a los 20 - respondió Julieta con los dientes apretados.

- Ella es mujer, hijo.

- ¿Y por qué yo tengo que demostrar el doble?

- Porque todo nos cuesta el doble, es una mera cuestión biológica - insistió su padre con templanza. - Pero es una prueba indiscutible de que tu madre te quiere, sabes que podría haber elegido a tu hermana en vez de a ti, a ella la escogieron sobre sus dos hermanos.

Puestos a confesar creencias esa noche, Julieta no se mordió más la lengua, miró a su padre y hizo una pregunta. - ¿Que tal si dices la verdad, papá? Solo me eligió a mí para compensarte el que casi te desgarra cuando te fecundó de Alhambra.

Su padre se llevó las dos manos a la boca, tapando la sorpresa lo mejor que pudo. - ¿Cómo sabes eso?

- No lo sabía, pero gracias por confirmarlo - Julieta abrió la puerta de su habitación. - Aunque era evidente, ninguna familia importante tiene solo dos hijos.

Luna quedó patidifuso, estupefacto, y demás sinónimos, nunca hubiera esperado este comportamiento de su hijo. "Estos cambios de humor, ese valor repentino, eso solo me pasó cuando...", siendo consciente de algo, avanzó mientras su hijo cerraba la puerta.

¡Plaz!

- ¡Ay! Mi piececito - gritó de pronto.

Julieta giró por la sorpresa, su padre había puesto su pie derecho bloqueando la puerta para que no cerrara, pero eso le había hecho más daño que otra cosa.

- ¿Qué haces, papá?

- Intentaba ser dramático, pero no es lo mío, no importa - su padre empujó a Julieta hacia dentro y cerró la puerta tras él a la par que susurraba. - Hijo, dime, ¿Estás enamorado?

Julieta se ruborizó, ¿Cómo lo había sabido? ¿Tan evidente era? ¿Qué pensaba?

Ante la falta de respuestas Luna lo tomó como un sí y se armó su propia película. - ¡Ay, no puede ser! ¿Quién es? ¿Cómo la conociste? ¿Has hecho algo indecente ya?

- Papá, muchas preguntas - le regañó Julieta. - No, no he hecho nada indecente, eso es todo lo que necesitas saber.

- Venga hijo, no seas tan reservado, ni que estuvieras saliendo con una trovadora.

La cara de Julieta le delató.

- No me digas que...

- Papá, no entiendes nada, vete de mi cuarto.

- No, no, para nada hijo, tanto drama y tanto conflicto por una tontería tan grande - trató de arreglarlo su padre. - Bueno, tontería no, tú me entiendes.

- Ajá - Julieta puso los ojos en blanco.

Su padre dejó los tacones que cargaba en el suelo, y puso ambas manos en los hombros de su hijo. - Julieta, ¿Tú la amas de verdad?

- Si - respondió sin ningún resquicio de duda. - Y ella también dice amarme, papá, pero no podemos estar juntos, esta sociedad no lo permitiría, y ella se ha ido lejos, y no se cuando volverá.

- No pongas escusas, no engañaras a tu corazón - su padre le sacudió un poco para que le mirase a la cara. - Se lo que es estar enamorado, y yo tuve suerte de casarme con la mujer que amaba, tanto me amaba que me permitió criarte más libre que cualquier otro de tu estatus social. Esos recuerdos son tuyos y no pueden arrebatártelos.

» Hijo, el amor es un camino, y mucha gente espera un tren que no pasa por estas vías, pero si de verdad creés que es la indicada, espérala y regresará, y si no es el caso, más vale haber amado y perdido, que no haber amado nunca.

Julieta sonrió - tienes un refrán para todo, ¿Verdad?

- Me gusta pensar que si, buenas noches, hijo.

Por primera vez en mucho tiempo, Julieta pudo irse a la cama sin llorar.

******

Dos años después.

Keiserin entró a la sala principal del castillo, todo estaba lleno de criadas, cocineras, músicos y más artistas. Estaba muy lejos de las escaleras, pero toda la familia anfitriona se veía perfectamente, los Cervantes siempre destacaban cuando se trataba de organización y perspectiva, de por si no escatimaban en gastos, menos en la coronación de su primogénito.

Después de dar órdenes de cómo organizarse y de cuando a donde se harían las cosas, empezaron los saludos formales y las sonrisas de protocolo. Keiserin se mantuvo lejos, al ser una mujer de segunda, sería deshonroso acercarse sin ser llamada. Pero alguien se abrió paso corriendo entre la multitud, llegó hasta ella con brillo en los ojos, abalanzándose con un abrazo y una sonrisa que hacía dos años que no veía.

- Julieta - atinó a decir.

- ¡Sabía que vendrías! - dijo él ceñido a su cintura. 

- Si - dijo correspondiendo el abrazo, sin que le importasen el resto de miradas. - A parte de bella, cortés y amable, soy mujer de palabra.

***

Esa noche Keiserin fue a visitar un bar que también estaba atendido por un hombre y solo abría de 3:00 a 3:33 de la noche, pero esa ya es otra historia y tiene su propio narrador.

Fin.


---

Julieta Cervantes: 1'54 m, 57 kilos, ojos cián, vestido de falda corta y zapatos de tacón, mucho maquillaje (colores rosa palo), cara risueña y pelo alborotado, // se acurruca en los pasillos del camerino (pasa las noches llorando), le gustaba trasnochar aprendiendo acordes de guitarra, aparece radiante en las revistas, habla con su reflejo en su espejo de mano, tararea cuando se pone nervioso, // "no tengo quien me diga...", "¿Cómo puedo ser tan tonto?", "¿Tú quien eres y que has hecho con aquel que fui yo?", "soy el príncipe del país de las mentiras", "que sabrán", "lo cambiaría todo, guitarra y corona, por unas viejas zapatillas", // "ajá", "¿Qué más da?", "desapercibido", "papá - madre", 


Alhambra Cervantes: 36 años, 1'73 m, 72 kilos, ojos verdes, pelo marrón tirando a oscuro // 


Diestra Cervantes: 59 años, 2'03 m, 112 kilos, pelo largo moreno, músculos marcados, ojos verdes mar, // la mujer más importante de la comarca y la sexta del país, //


Luna Cervantes: 58 años, 1'53 m, 56 kilos, pelo corto y marrón, ojos azul oscuro, // "tanto drama y tanto conflicto por una tontería tan grande", 


Keiserin Gutiérrez: mide 1'78, pesa 64 kilos, 40 años, la mayor de tres hermanas, ojos marrones, cabellera morena, siempre lleva guantes blancos, chaqué de lino, labios carmín, un espejo de bolsillo, fan de "La Bella y la bestia" y de "Romeo y Julieta"// responde una pregunta con otra // su trabajo dura toda la noche así que no tiene reloj, lleva 50 rosas en los bolsillos interiores, toca la guitarra española, // "los de antes", "déjame hacerte los honores", "amor, por favor...", "codiciada soltera", "me voy a romper (la voz) en esto...", "no te tomes la vida muy en serio, no saldrás vivo de ella", // "tomar", "han de ser", // "mil perdones", "y luego", "pa' que", 


Antonio Revilla Alcalá: 23 años, 1'85 m, ojos marrones claro y pelo rizado hacia arriba color café tostado // estudia historia, ya se ha graduado y está estudiando en Inglaterra, // levanta una ceja, apoya todo el peso en la palma y él se inclina, // "a estas horas solo hay viejos paseando a sus jilgueros", "quédate la puta copa, yo he ganado el partido", "también es verdad", // "tú dirás", 

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