Acotar genderswap - capítulo 4.

 


Nota: atención, esta obra le pertenece a la escritora Sarah J Maas, yo solo tomé el capítulo 4 de "Una corte de rosas y espinas" y lo adapté con los géneros opuestos como ejercicio de escritura y sin fines de lucro, léase con discreción.


No sé cuándo tomé el cuchillo, con la punta doblada y el filo desgastado; ni siquiera podría hacerle un corte leve a esa bestia gigante de pelo dorado. Mi madre y mi hermano pequeño lanzaban gritos agudos, mientras Néstor callaba a mi madre, su gigantesca palma contra su boca. No había delicadeza en esa acción, solo la violencia de un leñador solucionando un problema mientras le ordenaba a Elan que se callara.

Ese bicho que entró no era un demonio, me di cuenta enseguida, pero eso no era una fuente de alivio. Medía tanto como un caballo; pese a su cuerpo más bien felino, su cabeza era canina y tenía cuernos propios de un macho cabrío, retorcidos hacia arriba en espiral. Pero felino, canino o cabrío, no había duda de la muerte que podría darnos con unas garras como dagas y unos colmillos amarillos que podrían levantar un árbol desde las raíces.

Si hubiera estado solo, tal vez me habría quedado quieto por el miedo, esperando una muerte rápida e indolora. Tal vez eso solo es una fantasía y me habría tirado al suelo de rodillas, con lágrimas en los ojos y orinándome encima. Pero no tenía tiempo para el terror; no le entregaría ni un poquito del espacio en mi corazón, pese a que este último me tronaba con fuerza en los oídos.

La criatura se incorporó en sus patas traseras; su cabeza podría romper todo el techo si lo tocara. Entonces gruñó: "Asesinos", nos dijo. Pero la palabra que ardía dentro de mí era: "¿Inmortal?". Maldije con todas las blasfemias que conocía el no haberle preguntado al cazador cómo hizo para matar a un inmortal, porque mi cuchillo no se clavaría ni en la parte más vulnerable de su piel.

Me atreví a echar una mirada por encima de mi hombro: mi hermano pequeño estaba detrás de todos, de cuclillas; Néstor presionaba la boca de mi madre y la empujaba hacia la pared, temblando. Genial, otro al que defender.

"Asesinos", rugió la bestia de nuevo; el pelo erizado la hacía parecer aún más grande.

Entonces cambió. Sus músculos y carne empezaron a retraerse y, en esa postura erguida, todo su cuerpo comenzó a tomar una silueta más antropomórfica. Su fibra muscular se volvió una manta de musgo vivo; su hocico y rostro tomaron una apariencia femenina mientras sobre sus ojos parecía crecer un antifaz de cuervo. Su masa muscular, aunque menor que antes, seguía siendo superior a la mía. Una mujer, no había duda de ello; sus senos y curvas la delataban, pero era enorme, mucho más grande que yo: 1,86 metros tirando por lo bajo.

Estúpidamente di un paso hacia la inmortal, la mesa siempre entre ella y yo. Miré de reojo a Néstor; parecía que pensábamos lo mismo: 'Era una mujer, podíamos matarla'. Era un pensamiento estúpido y primitivo; si realmente ella era una alta fae, criaturas descritas con el poder para tumbar montañas y pulverizar los huesos de quien sea en un rango de diez kilómetros, que fuera macho o hembra era lo de menos.

Néstor también dio un paso al frente. 'No hemos matado a nadie', dijo, dejando caer a mi madre para que Elan la atrapase. Ella lo abrazó, pidiéndole que estuviera quieto.

No miraban sus brazaletes de hierro; todos sabíamos que no podrían hacerle nada a ella. Las supersticiones que nos daban una calma mínima por las noches perdieron su sentido cuando esta mujer entró usando magia y quebrando la madera en dos como una hoja seca en otoño.

Néstor tomó otro cuchillo de la mesa; era nuestra mejor oportunidad para ganar tiempo. De alguna manera, yo tenía que llegar al carcaj, tomar la flecha de fresno y apuñalarla con ella, pues no tendría tiempo para tensar y disparar el arco. Ella nos miraba; no había ni una chispa de miedo en sus ojos, mandíbula tensa, cuerpo firme. Éramos dos hormigas tratando de frenar una carreta con las patas.

'¡Fuera!' le grité, agitando mi cuchillo. '¡Fuera, fuera!' Mi mano temblorosa apenas sostenía firme el cuchillo.

Ella gruñó, sus ojos brillaron tras el antifaz, como si ya supiera cada paso que daríamos, miró a mi hermano, leyendo su movimiento de pies antes de que lo hiciera. Toda la cabaña tembló, y nosotros atacamos en respuesta. Tiré mi cuchillo hacia su cuello, moviéndome en zigzag al mismo tiempo que me dirigía por las flechas. Néstor también saltó, desde un ángulo completamente opuesto, un punto ciego, puñal en mano, con el rugido de un bosque talándose.

Ella actuó rápido, casi no la vi. Más aún, de un manotazo sutil mandó mi cuchillo repicando fuera de la habitación. Dio un golpe a Néstor en las costillas, enviándolo hacia atrás, y detuvo mi movimiento tomándome del antebrazo. Me levantó diez centímetros del suelo; con su mano contraria me atrapó del cuello y me estrelló contra la pared de madera. El miedo que quise retener salió en estampida y se apretó en mi cuello con la fuerza de su agarre.

'¿Quién lo mató?' volvió a gruñir ella. Yo no tenía fuerzas para devolverme y tratar de soltarme.

Mi hermano estaba hecho un ovillo en el suelo, gimiendo de dolor; mucha suerte tendría si ese ataque no le había roto las costillas. Mi madre, acurrucada en una esquina con Elan abrazándola fuerte, no se atrevía a mirar. 'Lucha, lucha, maldita sea', me dije, pero no podía moverme.

Me miró. La mujer me miró. Sus ojos eran verdes, no eran de animal; eran de persona racional y me estaban juzgando.

'¿Matar a quién…?' intenté preguntar con más firmeza de la que sentía.

'La loba', dijo, y cesó de gruñir. Habría quien diría que sintió tristeza.

Quise pensar que todo esto tenía que ser una pesadilla, despertaría de un momento a otro e iría al mercado a ganar algo de dinero, pasar una tarde con Iserine y tomarme otra vez la poción anticonceptiva que sabía a babosas y barro para encontrar un mínimo de calor en este invierno.

'Fui yo', dijo Néstor, poniéndose de pie con las piernas temblando. 'Yo maté a la loba y vendí restos de su piel en el mercado al mejor postor. No sabía que era una fae, pero si lo hubiera sabido, la habría matado con mis propias manos.'

Mentira. Yo maté a esa loba. ¿Pero él me estaba protegiendo? ¿El narcisista de mi hermano, que no daba ni tres pasos fuera de casa porque 'como hermano mayor no puedo dejar a mamá sola'? ¿Él, que apenas parte leña tres veces por semana porque 'vamos, Feyrin, tú lo haces mejor'?

Ella lo miró, lo analizó de pies a cabeza. Era sabido por todos que los altos fae no podían mentir, pero podrían detectar la mentira en nuestras lenguas. Sospeché que sí, porque el bosque de sus ojos volvió a clavar su mirada en mí.

'Fuiste tú', dijo, sin duda, sin titubear, dejando que el aroma a musgo de su aliento llenara mi cara.

'¡No, fui yo!' gritó Néstor. La acción repercutió en sus costillas y lo hizo caer sobre una rodilla. '¿Creés que mi patético hermano podría…?'

'¡Cállate!' ordenó ella.

Él lo hizo. Ella aflojó su agarre, pero aún no me soltaba. Mi madre le pidió a Néstor que por favor guardase silencio, y la hembra fae me puso frente a ella. Éramos los dos tapando la corriente de frío que entraba por la puerta rota, mientras toda mi familia se recluía poco a poco en una esquina. Elan rezaba a algún dios olvidado para que esto parase, llorando en el pecho de mamá.

'¡Él iba por el arco! ¡Él atacó desde la distancia! ¡Él huele a la sangre de mi amiga!' gritó ella, la rabia subiendo palabra por palabra. Ya no hicieron falta más evidencias; no podías mentirle a quien olía tus mentiras. '¡Exijo el pago escrito en el tratado que firmó la paz entre inmortales y humanos!'

El tratado. Recuerdo haber estudiado algo de él antes de la muerte de papá, antes de mi promesa hacia él, pero no recordaba nada sobre matar a una invasora en terreno humano.

'¿Por… por una loba?' musitó mi madre.

'Por favor, por favor, ten piedad', suplicó Elan.

Néstor le chistó y, con las pocas fuerzas que le quedaban, lo empujó detrás de él. Sentí un nudo en el pecho cuando vi ese gesto. Néstor dejaría morir a todos en esta habitación si eso salvaba a Elan. No lo culpo; haría lo mismo. Mamá estaba débil, él tenía las costillas rotas y yo merecía morir por traer esto a casa.

Me soltó, o más bien me lanzó hacia mi familia de nuevo. No éramos amenaza alguna. 'Confiesa', me exigió, el jade de sus ojos desafiándome.

'Sí', dije, pensando poco.

'¿Qué te hizo? ¿Te atacó? ¿Buscó quitarte la pieza que ibas a cazar? ¿O simplemente la mataste por resentimiento, para presumir tu hazaña en tu grupito de humanos?'

'¿No es lógico? Piensa en lo que los de tu clase nos hicieron, lo que aún quieren hacernos, y te lo diré con la frente en alto antes que de rodillas como un gusano.'

Aunque me soltó un gruñido como respuesta, la luz del fuego crepitando en sus dientes, pensé en cómo se sentirían en mi cuello y cuán alto gritarían mis hermanos cuando ellas también murieran.

Con una comprensión súbita de la situación, di un paso al frente sin titubeos. '¿Cuál es el pago que exige el tratado?'

'Una vida por otra vida', respondió ella. Hablaba con simpleza; no podía mentir, nos tenía atrapados. Me dolió ver cómo Elan y Néstor respiraron con más calma.

'No sabía esa parte del tratado.'

'Los de tu clase ignoran convenientemente esa parte', me remedó.

Me temblaron las rodillas. No iba a correr más rápido que ella. ¿Cómo escapas de alguien que alcanza las diez millas por segundo? Tampoco es como que pudiera intentarlo; su gran figura rubia envuelta en musgo estaba bloqueando la puerta de salida.

‘Hazlo fuera’, dije. ‘En el bosque, lejos. No quiero que mi familia limpie mis entrañas.’

Ella soltó una risa horrenda, cubriéndose la boca como hacen las mujeres de alta clase. ‘¿Se te hace tan sencillo aceptar tu destino?’ No dije nada. ‘Te voy a contar un secreto, humano. Prythian debe pedirte tu vida a cambio de la que arrebataste, sí, pero no en el mismo sentido.’ Sus dedos finos se movían como si tejieran; yo estaba en medio de esas hebras, y sus cuerdas hacían que todos mis huesos crujieran cuanto más fino hilase.

‘Ya di lo que quieres’, chisté, harto de juegos, harto de trucos.

Ella dio un paso más, retándome a que la interrumpiera de nuevo. ‘Puedo desangrarte como a un cerdo y colgarte en un árbol allá fuera. Lo haré despacio; puede que incluso lo haga a la vista de todos para que no se les vuelva a olvidar cómo funciona el tratado’, explicó despacio, como si me considerase más estúpido que el cerdo que había mencionado. ‘O puedes venir conmigo a Prythian y vivir allí el resto de tu vida mortal como pago por lo que hiciste. “Una vida por otra vida”’, repitió, por si había perdido el detalle.

¿Irme con ella? ¿Al país mágico donde todos me odian por no haber nacido con orejas puntiagudas y pelo multicolor? ¿Para qué? ¿Para besarle los pies y cuidar de sus hijos como la graciosa mascota humana?

‘Cuélgame en el árbol’, dije.

Ella se encogió de hombros y empezó a sacar unas enormes garras desde sus nudillos. Me mataría, iba a doler, iba a dejar secuelas en mi madre y Elan, pero luego se iría, y yo cumpliría mi promesa: estarían a salvo y tendrían dinero de sobra con lo obtenido por la piel de la loba.

‘¡Nooo!’ Mi madre saltó, apartando a Elan, apartando a Néstor, y tomándome en un abrazo por la cintura tras tropezarse con su propia pierna rota. ‘No, por favor, oh gran señora inmortal, no lo mates. Él es orgulloso, testarudo, pero es buen chico, no lo mates.’

Ella se detuvo. No pude discernir detrás del antifaz si le divertía este espectáculo. Néstor tomó a mi madre por el vientre con toda la fuerza de su brazo y la echó hacia atrás; firme, cansado, débil, sacando fuerzas de flaqueza pese al golpe. ¡Maldición, tendría que curarse eso! Me habría preocupado por él si no hubiera visto su mirada: ‘Tú lo rompes, tú lo pagas’. Quisiéramos aceptarlo o no, éramos dos caras de la misma moneda.

La inmortal se detuvo, como si esperase un cambio de opinión. Miré a mi madre coja, a mi hermano traumatizado, a mi otro hermano con las costillas rotas. Tenía que irme, o fingir irme al menos. Luego debía encontrar la forma de escapar y volver a ayudarlos. Debía ser así; no habría otra opción si quería cumplir mi promesa.

‘Noto cambios en tus emociones’, dijo la inmortal. Genial, también podía leer mentes. ‘¿Qué harás?’

‘Si me voy contigo, ¿dónde viviré? ¿Qué me garantiza que no me matará algo peor que tú?’

‘Tengo tierra’, respondió ella, como si le doliera admitirlo. ‘También tendrás mi protección y la de todo aquel que pertenezca a la Corte Primavera.’

‘Eso no me garantiza nada.’

‘Te garantiza no morir delante de tu madre.’ La señaló, a ella y a mi hermano que aún rezaba. ‘¿Vienes, sí o no? No aceptaré ninguna otra palabra como respuesta.’

Los inmortales no mentían, pero podían omitir información. Aun así, que me llevara consigo era preferible a que mis hermanos se levantaran todos los días observando el árbol en el que me colgaron. Mamá seguramente jamás se recuperaría de esto.

‘Sí’, dije al fin, aflojando mi mandíbula, resignado.

‘Andando’, me ordenó. En un paso llegó a mi carcaj y partió la flecha de fresno con un dedo. Fría, impasible, sin emoción alguna en sus actos.

‘Espera’, supliqué, mi voz rota. Me miró sobre el hombro mientras yo giraba en redondo, observando a mis hermanos y mi madre, todos agachados detrás de Néstor, quien no sé cómo no se retorcía de agonía. Elan y mamá me miraban con terror mudo. ‘El ciervo les va a durar dos semanas. Empiecen con la carne fresca, luego la seca.’

La inmortal se detuvo en el umbral. Notaba su mirada estudiando cada movimiento: cómo cruzaba los brazos, cómo me apuntaba con su falso pico de oro.

‘Feyrin’, intentó decir mi madre.

Me moví hacia uno de los pocos armarios de la casa, saqué mi única ropa protectora contra el frío y empecé a vestirme mientras seguía dando instrucciones. ‘Cacen al sur del arroyo; los conejos hacen sus madrigueras en esa zona. Si no saben tensar un arco, pregúntenle al padre de Iserine. Piensa que le daremos una buena dote si me caso con su hija, así que hará todo lo posible por complacerlos, menos darles dinero o comida.’ Me até las botas, ignorando las suelas ya rotas por el uso diario; los callos me hacían ahora de protección.

La inmortal caminó hacia la noche. Su cuerpo, inmune a la niebla, volvió a tomar la forma animal cuando se posó en el suelo. Yo la seguí, pero me giré otra vez en la puerta. Néstor estaba tomando su cuchillo; Elan me miraba llorando, quería hablar y no podía; y mamá… No puedo describirlo con palabras.

‘Hagas lo que hagas, no te cases con Tomasa’, le dije a Néstor en un último gesto de piedad que tuve que sacarme a la fuerza de los intestinos. ‘Su madre está envenenando a su padre, viejo y débil, para casarse con un amante que la mantenga mejor. Él no dice nada, pero los síntomas no mienten.’

Me di la vuelta. Así terminaba este capítulo de mi vida. ‘¡Espera!’ me gritó mi madre desde dentro con todo el aire de sus pulmones. La bestia lo sintió y gruñó, reclamándome. ‘Feyrin, siempre has valido más que cualquiera de nosotros. Si de alguna manera logras escapar, no vuelvas. Busca otro sitio y sé feliz.’

No supe cómo interpretar eso, y no quise ver cómo Néstor lo interpretaba. Pisé la nieve de fuera y me desmayé. La inmortal, que más tarde supe que se llamaba Tamlein, me dejó inconsciente y me llevó en sus fauces hasta su reino. 

Ahí quedaron mis últimas esperanzas de escapar durante el trayecto.

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