De lo que se dice de la muerte de Mun y lo que Ventana y Llama hicieron en consecuencia.

 

La mansión, que en su día había sido un castillo lo bastante grande como para que alguien se perdiera buscando el baño, yacía ahora en un estado que podríamos describir generosamente como "redecorado por un huracán particularmente enfadado". "Las 5" y "Los Buenos Testigos" habían decidido que las palabras eran para los débiles y se habían lanzado todo lo que tenían: magia, puños y, en el caso de Leti, un hechizo con forma de tsunami que habría hecho sonrojar a un dios del clima. El resultado era un paisaje de escombros y paredes rotas, con los supervivientes esparcidos como migajas tras un picnic especialmente violento.

Mun apareció entre los restos, luciendo su forma de sueño —una niña de quince años con un traje de DSGI que parecía gritar "me obligaron a ponerme esto"—, los brazos colgando como si hubiera olvidado qué hacer con ellos y la respiración cortada como si alguien hubiera intentado ahogarla con un manual de instrucciones. Sus ojos felinos, amarillos y brillantes como faroles de un callejón sospechoso, buscaban algo que apuñalar. En el borde de su visión, captó el rifle de Vasili —o eso pensó—, y decidió que era un buen momento para demostrar que no era de las que se quedaban esperando a que la cazaran.

Giró sobre los talones con la gracia de un gato que ha visto demasiados documentales de artes marciales, y atrapó a una figura por el cuello antes de que su cerebro tuviera tiempo de decir "espera un segundo". La estampó contra cuatro paredes de roble —que crujieron como si protestaran por el mal trato— hasta que la tuvo cara a cara. Pero no era Vasili, con sus ojos blancos de francotirador, sino un maniquí con ojos rojos que parecía sacado de una tienda de segunda mano con muy mal gusto. Mun tuvo exactamente medio segundo para pensar "oh, mierda" antes de que el trasto estallara como un petardo particularmente entusiasta.

Intentó levantar una barrera psíquica, que salió a medias como un paraguas roto en una tormenta, y la explosión la alcanzó con la delicadeza de un elefante en una cristalería. Los relojes se derritieron como relojes en un cuadro de Dalí con menos pretensiones artísticas, las alfombras ardieron como si tuvieran una venganza personal contra el buen gusto, los suelos de mármol se agrietaron como si alguien hubiera dejado caer una metáfora demasiado pesada, y los Cattetos —criaturas que parecían diseñadas por un niño con demasiados lápices negros— volaron en pedazos, salpicando todo con una mezcla de sangre y actitud. La mansión dejó de existir, y Mun quedó como una nota al pie en un libro que nadie quería leer.

Ventana, en el patio delantero, se cubrió los ojos con el brazo como quien no quiere ver el final de una película mala, aunque el brillo de la explosión era difícil de ignorar. Cuando el resplandor se apagó, vio un trozo de Mun —un cuarto de su cuerpo, para ser exactos— trazando un arco en el aire como un malabarista borracho, dejando un rastro de sangre y tripas. La forma de niña se deshizo, y Yonaka, la treintañera real, aterrizó a treinta metros con un golpe que habría hecho aplaudir a un crítico de caídas. El logo de DSGI estaba roto, y Ventana, suspirando como si le hubieran pedido limpiar el desastre, caminó hacia ella con la gracia de quien sabe que esto no va a mejorar.

Mun aún respiraba, más o menos. Le quedaba el lado derecho —un brazo, una cabeza, y un trozo de torso que parecía gritar "he tenido días mejores"—, pero no se moría del todo, porque los sueños son como cucarachas: difíciles de aplastar. Ventana llegó y la miró, y lo que vio fue un espectáculo que no necesitaba subtítulos: ojos felinos abiertos como faroles rotos, una boca torcida en un grito silencioso, y una agonía que habría hecho llorar a un dramaturgo con resaca. Era un gato callejero pidiendo un final, y Ventana, por una vez, no supo qué decir.

Mun alzó una mano temblorosa, como si intentara agarrar algo que no estaba ahí, y jadeó: "Ayuda." Ventana se acercó, poniendo cara de quien preferiría estar en cualquier otro sitio, y gruñó: "Cállate, reina del drama, es un sueño. Si te mueres aquí, no te mueres fuera." Mun se arrastró con un brazo, arañando el césped como un actor olvidado en una obra mala, y se aferró a la pierna de Ventana —aún niña de quince gracias a los parches de DSGI—. "No, no," escupió, sangre goteándole como un grifo mal cerrado, "algo va mal. Esa bruja… me estoy muriendo en la vida real." Ventana parpadeó, y por un segundo, pareció que el guión se le había escapado de las manos.

Los ojos de Mun eran un par de faroles amarillos pidiendo clemencia, cada respiro un sonido que habría hecho que un médico tirara la toalla. "Por favor," gimió, abrazando las piernas de Ventana como si fueran su última entrada al teatro. Ventana gruñó, incómoda: "Iv es la que cura, no yo. No tengo trucos para esto." Mun lloró, un llanto húmedo y sincero que no era teatro ni orgullo, solo un desastre pidiendo un telón. Sus manos apretaron las botas, y el aire olía a humo y desesperación, un perfume que ningún vendedor sensato pondría en un frasco.

Ventana dudó, lo cual no era propio de ella. Normalmente, habría pateado a Mun como quien aparta un periódico viejo, pero esto no era normal. No había burlas, ni rezos al dios del jamón, ni poses de diva ni llanto falso de adolescente con demasiada sombra de ojos. Era un gato con un tiro en los pulmones, tirado en una calle de Siberia, maullando por un final decente. Los ojos amarillos la miraron, vidriosos, y Ventana sintió algo que no iba a admitir en voz alta —no era pena, sino algo que se le parecía lo suficiente como para ser molesto—. Mun temblaba, la sangre empapándole el pelo como un mal tinte.

Ventana invocó su cuchillo, un trasto corto que brilló como un chiste cruel en la penumbra. Con un movimiento rápido, lo clavó en la espalda de Mun, justo entre los omóplatos, como quien pone el punto final a una frase demasiado larga. Mun abrió los ojos, un destello amarillo contra el rojo, y sonrió, sangre brotándole como un aplauso final. "Gracias," susurró, y se fue —no con un grito dramático, sino como arena soplada por un viento perezoso, un reloj de arena que alguien había olvidado cerrar—. Ventana limpió el cuchillo en su falda, miró el cráter y pensó que esto era lo más cerca que estaría de un acto de caridad.

Ventana se quedó plantada ahí, las botas hundidas en el césped como si esperara que un cartel de "Game Over" parpadeara y le diera una moneda para intentarlo de nuevo. Pero el suelo, que había sido verde y ahora era un desastre naranja por el fuego y rojo por la sangre, no ofrecía segundas oportunidades. El tiempo pasaba, o al menos hacía un esfuerzo razonable por parecerlo, y Ventana se quedó mirando el vacío, preguntándose si alguien iba a limpiar este desastre o si simplemente lo dejarían como advertencia para futuros idiotas.

Llama llegó desde atrás, su forma de niña cargando a Iv y Chelo bajo los brazos como si fueran compras de una tienda que había cerrado por quiebra. Las aguas negras de Leti las habían arrastrado treinta metros, y Llama las traía como quien recoge basura útil antes de que se la lleve el viento. "¿Qué estás mirando?" gruñó, la voz cortante como un cuchillo que no corta bien pero lo intenta. Ventana giró la cabeza, entrecerrando los ojos contra el humo, y vio cómo la sangre goteaba de las botas de Llama, dejando un rastro que parecía decir "por aquí pasó el caos".

Ventana se giró del todo y vio la estaca de madera clavada en el hígado de Llama, un palo que goteaba agua negra como si fuera una fuente decorativa particularmente macabra. Llama no parecía inmutarse, lo cual era típico de alguien que consideraba el dolor un inconveniente menor. "Quítate eso," dijo Ventana, señalando la estaca como quien señala una mancha en una camisa. Llama frunció el ceño, como si le hubieran pedido algo tan trivial como la hora. "¿Qué? ¿Por qué?" replicó, y Ventana pensó que esa alpaca tenía la cabeza más dura que las paredes que Mun había destrozado.

Ventana dio dos pasos, el barro chupándole las botas como un admirador pegajoso, y arrancó la estaca con un tirón que habría hecho aplaudir a un cirujano con prisas. Con la otra mano, sacó un pétalo del bolsillo de Iv —un trozo de rosa pixelado que parecía sacado de un videojuego barato— y lo restregó en la herida antes de que Llama cayera como un saco de patatas. La sangre dejó de salir, la carne se cerró con un siseo, y Llama la miró como si sospechara que esto era una broma pesada. "¿Por qué tan altruista?" preguntó, y Ventana decidió que responder era demasiado esfuerzo.

No dijo nada, solo miró cómo la herida de Llama se cosía sola, un truco que habría impresionado a un sastre con resaca. "Oye," gruñó Llama, "si haces esto para que te devuelva el favor, me voy a sentir mal, porque pienso destriparte y examinarte cuando te tenga inconsciente. Nada personal, pero necesito saber por qué el efecto Morfeo te pega tan fuerte." Ventana la miró, la cara tan expresiva como una roca en un día aburrido, y pensó que Llama era el tipo de persona que diseccionaría a un amigo solo para ver cómo funcionaba.

Ventana lo pensó un segundo —o lo que pasa por pensar en alguien que prefiere actuar primero y lamentarlo después—, y extendió los brazos hacia Iv. "Dámela," dijo, la voz cortante como un cuchillo mal afilado. Llama gruñó, pero la dejó caer al suelo como un paquete que no quería firmar. Ventana comprobó el pulso —vivo, apenas—, y repitió el proceso con Chelo, un latido tan débil que parecía más una sugerencia que un hecho. Sin explicaciones, cambió a su efecto paraguas, lo abrió con un chasquido teatral, y empezó a llover como si el cielo hubiera decidido lavar la escena. Luego tomó su forma de Oni, cuernos rojos brillando como un mal chiste, y alzó las manos. Un rayo cayó, crepitando como un aplauso sarcástico, y lo usó como desfibrilador en Chelo, que jadeó como si la hubieran sacado de una siesta particularmente mala.

La lluvia apagó el fuego, el naranja dando paso a un gris que parecía la versión aburrida de un cuadro apocalíptico. Iv yacía en el suelo, el pelo castaño rojizo corto y pulcro pegado como si hubiera perdido una pelea con un peine mojado, el vestido escolar azul oscuro empapado como una bandera derrotada, el chaleco morado con el logo de DSGI rasgado como un mal recuerdo, bordados de rosas doradas colgando como decoraciones de un árbol navideño olvidado, la bufanda corta a juego enredada como un nudo mal hecho, y las botas marrones brillantes hundidas en el barro como un chiste caro. Chelo estaba a su lado, el pelo rubio corto y ondulado hecho un desastre que habría horrorizado a un peluquero, el vestido verde claro de campesina desgarrado como un disfraz de segunda mano, la falda con volantes empapada, el chaleco morado con el logo apenas visible, el sombrero de paja con flores artificiales aplastado como una metáfora aplastada, y las botas marrones brillando con agua negra. Llama se rascó la nuca, confundida. "Es un gesto bonito," dijo, "pero con esta lluvia, sin algo que las cubra, se van a morir de hipotermia antes de que alguien les aplauda."

Ventana se puso de pie, barrió el aire con la mano como quien despide a un invitado molesto, y el paraguas se cerró, cortando la lluvia como un telón que cae en una obra mediocre. Volvió a su forma normal —pelo castaño corto con coletas deshechas como un experimento fallido, vestido rojo de falda amplia con bolsillos llenos de trastos, el logo de DSGI cosido en el pecho como una medalla que nadie quería—. Harta de este circo, miró a Llama a los ojos y gruñó: "Mun está muerta." El silencio cayó como un chiste que nadie entendió, y el aire olía a ceniza y sangre, un recordatorio de que el telón no siempre sube de nuevo.

Llama alzó las cejas, giró la cabeza hacia una cámara voladora de DSGI —un trasto zumbante a treinta metros que grababa este desastre para la posteridad o para el departamento de marketing—, y luego miró a Ventana. "Si es un guión," dijo, "no pienso seguirlo. Luego superponen nuestras voces o lo arreglan con efectos baratos." Ventana la agarró por los hombros, los dedos clavándose como un recordatorio de que esto no era un juego, y gruñó: "Muerta de verdad, en el mundo real solo queda un cadáver." Las palabras pesaron como un chiste mal contado, y Llama parpadeó, como si el guión se hubiera saltado una página.

Llama empujó a Ventana, que dio un paso atrás y aplastó la estaca rota con la bota como quien pisa un chicle molesto. Llama frunció el ceño, los dientes apretados como si estuviera a punto de morder algo. "¿Y qué? Chelo se muere todo el tiempo, y Vi también, luego explota como flor y resucita como si nada." Ventana respiró hondo, la voz pesada como un telón que no quiere levantarse. "Fue la bruja," dijo. "Puede matarte aquí y allá fuera." Las dos se quedaron calladas, recordando el día en el apartamento de Iv —un desastre que DSGI podría haber evitado si alguien se hubiera molestado en escribir un manual decente—.

Llama miró la estaca rota a los pies de Ventana, luego alzó los ojos, y la pregunta flotaba como un chiste que nadie quería contar: ¿Quién sigue? La sonrisa de Llama se desvaneció, una rareza para alguien que normalmente reía en los funerales. "¿Dónde está su cuerpo?" preguntó, la voz baja como un actor olvidado. "La apuñalé," respondió Ventana, "y me dio las gracias." El efecto cuchillo había hecho su trabajo, un truco que no se curaba con un buen sueño ni con un café fuerte, y ambas lo sabían, un final que no venía con aplausos.

Llama se pellizcó la mejilla con un gesto seco y desapareció, un parpadeo que la sacó del sueño como quien abandona una obra antes del intermedio. En el mundo real, iría a confirmar que Mun era un cadáver más en la lista de bajas de DSGI. Ventana se giró, los ojos cayendo al logo en su pecho, una marca que pesaba como un chiste que había dejado de ser gracioso. Después de tantos años, había encontrado algo que no se arreglaba durmiendo ni con pastillas —una broma cósmica que no tenía punchline—. El viento sopló, llevando el humo como un telón final, y Ventana se quedó sola, el cuchillo en la mano, preguntándose quién iba a pagar la cuenta de este desastre.

***

Ventana entró en la habitación de Mun como quien entra en una tienda de antigüedades y se da cuenta de que todo está en oferta porque el dueño ha muerto. El lugar parecía un santuario dedicado a una princesa —no, una reina, porque Mun nunca terminaba esa frase sin añadir "del jamón" o "de las sombras" antes de perder el hilo—. Las paredes eran de un naranja chillón que habría hecho llorar a un pintor con buen gusto, salpicadas de pósters de gatos con coronas mal pegados con cinta adhesiva. Peluches gigantes de felinos, algunos con un ojo cosido y otros con una sonrisa torcida como si supieran algo que nadie más sabía, se apilaban en las esquinas como guardias de una corte desquiciada. La cama era un monstruo rosa de proporciones reales: un colchón king-size cubierto con una colcha de volantes que parecía un pastel de fresa demasiado ambicioso, cojines en forma de corazón apilados como una barricada, y un dosel de gasa rosa que colgaba como una telaraña olvidada. Allí, en medio de ese caos digno de una niña de quince años con un presupuesto ilimitado, yacía Mun, muerta entre los cojines, su flequillo emo tapándole un ojo como si quisiera seguir siendo dramática hasta el final. Llama estaba a su lado, mirándola con la expresión de alguien que considera abofetear a un cadáver para ver si aún respira, aunque claramente no iba a intentarlo.

Ventana dio un paso más, las botas chirriando contra el suelo lleno de pelo de gato, y confirmó lo obvio: Mun estaba más muerta que una metáfora en un libro de autoayuda. No había pulso, ni un suspiro, ni siquiera un maullido final de esos que solía soltar en sus discursos. La pregunta ahora era quién iba a venir a recoger ese desastre envuelto en una capa morada. Llama seguía allí, inmóvil junto a la cama, los brazos rígidos como si fueran a romperse, los nudillos clavados en el colchón como anclas en un barco que ya se había hundido. No estaba triste, ni sonriendo, ni nada que un ser humano normal reconocería como emoción; solo respiraba lento, un silbido que parecía salir de un fuelle viejo y polvoriento. Ventana la observó, esperando algo —un grito, un sollozo, un chiste malo—, pero Llama parecía tan viva como una estatua en un museo al que nadie va.

Ventana plantó las manos en las caderas, el crujido de su bata raída rompiendo el silencio. "¿Vas a llorar?" preguntó, la voz seca como un desierto con resaca. "No," respondió Llama, enderezándose como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible en su espalda. Lo dijo con la convicción de quien acaba de decidir que las lágrimas son para los débiles y los que tienen alergias. "No siento nada por ella, no me importa. He matado gente antes y no siento nada al respecto, no me importa," añadió, mirando a Ventana como si esperara un aplauso por su indiferencia perfectamente ensayada. Ventana parpadeó, la garganta áspera como si hubiera tragado arena en lugar de palabras. Era una mentira tan obvia que casi se podía ver flotando en el aire como un globo mal inflado, pero ninguna de las dos tenía ganas de pincharlo.

Llama cruzó los brazos, su bata ondeando como una bandera de rendición mal cosida, y Ventana supo que estaba mintiendo porque seguía allí, plantada junto a la cama como una mala hierba que se niega a ser arrancada. "¿Y tú vas a llorar?" contraatacó Llama, alzando una ceja como si acabara de lanzar un guante invisible. Ventana negó con la cabeza, un movimiento lento y cansado. "No, pero creo que deberías," dijo, y luego se detuvo, como si las palabras se le hubieran enredado en la lengua. "¿Por qué?" gruñó Llama, claramente molesta por la sugerencia. "Porque la muerte era eso que le pasaba a otros mientras yo dormía," explicó Ventana, "un último aliento por el que otros lloraban y a mí no me importaba. Ahora la chica egocéntrica que veía todos los días está muerta, y eso tiene que importarle a alguien, no a mí, no entiendo por qué me importa a mí, pero tenía familia y gatos, alguien tendrá que llorarla y no voy a ser yo." Llama la miró, entrecerrando los ojos. "¿Esa frase se la has copiado a alguien?" Ventana señaló a Mun con la mandíbula, un gesto que decía más de lo que quería. "Dijo algo así una vez: ‘el mal ajeno se te pega como sombra en la espalda’," citó, dándole un giro peruano al refrán que Mun probablemente había sacado de un mal día con resaca.

Llama soltó una risa amarga, un sonido que parecía más una tos que un chiste, y levantó las manos: cuatro dedos en una, cinco en la otra. "Pues a mí no me importa, ni siquiera la he visto morir," dijo, mostrando sus nueve trofeos como un niño presumiendo de cromos repetidos. "He matado nueve personas, sabes, ocho en realidad, no fue mi culpa que Harry de la biblioteca se quedara dormido en el incendio que provoqué por accidente." Ventana cruzó los brazos, su figura un desastre en medio de esa habitación rosa: el pelo castaño hecho un nido de pájaros que ni un huracán podría peinar, la camiseta de rock peruana colgando como un trapo viejo, las botas desparejadas plantadas como si fueran lo único sólido en un mundo que se desmoronaba. Su postura gritaba cansancio, pero sus ojos tenían un brillo raro, como si por primera vez viera algo que no podía apuñalar para arreglarlo. "Es verdad," siguió Llama, alzando la voz como si quisiera convencerse a sí misma, "no me importa ella, ni Johan el barrendero que apuñalé para extirparle una piedra del riñón, ni Frida, que le rompí la espalda con un martillo para que no viviera parapléjica, ¡NO ME IMPORTA NINGUNO!" Gritó, antes de girar sobre sus talones y salir dando un portazo que hizo temblar los peluches. Ventana se quedó mirando a Mun, inmóvil, hasta que el trío de asistentes irrumpió como un equipo de limpieza que había perdido las instrucciones: Señorita K con su uniforme gris y ojos muertos arrastrando los pies, Señorita Y con mechas rojas sosteniendo una bolsa de latas vacías como si fuera un trofeo, y Mati tarareando una melodía absurda mientras acariciaba un gato que llevaba en brazos.

La Señorita K se frotó las legañas con el entusiasmo de alguien que ha decidido que dormir es solo una pausa entre miserias. "¿Qué está haciendo esta aquí?" gruñó, su voz como un motor que se niega a arrancar. Recibió un codazo de Mati, que bien podría haber sido un intento de despertarla o simplemente un recordatorio de que aún estaba viva. "Más respeto," replicó Mati, con el tono de quien corrige a un niño que ha pisado un charco por error, "le está mostrando condolencias a su amiga muerta." La Señorita Y, con sus mechas rojas brillando como un semáforo en mal estado, soltó un chasquido de lengua que decía más de lo que cualquier palabra podría. Si había algo que "Las 5" tenían en su historial, pensó, era una notable ausencia de eso que los poetas llaman amistad y los contables no saben cómo facturar. Las tres asistentes se movían alrededor del cadáver como un equipo de mudanzas que había perdido el manual, y Ventana las observó con la sensación de que el mundo seguía girando sin pedirle permiso.

Ventana sintió un desprecio ácido por esa actitud corporativa, tan pulida que podrías resbalarte en ella y romperte el cuello sin que nadie te facture la ambulancia. Mati soltó al gato —el favorito de Mun, pintado de verde como un experimento de arte fallido que había decidido llamarse Nega Catteto—, y el bicho se lanzó a restregarse contra un peluche gigante con la gracia de un borracho buscando pareja en una pista de baile vacía. Mientras tanto, la Señorita K y la Señorita Y se pusieron manos a la obra, arrancando las sábanas de Yonaka —no Mun, Yonaka Nekozaki, porque eso era lo que pondrían en su tumba si alguien se molestaba en tallarla—. Las dos parecían más preocupadas por el hecho de que su cheque mensual acababa de morir que por el cadáver en sí, sus movimientos mecánicos como si estuvieran desmontando una tienda de campaña en la que nadie quería acampar. Ventana notó que la ignoraban por completo, a ella y a ese nudo raro en su pecho que no sabía nombrar. Aquí, en esta habitación rosa, no era la invencible heroína de sueños con su cuchillo gritón; era solo María Tomasa González, y sospechaba que esas tres podrían darle una paliza con una escoba si se ponía en su camino —probablemente podrían, y con gusto—.

La Señorita Y agarró a Yonaka por las axilas con la delicadeza de quien levanta un saco de patatas con fecha de caducidad vencida, mientras la Señorita K la tomó de los tobillos como si fueran un par de ramas secas listas para la hoguera. "Ni una triste camilla, esto es ridículo," pensó Ventana, imaginándose a Mun girando en su tumba inexistente ante semejante falta de ceremonia. Mati se quedó atrás, acuclillada como un filósofo contemplando el sentido de la vida, acariciando al gato verde con una mano mientras sus ojos seguían a las otras dos salir con el cuerpo. Ventana la miró y soltó, casi sin querer: "¿Tú vas a llorar por ella?" Mati levantó la cabeza, sorprendida de que le hablaran directamente y de que no hubiera vómito de jugo de uva acompañando las palabras —no sabía que, desde que las tensiones con "Los Buenos Testigos" habían subido como la fiebre en un hospital sin médicos, Ventana había dejado las pastillas y los excesos, un detalle que nadie notaba porque a DSGI solo le importaba que apuñalara bien en los sueños—. Mati se señaló el pecho con un dedo, como si necesitara confirmar que era ella la interrogada, y luego habló sin dejar de rascar al gato: "Pues no, creo que no. Nunca esperé que muriera así, pensé que quedaría inconsciente por caerse contra una mesa y sus gatos se la comerían".

Ventana giró los ojos hacia la puerta, por donde las otras dos habían desaparecido con el cadáver como si fuera un mueble que ya no combinaba con la decoración. Mati recogió al gato verde, lo acunó como si fuera un trofeo viviente, y se marchó tecleando en su móvil con una mano, buscando protectoras de animales que se hicieran cargo de los 30 felinos dorados que ahora eran huérfanos oficiales. Ventana echó un último vistazo a la habitación: los peluches la miraban con ojos de botón como testigos mudos de un juicio que nadie iba a celebrar. Sabía que DSGI tardaría menos de doce horas en convertir ese santuario rosa en un cuarto de fregonas o en un set para grabar anuncios de detergente. Ya podía imaginar el episodio especial: una cinemática en 32 bits donde ella, Ventana, abrazaba a Mun y lloraba pixeladas lágrimas que se deslizaban hacia arriba como en los RPG Maker de antaño, todo editado con una banda sonora de violines baratos y un narrador que diría algo como "la heroína ha caído, pero su legado vivirá en tus sueños". La idea le dio ganas de apuñalar algo, pero no había nada a mano.

Ventana decidió que alguien tenía que llorar por Mun, aunque no fuera ella, porque dejar que una muerte así se perdiera en el papeleo de DSGI era como tirar un pastel perfectamente bueno a la basura solo porque el glaseado no era del color correcto. Se encaminó a buscar a Llama, que probablemente estaba en alguna parte fingiendo que no había gritado hace cinco minutos. Iv y Chelo seguían en tratamiento tras la pelea —curadas solo porque reemplazar tres caras comerciales era más caro que un par de vendas y un poco de CGI—, así que Llama era su mejor apuesta. No lo admitiría en voz alta, pero había un plan formándose en su cabeza, uno que involucraba rastrear a cierta familia que quizás aún tuviera un hermano con tendencias homicidas y un par de padres que merecían saber que su hija ya no iba a pedirles dinero para latas de jamón. Necesitaba a Llama porque, si las cosas se ponían feas, alguien tendría que blandir un cuchillo —o al menos amenazar con ello— para sacar una dirección decente de una guía telefónica reacia.

Ventana recorrió los pasillos de la sucursal con la determinación de alguien que ha perdido las llaves pero está seguro de que están en algún sitio obvio, buscando a Llama donde solía encontrarla: su laboratorio, ese antro de tubos y probetas donde creaba cuerpos defectuosos para Chelo o pesadillas que harían gritar a un guionista con resaca. No estaba allí. Preguntó a algunos empleados, todos con uniformes grises de DSGI que parecían diseñados por alguien que odiaba la alegría —camisas planchadas con un logo de ojo estilizado que parecía vigilarte, pantalones tan tiesos que crujían al caminar—. La mayoría se encogió de hombros como si les hubieran pedido resolver un acertijo en sánscrito, hasta que una mujer con cara de haber visto demasiados turnos nocturnos señaló con un dedo flaco: "Está en el comedor." Ventana parpadeó lento, como un búho que acaba de enterarse de que el sol existe. "Llama, la señorita ‘cada puto gramo de comida tiene que estar como yo digo o te apuñalo’, comiendo en el comedor donde no controlaba la salubridad de las cosas," pensó, y la idea le dio ganas de reír o apuñalar algo, pero no tenía un cuchillo a mano.

El comedor de la sucursal era un lugar que intentaba ser acogedor y fracasaba con la gracia de un payaso en un funeral. Mesas de metal pulido estaban alineadas como en un cuartel, rodeadas de sillas que chirriaban como si protestaran por cada trasero que las ocupaba. Las paredes eran de un beige institucional que gritaba "no nos importa tu felicidad", decoradas con carteles de DSGI que prometían "sueños seguros" con letras tan pequeñas que necesitabas una lupa para leer la letra pequeña. Había una barra de autoservicio con bandejas de comida que olía decente —patatas fritas, huevos, algo que podría ser pollo si entrecerrabas los ojos—, pero Ventana pensó que era buena, sí, aunque no era un ostal de quince estrellas, lo cual demostraba que su idea de la alta cocina estaba tan desconectada del mundo como un astronauta perdido en Marte. Allí, en una mesa solitaria, estaba Llama, moviendo un tenedor con la precisión de un cirujano borracho sobre un puré de patatas fritas y huevos revueltos que, hasta hace unos minutos, habían sido solo patatas fritas y huevos antes de que ella les diera una paliza digna de un ring.

Ventana se acercó, y lo que vio fue un espectáculo que habría hecho aplaudir a un pintor con tendencias macabras. Llama tenía la mirada perdida, como si intentara leer el futuro en las patatas aplastadas, su camiseta —ya tiesa de sangre seca de animales de experimentos pasados— ahora decorada con manchas de puré que parecían medallas de una guerra culinaria. El pelo negro, grasiento como un trapo olvidado en un taller, tenía pegotes de yema de huevo esparcidos tras un cabezazo al plato que debió de sonar como un gong en un monasterio silencioso. Pero lo que más llamó la atención de Ventana fue que Llama estaba sola, rodeada por un perímetro de mesas vacías en los cuatro puntos cardinales, como si los demás comensales hubieran decidido que acercarse era tentar a la suerte o al tenedor. Habían migrado disimuladamente, dejando sus bandejas a medio comer y fingiendo que el puré no valía una evacuación de emergencia.

Ventana se sentó frente a Llama, sus coletas recogidas a toda prisa mientras caminaba por los pasillos, un par de nudos castaños que parecían más un castigo que un peinado. Sus ojos, faltos de sueño pero con un brillo que no solía tener —como si alguien hubiera encendido una bombilla polvorienta en su cabeza—, analizaron a Llama durante cinco minutos enteros, un silencio que pesaba como un elefante en una balanza rota. Llama siguió apuñalando el puré con el tenedor, ignorándola, hasta que finalmente alzó la vista, los ojos entrecerrados como si Ventana fuera un insecto que había aterrizado en su sopa. Era el tipo de mirada que decía "habla rápido o te convierto en parte del menú", y Ventana casi pudo oír el crujido de su paciencia rompiéndose.

"¿Qué?" gritó Llama, un rugido que hizo temblar las bandejas cercanas y que sugería que provocar a alguien con un tenedor en la mano no era la mejor idea del siglo. No ayudaba que también tuviera un plato que podía estrellar en tu cara y usar como arma improvisada, o una servilleta que… bueno, en realidad no había mucho que hacer con una servilleta, pero con Llama nunca se sabía. Provocarla era un mal plan en cualquier escenario, y Ventana lo sabía. "Que le jodan," pensó, "si me mata es DSGI quien sale perdiendo, no yo." El resto del comedor reaccionó como si alguien hubiera gritado "¡fuego!" en un cine abarrotado: algunos engulleron sus huevos más rápido, otros agarraron sus bandejas y salieron disparados, dejando tras de sí un eco de pasos y el olor a comida nerviosa.

Ventana se enderezó, intentando parecer más grande, como si los años extra que tenía sobre Llama fueran una armadura que pudiera blandir. "Necesito tu ayuda," dijo, la voz firme pero con un trasfondo de cansancio que no podía ocultar. "Lo siento, no hablo japonés," replicó Llama en alemán, porque era alemana y le gustaba recordarlo en los peores momentos, girando el tenedor entre sus dedos como un malabarista con demasiada cafeína. "Ventana, que por primera vez sí tenía tiempo para lidiar con otra idiota más en su vida," pensó, y decidió que gritarle en la cara no iba a funcionar —no porque no quisiera, sino porque no tenía la energía—. Tragó saliva, tamborileó los dedos en la mesa como si estuviera tocando un réquiem para su paciencia, y cambió de táctica antes de que el tenedor acabara en un lugar incómodo.

"¿Te acuerdas de todas las personas que has matado?" soltó Ventana, como quien tira una granada sin quitarle el seguro. Llama dejó el tenedor quieto, un milagro menor, y respondió: "Sí, y sueño con ellas, y como no le importa a nadie, no me importa a mí. ¿Tú no te acuerdas de la gente que has matado?" Ventana no se acordaba, no realmente. La mitad de las veces que apuñalaba a alguien estaba en un estado en el que no podía contar hasta diez —demasiadas pastillas, demasiado jugo de uva—, y la otra mitad no habría llegado ni a cinco aunque lo intentara. Pero sí recordaba a alguien, o más bien se obligaba a recordarla: la mujer de Nate, un "Testigo" que había terminado como carnada para marketing y teorías conspiranoicas en internet después de que su cuchillo la convirtiera en un titular. No dijo nada, solo miró a Llama, que seguía esperando una respuesta como un gato mirando un ratón que no se decide a correr.

Ventana se echó hacia atrás, las coletas colgando como un par de campanas rotas, y notó cómo los empleados tras ella giraban la cabeza rapidísimo para volver a sus bandejas, fingiendo que no escuchaban. Todos sabían que el primero en chivarse a DSGI ganaba un ascenso, o al menos un vale para el café gratis que sabía a cartón mojado. Pensó en Esmera, la nueva cara que probablemente ocuparía el lugar de Mun en un mes, una idea que le revolvió el estómago más que el puré de Llama. Era injusto: Mun era una idiota melodramática, sí, pero era su idiota melodramática, y merecía más morir comida por sus gatos en un accidente doméstico que desaparecer cubierta de aguas negras por una puñalada traicionera. Miró a Llama, que jugaba con el tenedor como si fuera un juguete roto, y se dio cuenta de que había planeado usarla como una herramienta, igual que DSGI. Lo que desprecias en otros, lo llevas dentro como un eco, pensó, un refrán que flotaba en su cabeza sin que supiera de dónde venía, pero que le cayó como un ladrillo en el pecho.

Ventana se levantó, las botas chirriando contra el suelo como un adiós mal ensayado. "Vámonos," dijo, sin mirar atrás. "¿O sino qué?" replicó Llama, alzando una ceja como si esperara una amenaza digna de un guion. "Nada, absolutamente nada," respondió Ventana, metiendo las manos en los bolsillos de su jersey raído y empezando a caminar. "Duerme bien sabiendo que nunca descubrirás qué pasaba si me seguías," añadió, lanzando las palabras como un anzuelo que no esperaba que picaran. Llama lo pensó durante dos segundos y medio —un récord personal de reflexión—, dejó el tenedor clavado en el puré como una bandera de derrota, y se levantó para seguirla en silencio, sus pasos resonando como un tambor en un desfile al que nadie había invitado.

Salieron del edificio y el aire de Tokio las golpeó como una bofetada húmeda. Estaban en Chiyoda, el corazón corporativo de la ciudad, donde los rascacielos se alzaban como gigantes de cristal y acero, sus ventanas reflejando un cielo gris que parecía cansado de tanto humo. Las calles bullían con el zumbido de coches y el traqueteo de trenes elevados, mientras salarymen con trajes impecables pasaban como hormigas en una misión que no entendían del todo. Había un puesto de ramen en la esquina, su vapor mezclándose con el olor a gasolina, y un cartel de neón parpadeante que anunciaba "DSGI: Sueños Seguros" con una sonrisa pixelada que daba escalofríos. Ventana respiró hondo, como si quisiera tragarse el caos entero, y Llama se cruzó de brazos tras ella, la camiseta manchada ondeando como una bandera de guerra perdida. "¿A dónde vamos a ir?" preguntó Llama, la voz cortante como un cuchillo desafilado. "A un lugar del que podamos estar seguras de que no tiene un micrófono en cada puta esquina," respondió Ventana, descartando su departamento de mala muerte —que en teoría era de lujo, pero ella lo había convertido en un vertedero de pintura y latas de jugo— y las mesas de laboratorio donde Llama "dormía" con una dosis de anestesia y un sueño lleno de pesadillas a medida.


Fin de la primera parte.

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