Noche de departamento.
Iv Wren abrió la puerta de su departamento con el entusiasmo de alguien que acaba de descubrir que la vida, en efecto, la odiaba profundamente, y que hoy había decidido enviarle a sus compañeras de "Las 5" como prueba definitiva. El lugar era un santuario de desorden cuidadosamente cultivado —un sofá con manchas de café, un peluche de Gary mirándola con ojos tristes desde una esquina—, y ahora iba a ser invadido por las personas menos deseadas del universo conocido. La primera en llegar fue Ventana, María Tomasa González en carne y hueso, entrando con la gracia de una reina que ha olvidado dónde dejó su corona. Era una mujer de treinta y seis años con el pelo teñido de rojo desvaído, una bata raída que colgaba como una bandera derrotada, y unas ojeras que sugerían que el sueño era más un enemigo que un poder. No dijo ni hola; pasó de largo con un bufido, dejando a Iv mirando la puerta como si quisiera culparla personalmente por esta tragedia.
Ventana se adentró en el salón de Iv, un espacio que parecía decorado por alguien que había perdido una apuesta con el buen gusto, y se detuvo frente a un cuadro torcido de un gato con sombrero. "Vi," dijo, pronunciando el nombre con el desprecio de quien sabe que lo está diciendo mal y lo disfruta, "tienes unos gustos de mierda para el arte." Iv, que estaba ocupada deseando que un agujero negro se tragara su existencia, se giró desde la entrada con una sonrisa tan falsa que podría haber sido de plástico. "Sí, el tuyo es mejor, Tomasa," replicó, dejando caer el nombre real como una pequeña venganza que ambas sabían que no iba a cambiar nada. Ventana resopló, un sonido que era mitad risa y mitad advertencia, y se dejó caer en el sofá con la elegancia de un saco de patatas, sacando su móvil para ignorar el mundo. Iv, mientras, apretó los dientes y pensó que al menos Esmera estaba sirviendo café en algún lugar feliz, lejos de este circo.
El silencio que llenó el salón era del tipo que aparece cuando dos personas se odian tanto que hablar sería un desperdicio de oxígeno. Ventana, con la madurez emocional de una adolescente atrapada en un cuerpo de treintañera, jugaba a Nasu en su móvil, sus dedos aporreando la pantalla como si estuviera vengándose de un nivel particularmente traicionero. Iv, sentada en una silla que crujía como si también quisiera rendirse, miraba al vacío y envidiaba a Esmera Lux, esa bendita alma que probablemente estaba en una cafetería oliendo a vainilla en lugar de soportar este infierno doméstico. El peluche de Gary, con su expresión de eterno abandono, parecía ser el único testigo imparcial de esta guerra fría, y si hubiera podido hablar, probablemente habría pedido un traslado a otra casa.
Un golpe en la puerta rompió el silencio, y como Ventana ni siquiera levantó la vista de su juego —probablemente demasiado ocupada perdiendo contra una berenjena pixelada—, Iv se levantó con un suspiro que podría haber derribado un árbol. Abrió la puerta y se encontró con Mun, Yonaka Nekozaki, que entró con el aire de una diva ofendida por la mera existencia del mundo. "Hacerme venir hasta aquí," empezó Mun, su voz resonando como un discurso ensayado frente a un espejo, "es un insulto a mi inteligencia, una afrenta a mi tiempo, una bofetada a mi dignidad." Iv parpadeó, preguntándose si debía cerrar la puerta en su cara solo para ver si el monólogo seguía, pero Mun ya estaba avanzando hacia el salón, su sudadera negra y su minifalda rota ondeando como banderas de una rebelión que nadie había pedido.
Mun continuó su diatriba mientras cruzaba el umbral, cada palabra un pequeño drama en sí misma, hasta que llegó al salón y Ventana, sin levantar la vista del móvil, gruñó: "Cállate de una vez, reina del drama." Mun se detuvo, giró la cabeza como un gato que acaba de oler algo desagradable, y soltó: "No hablo con hafu," usando el término japonés para mestizos con el desprecio de quien cree que insultar es un arte elevado. Ventana, que llevaba treinta y seis años lidiando con idiotas y no tenía energía para uno más, simplemente resopló y siguió jugando, dejando que el silencio volviera a caer como una cortina polvorienta. Iv, desde la puerta, pensó que esto era lo más cerca que estarían de una pelea real, y casi deseó que lo fuera solo para tener una excusa para echarlas a todas.
Iv cerró la puerta con un suspiro de mártir, justo cuando un grito agudo la hizo saltar y abrirla de nuevo en pánico. Allí estaba Chelo Lupi, con los dedos de una mano atrapados entre la puerta y el marco, y Llama Holz riéndose como si acabara de ver el mejor chiste del año. "No te preocupes, Vi," dijo Llama entre carcajadas, su bata de laboratorio robada colgando como un trofeo de guerra, "esa mano no le funcionaba de todos modos." Chelo, frotándose los dedos con una mueca que podría haber sido dolor o simple fastidio, replicó: "Vaya cara de susto tienes, Flor," inventándose un nombre porque, entre tanto cambiar de cuerpos y mentes, los detalles como los nombres reales tendían a escapársele como arena entre los dedos. Iv las dejó pasar, preguntándose si el universo tenía un límite para las humillaciones que podía arrojarle en un solo día.
Las cinco estaban ahora en el salón, un espacio que parecía encogerse bajo el peso de sus egos y su desdén mutuo. Iv intentó sentarse en su propia silla, pero Chelo, con una preocupación tan falsa que podría haber sido un disfraz de Halloween, se inclinó hacia Marí, la rosa de plástico que vivía en una maceta junto al televisor. "Pobrecita," dijo, su voz goteando sarcasmo, "está suplicando por abono." Iv fingió ignorarla, encendiendo el televisor donde D S G I les daría las noticias con la resignación de quien sabe que no hay escapatoria, pero sus ojos seguían deslizándose hacia Marí como si temiera que la planta realmente estuviera juzgándola. Ventana seguía aporreando su móvil, Mun se estiraba en el sofá como si fuera suyo, y Llama miraba todo con una sonrisa que sugería que podría prenderle fuego al departamento solo por diversión.
Iv, incapaz de soportar la idea de que Chelo tuviera razón aunque fuera en broma, se levantó y fue a la cocina por un paquete de abono, murmurando maldiciones que habrían hecho sonrojar a un marinero. En el salón, Mun se recostó aún más, extendiendo las piernas como un gato que reclama territorio, lo que hizo que Chelo arrugara la nariz con una mueca de asco que parecía más teatral que sincera. Ventana, finalmente mirando algo que no era su pantalla, gruñó: "Vi, ¿qué coño haces echando abono a una rosa de plástico?" Pero Iv, ya en su misión de autodegradación, no la oyó, o fingió no hacerlo, esparciendo el abono con la precisión de alguien que sabe que está haciendo el ridículo pero no puede parar. El salón parecía a punto de colapsar bajo el peso de tanta incomodidad absurda.
Llama, con ese brillo maniático en los ojos que venía de su TOC y demasiadas horas con una motosierra, dio un golpe seco en la mano de Iv cuando un centigramo de abono cayó fuera del florero, como si el desorden fuera un crimen personal contra ella. "¡Cuidado, torpe!" ladró, y Iv levantó el puño, lista para devolverle el golpe, hasta que sus ojos se posaron en el peluche de Gary en el sofá. Recordó a Llama destripando conejos con las manos desnudas en un sueño particularmente salvaje, y supo que, aunque ella podía correr rápido, Llama podía correrla a golpes si quisiera. Así que bajó la mano, tragándose el orgullo con un sabor que era más amargo que la sopa de la prisión, y se dejó caer en el sofá junto a Gary, que la miró con esa cara de "te lo advertí" que solo un peluche puede tener.
El televisor cobró vida con el logo morado de D S G I, y una voz demasiado alegre anunció: "Atención, Las 5: Leti, el experimento fallido conocido como la bruja renegada, ha sido robada por fuerzas desconocidas. Manténganse alerta." La pantalla se apagó antes de que pudieran siquiera parpadear, dejando un silencio que era más preguntas que respuestas. Llama, con la sutileza de un martillo, se giró hacia Iv y dijo: "Bueno, pues ya que estamos aquí, vamos a dormir todas en tu casa, ¿no?" Luego señaló a Ventana, que ya estaba roncando en el sofá con el móvil en la cara. "Esa ya ha empezado." Iv, atrapada en un infierno de su propia creación, se cagó en todo mentalmente —en D S G I, en Leti, en estas idiotas— mientras el reloj marcaba las 2 de la tarde y el día se extendía ante ella como una sentencia de muerte con pijamas y sarcasmos.
***
Ventana seguía desplomada en el sofá como un monumento al agotamiento, su móvil pegado a la cara como si alguien lo hubiera soldado allí durante un sueño particularmente profundo. Los ronquidos que salían de ella eran un sonido que podría haber sido música para un oso hibernando, pero para Iv eran solo un recordatorio de que la vida encontraba formas nuevas y crueles de castigarla. De vez en cuando, Iv lanzaba una mirada furtiva hacia ella, no por preocupación genuina —eso habría requerido una energía que no tenía—, sino para asegurarse de que aún respiraba, porque un cadáver en su salón era el tipo de problema que no podía solucionar con una fregona y un café fuerte. Mun, mientras, estaba tirada en una silla con su móvil, viendo vídeos de gatos saltando a cajas con una concentración que sugería que era arte elevado, aunque delante de ella tenía un libro de los clásicos de Edgar Allan Poe abierto por una página que no había tocado en horas, una fachada tan convincente como una barba postiza en un niño.
Iv, con la resignación de quien sabe que su día solo puede empeorar, se dirigió a la cocina para vigilar a Llama, una tarea que había asumido desde que Ventana, en uno de esos raros brotes de sinceridad que ocurrían cada dos mundiales, le soltó que "Llama" significaba "fuego" en español. Desde entonces, Iv vivía con la sospecha —bastante fundada, la verdad— de que Llama era perfectamente capaz de reducir su departamento a cenizas solo por diversión, o quizás por un experimento mal calculado con su motosierra imaginaria. La encontró allí, rodeada de cáscaras de zanahoria y un olor a vegetales masacrados, y aunque no había llamas visibles, Iv no podía evitar mirar las cortinas con nerviosismo, imaginando cómo arderían con la gracia de una tragedia griega mal ensayada.
Llama estaba en plena faena, pelando verduras con un cuchillo de carnicero que parecía más adecuado para descuartizar un ciervo que para cortar una zanahoria. Lo blandía con una teatralidad que hacía que cada golpe resonara como un tambor en un desfile particularmente ruidoso, y sus manos se movían con una fuerza que Iv no podía ignorar. No era solo que Llama fuera fuerte; era que probablemente el 80% de las locuras que hacía en los sueños —destripar enemigos con las manos, partir mesas con un grito— las podía replicar aquí, en la vida real, con una zanahoria como víctima y una sonrisa que decía "esto es lo más divertido que he hecho hoy". Iv se quedó en la puerta, sosteniendo un trapo como si fuera un escudo, y pensó que al menos, si todo se incendiaba, podría culpar a Ventana por plantar la idea.
Un grito agudo irrumpió desde el baño, cortando el aire como un cuchillo mal afilado, y Chelo Lupi emergió con la furia de una ópera italiana mal representada. "¡Chispa!" bramó, equivocándose de nombre porque Llama era un concepto vago en su mente cambiante, "¡mi vagina no funciona, qué coño le has hecho!" Luego desató una ristra de insultos en italiano —"stronza", "idiota", algo sobre un burro— que resonaron por el pasillo como un himno a la indignación. Iv, más preocupada por el desastre que inevitablemente tendría que limpiar que por los vecinos que probablemente ya estaban acostumbrados a su vida, agarró una fregona con la resignación de un soldado yendo a una batalla perdida. Llama, desde la cocina, soltó una carcajada que podría haber despertado a Ventana si no estuviera tan decidida a ignorar el mundo.
Chelo, en un acto que ella probablemente consideraba un gran aporte a la humanidad, levantó las piernas con la gracia de una bailarina que ha olvidado los pasos, dejando que Iv fregara el suelo del baño con un cubo que olía a derrota líquida. El "desastre" resultó ser un charco de agua turbia que Chelo había provocado al intentar "arreglar" algo con sus manos torpes, y ahora miraba a Iv como si le estuviera haciendo un favor al permitirle limpiarlo. Mun, que había asomado la cabeza desde el salón atraída por el drama como un tiburón por la sangre, observaba desde lejos con una sonrisa que sugería que esto era lo más entretenido desde su último vídeo de gatos. Iv, fregando con una energía que era más rabia que esfuerzo, podía jurar que Mun estaba reviviendo algún fetiche extraño, pero no tenía el valor de preguntar.
Iv vació el cubo por el desagüe con un plop que sonó a rendición, y justo cuando se enderezaba, Chelo le puso una mano en el hombro con una solemnidad que habría sido conmovedora si no fuera tan ridícula. "Lo lamento, Flora," dijo, inventando otro nombre porque los detalles eran para personas con menos cuerpos que habitar, "yo regaré tu planta por ti para compensarte." Y con eso, se dirigió al salón con un vaso de agua en la mano, dispuesta a hidratar a Marí, la rosa de plástico, como si fuera un acto de caridad digno de un santo. Iv se quedó mirando el desagüe, preguntándose si podría arrojarse ella misma por ahí y ahorrarse el resto del día, pero sabía que el universo no era tan amable.
El peluche de Gary, desde su rincón en el sofá, pareció mirarla con esos ojos cosidos que decían "te lo dije", y Iv caminó hacia la cocina con la energía de alguien que ya no tiene ganas de fingir que le importa. En su cabeza, rezaba por un milagro improbable: que la próxima semana, "Los Buenos Testigos" hubieran capturado a Leti y, en un giro glorioso del destino, decidieran eliminarlas a todas de una vez por todas. Era una fantasía agradable, casi tan reconfortante como el café que planeaba beber para sobrevivir a esta pesadilla, pero sabía que la realidad prefería mantenerla viva para seguir torturándola con estas mujeres que llamaba compañeras.
De vuelta en el salón, Iv pasó junto a Mun, que seguía hipnotizada por sus gatos digitales, y Ventana, cuyos ronquidos ahora parecían un motor averiado que nadie se molestaba en apagar. Chelo, estaba regando a Marí con el vaso de agua, cantando una versión italiana de "Oh! Susanna." con una voz que era más entusiasmo que talento, y el agua goteaba al suelo como lágrimas de una planta que no podía llorar. Iv apenas lo registró; su mente estaba en la cocina, en Llama, en la esperanza de que al menos una zanahoria sobreviviera a esta invasión. El departamento entero parecía un circo donde los payasos habían tomado el control y el público había huido hace rato.
En la cocina, Iv se acercó a Llama con la intención de ayudar a pelar la última zanahoria, un acto de buena voluntad que duró exactamente dos segundos. Llama, con un movimiento tan rápido que podría haber sido un truco de magia, agarró la muñeca de Iv, le plantó el brazo izquierdo en la tabla de cortar y bajó el cuchillo de carnicero con un thunk seco que se clavó a dos centímetros exactos de su antebrazo. Iv hiperventiló, el aire atrapado en su garganta como un pájaro enjaulado, mientras Llama la miraba con una calma perturbadora. "Vi, lávate las manos antes de tocar la comida," dijo, su voz tan casual como si estuviera recomendando un té, "es higiene básica y un consejo de amistad. Si fuera como mi padre, te la hubiera cortado." Iv parpadeó, su corazón latiendo como un tambor desquiciado, y decidió que la zanahoria podía pelarse sola.
Iv retrocedió, tropezando con sus propios pies hasta que sus manos encontraron a Gary bajo el brazo, el único refugio seguro en este manicomio que llamaba hogar. Lo apretó contra su pecho como si fuera un escudo, pero Llama, limpiando el cuchillo con una sonrisa que prometía problemas, soltó: "Yo no me fiaría de él, tiene cara de que quiere traicionarnos." Iv no esperó a que terminara la frase; corrió hacia su habitación con la velocidad de alguien que ha visto suficiente por un día, encerrándose con su colección de lápices rotos y un portazo que resonó como un grito. A la mierda la cena, pensó, el café sería su salvación, y si tenía suerte, tal vez el mundo se acabaría antes de que tuviera que abrir la puerta otra vez. Afuera, el canto de Chelo y los ronquidos de Ventana seguían, un recordatorio de que el infierno no necesitaba llamas cuando tenía compañeras como estas.
Llama golpeó la puerta del cuarto de Iv con una delicadeza que era más amenaza que cortesía, como un lobo pidiéndole permiso a un cordero para entrar. "Vi," dijo, su voz cortante como el filo de su cuchillo favorito, "la cena ya está hecha, y Chelo y Mun están esperando. Tu plato está puesto, y si no sales, voy a tener que tirar esa comida, lo que hará que los platos para lavar sean impares. No puedo tolerar eso. Si no sales, echaré la puerta abajo con el cuchillo de carnicero y te arrastraré al comedor de los pelos, ¿vale? Piénsatelo mientras despierto a Tomasa." Iv, acurrucada en su rincón de lápices rotos, escuchó los pasos de Llama alejarse y pensó que ojalá el universo tuviera un botón de apagado, aunque sabía que, si existía, alguien como Llama lo habría roto por diversión.
Iv se convenció de que Llama no se atrevería, pero entonces un ¡plaf! resonó desde el salón, seguido del sonido inconfundible de un móvil cayendo al suelo como un pájaro desplumado. "Despierta, ya está la cena," gruñó Llama, y Ventana emergió de su sueño con un "puta madre, ¿qué chucha pasa?" que era más confusión que furia, porque tantas pastillas en vena hacían que un golpe en la cara fuera poco más que una palmada amistosa. "Si vas ahora a comer," añadió Llama con una calma perturbadora, "te dejo manchar tu parte, y solo tu parte, del mantel con zumo de uva." Iv, desde su escondite, maldijo entre dientes; esa maniática había encontrado una forma de convertir incluso el desorden en un juego de poder, y Ventana, con su amor por el zumo de uva, probablemente ya estaba babeando.
Iv dejó escapar un suspiro que era más rendición que aire, porque Llama había desenterrado esas latas de zumo de uva que ella había comprado hace años, en un intento fallido de comprobar si eran tan buenas como Ventana predicaba desde su pedestal de sueños. No lo eran —la prueba estaba en las latas abandonadas, de las que solo quedaba una como reliquia de su decepción—, pero ahora Llama las usaba como cebo, y eso era más de lo que Iv podía soportar. Guardó a Gary en el cajón más seguro que tenía, un gesto que era más superstición que lógica, se lavó las manos como si pudiera limpiar también su día, y salió al pasillo, echando un vistazo al salón donde los cuadros torcidos seguían intactos, un milagro menor en medio del desastre.
Iv se sentó a la mesa con la energía de un condenado enfrentando su última comida, y Llama, con la solemnidad de un sacerdote en un culto particularmente extraño, anunció: "Antes de comer, hay que hacer una oración." Mun, que parecía tomar cada oportunidad para dramatizar su existencia, comenzó a recitar algo en japonés, un rezo al dios del jamón que sonaba como una mezcla de poesía y hambre. Llama, que no entendía una palabra pero adoraba el ritual, cerró los ojos y juntó las manos con una devoción que podría haber sido sincera si no estuviera tan loca. Iv miró la escena y pensó que esto era lo más cerca que estarían de una familia disfuncional, lo cual decía mucho sobre su vida.
Ventana, ignorando el rezo con la gracia de quien ha olvidado qué es la cortesía, abrió una lata de zumo de uva y se la bebió de un trago, el líquido púrpura goteando por su barbilla como si fuera una reina bebiendo ambrosía en un banquete de mala muerte. Mun seguía con su oración, las palabras fluyendo como un río que nadie más podía navegar, mientras Chelo tamborileaba los dedos sobre la mesa, mirando la comida con una impaciencia que contrastaba con su aroma sorprendentemente decente. Llama, hay que admitirlo, era buena cocinera —se sabía las recetas de memoria, como si las hubiera memorizado para un examen de supervivencia—, y el plato de zanahorias y algo que parecía carne olía a victoria en un día de derrotas.
Iv dejó que su mente vagara hacia Esmera Lux, imaginándola con una taza de café y un crucifijo, probablemente escandalizada ante esta oración pagana al dios del jamón en lugar de a Cristo. Recordó el día en que ella misma dejó de creer, cuando los sueños le mostraron paisajes que no estaban en ninguna Biblia —cielos rotos, mares de sombras—, y pensó: Cuanto más avanza la ciencia, más abstracto se vuelve Dios, o quizás siempre ha sido abstracto y nosotras lo hicimos real. Era una idea que no compartía con nadie, no porque fuera profunda, sino porque sabía que Mun la interrumpiría con un discurso sobre gatos y Ventana simplemente eructaría en respuesta.
Ventana terminó su lata y, con un movimiento que era más hábito que intención, la aplastó contra su frente con un crunch que resonó como un aplauso solitario. Llama, con esa obsesión por el orden que la hacía más peligrosa que su cuchillo, observó cada milímetro de zumo que goteaba, asegurándose de que no tocara más allá de los hombros de Ventana, como si el mantel fuera un contrato sagrado que no debía violarse. Iv miró la lata aplastada y pensó que, en otro mundo, Ventana podría haber sido una especie de guerrera bárbara, pero aquí solo era una treintañera con demasiadas pastillas y un amor inexplicable por el zumo de uva.
Chelo, con la sutileza de un martillo en una cristalería, se inclinó hacia Iv y preguntó: "Y bueno, Deméter, ¿qué tal tu mañana?" Iv, que ya estaba harta de que le inventaran nombres, empezó a murmurar algo sobre un podcast de arte dadaísta que había visto, pero Llama la fulminó con una mirada que decía "ni se te ocurra hablar con la boca llena". Antes de que pudiera terminar, Mun interrumpió con un monólogo sobre la ascendencia egipcia de los gatos, un discurso tan largo y apasionado que todas desconectaron al instante, dejando que las palabras rebotaran en las paredes como un eco inútil. Iv se hundió un poco más en su silla, deseando que el dios del jamón, o cualquier otro, la sacara de allí.
***
La cena terminó, y mientras las demás se dispersaban como gatos callejeros buscando un lugar donde dormir, Iv ayudó a Llama a lavar los platos, no porque quisiera, sino porque no planeaba dormirse antes que esa maniática con un cuchillo de carnicero. Los platos chocaban en el fregadero con un ritmo que era casi reconfortante, hasta que Llama se giró de golpe, dijo "sigue tú con los que quedan," y sacó una jeringa de anestesia de quién sabe dónde. Se la clavó en el brazo con la precisión de un cirujano borracho y se desplomó de espaldas contra el suelo, los ojos abiertos como faros en la niebla. Iv parpadeó, mirando el cuerpo inmóvil y pensando que, por un segundo, parecía más pacífica de lo que nunca estaría despierta.
Iv se quedó sola en la cocina, los platos goteando y el eco de Mun ronroneando desde la nevera, donde se había subido a dormir como un felino con demasiada confianza. Ventana roncaba en el sofá, Chelo probablemente estaba regando a Marí otra vez, y Llama yacía en el suelo como una estatua caída. Por un momento, Iv imaginó matarlos a todos —un cuchillo, un golpe, un final limpio—, pero sabía que si tocaba a una sola, D S G I la pondría de patitas en la calle y luego le pegaría un tiro para que no hablara. Así que dejó el cuchillo de carnicero donde estaba, terminó de lavar los platos con manos temblorosas, y pensó que al menos el café de mañana sería su recompensa por no ceder a la tentación.
Con los platos apilados y el departamento sumido en un silencio roto solo por ronquidos y murmullos, Iv se sentó en su cuarto con un lápiz roto y un papel arrugado, escribiendo una carta a sus padres. "Queridos mamá y papá," empezó, "hoy ha sido un día de mierda, como todos, pero al menos sigo viva." No sabía que la carta nunca llegaría a ellos; D S G I la interceptaría, la leería con el interés de un burócrata aburrido, y le enviaría una respuesta genérica del tipo "Gracias por tu feedback, sigue siendo un activo valioso." Mientras garabateaba, pensó en Esmera, en cómo su fe seguía intacta contra toda lógica, y se preguntó si los dioses existían solo porque alguien creía en ellos, o si la lógica nunca sería suficiente para matarlos.
Iv terminó la carta, la dobló con cuidado y la dejó sobre su mesita, junto a los lápices rotos que eran lo más parecido a un tesoro que tenía. Miró por la ventana al cielo gris de la tarde, un lienzo tan vacío como su esperanza, y decidió que el café sería su dios por ahora —algo tangible, algo que no la traicionaría. Afuera, el departamento era un caos de cuerpos dormidos en lugares imposibles: Mun en la nevera, Ventana en el sofá, Chelo junto a Marí, Llama en el suelo. Iv cerró los ojos, sabiendo que mañana sería igual o peor, y que Esmera, con su fe ciega, era la única que aún veía algo divino en este desastre. Para Iv, los dioses eran tan abstractos como los sueños, y la lógica, aunque afilada, nunca cortaba lo bastante profundo.

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