Relato: Platón VS Abraham Lincoln.

 


Enrelión llegó tarde, las gradas ya estaban llenas de mortales espirituales y dioses. Tuvo que conformarse con el peor sitio, la parte más alta del anfiteatro; al menos allí su pelo desordenado y en punta, propio de siglos muy posteriores, no llamaría la atención. Metió sus manos en su gabardina amarilla tirando a ocre, negó para sí resignado y subió peldaño a peldaño, ajeno a los gritos de emoción que todos lanzaban.

El asiento era duro, de granito tallado y, a diferencia de la creencia popular, pintado de rojo en los bordes para dar relieve. Plantó sus posaderas, agudizó la vista alterando sus ojos y la realidad misma para que en su mano derecha le apareciera un batido. A su derecha no había nadie, y a su izquierda, espectros de la laguna Estigia que aún olían a mar.

"La tripulación de Odiseo", pensó, muertos de camino a Ítaca.

Miró entonces a la palestra, que brillaba bajo un sol tan caliente como las entrañas de la tierra que le servían de prisión a Tifón, el aire cargado de tensión y polvo dorado. Columnas de mármol bicromadas rodeaban la arena circular, mientras antorchas eternas crepitaban sin ser escuchadas por una multitud que gritaba con la emoción de un mar enfurecido.

Desde el este emerge Platón, filósofo de Atenas. Sobre su cabeza, una roca titánica de 200 libras se balancea por las fuerzas de sus anchos músculos de los hombros que le dan nombre. La tira al suelo, flexiona sus brazos fuertes como los muros de la Acrópolis; la experiencia de los Juegos Ístmicos le sigue, y ha venido con saber y práctica, y tiene entre ceja y ceja el portón del que saldrá su adversario.

Del oeste, un estruendo retumba. Abraham Lincoln, el Gigante de New Salem. Su mano toma el extremo de un portón rústico de madera, con tallados de semidioses enfrentando gigantes. Con un solo movimiento recorre en sus raíles ese gigantesco conjunto de media tonelada. El aire residual abanica su barba y levanta el polvo del dorado suelo, que por su imponente altura no le llega a los ojos. Se quita su sombrero de copa y lo tira al público; en su grada hay gente humilde, habitantes de pueblos que ven a su decimosexto presidente listo para un combate rudo y comunitario, para probar que la fuerza y valentía norteamericana no se quedan solo en el papel.

Enrelión mira a la grada de Lincoln: mujeres y hombres que vestían con ropas de algodón y lino; había quien incluso llevaba sombreros de paja para protegerse del sol, pero todos gritaban con euforia apoyándole, como si fuera un ave que les diera esperanza con el batir de sus alas. Incluso Jack Armstrong, un rival suyo de renombre, lo miraba entre el público, de pie y con los brazos cruzados; era su forma de mostrar respeto.

"Así que él es 'Abre el Fuerte'", piensa Enrelión. "Bueno, señor Sombrero de Copa, espero que pierda, porque aposté mucho dinero por el filósofo".

Ambos luchadores llegaron al centro de la pista, la sombra de Lincoln proyectada sobre Platón, ambos con caras que demostraban seguridad en sí mismos. El árbitro aparece, una figura encapuchada con voz de montaña, alza la palma; Lincoln y Platón se dan la mano antes de ponerse en su posición de wrestling; la palma baja: ¡que empiece el combate!

Ambos empiezan tanteando, moviéndose en círculos y midiendo los posibles movimientos rivales. Entonces Platón se mueve primero, saltando con la fiereza del león de Nemea. La distancia se ha acortado demasiado pronto, toma por sorpresa a Lincoln, y con un exitoso perizoma, lo toma de la cintura entre sus dos brazos. Aprieta a Lincoln contra sí mismo y trata de levantarlo, pero el presidente es 90 kilos de pura potencia; aunque se tambalea, efectúa un barrido de torso con la potencia de un ferrocarril, girando su cuerpo para derribar a Platón.

El filósofo resiste, plantando sus pies mientras gira en dirección opuesta con sus caderas, voltea la situación y envía a Lincoln al suelo.

Sin embargo, el gigante de Springfield aún no ha dicho su último discurso; se recupera con un escape de suelo, sus rodillas como los hierros del Puente de San Francisco, se libran del par terre. Un movimiento sorpresivo: atrapa a Platón de cuello y brazo, con pura potencia en movimiento; inmoviliza a Platón de los hombros, le empuja hacia atrás y atrapa su brazo, inmovilizando y empujando, logra derribar a Platón, la cara del ateniense contra el suelo.

Suena una campana: "¡Primera caída para Lincoln!".

"¡Corcho!", maldice Enrelión; los abucheos hacia Lincoln desde su parte del palco son opacados por las ovaciones de su gente.

Estrechón de manos por protocolo y empieza el segundo asalto.

Platón, con más fuego en su interior que la llama olímpica, se lanza de nuevo; esta vez Lincoln lo espera y lanza sus dos palmas contra los hombros de Platón, pero no puede frenar su embate. El filósofo logra engancharse al torso con las dos manos, envolviéndose en el pecho de Lincoln cual bestia marina en el oráculo de Delfos, y ejecuta un lanzamiento efectivo por encima de su hombro.

- ¡Sííí! - Enrelión es quien más grita de emoción por ese perfecto hyperbolē que lanza a Lincoln medio metro por el aire.

Lincoln se para en posición tortuga, sus manos en la tierra caliente y su garganta jadeando. Lincoln intenta otra vez su movimiento de escape, pero esta vez Platón lo lee perfectamente; sus anchos brazos apartan los de Lincoln y el presidente, sorprendido, no puede hacer nada cuando Platón atrapa y aferra uno, girando rápidamente para ganar la espalda de Lincoln que aún estaba de cuclillas rumbo a ponerse en pie. El decimosexto presidente gruñe y el filósofo de Atenas retuerce su brazo; en el forcejeo Lincoln intenta dar zancadas para librarse, pero Platón no le deja ganar terreno; con un giro final, Platón forza una inmovilización de hombros, un katapale del que el gran Abe no se puede librar; sus hombros tocan el suelo. ¡Segunda caída para Platón!

- ¡Sí! ¡Vamos Platón, maldita sea! - dice Enrelión, acompañado por aplausos y vítores desde su grada. Hasta Diógenes el Perro, que estaba unos peldaños más abajo por razones que solo él entendía, aplaudió a Platón mientras se comía un trozo de pulpo que le había quitado a un marinero de encima.

¡Tercer y último asalto! Se anuncia después del apretón.

Ambos circulan, piernas fuertes y cuerpos cubiertos de sudor y polvo, cuerpos brillando como estatuas de mármol. Piernas ágiles, preparadas para las acometidas; ambos saben cómo terminar esto, y solo uno de los dos se llevará la gloria.

Ahora Abraham ataca, intenta aferrarse a la cintura de Platón; el griego finta, pero el estadounidense pone pies en compás, empuja a Platón de los hombros estableciendo distancia, evitando que lo tome de la cintura; Lincoln no va a dejar que le hagan otro lanzamiento.

Platón tensa todos sus músculos, parece más ancho que la misma roca. Lincoln se yergue como los robles tras las tormentas en su tierra. El estadounidense arremete al mismo tiempo que el griego; se entrelazan las manos, fuerzas contrapuestas tratando de empujarse mutuamente, pies levantando tierra.

Lincoln saca ventaja de su altura, tira de Platón con un giro de caderas para girar en el aire y caer sobre Platón, que no puede frenar su inercia. Rápido como la caballería en la guerra, aplica nuevamente un trachelismos, agarra cuello y brazo empujando hacia abajo. Platón lucha tratando de ejecutar un apallagē, pero Lincoln es demasiado dominante; lo inmoviliza en un enganche de torso. Con un último esfuerzo, el presidente ejecuta un barrido de torso y, en un movimiento ejecutado a la perfección mientras Platón se retuerce en un escorzo, lleva los hombros de Platón al suelo con un katapale, inmovilizando sus hombros.

¡Tercera caída y victoria para Lincoln!

- Maldición - dice Enrelión entre dientes, rompiendo su boleto en el que tenía escrito "Aristocles".

Toda la grada de Lincoln celebra, hasta su rival le aplaude. La grada griega es un poco más recelosa, pero también aplaude.

Lincoln se levanta jadeando y ofrece su brazo a Platón; este último sonríe y, en un gesto deportivo, acepta su ayuda para ponerse en pie.

- Un gran combate - dice él estrechando su mano.

- Estás a la altura de tu leyenda - dice Abraham con una sonora risa.

Los mismos dioses aplauden; Platón le levanta el brazo a Abraham como signo de reconocimiento y respeto. Las antorchas arden más brillantes, y la leyenda de este combate queda grabada en la eternidad.

- Me va peor aquí que en el hipódromo - gruñó Enrelión resignado, caminando fuera de esa jerarquía.


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