Creepypasta: Nina the Killer VS Cris Venganza.

 

La casa apestaba a moho y a promesas rotas. Las tablas del suelo crujían como si gimieran bajo el peso de los años, y las paredes, manchadas de humedad, se desmoronaban en silencio, dejando caer escamas de pintura como piel muerta. Una brisa fría se colaba por las ventanas rotas, arrastrando el susurro de la noche, y en algún lugar, un grifo goteaba con la insistencia de un borracho contando la misma historia una y otra vez. Era el tipo de lugar donde los fantasmas no se molestaban en aparecer porque hasta ellos lo encontraban deprimente. Cris Venganza, con su chaqueta roja colgando como una bandera gastada y el pantalón de cuero negro crujiendo al moverse, avanzaba por el pasillo con pasos lentos, casi reverentes. En su mano derecha, la pistola colgaba floja, pero lista; en la izquierda, el cuchillo militar brillaba con un filo que había visto demasiada sangre para ser considerado inocente.

Había rastreado a Nina hasta aquí. La chica era un rumor con dientes, una sombra que dejaba cuerpos destrozados como tarjetas de visita. Cris no era de los que se impresionaban fácil —había visto cosas peores que un par de tripas desparramadas—, pero algo en las historias de Nina le erizaba los pelos de la nuca. Tal vez era esa risa, esa maldita carcajada que decían que soltaba mientras cortaba gargantas. O tal vez era que, en el fondo, Cris sabía que ella era como él: un perro rabioso con un propósito torcido. No importaba. Esta noche, uno de los dos iba a dejar de respirar, y Cris tenía la intención de asegurarse de que no fuera él.

Se deslizó hacia la sala principal, una estancia amplia con un sofá desfondado y una chimenea que parecía haber tosido su última brasa hace décadas. La luz de la luna se filtraba por los cristales rotos, dibujando líneas plateadas sobre el suelo polvoriento. Cris se agachó tras el marco de una puerta podrida, su respiración contenida, los ojos entrecerrados. Camuflaje, le había enseñado su tío. Sé el lobo que el ciervo no ve venir. La chaqueta roja la había dejado atrás, colgada en un clavo del pasillo como un señuelo barato, mientras él se fundía con las sombras, el negro del cuero y la penumbra haciéndolo casi invisible. Nina estaba cerca. Lo sentía en los huesos, como un cazador siente el crujido de una rama bajo la pata de su presa.

Y ahí estaba ella. Nina the Killer, de pie en el centro de la sala, girando su cuchillo de carnicero entre los dedos como si fuera un juguete. Su pelo, negro como el alquitrán, caía en mechones desordenados sobre una cara que podría haber sido bonita si no fuera por la sonrisa torcida que la partía en dos. Llevaba una sudadera raída, manchada de algo que probablemente no era ketchup, y sus ojos brillaban con una locura que no necesitaba palabras para explicarse. Canturreaba algo, una melodía infantil que sonaba como si la hubiera arrancado de una caja de música rota. Cris apretó los dientes. Era el momento.

Con un movimiento fluido, levantó la pistola, el cañón apuntando al pecho de Nina. El dedo acarició el gatillo, y el disparo estalló, un trueno seco que rebotó en las paredes. Pero Nina no estaba ahí. En el instante en que el fogonazo iluminó la sala, ella se había movido, un borrón de sombras y risas. Cris maldijo por lo bajo. Había visto el reflejo del cañón en el cuchillo de Nina, un destello traicionero que la alertó una fracción de segundo antes. La bala se incrustó en la pared, levantando una nube de yeso, y Nina ya estaba encima de él, su cuchillo cortando el aire como una guillotina.

Cris rodó hacia un lado, el filo pasando a un pelo de su garganta. El suelo gimió bajo su peso mientras se ponía en pie, girando para encararla. Nina no perdió el ritmo; su carcajada llenó la sala, aguda y desquiciada, mientras lanzaba un tajo hacia su pecho. Cris bloqueó con el antebrazo, el cuero del pantalón crujiendo al pivotar, y el cuchillo rasgó la tela de su camisa, dejando un hilo de sangre en la piel. No era profundo, pero dolía como el demonio. Respondió con un disparo a quemarropa, pero Nina se contorsionó, esquivando la bala con una gracia que no tenía derecho a poseer. El proyectil se perdió en la oscuridad, y ella contraatacó, un golpe ascendente que Cris apenas desvió con el cañón de la pistola.

—¡Qué lento eres, pequeño cazador! —rió Nina, su voz como vidrio roto—. ¿No te enseñaron a bailar?

Cris no contestó. No era de los que gastaban aliento en charlas. En lugar de eso, arrojó el cuchillo militar desde la cadera, un lanzamiento rápido y preciso, 15 metros por segundo de acero girando hacia el hombro de Nina. Ella lo vio venir —malditos reflejos de demonio— y se ladeó, el cuchillo rozándole el brazo y clavándose en la pared con un thunk sordo. Pero Cris no se detuvo. Usó el medio segundo de distracción para lanzarle una patada, toda su fuerza concentrada en la suela de su bota. El impacto la alcanzó en el estómago, un golpe que habría tumbado a un hombre el doble de grande. Nina salió despedida, estrellándose contra el sofá podrido con un crujido de madera y polvo.

Por un instante, Cris pensó que la tenía. Pero Nina se levantó, tosiendo y riendo al mismo tiempo, como si el dolor fuera un chiste privado. Escupió sangre al suelo y cargó de nuevo, el cuchillo de carnicero brillando bajo la luna. Cris disparó dos veces más —¡bang! ¡bang!—, pero ella zigzagueó, las balas perforando el aire y la pared. Estaba demasiado cerca ahora, y el cuchillo bajó en un arco brutal. Cris lo esquivó por puro instinto, pero la punta le cortó el muslo, un tajo ardiente que lo hizo gruñir. Retrocedió, cojeando, mientras Nina giraba el arma en la mano, preparándose para rematarlo.

No iba a darle la satisfacción. Cris se lanzó hacia la cocina, una estancia adyacente con una estufa oxidada y armarios que colgaban como dientes flojos. Nina lo siguió, su risa resonando tras él como un eco enfermo. Cris tropezó contra la encimera, el dolor en la pierna palpitando, pero su mente estaba clara. Había visto la válvula de gas en la estufa, una reliquia de tuberías que aún siseaba con un olor acre. Era una apuesta loca, pero a veces lo único que tienes es una moneda sucia y una oración.

—¡Vamos, Nina! —gritó, girándose para enfrentarla—. ¿Eso es todo lo que tienes?

Ella entró como un torbellino, el cuchillo en alto, los ojos brillantes de locura. Cris disparó otra vez, fallando por un pelo mientras ella se agachaba, y luego dejó caer la pistola —sin balas, inútil ahora— para agarrar la válvula. Con un giro rápido, la abrió al máximo, el siseo del gas llenando la habitación como un susurro mortal. Nina no se detuvo; su cuchillo bajó hacia el pecho de Cris, y él se apartó, el filo cortando la encimera en lugar de su carne. Respondió con un puñetazo torpe que ella esquivó, pero no importaba. Necesitaba tiempo, solo unos segundos.

Retrocedió hacia el pasillo, Nina pisándole los talones. En el suelo, cerca de la puerta, yacía un encendedor viejo, probablemente dejado por algún vagabundo. Cris se lanzó por él, rodando mientras Nina cortaba el aire sobre su cabeza. Sus dedos cerraron alrededor del metal frío, y con un chasquido, la chispa prendió. No dudó. Arrojó el encendedor hacia la cocina, donde el gas ya se acumulaba como una niebla invisible, y se lanzó hacia la ventana más cercana.

Nina lo vio demasiado tarde. Sus ojos se abrieron de par en par, la risa cortándose en seco, pero no había tiempo para correr. La chispa tocó el gas, y la casa explotó en una bola de fuego y escombros. El estruendo fue ensordecedor, un rugido que arrancó las paredes de sus cimientos y escupió vidrio y madera al aire. Cris voló por la ventana, el calor lamiéndole la espalda, y aterrizó en el césped seco del exterior, rodando torpemente mientras la onda de choque lo golpeaba como un martillo. El dolor le atravesó el cuerpo —la pierna cortada, las costillas magulladas, los oídos zumbando—, pero estaba vivo.

A pocos metros, Nina emergió del humo como un espectro quemado. Su sudadera estaba chamuscada, un brazo sangrando donde un trozo de madera la había alcanzado, y su cuchillo había desaparecido, perdido en la explosión. Tosió, tambaleándose, pero sus ojos aún ardían con esa locura imposible de apagar. Cris se puso en pie, tambaleante, la pistola y el cuchillo también perdidos en el caos. La chaqueta roja ardía en algún lugar entre los escombros, y el pantalón de cuero estaba rasgado, pero no importaba. Las armas estaban fuera de la ecuación ahora.

Nina lo miró, escupiendo sangre al suelo, y sonrió, una mueca rota y salvaje. Cris apretó los puños, el dolor transformándose en algo útil, algo afilado. La casa crepitaba detrás de ellos, un infierno que iluminaba la noche, y el aire olía a gasolina y muerte. No había palabras, no había burlas. Solo dos bestias heridas, desnudas de trucos, preparándose para el final.



El césped bajo sus pies estaba húmedo y resbaladizo, apestando a tierra quemada y sangre fresca. La casa abandonada ardía a sus espaldas, un infierno crepitante que escupía chispas al cielo negro, iluminando a Cris y Nina como si fueran actores en un escenario podrido. El aire vibraba con el calor y el zumbido sordo en sus oídos, un eco de la explosión que los había arrojado a este momento. Cris respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando como un fuelle roto, la pierna cortada palpitando con cada paso. Nina, a pocos metros, se tambaleaba, el brazo derecho colgando flojo, sangre goteando de un tajo que el fuego y los escombros le habían regalado. Pero sus ojos —maldita sea, esos ojos— brillaban con una chispa que decía que no iba a caer fácil.


No había armas ahora. La pistola de Cris, el cuchillo de Nina, todo se había perdido en la vorágine de fuego y escombros. Solo quedaban ellos, dos perros heridos con nada más que puños, pies y la voluntad de arrancarle la vida al otro. Cris escupió al suelo, un gargajo rojo que se mezcló con la tierra, y apretó los puños. Nina soltó una risita rota, más tos que carcajada, y se lanzó hacia él.


El primer golpe fue suyo, un puñetazo torcido con el brazo sano que buscó la mandíbula de Cris. Él lo vio venir —lento, comparado con sus esquivas de antes— y levantó el antebrazo, bloqueándolo con un gruñido. El impacto le sacudió los huesos, pero respondió al instante, un gancho con la derecha que alcanzó a Nina en las costillas. Ella jadeó, el aire escapándosele como un silbido, pero no se detuvo. Giró sobre los talones y pateó, una patada baja que apuntó a la pierna herida de Cris. Él intentó apartarse, pero el corte en el muslo lo traicionó; el pie de Nina lo golpeó de lleno, y un relámpago de dolor lo dobló hacia adelante.


Cris cayó de rodillas, la tierra húmeda empapándole el pantalón de cuero, pero no se rindió. Cuando Nina levantó el pie para pisarle la cabeza, él rodó, atrapándole la pierna con las manos y tirando con fuerza. Ella perdió el equilibrio, cayendo de espaldas con un thud sordo, el aliento escapándosele en un gemido. Cris se lanzó sobre ella, los puños cayendo como martillos. Uno le dio en la mejilla, abriendo un corte fresco; el otro le acertó en el hombro herido, arrancándole un grito que no sonó a risa por una vez.


Nina no era de las que se quedaban quietas. Clavó los dedos en la tierra, agarró un puñado de lodo y se lo estampó en la cara a Cris. Él retrocedió, escupiendo y parpadeando para quitarse la mugre de los ojos, y ella aprovechó. Se levantó de un salto —demasiado rápido para alguien tan maltrecho— y le dio una patada en el pecho. Cris voló hacia atrás, aterrizando de espaldas con un crujido que podría haber sido sus costillas o simplemente el suelo quejándose. El aire se le escapó de los pulmones, y por un segundo pensó que no volvería a respirar.


Pero lo hizo. Tosió, jadeó, y se puso en pie justo cuando Nina cargaba de nuevo. Esta vez, Cris estaba listo. Cuando ella lanzó un puñetazo, él se agachó y le dio un uppercut en la barbilla, un golpe que hizo sonar sus dientes como dados en un vaso. Nina trastabilló, aturdida, y Cris no desperdició el momento. Recordó la patada que había tumbado a Gabriel, esa fuerza bruta de 2000 joules, y la desató. Su bota se hundió en el estómago de Nina con un impacto que resonó en la noche, levantándola del suelo y arrojándola tres metros atrás. Ella aterrizó cerca de los escombros ardientes, rodando hasta detenerse contra un pedazo de pared chamuscada.


Cris cojeó hacia ella, el dolor en la pierna como un tambor constante, la sangre goteándole por la camisa desde cortes que ni siquiera había sentido abrirse. Nina yacía boca abajo, inmóvil por un instante, y él casi creyó que había terminado. Pero entonces ella se movió, lenta como un cadáver que se niega a aceptar su suerte, y se levantó. La sangre le corría por la cara, un ojo medio cerrado por la hinchazón, pero seguía sonriendo. Siempre esa maldita sonrisa.


—¡No te rindes, eh, cazador! —escupió, la voz ronca pero viva.


Cris no respondió. No había palabras para esto. Se lanzó hacia ella, y los dos chocaron en un torbellino de puños y patadas. Nina le dio un codazo en la nariz, un crujido húmedo que llenó su boca de sangre. Él le devolvió un rodillazo en el muslo, haciéndola tambalearse. Cayeron al suelo juntos, un enredo de extremidades y gruñidos, rodando por la tierra mientras el fuego rugía a su alrededor. Nina intentó clavarle los dedos en los ojos, pero Cris le agarró las muñecas, torciéndolas hasta que ella siseó de dolor. Ella respondió mordiéndole el hombro, los dientes hundiéndose en la carne como un lobo hambriento. Cris rugió y la empujó, librándose de su agarre.


Se separaron, jadeando, arrodillados a un metro el uno del otro. Cris sintió el mundo girar, la sangre perdida y el cansancio tirando de él como cadenas. Nina parecía igual de acabada, el brazo herido temblando, el pecho subiendo y bajando con dificultad. Pero ninguno iba a parar. No podían. Era esto o nada.


Cris se levantó primero, tambaleándose, y cargó con lo último que le quedaba. Nina intentó esquivar, pero estaba demasiado rota. Él la atrapó por el cuello con una mano, levantándola del suelo como si fuera un saco, y con la otra le dio un puñetazo en la garganta. El golpe fue seco, brutal, y algo crujió bajo sus nudillos. Nina gorgoteó, los ojos desorbitados, y cayó de rodillas cuando él la soltó. Intentó levantarse, arañando el aire, pero Cris no le dio oportunidad. Una patada final, directa al pecho, la tumbó de espaldas, y esta vez no se movió. La sonrisa se desvaneció, sus ojos se vidriaron, y el último aliento salió de ella como un suspiro roto. Nina the Killer estaba muerta.


Cris se quedó allí, jadeando, mirando el cuerpo inmóvil. La casa seguía ardiendo, el calor lamiéndole la piel, pero no lo sentía. La adrenalina lo mantenía en pie, aunque sabía que no duraría. Dio un paso atrás, luego otro, y entonces el mundo se inclinó. La pierna cedió bajo él, el corte profundo finalmente cobrándose su precio. Cayó de rodillas, la sangre empapando la tierra bajo él, y sintió un frío que no venía de la noche. Las costillas rotas, los cortes, la hemorragia interna —todo lo que había ignorado mientras peleaba ahora lo alcanzaba como un tren de carga.


Se desplomó de lado, la vista nublándose, el fuego difuminándose en manchas rojas y negras. Tosió, un sonido húmedo y débil, y la sangre le llenó la boca. Nina yacía a pocos metros, muerta por su mano, pero la victoria no sabía a nada. Solo había dolor, y luego nada. Cris Venganza cerró los ojos, el último latido de su corazón perdiéndose en el crepitar de las llamas. Había ganado la pelea, pero las heridas lo reclamaron al final.


La noche se tragó el silencio, y la casa ardió hasta que no quedó nada más que cenizas y dos cuerpos rotos.

Una princesa y un príncipe que se fueron a dormir para siempre.

Dulces sueños.


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