La pelea en el bar: Sullivan vs Tenaglia.

 

La pelea en el bar: Sullivan vs. Tenaglia.


En algún pliegue del universo, donde las líneas temporales se enredan como cables de auriculares olvidados en un bolsillo, existía un bar llamado El Cuerno Roto. No estaba en ningún mapa, porque los mapas son para gente que cree que el tiempo camina en línea recta. Este tugurio era un cruce de caminos cósmico, un lugar donde caballeros victorianos brindaban con contrabandistas del futuro, donde vikingos pedían cerveza tibia y hackers del 2073 pagaban con criptomonedas que nadie entendía. Las paredes, manchadas de hollín y promesas rotas, estaban decoradas con carteles de peleas olvidadas, un retrato torcido de un pugilista sin nombre y una cabeza de alce que, según los rumores, parpadeaba si le dabas propina. El aire olía a whisky rancio, sudor y la vaga amenaza de violencia inminente.

Era una noche como cualquier otra en El Cuerno Roto, lo que significa que el caos estaba a un malentendido de distancia. En una esquina, John L. Sullivan, el "Boston Strong Boy", ocupaba un taburete que gemía bajo sus casi 90 kilos de puro músculo decimonónico. Su sombrero de ala ancha estaba ladeado, y su bigote parecía desafiar la gravedad mientras apuraba un vaso de algo que el barman juraba que era bourbon, pero que probablemente había sido destilado en una bota vieja. Sullivan, con su camisa blanca arremangada y unos tirantes que parecían gritar "¡respeto!", reía a carcajadas, contando historias de cómo había noqueado a Paddy Ryan en 1882 y sobrevivido a 75 asaltos contra Jake Kilrain. "¡Puedo lamer a cualquier hombre en este lugar!", rugió, una frase que era tanto su tarjeta de presentación como una garantía de problemas. Los parroquianos, acostumbrados a sus bravatas, apenas levantaron la vista. Pero el destino, que en El Cuerno Roto tenía un sentido del humor particularmente cruel, ya estaba barajando las cartas.

En el otro extremo de la barra, Franco Tenaglia, el "Rey de la Calle", sorbía un trago corto de algo que el barman llamó "aguardiente estelar", aunque olía sospechosamente a nafta. Franco, con sus 65 kilos de fibra y cicatrices, parecía fuera de lugar entre los gigantones del bar. Sus ojos, afilados como navajas, escaneaban el lugar como si esperara una emboscada. Llevaba una camiseta negra desgastada y unos vaqueros que habían visto más peleas que un ring de BKFC. A sus 28 años, Franco era un producto del siglo XXI: un argentino que había peleado en naves abandonadas de Europa del Este, esquivado mafias albanesas (o eso juraba) y ganado el título ligero de BKFC en 2024 con una decisión mayoritaria sobre Tony Soto. Sus manos, envueltas en vendas gastadas, parecían listas para desatar una tormenta. Mientras escuchaba a Sullivan fanfarronear, una sonrisa torcida cruzó su rostro. "Este gordo habla mucho", murmuró en español, y el barman, un tipo con un parche en el ojo y un acento imposible de ubicar, asintió como si supiera que la noche estaba a punto de ponerse interesante.

El Cuerno Roto no era solo un bar; era un campo de batalla esperando una excusa. Las mesas de madera estaban astilladas por peleas pasadas, las sillas cojeaban como borrachos veteranos, y las botellas detrás de la barra eran tanto bebidas como proyectiles en potencia. Había un billar en una esquina, con tacos rotos y bolas desparejadas, y un candelabro tambaleante que colgaba del techo, sostenido por pura terquedad. Los parroquianos eran una galería de personajes sacados de un sueño febril: un pirata con un loro que insultaba en latín, una mujer con un monóculo que apostaba en peleas interdimensionales, un vaquero que juraba haber inventado el revólver, y un tipo en una esquina que escribía poesía en una servilleta mientras murmuraba sobre "la entropía del puño". Todos sabían que, en El Cuerno Roto, las peleas no se planeaban; simplemente ocurrían.

La chispa llegó, como siempre, por una tontería. Sullivan, en un arranque de entusiasmo, golpeó la barra con el puño, haciendo saltar vasos y derramando el trago de Franco. El argentino se puso de pie, lento, como un lobo que acaba de oler sangre. "Gordo, cuidá dónde ponés las manos", dijo, su acento porteño cortando el aire como un filo. Sullivan, girando con la gracia de un oso borracho, lo miró de arriba abajo y soltó una carcajada que hizo temblar el candelabro. "Chico, te voy a mandar al suelo antes de que termines de lloriquear". El bar se quedó en silencio, salvo por el loro, que graznó: “Stultus pugnat!” (¡El tonto pelea!). Los parroquianos, oliendo sangre, empezaron a formar un círculo irregular, empujando mesas y sillas. El barman, con la resignación de quien ha visto esto mil veces, escondió las botellas más caras y murmuró: "Otra noche, otro desastre".

Franco, con una calma que escondía una tormenta, se quitó la camiseta, dejando al descubierto un torso lleno de cicatrices que contaban historias de peleas en callejones y rings sin reglas. Sullivan, desabrochándose la camisa, reveló un pecho como un barril de roble, listo para absorber cualquier castigo. Los dos se miraron, y el aire crepitó con la promesa de caos. El vaquero apostó cinco dólares al gordo; la mujer del monóculo puso diez al flaco. El poeta garabateó: “El puño canta, el tiempo tiembla”. Y así, en un bar donde el tiempo no tenía modales, comenzó la pelea que haría historia… o al menos, rompería unas cuantas mesas.

El círculo de parroquianos se cerró como una trampa, dejando a Sullivan y Tenaglia en un espacio improvisado que olía a cerveza derramada y malas decisiones. El candelabro oscilaba, proyectando sombras que bailaban como espectros burlones. Franco, ligero como una sombra, adoptó una postura moderna: guardia alta, rodillas flexionadas, listo para moverse como un relámpago. Sullivan, en cambio, se agachó en su clásico crouch and rush, sus puños como martillos listos para demoler. El barman, ahora árbitro improvisado, levantó una mano y gritó: "¡Nada de morder, nada de magia, y por amor a lo que sea que crean, no rompan el alce!". Nadie le hizo caso.

Franco atacó primero, rápido como un latigazo. Lanzó una combinación de jab-cross-hook, sus puños cortando el aire con la precisión de un cirujano callejero. El jab rozó la mejilla de Sullivan, el cross le dio en el mentón, y el gancho aterrizó en su costilla izquierda con un crac que hizo estremecer a la mujer del monóculo. Sullivan, imperturbable, sacudió la cabeza como si espantara una mosca. "¡Eso es todo, pequeño?", rugió, y cargó como un tren de carga. Su derechazo, un proyectil de carne y hueso, buscó la cabeza de Franco, pero el argentino lo esquivó por milímetros, sintiendo el viento del golpe como una bofetada. La multitud rugió, y el loro graznó: “Mors imminet!” (¡La muerte acecha!).

Franco, usando su experiencia en MMA, danzó alrededor de Sullivan, lanzando golpes cortos al cuerpo para desgastarlo. Un gancho al hígado hizo que Sullivan gruñera, pero el gigante respondió con un uppercut que parecía capaz de derribar una montaña. Franco lo bloqueó con los antebrazos, pero el impacto lo empujó contra una mesa, que se partió en dos con un gemido de madera torturada. El vaquero, sentado en esa mesa, cayó de culo con su cerveza en la mano, gritando: "¡Maldita sea, mi apuesta!". Daño colateral número uno.

Sullivan no dio tregua. Avanzó, sus botas resonando como tambores de guerra, y lanzó una ráfaga de golpes: izquierda, derecha, izquierda otra vez. Franco, ágil como un gato callejero, esquivó la mayoría, pero un gancho de derecha le rozó la sien, haciéndolo tambalear. Aprovechando el momento, Sullivan lo agarró por la cintura, un movimiento permitido en las London Prize Ring Rules, y lo levantó como si fuera un saco de papas. La multitud jadeó cuando Sullivan lo arrojó contra la barra, donde botellas y vasos estallaron en una sinfonía de vidrio roto. El barman, esquivando una botella voladora, gritó: "¡Eso sale de sus bolsillos, idiotas!". El pirata, alcanzado por un fragmento de vidrio, maldijo en tres idiomas mientras su loro chillaba: “Fugite, mortales!” (¡Huyan, mortales!). Daño colateral número dos.

Franco, tirado entre astillas y licor pegajoso, no se rindió. Con un movimiento de jiu-jitsu, rodó hacia un lado, se puso de pie y conectó un rodillazo al muslo de Sullivan, que gruñó y retrocedió por primera vez. La mujer del monóculo aplaudió, murmurando: "Diez dólares bien puestos". Franco, ahora en su elemento, agarró un taco de billar roto de una mesa cercana y lo blandió como una lanza, pero Sullivan, con una risa que hizo temblar el candelabro, lo partió con un manotazo. "¡Trae juguetes, chico? ¡Yo soy el juguete!", rugió, y lanzó un derechazo que Franco esquivó, aunque el puño destrozó un cartel de "No Fumar" en la pared. El poeta, sentado cerca, se cubrió la cabeza mientras garabateaba: “El caos es un verso sin rima”. Daño colateral número tres.

El bar era un campo de guerra. Mesas volcadas, sillas destrozadas, y el candelabro ahora colgaba de un solo tornillo, balanceándose como un péndulo borracho. Franco, usando el entorno, se deslizó detrás de una mesa volcada y lanzó una botella de whisky vacía, que Sullivan bloqueó con el antebrazo, gruñendo: "¡Eso no es pelear, es cobardía!". Pero Franco ya estaba en movimiento, saltando sobre la barra y conectando un gancho al mentón de Sullivan que lo hizo retroceder hasta el billar. Las bolas rodaron en todas direcciones, y el vaquero, intentando recuperar su apuesta, tropezó con una y cayó sobre el pirata, iniciando una pelea secundaria. Daño colateral número cuatro.

Sullivan, con sangre goteando de un corte en la ceja, sonrió como si disfrutara el castigo. "Buen baile, pequeño", dijo, y cargó con un uppercut que Franco esquivó por un pelo. El golpe dio en el candelabro, que finalmente cedió y cayó con un estruendo, aplastando una mesa donde la mujer del monóculo estaba contando sus ganancias. Ella, ilesa pero furiosa, gritó: "¡Mi apuesta, malditos bárbaros!". Daño colateral número cinco. Franco, aprovechando la distracción, intentó un clinch, trabando los brazos de Sullivan para cansarlo. Pero el gigante, con la fuerza de un toro, lo levantó y lo estampó contra el billar, rompiendo la mesa en dos. Las bolas de billar volaron, una golpeó al poeta en la frente, y este cayó desmayado, su servilleta volando con las palabras: “El puño es la musa”. Daño colateral número seis.

La pelea estaba empatada, pero el bar no. El suelo estaba cubierto de vidrio, madera y esperanzas rotas. Franco, jadeando, se puso en guardia, sus ojos brillando con la furia de quien ha peleado en callejones peores. Sullivan, sangrando pero imperturbable, se agachó, listo para el próximo asalto. Entonces, un silbato cortó el aire. Alguien había llamado a la Guardia Temporal, los aguafiestas cósmicos que patrullaban El Cuerno Roto para evitar que las peleas rompieran el tejido del universo. Las sirenas resonaron, y el barman gritó: "¡Sáquenlo de aquí, o todos terminamos en el Vacío!".

Sullivan, con una carcajada, agarró a Franco por el cuello como si fueran viejos amigos y lo arrastró hacia la ventana trasera. "¡Esto no termina aquí, pequeño!", rugió, mientras Franco, forcejeando, le dio un codazo en las costillas. Juntos, atravesaron la ventana en una explosión de vidrio, aterrizando en el callejón trasero. El bar quedó atrás, un desastre de mesas rotas, parroquianos heridos y apuestas perdidas, mientras el loro graznaba: “Finis chaos!” (¡El caos termina!).

El callejón detrás de El Cuerno Roto era un lugar donde la luz se rendía y los sueños iban a morir. Las paredes de ladrillo, cubiertas de grafitis que cambiaban con las eras, parecían susurrar maldiciones. El suelo, una mezcla de barro, sangre seca y botellas rotas, crujía bajo las botas de Sullivan y los pies descalzos de Franco. El aire era frío, cortante, y las sirenas de la Guardia Temporal se acercaban, sus luces azules y rojas parpadeando como ojos furiosos en la distancia. Pero para los dos luchadores, el mundo se reducía a este espacio estrecho, donde el honor, la rabia y un par de puños decidirían el resto.

Sullivan, con el sombrero perdido en el bar y la camisa hecha jirones, se puso en guardia. Su rostro estaba magullado, un corte en la ceja goteaba sangre, y su respiración era pesada, pero sus ojos brillaban con la alegría de un hombre que vivía para esto. "¡Vamos, pequeño! ¡Mostrame qué tenés!", gruñó, levantando sus puños como si fueran los martillos de Thor. Su postura era la misma que había usado contra Kilrain: agachado, listo para cargar, sus 90 kilos de músculo tensos como un resorte.

Franco, con un ojo hinchado y la camiseta convertida en un recuerdo lejano, escupió sangre al suelo y alzó su guardia moderna: alta, compacta, lista para esquivar y contraatacar. Sus costillas dolían, probablemente magulladas por el viaje al billar, y un corte en la mejilla dejaba un rastro rojo. Pero su mirada era la de un lobo acorralado, la misma que había llevado a naves abandonadas y rings de BKFC. "No sos nada, gordo", siseó, su acento porteño afilado como un cuchillo. "Te voy a apagar como a una vela".

El callejón era un escenario perfecto para la segunda parte. A un lado, un contenedor oxidado rebalsaba de basura, con botellas y latas que podían ser armas improvisadas. Al otro, un montón de cajones de madera podrida ofrecía terreno inestable para maniobrar. Una tubería rota goteaba agua, creando un charco resbaladizo, y una escalera de incendios colgaba precariamente, invitando a quien tuviera el valor (o la estupidez) de trepar. En la distancia, los parroquianos del bar empezaban a asomarse, apostando desde las ventanas rotas, mientras el poeta, recién despierto, garabateaba: “El callejón es un poema de sangre”.

Sullivan dio un paso adelante, sus botas chapoteando en el charco. Franco retrocedió, sus pies descalzos buscando agarre en el suelo resbaladizo. Ninguno atacó aún; ambos sabían que el próximo golpe podía cambiarlo todo. Las sirenas estaban más cerca, pero la Guardia Temporal tendría que esperar. En este callejón, bajo un cielo que no pertenecía a ninguna época.

El callejón tras El Cuerno Roto era un escenario sacado de una pesadilla: paredes de ladrillo cubiertas de grafitis que cambiaban como sueños febriles, un contenedor oxidado vomitando basura, cajones podridos apilados como tumbas improvisadas, y un charco de agua turbia que reflejaba las luces parpadeantes de la Guardia Temporal. Las sirenas, cada vez más cercanas, prometían un final abrupto si la pelea no se resolvía pronto. Pero para John L. Sullivan, el "Boston Strong Boy", y Franco Tenaglia, el "Rey de la Calle", el mundo se reducía a este espacio sucio, donde los puños hablaban más alto que las leyes del tiempo.

Sullivan, con un corte en la ceja goteando sangre y el pecho como un barril jadeando, alzó sus puños en su postura de crouch and rush. Sus 90 kilos de músculo decimonónico vibraban de rabia, sus ojos brillando con la alegría de un hombre que vivía para el caos. "¡Vamos, pequeño! ¡Terminemos esto!", rugió, su voz retumbando como un cañón. Franco, con un ojo hinchado y las costillas magulladas, adoptó su guardia de MMA: alta, compacta, pies ligeros sobre el suelo resbaladizo. "Te voy a apagar, gordo", siseó, su acento porteño afilado como un cuchillo. Desde las ventanas rotas del bar, los parroquianos apostaban: el vaquero puso cinco dólares al gigante, la mujer del monóculo diez al flaco. El loro, posado en un cajón, graznó: “Pugna aeterna!” (¡Pelea eterna!).

Franco atacó primero, moviéndose como un relámpago. Lanzó una combinación moderna: jab, cross, gancho al hígado. El jab rozó la nariz de Sullivan, el cross le dio en la mandíbula, y el gancho aterrizó con un thud que hizo que el gigante gruñera. Pero Sullivan, forjado en maratones de 75 asaltos, apenas retrocedió. Sacudió la cabeza, escupió sangre y cargó como un toro. Su derechazo, un martillo de carne, buscó la cabeza de Franco, que lo esquivó agachándose, sintiendo el aire cortado por el golpe. La multitud en las ventanas rugió, y el poeta, garabateando en una servilleta empapada, escribió: “El puño es un verso sin fin”.

Franco, aprovechando su agilidad, danzó alrededor de Sullivan, lanzando golpes cortos al cuerpo. Un uppercut al estómago hizo que Sullivan jadeara, pero el "Boston Strong Boy" respondió con un gancho de izquierda que rozó la sien de Franco, enviándolo contra el contenedor. El metal resonó como un gong, y una botella vacía cayó, rodando hacia el charco. Franco, con la espalda contra el contenedor, bloqueó un segundo golpe de Sullivan, pero el impacto lo hizo resbalar en el suelo mojado. Sullivan, oliendo sangre, intentó un agarre al estilo prize fighting, buscando levantar a Franco y estrellarlo contra los cajones. Pero Franco, con instintos de MMA, giró las caderas y conectó un rodillazo al muslo de Sullivan, que gruñó y soltó el agarre.

El callejón vibraba con la intensidad. Franco, recuperando el equilibrio, lanzó una patada baja al tobillo de Sullivan, un movimiento impensable en las London Prize Ring Rules. Sullivan, desprevenido, tambaleó, y Franco aprovechó para conectar un gancho al mentón que hizo retroceder al gigante hasta los cajones. Uno se rompió bajo su peso, enviando astillas al aire. El vaquero gritó desde la ventana: "¡Eso es trampa, flaco!". Pero en el callejón, las reglas eran tan sólidas como el candelabro del bar. Sullivan, furioso, arrancó un trozo de madera del cajón roto y lo blandió como un garrote. "¡Juguetes otra vez, pequeño?", rugió, lanzando un golpe que Franco esquivó, rodando hacia la escalera de incendios.

Franco, ahora en su elemento, saltó al primer peldaño de la escalera, usando la altura para lanzar un puñetazo descendente. Sullivan lo bloqueó, pero el impacto lo hizo retroceder al charco, donde resbaló y cayó de rodillas. La multitud jadeó, y la mujer del monóculo aplaudió: "¡Diez dólares bien puestos!". Franco, sintiendo la ventaja, bajó de un salto y conectó una ráfaga de golpes: izquierda, derecha, izquierda al cuerpo. Pero Sullivan, con la resistencia de un roble, absorbió el castigo y, desde su posición arrodillada, lanzó un uppercut que rozó la barbilla de Franco, enviándolo de vuelta al contenedor. El metal crujió, y el loro graznó: “Finis appropinquat!” (¡El fin se acerca!).

Franco, aturdido por el uppercut, cayó al suelo, rodando para evitar a Sullivan, que ya se levantaba como un titán herido. El callejón, con su suelo resbaladizo y escombros, era un campo minado para el combate cuerpo a cuerpo. Sullivan, aprovechando su experiencia en el prize fighting, donde los agarres y derribos eran legales, cargó con la intención de aplastar a Franco contra el suelo. "¡Acá termina, pequeño!", gruñó, lanzándose como un oso.

Franco, con instintos de MMA, esquivó el tackle rodando hacia un lado y atrapó el brazo de Sullivan en un intento de armbar. Sus piernas se cerraron alrededor del codo del gigante, buscando hyperextenderlo. Sullivan, que nunca había visto una sumisión moderna, rugió de confusión pero no de dolor. Con pura fuerza bruta, levantó a Franco del suelo, aún enganchado a su brazo, y lo estampó contra los cajones. La madera se astilló, y Franco soltó la llave, jadeando. El poeta, desde la ventana, garabateó: “El suelo es un lienzo de furia”.

Sullivan, ahora en su elemento, intentó un derribo clásico del prize fighting: agarró a Franco por la cintura y lo levantó, buscando arrojarlo al charco. Pero Franco, con reflejos afilados, enganchó una pierna detrás de la rodilla de Sullivan y giró, enviando a ambos al suelo en un enredo de brazos y piernas. El charco los empapó, y el frío del agua hizo que Franco maldijera en español. Sullivan, encima, intentó aplastar a Franco con su peso, lanzando golpes cortos al cuerpo. Cada impacto era como un martillo, pero Franco, entrenado en jiu-jitsu, mantuvo la calma. Desde su espalda, bloqueó un puñetazo y giró, buscando una guillotina.

El cuello de Sullivan, grueso como un tronco, resistió la estrangulación. Con un rugido, se puso de rodillas, arrastrando a Franco consigo. El argentino, aferrado como una garrapata, apretó más fuerte, pero Sullivan, usando el escenario, se lanzó de lado contra el contenedor. El metal resonó, y el impacto aflojó la llave de Franco, que cayó al suelo, tosiendo. Sullivan, medio de pie, agarró una botella rota del contenedor y la levantó, pero Franco, con un movimiento desesperado, pateó un cajón suelto, que golpeó la espinilla de Sullivan. El gigante gruñó, dejó caer la botella y cayó de nuevo al suelo, dándole a Franco una oportunidad.

Franco, ahora en montura completa sobre Sullivan, lanzó una ráfaga de ground-and-pound: puños al rostro, codos al pecho. Sullivan, con sangre cubriendo su cara, bloqueó lo que pudo, pero su falta de experiencia en el suelo lo dejaba vulnerable. Sin embargo, el "Boston Strong Boy" no era de los que se rinden. Agarró un puñado de barro del charco y lo lanzó a los ojos de Franco, un truco sucio del prize fighting. Franco, cegado momentáneamente, retrocedió, y Sullivan, con un esfuerzo titánico, se puso de pie, usando la escalera de incendios para apoyarse. La estructura tembló, amenazando con colapsar.

Sullivan, tambaleante pero imponente, lanzó un gancho que Franco esquivó, pero el puño dio en la tubería rota, haciendo que un chorro de agua helada rociara el callejón. Franco, limpiándose el barro de los ojos, resbaló en el charco y cayó de rodillas. Sullivan, con una risa que sonó como un trueno, lo agarró por el cuello y lo levantó, listo para un derribo final. Pero Franco, con un último destello de genio, conectó un codazo al hígado de Sullivan, que lo soltó, jadeando. Ambos, exhaustos, se separaron, respirando como locomotoras averiadas.

Sullivan y Franco, a metros de distancia, sopesaron sus heridas bajo la luz parpadeante del callejón. Sullivan tenía la ceja rota, un ojo cerrado por la hinchazón, y las costillas magulladas por los codos de Franco. Su camisa era un trapo, y el agua del charco lo hacía parecer un náufrago enfurecido. Pero sus puños, aún alzados, temblaban de determinación. Franco, con la cara cubierta de sangre y barro, cojeaba por una torcedura en el tobillo. Sus costillas crujían con cada respiro, y el corte en la mejilla goteaba como una fuente rota. Sin embargo, sus ojos ardían con la furia de quien ha peleado en peores infiernos.

Las sirenas de la Guardia Temporal estaban a dos minutos, sus luces iluminando el callejón como un juicio final. Los parroquianos, asomados, gritaban apuestas: "¡Acaben ya, malditos!". El loro, posado en la escalera, graznó: “Mors vincit!” (¡La muerte vence!). Sullivan escupió sangre y gruñó: "No me voy sin tu cabeza, pequeño". Franco, sonriendo con dientes rojos, respondió: "Vení a buscarla, gordo". Ambos sabían que no podían detenerse. Esto no era solo una pelea; era una deuda con sus propias leyendas.

El callejón, con su contenedor, cajones y tubería rota, esperaba el acto final. Sullivan, apoyado en la escalera, planeaba un último derribo. Franco, cerca del contenedor, imaginaba un knockout con un puñetazo desesperado. La Guardia Temporal estaba cerca, pero el honor pesaba más. Con un rugido, ambos avanzaron, guardias alzadas, listos para terminarlo todo.

El callejón tras El Cuerno Roto era un campo de batalla destrozado, un poema de barro, sangre y acero oxidado. Las paredes de ladrillo, garabateadas con grafitis que cambiaban como recuerdos borrados, parecían contener el aliento. El contenedor rebalsaba de basura, los cajones astillados yacían como cadáveres de madera, y una tubería rota rociaba agua helada, convirtiendo el suelo en un lodazal traicionero. Las sirenas de la Guardia Temporal, ahora a un latido de distancia, iluminaban el callejón con destellos azules y rojos, como si el universo mismo estuviera furioso. Pero para John L. Sullivan, el "Boston Strong Boy", y Franco Tenaglia, el "Rey de la Calle", el mundo se reducía a este momento, a este espacio donde solo los puños podían escribir el final.

Sullivan, magullado y sangrante, se erguía como un coloso herido. Su ceja rota goteaba sangre, un ojo estaba cerrado por la hinchazón, y sus costillas crujían con cada respiro. Su camisa, un trapo empapado, colgaba en jirones, pero sus puños, alzados en su postura de crouch and rush, temblaban de pura voluntad. "¡Acá termina, pequeño!", rugió, su voz un trueno que desafiaba las sirenas. Franco, cojeando sobre un tobillo torcido, escupió sangre al charco. Su cara era un mapa de cortes, su ojo izquierdo apenas abierto, y sus costillas magulladas le arrancaban un gemido con cada movimiento. Pero su guardia de MMA, alta y compacta, seguía firme, sus ojos ardiendo con la furia de quien ha sobrevivido a naves abandonadas y rings sin piedad. "Vení, gordo, que te apago", siseó, su acento porteño cortando el aire como una navaja.

Desde las ventanas rotas del bar, los parroquianos gritaban apuestas finales. El vaquero, con un ojo morado de su propia pelea secundaria, puso diez dólares a Sullivan. La mujer del monóculo, ajustándose su lente, apostó veinte a Franco. El poeta, tambaleándose con su servilleta empapada, garabateó: “El final es un verso de sangre”. El loro, posado en la escalera de incendios, graznó: “Mors ultima!” (¡La muerte decide!). Las sirenas estaban a segundos, pero Sullivan y Franco avanzaron, sus botas y pies descalzos chapoteando en el barro, listos para el último acto.

Franco, sabiendo que el tiempo se agotaba, atacó con la desesperación de un lobo acorralado. Lanzó una combinación relampagueante: jab, cross, patada baja. El jab rozó la nariz de Sullivan, el cross le dio en la mejilla, y la patada acertó en la pantorrilla, haciendo que el gigante gruñera y tambaleara. Aprovechando el impulso, Franco saltó hacia la escalera de incendios, trepando un peldaño para ganar altura. Desde allí, lanzó un puñetazo descendente, buscando la sien de Sullivan. Pero el "Boston Strong Boy", con instintos forjados en 75 asaltos contra Kilrain, bloqueó el golpe con el antebrazo y agarró la pierna de Franco, un movimiento crudo del prize fighting. Con un rugido, tiró con fuerza, arrancando a Franco de la escalera. El argentino cayó al charco, el impacto resonando como un tambor roto.

Sullivan cargó, sus 90 kilos moviéndose como un tren de carga. Franco, rodando para ponerse de pie, intentó un clinch de MMA, trabando los brazos de Sullivan para neutralizar su potencia. Pero Sullivan, con la fuerza de un titán, lo levantó y lo estampó contra el contenedor. El metal crujió, y una lata vacía voló, golpeando al loro, que chilló: “Stultus!” (¡Tonto!). Franco, aturdido, conectó un codazo al hígado de Sullivan, que gruñó pero no soltó. En un movimiento desesperado, Franco intentó una guillotina, sus brazos cerrándose alrededor del cuello de Sullivan. El gigante, con un cuello como un tronco, resistió, y con un giro brutal, lanzó a Franco contra los cajones. La madera se partió, y Franco cayó entre astillas, jadeando.

Sullivan, sangrando pero imparable, vio su oportunidad. Agarró un trozo de tubería suelta que goteaba agua y lo blandió como un garrote, un truco sucio que habría enorgullecido a los matones de saloon del siglo XIX. Franco, poniéndose de rodillas, esquivó el primer golpe, que destrozó un cajón y envió astillas al aire. El poeta, alcanzado por una, cayó desmayado, su servilleta volando con las palabras: “El hierro canta”. Franco, con un destello de genialidad, lanzó un puñado de barro a los ojos de Sullivan, cegándolo momentáneamente. Aprovechando la distracción, se levantó y conectó un gancho al mentón de Sullivan, que retrocedió hasta la pared de ladrillo.

Pero Sullivan no era hombre de rendirse. Sacudió la cabeza, limpiándose el barro, y sonrió, una mueca que prometía destrucción. "Buen intento, pequeño", rugió, y cargó con un uppercut que parecía capaz de derribar una montaña. Franco, agotado, bloqueó con los antebrazos, pero el impacto lo levantó del suelo. Antes de que tocara el charco, Sullivan remató con un derechazo, un relámpago de carne que aterrizó en la mandíbula de Franco. El argentino giró, sus piernas cediendo, y cayó de cara al barro, inmóvil. El callejón quedó en silencio, salvo por las sirenas y el graznido del loro: “Victoria!”.

Sullivan, jadeando, se irguió, su pecho subiendo y bajando como un fuelle roto. La multitud en las ventanas estalló: el vaquero maldijo, la mujer del monóculo tiró su apuesta al suelo. Sullivan, con sangre goteando al charco, levantó un puño y rugió: "¡Puedo lamer a cualquier hombre en cualquier tiempo!". Pero las sirenas, ahora ensordecedoras, le recordaron que la Guardia Temporal no respetaba leyendas. Miró a Franco, aún tirado, y murmuró: "Buen baile, chico". Luego, se preparó para huir, pero el destino, siempre burlón en El Cuerno Roto, tenía otros planes.

Franco, con un gemido, abrió los ojos, su cara hundida en el barro. El dolor era una sinfonía: mandíbula palpitante, costillas rotas, tobillo torcido. Pero su espíritu, forjado en callejones de Europa del Este y rings de BKFC, se negaba a apagarse. Escupió sangre y se puso de rodillas, justo cuando las luces de la Guardia Temporal inundaron el callejón. Tres figuras en uniformes negros, con bastones que chispeaban energía, emergieron de la niebla. "¡John L. Sullivan! ¡Franco Tenaglia! ¡Ríndanse o serán borrados del tiempo!", gritó el líder, un tipo con gafas que parecía más burócrata que guerrero.

Sullivan, apoyado contra el contenedor, soltó una carcajada que hizo temblar la escalera de incendios. "¡Borrarme? ¡Primero tendrán que atraparme!", rugió, agarrando un trozo de cajón como arma. Franco, tambaleándose de pie, lo miró. Sus ojos se encontraron, y en ese instante, la rivalidad cedió ante un entendimiento tácito. Habían peleado como titanes, pero ahora enfrentaban un enemigo común. "Gordo, si me ayudás a salir, te doy la revancha", siseó Franco, limpiándose la sangre de la mejilla. Sullivan, con una sonrisa torcida, asintió. "Trato hecho, pequeño. Pero la próxima, te duermo otra vez".

La Guardia Temporal avanzó, sus bastones zumbando. Sullivan cargó como un rinoceronte, blandiendo el trozo de cajón. Golpeó al líder en el pecho, enviándolo contra la pared. Franco, cojeando pero ágil, esquivó un bastón y conectó un gancho al segundo guardia, que cayó al charco. El tercero, más listo, apuntó su bastón a Sullivan, disparando un rayo de energía. Sullivan lo bloqueó con el contenedor, que se abolló con un estruendo. Franco, usando el caos, trepó la escalera de incendios y saltó, cayendo sobre el tercer guardia con un codazo que lo dejó inconsciente. El loro, encantado, graznó: “Pax improbabilis!” (¡Paz improbable!).

Con los guardias fuera, Sullivan y Franco, jadeando, se miraron. El callejón estaba destrozado, los parroquianos aplaudían desde las ventanas, y el poeta, despierto, escribió: “La alianza es un puño compartido”. Las sirenas de refuerzos resonaban, y ambos sabían que no podían quedarse. Sullivan señaló un túnel oscuro al final del callejón. "Por ahí, pequeño. Nos vemos en otro tiempo". Franco, con una sonrisa sangrienta, asintió. "Prepárate, gordo. La próxima te noqueo".

Corrieron, Sullivan cojeando por sus costillas, Franco por su tobillo. El túnel los tragó, y el callejón quedó atrás, un testimonio de su guerra. En El Cuerno Roto, las apuestas se pagaron, el barman maldijo el desastre, y el loro graznó: “Redux pugna!” (¡La pelea regresa!). Sullivan y Tenaglia, ahora aliados improbables, desaparecieron en el tiempo, pero su promesa resonaba: la revancha vendría, y el universo temblaría de nuevo.


Fin.

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