Bacanería.
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Cuando sin duda alguna aquel mismo año de 1605 y en el reino de Nápoles Gerónimo de Passamonte leyó el Quijote que acababa de publicar su antiguo compañero de milicia Miguel de Cervantes, su sorpresa, su disgusto y su indignación debieron de ser enormes. En las pági-nas de aquel libro figuraba él como un malhechor carga-do con numerosos delitos y, para mayor escarnio, se ha-cía clarísima mención a su autobiografía. Y no se trataba de un vago modelo vivo», más o menos disimulado, sino que aparecía ante los lectores con su mismo apelli-do-nada corriente ni vulgar, por cierto y con la mis-ma inicial de su nombre de pila, que hacía la identificación fácil para todo aquel que lo conociera, y ello le sumía en un bochornoso ridículo.
Y para mayor desgracia el soldado aragonés quedaba imposibilitado de publicar su Vida, que en enero de 1605 ya tenía autorizada por el Santo Oficio, dedicada a sus ilustres protectores y pronta para que un editor audaz la imprimiera; pues, aunque le hubiese puesto un título distinto,
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más general y menos preciso, los nume rosos conocedores del Quijote se darían cuenta de que la figura y la autobiografía de Gerónimo de Passamonte habían sido ridiculizadas por Cervantes con la ficticia Vida de Ginés de Passamonte, que el galeote había es-crito «por estos pulgares>> (Schevill, 11, pag. 308), frase adverbial que expresa que uno ha hecho alguna cosa sin la ayuda de nadie y que en el Ouijote apócrito aparece en boca de Sancho, que dice que aspira «venir a ser por mis pulgares>> caballero andante (11, 177, 9).
Páginas atrás he recogido que recientes indagaciones psicológicas sobre Gerónimo de Passamonte conducen a concluir que era un hombre amargado, que padecía manía persecutoria y que tenía un temperamento venga tivo. Esto último lo confiesa él mismo en su autobiogra-fía cuando, harto de las dilaciones administrativas que obstaculizaban sus pretensiones, dice: «Este aborreci-miento me tenía tan desesperado, que si yo tuviera vista para poderme salvar, hubiera tomado cruel vengança de tanta ingratitud» (págs. 378-379); y poco después escribe a su primo Márquez <<que si pensava que yo avía de morir de disgustos, que yo era hombre de dallos a quien me los dava» (pág. 380). A un hombre así, Cervantes lo había ofendido gravemente e incluso lo había calumnia-do al convertir su triste y hasta en cierto modo honora-ble condición de prisionero de guerra, obligado a remar en galeras turcas, en un malhechor castigado te en pago de sus delitos a ser galeote.
Hasta aquí todo se puede dar como seguro o como bien argumentado. Ahora he de pasar de lo seguro a lo hipotético al exponer y razonar la posibilidad de que Gerónimo de Passamonte sea quien se enmascaró con el pseudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda para
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firmar la continuación o segundo tomo de Don Quijote de la Mancha.
Más de dos siglos hace (desde el P. Murillo en 1752 y Pe-llicer en 1797) que la mayoría de los que con más sensa-tez han estudiado el Quijote apócrifo han llegado conclusión de que su autor era aragonés, un eclesiástico a la y más concretamente un dominico. Menéndez y Pelayo, que creía que el pseudo Avellaneda era aragonés, con ra-zón argumentó que los sentimientos de fervor religioso y de simpatía por la orden de Santo Domingo y la devo-ción del rosario que se manifiestan en el Quijote apócri-fo no obligan necesariamente a concluir que su autor fuera un dominico, pues son sentimientos que se pue-den dar en cualquier español piadoso del siglo XVII.2 Pero esta creencia ha persistido. Stephen Gilman, en un artículo publicado en 1946, tras replantearse de un modo serio y sensato este viejo problema, llega a unas prudentes conclusiones, entre ellas que «His particular references to Aragon, ... the local knowledge and pride which we have seen him exhibit, make his Aragonese birth almost a certainty. Thus each type of evidence is complementary to the other. Our belief that he was a Dominican is based on much the same process of reaso-ning, in that his preference for the Dominican order complements his abundant betrayals of ecclesiastical status>>.
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Y Gilman repetía en 1951: «Yo mismo, antes de preparar el presente libro, publiqué un artículo en que defendía la opinión nada original de que Avellaneda fue un dominico de Aragón.
Ya precisando más, recientemente, en 1983, L. Osterc ha señalado los que llama «modestos resultados>> a que habra llegado la crítica en su labor de averiguar quién pudo ser el autor del Quijote apócrifo, que resume y enumera así:
1) Avellaneda no pertenecía a los literatos de alto ran-go, pero sí gozaba del apoyo de personas muy influyen-tes en el mundo oficial.
2) Era, si no amigo íntimo, a buen seguro un gran ad-mirador de Lope de Vega.
3) Si bien quizá no pertenecía a la Orden de Santo Do-mingo, era muy instruido en teología y profesaba gran de-voción por el rosario, devoción propia de los dominicos.
4) Conocía tan bien Zaragoza y una amplia zona de Aragón, y en su lenguaje hay tan claras singularidades lingüísticas aragonesas, que sin duda alguna fue un aragonés, como lo afirmó Cervantes.
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Como se argumentará más adelante, pese a ilustres crí-ticos que han sostenido lo contrario, Miguel de Cervan-tes sabía muy bien quién era el autor del Quijote apócrifo publicado en 1614 con pie de imprenta de Tarragona. Si bien se abstuvo de revelar su personalidad, dejó bien claro que Alonso Fernández de Avellaneda, natural de Tordesillas, era una filiación falsa que ocultaba a un ara-gonés. Escribe Cervantes en el prólogo de su segunda parte del Ouijote que su suplantador <<<<no ossa parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como si huviera hecho alguna tray-ción de lesa magestad» (Schevill, 111, pág. 28). Y en el ca-pítulo LIX uno de los cargos que se hacen al Quijote de Avellaneda es que «el lenguage es aragonés, porque tal vez [algunas veces escrive sin artículos>> (Schevill, IV, pág. 249), afirmación que más adelante será comentada; en el capítulo LXI don Quijote, ante su popularidad en Barcelona, dice a Sancho: «yo apostaré que han leýdo nuestra historia, y aun la del aragonés recién impressa>>> (Schevill, Iv, pág. 276); y en el capítulo LXX, en el sueño de Altisidora, un diablo da un papirotazo a un libro que resulta ser «la Segunda parte de la historia de don Quixo-te de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su pri-mer autor, sino por un aragonés, que él dize ser natural de Tordesillas>> (Schevill, iv, pág. 366). Los críticos que han defendido que Avellaneda debía identificarse con un personaje no aragonés han pre-tendido, con endebles argumentos, anular tan claras y contundentes afirmaciones de Cervantes; y los que han propuesto candidatos catalanes o valencianos han recurrido.
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a la argucia de interpretar «aragonés>> en el senti-do de natural de la antigua Corona de Aragón (Aragón estricto, Cataluña y el Rosellón, Mallorca y Valencia). sin tener en cuenta que Cervantes siempre aplica este gentilicio a los naturales del reino privativo de Aragón (las actuales provincias de Zaragoza, Huesca y Teruel).
Si se me permite una arriesgada lucubración, podría conjeturarse que Cervantes tuvo un empeño especialí-simo en que sus lectores y admiradores no supieran quién era el que fraudulentamente había continuado su Quijote y lo había insultado en el prólogo, pues era has ta cierto punto humillante para él, escritor ahora de tan-to prestigio, revelar que su enemigo era un personaje tan singular y atrabiliario como Gerónimo de Passamonte, en unos tiempos en que grandes figuras literarias (Lope, Góngora, Quevedo, etc.) sostenían agrias polémicas. En cambio, al manifestar Cervantes que su competidor ha bía echado mano de un pseudónimo (Alonso Fernández de Avellaneda) y que era aragonés, revelaba a Gerónimo de Passamonte que lo había desenmascarado.
Cinesillo (сар. a que eche mal al cuello para que p los demás galeotees Jespués dirá a don Qu Micomicona, Ginesillo 1. 101, 19). Adviertase Pissamonte no es tratac tor, como hizo Cervant edición de delincuente , ya que como de - erosos textos, «buer Jesu voluntad y por su ecomo el galeote te cer purga sus delitos.
Volviendo a terreno seguro, las dos afirmaciones de Cervantes (Avellaneda es un pseudónimo que esconde a un aragonés) concuerdan con Gerónimo de Passamon-reniegow (pag te. Éste no podía en modo alguno firmar el Quijote apó-crifo con su nombre porque los numerosos conocedores una futura te de la primera parte cervantina lo hubieran relacionado inmediatamente con el galeote y malhechor Ginés de Passamonte. Y para disimular más esta para él tan anti-pática y odiosa relación, Avellaneda menciona cuatro veces, en la novela, al galeote. Sancho se refiere a <<mi buen rucio, que me hurtó Ginesillo, el buena boya>>> (cap. 1; 1, 23, 8); más adelante don Quijote le habla de comprarle un asno, <mucho mejor que el otro que te hurtó>.
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Ginesillo» (сар. 11; 1, 63, 6); Sancho incita a un <<gigante>> a que eche mano de «alguna gruessa cadena, póntela al cuello para que parezcas a Ginesillo de Passa-monte y a los demás galeotes» (cap. XIV; II, 33, 27); у tapi tiempo después dirá a don Quijote que lo conocen <<la reyna Micomicona, Ginesillo de Passamonte ...» (сар. podi XXIX, III, 101, 19). Adviértase que en estas alusiones Gi-peciali nes de Passamonte no es tratado como un bellaco ni un pieran malhechor, como hizo Cervantes, y que incluso se palía su condición de delincuente al llamarle «Ginesillo el ra Das buena boya», ya que como define Covarrubias y acredi-tin numerosos textos, «buena boya es el que está al remo de su voluntad y por su sueldo», cosa muy distin-ta de ser, como el galeote cervantino, un remero «forza-do>> que purga sus delitos.
Sabemos que Gerónimo de Passamonte era aragonés, como acredita su fe de bautismo y es tan evidente en su autobiografía, en la que proclama, al referirse a su tozu-dez: «Él me dixo que no fuesse, que no podría passar el tio, y yo quise ser aragonés y fui hasta el río» (pág. 368); Jy si yo a pura mi costa no lo hubiera experimentado, como buena cabeca de aragonés, no lo creyera como no lo creo y lo reniego» (pág. 440).
Cervantes, al cerrar la primera parte del Quijote, ha-bía anunciado una futura tercera salida del hidalgo man-Mancha que don Quixote, la tercera vez que salió de su chego, pues <«la fama ha guardado en las memorias de la casa, fue a Çaragoça, donde se halló en unas famosas
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justas que en aquella ciudad hizieron, y allí le passaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento» (1, cap. LII; Schevill, 11, pág. 401). Ello brindaba al fraudulento continuador la magnífica oportunidad de llevar al pro tagonista y a su escudero a las tierras y a la ciudad espa-ñolas que mejor conocía. Fiel a esta indicación cervanti. na, en Zaragoza transcurren los hechos que se narran desde el capítulo vi11 hasta el x111 del Quijote apócrifo, en los que la capital aragonesa está muy bien descrita y con referencias locales precisas. Don Quijote se aproxi-ma al recinto de Zaragoza por la Aljafería (1, 158, 14), cosa natural viniendo de Castilla, y entra en la ciudad por la puerta del Portillo (1, 166, 2), inmediata a la Alja-fería. Avanzan por una calle y sucede la aventura del azotado, que acaba con don Quijote en la cárcel. Cuan-do éste dice que se encuentra en un «inespugnable cas-tillo» donde imagina que don Álvaro Tarfe <<á muerto los dos fieros gigantes que a la puerta están, levantados los braços, con dos maças de fino azero, para estorvar la entrada a los que, a pesar suyo, quisieren entrar dentro>>> (1, 178, 5), a todo conocedor de Zaragoza no le cabe la menor duda de que se está inspirando en el magnífico palacio de los Luna, hoy Audiencia, al principio del Coso, cuya amplia entrada está flanqueada por dos esta-tuas de atlantes barbudos, con las manos en alto, con las que agarran sendas mazas, y que, situados a un metro del suelo, dan la impresión de que van a descargarlas so-bre el que intente franquear la puerta. Lo que más ad-míra Sancho de Zaragoza es el número de sus torres (1, 162, 2); y ya es sabido que las torres mudéjares son una característica de la capital aragonesa: la Nueva, derriba-da, las de San Pablo, la Magdalena, San Miguel, San Gil, la vieja de la Seo, etc. Avellaneda destaca la principalidad.
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dad de la famosa calle del Coso» (1, 186, 8), en donde, profusamente adornada, se celebra la competición caba-lleresca de la sortija (cap. x1), para lo cual se han mon-tado dos arcos triunfales: <<«el primero de la primera en-trada, como venimos de la plaça» (1, 200, 4), sin duda la de San Francisco, hoy plaza de España; y parece ofrecer una opinión personal cuando se refiere a «dos donzellas afevtadas, de las que se usan en Çaragoça» (1, 216,4). Cervantes no da tantos detalles topográficos de Barcelo-nu, en su segunda parte del Quijote, como Avellaneda de Zaragoza.
Uno de los pasajes que más parecen revelar que el au-tor del Quijote apócrifo estaba familiarizado con las cos-umbres y fiestas zaragozanas es aquel en que se refiere a los gigantes que sacan en Çaragoça el día del Corpus, en la processión, que son de más de tres varas en alto; y con serlo tanto, con cierta invención los trae un hombre solo sobre los ombros» (1, 232, 12-16). Estos gigantes desfilan desde tiempo inmemorial en festividades religiosas, muy principalmente en la del Corpus, no sólo en Zaragoza sino también en Calatayud y en Tarazona, y en las tres lo-calidades pudo verlos Gerónimo de Passamonte.
Cuando en la continuación apócrifa don Quijote aceр-ta el reto del gigante Bramidán de Tajayunque, lo invita a luchar en <<la ancha plaça que en esta ciudad llaman del Pilar, por estar en ella el sacro templo y dichoso sanc-tuario que es felicíssimo depósito del pilar divino, sobre quien la Virgen benditíssima habló y consoló en vida a su sobrino y gran patrón de nuestra España, el apóstol Sanctiago» (1, 239, 12).
Aunque cualquier español piadoso pudiera haber es-crito estas líneas, su entusiasmo parece denotar que se deben a persona que siente de veras la tradición aragonesa.
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nesa. Y también la sentía Gerónimo de Passamonte, de quien sabemos, por su autobiografía, que residió varias veces en Zaragoza; y que manifiesta que en su juventud <<<me fui en Caragoça, donde estava mi hermano... y yo, hun día, oyendo missa en Nuestra Señora del Pilar, me voté en su capilla que, aunque a my hermano pesasse y a todo mi linage, me avía de poner frayle en un monas terio de bernardos que se llama Veruella» (pág. 319).
El estudio del itinerario del don Quijote de Avella-neda, detalladamente realizado por José Terrero, propor-ciona algunas conclusiones que ahora nos interesan. Des-taca, en primer lugar, el hecho de que Avellaneda parece no conocer Argamasilla de Alba, o de la Mancha, lugar que da decididamente como patria de don Quijote, y que mientras don Quijote y Sancho viajan por la Mancha no hay ni la menor indicación topográfica ni paisajística, an-tes bien lo hace con rapidez y sin entretenerse en detalles ni interrumpir el caminar con aventuras. En siete jorna-das van de Argamasilla a Ariza, la primera villa aragone-sa viniendo desde poniente, y como sea que Avellaneda afirma que en un día caminaban más de cuatro o cinco le-guas y entre las dos localidades, en línea recta, hay sesen-ta, débese concluir que el novelista no conoce este itine-rario. En cambio, el que va de Ariza a Zaragoza está perfectamente calculado y descrito, con la estancia en Ateca y el sesteo con los canónigos de Calatayud.
El itinerario español de Gerónimo de Passamonte en-caja en la zona que denota conocer mejor el autor del Qui-jote apócrifo como se ve en el mapa.
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De joven reside en Calatayud, Soria y Zaragoza, y en 1571 se enrola en la milicia y lleva su larga y accidentada vida de soldado y de cautivo. Ya en libertad, de 1593 a 1595, desembarca en Blanes y va a su tierra por Bar-celona, Montserrat y Lérida, y recorre, con estancias más o menos largas, Zaragoza, Maluenda, el monasterio de Tulebras (a dos leguas de Tarazona) y va a pie hasta Madrid. Vuelve luego a Tarazona, y hace un accidentado viaje por Alcalá de Moncayo, Talamantes, Barranco del Moro, Ambel y Calatayud; va al monasterio de Piedra y de nuevo a Calatayud, desde donde emprende otro viaje a Madrid. Regresa a Calatayud y finalmente en Barcelo-na se embarca para Italia, donde transcurre el resto de su existencia, por lo menos hasta 1605. Gerónimo de Pas-samonte, pues, conocía muy bien las tierras aragonesas que más familiares son al pseudo Avellaneda, principal-mente Calatayud y sus cercanías. Nacido en Ibdes, loca-lidad que hasta hace poco perteneció al partido judicial de Ateca, es bien natural que, si es el autor del Quijote apócrifo, llene el capítulo vi de la novela con la aventu-ra del hidalgo manchego en el melonar de Ateca, destro-zado por las patas de Rocinante (1, págs. 119-132), me-lonar que bien debió de conocer de niño y que tal vez recordaba cuando, narrando en su Vida las represalias de los turcos de Bizerta, dice que despedazaron a dieciocho o veinte cristianos <<como quien corta melones al melo-nar» (pág. 329). Y en sus viajes de Zaragoza a Madrid Ge-rónimo de Passamonte se detuvo cuatro veces en Alcalá de Henares, ciudad universitaria en la que el Quijote apó-crifo sitúa unos episodios.
Fin.

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