Creepypasta: Ángel Juez - Remake 2025.
5:00 pm, Toledo, Ohio.
Rafael Clark está sentado en una silla de plástico modelos de la sala de espera del ProMedica Toledo Hospital, tras nueve meses de espera, su mujer por fin tendrá a su hija. Lleva un traje Armani gris oscuro, impecable, con zapatos Ferragamo que brillan bajo las luces fluorescentes, y un reloj Patek Philippe falso que compró en un viaje a Nueva York porque el verdadero era demasiado para su sueldo de juez, aunque nadie lo sabe. Es un poco tarde para él a decir verdad, con treinta y seis años (doce más que su esposa), nunca antes había tenido la paciencia para plantearse el concebir un heredero, pero el testamento, las propiedades, el legado legal, todo eso lo obligó a meterse en este lío. No podía quedar por detrás de su hermano, dos años más joven y ya con alguien que respalde su fortuna en caso de que fallezca.
La sala privada es lo mejor que el dinero puede comprar en este pueblo industrial: paredes beige, una máquina de espresso en la esquina, revistas de Forbes y Vogue apiladas en un mueble de Ikea, etc. Mira el reloj otra vez, se ajusta los gemelos y piensa. “¿Cuánto más va a tardar esa maldita niña en salir? Ya está empezando mal, haciéndome esperar como si fuera un don nadie”. Suspira, imagina un trago de Macallan 18 que no tiene a mano, y se conforma con abrir el periódico Toledo Blade con titulares del día a día que deberían ser importantes: "8 de enero de 2007, Rusia y Bielorrusia se pelean por el gas, bla, bla, bla".
Sin previo aviso, las puertas de la sala de parto se abren, una enfermera de veintipocos a la que no pagan lo suficiente se acerca apretando las manos y con un rostro que solo deja ver el impacto en sus ojos, porque el resto de su cuerpo está tapado por una mascarilla y la típica ropa verde de enfermero. — Mmm, ¿Señor Clark?.
— ¿Si? — El señor Clark dobla el periódico y traban miradas.
— Su hija ha nacido sana y salva, pero...
— ¿Pero? — El señor Clark alzó una ceja agresivamente, y la enfermera solo le hizo una seña, algo que venía a decir; "pase y véalo por usted mismo".
El señor Clark camina dentro de la sala azotando la puerta con violencia, el chirrido resonando en el pasillo estéril. La sala apesta a sangre y antisépticos. El zumbido de las luces es tapado por el murmullo de los doctores apiñados en una esquina y los llantos ya calmados de su hija en los brazos de su madre tumbada en la camilla de parto. Él se aproximó más a su mujer e hija, la primera dedicándole una sonrisa débil, la segunda recostada en el pecho de su madre, tenía los ojos cerrados y estaba bien acurrucada. Era una criatura diminuta, pesaría poco más de 3 kilos, y tenía escasos mechones amarillos, herencia de su abuela materna seguramente, esa vieja insoportable de Sandusky. El señor Clark frunció el ceño, ¿Esto era lo especial de su hija? ¿Qué un gen recesivo se había saltado una generación? Miró a los doctores con la misma cara, el que parecía el hombre más capaz fue quien se acercó.
— ¿Qué se supone que ha puesto a esa enfermera tan en pánico? — Pregunta el señor Clark.
El doctor miró sobre el hombro al señor Clark, después suspiró profundamente. — Vuelva a mirar a los ojos de su hija — sugirió el doctor, un tono pesado en la voz, como si supiera que le iba a tocar lidiar con un problema que no quería.
El señor Clark miró con desdén a esa niña a la que iba a tener que llamar hija el resto de su vida, y la niña pareció sentirlo porque abrió sus ojitos para mirarlo de vuelta. El señor Clark si que abrió los ojos por la sorpresa, su hija tenía dos pozos tan negros como el espacio con pequeñas chispas blancas que parecían galaxias. Si no hubiera sido porque tenía que guardar las formas, se hubiera girado, hubiera señalado a su mujer con el dedo y hubiera dicho: "so puta, esa niña no es mía".
***
A esto le siguieron dos semanas jodidas, papeleo con Taylor, su abogado, y test de A D N para verificar que la pequeña era suya. Un doctor tuvo que explicárselo a él personalmente con calma, resultados en una hoja con membrete del hospital: compatibilidad del 99,9%, la hija era suya. Ella sufría de una deformidad biológica llamada "aniridia", era un caso singular y extremo, donde todo el ojo había sido cubierto de negro, curiosamente, esto hacia que su visión fuera ligeramente superior a la media, viendo todo en ángulos de 200 grados en horizontal y 180 grados en vertical, y quizás una capacidad inédita para ver mejor en espacios oscuros. Los pequeños destellos blancos de sus ojos eran partes de la esclerótica que no había sido "tapada". Desgraciadamente, el señor Clark solo escuchaba; "deforme, ojos negros, imán de periodistas".
— Es un fenómeno incurable, ¿Esa es la conclusión? — Le pregunta finalmente al doctor, causando la risa de Taylor que apestaba a wiski de 20 dólares.
— Su hija es un milagro biológico, señor Clark — le responde el doctor.
— Milagro y lo que quieras, esa niña no sale de mi casa para que todo el mundo hable al verla — se ajusta los gemelos de plata, metal contra metal, mientras en un movimiento violento se pone en pie y abandona la sala.
***
Pasan los días y Anael Clark, ama a esa niña como la amó desde el primer momento. La mece en sus brazos, su cuerpo de madre primeriza apoyado en un sofá italiano de terciopelo verde. Le dice — eres mi ángel. — Y no le importa lo que su marido o los trabajadores amargados de la casa, piensen al verla con el pelo sudado y revuelto, peinando los ya crecidos mechones rebeldes de su hija, y recordando aquellas tardes antes de este horrible matrimonio, donde la vida era sencilla y su madre le peinaba el cabello con agua caliente mientras veían el atardecer. Ella también tenía un pelo rebelde, de gran extensión y que se abría fácilmente en las puntas, y no le importó tenerlo así un largo tiempo, porque su única preocupación era su hija, que desde su bautizo, se llamó Dina Ángela Clark.
Rafael Clark la repudiaba, a ella y a su hija a partes iguales. Resoplaba cada que escuchaba a su mujer hablando de milagros y piensa; "ser un ángel no paga las cuentas". Aún así, el señor Clark miraba por las ventanas hacia las orillas del Río Maumee con sus ojos grises, pensando que podía sacarle partido a esto, la niña podría ser útil, una mano derecha para las cuentas legales y las otras, las que no se declaran en impuestos. No un notario, no un socio, sino alguien de su sangre que no pueda traicionarlo.
Dina crece en una mansión al borde del Maumee, una jaula de vidrio fino traído de Wisconsin y acero reforzado de la industria de Míchigan. Siempre rodeada por esas verjas negras que parecen sacadas de un cuadro barroco, con sus flores cargadas y sus lanzas torcidas en la parte superior. Dentro las paredes son blancas, los muebles importados de Italia son apreciados por nadie, todo apesta a ambientador de pino y al agua del rio más cercano. La señora Clark pasa tardes y noches enteras cuidándola, pendiente de los pañales, las comidas, la cuna, lo que se lleva a la boca, todo. Le peina el pelo cantando canciones de iglesia y tiene que usar el doble de maquillaje, porque su marido a veces murmura "esa niña se está comiendo la poca belleza que tenías". El señor Clark apenas la mira, alejándose de la cuna como si le ofreciera donar a un asociación. Pero insiste en que Dina use gafas Ray-Ban desde los 4 años, 64 dólares ajustados a su cara de niña, oscuras como el capó de su Lexus. —Nada de fotos —gruñe, imaginando titulares que nunca pasarán: "Hija de juez, un monstruo de ojos negros". La prensa no lo sigue, no tanto como él cree, pero él ajusta los gemelos y mira por las ventanas como si esperara un flash que lo ciegue. Y así crece Dina, en un suburbio residencial de clase alta donde los vecinos pasean perros de raza y se miran de soslayo preguntándose quien odia más a quien.
***
A los cinco años, Anael empezó a darle dolor de cabeza al señor Clark, todo el día hablando de que Dina necesitaba ir a la escuela, aunque fuera una privada. El señor Clark estuvo insistiendo en contratar tutores, gente que le debía favores (abogados con deudas, contadores con secretos, tipos que no abrirían la boca sobre los ojos negros de su hija), pero la insistencia de su mujer estaba muy por encima de su paciencia y acabó dando su brazo a torcer para que se callase. Ese año, Dina fue inscrita a un colegio católico privado exclusivo de mujeres, llamado "St. Michael’s Academy". Una institución católica que hacía de colegio e instituto en las afueras de Toledo, cerca del lago Erie, fundado en el siglo XIX por la orden de "Las Hermanas de San Miguel". El señor Clark tuvo que tirar de contactos judiciales y órdenes para proteger a su reputación de esa prensa ficticia que seguía a su hija, y movió los hilos para que Dina no se quedase allí como en un internado, lo último que necesitaba era a su mujer llorando porque iba a estar más de 24 horas sin ver a la cría.
A los 8 años, Dina ya era consciente de en que parte del mundo encajaba: en ninguna. Su rutina era; despertar en una cama de 200 dólares, asistir a clases, biblioteca para no hablar con la gente, comedor para tragar patatas recalentadas en bandejas de plástico, clases otra vez, biblioteca otra vez y ser llevada por algún mayordomo en el Lexus negro, regresar a casa ha estudiar con algún tutor privado o pasar tiempo con su madre antes de ir a dormir y repetir el ciclo. Dina no tenía amigas de su edad, de hecho no tenía amigas a secas, nunca usa las gafas Ray-Ban en el colegio, 64 dólares colgando en un lateral de la mochila como un llavero, las otras niñas no querían juntarse con el "fenómeno de los ojos raros". Dina ya ni parpadeaba, sus ojos negros tragándose el mundo en 200 grados de desprecio.
El señor Clark prefería fingir no verla, ajustaba los nudillos de plata si coincidían en los pasillos. Maisa, la secretaria de su padre (una mujer de veinti y pocos que parecía que se duchaba con perfume Chanel), siempre la miraba con una sonrisa torcida. — Que ojos tan... Únicos, Dini — le decía, un tono a medio camino entre el alago y el desprecio. El personal, jardineros, criadas y demás chusma sin emociones, solía pensar que su salario de 50 dólares la hora no era suficiente para justificar hablar con la hija del jefe. Lo único que le quedaba eran los libros, le fascinaba la historia y los animales, su favorito era el oso polar, grande y poderoso, un pelaje blanco y unos ojos igual de negros que los suyos. "El oso polar es el único animal que considera al humano una presa potencial", había leído en un folleto de Nacional Geografic, su cerebro se había agarrado a ese dato y no lo había soltado. Algo tan bonito siendo tan brutal.
Su oso polar favorito era Krampus, un brutal guerrero de 500 kilos y 1'94 metros. Le habían salvado de unos traficantes ilegales que lo enfrentaban contra otras fieras en peleas clandestinas,; tigres, gorilas, osos pardos, etc. Había conocido eso porque su padre trabajó en el caso, fue el juez del único hijo de puta que salió del meollo sin cargos penales. Eso a Dina le daba igual, la burocracia era aburrida e injusta, lo importante era Krampus, él se había enfrentado a todos y había ganado, era un rey invicto, demasiado peligroso para ser liberado. Cuando iban a verlo al "Toledo Zoo", el zoológico local, Dina sentía que podía escucharle decir: "eres cómo yo" a través del cristal.
Dina también exploraba la casa de 15 habitaciones, sus zapatillas Converse contra los suelos de mármol y las moquetas de falsa madera. A veces, cuando su madre se iba a comprar y no estaba pendiente de su ubicación, Dina se escondía en la vieja sala de reliquias de su padre. Allí había muchas cosas impresionantes, dos sables de la caballería Argentina cruzados decorando una pared, varios cuadros valorados en millones, alfombras importadas, y otros detalles impresionantes en esa sala de poco más de cincuenta metros cuadrados con dos ventanas. Dina pasaba horas allí, principalmente mirando una espada de colección que se había guardado en una vidriera para que no agarrase polvo. Era un arma majestuosa, una espada bastarda de 90 cm de largo, un mango con correas de cuero y una cruz formada por el relieve de 2 alas de plata que sobresalían para cubrir la mano, en su centro una gema roja hueca por las dos caras, perfecta para hacer de contrapeso por la carencia de pomo. En la hoja había una inscripción grabada a fuego: "Juzgar y seréis juzgados".
Dina amaba esa espada, amaba ver sus ojos negros reflejados en la hoja y perderse en sus fantasías. Visualizaba la espada en su mente, pensaba que sería ligera entre sus manos, se imaginaba a si misma cabalgando a lomos de un caballo blanco como el conquistador de arco y corona en el apocalipsis, con ropa angelical y comandando una hueste de cientos de ángeles, decapitando pecadores e impartiendo el juicio final en el mundo. Entonces recordaba algún pasaje bíblico, ese de 2 Reyes 19:35 que decía: "Y aconteció que aquella misma noche salió el ángel del Señor e hirió a ciento ochenta y cinco mil en el campamento de los asirios; y cuando se levantaron por la mañana, he aquí que todos eran cadáveres". Esa espada no podía ser normal, tenía que tener algo, la sentía zumbando como ruido blanco en sus oídos, y pensaba que si la tocaba, incluso si solo la acariciaba con las yemas de los dedos, podría sentir un calor mayor al que Yahoel podía crear con su fuego en los textos apócrifos del apocalipsis de Abraham.
Dina siente algo en la puerta, y se esconde rápidamente tras unas cortinas de la única ventana que llegan hasta el suelo, la tela con olor a naftalina tapando su cara. Quién abre la puerta es Maisa, la secretaria de su padre, una arrogante metomentodo de pelo que parece cortado por ella misma con tijeras frente a un espejo. Siempre informa al señor Clark de su comportamiento, curiosamente solo de lo malo.
— Dini, ¿Estás aquí escondida? — Pregunta. — Lo hago por tu bien, no queremos que te pase nada —suelta, un mantra que Dina ha oído mil veces. Después cierra la puerta de roble por la que entró. Ya sabe que informará al señor Clark: "La niña otra vez con la espada, qué obsesión tan rara".
Dina había aprendido a reconocer su sonido, aunque también podría haberla detectado por las cantidades industriales de perfume que se echaba. Esconderse con gran agilidad, como si fuera un mono luchando día a día con la selección natural, era su única forma de protestar. Era hiperactiva, fuerte y lista, más que cualquiera en esa casa, era su única forma de plantar cara a un ambiente tan cerrado y estricto.
***
Para Dina, la señora Clark era un enigma imposible de resolver, si no estaba en la cocina estaba fregando, si no estaba fregando estaba en la cocina haciendo la comida, y si no estaba haciendo ninguna de esas dos cosas es, o porque se había ido a rezar a la capilla de la mansión, o porque estaba con ella pasando tiempo en el patio. Pasar tiempo en el patio son palabras muy amables para decir que miraba al vacío melancólica fingiendo mirar a Dina mientras esta hacía torpes movimientos con un palo fingiendo que era una espada, imitando a Mulán, Elizabeth Swann, o la heroína de televisión que tocara esa semana. A veces sacaba su biblia y leía capítulos enteros en voz alta, miraba a su hija y sonreía, como si ella fuera la única cosa que había hecho bien en esta vida.
***
— ¿Te he dicho alguna vez que eres mi pequeño ángel de la guarda? — le pregunta su madre mientras la peina sus mechones rebeldes frente al espejo.
— Jeje, si, dices eso todos los días, madre — responde Dina, mirando a su madre sonreír en el espejo.
— No quiero que se te olvide.
***
A los trece años, lo único que parecía cambiar de la vida de Dina es el curso al que asistía y el vecino de al lado, se llama el señor Otis, hermano de alguien con un hijo autista o algo así, y le habían echado de su casa porque su puto perro doberman siempre está dando problemas, o esos eran los chismes que se murmuraban. Cuando el mundo parecía que no podía ser más aburrido, un chino se comió un ratón con alas en un bar, y una pandemia mundial obligó a Dina a pasar aún más tiempo en su casa, ya ni siquiera podía perderse en la biblioteca del instituto, solo le quedaba el patio de su casa, la sala de reliquias y el salón, porque en cualquier otro sitio estorbaba.
Sábado 15 de agosto de 2020, Toledo, Ohio.
14:30, la señora Clark está en la cocina preparando la comida favorita de Dina, algo que la tendría ocupada media hora más. El señor Clark sabía esto, por eso se había encerrado en su despacho para "hablar de negocios" con Maisa, paredes insonorizadas y persianas cerradas, todos haciéndose los tontos, como si no fuese evidente lo que pasaba allí. Dina lo sospecha (el perfume Chanel de Maisa en la camisa Armani de su padre no miente), pero prefiere el patio, el césped impecable y la verja negra que la separa del mundo.
La joven de ojos negros y pelo rubio perdía su tiempo en el patio armada con una rama de olivo que había sacado de las reservas de leña, 40 cm de madera gruesa que silbaba cuando golpeaba con ella en arco. Hoy resplandecía como el clima, llevaba unas converse blancas, un chándal Adidas de 40 dólares y camiseta blanca de mangas cortas sin marca registrada. Se sentía como un ángel tirando golpes al viento, pisando la hierba del césped impecable, moviendo sus pies en ángulos que parecían más break dance que esgrima, encerrada tras la verja que le separaba de la casa del vecino y su chucho molesto.
El patio de Dina era modesto si se comparaba con el resto de la casa. Tenía un camino de graba hasta la puerta de la entrada, un alamo plantado solitario en el centro (un vigía grueso e inmóvil traído desde Chile), de resto, solo se podría señalar el cobertizo y los rosales que se cuidaban una vez al día para que absolutamente nadie los mirase, a grandes rasgos solo servían para tapar las paredes bajas y las partes con peor mantenimiento de la verja. Más allá de los límites del jardín estaba el patio trasero del señor Otis, hierbajos que no habían sido cuidados desde que llegó, todo lo que tenía era un porche con una mecedora hecha con madera que ya era vieja en el siglo XIX y cagadas de su perro, si te acercaban a menos de un metro lo único que se podía oler era orina y malvoro de 6 dólares el paquete.
"Menudo milagro que hoy no esté el perro ladrando mientras entreno", piensa Dina al terminar de dar un golpe al grueso tronco del álamo que ni siquiera sacude las hojas en su copa.
A Dina le parece que escucha algo, mueve su visión hasta la periferia de su hombro y lo nota, unas orejas cortadas y levantadas en un ángulo perfecto para acechar a cualquier persona que no tuviera la vista tan desarrollada como la suya. Ella tiembla, no puede ser lo que se imagina, no puede ser que el doberman del vecino se haya metido en su patio, pero su vista horizontal también detecta un rastro de ramas rotas y hojas, el puto perro a roto la parte más gastada de la verja y a entrado con el único propósito de acabar con la niña de enfrente que siempre lo amenaza tirando ramazos al aire.
El perro ataca, pasa de 0 a 48 kilometros hora en medio segundo, Dina recuerda que está viva, un grito atascado en su garganta, pero cuando quiere echar a correr el perro ya ha chocado con sus 40 kilos sobre ella, haciendo que pierda el equilibrio y caiga sobre el césped de espaldas, el aire saliendo como de un fuelle comprimido. Los dientes del perro buscan su cuello, Dina patea más al aire que al animal que tiene encima mientras aparta su hocico con las manos. Dina consigue rodar balanceándose sobre su lateral derecho, quitando las patas y llegando a la graba que rasga sus codos y rodillas.
El perro recula, y Dina, con más instinto que precisión, le pega con el palo en la cabeza, sus músculos tensos como los hierros de un puente, sin soltar su única arma. Las orejas cortadas del doberman tardan poco en dejar de temblar y vuelve a poner su objetivo en la cria de trece años, ahora mostrando más los dientes y unos ojos que solo quieren sangre.
— ¡Ayuda! — Grita Dina. — ¡El perro está en el patio! ¡Perro en el patio!
Sus súplicas caen en saco roto, nadie va a oírla gritar, los empleados están en sus propios asuntos, su madre escucha algo de música en su Sony portátil de 50 dólares en una cocina demasiado alejada del patio y su padre, bueno, su padre no le ayudaría ni aunque llevase una 9 mm en el bolsillo, solo se iba a ajustar sus gemelos de plata y diría; "Es tu problema, soluciónalo tú", mientras Maisa ríe tras las cortinas.
El perro cargó de nuevo, desde menos distancia, los reflejos de Dina le fallaron y el palo solo golpeó el costado del animal. Sintió los dientes hundiéndose en su piel, cortando sus venas como cuchillos, una profundidad que llegaba a la pulgada y ejercía 230 libras de presión. Dina soltó el palo y cayó de espaldas otra vez, sus ojos mirando al cielo y pensando que nadie vendría a salvarla. Así terminaba todo, con el sol quemado sus retinas y un animal salvaje dándole muerte, ¿De verdad? Ni siquiera era digna de compararse con Krampus, asesino de tigres, gorilas y lo que fuese.
Solo pudo recordar una cosa, Primera de Samuel 17:34-36, esa cita que dice: "Y David dijo a Saúl: Tu siervo apacentaba las ovejas de su padre, y venía un león o un oso y tomaba alguna oveja del rebaño, y yo salía tras él, lo hería y lo libraba de su boca; y si se levantaba contra mí, lo tomaba por la quijada y lo hería y lo mataba".
— No... No puedo morir — Dina apretó los dientes y sacó fuerzas de donde no las había. — Yo soy un ángel, soy más que esto.
Las manos suben por puro reflejo, aferrándose a ambos maxilares, los dedos ya cortados por la graba ahora luchando contra los dientes. La piel le quema, los músculos arden, pero empuja, un forcejeo desesperado que suena a huesos crujiendo. —Eres mío —gruñe, y con un rugido que no sabe de dónde sale, abre la mandíbula del perro, consiguiendo empujarlo.
Cuando el perro va a arremeter de nuevo, Dina saca sus pulgares hacia adelante, atravesando los ojos del doberman, que deja de gruñir y aúlla por primera vez en toda la pelea. Dina se pone de pie y le patea el hocico, consiguiendo que se aleje, pero eso no es suficiente, es un ángel vengativo y viene a imprimir el juicio que corresponde, ese perro es culpable. Dina agarra la bara, dando una estocada en la pata trasera, que cruje con el sonido del crepitar de las llamas del infierno, el perro gime de dolor multiples veces mientras Dina se pone de pie y levanta el palo sobre su pelo, una estocada de arco descendente contra la cabeza del perro, una vez, y otra, y otra, así hasta que la puerta del patio se abre y escucha los gritos de su madre, corriendo hacia ella con su delantal comprado en oferta meciéndose ha contra corriente.
— ¡Dina! ¿Qué estás haciendo? — Grita la señora Clark, preocupada y aterrorizada a partes iguales.
Dina solo gira la cara lo suficiente para que sea visible su marca en el cuello, y toda la sangre de perro que ha salpicado en su ropa blanca. Ni siquiera tiene tiempo para responder, la adrenalina se agota y un lateral de su cabeza golpea el suelo con fuerza, todo lo demás son gritos escandalosos y muchas, muchas cosas más que ocurren mientras Dina danza entre las alas de Azrael.
***
Dina es hospitalizada, y muchas cosas pasan mientras no es consciente, abre los ojos en intervalos cortos y su cerebro capta esquejes de conversaciones.
— Ha sido prácticamente un milagro, si el perro hubiese mordido 3 milímetros más a dentro hubiera perforado la vena yugular, puede que incluso la vena subclavia — escucha a un médico decirle a su madre.
— Claro, claro que ha sido un milagro, los ángeles la protegen, esto es prueba de ello — Dice su madre, por supuesto, sola, ni rastro de su padre en la sala.
Los días pasan, Dina es sedada, le cosen las heridas con hilo negro y desinfectante, tienen que hacerle varios chequeos y limpiezas para asegurarse de que la boca del perro no le transmitió ninguna infección. Respecto al dueño, el señor Clark le desplomó todo lo que tenía en un juicio que, moviendo un par de hilos, duró menos de 3 meses. Ya nadie sabe que es del señor Otis, seguramente regresó a Nueva Jersey a suplicarle ayuda a su hermano ahora que su perro no molestará a su hijo autista. Nadie sabía y a nadie le interesaba, menos aún a Dina, que no puede presumir de haber matado a una bestia, solo yace en una camilla con tubos en los brazos y una cicatriz que le arde como un tatuaje realizado con agujas incandescentes.
Dina pasó ocho meses en camilla, recibiendo visitas de la señora Clark, que siempre camina con el pelo rojo hecho un desastre y como si estuviera cubierta de sangre con un cuchillo en el pecho. Ayuda con la alimentación y la limpieza, como si cepillar su pelo fuera lo único que la salvaba de caer en una depresión profunda. Mientras Dina dormitaba, su madre le leía la biblia, pasajes de esperanza como Isaías 40: 3-5 o Hechos 2:22-34. El señor Clark solo fue a verla una vez, se ajustó los nudillos de plata y dijo — Que matases al chucho del vecino me ha hecho ganar 120 mil dólares en una indemnización, al menos has servido para algo. — Eso era lo más cerca que estaría de recibir un cumplido por su parte.
Una semana antes de que le den el alta, una visita rompe la monotonía. Es la hermana Clarisa, monja dueña de la biblioteca y representante de "St. Michael’s Academy", con su vestimenta negra como la oxidiana y su rosario al cuello. Dina apenas está consciente, los ojos negros entreabiertos, atrapada en una rutina de comer puré insípido y dormir en una sala privada de 24 metros cuadrados: tres ventanas con persianas torcidas, cuatro camillas (solo la suya ocupada), una mesita de plástico con un vaso de agua y pastillas, y una silla de oficina con ruedas que chirría cuando Clarisa la arrastra. Una enfermera (bata verde, cara de $12 la hora) pisa el suelo de linóleo, habla del horario y se va, dejándolas solas.
— Buenos días, lady Clark — saluda la hermana con un gracioso acento francés.
Dina mueve el cuello lo mínimo, sus profundos espejos negros tratando de discernir el rostro de Clarisa con su mascarilla por eso de la pandemia global o lo que sea, intenta diferenciarlo del resto de monjas que había y conocía. No puede.
— ¿Qué quiere? — Pregunta Dina, una cacofonía sin emociones.
— Hablar, preguntarte que tal te encuentras — Respondió la monja, recogiendo las faldas antes de sentarse.
— ¿Ha venido a darme la extrema unción porque me voy a morir? — Vuelve a preguntar Dina, ajena a la posible empatía de otros.
— No, Dios no lo quiera, lady Clark — responde la hermana con una mano en el rosario. — La academia a vuelto a abrir sus puertas, y se nos informó de tu paradero para justificar tu ausencia en la institución, por eso quise ver cómo te encontrabas.
Dina tiene los ojos mirando al techo, no se lo creé, no es posible que alguien que no sea su madre le muestre interés sin esperar algo a cambio, y aún con su madre lo duda, Anael parecía depender del amor recíproco que Dina le daba, como si fuese a morirse en caso de no recibir su dosis diaria. Cierra un poco los ojos, como si pensase, "a lo mejor merezco esto". Sabe, o cree saber, que el señor Clark es un juez famoso, o eso dice él, siempre "neutral", ajustando los gemelos mientras el mundo arde. Si a él no le importa, ¿por qué a esta monja? No le pagan por fingir empatía.
— Supongo que no quieres hablar — La monja pone un libro que traía en su regazo. — No han dejado que ninguna amiga tuya venga a verte, ¿Quizá algún chico especial?
— Chis, amigos — Dina chasqueó la lengua sin dejar de mirar al techo. Lamparas apagadas que por las noches le quemaban los párpados. — Yo solía tener pensamientos sobre lo que es tener un amigo, o como un cierto chico podría interesarse por mí románticamente. Pero parece imposible en esta situación. En la actualidad, la única persona que me quiere es mi madre, realmente la adoro, aunque sea más débil que una paloma coja. A veces pienso en estas cosas mientras observo a los niños jugando por los parques, mientras estoy detrás de los cristales blindados del Lexus camino a casa. Sueños imposibles, ya da igual. Hágame una seña y déjeme morir aquí.
La hermana la escucha en silencio, "ella realmente creé que va a morirse", piensa antes de suspirar. — Lady Clark...
— No me llame así — Dina ladea la cabeza de forma agresiva. — Odio ese apellido, odio a quien me lo dio, y odio que vaya a estar grabado en mi tumba.
— ¿Y cómo quieres que te llame?
— Ángela — murmura, los ojos fijos en el techo.
— Está bien, lady Ángela, no te vas a morir pronto ni he venido a darte santa sepultura, solo te traía esto — sostiene el libro que ha traído a la altura de su cabeza. — Es una nueva edición de "El libro apócrifo de Enoc", pensé que sería de tu agrado tenerlo, cuando no estás leyendo la sobre angeologia o historia, sueles revisar el libro Apócrifo de Juan, este, sin duda alguna, será de tu interés — abrió el libro casi por el final. — Mira, hasta tiene transcrito al inglés algunos pasajes de los comentarios de los ángeles en los manuscritos recuperados del Mar Muerto.
La hermana Clarisa hace entrega del libro a Dina, y ella lo toma entre sus manos con callos y raspones. Sus ojos negros contemplan la cubierta de cuero de 30 dólares. "Será posible, es una edición de coleccionista", piensa. — Gracias — susurra Dina con toda la sinceridad que tiene. — ¿Por qué hace esto? — Pregunta como si fuera un ser humano que no mereciera amabilidad.
— Es lo correcto — le responde Clarisa con una sonrisa.
— No, no lo es, usted no debería perder tiempo en un fenómeno como yo — a Dina se le quiebra la voz, sus uñas clavadas en el cuero del libro. — Solo soy una estúpida estadística con suerte, si alguien — se traba al hablar, Clarisa escucha como las confesiones de Dina se transforman en llanto. — Si alguien como yo hubiera nacido en cualquier otra parte, o con cualquier otra familia, su destino tendría que ser el destierro o el desprecio, como se sacaba a los leprosos de la ciudad en tiempos de los romanos. Yo no, yo no merezco a una madre que me quiera, ni vivir encerrada en una mansión, ni siquiera un regalo tan caro — abrazó el libro contra su pecho, ya no podían arrebatárselo. — Pero lo quiero, joder, quiero ser normal y no quiero estos ojos, ¿Quién me eligió a mí para esto? No es justo. No merezco ser fuerte y no merezco nada de lo que me pasa, no lo entiendo.
Dina agachó la cabeza, lágrimas cayendo sobre sábanas blancas y ropa de hospital. Puños apretados y una mano cerca del cuello casi palpando las heridas. La hermana Clarisa se arrimó más, evitando el contacto físico para no agobiar a Dina, pero permaneciendo cerca como apoyo. — Lady Ángela, "Les voies du Seigneur sont impénétrables" — le dice en su natal francés. — No sabemos porque nos puso aquí, pero eso no quiere decir que no sepamos nuestro propósito.
— ¿Qué propósito? — gruñó Dina. — Los monstruos como yo tienen que estar en los zoológicos o en el circo.
— Te equívocas, pequeña, se ven más ángeles en los hospitales que en las iglesias.
Dina queda en silencio, mirando de refilón a la hermana que le sonreía, de la cual solo podía ver los ojos. La enfermera de antes entra al rato, el tiempo de visitas de hoy ha concluido.
***
Una semana después, con el alta firmada y las piernas respondiendo como si no hubieran estado muertas ocho meses, Dina camina por los pasillos de St. Michael’s Academy, zapatillas Converse blancas de $60 chocando contra azulejos opacos que no han visto cera desde los noventa. A su derecha, taquillas grises con candados oxidados; a su izquierda, chicas con uniformes de $60 murmuran. Sus ojos han pasado a segundo plano, lo que se lleva ahora es criticar la cicatriz cosida con hilo negro. Camina recta, el traje de marinero impecable: falda plisada hasta las pantorrillas, blusa blanca de $60 pegada a su piel pálida, pelo rubio desordenado y los destellos galácticos en sus ojos tan negros como la túnica de Azrael.
Están en el descanso para comer, pero hoy Dina no tiene hambre de puré frío y pollo. Llega hasta las dos puertas de roble de la biblioteca, la última vez que esas puertas fueron barnizadas Michael Jackson no había sacado "Billie Jean". Las abre, ignora a las raritas de pelo oscuro y gafas de $20 que hojean libros en las mesas, sombras como ella que prefieren papel a bandejas de plástico. Se dirige directamente al mostrador. La hermana Clarisa está allí, revisando algo en su ordenador de tubo cuya actualización más nueva era el buscaminas, y ladea un poco la cabeza con una sonrisa cuando ve a Dina acercarse.
— Buenos días, lady Ángela, un gusto ver qué ya estás mejor — saca sus manos del teclado y las posa en el escritorio de abedul, piensa que Dina viene a sacar algún libro.
— Buenos días — Dina se detiene a exactamente tres pies del borde del escritorio, sus ojos negros examinando el rostro de la monja.
— ¿Necesitas ayuda? — Pregunta la monja de cerca de 56 años, extrañada de no ver que porte algún libro.
Dina rebusca en el pequeño bolsillo de su falda, saca 240 dólares en metálico, tres semanas de paga arrugadas apretadas por su puño, y los deja sobre la mesa con el respeto que se usa para dar las ofrendas en misa. — Este es el precio del libro que me dio y diez dólares extra, quédeselo y quedemos en paz, porque no voy a devolverle El Libro de Enoc.
La hermana Clarisa se ajusta las finas gafas de lectura que llevaba al puente de la nariz, usadas para no dejarse los ojos leyendo en la pantalla. Luego mira a Dina, piensa que tal vez, este buen gesto no lo hace por voluntad, sino porque le obligan sus padres, así que ni toma el dinero, ni menosprecia el acto. — Lady Ángela, no tienes que pagarme, ni hablarme con el respeto que se les da a las damas en el teatro de Molière. El libro que te di es un regalo, solo disfrutar de él.
Dina entrecierra un ojo como si buscase huecos legales antes de firmar un contrato. — Insisto — dice con el tono más cortés que tiene.
— Yo insisto en rechazarlo — la Hermana clarisa apuntó con su mirada al final de la sala de la biblioteca, mirando una zona donde se habían empezado a formar goteras. — Más si tienes ganas de ayudar, busca la directora Martín y dile que quieres darle este dinero para que arregle las goteras, seguro que en el próximo temporal de primavera se duplican.
Dina frunce el ceño, un filo de insulto cortándole las tripas. Por una vez intenta ser amable con alguien que no es la señora Clark, y le dicen —Gástatelo en caridad, niña —como si sus $240 fueran limosna de mendigo. Recoge el dinero en un movimiento rápido, casi rabioso, y la blusa se sube, revelando un bulto bajo la falda: una vara de madera de 30 centímetros, gruesa como un leño, metida entre la tela y su piel. Clarisa lo ve, el ojo francés afilado cual halcón.
— ¿Qué es eso? — pregunta la monja señalando al costado marcado en la tela.
— Nada — Dina baja de inmediato su camisa pero la marca, una vez vista, es imposible camuflar de nuevo.
— ¿Tienes un palo guardado en la ropa? — pregunta la monja mirando por encima de sus gafas.
— Bue... Bueno — Dina intenta hablar, pero el calor que le sube y sonroja le impide emitir palabra. — Me hace sentir segura.
— ¿Es una especie de bastón Cane para defensa?
— No... — masculla Dina, ya atrapada y sin escape. — Es solo un lecho que tomé de las reservas para la chimenea.
Dina lleva una mano al cuello, dedos rozando la cicatriz, los hilos negros cosidos como alambre de púas bajo la piel. La sangre vuelve a su mente —la suya, la del perro—, caliente y pegajosa, salpicando su camiseta blanca mientras el palo aplastaba un cráneo. Clarisa lee el gesto, los labios apretándose en una mueca, y sopesa antes de hablar. —¿No estás en ningún club, verdad?
Dina niega, los ojos negros bajando a las patas del escritorio.
— ¿Y te interesa la defensa personal? — pregunta la monja.
Dina solo atina a encogerse de hombros, un movimiento que dice "no sé, no me importa".
— Si quieres, pasate por aquí antes de que te vayas a casa, tal vez tenga algo que sea de tu interés, y no es otro libro — Clarisa le echó una sonrisa de complicidad a Dina que esta vio en el borde oscuro de sus 200 grados de visión.
— Bueno — suspiró antes de irse a clases, porque no iba a comer, no le quedaba apetito.
***
Cuando el timbre del fin de clase suena, todas se levantan y se van, hablando de lo que harán ese día, o e fin de semana, o de lo que harán en las actividades extraescolares. En la clase vacía de escritorios verdes y luz taciturna solo queda Dina, que recoge todo en su mochila con parsimonia, su movimiento es algo más mecánico por el palo en su costado, pero naturalmente, nadie lo ha notado, porque en esa escuela solo es la niña del cuello cosido, o la rara de los ojos. Solo si fuera la rara del palo alguna niña tonta como Estefanía Miller, la millonaria engreída que no le dirigía la palabra, se hubiera fijado para burlarse. Tiene un pensamiento fugaz, Estefanía y sus dos coletas de niña rica muerta por culpa del doberman, sangre goteando en un charco y sus ojos mirando al cielo. Dina se ríe y piensa "Eso le pasaría a cualquiera en esta clase, pero no a mí".
Se ajustó las correas de la mochila a los hombros, salió a los pasillos ya vacíos, y echó un vistazo al camino que le llevaría a la salida. Esperar diez minutos entre los cedros de la entrada hasta que el Linux de su padre llegase y el chofer le diera una voz, un camino de veinte minutos que se hacían eternos mientras el conductor se quejaba de cómo el terreno le arruinaba los bajos. Dio una vuelta en semicírculo, sus zapatillas arrastradas en el suelo, y se encaminó hacia la biblioteca, su cara decía "mínimo veré que quiere".
No tiene que entrar a ningún sitio, desde la esquina al girar en el pasillo, puede ver a Clarisa que estaba hablando con otra monja, más alta pero también más joven, se le veía en la cara. No hablaban en inglés, tampoco era el francés natal de Clarisa, era un idioma que sonaba más agresivo, alemán. La hermana Clarisa nota a Dina en el reflejo de sus gafas, y le hace una seña con la mano para que se acerque. Ella lo hizo sin mucho ánimo, pero lo hizo. Dina contempla a la monja más alta como si fuera un monumento salido de la nada, manos con cayos, cara de pocos amigos y la misma ropa que el resto de hermanas en la academia. Siente que la mira como si ya la odiase, y ella tampoco malgasta tiempo sonriendo o dando los buenos días.
- Lady Ángela, deja que te presente a la hermana Theresia Braun, es nuestra secretaria. Lady Theresia, ella es Dina Ángela Clark, la chica interesada — les presentó Clarisa.
"Genial, otra secretaria más en mi vida", piensa Dina. Nunca había visto a Theresia antes porque nunca había tenido que pasar por la secretaría del director, pero tenía experiencia con Maisa como secretaria arrogante de perfume caro y eso le parecía suficiente.
— Un gusto conocerte — dice Theresia, acento alemán sutil. Estira una mano que Dina estrecha por protocolo. Se siente diminuta, esta mujer tiene que medir como metro ochenta o así.
— Ella en su juventud estudió esgrima, y puede enseñarte — agrega Clarisa.
Los ojos de Dina relampaguean, pero no dice palabras. Theresia le estira la mano señalando la bara. — ¿Puedo verla?
Dina sabe que si se niega pueden expulsarla por portar un arma contundente dentro de la institución, así que con dedos algo temblorosos saca la madera de su blusa y se la entrega a la monja de acento alemán.
La hermana la sopesa con manos expertas girando hacia un ángulo vacío, una mano doblada hacia la cadera. Tira dos estocadas con gracia y precisión, el aire mueve un poco su hábito. — No es buena madera, no tiene balance y se te pueden clavar astillas en un resbalón, ¿Por qué la usas?
Clarisa mira a Dina con interés mientras Theresia clava su vista en la punta de la barra, que presenta imperfecciones propias del corte de una motosierra. La luz se refleja en ella y las baldosas del suelo no hacen justicia a la escena.
— Usé... Usé una similar para matar al perro que me hizo esto — dice Dina, la cabeza ladeada mostrando el hilo negro. No lo admitiría por no ser arrogante, pero se sentía orgullosa de esa herida de guerra.
Theresia asiente sin juzgarla. — ¿Te interesa el esgrima profesional?
— No mucho — se sincera Dina.
— ¿Y el de la escuela de Johannes Liechtenauer? — Dina no responde, y Clarisa también tiene cara de estar perdiéndose. — Es un esgrima más enfocado en la guerra con espadas largas, como la espada de mano y media — Dina se encogió de hombros y desvia un poco la vista, seguramente el Lexus ya estaría en la puerta, y el chófer era capaz de irse sin ella. — ¿Tienes prisa?
— Me esperan para ir a casa.
Theresia le entregó la madera de vuelta. — Si te interesa, informa en tu casa que te unes mañana a un club, y pásate por el deportivo cuando terminen las clases. No va a ser todo lamer azúcar, pero puedo enseñarte algo.
Dina asiente y da las gracias, escondiendo de un movimiento eficiente la madera bajo la blusa. No lo sabía, no tenía forma de saber que su vida iba a mejorar, solo estaba preocupada de cómo le explicaría a la señora Clark que la secretaria del director quería hablar con ella después de clases para enseñarle esgrima, tendría que inventarse algo.
***
A la tarde siguiente Dina camina hacia el deportivo con el entusiasmo de todos los días (ninguno). Sus zapatillas Converse blancas de $60 pisan el suelo con cautela, cada paso un roce contra baldosas rayadas que nadie ha fregado desde que Reagan era presidente. Las gafas Ray-Ban cuelgan de un lateral de la mochila enganchadas solo por una patilla. Su cabeza se mueve un poco hacia los laterales solo para ver taquillas ya cerradas hasta el día siguiente o ventanas con el inicio del atardecer. Hoy no trae el palo escondido en sus ropas, pero lo añora como se añora a un perro que siempre volverás a encontrar en casa, un perro de cualquier raza, menos un doberman, volvería a matar un chucho así si pudiera.
Las mismas raritas que vio ayer en la biblioteca a la hora de comer ahora llevan un libro entre los brazos, son el club de lectura y charlan sobre la tercera parte de una saga llamada "nacidos con brumas" o algo así, algunas giran la cabeza cuando la notan, como si fuera una paria que no merece conocer el secreto de sus manuscritos. El club de baloncesto, chicas altas como cedros, sudaderas Nike de $70 y Jordan en cada pie, aprovechan su altura para pasar de largo frente a ella, como si les molestase tener que compartir destino, o respirar el mismo aire en el deportivo. Dina, quiera o no, lo ve todo con sus 200 grados de visión, y en realidad, algo de ella detesta que no la acepten, mientras que otra parte reconoce que tampoco ha intentado hacer nada para encajar.
"Estas idiotas no merecen ni migajas de mi gratitud", piensa mientras queda rezagada y su vista baja al suelo.
Abre la puerta sorprendentemente bien engrasada del deportivo, le recibe un aire que apesta a sudor y suelos sin fregar, las tablas tienen algo de carcoma y lo único que se escucha es a las chicas jugando: "olle, pásame", "Kessler defiendes menos que una reja abierta", "menudo triple amiga", etc. Dina solo pone una cara de circunstancias, y escanea la zona para encontrar a Theresia. Solo hay dos monjas, una más joven, de treinta y tantos, con un silbato al cuello que regula el partido de baloncesto, y la mujer titánica de hábito azabache sentada en las gradas leyendo algo que seguramente es Santo Tomás de Aquino. Dina camina hacia ella con brazos balanceantes y vista agotada, como odiaba el ruido de zapatos chirriando y compañerismo adolescente, ese que nunca había sentido porque en las clases de educación física nadie quería jugar en equipo con ella y siempre ponían a alguien obligada.
— Buenos días, lady Angela — dice Theresia, levantando la vista de la lectura en cuanto la ve.
— Buenas — refunfuña Dina, la cicatriz del cuello tirando como si los hilos negros quisieran abrirse.
— ¿Qué sucede lady Ángela? Noto que estás en el cubo.
— ¿Cómo? — los ojos galácticos de Nina se abrieron reflejando duda.
— Es una expresión alemana para cuando estás triste — Theresia se pone de pie y no parece llevar ningún arma consigo, sólo el libro. — Noto que no trajiste tu vara, ¿Estás triste por sentirte indefensa?
Dina aprieta los labios, pensando "esta mujer lee emociones como un ladrillo lee poesía", aunque pudiera ser que solo esta tomando a prueba su paciencia. — No estoy triste — dice la chica, su lengua vacilando un poco sus palabras, buscando cambiar de tema de inmediato. — ¿Vamos a entrenar aquí donde todas nos miren?
Dina miró a la pista, a ese grupo diverso de chicas que le sacaban cuatro o cinco años, que pivotaban y hacían pases, y tiraban a canasta desde el centro del campo, festejando incluso si no hacían un triple. La verdad es que no les hubieran notado si empezaban a hacer cabriolas en el sitio, pero sus ojos ya la habían hecho ganarse apodos, su cuello todavía más, verdaderamente lo último que necesitaba es que la conociesen como la rarita que hacía esgrima con las monjas.
— No, no practicaremos aquí — explica Theresia, Dina siente como si le quitasen una estaca del pecho. — sólo pensé que este lugar sería más accesible para que pudieras encontrarme — hizo un ademán con la mano que indicaba "sígueme".
***
Caminan por cinco minutos hasta llegar a una parte de la institución que parecía haber sido construida y abandonada el mismo año que Dwight D. Eisenhower tomo el cargo de presidente. No había electricidad ni lámparas en esta zona, tampoco taquillas, lo que indicaba que era un espacio intermedio entre la institución de enseñanza y el internado, quizá construido con la única intención de albergar más clubes extraescolares que nunca tuvieron éxito.
Se detienen frente a una puerta de plástico duro y la hermana Theresia saca una llave de la manga de su hábito y abre una cerradura que chirría como si estuviese enferma, demasiado óxido y fracaso en una cosa tan sencilla. La habitación que había dentro era una sala de suelo acolchado donde solo había un único estante del que colgaban dieciséis espadas de madera. Theresia hace un gesto de cortesía para que Dina pase y esta entra rascándose un poco la cabeza, el lugar está frío por la falta de calefacción y el único sol que entra por la ventana no hace que el lugar se sienta acogedor en absoluto.
— Esto parece una mazmorra medieval — susurra la joven.
— No estoy de acuerdo — comenta Theresia mientras camina sin prisa hacia el único mueble de la habitación. — esas construcciones eran de piedra sólida, generalmente ubicadas bajo tierra, y te aseguro que podían tener menos humedad que toda esta sala.
Dina alzó los ojos para encontrarse una visión de 200 grados de techo de escayola con grandes charcos húmedos. Si la biblioteca que estaba bien mirada ya tenía sus manchas, lo raro es que aquí no creciese el musgo por las paredes. Theresia saca a Dina de su ensimismamiento entregándole una espada de madera gruesa, tenía empuñadura, pomo y cruz, pero la hoja tenía bordes marcados que además habían sido cubiertos con una capucha de espuma de poliestireno para que los golpes no doliesen, aunque dolerían igual si llevaban demasiada inercia.
— Lamento no poder ofrecerte ningún traje protector — dice Theresia mientras Dina sopesa la madera y ve que solo pesa un poco más que el palo que traía el otro día. — no tengo intención de darte una lluvia de palos, así que mientras no tengas esa intención conmigo, todo estará bien.
Se suponía que era una broma, pero Dina no se rió, seguía sosteniendo la espada de madera y espuma como si su alma estuviese en juego. Dina recuerda el último gemido del perro antes de aplastar su cabeza, sólo estaba en su jardín jugando como siempre y fue atacada, terminando casi muerta. Esta madera no era la de aquel día, no se sentía igual que la de aquel día, era mejor y tenía un conflicto interno por no saber cómo sentirse al respecto. Había matado a un ser vivo como Sansón mató a un león, ¿Y le habían dado una recompensa? ¿Así funcionaba el mundo?
— ¿Sucede algo, Lady Ángela? — pregunta la hermana.
— No — Dina siente un ardor en las punzadas del cuello pero sonríe igual. — Esto es glorioso.
— ¿Qué sabes de las espadas? — pregunta Theresia, un tono más frío que esa sala sin calefacción.
— Yo, ams, yo — Dina abre sus ojos negros y deja su mente en blanco. — Eran el arma principal de los caballeros medievales, simbolizaba la nobleza y honor de un caballero, y estaban hechas para matar.
— ¡Error! — Grita firmemente Theresia con una voz de coronel, Dina hace resonar sus Converse en el suelo al recular hacia atrás por el susto. La hermana tira su espada al suelo, y la mira la hablarle — adelante espada, mata a alguien. — Dina solo podía contemplar esto cual si fuese una obra de arte abstracto que no había estudiado. Por razones evidentes no se movió hasta que fue recogida. — las espadas no están hechas para matar, pueden matar, pero están hechas para proteger y protegerse, como toda buena disciplina.
Dina asiente, aún a dos pasos de distancia. Theresia le pide que deje la mochila en el mueble al lado de su libro, iba a empezar ya la lección. Así lo hace, de inmediato Dina toma su espada con dos manos e imita la guardia que está haciendo la monja. Si quedaba miedo con su cara seria curtida por los años, verla tan alta y armada, era como contemplar al villano de la película enfrentándose contra el secundario cómico sin poderes.
— Ataca lo mejor que sepas — le dice Theresia.
— Pero yo no sé... — vacila un poco Dina.
— Eres joven, y más ágil que yo - Theresia levanta la espada sobre el hombro derecho, con la punta hacia arriba. — Muéstrame lo que tienes y yo te enseñaré lo que te falta.
Dina no las tenía todas consigo, las manos casi empezaban a sudarle y en su mente repasaba si había sido buena idea decirle a su madre que hoy tenía una actividad de aprendizaje extraescolar, que visto lo que estaba sucediendo no era una mentira, pero era una verdad a medias que la hacía sentirse culpable. Pensó en su madre entrando por esa puerta y gritando "¡Detener todo! ¡Detener todo! Esto es una locura". Luego imaginó a su padre pasando por el pasillo, sus ojos grises que parecían siempre mirarla decepcionado, ajustando sus nudillos de plata mientras Maisa le sigue como un perro faldero, ¿Qué diría él? Nada, sólo se decepcionaría como cada vez que la encuentra y no está encerrada estudiando matemáticas para ese supuesto gran futuro que le espera como contable al servicio de su abogacía.
Dina canaliza esa rabia en todo su cuerpo, cierra los ojos y la utiliza como motor, entonces llega hasta Theresia en los dos pasos y recibe un maderazo en la cabeza que no ha visto venir por ninguna parte.
— Au — Dina retrocede paso y medio, Theresia mira con templanza sabiendo que no le ha hecho nada grave.
— Esta es la guardia Vom Tag — Theresia repite la pose que tuvo antes del golpe. — Pose ofensiva para golpes descendentes. Prueba otra vez.
Dina probó otra vez, cuarenta veces seguidas, y cuando creía que había dominado una postura, Theresia sacaba otra y la dominaba en un sencillo paso. Puede que pasase una hora, puede que pasasen dos, Dina no lo sabía, y tampoco sabía cómo explicarle a su madre las manchas de sudor en la ropa, a decir verdad no podía importarle menos, ni siquiera los puntos en su cuello le molestaban.
Arremete otra vez, un tren descarrilado de adrenalina y rabia, Theresia la espera con los pies firmes en el suelo acolchado, una cara sin rastros de agotamiento y la espada a la altura de la cadera apuntando hacia ella. Dina finta en un ángulo lateral a la derecha, Theresia se desliza en una sola zancada, sus manos empujando una estocada que Dina ve. Es un golpe rápido que podría haber llegado desde un punto ciego para cualquier otra persona en el planeta, pero para Dina no, lo siente, la periferia de sus ojos lo ve. Pone su espada en vertical con la punta hacia el techo, detiene la fuerza de la estocada con el mango y la cruz, y gira sobre su eje para llevar un golpe de mediana potencia directamente contra la mandíbula de la hermana. Los brazos cansados de Dina, el movimiento sin práctica, y la funda protectora hacen que el golpe no duela, pero aún así Theresia zapatea un poco hacia atrás, y se lleva una mano a la mejilla que ha sido tocada.
Dina respira entrecortada, una sonrisa que presume como si no se hubiese llevado cuarenta y un golpes ya. — Punto para mi — susurra.
— Punto para ti — afirma Theresia enderezándose. — Es suficiente por hoy, te va a dar un colapso antes de que lo admitas.
— No, yo puedo seguir — Nina imita una mala guardia Vom Tag.
— Lo se, Lady Ángela, precisamente por eso paramos ahora — Theresia camina hacia el mueble y deja la espada en su sitio. Dina no puede evitar pensar que la monja se rinde solo porque está empezando a ganarla. — No sabes rendirte — afirma Theresia, y Dina frunce su ceño.
— ¿Cómo? — pregunta.
— Solo te has detenido para respirar, no me has preguntado en ningún momento cómo se hacían las poses, o qué movimientos con los pies debías hacer para buscar huecos en mi guardia, simplemente has avanzado una y cuarenta veces hasta encontrar una brecha en mis movimientos — Reflexiona Theresia en voz alta. — Una determinación admirable pero también temeraria.
Dina se rasca un poco el cuello, los puntos empezaban a arder más que nunca después del ejercicio. — ¿Eso es malo?
— No lo sé, ¿Quién soy yo para juzgar?
Dina sintió que se quedaba sin aire al escuchar esa respuesta, su madre la juzgaría por esforzarse demasiado sin tomar en consideración los riesgos, su padre la juzgaría por existir, y Maisa la juzgaría sutilmente por esa impulsividad infantil que no iba a ninguna parte.
— ¿Volverás mañana? — pregunta la hermana Theresia.
— Si — responde Dina tras sopesarlo. — Volveré y aprenderé como se debe.
— Y yo te enseñaré como se debe — el extenso brazo de la hermana le entregó la mochila. — Hasta mañana, Lady Ángela, estaré aquí esperándote.
— Hasta mañana, hermana Theresia — Dina hizo un gesto de agradecimiento y despedida.
Dina corre en dirección a las duchas del deportivo, se quitará el sudor, se pondrá ropa de repuesto, e inventará otra excusa para explicárselo a su madre de camino a casa en el Lexus negro conducido por ese chofer que cobra 21.000 dólares al mes y les sale gratis ser un antipático.
***
La vida de Dina cambió desde el esgrima, no al punto de ganar amigas o notas de Nobel, pero hablaba más con Clarisa, sudaba con Theresia y encontraba refugio en la señora Clark, que la apoyaba con su voz temblorosa y sus platos de pollo frito. Lo que su padre opinase mientras miraba al río o practicando boxeo y levantamientos de mancuernas con todos esos hijos de puta a los que llamaba contactos de confianza daba bastante igual. Maisa, la sombra de Chanel y tacones Louboutin, se instaló en la mansión permanentemente, con su propio cuarto y una placa de "guardaespaldas", una tapadera perfecta para justificar que su perfume siempre estuviera impregnado en la camisa Armani del señor Clark.
El día menos pensado ya era inicios de diciembre del año 2024 en Toledo, Ohio, y el señor Clark estaba dando un discurso en "St. Michael’s Academy", para seguir manteniendo esa idea pública de que era una buena persona y que estudiando se llega a cualquier parte, ese día iba a donar su preciosa espada bastarda a la institución, y la podrían en la entrada, bajo la baranda de unas escaleras, sujeta por dos piezas de falso oro y tras una cristalera antibalas para que nunca la robasen. Dina estaba allí, escuchando el discurso con sus gafas Ray-Ban puestas y su uniforme de 60 dolares resplandeciendo con ese anómalo sol de diciembre que no calentaba nada. A su izquierda su madre, hoy más arreglada que nunca, con su pelo rojo bien cepillado y con un estilo ondulado que contrastaba de sobremanera con el rubio liso y corto de su hija.
— Esta no es una espada cualquiera — vocifera el señor Clark sobre una tarima con la espada angelical entre sus manos. — Está preparada para ser precisa y letal, como un bisturí en las manos de un experto. La carencia de pomo le permite tomar gran inercia por el contrapeso que obtiene de la gema hueca en la empuñadura. Al ser hueca y ligera se mueve en un promedio de 90 kilómetros hora al ser golpeada con furia, acumulando una energía cinética de 150 Julios por cm² en la punta y 7.000 J total, todo gracias a su composición de acero carbonatado y platino.
Las chicas sentadas en las primeras filas de sillas monoblock de 7 dólares frente al escenario improvisado en el deportivo prestaban atención, el resto de ellas, gente como Estefanía Miller, estaba mejor mirando el móvil o murmurando con las amigas. Las monjas que enseñaban en esa institución también estaban allí, algunas se preguntaban que sentido había tenido dar esta charla que solo era un rico presumiendo tener una espada legendaria que supuestamente se le había caído a un ángel. La hermana Theresia presta atención a cada detalle y lo contrasta en sus pensamientos con la información que ya conocía.
El señor Clark chasquea los dedos, y dos hombres subieron donde estaba él y su atril transportable de 130 dólares, estos hombres cargan una mesa con un muro pequeño de hormigón compacto, 7 centímetros de grosor. El señor Clark dice algo de que les dará una muestra, y en una estocada descendente con la espada parte en dos el material mencionado, son pocas las chicas que aplauden, Dina no es una de ellas, aunque su madre si, y por supuesto, Maisa también, que está a la izquierda del señor Clark en el escenario con su pelo alisado, sus botas de tacón y blazer Balenciaga de 2.100 dólares, seguramente el único que podría permitirse en su miserable vida.
— Ahora, para dar también voz a las voces jóvenes de las nuevas generaciones de esta institución, mi hija les explicará el contexto histórico que inspiró esta espada y la importancia de tenerla — dice el señor Clark.
Los aplausos son escasos, un eco de compromiso, mientras Dina sube los escalones, el señor Clark más ocupado en su Rolex de $10,000 que en ajustar el micrófono para ella. Se aparta cuando Dina se aclara la garganta, sitúa ambas manos en el atril y estira bien el cuello. Desde su posición y con sus ojos ve el ambiente entero, las chicas del club de baloncesto detrás para no tapar a nadie, las chicas del centro eran el grupo que se podría decir promedio, con las más populares atrás para no juntarse con la chusma, y delante del todo las raritas fanáticas de la historia. Dina no pertenecía a nadie de ese grupo, pero si podía ver a Clarisa con su rosario entre los dedos y a Theresia esperando sus palabras.
"Algo estoy haciendo bien, aunque sea poco", piensa Dina antes de quitarse las gafas y estirar bien el cuello, no ha venido aquí a ocultarle nada a nadie. Ella era quién era por su historia, sus cicatrices, y sus ojos, igual que Krampus, el gran oso polar del zoológico. Ella era quien quería, y de allí, ni una sola persona podía juzgarla.
— Como habéis podido observar, esta no es una espada cualquiera, es una espada romboidal de mano y media también conocida como espada bastarda — sus ojos llaman más la atención que sus palabras, pero Dina no pierde fuelle por ello. Sigue explicando por qué se asocia esta espada con los angeles, la cultura europea y los cuadros del Renacimiento, cuando quiere darse cuenta ya ha pasado 10 minutos hablando sobre cómo las culturas interpretan a los angeles, a partir de qué época se les empezó a dar alas y armaduras europeas, y como eso estaba relacionado con el Arcángel Miguel, patrón de esa institución.
Cuando termina hay aplausos, no son de todas las chicas, pero son más numerosos que los que ha recibido su padre, ver lo molesto ajustando los gemelos con un clac más sonoro que de costumbre, hace que ella ponga una sonrisa en su cara. El señor Clark divisa cada esquina del instituto, como si verdaderamente sospechara que una cámara de prensa saldrá de entre las paredes y le pondrá un micrófono en la boca para preguntarle, "¿Y qué opina usted de que su hija sea un fenómeno deforme?". Nada de eso pasa, pero su cara mustia no se va ni teniendo a Maisa al lado para consolarle.
— Hoy será un gran día, así que aprovechémoslo — comenta Dina al terminar su turno, sonriendo para nadie en particular.
***
El Lexus de vuelta a casa es un ataúd de $80.000, el chofer gruñendo sobre el tráfico mientras la señora Clark dice —Lo hiciste excelente, mi ángel —, prometiendo pollo frito para celebrar. La joven está feliz por ello, pero una pequeña parte extrañará a esa espada bastarda que se ha ido de a colección privada de la casa para siempre.
Ya en casa, habla con su madre en la cocina, le ayuda con los ingredientes y también planean la cena que harán en Navidad, mientras su padre habla con Maisa en el despacho de paredes insonorizadas con las cortinas que dan al Río Maumee totalmente cerradas. Personas entran y salen de la distancia sin dirigirle la palabra a Dina o a la señora Clark, no habrá ningún empleado en la cena navideña, solo los tres miembros principales de la casa, como lleva siendo desde que Dina tiene diez años, todo porque el señor Clark no soporta ni a su familia ni a la familia de su mujer, y como dueño de las cuentas en esa casa, elegí a quien entraba y quien no.
A Dina no le caían bien ni sus tíos ni sus abuelos, la señora Clark no tenía hermanos, pero si dos padres obsesionados con la belleza superficial, que si podían se llevaban hasta los adornos de la mesa. Su abuelo paterno está muerto, por razones que ni sabía ni le interesaban, y su abuela era un cadáver tacaño que siempre les recordaba a sus hijos en todo lo que habían fracasado disfrazado de anécdota feliz — Recordáis cuando hicisteis esa inversión y no sirvió para nada, yo os lo dije yo os lo dije — comentaba mientras masticaba pavo. Y el hermano del señor Clark era un cabrón con más divorcios que propiedades, siempre venía a estas reuniones con una mujer más joven que la anterior y otro hijo en camino. Parecía ser que nadie en ese linaje se salvaba de tener una obsesión.
***
Dina se pasea por la casa para bajar la comida, ya tenía diecisiete años, en enero cumpliría dieciocho, y cuando terminase el instituto habría que empezar a pensar en una universidad. Ella quería terminar sus estudios de historia, tirar por alguna rama de la teología que estuviera relacionada con los ángeles y su impacto en el mundo. Esquiva a dos criados cuyo nombre no conoce mientras sube por las escaleras de pino pulidas y bien conservadas. Su padre en cambio quiere que se dedique a la contabilidad, no es algo que le haya sugerido de manera sutil, simplemente un día en la cena le dijo — ve decidiendo en qué rama de la contabilidad vas a querer que te inscriba cuando te gradúes, y que no sea lejos porque no quiero tener a esa llorando todo el día — luego se rió en la cara de su madre, como si eso fuera genuinamente gracioso y no un insulto denigrante.
Cada día que pasa Dina odia más a su padre, genuinamente se pregunta si el donar la espada no ha sido más que otro acto de su parte para que deje de perder el tiempo con lo poco que le causa interés en esa casa. Lo dudaba porque para ello tendría que haberle prestado atención, y el señor Clark era más de ajustarse los gemelos y maldecir a lo que fuera. Aun así Dina sabía que no podía descartar del todo esa idea, porque Maisa también estaba en la ecuación, esa arpía parecía que no era feliz si no detectaba cada movimiento que hacía en esa casa, como si algo en esa mansión le perteneciese.
Dina abre la puerta de la sala de reliquias sin muchas ganas, ahora lo único que hay de valor en esa sala son los cuadros y los sables cruzados. La majestuosa espada ha desaparecido para siempre. Solamente podrá verla al entrar al instituto, y tampoco podrá mirarla mucho o le sacarán un nuevo apodo. Se acercó a donde antaño estaba la vitrina, ya solo quedaba una gran alfombra roja con bordes amarillos de 500 dólares por estar hecha de ilos irakies de primera calidad.
— Puto materialismo — Dina da un punta pie al suelo. — ¡A! — sus converse de 60 dolares han pateado algo duro bajo la alfombra. — Por la lanza de Longinos, ¿Qué demonios?
Eso que toca es duro y cilíndrico, como el manillar de una puerta o el de una trampilla. La curiosidad que lleva dentro, que estos años ha crecido tanto como ella, hace que recorra la alfombra en un solo movimiento y vea a la perfección una trampilla de apenas medio metro de largo y uno de ancho. Pestañea, mira a su alrededor con más paranoia que su padre buscando cámaras, pero tenía la suerte de que, exceptuando a su madre (que estaba leyendo la biblia tranquilamente en el salón), a nadie en esa casa le importaría lo que hiciese, ni siquiera la arpía de Maisa que estaría muy ocupada haciendo algo de trabajo oral con su padre.
Dina abrió esa trampilla de par en par, y bajó un tramo de tres metros de escaleras y dio con una pequeña sala que guardaba 4 filas de archivadores. La única luz que hay es la que entra por la trampilla, pues será demasiado tentar a la suerte si se le ocurre encender el único interruptor que encuentra a mano derecha. El lugar acumula polvo como si fuera un deporte, y uno de los archivadores tiene una marca de manos que todavía se distingue, así que ha sido abierto recientemente. Dina lo abre con cautela, aparecen varias carpetas naranjas ordenadas alfabéticamente, no nota irregularidades en ninguna, y traga saliva antes de impregnar sus huellas dactilares por todo el sitio.
Empieza por la letra "D", de su nombre, es la que menos contenido tiene, y no guarda ninguna relación con ella, solo juicios en los que ha participado su padre y empiezan por la letra "D", cosas tipo: "Deafened after using faulty headphones" (sordo después de usar auriculares defectuosos), "Death after been shot by an unlicensed pistol" (muerte tras recibir un disparo con una pistola sin licencia).
Por supuesto en todos estos casos su padre defendía a los culpables, la mayoría de ellos terminaban con su padre ganando. — Así que aquí es donde mi padre guarda las cuentas — murmura, la bilis subiendo por su garganta antes de cerrar y dejar todo como estaba. — Hijo de puta, además se sentirá orgulloso.
Vuelve a subir y cierra la trampilla, todo meticulosamente ordenado, como si jamás hubiese puesto un pie ahí abajo. Dina sabía que no sería la última vez que visitase ese sitio, su padre podía ser muy paranoico para muchas cosas, pero también era jodidamente confiado cuando creía que lo tenía todo bajo control. Dina piensa rápidamente en algún refrán histórico recordando uno que le dijo Theresia, le soltó a los cuadros de la habitación, "La confianza excesiva, precede a la caída".
***
La cena de esa noche es un campo minado, y Dina corta un filete de cordero muy hecho como si fuera su última comida en el corredor de la muerte, el cuchillo de $50 raspando el plato de porcelana. Toledo, Ohio, diciembre de 2024, la mansión de 2 millones de dólares respira dinero, pero no calor. El señor Clark levanta la cabeza del plato una vez a terminado y tira la servilleta de 25 dólares después de limpiarse las manos. La señora Clark entoces levanta la cabeza, separada de su marido por casi medio metro de mesa de madera granate que parecía sacada de un casino de Mónaco.
— Cariño, estaba pensando que ya se acerca Navidad — empieza a decir Anael, un dedo enredado en un mechón rojo como si fuera una quinceañera pidiendo dinero.
— ¿Y? — pregunta el señor Clark con la compasión de un notario.
— Llevábamos bastantes años celebrando la fiesta solo nosotros tres, ¿No podría invitar esta vez a mis padres? — la voz pierde fuerza conforme más habla. Dina lo ve con una sensación de impotencia que no se puede describir con palabras.
— ¿Me puedes garantizar que este año no van a robarme un puto florero? — el señor Clark se ajusta los gemelos de plata y el "clack" que hacen se escucha como el martillazo de un juez que dicta sentencia.
Anael agacha la cabeza, las uñas hundiéndose en las rodillas bajo la mesa, y el señor Clark alisa su chaqueta Armani de $3.000 antes de salir, probablemente a firmar cheques para mafiosos o para escribir documentos que luego esconderá en los archivadores de la trampilla.
"Esto no está bien", piensa Dina, que solo puede interpretar el papel de una espectadora. "Joder, nunca lo ha estado, ya se llevaban mal antes de tenerme, pero esto no puede continuar así".
— Madre, durmamos juntas esta noche — se aventura a pedir Dina, haciendo que su madre levante la vista de su plato frío y apenas consumido.
— ¿Por qué dices eso, mi ángel? — pregunta ella, sus ojos claros reflejando la luz de la lámpara de araña que cuelga en el techo. Dina siempre ha sido alguien afectiva, pero no tan afectiva, y es extraño ahora que casi tenía 18 años.
— La última vez que dormimos juntas fue a los 10 años, cuando tuve aquella pesadilla con "Los Simpson" — Murmura Dina, aún avergonzada de que Willy el jardinero disfrazado de Freddy Krueger le diese miedo. — Sería una buena oportunidad para recuperar todo el tiempo que estuvimos separadas en el hospital.
Ese argumento es suficiente, su madre sonríe con la mueca de quien recuerda tiempos mejores y asegura que le parece bien, solo irá a ducharse y a por su biblia, pueden orar juntas en la capilla de la casa ya que el personal termina su turno en media hora. Dina afirma que es un plan excelente mientras en su mente algo más siniestro empieza a mover los hilos, algo que le arde hasta el cuello. Alguien como el señor Clark no puede seguir impune después de todos sus crímenes, no era justo que alguien como su madre se esforzase día a día en sonreír para que su marido no le diera ni las gracias, no era justo que alguien como Dina tuviera sueños que no podía cumplir porque él la quería encerrada con un horario de oficina, no era justo que alguien que defendía criminales y encubría delitos viviera en una mansión con todos los lujos a su alcance. Tenía que caer, iba a hacerlo, y Dina era quien iba a empuñar con las dos manos la espada que cortaría la cuerda floja por la que desfilaba el hombre conocido como Rafael Clark.
***
Después de cenar, fregar los trastes, ordenar un par de cosas y otras necesidades de aseo, Dina y Anael cruzan un pasillo por el cual pasan de largo ignorando a Maisa y el eco de los tacones Balenciaga de $800, perfume Chanel como un gas venenoso, resonando en la moqueta de $44. No se miran. La señora Clark no tenía en buena estima a Maisa, sospechaba cosas, pero juzgar sin pruebas no era tarea de buenos cristianos. Dina por su parte, si dijera lo que piensa de Maisa, la ONU la acusaría de crímenes de guerra.
Finalmente llegan a la habitación de Dina, un cuarto con su propio orden formado a partir del caos, un pequeño rinconcito de la casa al cuál los empleados, tan solidarios como siempre, se han negado a entrar por la cantidad abrumadora de desorden que la rubia puede almacenar como si fuese un reto. Dos pilas de libros sobre la mesa, el 50% de ellos comprados a escondidas con la paga, apuntes dispersos sobre un escritorio de segunda mano que desentona con la preciosa moqueta azul marino de 44 dólares. La cama es enorme, perfecta para usarla de escusa y no permitir que tenga más de un armario de la ropa y una mesilla con el despertador y un cajón para objetos pequeños como pulseras y colgantes, que en realidad Dina nunca usaba más que para guardar las Ray-Ban. Aquí es donde duerme Dina, y si no fuera por la cama, a este habitáculo se le podría llamar el cuarto de las escobas.
— Dina, ángel mío, tienes que recoger con más frecuencia tus cosas — sugiere la madre, la voz amable pero cansada.
Dina suspira y prefiere no comentar, se sienta sobre su edredón blanco con su ropa más blanca aún y las galaxias con las que mira el mundo en 200 grados se clavan en Anael. — Madre, responde con toda sinceridad, ¿Eres feliz?
La señora Clark le devuelve la mirada a su hija con pesadumbre y se rasca un brazo mientras empieza a desviar los ojos. — ¿Qué clase de pregunta es esa hija? — cierra la puerta.
— No te veo feliz — confiesa Dina. — Ni ahora, ni antes, solo... No siento que seas feliz.
Anael suspira, camina y se sienta junto a Dina, el cuarto iluminado por una lámpara de $30, sin ventanas, un calabozo dentro de otro. —Últimamente estoy más feliz que nunca —dice, pero sus ojos no mienten—. Estoy feliz por ti, por tus estudios, tus actividades, tu recuperación.
— Ese es el problema madre, eres feliz por mí, pero no eres feliz por ti misma — Dina no le quita los ojos de encima aunque su madre no trave mirada con ella. — ¿Es por el comportamiento de padre, verdad?
— No digas eso... — Murmura Anael con cautela, el pelo rojizo tapando ambos lados de su cara, aún algo mojado, cual si fueran cables a punto de un cortocircuito.
— Madre, tengo 17 años, 17 años encerrada en esta jaula de oro — Dina aprieta las manos hasta volverlas puños. — Por favor, solo quiero la verdad. ¿Está pasando algo malo?
— No, no... — que mal se le daba mentir a la señora Clark, sus ojos fijos en la moqueta. — No es algo malo, es solo mala suerte... Todos los días.
El silencio que siguió a esa declaración era tan pesado que podría haber hundido la mansión entera. Dina se rasca el hilo negro por costumbre, entonces pregunta. — Madre, tú... ¿Me odias a mí? Mis ojos.
— Por supuesto que no... Amo tus ojos únicos. Tu eres mi ángel después de todo — finalmente sus iris asomaron entre sus cabellos. — Tú, tus ojos, tu pelo revoltoso, tu sonrisa, tus saltos y tus berrinches, todo en ti, eres lo único justo que hay en esta casa.
Dina siente que su corazón se hace más pequeño, se lleva una mano a lo alto del pecho y controla su respiración lo mejor que puede mientras su madre mira. Una parte de si misma que no conocía, siempre había querido escuchar eso.
— No me casé con tu padre por amor — confiesa final mente Anael, detalle evidente para cualquiera, pero que igualmente es doloroso pronunciar en voz alta. — Su padre le buscó la mujer más joven de su círculo, y mis padres que eran adinerados, pero siempre quieren más, vieron en esto la oportunidad perfecta para matar dos pájaros con una piedra, deshacerse de mí y conseguir un yerno millonario para poder gastar sin miedo a las represalias. Yo no le quiero, Dina, pero sin él, tú y yo estamos acabadas — le empiezan a castañetear los dientes. — Él tiene contactos, muchos, legalmente puede dejarme pidiendo en la calle si se me ocurre pedirle el divorcio... Siento que tengas una madre tan patética.
Dina abraza a la señora Clark repentinamente — eres la mejor madre que podría pedir. — empezó a notar lágrimas en la periferia de sus ojos, y su madre le abrazó la cabeza con suavidad.
— No te preocupes por mí, mi ángel, soy todo lo feliz que puedo limpiando las barras de esta jaula de oro, porque antes de que me dé cuenta, tu te habrás ido volando de aquí, y yo seré aún más feliz, porque le habré entregado a este mundo la muchacha más hermosa y más justa que se ha concebido bajo el cielo.
Dina llora, un sollozo mudo, la desgracia más hermosa del planeta. Esa noche, Anael duerme, pero Dina no, los ojos fijos en el techo, la cicatriz ardiendo como un faro. "Voy a terminar con mi padre", piensa, el pulso firme. "Le quitaré todo, sacaré a mamá de aquí. Krampus nunca se rindió, Miguel venció al dragón, y yo… soy el ángel que juzgará y será juzgado".
***
Dina se convirtió en un espectro, acechando al señor Clark con la precisión de un halcón. Toledo, Ohio, diciembre de 2024, tres días antes de Navidad, y ella memorizaba cada tic, cada rutina, cada sombra que seguía a su padre. En St. Michael’s, tomaba apuntes de historia; en la biblioteca, leía angelología con Clarisa; en la sala más fría que el ártico, aprendía guardias de Liechtenauer con Theresia, la espada de madera crujiendo en sus manos callosas. Pero fuera de eso, era la sombra de Rafael Clark, invisible, letal. Maisa era un problema, su perfume Chanel de $200 delatándola media milla antes, pero Dina esquivaba sus tacones Balenciaga con la agilidad de un ladrón en la noche, demostrando que ese título de guardaespaldas que Maisa portaba en la placa se le habrían dado por cualquier cosa, menos por hacer bien su trabajo.
La ironía la carcomía: su memoria era perfecta para las cuentas, justo lo que el señor Clark quería. Pero él nunca imaginó que la usaría en su contra para desmontarlo. No solo memorizó lo obvio (el clac de los gemelos de plata, un tic que cualquier idiota notaría en dos minutos), sino sus manías profundas: la obsesión por el orden, carpetas alineadas como soldados; su paranoia por el peso óptimo para su altura y músculos, pesándose cada mañana en una báscula de $150. Portaba una Beretta 92FS en el bolsillo interior derecho de su Armani de $3.000 y una navaja de plata en el izquierdo del pantalón. Y lo más importante: cada noche, a las 20:30, visitaba la sala de reliquias, solo, la trampilla abriéndose como un confesionario secreto.
Tres días antes de Navidad, Dina lo vigilaba desde un pasillo, el perfume de Maisa (un gas venenoso) alertándola antes de que apareciera. El señor Clark y la secretaria entraron a la sala de reliquias, cerrando la puerta de pino pulido. Dina, por la hora, ya esperaba que su padre fuese, por eso lo observa en la periferia de sus 200 grados de visión, pero oler el perfume que lo acompañaba hizo que apriete los puños con furia. La chica, con "sigilo" y "agilidad" como segundo nombre, se quedó bajo el umbral de la puerta y no escuchó mucho, pero no hizo falta perder más el tiempo cuando escuchó a su padre decir:
— Cómo has sido una guardaespaldas muy buena, aquí tienes un regalito de navidad adelantado.
Maysa da un chillido de felicidad que podría haber agrietado una copa de vidrio, y un sexto sentido le dice a Dina que el señor Clark no le estaba regalando flores en secreto.
***
Dina regresó al día siguiente a la hora más segura, cuando su padre sacaba cuentas en el despacho y su madre rezaba en la capilla, el resto de personal muy ocupado fingiendo que limpiaba algún rincón, o que podaba el jardín y no solo contemplaba el río. Dina baja los escalones pensando que tendría que haber traído un cuchillo para defenderse o algo, pero ya que está aquí hará todo rápido y se preocupará después. Conocía las manías de su padre, el orden obsesivo de los archivadores, y dedujo cuál abrió último por las marcas frescas. Encontrar la carpeta correcta tomó veinte minutos, hojeando con dedos rápidos y ojos felinos, hasta que da con la "M". Abre los documentos, y el mundo la apuñala en el pecho.
Papeles de divorcio, firmados con la caligrafía falsificada de Anael, datados en 2020. Según eso, sus padres llevaban divorciados cuatro años. Más abajo, un acta de matrimonio: Rafael Clark y Maisa, marzo de 2026. Dina contuvo el impulso de arrancar las hojas, la respiración agitada, los ojos galácticos brillando en la penumbra. Dejó todo en su lugar, excepto los papeles del divorcio, que robó en un chispazo de rebeldía. Subió, cerró la trampilla con cuidado quirúrgico, la alfombra de $500 cubriendo el secreto. Pero el peso no se iba. 2020, el año del dóberman, cuando el señor Clark decidió que Dina no valía la inversión, planeando un divorcio para dejar a Anael en la calle y casarse con su secretaria. No lo ejecutó entonces, seguramente porque sería complejo y estúpido manejar un divorcio mientras tiene que lidiar con la seguridad médica de una hija medio muerta, así que solo lo pospuso hasta 2026, cuando Dina estaría en una universidad lejana, incapaz de proteger a su madre de un golpe que la destrozaría sin aviso.
Dina no se lo pudo callar, no pudo aunque intentó empujarlo con todas sus fuerzas dentro de su cabeza, no pudo aunque tenía una voz que le decía que esperase para pensarlo fríamente y dar un golpe de gracia mejor planificado. No pudo porque Dina no era así, Dina arremetía con todo y luego medía las consecuencias de sus actos, eso le había salvado la vida contra el doberman, eso la había impulsado a aprender esgrima, y eso era lo que iba a destruir esta farsa a la que llamaba familia.
Abrió las puertas de la capilla, la pequeña sala de apenas seis metros cuadrados donde su madre se arrodillaba y rezaba, como único testigo un crucifijo en la pared. Los ojos galácticos de Dina crepitaban, y su madre, de rodillas y con el pelo revuelto, la miró como quien mira a un fantasma.
— ¡Dina! — exclama cuando reconoce la forma de su hija. — Has abierto muy repentinamente, ¿Qué sucede?
Dina no tenía palabras para expresar, todo su cuerpo estaba ardiendo y la cicatriz en el cuello parecía apretar más que nunca, sólo extendió la mano con los papeles del divorcio hacia la dirección de su madre que se puso de pie para ver si su hija seguían sus cinco sentidos.
— Estoy preocupada, mi ángel, ¿Ocurre algo malo? — habla con la voz temerosa. Toma las hojas que su hija le ofrece. — ¿Qué es esto para que me interrumpas así?
Pensaba que tal vez era algún resguardo de las notas, algo que había llegado en el correo de última hora y decía que en realidad estaba suspensa en alguna asignatura, pero cuando leyó el encabezado de los papeles y lo primero que apareció fue "DIVORCIO", en grande y en mayúsculas, solo pudo alzar una ceja.
— Son de padre — murmura Dina. — Yo... Los encontré debajo de su armario, tal vez se le cayeron al despertar, no lo sé.
La señora Clark lee sus papeles de principio a fin, esperando que en algún momento su hija le mire y diga "¡Es una broma!", pero eso no sucede. Estos papeles son demasiado reales y demasiado complejos como para ser un simple engaño. Se esperaba muchas cosas de su marido, demasiadas a decir verdad, si el día de mañana la policía entrase por la puerta y le denunciase por posesión ilegal de armas, la señora Clark jamás se hubiese sorprendido. Pero esto era el escalón más bajo, había falsificado su firma en unos papeles de divorcio, y algo dentro de ella le decía que estaba en medio de una guerra que había perdido antes de empezar.
— De... De... — quería decirle a Dina que de dónde había sacado eso, pero no creía que su hija la estuviera mintiendo. Simplemente ya no sabía cómo gesticular sus labios para emitir un sonido congruente.
— No le digas que lo encontré — comenta Dina. — Vallámonos mamá, lejos, donde sea, no importa, no va a ir a buscarnos, no le importamos.
— Déjame... Déjame sola — atina a murmurar con la voz muy quebrada.
— No, mamá, no te hará bien resignarte en esto.
— ¡Fuera! — ordena Anael, la primera orden que le Dina en su vida. Las lágrimas formándose en los horizontes de sus ojos.
Dina traga saliva compartiendo una última mirada antes de girarse. — Estaré lista para hablar cuando lo necesites, te quiero mamá.
Cierra la puerta de la capilla y se deja caer contra la moqueta envolviendo su cabeza entre sus piernas y sus brazos. Su madre se había quedado dentro llorando y Dina esta llorando fuera. Pasados quince minutos sin que nadie viniera a consolarla, Dina se va a su cuarto arrastrando los pies y maldiciendo a todo y a todos con una promesa marcada a fuego en su mente, "si se me presenta la más mínima oportunidad de reducir esta mansión a cenizas, lo haré con todos y cada uno de sus integrantes dentro", posiblemente esa afirmación la incluyese a ella también.
***
A falta de una hora para que empiece la cena de navidad, la señora Clark toca la puerta del cuarto de Dina, nudillos delicados contra madera de 10 dolares el centímetro cuadrado. Dina estaba tumbada en su cama bocarriba, leyendo pasajes del libro de Enoc como si contuvieran antiguos misterios de la Cábala que le ayudarían a sentirse mejor. Se levantó en un movimiento fluido y supo quién estaría detrás de la puerta antes de abrir porque ninguna otra persona en esa casa se preocuparía por ella. Abre con un chirrido lento de bisagras para cruzar miradas con su madre.
Anael esta más demacrada que de costumbre, el pelo rojo peinado con los dedos para separarlo de su cara, el maquillaje se había corrido y lo había intentado arreglar con un pañuelo de 20 dólares con bordados que simulaban una marca famosa que ahora sobresalía del bolsillo en su falda de Zara. Traia las hojas del divorcio bajo el brazo para que nadie las viera. — Buenas noches, mi ángel — dice con una voz cansada y una garganta irritada por haber estado llorando. — ¿Puedo pasar?
— Tú siempre podrás entrar aquí, madre — dice Dina dejando espacio.
Anael entró, tacones rojos de Balenciaga resonando, sus ojos viendo el cuarto de su hija y pensando en todo lo que ha logrado ella sola. — Has estado limpiando — murmura con una pequeña sonrisa de orgullo.
— Si — Dina cierra la puerta con un clac más sonoro que el de los nudillos de plata de su padre cuando los ajusta. — No he tenido otra forma de distraerme para no pensar en... Bueno, no sé si quieres hablar de ello.
— Dina — suspira su madre. — Siempre te he dicho que eres mi ángel, tal vez incluso un regalo del cielo, aunque eso suene exagerado. Se que no buscas ningún mal para mí, así como yo no busco ningún mal para ti, por eso sé que estos papeles son reales, y por eso se que este es un tema que tenemos que tratar, pero no ahora — su madre le extiende los papeles para que los tome. — Has crecido mucho, y te has hecho más fuerte de lo que jamás pensé, y yo no. Hoy me di cuenta de eso.
— Madre no digas eso — Dina da un paso decidido hacia delante, alzando la voz como las trompetas del apocalipsis. — No hay nadie en este plano ni en los que le siguen que pudiera aguantar todo lo que has aguantado y seguir sonriendo.
Dina se queda con la palabra en la boca cuando su madre le levanta la palma con delicadeza y a media altura. — No, hija, aguantar los golpes y agachar la cabeza no es ser valiente, es aferrarse colgando de una brizna de paja, y esperar que no se rompa. — Acerca más los papeles a su hija. — Por favor, déjalos donde los encontraste, sabes lo maniático que es tu padre, se dará cuenta de que los has tomado.
Dina solo asintió, sus 200 grados clavados en el título que aseveraba y pronosticaba un divorcio inminente o algo peor. El cuello le ardía, los nudillos se le iban a volver blancos, y deseaba tener la espada que decían que Santiago cargaba en sus batallas en la península Ibérica. Su madre extendió otra cosa en su dirección, un puño cerrado que vio moverse en la periferia antes de alzar la vista. Su madre liberó un poco los dedos, y cae una cuerda negra que terminaba en un colgante de un ángel con alas plateadas y una inscripción en las telas que decía "Anatema Angélica". Un regalo de 15 dólares, y un recordatorio de lo que les unía.
— Feliz navidad, Ángela — dice su madre mientras le pone el colgante en el cuello, debajo de su pelo rubio tan brillante como una aureola.
Dina expande las galaxias en sus ojos, no alberga palabras en su vocabulario, y si las tuviera, no podría decirlas. Su madre le da un beso en la frente antes de salir por la puerta. Ella queda allí, entre sus cuatro paredes y unos libros que ahora no parecen contener información suficiente para expresar lo que está sintiendo en su interior. Se frota el cuello y traga saliva con algo de dificultad, tenía que seguir luchando, por ella y por su madre, juntas codo con codo. Su madre no era una carga que se resignaba a huir de esa casa, era una de las pocas personas que la apreciaba tal y como era, y que nunca la había juzgado, y no iba a meterla en problemas por un deseo tonto de venganza con su padre que podría solucionar cuando volviera a tener fría la mente, porque hoy había descubierto que lo que había sacado de su madre, no sabía rendirse.
***
La cena navideña en la mansión de 2 millones de dólares es un teatro vacío, la mesa imperial de caoba de $120 cubierta por un mantel de lino de $300, tan elegante como el Armani de 4.000 dólares que el señor Clark luce, el más caro de su colección, como si esperara fotógrafos que nunca llegarán. Toledo, Ohio, 24 de diciembre de 2024, y Rafael Clark preside la mesa desde una silla artesanal de $50, una botella de vino blanco de $200 a su derecha, un plato de pavo servido en porcelana de $500. Come sin prisa, solo en diez metros de madera, la lámpara de araña de $8.000 proyectando sombras que tiemblan cuando la puerta del comedor se abre. Dina entra, pijama blanco que parecería lujoso en una biblioteca, seguido por Anael, un vestido de seda blanca de $600 flotando como platino falso, y camina con la certeza de quién sabe que no va a caerse usando tacones de plataforma.
— Llegáis tarde, empecé sin vosotras — dice el señor Clark, por alguna razón hoy se siente con ganas de dar explicaciones, hay quien llamaría esto un milagro navideño. — ¿De que mercadillo ha sacado la baratija que llevas al cuello?
Dina lo ignora mientras hace chirriar las patas de la silla en la moqueta, disfrutaría muchísimo rallándola, pero hoy no lo ve necesario. — Padre, es un colgante muy elegante, no entiendo tus palabras.
— Si tú lo dices — murmura el señor Clark con desgana antes de volver a enfocarse en su plato.
Dina miró su comida, pavo con patatas cocidas y complementado con algo de vino hervido y salsa. Era la comida genérica que se hacía en esta casa para todas las festividades desde que ningún otro familiar venía. Año nuevo, acción de gracias, no importaba, siempre era la misma comida. Dina clava tenedores de plata y cuchillos antes de empezar a deborar. Esto es lo más cálido que va a ocurrir, no habrá villancicos en la chimenea que ni siquiera está encendida, no se va a despertar encontrando regalos debajo del árbol, porque desde los siete años sabe que Papá Noel es solo un invento de la Coca-Cola, cosa que su padre le dijo sin ningún reparo en los posibles traumas infantiles. No habrá felicidad en esta noche de paz. Anael degusta su comida de espacio, bocados lentos y tranquilos, y todo está en completo silencio. Dina piensa que es mejor así, aunque sabe que es muy triste, prefiere una familia disfuncional que se calla todo, a una familia disfuncional donde estarían gritando y lanzándose porcelana de a la cabeza. Lo único que le da por pensar es en cómo Clarisa o Theresia estarán pasando las navidades, tal vez se reúnen todas en el comedor para cantar villancicos sobre peces en un río y cabellos de plata fina con las chicas del internado, luego tendrán una lectura sobre el nacimiento de Cristo y se irán a dormir en habitaciones en las cuales podría fallar la calefacción en cualquier momento.
— Oye, pásame el champán — exige el señor Clark a nadie en particular.
Anael lo tiene a la distancia de un estirón de mano, una botella Luis Roederer de 18.000 dólares, que por supuesto es un regalo, porque el señor Clark no tiene para tanto aunque presuma como si fuese el caso.
Dina sólo hace girar las galaxias que tiene por ojos, pero Anael toma una respiración profunda antes de poner su espalda recta y decir sin tensione sus cuerdas vocales. — ¿Porque no te levantas tú y la tomas?
La pregunta retórica no solamente saca a Dina del plato que estaba revolviendo con el tenedor a falta de pan, también provoca que el señor Clark hace la cabeza como si hubiesen insultado todo su patrimonio monetario, porque si hubiesen insultado a su familia le hubiese dado igual.
— ¿Disculpa? — pregunta.
— No vas a hacer que estire mi mano, tome la botella y vaya caminando hacia ti para servirte en tu copa, cuando podrías simplemente levantarte, tomar la botella y servirte lo que te venga en gana.
Era fascinante para Dina ver la mirada de desconcierto en su padre, aquel hombre que creía tener todos los cabos atados no solo había dejado uno suelto, era el más importante y ahora el barco se le escapaba. Así que mantuvo la calma, hizo sonar sus gemelos al ajustárselos, y se levantó para tomar la botella con tanta tensión que parecía que lo estuviese tomando el pulso al cuello del champán.
— No era tan difícil — murmura Anael, su cara tapada por el pelo desde el punto de vista de su marido, y una sonrisa perfectamente visible desde el punto de vista de Dina.
— Me estás faltando al respeto — aseveraba el señor Clark, mandíbula tensa y cuerpo imponente por largas horas de gimnasio. Es alto y muy fuerte, Dina sostiene el cuchillo de plata sabiendo exactamente que vena cortar para que su muerte sea rápida, pero no indolora. Porque el esgrima de Theresia no había sido solo práctica, también incluía teoría.
— ¿Tienes la regla o qué coño te pasa? — dice el señor Clark sin delicadeza.
— Yo no tengo nada, cariño — Anael muestra una cara despejada y arreglada, un rostro que no tiene más lágrimas que ofrecer, una piel que ya no necesita ocultarse.
— Pues muy bien — el señor Clark gira en redondo, como si la conversación no fuera con él, pero la señora Clark se pone en pie, la silla arañando la moqueta y un golpe con sus dos palmas en la mesa que hace temblar todos los platos.
— ¡Y si no tengo nada es por tu culpa! — le increpa Anael con el dedo más acusativo que Dina había visto en su vida. — Lo único que has hecho por mí es una capilla que miras con desprecio cada que pasas cerca, no me respetas a mí, no respetas a tu hija y si piensas que no se lo que haces con la secretaria en tu cuarto cerrado ni siquiera estás respetando mi inteligencia. ¡Mírame a los ojos cuando te hablo, Rafael! - exige viendo como su marido ya desviaba la vista hacia los nudillos de plata. Dina estaba a segundos de levantarse y aplaudir, el choque de sus palmas resonando en esa habitación vacía. — Llevo más de 20 años aguantando tus estupideces, exigencias y paranoias. No hay nadie espiándonos desde las sombras del río, no hay nadie que quiera tomar fotos de tu desayuno para saber si es equilibrado o no, y no hay nadie a quien le interese tu vida, solo se juntan por el dinero que has conseguido lamiendo los culos correctos. Si eso te molesta me parece perfecto, yo misma firmo los papeles del divorcio y me largo de esta jaula de oro. Tienes una hija que es un milagro de la biología, un ángel bajado a la tierra, y la tratas como si fuese un fenómeno de circo del que te avergüenzas, ¡Pues ya no más! Prefiero pasar toda mi vida cosiendo trapos para pagarle la universidad a Dina que aguantar un solo segundo más de rodillas frente a ti. ¿Te queda claro?
El señor Clark se aclaró la garganta, su expresión seria combinaba con su pelo engominado, pero no convencía a nadie en esa habitación. Ahora tendría que decir algo como "has terminado con tu numerito, puta", pero por primera vez en mucho tiempo se había quedado sin palabras. Dina se puso de pie, zancadas lentas y constantes hasta estar al lado de su madre, el cuchillo aún entre los dedos, pero más escondido. Rafael Clark es solo una estatua arcaica en un mar de dudas, y con otro abotonamiento de gemelos se ajusta la corbata y se larga caminando con la botella de champán, en cinco minutos estará en su despacho, borracho y rebotando por las paredes mientras maldice a su mujer y todo lo que le rodea, destrozando sus mocasines contra un escritorio del abedul, o lanzando por la ventana una lámpara Selleti de 200 dólares con el busto del David de Miguel Ángel. Y todo eso a Dina no podría importarle menos.
— Mamá, has sido muy valiente — Dina abraza a su madre tan fuerte que siente que puede levantarla sobre su cintura.
— No, Dina, tú lo has sido, por decirme la verdad, por decirme lo que necesitaba oír, por todo — su madre le corresponde el abrazo. — Esta es nuestra victoria, pero no será nuestra última guerra — Anael ríe, algo estúpido, varios notarios lo tildarían de una risa por estrés. — Será mejor que empiece ahorrar, seguramente nos iremos a la casa de Sandusky de los abuelos un largo tiempo.
— No lo hará, mamá, porque no va a sacarme de esta casa sin un juicio de por medio, y no importa lo buen juez que sea, haga lo que haga estaría en todas las portadas de los periódicos durante meses, me transformaría en la pesadilla de prensa que siempre ha soñado que soy — Dina se ríe amargamente también. — Creo que podemos cantar un "Triumphalia" de momento.
Esa noche, madre e hija duermen en la misma cama, el calor de sus cuerpos más fuerte que la mansión fría. Todo, por un momento, parece estar bien.
***
Pasa un día, luego dos, una semana y finalmente un mes, y antes de ser plenamente consciente de todo lo que implica, Dina ya tiene 18 años y está a punto de graduarse. Si sus padres antes se hablaban poco ahora ni se dirigen la palabra, y mientras el mundo sigue girando, pocas cosas en la vida de Dina han cambiado, la única diferencia notable es que ahora su madre es quien viene a recogerla en coche, parece que a los empleados no les importa lo suficiente quien conduce siempre y cuando les paguen igual, para ser justos nunca les había importado lo que pasara siempre y cuando les pagaran igual.
8 de febrero de 2025, seis en punto de la tarde, el sol brilla en el horizonte con la gracia de un ojo morado, Dina porta su uniforme blanco de 60 dolares mientras todo su peso recae en sus zapatillas Converse y su pose en compás, no hay ni rastro de las gafas Ray-Ban que deben descansar olvidadas en algún bote de basura al que Dina las arrojó hace meses. Theresia está a su lado, habla con ella sobre como practicar la guardia media o guardia del arado, y porque hay que tener cuidado al utilizarla ya que deja tu mandíbula expuesta para un golpe de alguien que pueda ser más grande. Los minutos pasan y Anael no llega, pero quién si llega es una patrulla de policía, sus luces rojas y azules contrastando con el atardecer, manchando los cedros y muros del lugar con tonalidades neón, mientras Theresia frunce el ceño preocupada.
Dos policía se bajan del coche, sus uniformes desencajan más en esa institución eclesiástica que dos ludópatas en un comedor para la caridad. El primer agente llega caminando, quitándose la gorra al pasar la verja negra y los 5 metros de camino de tierra. — Buenos días, hermana — saluda a Theresia antes de mirar a Dina a los ojos, su expresión un poco asustada por ver ese negro galáctico. — Supongo que tú eres Dina Ángela Clark.
— Si, soy yo — confirma Dina con un timbre autoritario mientras piensa, "¿Policías a estas horas? ¿Han atrapado a mi padre y quieren que testifique?". No podía pensar en ninguna otra razón válida para que las autoridades la buscasen expresamente a ella.
— Creo que será mejor si tomas asiento — le sugiere el guardia.
— ¿Por qué? ¿Qué ha hecho mi padre? — el tono de la joven sonó a conclusión apresurada, y Theresia la toma con suavidad de un hombro.
— Lady Ángela, si estos hombres te sugieren tomar asiento, no lo hacen con intención de causarte ningún mal — Theresia barre con su mano hacia la puerta de la entrada. — Hay unos bancos nada más entrar, ahí podremos tomarnos las cosas con calma.
Dina admiraría esa serenidad y razonamiento en cualquier otro momento, pero no ahora, tal vez su madre se había retrasado porque su padre le había metido en un meollo legal, necesitaba información y la necesitaba ya. — No, no, estoy bien — Dina se revuelve, soltándose. — Por favor, díganme que pasa.
— Es un incidente ocurrido con tu madre — dice el segundo oficial quitándose el sombrero. — Lamento informarte de que ha fallecido en un accidente de tránsito. Tu padre nos comentó que no había quien viniera a recogerte porque lo solía hacer ella, y el choque fue...
Dina abrió los ojos tanto que su visión por poco se amplía diez grados más, la explicación del oficial seguía saliendo por su boca pero ella ya no escuchaba nada, sus oídos estaban pitando y su cabeza estaba dando vueltas, su mente no funcionaba y todo su entrenamiento para mantener la calma en situaciones de estrés aprendido en el esgrima, ahora parecía tan útil como tratar de respirar tras el mordisco en el cuello que recibió por parte del doberman. Theresia la toma de los brazos, las palabras siguen llegando, los oficiales se adelantan, algo pasa, si, el mundo sigue girando, pero para Dina, todas las luces se apagan, su cerebro desconecta y el shock hace que se desmaye.
***
Dina despierta cuatro horas después en la enfermería, solo Clarisa y Theresia están para asistirla, hablan, le ofrecen sopa, pasan muchas cosas, pero Dina solo hace una pregunta. — Mi madre, la señora Clark, mamá, ¿Ella está... Ella está muerta de verdad?
El silencio que Clarisa ofrece como respuesta es confirmación suficiente, pero Theresia añade algo más. — Se chocó contra un camión a 120 kilómetros hora cuando venía hacia aquí, lady Ángela, parece ser que el conductor se saltó un semáforo y entonces...
Dina cae inconsciente de nuevo, mientras Clarisa le grita un "¿Pero como se te ocurre decirle eso?" a Theresia. Las horas siguen pasando, Dina no sueña con alguien, solo hay nada, negro infinito con chispazos aleatorios de blanco, cual si nadase en el basto océano de sus ojos. Esa analogía no es correcta, Dina no tiene lágrimas ya, no le quedan, gastó todas junto a su madre en aquella capilla. Tampoco le queda inocencia, no va a tragarse un accidente tan extraño del que solo sale beneficiado el señor Clark. Dina solo creé en una cosa, la justicia del cielo, y si un ángel no baja a traerla, será ella quien lo haga.
***
Tras salir de la enfermería Dina fue llevada a su casa por la hermana Theresia, se mantuvo callada todo el camino mirando al horizonte, y no hablo ni cuando Theresia intentó sacarle algún tema de conversación sobre el esgrima alemán o la historia de Toledo. La dejó en su casa, y le explicó a los tres empleados que la recibieron porque era importante que guardase cama, incluso si eso implicaba no ir al instituto durante una o dos semanas. La monja estaba haciendo lo mejor que podía y sabía su papel de protectora, y solo recibía sonrisas de protocolo y un "no se preocupe la señorita Clark es muy fuerte y sabrá lidiar con esto. Ni que decir tiene que no hubo ni rastro del señor Clark, que seguramente ya estaba pensando en como disfrazar el luto de manera convincente para casarse con Maisa de aquí a dos semanas.
***
Toledo, Ohio, 3:30 de la mañana en la mansión Clark, un día 10 de febrero. Dina quita de un solo tirón todas las sábanas que la envuelven, se pone sus zapatillas Converse blancas de 60 dolares y camina con el sigilo de un ratón por los pasillos sin luz. Abrió la puerta de la sala de reliquias tan despacio que apenas se escuchó el pestillo, y su nariz estuvo atenta en todo momento, al menor rastro de perfume iba a salir de allí. La trampilla fue lo más difícil, pero los decibelios que emitió fueron relativamente silenciosos, todo los silencioso que puede ser un metal de 80 kilos en movimiento.
"Aquí tiene que haber algo", piensa mientras baja los escalones uno a uno.
¿Qué hubiera pensado su madre de esto? Ella hubiera querido que se mantuviera al margen, que no hiciera locuras, pero no importaba, no importaba absolutamente nada porque su madre había muerto arrollada por un camión. Dina no quería llorar, tampoco quería reírse mientras le clavaba un cuchillo a su padre. Lo cierto es que no sabía que quería, simplemente no podía estarse quieta, eso era como rendirse dando el mínimo esfuerzo, y ella no era así, la gente así moría a manos de los doberman, como le hubiera pasado a Miller en su lugar. No, ella luchaba, igual que Krampus, igual que Theresia, igual que Miguel en el apocalipsis.
Sus ojos escudriñaron la oscuridad, el único sonido era el siseo bajo que hacía al respirar. Su visión se adaptó a la habitación en un segundo y medio, y su ropa comoda le protegía del frió de ese lugar hermético, además ya estaba acostumbrada por los entrenamientos con Theresia en la sala sin calefacción. Se fijó en el escritorio con menos polvo, y al abrirlo notó una carpeta arrugada al final, parecía colocada con prisa y mientras Dina estiraba el brazo para cogerlo, giró la cabeza con brusquedad al escuchar múltiples pasos dirigirse a la trampilla.
— ¡Demasiado predecible! — gruño la voz del señor Clark antes de patear la trampilla, cerrando con una patada que sacudió la sala entera.
Dina sólo tuvo tiempo para llevarse la mano a los oídos, y el resto se quedó con los documentos en la mano mirando a una escalera que ya no tenía salida. No tenía palabras, la habían atrapado, creía que estaba varios pasos por delante, pero tenía a su padre pisándole los talones.
¡Clanch! Suenan los gemelos al abrocharse.
— ¡Cómo lo sabía! — gruñe el señor Clark desde fuera. — ¿Quién le iba a meter esas ideas de revolución en la cabeza a la puta mosca muerta de mi mujer si no era mi hija de espíritu libre?
Dina no responde, no le iba a dejar saber a su padre sus sentimientos, al menos eso sí se lo había enseñado bien, cualquier palabra que dijera podría ser usada en su contra.
— ¡Di algo, puta! — exige el señor Clark. — ¿No eras tan parecida a tu madre? ¡Llora por cualquier memez y reza esperando un milagro! — da un zapatazo contra el metal sin importar si rayaba sus mocasines. — Pues entonces cállate y sálvate tu sola si puedes, angelito.
Dina solo escucha tres pasos hasta que el contrachapado hiciera de tapón sonoro y volviera a quedar a solas con su respiración. La habían atrapado, ¿Cómo? Vaya pregunta más tonta, seguramente su madre se delató cuando mencionó el divorcio, ¿Y quién podría sospechar de divorcio a parte de ella? Seguro que Maisa había tenido algo que ver, un simple "¿Su hija no visitaba esa sala con frecuencia?" Hubiera terminado de anclar las piezas y atar los últimos cabos para dejar fijo el barco en el puerto. Dina solo suspiró, se resignó a darle más vueltas, su padre solo había tenido que esperar hasta ver su habitación vacía y luego emboscarla. La trampa perfecta porque la trampilla no se abría desde dentro y pesaba demasiado para empujarla si no era con el apoyo desde fuera.
Dina se frota el amuleto con forma de ángel que no se había quitado desde que su madre se lo dio, y la comisura de sus labios se volvió una sonrisa fina. — Estás aquí, ¿Verdad, mamá? Lamento que no me queden lágrimas que darte, pero ganamos una vez y volveremos a hacerlo.
Abrió la carpeta de documentos arrugados, y buscó el último que se había puesto, Dina ya sabía lo que iba a encontrar, estudios de las rutas, frenos cortados y un cabrón con deudas al que chantajear para que conduzca un camión, un testimonio con el cual sería fácil lidiar si revela algo de los involucrados. Dina solo alzó las cejas, una mafia, de que otra forma llamarlo. Cierra el documento y busca más, pasa horas y horas leyendo papeles, memorizando nombres que se repiten como memorizaba rutinas de su padre y movimientos de esgrima. Camina en círculos por la habitación y no habla en ningún momento, sólo memoriza y planea, su padre no va a dejar que se muera aquí, sería sospechoso si su hija desaparece el mismo día que muere su mujer, Theresia dijo que podía quedarse una semana sin ir al instituto, pero cuando esa semana pase empezarían las preguntas y un simple "Dina se escapó de casa" no iba a convencer a nadie.
Dina vuelve a frotar su colgante, suspira y deja los documentos en su sitio. Una parte de ella le dice que los destruya uno por uno, pero sabe que no merece la pena, conociendo a su padre seguramente ha hecho copias antes de llevar a cabo este plan. Ahora solo le quedan siete nombres en su cabeza, siete personas que se han repetido varias veces en los documentos, y que van a pagar con sangre el haber estado involucrados en la muerte de su madre.
"Juzgar y seréis juzgados".
Toledo, Ohio, 12 de febrero, más de 48 horas después. Dina está tirada boca arriba en el suelo, no puede creer que esa sala todavía tenga oxígeno para mantenerla viva, ya que apenas puede renovarse el aire entre las rendijas de hierro y madera que abren la trampilla. Está excesivamente débil, sus piernas han cedido y sus lumbares están muy afectados por el frío de la habitación, no ha podido comer absolutamente nada, y está empezando a pensar que a lo mejor su padre si tiene pensado dejarla aquí hasta que se muera de inadicción y luego tirar su cuerpo al río. Pero su nariz se mueve un poco al detectar un perfume que entra por la rendija. Entonces se hizo la luz.
La trampilla chirría como un ataúd carcomido por el óxido cuando se abre, una figura femenina la espera en lo alto de las escaleras, labios carmín y ropa Balenciaga, masticando un chicle de menta que seguramente ha sacado de una máquina expendedora. Es Maisa, su pelo está más y mejor peinado que nunca, y usa tacones de aguja que la hacen cinco centímetros más alta. Dina sabe exactamente lo que va a decir antes de que lo diga.
— Buenos días, Dini, ¿Has dormido bien? — el contraste de luz y sombra hace que la joven no pueda distinguir con claridad el rostro de Maísa, pero no hace falta para saber que está poniendo una sonrisa arrogante. — Tu padre me pidió que viniera a ver si todavía respirabas, ¿Lo haces?
Dina apenas tiene fuerzas para toser, eso causa confianza en Maisa, que baja más escalones, sus tacones de 45 dólares contra madera mohosa. Su aroma envenenando la humedad del sitio, una planta carnívora plantada en musgo.
— Una moneda mala siempre vuelve a aparecer, ¿No, Dini? — se regodea cuando sus pies quedan a la altura de un cuerpo que apenas encuentra fuelle en su pecho, dos ojos, tan profundos como el vacío del espacio, que apenas pueden entornarse. — Y tú tienes dos peniques negros e inservibles clavados en la cara.
— Por, ¡Cugh! ¡Cugh! Por favor, ayúdame — Dina extiende una mano temblorosa que Maisa patea con gusto.
— No me toques, niña — escupe. — Vas a tener que empezar a respetar los rangos, ¿Si? Yo soy tu nueva madre ahora — se pone de cuclillas mientras saca algo de un bolsillo que Dina percibe en su visión de 200 grados, es la pistola de su padre, una Beretta 92FS. Dina nota el cañón directamente presionado sobre su frente. — Vas a ser una niña muy buena, y vas a dedicarte a algo de provecho como la contabilidad o finanzas, cualquier cosa más útil que esa mierda que llevas al cuello.
Maisa toma el colgante con el puño, Dina intenta hacer fuerza por reflejo, pero está demasiado exhausta como para mover los brazos. La secretaria tira y ella nota la cuerda partirse en sus cervicales, a penas tiene fuerzas para emitir algo similar a un aullido.
— O mira, lloras como un cachorro atropellado — Maisa se pone de pie. — Igualita a tu madre.
Dina aprieta los dientes, sus uñas casi levantando madera, toda la fuerza que tiene en un movimiento que la levanta como si hiciese una lagartija. Piensa en tirarse a los tobillos de Maisa, partirlos y subirse encima para asfixiarla hasta borrar esa puta sonrisa de su cara, pero cuando está por flexionarse se desploma, y su mandíbula choca con fuerza contra el suelo, levantando polvo y moho hacia sus fosas nasales.
— Venga, Dini, ningún esfuerzo es imposible — Maisa sube los escalones, y en la cima de las escaleras desaparece medio segundo para luego volver y dejar una bandeja con un vaso de agua del grifo y un pan duro. — Como gesto de buena voluntad, aquí te dejo la comida de hoy, será toda tuya si no te mueres en el camino.
Dicho esto, se fue. A Dina le tomó 20 agobiantes minutos subir los escalones haciendo fuerzas con palmas y codos, empujándose en unas rodillas que apenas podían flexionarse, pero consiguió subir. Esta llena de raspones, astillas que han rasgado su ropa y se han incrustado en la piel, moho que si no es limpiado en menos de veinte minutos va a empezar a causar infecciones, y su única recompensa es un vaso de agua sin destilar y pan de ayer, pero Dina se lo come y solo puede pensar una cosa: "Sansón sólo pudo tirar el templo después de ser humillado".
Juzgar y seréis juzgados.
***
Dina, prácticamente, se transforma en otro de los muebles de la casa, la chica de gafas Ray-Ban que solo sale de su cuarto para ir a la escuela y regresa de esta para comer y repasar libros y libros de contabilidad que Maisa le deja y comprueba que se han hecho cada fin de semana. Empleados y dirigentes de la mansión solo ven a una chica eficiente y antipática siguiendo los pasos de su padre, el juez perfecto y antipático. Eso es exactamente lo que Dina quiere que piensen al verla, pero nadie la controla en el instituto, nadie ve como pasa días y días buscando la forma de tomar la espada que adorna el sitio y por derecho le corresponde, el arma de platino angelical encerrada atrás una vidriera hecha con cristal antibalas. Solo Theresia la ve entrenando con más rabia que nunca, con movimientos más rápidos y una adrenalina que, de ser medida, super haría con creces la generada al enfrentar a un oso polar.
1 de marzo de 2025, hoy Maisa oficializa su apellido "Clark", pues se casará con Rafael, y mientras Dina está en las clases, tomando apuntes de matemáticas mientras unas cuantas compañeras detienen sus bolígrafos por no estar entendiendo nada y las del fondo revisan reels de tik tok aprovechando que no se les ve. Dina piensa todo fríamente, no ha habido iglesia, tampoco boda, solo una firma de papeles en el registro civil y una cena esta noche, cena a la cual, evidentemente, no está invitada.
"A esa cena van a ir todos los aliados importante de padre, ¿No es así, madre?" Piensa mientras frota el colgante del ángel que guarda en su bolsillo, siente que si lo vuelve a llevar al cuello Maisa lo interpretará como rebeldía. "Serán los siete que memoricé, lo sé, hoy tengo que hacer algo".
Cuando la clase termina, Dina no deja de darle vueltas al asunto, pasea por los pasillos como alma en pena que ignora todo a su alrededor, pero en la más basta periferia de su visión, detecta un reflejo de platino y siente como si todo a su alrededor se volviera ruido blanco. Al mirar más detenidamente lo ve, la espada está ahí, encima de las escaleras, sin su vidriera, y la está llamando.
Dina se queda perpleja y de pie, su boca levemente abierta, hay quien la chista por detenerse en el pasillo en un cambio de clases, pero Dina hace caso omiso.
— Un milagro — dice para que nadie le escuche.
***
El día ya no sigue su curso natural, Dina no se presenta a la biblioteca, ni al esgrima intensivo con Theresia, lo único que cambia es el modelo del coche que conduce el chófer que viene a recogerla, pero no cambia su carácter antipático e ignora la espada oculta que Dina guarda en su costado. El contacto de la hoja contra la piel le trae recuerdos, le da más seguridad que la madera y le hace sentir tan viva como el día que aplastó la cabeza del doberman. Va con los ojos fijos en la carretera, adrenalina a flor de piel, así debió sentirse su madre el día de navidad, tal vez así se sintió segundos antes de morir aplastada, así se sentía ella al imaginarse sobre un caballo blanco, hoy es el día en que Dina Ángela Clark se vuelva el ángel juez, asesino de pecadores.
***
9:00 de la tarde, 1 de marzo, Toledo, Ohio, año 2025. La mansión ya no tiene personal, el señor Clark, ataviado con su Armani de 1.000 dólares y sus gemelos de plata pulidos de 150 la unidad, mira la hora en su reloj de oro mientras Maisa, ahora llamada señora Clark, lo acompaña con su perfume Coco Chanel y su ropa de Balenciaga, desde su rebeca hasta sus tacones de aguja, todo suma 2.000 dólares.
— Hoy será una gran noche — dice el señor Clark. — Vino, negocios, y ningún puto incordio al que llamar familia preocupado por si la niña respira la cantidad de oxígeno adecuada.
— Ese carcamal ya descansa seis metros bajo tierra, querido — dice Maisa daleando la cabeza complacida, sus pendientes romboidales asomando como cascabeles bajo su pelo.
— Así es, y el endeudado que se la cargó se colgó en prisión — Rafael hace chasquear los gemelos al ajustarlos. — Esta será la primera de muchas grandes noches.
— Así es, querido — Maisa empieza a trepar su espalda clavando uñas largas de penicura rosa. — Después de esta reunión, la noche mejorará con los dos a solas. No creo que a la niña le apetezca salir de su cuarto en un largo tiempo.
— Quizás tengo algo de suerte y se cuelga también — vacila el señor Clark antes de mirar la hora. El timbre suena. — Bueno, no hay que hacer esperar a los invitados.
***
En la mansión entran seis hombres; jueces, fiscales, y cobradores de deuda, a mayor corrupción mejor traje, más gomina en el pelo y más soberbia en el modo de comunicarse.
— Buenas noches, Clark — dice el más grande, cuerpo de 90 kilos y cabello que empieza a presentar canas. — Hemos venido a la cena tal como dijiste, felicidades por la mujer — examina de arriba a bajo a Maisa. — Ya veo que cambiaste el Lexus por algo con menos kilómetros recorridos.
Todos ríen con esa falsedad propia de quien puede permitirse un martini de 150 dólares, incluso Maisa, veinte años más joven que el señor Clark, pero que debe aparentar si pretende conservar su puesto y su estatus.
— ¿Estamos ya todos? — pregunta un hombre de corbata de lazo y cara de notario en funciones.
— Solo falta Taylor, pero anunció que tardaría una hora más por otros asuntos — responde Clark.
— Apuesto que es fraude fiscal — comenta otro de los yupis genéricos que están ahí reunidos.
***
El comedor está impecable, la lámpara de araña da un juego de sombras único mientras los platos se encuentran perfectamente repartidos para todos los invitados. Las sillas de roble están separadas la distancia justa de la mesa para que no rayen el suelo al ser retiradas, y todo está servido a la temperatura adecuada. Los platos de porcelana portan encima filetes de ternera al punto, acompañados de patatas cocidas y espárragos, mientras en la mesa se reparten panes, copas de vino con sus respectivas botellas y fuagras para acompañar.
Todo está a pedir de boca, y el silencio se rompe cuando empiezan los comentarios sobre salarios y planes futuros. El señor Clark se sienta presidiendo la mesa, Maisa Clark a su derecha y el hombre con cara de notario a su izquierda se sirve un poco de vino en una copa de un brillo tan cristalino que también le sirve para notar si tiene bien arreglado el pelo. Uno de los yupis genéricos que no ha hablado hasta ahora dice algo sobre un caso en el que ha trabajado y cierto incidente en un instituto no muy lejos de aquí que involucra a un autista, un cuchillo y una larga lista de demandas.
El timbre suena, Clark levanta la cabeza, bajando su tenedor de plata de 20 dólares de vuelta al plato, en un rápido movimiento al arremangarse mira su reloj, aún falta media hora hasta que Taylor llegue, y hoy no debería haber visitas no planificadas. Los seis restantes se detienen, ojos poderosos con miradas acusativas, altercados no planeados en la mansión de 2 millones.
— ¿No vas a contestar, Clark? — pregunta el grande de 90 kilos antes de dar un sorbo a la copa.
— No espero a nadie a estas horas — murmura él, aguantando sus gemelos de plata con rabia, pero sin emitir sonido.
El timbre vuelve a sonar, los tenedores se sueltan, un movimiento sutil que indica decepción pese a solo estar acompañado con el cargado silencio de la noche. Al señor Clark le resbala una gota de sudor por la frente mientras traga saliva.
— ¿Quieres que vaya, querido? — pregunta Maisa.
— Calla — ordena Clark mientras se pone en pie con la mandíbula tensa y gira en redondo. — Solo será Taylor, ese cabronazo hace lo que le da la gana siempre.
El señor Clark ajusta sus gemelos una vez más antes de salir y cerrar, como si no quisiera que nadie viese que algo se estaba saliendo de control. Los pasos de sus mocasines suenan mientras se apagan en la distancia y los seis hombres solo se echan miradas que evalúan sin emitir juicios. La puerta se abre entonces, rápido y sin emitir ruido por estar bien engrasada, pero no es Rafael Clark quien entra, es su hija, con el pelo rubio desordenado, sus ojos negros al descubierto y una espada bastarda de platino en la mano derecha. Dina era una figura de 5,61 pies de altura en un pijama blanco y con zapatillas Converse, a los ojos de los presentes, tan intimidantes como una niña de 13 años con un palo. Desgraciadamente para ellos, no sabían de lo que era capaz Dina a los 13 años con un palo, y le hubieran suplicado misericordia ahora con 18 y 90 centímetros de una aleación acero/platino.
— Ahora todos van a guardar silencio — Dina cierra con un chasquido, recibe miradas de incredulidad de los presentes, en especial de Maísa. — El juicio da comienzo ahora.
Con la mano en la empuñadura de correas de cuero, da un golpe hacia atrás contra cerradura y mango de la puerta, el mecanismo se parte, ahora todos están encerrados dentro. Dina llega al primero en tres pasos, es el alto y musculoso, que no tiene tiempo ni de retirar la silla cuando Dina carga contra él, en un tajo con más de 100 julios de fuerza en la punta, lo corta desde el costillar hasta el inicio de la cadera. Los hombres no tienen tiempo para procesar el rayo de esgrima y violencia que es Dina, de un salto cae en la mesa, pateando una botella de vino contra la cara del notario, haciendo que suelte un grito cuando vidrio y líquido le entran en los ojos. Mientras todos intentan retirarse, Dina alcanza al hombre enfrente de ella con un corte horizontal que separa cabeza de cuello con precisión quirúrgica.
Los tres que quedan ilesos se retiran a la par que Maisa se aparta de la mesa y trata de buscar algo en sus ropas. Dina patea un plato de comida mientras no deja de circular, deteniendo su impulso con el canto de sus pies. La porcelana vuela y da en el cénit de la cabeza a un tipo que no ha estado en una pelea en su vida, el impacto es suficiente para hacer que caiga y se desnuque contra el reposabrazos robusto de la silla.
Ignorando al que rueda por el suelo con vidrios en los ojos, y a Maisa que, desesperada, se ha tropezado con un tacón y a caído desorientada, quedan tres, dos a la izquierda, uno a la derecha. Dina salta, su rodilla partiendo la nariz de uno que se creía mucho por qué iba a sacar una navaja. Trazando un semicírculo en una perfecta rotación de cintura, la punta de su arma lo pincha a través de las costillas, la hoja pasa por la piel más allá del corazón y las alas de la cruz rasgan los pulmones. El hombre cae a plomo mientras Dina gira y se agacha medio segundo antes de que un disparo pase sobre su cabeza. El tipo que queda tiene una 9 milímetros, desgraciadamente, lo que no tiene es buena puntería en situaciones de estrés, ni una visión periférica de 200 grados que ha puesto a Dina alerta en cuanto ha notado el más mínimo movimiento fuera de lo esperado.
Dina no pierde los nervios, e impulsada con planta y dedos, pasa por debajo de la mesa mientras más balas fallan al chocar con la madera, los perdigones perdidos haciendo el trabajo sucio, perforan la tráquea del tipo empapado en vino. Entonces ella embiste con la punta de la espada, en un movimiento rápido de muñeca corta desde la pantorrilla a la rodilla, y dejando una mano libre, golpea la garganta del hombre, que hace un ruido estruendoso al caer. Lo último que ve es unos ojos de destellos galácticos, después, Dina lo decapita sin esperar suplicas por piedad.
Aún no se detiene, con el peso que va de talones a puntera, la fuerza de una adrenalina que desconocía, y sin una lasca de piedad en el cuerpo, la patea la mano a Maisa en el mismo momento que busca apuntarle con la Beretta. Las converse llenas de vino, sangre y comida pisoteada, parten huesos y fracturan la muñeca de Maísa que, aterrada y viendo como la pistola se desliza hasta los pies de la chimenea apagada, a mas de tres metros de ella, solo puede retroceder usando su brazo todavía sano hasta quedar con la espalda apretada a la pared. Dina toma un respiro profundo, el hedor a sangre que llevaba cinco años sin degustar había regresado, mezclándose con el perfume de la secretaria arpía y la comida de lujo, todo eso pone una sonrisa en su rostro.
— Espera, espera, Dini, no hagas ninguna locura — suplica Maisa, su brazo estirado y su manicura insignificante es lo único que le separa de una muerte segura.
Dina no quiere alargar mucho más esto, su padre seguramente ha escuchado los disparos, y cuando note que no hay nadie en la puerta (pues fue ella quien llamó dos veces), vendrá aquí corriendo, preocupado de si los disparos y posibles homicidios se pueden encubrir antes de que llegue esa prensa imaginaria que siente que lo acosa. Así que levanta la espada sobre su cabeza, solo otro corte rápido.
— Espera, Dina, escucha, fui yo quien convenció a tu padre de sacarte de la trampilla, él quería que te murieses allí — empieza a balbucear Maisa a segundos de entrar en llanto. — Enserio, enserio, le sacaste mucho de sus casillas, desmoronaste lo que había planeado por años, no me mates, yo te salvé.
— Reflexiona sobre ese error en el infierno, tendrás toda la eternidad para hacerlo. Yo ya tengo un veredicto para ti — sin mediar más palabra, Dina descarga un tajo que separa cabeza de cuerpo con un silbido efímero. — Culpable.
La cabeza de Maisa rueda por el suelo, la sangre manchando las zapatillas y pocas gotas han caído manchando el pijama. Dina no se siente mejor respirando ese perfume de muerte y dinero, tampoco se siente peor, se siente como un ángel haciendo el trabajo de un ángel, y si su deber es dejar nueve cadáveres esa noche, nueve cadáveres han de ser. La espada está aún más sucia que ella, pero no por mucho, al poner la punta hacia el suelo, la sangre resbala por la hoja para terminar en un charco, dejando el brillo impecable y la inscripción visible; "juzgar y seréis juzgados".
— ¡Qué está pasando ahí dentro! ¡He escuchado tiros! — vocifera el señor Clark desde el otro lado de la puerta, tirando de ella como si de verdad esperase poder abrir el metal y la madera rota.
Dina abandona la reflexión para tomar su personalidad seria de inmediato, carga contra la puerta y el arma atraviesa pomo y cerradura como si fuesen plastilina. El señor Clark se salva por un pelo, y con tres pasos a tras queda a seis milímetros del letal pico de la punta. Su cara refleja un claro; "¿Pero que cojones?", y se retira más cuando aquel mismo filo de una traza en diagonal se abre paso en la puerta.
Ya ha echado a correr cuando otras dos trazas en equis bastan para echar abajo pintura y astillas, Dina sale del comedor, y por supuesto que reconoce a su padre corriendo. El señor Clark mira sobre su hombro, es su hija quien porta la espada, quién está cubierta de sangre y quien le sigue en una pose de Vom Tag para cortarle un tobillo a nada que lo alcance. El señor Clark identifica que huir en línea recta de una niña más joven y ágil es un error, recula al llegar a las escaleras, frena con el canto de sus pies y empieza a subir mientras saca su navaja de plata. Dina no pierde ni un segundo de movilidad, pero cambia rápidamente a una guardia Mittelhut, la espada en horizontal y la navaja, lanzada como proyectil, rebotando en la gema de la cruz antes de siquiera ser considerada una amenaza, pero retrasando a la joven cuatro pasos que su padre aprovecha como alma que lleva el diablo.
Hace un giro que ni él entiende al girar por un pasillo y se mete en la sala de reliquias de un portazo cuando Dina estaba a nada de alcanzarlo, pero antes de dar la estocada que abriría la puerta, Dina se detiene con la espada en lo alto. Su padre está desarmado, no tiene la navaja, y tampoco la pistola, porque se la dio a Maisa, ¿Cierto? ¿Entonces porque esconderse en la única habitación que no tiene salidas? No es como que él pueda romper el cristal de las ventanas con las manos. Todo tiene todavía menos sentido cuando escucha como se abre y se cierra de un golpe la habitación de los documentos, ¿Se ha encerrado sin salida en un lugar que solo se abre desde fuera? No, eso no tiene ningún sentido.
***
El señor Clark saca algo de su ropa, en la otra mano sostiene el teléfono, da algunas fallas por la mala cobertura, y él patea un par de casilleros hasta que responden del otro lado de la línea.
— ¿Sí? — Pregunta Taylor, su abogado.
— O, Taylor, joder, que bien que contestas — dice Clark, la vista clavada en la apertura que siente que puede abrirse en cualquier momento. — Es la puta de mi hija, se ha vuelto loca, ha tomado una espada y ha dado pasaporte a todos, ¡Me oyes! ¡A todos!
— Si, te oigo, joder, no grites — la voz de Taylor se distorsiona un poco cuando se aleja el teléfono de la oreja. — ¿Quieres que llame a la policía?
— ¿Qué vas a llamar a la policía? Tráete a 15 cabrones con metal hasta en los dientes, estoy en un lugar que podría resistir hasta un incendio si al puto fenómeno se le ocurre prenderle fuego a la casa.
— Tú y la evasión legal, viejos compañeros — Taylor suelta una risa irónica.
— Cierra la puta boca y date prisa — exige Clark, que ya tiene suficiente con estar en esta situación por haber pensado que quien llamaba era él que había llegado sin retrasarse para variar.
— Aguanta 15 minutos — Taylor colgó.
— No tengo 15 minutos — le grita al teléfono apagado antes de tirarlo al suelo y pisotearlo.
Luego alza la cabeza, presta atención, pasos sobre él, flojos, amortiguados, como si fuesen deportivas. Es lo único que puede apreciarse debido a la naturaleza insonora del lugar. Clark está tan callado que puede escuchar su propia sangre fluyendo en las venas de su cuerpo, hace un movimiento y se planta firme con los pies en el suelo, cena gourmet amenazando con salir por su boca, y sudor resbalando por su frente. Aquello con lo que apunta es su confiable Beretta 92FS, le había dado una réplica similar a Maisa, pero él nunca iría a ningún lado sin una de éstas.
La trampilla se abre de golpe, y el señor Clark descarga un cargador entero contra la figura femenina de la escalera, que tambalea al recibir siete balas en el pecho y cuatro en cada pierna, desplomándose hacia atrás y dejando solo en el campo de visión del señor Clark, la punta de unas zapatillas Converse blancas llenas de sangre y restos de comida. ¿Lo ha hecho? ¿Acaso su hija está muerta? Solo le toma subir un escalón para oler quien está en la cima de las escaleras.
El señor Clark sube más peldaños, lo que ha cosido a tiros es el cuerpo decapitado de Maisa, no hay como culparlo, es de noche, la sala estaba sin luz y, sin cabeza, Maisa parecía igual de alta que Dina. Hay que darle crédito por no gritar, o por conservar la audición en plena forma tras disparar en un espacio con eco, pero ahora mismo, lo único que tiene es una sentencia de muerte esperándole cuando suba, porque si no lo hace, ella irá a buscarle.
— Estoy impresionado — el señor Clark se ajusta los gemelos al ritmo que sube escalones. — Lo has hecho, te has enfrentado a tu viejo y le has vencido en su propio tablero.
El señor Clark aplaude hasta llegar a la salida. Dina está detrás de él, a seis pasos exactos, aunque Rafael no la ve, ya que la cortina la tapa completamente, es el único lugar donde ha tenido tiempo de esconderse después de abrir y antes de que el cadáver de Maisa empezara a seguir las leyes de la gravedad en cuanto ella lo soltó. Ahora sabía que su padre solo tenía un recurso más a su favor, la retórica que había sacado de problemas a tantos pecadores, y que, por supuesto, usaría para salir de problemas él.
— No eres muy diferente a mí, por lo que veo — dice el señor Clark mientras contempla el cuerpo de Maísa, su cuello finamente cortado y su caja torácica medio expuesta por los tiros. — Eres mucho mejor que yo, en el mal sentido, yo no me mancharía las manos.
Dina se quitó la cortina de un movimiento, la tela ondeando contra el ambiente opresivo del lugar, ella erguida y sin zapatos, solo calcetines gruesos como la tela de su pijama blanco. Verla detenidamente en contraste con la luz plateada de la luna que entraba por las ventanas te hacía notar el colgante angelical en su cuello qué había arreglado lo máximo posible antes de esto. También tenía sus ojos con resquicios blancos tan brillantes como las enanas blancas en el espacio sideral y de iris tan negro como los puntos con hilo en su cuello que jamás sanarían del todo. Esa era Dina Ángela Clark, en eso se había convertido, en un ángel que solo venía a traer su justicia a este mundo ingrato.
Dio un paso, la bastarda de 90 centímetros aún firme en su diestra, la vista clavada en su padre, que parecía haberse serenado en segundos aunque el sudor en su frente y el tic en su dedo mostrasen lo contrario. Ahora mismo, no importaban ni las paredes revestidas en caoba de 60 dolares el pie de tabla, los suelos pulidos con alfombras importadas de 500 la universidad, ni siquiera los cuadros con retratos de nobles de siglos pasados y paisajes tormentosos, sus marcos dorados reluciendo bajo la luz nocturna, si es que se le puede llamar así. Lo más importante en esos cincuenta metros cuadrados de habitación.
— No me parezco en nada a ti — dice Dina.
— Yo también creía eso, ni siquiera cuando el test de A D N me escupía en la cara lo contrario — dice el señor Clark, tratando con todas sus fuerzas de controlarse y no ajustar sus gemelos. — Mírate, haces de tu ley tu arma, aunque eso implique ignorar la ley de los demás. Si realmente eres tan diferente, enfréntame en igualdad de condiciones.
Dina toma una pose tradicional a dos manos, la espada apuntando a la garganta de su padre. — No tienes derecho a pedir la igualdad de condiciones, mamá te superó así y tú le mandaste un camión para seguidamente dormir plácidamente con otra mujer en su cama. Eres todo lo contrario a justo, eres un pecador miserable y vas a morir desarmado.
— Si — Rafael hace un gesto dramático, alzando los dos brazos como si ya fuese a cerrarse el telón. — Eso es exactamente lo que yo diría, da un martillazo sobre el estrado, afirma: "te declaro culpable", cúbreme de heridas y dame de puñaladas hasta que deje de respirar. Después llámalo justicia.
Dina sostiene la espada con fuerza, no puede caer en su juego, no puede exigir justicia quien no es justo. Alguien que no la permitió ni siquiera despedirse del ataúd de su madre, la persona que más amaba en este mundo, hubiera dado cualquier cosa por abrazarla una última vez y ahora no puede porque este hijo de la gran puta se la arrebató.
— Hazlo, no tengo toda la noche — se queja el señor Clark.
— No es justo — dice Dina a regañadientes. — Tu no mereces justicia, pero mamá me veía como un ángel, y esta espada es el milagro que necesito para vencerte. Yo seré tu juez.
El señor Clark pone los ojos en blanco, como si verdaderamente prefiriese tener el hierro en la garganta antes que seguir escuchando un discurso motivacional. Dina no baja el arma, pero empieza a circular por el cuarto hasta quedar detrás de la trampilla. — Tira el arma dentro — le dice, y el señor Clark lo hace, luego ella patea la trampilla con fuerza, y se cierra.
Dina mira a la puerta, retrocede sin quitar a su padre de su vista, y golpea con la empuñadura, rompiendo el cerrojo exactamente de la misma manera que hizo con el comedor. De un tajo con la espada tira uno de los dos sables de caballería entrecruzados que adornaban la pared y se lo manda a su padre, deslizado por el suelo de un puntapié. Su padre lo toma y sonríe, blande esa hoja curva de caballería, más larga y pesada que la de Dina, diseñada para cortes amplios y devastadores. Su conocimiento en esgrima era limitado, no había practicado más de un par de veces en su juventud antes de que las espadas pasasen a ser un mero adorno para él, así dedicándose al boxeo o levantar pesas, que le hacían mejor a su cuerpo.
— Eres un fenómeno, un monstruo, emocionalmente inestable y estúpido — dice su padre. — Lo mejor que lograste fue matar a un chucho hace cinco años, ¿Y ahora creés que eres un milagro de justicia? ¿Un juez iluminado y prominente? ¿Cómo demonios va un monstruo convertirse en un juez?
— Estás delirando, padre — dice Dina, una sonrisa formándose en el momento en el cual el corazón se acelera tomando una guardia "del loco" perfecta, postura baja con la punta casi tocando el suelo. — ¿No ves que no tienes delante a un monstruo? Soy un ángel, y he venido a hacer el trabajo de un ángel.
Parece que en cualquier momento Dina va a soltar un monólogo de película junto a una carcajada que suene "Jiajajajaja". Pero Rafael no espera, acomete primero, avanzando desde una postura alta, el sable trazando un tajo descendente que hace silvar el aire conforme lo corta. Dina cambia de postura, frenando el filo con una guardia Vom Tag, espada sostenida a dos manos sobre la cabeza, muñecas firmes contra los 30 kilos de diferencia. Las hojas chocan con un clangor, Dina hace una finta hacia la derecha unida a un giro de muñeca que mueve su espada para lanzar una estocada rápida al pecho de Rafael, 20 centímetros más alto no son tanto una ventaja como son más áreas vulnerables que defender. Él consigue desviar la espada a tiempo con un golpe lateral del gavilán del sable, buscando una cuchillada rápida a la pierna que Dina evita en dos zancadas hacia atrás.
Rafael traza otro arco desde arriba, Dina se agacha y recula, los calcetines resbalándose en la alfombra. La sala, aunque espaciosa, limitaba sus movimientos, la madera resbala demasiado, las cortinas pueden enredar su espada, y la alfombra no le proporciona defensa a la fricción mientras su padre sigue lanzando estocada tras estocada, buscando un ángulo ciego que no encuentra en los 200 grados de visión de su hija perfectamente adaptados a la noche. El señor Clark sigue presionando con ángulos amplios y barridos, directos al cuerpo y la cabeza mientras Dina busca cualquier apertura que pueda aprovechar su estatura y movilidad. Dina entonces se anticipa cuando llega un corte descendente desde la postura amplia, un movimiento de muñeca adecuado con la punta hacia arriba atrapa la hoja enemiga entre las alas de la cruz y su propia hoja. Su padre se sorprende y en la mínima fracción de segundo que dura eso, acomete y la punta de su espada perfora el hombro de su padre desde la axila hasta el centro de la articulación. El señor Clark da una patada desde abajo, un golpe frontal que atina a la más joven en el pecho y la aparta.
Dina ríe, su pelo rubio y sudado tapando la cara, el hematoma de su estomago en proceso de formarse, y su padre a ocho pasos con el brazo izquierdo disfuncional que jamás volverá a ajustar gemelos y una mancha en el armani que no saldrá, sufre con jadeos cortados. El señor Clark suda más que en una sauna, notando la sangre espesa con su olor metálico llegando a las fosas nasales y opacando la colonia de 30 dólares y marca blanca que se echa. Conforme más cambia su cara a preocupación, más sonríe su hija.
Dina lleva su espada atrás, su punta casi en sus talones, lo que se llama una guardia de la cola, cierra distancia de inmediato. Los golpes salen en tajos desde abajo mientras no deja de moverse, tajos que buscan tobillos y cadera, que obligan a su padre a circular, que suben y bajan y conforme bajan vuelven a subir. Presiona de izquierda a derecha, y los golpes no pierden fuerza en ningún momento, la espada que desliza los golpes por el filo del sable lo sobrepasa, y al señor Clark no dejan de llegarle cortes a piernas y cadera, su juego de pies busca alejarse, pero nunca está lo suficientemente lejos del rango de 90 centímetros de su hija. Preocupado por toda la sangre que está perdiendo mira su cara, ella lo está disfrutando, esta pelea podría haber terminado hace 20 golpes, pero Dina está cortando de manera que haga daño pero no sea letal.
El señor Clark da con su espalda contra una de las paredes, la sangre de sus articulaciones manchando todo lo que toca. Agarra un cuadro por el marco, ese que representa un acantilado abstracto o algo así, lo saca de la pared y se lo tira a Dina, que simplemente cambia su ritmo al otro pie y lo evita como si danzase. Empieza a circular entorno al señor Clark, que no puede defenderse ni con la mayor inercia acumulada en la extensión y curva de su arma, solo tira rebeses y estocadas que fallan por centímetros. Dina aprovecha el contrapeso de la gema que mueve sus muñecas, es la espada quién la lleva en este baile y no alrevés.
En un intento de punzada directa hacia el hombro, el señor Clark adelanta su cintura de más, Dina pasa en un paralelo izquierdo, su empuñadura y dos manos llegan disparadas hasta los dientes del señor Clark y lo empuja haciendo que choque contra un ventanal, dejando su boca con dientes faltantes y tragando más sangre que orgullo. El señor Clark gruñe, frustrado por la agilidad de la joven. Avanza como quien no teme a la muerte, derribando otro cuadro sobre cerezos que había entre las dos ventanas. Dina llega al centro de la sala en un movimiento fluido y lanzando una finta desde la Guardia Media: finge un corte descendente, pero gira la hoja hacia el muslo de Rafael. Él cae en la trampa, bajando el sable para bloquear, pero Dina ya había retrocedido, pivotando sobre su pie izquierdo para ganar espacio. Entonces el ríe, arrastrando la alfombra hacia atrás de un pisotón, con mayor fuerza y por el cambio en el terreno, Dina cae. Rafael cargó con renovada furia, su sable trazando un arco amplio que buscaba su cuello. Dina se arrojó hacia un lado, rodando sobre su brazo derecho y se levanta en la Guardia del Loco, la espada baja, la punta rozando el suelo. Era una postura engañosa, diseñada para provocar un ataque.
Rafael sabía eso, intenta un molinete que parece llegar de la derecha pero cambia a la izquierda sin perder su pico de velocidad, Dina lo telegrafía a la perfección y en una cuchillada digna de una película, se desliza a la derecha, y responde con una estocada al hombro sano desde la Guardia del Arado. La punta de la espada bastarda rasgó lo poco que quedaba intacto del traje de Rafael, arrancándole un gruñido, pero él gira y contraataca con un corte diagonal, la adrenalina hace que estamina aumente y dolor disminuya, obliga a Dina a retroceder hacia el otro ventanal.
El cristal del ventanal vibró cuando Dina chocó contra él, el frío del vidrio contra su espalda. Rafael, confiado, levantó el sable para un golpe final. Pero Dina era más rápida. Adopta la Guardia de la Cola otra vez, la espada oculta tras su cuerpo, y fingió una estocada al pecho. Rafael alzó el sable para bloquear, dejando su guardia baja. En un movimiento fluido, Dina gira la hoja hacia abajo, ejecutando un corte preciso y brutal a la parte trasera de la pierna izquierda de Rafael. La precisión es tanta que la articulación ni cruje cuando menisco y fémur se separan. Rafael cae de espaldas, y aunque no suelta la espada, no tiene fuerzas para moverla a tiempo cuando su hija pisa su mano destrozando la muñeca.
Dina es un ángel envuelto en algodón, sangre y euforia, la sonrisa en su rostro representa todo lo que alguien de su edad no debería ser, y sus ojos son la última noche estrellada que el señor Clark contemplará. — ¿Qué excusa pondrás ahora? — pregunta Dina sin ninguna expresión legible en su rostro tan cerrado como las costuras en su cuello.
— Solo eres un fenómeno con una espada, no eres un ángel, no eres un juez, no eres nada. No tienes un lugar a donde ir y este mundo te comerá a pedazos hasta que quedes tan muerta como la puta de tu...
¡Zas!
Dina no lo duda, un revés fino y desenfrenado hace que la cabeza de su padre salte por los aires, rodando hasta acabar bajo las cortinas. No se sintió mejor con eso, lleva sin sentirse verdaderamente bien bastante tiempo. Mira su reflejo en la espada, sus ojos negros, su oscuridad y sus galaxias, ya no le parecen tan bonitos, simplemente no sabe cómo sentirse. Conforme la adrenalina se va, se da cuenta de que está en una escena del crimen. Toma sus zapatillas del cuerpo inerte de Maisa, respirando por última vez ese perfume. Conforme baja las escaleras, recuerda un nombre que aún falta en su lista: Taylor, el abogado de su padre. Ese pensamiento se pierde rápido entre los ecos de ruido blanco que parece transmitirle la espada. Gira su cabeza para ver el comedor por última vez, la puerta destrozada, las huellas con sangre y el reguero que conduce hasta la habitación de arriba por haber arrastrado el cuerpo de Maisa.
“Hace tiempo prometí que purgaria todo el mal de esta casa con fuego y conmigo dentro", piensa Dina. "Ya no me parece justo".
***
Dina sale del mausoleo de dos millones de dólares que es la mansión, le rompía el alma saber que su padre tenía razón, no tenía donde ir, así que se fue al río Maumee, limpiaría su espada en sus orillas. Allí estaba, frotando el filo de su arma con un trozo desgarrado de su pijama, era más un tic nervioso que una necesidad, porque toda la sangre se había ido resbalando de la hoja a lo largo del camino.
— Mamá, respóndeme con toda sinceridad si es que aún me escuchas — le dice Dina a su colgante angelical. — Si estuvieras aquí y supieras lo que he hecho, ¿Serías feliz? — Dina espera una respuesta que no llegará nunca. — Yo... Yo lo soy, lo soy por mí, mamá, por mí y por ti, y por Krampus si es necesario.
El ruido blanco se había apoderado de su mente y sus manos, y frota una hoja apoyada en sus pies que ya no podía ofrecer más brillo. Se detuvo mirando el reflejo de su filo, había tres personas armadas con metralletas semiautomáticas detrás de ella, y en el centro de todas, estaba el cabrón que le faltaba con los brazos cruzados a la altura de los riñones.
— Bonita noche, ¿No creé, pequeña Clark?
Taylor, el mismo traje que el resto, una pajarita en lugar de corbata y un pelo con la gomina suficiente para disimular las entradas. Dina se incorpora con la espada en la mano, los tres hombres armados la apuntan. — Empiezo a sospechar que todos los hombres de traje saludáis con el mismo desinterés. — Dice.
Taylor vio que Dina estaba dentro de sus casillas, así que prefirió no andarse con rodeos. — No has sido muy discreta, tus huellas nos han traído hasta aquí — mira el suelo, el rastro granate tirando a oxido que termina donde ella está parada.
— No me estoy escondiendo de nadie — Dina alza la cabeza, la cicatriz cómo un trofeo de guerra, un mensaje; "No me importa morir esta noche".
— Vuelve a poner los pies en la tierra, no puedes esquivar disparos — responde Taylor.
Dina resopla con un pequeño "jejeje" saliéndole de los labios. No, no podía esquivar disparos, pero tampoco lo había intentado nunca, y eso de ser más temeraria que racional se le daba muy bien. Taylor tiene que adelantarse, zapatos de oficina manchándose con el barro de la orilla del río, antes de que alguno de los matones, genuinamente asustados por los ojos de Dina, abra fuego. "Gatillo fácil" y "loco de las armas" generalmente se escriben en la misma línea.
— Escucha, Clark...
— No me llames así — gruñe Dina entre dientes. — Dina Ángela Clark ha muerto en esa casa, está encerrada en la habitación del pánico de su padre, y yo soy el ángel juez que ha renacido de su espíritu.
Dina hablaba con tanta magnificencia que los tres hombres armados se pusieron rígidos. — Es una metáfora, animales, ¿No veis que está loca? — grita Taylor antes de que llegue la sangre al río, nunca mejor dicho.
— Tengo los cabos bien atados, se muy bien de que hablo — dice Dina, fija en los tres hombres al mismo tiempo y sin pestañear.
— Bien, entonces hagamos un trato, Dina, ángel juez o quien seas — Taylor hace aspavientos antes de que la cosa se descontrole.
— ¿Qué quieres?
— Todo esto — señala con su pulgar en dirección a la mansión. — Si nos lo das, tú a cambio, no vuelves a saber de nosotros en tu vida.
Dina veía la mansión en la periferia de su visión y no requería de clavar la vista fija para hacerlo, ni siquiera a tan altas horas de la noche. — ¿Por qué?
— Dinero, ¿Qué otro motivo sería?
— No, ¿Por qué te arriesgas a dejar un cabo suelto?
— No eres un cabo suelto, ángel, eres un eslabón de esta cadena de avaricia y egoísmo, hagas lo que hagas ya estás enganchada, yo solamente me dedico a pulir cada pieza — Taylor hace un gesto con la mano como si sacase brillo a algo. — Ciertamente me resulta muchísimo más sencillo inventarme un caso donde la única heredera de la familia Clark sobrevive a un ataque inesperado en la noche, que uno que me obligue a esconder un cuerpo que una institución entera de monjas va a empeñarse en buscar.
Dina respiró de manera un poco más pesada, ¿Estos hijos de puta no le acababan de amenazar usando a Clarisa y Theresia como escudo, o si? Su mente empezó a maquinar como librarse de los tres y luego decapitar a Taylor.
— Escucha, piénsalo — intervino el abogado que prácticamente podía leer sus intenciones pese a su cara de póker. — Nosotros queremos dinero, tu quieres olvidarte de esto, la forma más sencilla de llegar a un acuerdo es que voluntariamente nos des dinero y nosotros nos vamos para que te olvides de esto. Porque supongamos que consigues matarnos, que viendo lo que has hecho en esa casa estoy empezando a pensar que puedes, hay más de diez hombres esperando detrás de mí, si consigues escapar de ellos, te encontrarás con todos los que hay detrás y te aseguro que se cuentan por centenas. Y esos, jojojo, esos sí que te van a ver como un cabo suelto, ángel. Si lo hacemos de la manera fácil, nosotros borramos las pistas y tú solo das la cara para decir que no quieres tener nada que ver con tu familia. Si lo haces por el modo difícil, buena suerte esquivando un proyectil disparado a ti a 900 metros sobre segundo. Tú elijes.
Dina deja de pensar en ella por un momento, piensa en Clarisa y Theresia, en que la cuidarían como la cuidaron en la enfermería, que sin contar a su madre, eran las únicas figuras a las que podía considerar una familia. Pensó que una vida en el internado no sonaba tan mal, porque seguramente siempre habría trabajo con el que mantenés ocupada. Sería como Krampus cuidado en cautiverio, era lo más cerca que estaría de alcanzar la felicidad en este punto de su vida. Así que aceptó los términos y condiciones de Taylor.
***
Siete meses después todavía se discute en la prensa lo que le ocurrió a la familia Clark, al parecer un asesino robó una espada valorada en 50.000 dólares del instituto privado donde la hija estudiaba, y el mismo día que pasó eso, atacó a todos los integrantes de la familia y sus allegados durante la noche, la única superviviente fue la hija de los Clark, legítima del padre y fruto de su primer matrimonio. Había sido obligada a presenciar como mataban a todos y luego le habían dado la espada para incriminarla. Sabemos que es imposible que Dina matase a todos, una niña de su edad necesitaría un milagro para realizar las brutales masacres que ocurrieron esa noche.
"Nunca imaginé que alguien pudiese robar la espada, ninguna niña de la institución le daba importancia a esa reliquia, no pensé que alguien estuviese esperando el día en que quitásemos la vitrina para limpiarla el polvo, y fuese a tomar la espada para algo tan horrible, piensenlo ustedes, ¿Qué posibilidades había?", declaró una de las monjas que luego se haría cargo de la pequeña Clark.
El caso quedó a manos de Taylor, el abogado de la familia, que movió cielo y tierra para mantener a la joven Clark lo más alejada posible del asunto y ese misterioso asesino que hizo todo sin dejar una sola huella rastreable. Actualmente, Dina Ángela Clark, vive en el internado conocido como St. Michael’s Academy, al cuidado de la hermana Clarisa y la hermana Theresia, parece que poco a poco mejora su condición mental, pero todavía presenta traumas severos, no solo por lo ocurrido con su padre, también perdió a su madre en un accidente de tránsito, y fue brutalmente atacada por un doberman cuando era pequeña, pobre criatura, esperemos que algún día logre encontrar la paz. Hasta entonces, no debemos juzgarla por quererse mantener lejos de las cámaras, ya saben lo que dicen; "Juzgar y seréis juzgados".
***
Toledo, Ohio, 12 de marzo de 2027. La noche huele a nieve artificial. Dina Angela Clark, 20 años, camina por el borde del zoológico municipal, su aliento formando nubes que se deshacen contra la reja que empieza a tener herrumbre. Lleva una chaqueta North Face negra, gastada en los codos, y botas Timberland que crujen sobre el hielo roto. En su mano derecha, la espada bastarda que no la ha abandonado desde el día que la robó del instituto: 90 centímetros de acero al carbono y platino, la hoja opaca reflejando las luces lejanas del centro. La esfera con la gema amatista brilla tenue, las alas de la cruz aún tienen finas marcas por las estocadas del sable. Pesa menos de lo que debería, un kilo y medio, pero siente cada gramo como si cargara el cadáver de su madre en una maleta. Dina no ha llevado bien el paso del tiempo, el internado ha empezado a sentirse como una cárcel, igual que la mansión pero más barato. No soporta las miradas que le lanza Theresia, dice que la quiere como a una hija, pero Dina sabe que la juzga y que de vez en cuando se pregunta para sí misma si acaso fue solo una coincidencia que el día que robaron la espada también fue el único día que Dina faltó a las lecciones de esgrima sin causa justificada.
El zoológico está cerrado, las taquillas vacías, un letrero de neón parpadeante que dice "Toledo Zoo", es increíble que este antro se mantenga aún en pie. Dina no puede seguir cargando el peso de dos años huyendo de la verdad, oculta entre cuatro paredes sin calefacción para estar lejos de la prensa que siempre querrá saber qué ocurrió aquella noche. La verdad es que Anael está muerta, Rafael está muerto, Maisa está muerta, y ella sigue aquí, con el colgante de Angelica colgando bajo la chaqueta, la amatista fría contra su pecho. Tararea un villancico con la voz rasposa, un eco de la canción que alguna vez había soñado en cantar con su madre junto al fuego de una chimenea. Los ángeles la llaman, o eso cree. Esta noche lo sabrá.
Salta la reja con un movimiento que indica que solo ha mejorado la destreza que ya tenía de joven, la espada golpea el metal y suelta un clang que resuena en la oscuridad. El recinto de los osos polares está al fondo, un círculo de cemento y vidrio empañado por el frío y rodeado de rocas falsas. Krampus está ahí, lo sabe. Lo vio por primera vez a los 8 años en un VHS del zoo, un documental narrado por un tipo con voz de locutor de radio AM: "Krampus, el rey blanco, 500 kilos de músculo". Sus ojos negros, como los suyos, la miraban desde la pantalla, y ella pensó, "Tú y yo somos iguales". Ahora, con la cicatriz del dóberman ardiendo en su cuello, viene a probarlo.
El candado del recinto es una mierda barata, un Master Lock que cede con un golpe de la espada. La puerta chirría, y el olor a pelo mojado y carne cruda la golpea. Krampus está despierto, un bulto blanco moviéndose en la penumbra, sus zarpas raspando el suelo como si las afilase para despiezar un tentenpie de media noche. Dina sabía que los osos polares eran uno de los pocos animales que veían a los humanos como parte del menú. De Krampus no esperaba ninguna compasión, era un luchador clandestino que había matado desde gorilas a tigres de vengala, pasando por toros de lidia y leones africanos. Esa era la leyenda que quería ver en acción. Así entra en su perimetro visual, la espada baja en la guardia del loco que Theresia le enseñó: punta al suelo, lista para subir en un arco mortal.
— Vamos, grandote — murmura, su voz temblando de frío y algo más. —Juzguemos quién merece estar aquí.
Krampus se gira, un gruñido bajo retumba en su pecho, y la luz de una farola led rebota en sus ojos: dos pozos negros con destellos, como los suyos, como galaxias atrapadas en hielo. Es enorme, más grande de lo que recordaba, un metro noventa y ocho de alto parado en sus patas traseras, el pelaje sucio de barro y sangre seca por la carne que ha degustado en la tarde. Dina aprieta la espada, siente el cuero gastado de la empuñadura contra sus palmas sudadas. — Tú no tienes madre que te llore, también nos parecemos en eso — dice, y da un paso adelante, el corazón latiéndole en los oídos.
El oso carga, un borrón blanco que sacude el suelo, y Dina apenas tiene tiempo de girar. Las zarpas silban, rasgan el aire a un centímetro de su cara, y ella tropieza contra una roca falsa, el aliento caliente de Krampus apestando a pescado podrido. Ella gruñe, rodando a un lado mientras una garra golpea el cemento, arrancando chispas. La espada sube en una finta, un movimiento de la destreza alemana, pero el oso no es Rafael con un sable argentino. Es puro instinto, 500 kilos de furia que no entiende de pasos laterales, ni de juego de pies ni guardias altas.
Dina se lanza, la bastarda corta un arco bajo, buscando las patas. La hoja muerde pelo y músculo, un tajo superficial que saca un chorro rojo, pero Krampus ruge y gira, más rápido de lo que debería. Una zarpa la alcanza, uñas como dagas se clavan en su brazo izquierdo, rasgan la chaqueta y la carne, el hueso prácticamente visible. El dolor es un relámpago, caliente y blanco, pero ella no grita.
"No siento nada", se miente a sí misma, tambaleándose hacia atrás, la sangre goteando en el hielo y la nieve artificial. Escupe saliva y frío.
Krampus la mira, la cabeza ladeada, y ella ve su reflejo en esos ojos: una chica flaca con pelo rubio sucio, gafas Ray-Ban rotas hace años, una espada temblando en su mano. El oso ataca otra vez, un rugido que sacude las jaulas vacías, y Dina esquiva por instinto, el cuerpo recordando las horas con Theresia. La espada sube en una parada alta, desvía una garra, el metal canta contra las uñas. Ella gira, un paso en diagonal buscando el ángulo, y clava la punta en el flanco de Krampus, 150 julios por centímetro cuadrado hundiéndose en carne blanda. El oso aúlla, se tambalea, y ella saca la hoja con un tirón húmedo, sangre resbalando de su hoja sin ensuciarse, salpicando su cara como pintura caliente. Qué bonitos recuerdos le trae esto.
Krampus no cae. Es un rey blanco, un demonio de hielo obligado a luchar, y ella es una niña con una espada rota y un colgante de 15 dólares. La zarpa viene de nuevo, un golpe ciego que la lanza contra el vidrio del recinto. El impacto le roba el aire, la espalda cruje, y la espada cae a un metro, la gema amatista brillando como un ojo con un hematoma. Dina tose, sangre en la boca, y Krampus se acerca, aún con cojera no baja de los 50 kilómetros hora, el flanco rojo pero los ojos vivos. Dina farfulla una maldición que involucra a ángeles extra-biblicos, se desliza hacia la espada, los dedos arañando el cemento helado.
Sus manos encuentran la empuñadura, el cuero gastado como un viejo amigo, y se pone de pie, tambaleante, la pierna izquierda temblando bajo su peso. — No me culpes — dice, la frase saliendo como un mantra. — Los ángeles te juzgarán. Krampus ruge, un sonido que podría partir el cielo, y carga con todo, los dientes por delante. Dina no esquiva, no hay tiempo. Levanta la bastarda con ambas manos sobre su cabeza, un tajo descendente, todo su peso en el golpe. La hoja silba, corta aire y pelo, y se hunde en el cráneo del oso, un crujido sordo como madera creepitando. La fuerza la tira al suelo, Krampus cae encima, 500 kilos de muerte aplastándola contra el hielo.
Por un segundo, no hay nada. Solo oscuridad, el peso del oso, el olor a sangre y sudor. Luego, un latido, otro, y Dina empuja, gimiendo, hasta que el cuerpo rueda a un lado. La espada está clavada en la cabeza de Krampus (que ha sido partida en dos), la gema amatista manchada de rojo, las alas de la cruz parcialmente rotas y brillando bajo la luz de la farola led. Ella se arrastra, se sienta contra el vidrio, le vienen recuerdos de la lucha con su padre, el brazo izquierdo colgando inútil, la sangre goteando en charcos pequeños. — Lo hice — susurra, y una risa rota le sube por la garganta, no maniaca, solo cansada.
Toca el colgante, los dedos temblando, y piensa en Anael. — ¿Esto me hará feliz a mí, mamá? — dice, las lágrimas cortando la mugre de su cara. Los ángeles, los jueces del cielo, la miran desde algún lugar. Krampus yace muerto, un rey blanco destronado, y ella sigue viva. Un milagro, un juicio, un punto de no retorno. — Me protegen, tenías razón, mamá — murmura, y se pone de pie, cojeando, la espada en la mano derecha, el brazo izquierdo goteando rojo, posiblemente infectado.
El zoo está en silencio, los animales duermen. Dina camina hacia la reja, la niebla del río Maumee tragándola como un fantasma. La ciudad también duerme, pero no por mucho. Hay juicios pendientes, corruptos que castigar, y ella es la remitente. "Lady Ángela también está muerta" piensa, y Ángel Juez camina libre, si ves sus alas, serás el siguiente pecador en su lista.

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