Sueños rarunos volumen el que sea.

 


Sueño normal:

Era un profesor adulto jugando en un arroyo con unos niños a los que daba clases. Estaban jugando al "pilla pilla", le tocaba pillar a uno de los chicos más pequeños y todos huyeron de él hacia la izquierda, menos el profesor y tres niños más que se fueron hacia la derecha.

Estaban jugando debajo de un puente en un arroyo claro que apenas les llegaba a las rodillas y donde siempre había sido seguro. Los niños se pierden en la oscuridad y el profesor escucha como se ríen hasta que salta un rugido. Entonces, tres de los cuatro niños que se habían ido vuelven corriendo hacia el profesor.

El profesor ve turbaciones en el agua, pero no ve que las causa. Salta hacia delante y pega un puñetazo a una zona que parece vacía, pero en realidad le da en la cabeza a un Andrewsarchus invisible, y al estrellarlo contra la vereda de pasto se vuelve visible y con la cabeza abierta.

El profesor le ordena a todos los alumnos que quedan que se vayan, que él hará el resto.

Se adentra más en el agua y en la oscuridad bajo el túnel, encontrando el cadáver de Marcial, un alumno de pelo rubio y camiseta de guepardo. Está "flotando" en el aire mientras algo se lo come. El profesor corta distancia rápido y le mete una tremenda derecha a la criatura invisible, que literalmente le vaporiza el cráneo.

Entonces el profesor se mira en el reflejo del agua, se ve entre la sangre y la turbación. El reflejo es suyo, si, pero el profesor es John "Gentleman" Jackson, y se nota en él el remordimiento por haber perdido a un alumno.

Recordando su experiencia como atleta, sale corriendo hacia la zona más profunda de la oscuridad, encontrando dos cuerpos de otros dos estudiantes, una niña de vestido rojo y cabello marrón, y un chaval de cabeza espada y camiseta verde. Ambos están parcialmente irreconciliables.

John entonces cierra los ojos, y escucha a las criaturas moverse en el agua, saltar cortando el aire. Le mete un gancho de izquierda a uno mientras con la otra mano le hace un parri al siguiente. La pelea se alarga 4 minutos, y finalmente Jhon "Gentleman" sale cargando a todos sus alumnos muertos, sabiendo que este ataque fue una emboscada, porque no hay Andrewsarchus invisibles en estos ríos.

En la escena final, John reporta el ataque en un patio bajo una parra. Se lo dice a Julie d'Aubigny, y esta le dice:

— ¿Quién manda criaturas del Eoceno Superior a matar a 4 niños?

— Tres, aún no hay rastro de Abraham, no lo demos por muerto sin tener el cuerpo delante, no perdamos la fé — responde John.

— Tu fé no ha salvado a esos niños — dice Julie viviendo de su taza de té.

— Al contrario, me ha dado las fuerzas para salvar a los que no podrían ser salvados solos.

Julie dirige la mirada de sus ojos con marcador negro hacia la espada en su cinto y piensa que seguir discutiendo no les llevará a ninguna parte. — Habrá que hacer algo — dice.

Fin.


Sueño mejorado por la IA Grok 3:

El aire olía a musgo húmedo y tierra mojada bajo el puente del arroyo. La luz del sol, filtrada por las grietas del viejo estructura de piedra, danzaba sobre la superficie del agua cristalina que apenas rozaba las rodillas de los niños y del profesor. Era un lugar idílico, un rincón olvidado donde el tiempo parecía detenerse, un arroyo poco profundo que serpenteaba entre verdes colinas y donde los niños de la aldea solían jugar bajo la supervisión de John "Gentleman" Jackson, un hombre robusto de mediana edad, con el cabello entrecano y una mirada que mezclaba severidad y ternura. Aquel día, el juego era "pilla pilla", y el ambiente estaba lleno de risas infantiles que resonaban contra las paredes húmedas del túnel.

John observaba a los niños correr y saltar, sus pies chapoteando en el agua mientras esquivaban al pequeño Tomás, el encargado de pillar. Todos, menos John y tres niños —Marcial, Ana y Samuel—, corrieron hacia la izquierda, perdiéndose en la curva del arroyo. John, con una sonrisa, guió a los tres pequeños hacia la derecha, adentrándose en la penumbra del túnel. El agua seguía siendo clara, pero la luz se desvanecía a medida que avanzaban, y las risas de los otros niños se convertían en ecos distantes. De pronto, un rugido gutural rasgó el aire, un sonido que no pertenecía a aquel lugar. Los niños se detuvieron, y John sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Marcial, el rubio de camiseta con un guepardo estampado, soltó una risita nerviosa, pero Ana y Samuel se aferraron a la manga de John. El rugido volvió, más cercano, y el agua comenzó a agitarse sin motivo aparente. John giró la cabeza justo a tiempo para ver a los tres niños que habían ido con él regresar corriendo, con el pánico pintado en sus rostros. “¡Corre, profe, corre!” gritó Ana. Pero faltaba Marcial. John alzó una mano, ordenándoles que se quedaran atrás, y dio un paso hacia la oscuridad. El agua vibraba, como si algo enorme se moviera bajo su superficie, pero no veía nada. Entonces, confiando en un instinto afilado por años de experiencia, lanzó un puñetazo al aire, justo donde el agua parecía más turbulenta. Su puño conectó con algo sólido, un crujido resonó, y un Andrewsarchus —una bestia prehistórica de hocico alargado y colmillos como dagas— se materializó al estrellarse contra la orilla cubierta de hierba. Su cráneo estaba roto, y la sangre teñía el pasto.

“¡Váyanse! ¡Ahora!” rugió John, su voz resonando como un trueno. Los niños obedecieron, corriendo hacia la luz del día. John, sin embargo, se adentró más en el túnel, donde la oscuridad era casi absoluta. El agua, ahora más fría, le llegaba a los muslos. Sus pasos eran firmes, pero su corazón latía con furia. Entonces lo vio: Marcial, flotando a un metro del suelo, su cuerpo inerte mientras algo invisible lo desgarraba. La camiseta del guepardo estaba rasgada, y la sangre goteaba al agua, formando volutas carmesí. John no lo pensó dos veces. Corrió hacia la criatura invisible, y con un derechazo brutal, sintió el impacto contra un cráneo que se deshizo bajo su puño. La bestia, otro Andrewsarchus, se volvió visible al desplomarse, su cuerpo inerte flotando en el arroyo.

John se detuvo, jadeando, y se miró en el reflejo del agua. La sangre y las ondas distorsionaban su imagen, pero era él: John "Gentleman" Jackson, el hombre que había jurado proteger a sus alumnos. Sus ojos, sin embargo, reflejaban un peso insoportable. Había perdido a Marcial. Apretó los puños y siguió adelante, adentrándose en la parte más profunda del túnel, donde la oscuridad era tan densa que parecía tragarse el sonido. Allí encontró dos cuerpos más: Ana, la niña del vestido rojo, y Samuel, el chico de camiseta verde y cabello rapado. Sus cuerpos estaban destrozados, irreconocibles, flotando en el agua como muñecos rotos. John apretó los dientes, conteniendo un grito de rabia.

Cerró los ojos, dejando que sus otros sentidos tomaran el control. El agua chapoteaba a su alrededor, y el aire silbaba con movimientos rápidos. Las criaturas estaban cerca, acechando. De pronto, un splash a su izquierda. John giró y lanzó un gancho de izquierda, conectando con algo que gruñó de dolor. Al mismo tiempo, sintió un zarpazo cortando el aire a su derecha. Con un movimiento fluido, paró el ataque con su antebrazo, sintiendo el roce de garras invisibles. La pelea se convirtió en una danza mortal en la penumbra. Las bestias eran rápidas, pero John era un torbellino de precisión y fuerza bruta. Sus puños conectaban con cráneos, costillas, hocicos, cada golpe acompañado por un rugido de las criaturas que se desvanecía al volverse visibles y desplomarse.

El combate duró cuatro minutos eternos. John peleaba como si el tiempo no existiera, su cuerpo moviéndose por puro instinto. Una criatura intentó embestirlo desde el frente, pero él la esquivó y le estrelló un uppercut que le destrozó la mandíbula. Otra saltó desde un lado, pero John la interceptó con un codazo al cuello, haciéndola colapsar con un gorgoteo. La última bestia, más grande que las demás, logró arañarle el pecho, dejando un corte ardiente. John rugió, ignorando el dolor, y la atrapó en un abrazo mortal, aplastándole el cráneo contra la pared del túnel. Cuando todo terminó, el agua estaba turbia de sangre, y los cuerpos de las criaturas flotaban inertes.

Exhausto, John cargó los cuerpos de sus alumnos —Marcial, Ana y Samuel— sobre sus hombros. Cada paso era un recordatorio de su fracaso. El túnel parecía alargarse infinitamente, pero finalmente emergió a la luz del día, donde los niños sobrevivientes lo esperaban, llorando. Los dejó con cuidado en la orilla y se desplomó, mirando al cielo. Sabía que esto no era un accidente. Los Andrewsarchus no pertenecían a este mundo, mucho menos invisibles. Esto era una emboscada.

Horas después, John se encontraba en un patio cubierto por una parra frondosa, el sol filtrándose en manchas doradas sobre una mesa de madera. Frente a él estaba Julie d’Aubigny, una mujer de mirada afilada y presencia imponente, con los ojos delineados de negro y una espada colgando de su cinto. John le relató todo, su voz grave pero cargada de dolor.

“¿Quién manda criaturas del Eoceno Superior a matar a cuatro niños?” preguntó Julie, dando un sorbo a su taza de té.

“Tres,” corrigió John, su mirada fija en la mesa. “Aún no hay rastro de Abraham. No lo demos por muerto sin un cuerpo. No perdamos la fe.”

Julie alzó una ceja. “Tu fe no ha salvado a esos niños.”

John levantó la vista, sus ojos brillando con determinación. “Al contrario, me dio las fuerzas para salvar a los que no podrían haberse salvado solos.”

Julie desvió la mirada hacia su espada, pensativa. Sabía que discutir con John era como chocar contra una pared. “Habrá que hacer algo,” dijo al fin, dejando la taza sobre la mesa.

El viento agitó las hojas de la parra, y el patio quedó en silencio. John asintió, sabiendo que la verdadera batalla apenas comenzaba.

Fin.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Creepypasta: Nina the Killer (Remake 2024).

Minecraft c0nsci0usne33 ARG español.

Borrador de Yume Nikki.