Análisis con IA del inicio de Meridiano de Sangre| Capítulo 09
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Fuente: https://youtu.be/SDjcaGgKlCQ?si=V9Z3d15vrRMvmUmn
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Se hallaban cruzando la margen occidental del lago seco cuando Glanton se detuvo. Volvió la espalda con una mano apoyada en el arzón de madera y miró hacia el sol que acababa de asomar sobre las calvas y moteadas montañas del este. El lecho del lago seco se veía uniforme y exento de huellas y las islas azules de las montañas base eran como templos flotantes en el vacío. Toadvine y el chaval descansaron a caballo y contemplaron con los demás aquella desolación. Al fondo del lago surgió un mar frío y el agua, invisible durante miles de años, ondulaba plateada al viento matutino.
—Parece una jauría de perros — dijo Toadvine. —Yo creo que son gansos.
De repente Bathcat y uno de los de la hueste volvieron grupas y fustigaron a gritos a sus caballos y la compañía hizo lo propio y empezaron todos a desfilar por la hondonada en dirección a la franja de maleza que marcaba la playa. Los hombres saltaban ya de sus caballos y los man
Un tenue friso de arqueros montados que temblaban y vacilaban al calor creciente. Pasaron frente al sol y desaparecieron uno por uno y aparecieron otra vez y al sol eran negros y salían de aquel mar evaporado como fantasmas quemados, las patas de sus caballos levantando una espuma que no era real; y quedaron ocultos en el sol y ocultos en el lago y brill
Y en el cielo, que ya sugería el alba, empezó a aparecer encima de ellos un aspecto infernal de sí mismos, enormes e invertidos, y las patas de los caballos que montaban increíblemente alargadas y pisoteando los altos y delgados cirros; y los tremendos antiguos guerreros suspendidos de sus monturas, inmensos y quiméricos, y sus gritos salvajes resonando en aquel sustrato duro y ya no como gritos, sino como gritos de almas que se hubieran colado en el mundo de abajo por algún desgarro en la trama de las cosas.
—Girarán hacia su derecha —gritó Glanton.
Y mientras eso decía así lo hicieron ellos, buscando el lado más favorable para sus arcos. Las flechas surcaron en parábola el cielo azul con el sol en las plumas y de repente ganaron velocidad y pasaron con un silvido menguante como un vuelo de patos salvajes. El primer rifle hizo fuego. El chaval estaba tumbado boca abajo sujetando el enorme revólver Walker con las dos manos y disparando con pausa y esmero como si lo hubiera hecho ya en sueños.
Los guerreros indios pasaban a menos de cien metros, unos cuarenta o cincuenta serían, y empezaron a desgranarse en los apretados estratos de calor y a dispersarse en silencio y perderse de vista al otro extremo del lago. La compañía aprovechó para recargar sus armas. Uno de los ponis yacía en la arena respirando regularmente y había otros en pie con flechas clavadas y aguantando con curioso estoicismo. Tate y Doc Irving fueron a atenderlos. Los demás se quedaron vigilando el lago seco.
Toadvine, Glanton y el juez salieron de las matas de gobernadora. Recogieron del suelo un mosquete de cañón rayado revestido de cuero crudo y con tachuelas de cabeza de latón de variadas formas incrustadas en la culata. El juez escudriñó la margen norte de la pálida playa por donde habían escapado los paganos, le pasó el fusil a Toadvine y siguieron andando.
El muerto yacía en una charca arenosa. Estaba desnudo aparte de las botas y unos grandes calzones mexicanos. Las botas tenían puntera de borceguí y suelas de piel cruda y caña alta con los remates bajados y atados por las rodillas. La arena de la charca estaba oscura de sangre. Permanecieron al borde del lago seco aguantando el calor sin viento y Glanton lo hizo rodar empujando con su bota. Apareció el rostro pintado con arena pegada a las órbitas de los ojos, arena pegada a la grasa con que se había embadurnado el torso. Se podía ver el agujero que la bala del rifle de Toadvine le había abierto encima de la última costilla. Tenía el pelo largo y muy negro y empañado a causa del polvo y se le paseaban unos cuantos piojos.
Había pinceladas de pintura blanca en sus mejillas y galones pintados encima de la nariz y figuras pintadas de rojo oscuro debajo de los ojos y en el mentón. Era viejo y tenía una vieja herida de lanza justo encima de la cadera y otra de sable en la mejilla izquierda que le llegaba al rabillo del ojo. Estas cicatrices estaban decoradas de punta a punta mediante imágenes tatuadas que, por mucho que el tiempo las hubiera oscurecido, carecían de referentes en el desierto circundante.
El juez se arrodilló cuchillo en mano y cortó la correa de la cartuchera de piel de felino que el indio llevaba encima y la vació en el suelo. Contenía una visera hecha de un ala de cuervo, un rosario de pepitas, varios pedernales, un puñado de balas de plomo; contenía también un cálculo sacado de las entrañas de alguna bestia y el juez se lo metió en el bolsillo tras examinarlo. Los otros efectos los esparció con la palma de la mano como si su disposición pudiera encerrar algún significado. Luego rajó los calzones del muerto. Atado junto a sus oscuros genitales había un saquito y el juez lo arrancó también y se lo guardó en el bolsillo del chaleco. Por último agarró las oscuras guedejas y las levantó del suelo y arrancó el cuero cabelludo. Luego se levantaron y regresaron dejándolo allí tendido, escudriñando con sus ojos ya secos el calamitoso avance del sol.
Cabalgaron el día entero por un sequedal elevado donde crecían barrilla y mijo. Por la tarde llegaron a un terreno hundido donde los cascos de los caballos resonaban de tal manera que estos se hacían extraños y derramaban la vista como animales de circo; y aquella noche, mientras dormían sobre el suelo vibrante, los hombres, todos ellos, oyeron el estruendo opaco de una roca cayendo en alguna parte debajo de ellos, en la espantosa oscuridad del interior del mundo.
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Narración.
-- Polisíndeton: la secuencia de acciones encadenadas con "y" crea un efecto de acumulación incesante, como si los eventos se precipitaran sin pausa ni respiro.
Esto imita el ritmo del desierto: monótono, implacable, sin jerarquías claras entre acciones. Evoca el estilo de la Biblia del Rey Jacobo (King James Bible), que McCarthy admiraba profundamente: "Y vio Dios que era bueno. Y fue la tarde y la mañana un día." El polisíndeton genera una sensación de inevitabilidad fatal, como si los hombres estuvieran atrapados en una cadena de eventos predestinados. Es un ritmo que acelera la percepción del tiempo en momentos de acción, haciendo que el lector sienta la urgencia física.
-- Descripción indirecta: En vez de decir "era un espejismo" o "parecían sombras invertidas por el calor", McCarthy describe el fenómeno como "un aspecto infernal de sí mismos, enormes e invertidos". Es una descripción que materializa la metáfora hasta el punto de que la metáfora se convierte en realidad narrativa.
Esto juega con la ambigüedad ontológica tan típica de McCarthy: ¿es solo calor y refracción, o hay algo sobrenatural/demoníaco en el paisaje mismo? El efecto es de desrealización: los indios no solo aparecen como fantasmas, sino que su imagen especular en el cielo los convierte en seres míticos o apocalípticos. Es como si el desierto proyectara su propia mitología infernal.
-- Narrador semi-omnisciente. La frase "unos cuarenta o cincuenta serían" es reveladora: el narrador no sabe exactamente, pero estima. No es omnisciente absoluto (como en una novela del XIX), sino que adopta una perspectiva testifical y limitada, casi como si fuera uno más de los observadores en el grupo. Es una forma de deshumanizar tanto a los indios como a los scalpers: se convierten en cifras aproximadas, en masas borrosas en el horizonte.
-- Estructura Acción → Descripción del escenario → Acción ("Uno de los ponis yacía en la arena respirando regularmente y había otros en pie con flechas clavadas y aguantando con curioso estoicismo. Tate y Doc Irving fueron a atenderlos. Los demás se quedaron vigilando el lago seco"): El desierto (o el lago seco) actúa como testigo impasible. Mientras los hombres matan y curan caballos, el paisaje permanece eterno, vibrante en su vacuidad. Esta intercalación rompe el flujo lineal de la acción y crea un ritmo respiratorio extraño: aceleración (disparos, carga) → pausa contemplativa (heridas, estoicismo animal) → vuelta a la vigilancia tensa.
Descripciones físicas:
>> Ausencia casi total de descripción en los "vivos" y en acción.
El grupo de Glanton (los scalphunters) y los indios atacantes aparecen como masas funcionales, no como individuos con rasgos distintivos. Se describen por sus movimientos colectivos ("un tenue friso de arqueros montados", "fantasmas quemados", "en avatares siniestros"), por sus acciones (disparar, cargar, girar) o por efectos ópticos (el espejismo, el polvo, el sol). No hay ojos azules, narices rotas, barbas específicas (salvo menciones mínimas en otros capítulos para Glanton o Toadvine), estaturas promedio, complexiones... nada que los haga "personajes visualizables" de forma convencional.
Esto no es pereza narrativa: es una estrategia de despersonalización. McCarthy evita que el lector "humanice" demasiado a estos hombres (o los vea como héroes/anti-héroes románticos al estilo western). Son agentes de violencia, casi intercambiables en la cadena de matanza. El chaval, el protagonista nominal, es el más "vacío" de todos: nunca se describe su cara, su pelo, su altura, su ropa más allá de lo funcional. Podría ser cualquiera (y eso es intencional: representa al hombre común atrapado en el ciclo de violencia).
En el fragmento que analizamos, el único cuerpo que recibe atención detallada es el indio muerto:Botas con puntera de borceguí, suelas de piel cruda, caña alta...
Pintura blanca en mejillas, galones en la nariz, figuras rojas bajo ojos y mentón.
Pelo largo negro empañado de polvo, piojos.
Cicatrices antiguas (lanza en cadera, sable en mejilla) decoradas con tatuajes oscurecidos por el tiempo.
Herida de bala encima de la última costilla.
Genitales, saquito atado, cálculo animal en la cartuchera...
Todo esto no es para "retratar" al personaje (que ya está muerto), sino para leer su historia en la carne: las cicatrices cuentan guerras pasadas, los tatuajes aluden a rituales o pertenencias tribales que el desierto ha borrado de significado, los objetos (cálculo, rosario de pepitas, visera de ala de cuervo) sugieren una cosmología ajena que el juez colecciona como trofeos.
El juez actúa como arqueólogo de la violencia: corta, examina, guarda, arranca cuero cabelludo. El cuerpo vivo no interesa; el cuerpo como reliquia sí. Es lo opuesto a la novela tradicional: en vez de describir rostros para generar empatía, McCarthy describe heridas y marcas para mostrar la acumulación de horror.
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