Creepypastas: Aquellos que ya me conocen.

 

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Hay una pequeña cafetería que sólo encontrarías si te giras a vomitar en un callejón. Está llena de clientes todas las mañanas y parte de la tarde, depende de sus turnos de trabajo. Posiblemente pasen más tiempo allí que atendiendo a sus quehaceres. El local no está escondido del mundo, lo verás cerca de la Escuela Preparatoria Harajaku Makuhari Shuei, siguiendo todo recto la avenida Boulevard Internacional, y cruzando el puente peatonal, ese donde el aire parece maldito y siempre está subiendo faldas.

Podrías pasar de largo, la mayoría de la gente lo hace. No tiene una fachada espectacular, rótulos neón de alguna chica mágica que ofrece preservativos, o un nombre de una cadena familiar. Solo tiene un pobre escaparate que ofrece una Cocacola de esas que atrae a las hormigas. Podrás entrar, es un pequeño tugurio aceptable y, si llegas antes de la hora punta matutina, es muy probable que encuentres un taburete.

La primera pista de que hay algo que no encaja en este sitio es la camarera. Nunca olvidarás su rostro: es una niña que ha visto demasiado, una infancia rota, con pupilas que te miran como se mira a un perro sin adiestrar. Tiene una voz pausada, como darle un chupetón a una aspiradora; su sonrisa de línea de lápiz se ha estancado en su semblante luego de tantas decepciones. Se llama Ki-chan, dice que viene de un planeta que explotó en sus sueños, y nadie le dice que está loca, ni siquiera alguno de esos tristes nostálgicos. Pero tampoco es que le tengan miedo. Ellos han visto y hecho cosas que se supone que son imposibles. No son de los que alardean de que puedan hacer cosas de adultos en el gimnasio del instituto, tomarse un dibujo bonito como promesa de matrimonio o armar un tetraedro amoroso de géneros indistinguidos solo por participar en un festival. No, estos tipos no tienen nada que demostrar.

Excepto la vieja Asuka Kato. Siempre en el mismo taburete del final, esa risa optimista que surca sobre las cabezas de todos y los convence de que su pelo rosa es natural. Le gusta hablar sobre tiempos mejores del instituto, aventuras de otro mundo que incluyen animadoras, deseos de Tanabata y las más disparatadas historias lascivas que se te puedan ocurrir. Nunca deja de sorber y farfullar sobre los viejos tiempos, los días de gloria.

Y el resto de excompañeros asienten con la cabeza y refunfuñan entre ellos contándose viejos chistes que se han contado miles de veces. Con sus gafas de montura roja y sueter sobre el uniforme, Komiyama suelta un par de palabrotas antes de ponerse echa una furia porque su equipo de "beisbol" ha vuelto a bajar a segunda división.

Entonces empiezan a hablar y, si eres un poco listo, escuchas. Hablan sobre ese hotel del amor que parecía un castillo, algunos incidentes en el tren y tal vez alguien deje caer algo de una película. Pero hay un tema del que no hablarán. Nadie quiere mencionar a la chica que los conectó a todos, la niña de ojeras y falda larga. No, nunca hablan de ella porque aquellos que ya conocen a Tomoko Kuroki no vuelven a ser los mismos.

Pronuncia su nombre y verás combarse tanto las caras que las mandíbulas podrían tocar el suelo. Hasta las criminales de pelo tintado en amarillo y rostro ensombrecido prefieren evitarla.

¿Que fue de ella? La única que sabe la respuesta tiene la expresión de un emoji, y sorbe su café más despacio que el resto para que no la miren.

Pero está viva, eso te lo aseguro. La atan dos cadenas a un muro entre párrafos inexactos y tira con fuerza generando estática cada que sus uñas se afilan con el manto de la realidad.

La gente pasa a su lado porque está escondida a la vista de todos esperando ser liberada.

¿Silencio?

Ella se ríe del silencio mientras empuja sus grilletes para regresar a su propia historia. Su plano, donde presente, pasado y futuro desaparecen, y la causa y efecto no tienen más sentido que 2 más 2 igual a 7.

7.

7 historias.

7 colinas.

7 caminos hasta el final de todos los caminos que esta narrativa empuja.

Las cadenas se han roto.

Mareada, Tomoko toma otro trago de ese agua de lluvia que se había acumulado en el cráter de una bomba. Solo quedaban dos días para que la retirasen de su servicio activo en Vietnam.

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