Creepypastas: No permitamos.
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El casco M1 de acero le baila sobre el cráneo, hundiéndole la visión hasta las cejas. Cada paso de Tomoko es un esfuerzo contra el lodo.
—Claro, como no soy popular, pensé que era buena idea alistarme en el ejército. Mírame ahora —se dice a sí misma en un susurro que se pierde entre el zumbido de los insectos.
Se supone que ella no debería estar aquí. Su contrato decía "enlace de retaguardia": llevar agua, clasificar notas, ser el engranaje invisible que mueve el correo del punto A al punto B. Pero ahora el sur se desvanece y el norte vietnamita avanza como una marea acerada. Tomoko solo puede pensar en los hippies de California. Se los imagina en sus mansiones, comiendo fruta fresca y alzando pancartas de "no a la guerra, si a la marihuana".
Le hierve la sangre.
Fantasea con haber estado en aquella revuelta del "Jard Jat Riot", para partir un par de esos cráneos privilegiados. Pero la ironía se incrusta en su bulbo raquídeo, fue precisamente esa brutalidad en las calles lo que empujó a Washington a activar la "Doctrina Nixon Plus". Ahora, en lugar de los chicos de Massachusetts, son los "aliados asiáticos" desechables los que rellenan los huecos en la línea de fuego.
Un mosquito del tamaño de una moneda le aterriza en la frente. Tomoko lo aplasta dejando un rastro de sangre ajena en su guante. Observa a los soldados estadounidenses que pasan a su lado, no entiende sus gritos de urgencia. Sus padres apenas tenían yenes para pagarle un uniforme escolar decente; si ella no hubiera firmado ese papel por los jugosos dólares de la ayuda estadounidense, su hermano habría terminado en este garito. Se convenció de que sería una oportunidad para ver insectos exóticos, pero la única "curiosidad" fue ella cuando un instructor la usó como maniquí frente a los yankis, para mostrar cómo lucía un "sucio gook de medio metro".
A su izquierda, Yuri camina con calma. Sus dos coletas sobresalen por debajo del casco, dándole un aspecto absurdamente infantil. Empuña un M16 que, por supuesto, no tiene bayoneta. Tomoko, en cambio, abraza su Carabina M2, una reliquia de la guerra de Corea tan pequeña e inútil como ella misma. Se pregunta si el percutor siquiera golpeará con fuerza suficiente para hacer ruido.
A su derecha, Masaki avanza con los puños cerrados. A ella ni siquiera le han confiado un fusil, su apariencia de delincuente en potencia la delata. Solo le ordenaron mantener la fila y no estorbar. El sol poniente golpea las puntas amarillas de su cabello, que parecen encenderse en odio.
Dos días.
Solo quedan dos días para que todo esto colapse y puedan ser evacuadas.
El sol está casi oculto, tiñendo el cielo de un rojo herrumbre que parece presagiar algo peor que la derrota.
"Así es... aunque me junten con las otras marginadas, no cambia el hecho de que sigo siendo una marginada", piensa Tomoko, ajustándose el barboquejo del casco que le roza la mandíbula. "Solo que ahora el patio de recreo tiene minas antipersona".
A Tomoko siempre le habían encantado las armas; en su habitación de colores morados solía memorizar calibres y mecanismos como una forma de escape. Por eso, cuando los arbustos empezaron a hablar vietnamita, su cuerpo reaccionó antes que su mente. Supo que era el final en el instante en que el suelo se tragó al soldado que caminaba frente a ella —una trampa de estacas punji oculta por follaje. Se respiraron balas de Type 56, esa versión china del AK-47, y el caos fue instantáneo. Los estadounidenses, se dispersaron en blancos desquiciados, gritaron los improperios más racistas que sabían. En un minuto se dispararon 500 balas.
Lo único más rojo que el atardecer fue el suelo.
En medio de la balacera, una bala perdida impactó en el rifle de Yuri, partiendo el cañón cual cristal. Un soldado norvietnamita, aprovechando el descontrol, saltó sobre ella con la bayoneta calada, decidido a abrirle el cuello. Pero antes de que el acero hiciera contacto, Yuri gritó en vietnamita:
—¡Idiota, soy de los tuyos!
El soldado dudó al ver aquel rostro de ojos rasgados. Dudó el tiempo suficiente. Masaki lo abatió de un disparo usando un rifle de un aliado caído. Tomoko, con las manos entumecidas pero el instinto alerta, pegó cuatro tiros de cobertura hacia la maleza y señaló un camino apenas visible entre los matorrales. Por los nervios gritó en japonés y solo ellas pudieron seguir la instrucción. Corrieron entre ramas que les azotaban hasta que el estrépito de la batalla quedó atrás.
De pronto, el cielo osciló. Varios helicópteros pasaron en dirección contraria; alguien, en algún punto del rastro de cadáveres, había logrado pedir ayuda por radio. Pero eso no era un rescate. El Agente Naranja se desplegó desde las alturas como una niebla aceitosa, cayendo sobre propios y extraños por igual.
Las tres se tiraron cuerpo a tierra, hundiéndose en el barro. Tomoko, con la mejilla contra el suelo húmedo, pensó que el alto mando sabía que la guerra estaba perdida, y soltar ese veneno era simplemente una rabieta química que ya no cambiaría el resultado de nada. Masaki se quejó entre dientes, maldiciendo porque el químico se desplazaba en grandes cantidades por el aire y las alcanzaría si el viento no ayudaba.
—Ese es el plan — Yuri respondió mecánica—. Tendríamos que estar a pocos metros de la entrada de un pueblo.
Pasaron casi media hora de cara contra el fango, respirando la defoliación, hasta que los gritos en la distancia finalmente cesaron. Hasta los mosquitos parecían guardar un minuto de silencio. Tomoko, mirando el horizonte oscurecido, se preguntó quién quedaría para llevarse los cuerpos de los caídos o, lo que era peor, quién quedaría para llevarse el suyo.
Se levantan del barro lo mejor que pueden mientras la noche cae sobre la selva. Las tres se agrupan tensas para inventariar lo que les queda: tres cantimploras a medias, un botiquín básico, cuatro balas y una radio. No hay raciones de comida, ni un mapa que les indique cómo desandar el camino hacia la base.
Tomoko observa a sus compañeras bajo la luz de la luna. Yuri no le parece nada amigable y Masaki ignora a ambas mientras se quita el lodo de las uñas con un cuchillo romo que le arrebató del cinto sin pedir permiso. Buscan el lugar más seguro que encuentran entre la maleza para intentar pasar la noche, con la idea de contactar con la base al amanecer. Sin fuego y separadas por la desconfianza, el sueño no llega. Tomoko lanza una pregunta al cielo estrellado:
—¿Creéis que eso es una estrella que parpadea o un cometa?
Ninguna de las dos se molesta en mirar hacia arriba. Tomoko baja la vista hacia su uniforme de camuflaje, pensando que si al menos supiera orientarse por las estrellas, su situación no sería tan desesperada.
—¿Cuántos años tienes? —pregunta Masaki, tirándole el cuchillo.
—¿Yo? —Tomoko se señala a sí misma y, ante el ceño fruncido de Masaki, se da por aludida—. Dieciséis.
—Se supone que no reclutan a menores de dieciocho años. ¿Has mentido con tu edad?
Tomoko asiente en silencio. Masaki desvía la mirada hacia el horizonte, aferrando el cañón de su arma, cualquier crujido en la maleza la pone en alerta máxima.
—Yo también tengo dieciséis años —suelta Yuri. Ambas la miran con sorpresa—. Se supone que iba a apuntarme a esto con una amiga, pero ella me traicionó en el último minuto y he terminado viniendo sola.
El viento agita las hojas y los malditos mosquitos zumban alrededor de sus rostros cansados. Tras un largo lapso, Masaki vuelve a hablar.
—Yo también tengo dieciséis — no ofrece más detalles sobre su vida.
Tomoko da un trago midiendo cada gota antes de dirigirse a Yuri.
—Antes, cuando nos atacaron... hablaste vietnamita, ¿verdad?
—Sí. Se suponía que yo solo tenía que sostener la radio, interceptar señales enemigas y traducir. Por eso estoy aquí. ¿Por qué estás tú?
Tomoko aprieta la cantimplora entre sus manos y baja la voz. —No quería que mi hermano viniera a morir a este agujero.
Las dos contemplan ahora a Masaki, quien relaja el pulso y deja escapar una bocanada fatalista. —¿Podemos dormirnos ya? Mañana quiero salir temprano.
—¿Tú por qué estás aquí? — le pregunta Tomoko, casi mordiéndose la lengua.
—¿Qué te importa? — Masaki ni la mira.
—Supongo que no mucho — Tomoko baja la vista a sus propias botas embarradas—. Pero mañana a lo mejor morimos, y ni siquiera he hecho amigos con los que desahogarme.
Cuando las otras dos clavan la mirada en ella, Tomoko se encoge entre sus rodillas. Se pregunta con horror si ha dicho eso en voz alta o si solo lo ha pensado.
Masaki suelta una maldición entre dientes mientras se frota las piernas con brusquedad para intentar entrar en calor. —¿Sabes el corto animado ese de hace cinco años donde a Mickey Mouse le pegan un tiro en Vietnam? Me traumatizó. Decidí que hacerle caso al gobierno no valía la pena, así que me junté con la gente equivocada. Mis padres me mandaron aquí por la fuerza para que aprendiera disciplina. Se supone que yo tendría que estar en el campamento pelando patatas o algo así.
—Qué medida más extrema —comenta Tomoko, genuinamente sorprendida.
Masaki se pone en pie de un salto, alcanzando el cuello de la chaqueta de Tomoko con el puño cerrado. —¿Tienes algo en contra de mis padres?
—¡No, no! — Tomoko agita las manos—. Yo también quiero mucho a mis padres i... I... supongo que es normal que a una delincuente como tú...
El golpe llega antes de que pueda terminar la frase. Sin dejar que la situación escale, Yuri se levanta y se interpone entre ambas, separándolas. —¡Parad de una vez! ¡No se hace ruido en territorio enemigo!
Tomoko se palpa la zona golpeada, sintiendo el calor del impacto en la mejilla, mientras las otras dos regresan a sus sitios para acurrucarse contra el suelo. El silencio vuelve a reinar, pero es un silencio roto. Cualquier oportunidad de amistad o consuelo se ha perdido definitivamente en lo que queda de noche.
"Pues muy bien, ni que me importara lo que haga esta estúpida, preferiría arrancarme los pelos de ahí abajo con el cuchillo romo antes que volver a hablar con ella, que pesadilla".
***
Se despiertan con los primeros rayos del sol filtrándose entre el dosel de selva. Prueban la radio, pero no emite más que señales incoherentes. Masaki, con la autoridad que le otorga el arma, le ordena a Tomoko subir a un árbol para intentar captar alguna señal. La radio PRC-77 es más grande que la propia cabeza de la chica, pero el recuerdo del dolor en su mejilla sigue fresco a pesar de haber dormido. Sube sin rechistar. Sabe perfectamente que es una estupidez, la humedad de la selva absorbe la señal de radio y la antena, que sobresale demasiado, la convierte en un blanco para cualquier francotirador. Aun así, escala.
Al pie del árbol, Yuri observa a Masaki. —Deberías pedirle perdón.
—Métete en tus asuntos —gruñe como respuesta.
—¿Por qué te enfadas así? Mira sus ojeras y su temblar de perro mojado. Estaba dando su mejor esfuerzo para establecer una amistad sincera.
"Amistad sincera". Masaki mastica esas palabras. Ella nunca ha tenido algo parecido; su vida han sido pandillas y el rechazo constante por no ser lo suficientemente ruda para robar una moto. Está perdida en esos pensamientos cuando Tomoko baja del árbol a ritmo de tortuga, sudando y abrazando la radio.
—Lo tengo. Hay dos señales. Por la izquierda parecen hablar vietnamita y por la derecha inglés.
—¿Qué decían los mensajes? —pregunta Yuri.
—No... no tengo idea. No hablo ninguno de los dos idiomas.
Masaki se tensa, dientes apretados. —¿Qué? ¿Estás buscando provocarme? ¿Cómo sabes que no has confundido los idiomas si no conoces ninguno?
—Lo siento — Tomoko habla tragándose palabras—. No soy una punk, no estoy acostumbrada a estar en las alturas como tú.
—¡Realmente estás pidiendo pelea! —Masaki da un paso al frente, el puño cerrado.
—¡Vale ya! — Yuri se pone en medio—. Vais a lograr que nos maten.
—¡No soy yo! —grita Tomoko encendida en rabia—. Genuinamente estaba diciendo algo bueno de ella.
Ambas desvían la mirada con torpeza orgullosa. Masaki se muerde el labio con rabia. Sin decir más, Yuri toma la iniciativa y comienza a caminar hacia donde supone que es el origen de la señal inglesa. Masaki la sigue con el rifle en alto, alerta. Tomoko se queda atrás, aferrando su Magnum 44, sintiendo el peso muerto de un arma sin balas.
Mientras pisan el fango espeso y Tomoko se esfuerza por no perderles el paso, finalmente suelta un suspiro derrotista. —Lo siento.
Masaki la mira de medio lado. —Como sea. Te perdono si así te sientes mejor.
Caminan otro rato largo hasta que la monotonía de la selva se convierte en un pitido en sus oídos. Tomoko no puede aguantar más.
—¿Es cierto lo que dicen de ti? Que no te dieron un arma porque intentaste matar a un soldado que intentó aprovecharse de ti en la cocina de la base.
Masaki le lanza una mirada cargada de odio puro. —¿Cómo coño te has enterado de eso si no sabes inglés?
—Había un intérprete en la base —responde Tomoko con voz pequeña.
Masaki patea una planta mojada, esparciendo gotas de rocío por todas partes. —No, no es cierto. Lo que pasó es que él intentó robar comida y yo le atrapé en el acto. Todo terminó con él sobre mí, tapando mis gritos con una mano hasta que entró más gente y nos separaron.
—Qué experiencia más traumática —murmura Yuri.
—Creo que está muerto —añade Masaki —. No le he vuelto a ver y robar comida se castiga severamente. Él era... era un asiático americano, creo que filipino. Si no se supo explicar... No quiero pensar en ello.
Tomoko desvía la mirada, rodando los ojos hacia el suelo. Ahora camina con una paranoia renovada, fijándose en que no haya minas ocultas o esas trampas de estacas de bambú recubiertas de excremento.
—¿Habéis matado a alguien alguna vez? —pregunta Masaki de repente.
Yuri y Tomoko niegan con la cabeza al unísono. Ayer fue su primer día tocando un arma de verdad.
—Yo solo una vez. El guerrillero ese que te atacó.
Masaki entorna los ojos. Entre tanto caos, cae en cuenta de que ni siquiera se han presentado formalmente. No sabe el nombre de ninguna.
—¿Y qué sentiste? —pregunta Yuri, retomando el paso.
—Nada. Pensé que me divertiría, o que pesaría en mi conciencia, pero creo que podría volver a hacerlo y me daría igual.
Tomoko suspira, ajustándose la correa de la radio que le corta el hombro. —He leído sobre esto. ¿Sabes lo que va a pasar ahora? Cuando este asunto pierda el valor y Estados Unidos quede expuesto, harán novelas y películas explicando lo triste que puso a sus soldados la guerra —Tomoko se detiene un segundo para dar otro trago moderado de agua—. ¿Creéis que nos harán algo si regresamos vivas?
—No digas tonterías —espeta Masaki, aunque suena menos segura que antes.
—Gasearon a sus propios hombres. Eso es un crimen de guerra del que somos testigos.
Sus dos compañeras se plantan en el barro, dejando huellas profundas que sacan agua sucia del suelo.
¿Y si su mayor enemigo es el propio ejército que se supone debe recogerlas en menos de veinticuatro horas?
—¿Crees que nos irá mejor contactando con el Viet Cong? — Yuri lanza la idea cual granada sin seguro.
—Tampoco he dicho eso — replica Tomoko, sintiendo el peso de la paranoia.
—No estás diciendo nada —corta Masaki —. Vamos a darnos prisa ya.
Acelera el paso y Yuri la sigue sin dudar. Tomoko intenta seguirlas, pero su cuerpo la traiciona, resbalando en las huellas mojadas. Suelta un jadeo, sorbiendo el dolor agudo de un tobillo casi torcido. Masaki se gira con los ojos desorbitados.
—¡Jodeeer contigo! — Se acerca a Tomoko, le quita la radio de un tirón y se la carga a la espalda. Tomoko parpadea, confundida por el gesto, hasta que escucha a Masaki gruñir—: ¿Qué demonios? Pesas poquísimo.
Tomoko guarda silencio, no quiere decir que en este lugar se come mal por si interpreta el comentario como un nuevo ataque. Es Yuri quien toma la radio, mientras Masaki con el fusil listo abre camino.
Caminan tres horas más hasta que Tomoko puede volver a plantar el pie. El paisaje empieza a mostrar carcasas oxidadas de latas de raciones y restos de alambre de espino con óxido, recursos que han fallado en su propósito. Están cerca de una base militar, de eso no hay duda, pero el problema es no saber si el enemigo ya la ha tomado.
En medio de esa incertidumbre, un gemido de dolor las obliga a dar un rodeo.
La zona está extrañamente limpia de cadáveres, lo que podría significar que no ha habido combates recientes o que ya han saqueado y retirado los cuerpos para no atraer atención no deseada. Se abren paso entre la hierba elefante de tres metros y apartan bambú espinoso hasta que encuentran la fuente del ruido. Es una mujer vietnamita vestida malamente. Le sangran las plantas de los pies y, cuando gira la cabeza hacia ellas, Tomoko siente una punzada de repulsión. Tiene los ojos completamente irritados y los párpados en carne viva. Empieza a gritar palabras que Yuri traduce para si.
—Está pidiendo ayuda... dice que está embarazada y que lleva corriendo toda la noche.
Su estómago está inchado, 7 meses, suponen.
A Tomoko se le hace un nudo en el estómago. Cualquier cosa que quiera decir se queda atascada por agua que amenaza con salir en forma de vómito. Masaki, sin embargo, se limita a un método analítico. —Es una trampa — concluye.
—¿Qué? —pregunta Yuri.
—¿Una mujer embarazada consiguiendo escapar hasta aquí sin pisar una mina? En cuanto nos pongamos a la vista, nos van a acribillar soldados norvietnamitas.
—No creo que sea una trampa —disiente Yuri—. No tiene acento del sur. Por la zona en la que estamos, debe haber huido toda la noche de la posición que gasearon ayer.
Masaki vuelve a mirar a la mujer. Al ver su cuerpo contaminado por dioxina, tiene que contener una arcada. Tomoko, por su parte, siente que todo ha alcanzado un nivel de ridiculez insoportable.
Esa mujer podría ser su madre.
Ya no confía en ningún ejército, está harta de las mentiras extranjeras que han alargado una guerra que debió terminar en el 73.
—Hay que ayudarla —dice Tomoko.
—¿Qué? —sisean Masaki y Yuri al unísono.
—Si le quitamos los restos químicos con agua y contactamos con alguna señal del norte por la radio, no tendremos que estar aquí cuando vengan a salvarle la vida.
—No —responde Masaki —. Incluso si no es una trampa, el genotóxico ya está en su sangre. Posiblemente el feto esté muerto. La vas a salvar hoy para que muera mañana —. Masaki carga el fusil para imponer su autoridad. —Vamos a seguir rodeando hasta llegar a una mejor posición. Las tropas estadounidenses no deben estar lejos. Los helicópteros de ayer vinieron de por aquí, ¿no?
Yuri asiente, pero Tomoko no puede apartar la vista de la mujer. Está a solo diez pasos a su izquierda. Agita su cantimplora, apenas queda agua. Mira de nuevo a la desconocida, por un instante, ve nítidamente el rostro de su propia madre, por más que se frota los ojos para disipar la alucinación.
—La podemos ayudar —insiste Tomoko.
Masaki se vuelve hacia ella, furiosa. —Si lo que buscas es cabrearme, lo estás consiguiendo.
—Tiene el rostro de mi madre... No voy a dejar a mi hermano morir en este agujero.
—¿Te estás volviendo loca? Esa no es tu madre —Masaki mira a Yuri, buscando apoyo—. Dile algo.
Yuri permanece indecisa. Sabe que si usaran la radio, ella podría pedir ayuda, pero su vietnamita sonaría demasiado extranjero fuera del caos del combate. Es una decisión atroz, pero deben dejar a esa mujer morir en ese sitio.
—Dame un trozo de tu sujetador —espeta Tomoko, con una urgencia que roza el delirio—. Me puede servir como paño limpio para ella.
La respuesta de Yuri es una bofetada húmeda que hace que la cabeza de Tomoko gire.
—¡Vuelve en ti! —sisea Yuri.
—No soy una pervertida —replica Tomoko, recuperando el equilibrio con una risa nerviosa—. Es que yo no tengo... no llevo nada debajo.
Masaki no espera más. Levanta el fusil y encañona directamente la frente de Tomoko. —Basta ya. Si tantas ganas tienes de morir, te puedo matar yo ahora mismo. Créeme, no voy a sentir absolutamente nada.
Tomoko, lejos de amedrentarse, fortifica su nihilismo suicida. —Te vas a cagar hasta los pies cuando el disparo revele tu posición al enemigo. ¿Con qué te vas a defender luego? ¿Con tres balas? A lo mejor los soldados enemigos sí te hacen lo que no te hizo el filipino.
La mención del trauma actúa como un detonador. En el segundo en que Masaki duda, Tomoko empuja el cañón del fusil hacia delante. La culata impacta directamente en la boca, rompiéndole el labio y haciéndola tambalear.
Yuri reacciona sin pensamiento. Se lanza sobre Tomoko y desenfunda el cuchillo romo que le quita del cinto. Con un movimiento descendente, hunde el metal a la altura de los pulmones.
El cuchillo no tiene filo.
Al entrar, no corta limpiamente, sino que desgarra piel y empuja hacia dentro del tórax. Tomoko siente primero un impacto, seguido de una agonía abrasadora que se expande por sus costillas. Masaki levanta la culata y golpea el mango vengativa. El óxido se abre paso con dificultad en los músculos dorsales, forzando su entrada hasta alcanzar el tejido pulmonar.
Tomoko no tiene tiempo de gritar, el pulmón colapsa bajo el contraste de presión.
De su boca solo sale un gorgoteo y mirando a la mujer embarazada nota en sus ojos cenizas mientras la historia se quema.
Muerte.
Fria y despiadada muerte.
Al final no quedará nadie que recoja los cuerpos.
Ese es el final de todos los caminos.
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