Remake 2026: Chris Venganza

 

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Prólogo.

Respiró hondo hasta que le dolieron las cicatrices que jamás sanarian de su pecho. Dejó que las 2 A. M de Paris, con su característico aroma de piedra húmeda y Mercedes recién estacionado bajo las farolas, se abrazaran con sus bronquiolos. Después de aparcar, subiendo la cabeza, vio primero la Torre Eiffel alzada sobre los tejados del distrito 8, y le pareció gracioso que se cumpliera el cliché de que cada esquina de Francia tiene vistas a este monumento. Entonces, mientras rebuscaba en su bolsillo para encontrar la llave de la hôtel particulier de su padre, notó una anomalía en la mirilla. Había sido violentada; el metal estaba astillado, y lo poco que quedaba de cristal apuntaba hacia dentro, como si lo hubieran saltado con un destornillador o algo peor. La puerta cedió sin resistencia, sin necesidad de llave.

La empujó sin hacer ruido para ver en el reverso pequeñas salpicaduras de sangre. Notó que en el parqué en espiga no había más, solo una copa rota, probablemente Baccarat, pie partido en dos, el cuenco hecho añicos en mil diamantes diminutos. El vino tinto se había secado en una mancha irregular. Le picaron malos recuerdos a la par que sacaba su M18 del interior de la chaqueta. Respiración 4 por 4.

Inhala por la nariz durante 4 segundos.

Mantén la respiración durante 4 segundos.

Exhala por la boca durante 4 segundos.

Mantén la respiración durante 4 segundos.

Repite el ciclo hasta calmarte.

Movió los pies por los pasillos altos, el techo con molduras recargadas y pan de oro lo reflejaban tan diminuto como se sentía. A su paso, los espejos sobre las consolas del siglo XVII le devolvían la silueta. Lo acompañaron hasta la sala principal, donde su ejercicio de respiración se vio interrumpido por hemoglobina y el perfume de Chanel Número 5 innatural de la chimenea. Dentro de la estructura de mármol negro entre muebles pesados, dorados y tapizados en seda, se encontró el cuerpo de su madrastra. Vestia de noche, tacones Louboutin todavía puestos, uno torcido. Su ojo derecho con una perforación limpia que le llegaba hasta el cerebro y su frente con una herida que llevaba cerca de un minuto sin gotear.

Inhala por la nariz durante 3 segundos.

Mantén la respiración durante 3 segundos.

Exhala por la boca durante 3 segundos.

Mantén la respiración durante 3 segundos.

Repite el ciclo hasta calmarte.

Chris conectó las piezas aterradoramente rápido. Ella escuchó algo. Se acercó a la puerta. Miró por la mirilla. El acero entró por el pequeño agujero de bronce, atravesando el cristal y el ojo en un solo movimiento. Limpiaron el pasillo, pero olvidaron la copa. Así que una de dos, o el responsable se había despistado al escapar, o todavía seguía en la casa. El silencio persistente era válido en cualquiera de los dos escenarios. 

Quitó el seguro con el pulgar y se aproximó a las escaleras de mármol de Calacatta. Agudizó su oído hasta oir algo que no fuese la acción de bombeo de su corazón. Escuchó muelles, y supuso sin equivocarse que serían los de la cama de su padre. Las botas tácticas contra la piedra no transmitían calor, y prefirió el sigilo antes que el asalto por desconocer el número de implicados en esto.

Inhala durante 2 segundos.

Mantén durante 2 segundos.

Exhala durante 2 segundos.

Mantén durante 2 segundos.

Repite el ciclo hasta calmarte.

La puerta de Roble Macizo con Acabado en "Lacado de Piano" lo reflejó con su memoria muscular activada en un perfil bajo, la pistola en un ángulo de 45 grados hacia el suelo. Su dedo índice extendido a lo largo del armazón, justo por encima del guardamonte.

Inhala durante 1 segundo.

Mantén durante 1 segundo.

Chris pateó la cerradura con todas sus ganas mientras usaba ese pie para avanzar y caer sobre una rodilla, lo suficientemente cerca de la puerta aún para usarla de cobertura en caso de un tiroteo.

— Manos arriba o dispa...

Por poco se le cortó el aire ante tal escena. En esa cueva de opulencias, donde las ventanas de vidrio soplado daban a la Rue de l'Élysée, se filtraba la luz suficiente para ver una figura femenina que había apuñalado hasta la muerte a su padre que yacía bocarriba con un amarre entre los dientes que le impedía gritar. Estaba abierto en canal, apuñalado en cuello y pulmones. Carmesí rociado sobre la cama de 600 hilos.

— Has llegado demasiado temprano — musitó la asesina.

Se podrían decir muchas cosas sobre ella con solo verla, como que tenía una sonrisa de oreja a oreja hecha con cuchillo y productos de limpieza, que su pelo era completamente negro excepto por un mechón morado, o que vestía una sudadera fucsia de segunda mano. De todo lo que pudieras decir, Chris diría más, como que tenía 24 años y llevaba sin saber de ella desde que intentó matarlo hace 8. ¿Cómo no iba a conocerla? No hay ser humano que pueda olvidar a su hermana.

— No me juzgues, solo quería ver si de verdad tenía corazón.

El dedo en el gatillo tembló el tiempo suficiente para que ella lanzase el cuchillo en perfecto balanceo y diera en el hombro de Chris. Apretó por reflejo pero el cañón se había desviado y la bala dio contra la pared cuando ella ya se le había echado en cima. Le acertó una patada alta, tibia contra cráneo, y perdió el equilibrio consus costillas dando contra el marco de la puerta. Esta última fue azotada contra su brazo y pierna, haciéndole imposible reposicionarse en algo que no fuera un "cuerpo a tierra". Mientras la pistola caída era pateada acia debajo de la cama, la hermana tomó el cuchillo y puso el filo contra la garganta.

— ¡No, Nina! — gritó él.

Los párpados de su hermana se retragieron hacia arriba. Aún los tenía aunque carecía de pestañas. — No tendrías que estar aquí, no tendrías que haber visto esto, pero no creo que consigas que te crean tampoco —. Cada respiración de su hermano acercaba más su cuello hacia el cuchillo. — No te estreses, solo trata de olvidar todo esto. Ve a dormir mi pequeño príncipe.

No pudo notar la rodilla que empujó su nuca contra la pared. Ni siquiera tuvo pesadillas, y cuando salió de su estado de inconsciencia 20 minutos después, tenía a un policía gritando francés en su cara, y a vecinos chismosos en la puerta que habían escuchado un disparo a las tantas de la noche.

— ¡Nina Hopkins! — gritó Chris. — ¡La persona a la que están buscando se llama Nina Douglas!

Si gritarle en inglés a un agente francés ya fue algo estúpido, intentar apartarlo de un empujón para ir a buscar a su hermana en un aeropuerto, desarmado, fue la panacea de la mala organización, y fue rápidamente sometido y esposado por dos agentes mientras se revolcaba gritando que estaban atrapando a la persona equivocada.

***

Capítulo 1: problemas internacionales.

Chris tubo que hacer su mejor esfuerzo para calmarse en la Prefectura de Policía. Había pasado una hora desde que lo habían detenido y todo corría a manos de la custodia policial. Le habían anulado el pasaporte, alguien ya estaría verificando sus datos, y el paradero de su hermana sería el menor de sus problemas cuando lo multaran. Una M18 en París era un delito federal de tráfico de armas, poco importaba que fuese reglamentaria en el ejército estadounidense. Los oídos le pitaban, las muñecas le dolían y la mandíbula la tenía dormida como si estuviera masticando tabaco. Sus heridas no eran prueba de nada más de que había ocurrido una pelea, a ojos de la ley, él podría seguir siendo cómplice de asesinato.

Chris se aferró a su SERE training y su testimonio las siguientes tres horas. La policía revisaba cámaras cercanas, pero ninguna grabación mostraba a una adolescente similar a la descripción de Nina. Chris solo dio los datos necesarios a su abogado de oficio y esperó a su segunda llamada con el consulado estadounidense. Apareció por la puerta un funcionario gumernamental, lo más probable es que el Pentágono ya supiera que una de sus armas de guerra había sido usada en un tiroteo parisino, y no estaría contento. Las siguientes diez horas las pasó en prisión preventiva, declarando el mismo testimonio ante un juez de Instrucción.

Las cosas no fueron mejor, entre cuatro paredes se veía más forzado a estar a solas con sus cicatrices, a mirar el techo acordándose de la vida que le fue arrebatada. Nina se había ido sin dejar rastro una segunda vez; "no tendrías que estar aquí", eso le había dicho. "Ve a dormir mi pequeño príncipe", frase que sólo conocían tres personas, y dos de ellas estaban muertas, su madre y su padre. Había heridas que el tiempo no podía sanar.

Alguien vino a visitar a Chris dos días después, era alto, de mandíbula cuadrada y lejanamente parecido a él. También era la razón por la que había entrado en el ejército. 

— Hola, tío — suspiró Chris.

Sargento Mayor de Comando, el tío Michel Hopkins para los conocidos, hermano mayor del fallecido padre. Se quedó de pie con las manos metidas en los bolsillos del abrigo. El silencio de plomo. Voz más de orden que consuelo. —Lo siento, muchacho. Por todo esto. Por Nina… y por lo que te está costando pagar ahora.

Chris solo bajó la cabeza un poco más, hasta que la barbilla casi tocó el pecho. El «lo siento» se le quedó rebotando entre lengua y dientes.

—¿Cómo coño se te ocurrió sacar el arma de Estados Unidos?

El sobrino alzó los ojos con una mentira evidente. —Se me olvidó.

—No me jodas, muchacho. No nací ayer. Ni siquiera tienes permiso para portar esa pistola si no estás en servicio activo. ¿Cómo demonios la sacaste del país?

Chris se encogió de hombros. —La envolví en dos trapos de plomo y la metí en los calzoncillos. Así no salta en los detectores.

Michael parpadeó muy despacio, una felonía federal envuelta en ropa interior.

—¿Por qué?

Chris dejó escapar un suspiro largo. Se puso de pie con cuidado de no hacer movimientos bruscos que alertaran al guardia al fondo del pasillo. Se levantó la camiseta hasta las costillas. — Porque hay heridas que no se curan ni con la más dura disciplina, tío —. Ocho recuerdos pálidos y mal cosidos, cicatrices más gruesas que otras, distribuidas entre el abdomen y el flanco izquierdo. — El arma era lo único que me generaba un mínimo de protección.

Bajó la camiseta con el mismo gesto lento. Volvió a sentarse. Michael se pasó una mano por la cara, despacio. — Joder, Chris —. Miró el reloj, tres minutos. — Hijo, no hay ni rastro de tu hermana. Incluso si todo lo que dices fuera cierto… y créeme, quiero creerlo, todavía tienes que cumplir condena por uso excesivo de legítima defensa. He tenido que remover expedientes de la Guerra del Golfo, tirar de contactos que preferiría no tocar y meter mano a casi toda mi jubilación para conseguir este trato. Se vienen los seis meses más duros de tu vida.

— ¿Más duros que respirar por un tubo un año entero a los quince?

— Si —. La afirmación fue tan seca que Chris sintió como si pasaran papel de lija por la planta de sus pies. 

Diez años con la entrada prohibida en Francia. Y al otro lado del charco, una condena bajo el Código Uniforme de Justicia Militar en una instalación correccional. Todo por tener la tonta idea de fallar un disparo contra una hermana que intentó matarlo dos veces y ahora estaría perdida entre las calles de Chicago, Nueva York o Detroit.

***

El traslado se concretó en un plazo de dos semanas. Los únicos que lo recordaron fueron periódicos franceses con alguna columna de vez en cuando: «El marine estadounidense que abrió fuego en París», «La adolescente fantasma que desapareció tras el tiroteo». Importaba más el morbo que los cuerpos.

La instalación donde lo recibieron parecía hecha solo con bloques de hormigón pintados de un color crema institucional. Su celda: ocho metros cuadrados exactos. Marco de cama soldado a la pared, colchón del grosor de dos catálogos telefónicos e inodoro de acero inoxidable sin tapa en una esquina. Nada más.

Rutina de reloj suizo.

Despierto a las 05:00. Desayuno de avena aguada, huevo en polvo revuelto y café. Comida justa, nunca suficiente. Cada quince minutos, sonido de botas en el pasillo, un guardia asomando, contando cabezas. 

Rutina de reloj suizo.

Lavandería los lunes y jueves. Cortar césped los martes con sol en la nuca. Fregar suelos los miércoles con un trapeador hecho de camisas viejas. Ejercicio en el patio los viernes y sábados: flexiones, dominadas, carreras en círculo mientras un instructor grita cadencias que Chris conoce de memoria.

Rutina de reloj suizo.

El primer domingo por la tarde llegó el privilegio de consejería. Dos guardias como dos álamos lo escoltaron esposado hasta una sala pequeña con mesa atornillada al suelo y dos sillas de aluminio. La iluminación de la sala era la correspondiente a paneles LED de alta intensidad, menos agradable que los 4.000 Kelvin de Francia. Su tío ya esperaba al otro lado de la mesa con su traje civil, corbata floja y mandíbula algo menos tensa. Cuando los dejaron solos, supo que la sala estaba insonorizada en cuanto se cerró la puerta. 

— ¿Cómo lo llevas, muchacho?

— Bien, varios reclutas con los que me alisté ahora trabajan aquí, pero las duchas siguen siendo un asco —. Retiró la silla para sentarse sin perder nunca el contacto visual. — Aún así, es tan aburrido como respirar por un tubo puesto hasta arriba de morfina.

— Jaja, bueno, me alegro — los ojos se le fueron solos hasta las paredes sin cámaras. — Te saqué un favor. A partir de la semana que viene te dan acceso a la biblioteca militar. Eso sí, solo libros, nada de ordenadores. Seguro que encuentras alguno de esos que te gustaba leer de pequeño sobre geografía o historias de motivación. .

— Historias como el principito — Chris no tuvo forma de disimular el desagrado en la cara al decir eso.

Su tío vaciló y se dio pequeños toques en el mentón con el índice. — nadie nos va ha escuchar, así que quiero tu mayor grado de sinceridad. ¿Cuando salgas de aquí vas a buscar a tu hermana y la vas a matar, correcto?

— Afirmativo.

— ¿Sabías que volvería?

Chris contuvo el suspiro que quería soltar. — No, pero estoy poco sorprendido de que haya regresado. Sigue pensando que vive en una de esas historias de Internet, supongo que yo soy como Liu para ella.

— ¿Quién?

— Un personaje ficticio de la red que busca venganza contra su hermano porque mató a toda su familia.

Michael ya estaba demasiado viejo para leyendas urbanas, pero había vivido lo suficiente para conocer casos de asesinos que empezaban por culpa de películas. — Si sabes tanto, ¿Por qué no quieres hablar? Seguro que la policía estaría interesada en seguir estas declaraciones. 

— ¿A si? No les he visto muy interesados en hablar conmigo desde que señalé a Nina como principal culpable. 

— Es una historia difícil de verificar.

— Pues yo soy una persona difícil de torcer.

Michael no pudo morderse la lengua por más tiempo. — ¿Esa es la razón por la que no has llorado ni una sola vez por tu padre?

Chris no apartó su mirada férrea.

— Tu padre no era el lápiz más afilado del estuche, pero estuvo ahí cuando había que pagar tu factura del hospital. Fue el primero en creerte cuando contaste cómo Nina te atacó. Y cuando decidiste que te alistarías en el ejército, pagó todos los gastos necesarios para tu servicio. ¿Qué ha hecho para que no derrames ni una sola lágrima?

— Dinero, dinero y sonrrisas de cortesía, eso es todo lo que tenía de él — voz sin vibrato. — No le puedo perdonar que mamá esté muerta. Le fue infiel, llevaron un divorcio en secreto y cuando desperté de la tortura que fue el tratamiento por heridas, ya estaba casado y rehaciendo su vida con otra mujer. ¿Qué buscó a Nina? Pues claro. ¿Qué remedio? Como si su infidelidad no hubiera sido la primera ficha del efecto dominó que nos mandó a ese instituto donde todo fue de mal en peor. ¿Estuvo para mí en el ejército? Yo quería que estuviese cuando mamá disimulaba su hambre porque con un sueldo de gasolinera y horas extra no se puede pagar comida para tres personas. —Golpeó la mesa con la palma abierta —. Maldición, no soy estúpido. La dejó sola cuando más lo necesitaba solo para que perdiese nuestra custodia, y ni siquiera sé si era porque le importábamos o por venganza. Le estaré agradecido por todo lo que hizo por mí, pero lo que más necesitaba de él no era material.

El zumbido de los LED parecía más fuerte ahora.

— Tu madre era una mujer con más cojones que toda esta base militar entera, Chris. No hubiera aceptado la ayuda.

Chris soltó el aire por la nariz. — Tampoco intentó dársela.

Michael apoyó los antebrazos en la mesa, las manos entrelazadas, los nudillos ya algo nudosos por la edad. — Mira, hijo, no puedo decirte que tu padre fuese un héroe que cazaba asesinos en serie y curó a tu madre de una psicopatía horrible, pero no merecía morir así… como tu madre no merecía morir apuñalada.

Chris ladeó apenas la cabeza. — ¿A dónde quieres llegar?

— Voy a volver a entrenarte, hijo. Voy a enseñarte todo lo que sé y después vas a estar solo. Lo que hagas con esa libertad va a depender enteramente de ti. Cuando estos seis meses terminen, me retiraré a una isla deseándote la mejor de las suertes. Es todo. Puedes irte.

Chris se quedó quieto un instante. Luego asintió una sola vez. — Gracias por entenderlo.

Fueron seis meses largos y tortuosos, llenos de órdenes, flexiones y saltos de parkour disfrazados de entrenamiento especial. Los únicos momentos de paz que Chris tenía eran los 30 minutos de biblioteca y las charlas con su tío los domingos donde podía unirse algún que otro compañero. En las noches más frías, Chris se quedaba mirando al techo y pensaba en su madre, o en su padre, o en Nina, y se convencía a si mismo de que no podría dormir tranquilo hasta que este capítulo se firmara con una última línea de sangre, sea suya o de su hermana.

Chris salió un 21 de julio, sin licencia de armas y un apretón de manos de su tío. Disimuló una sonrisa cuando notó un papel en su palma, y con él en el bolsillo, se perdió en algún hostal de Chicago. Tras tumbarse de cabeza en la cama y contar ahorros, revisó la nota: "Espero que sepas lo que haces", seguido de unas coordenadas.


Capítulo 2: viejos contactos.

Estaba de nuevo en la ciudad en la que había perdido todo, y de alguna manera, había llegado con menos que cuando se fue. Tubo que vender su Mercedes y optar por algo más discreto, un Subaru Outback de segunda mano cuyos bajos oxidados por la sal eran marca de la casa en la llamada ciudad del viento.

Cuatro días en la ciudad. 

Trabajaba como mozo de almacén en un turno de noche, de 2 a 8 A. M, interino por dos semanas, después debería encontrar otro trabajo, pero si todo iba bien, ya se habría ido de la ciudad para ese entonces.

8:00 pm, tiempo del centro.

Desde la ventana del hostal, las siluetas de los rascacielos del loop se alzaban vigilando un hormiguero de luces rojas y blancas; el tráfico en la Shore Drive seguía en su oficio sin tregua. Chris se enfundó una sudadera roja y unos jeans desgastados de bajos y rodillas. En su Subaru Outback se enfiló hacia el sur. Esquivó los baches lunares de las calles secundarias hasta que los edificios abrazaron el regazo del horizonte y se perdieron para dar las vistas del bosque local, The Iron Silt Preserve.

Aparcó a poco más de dos kilómetros de la entrada principal, ocultando el coche tras una hilera de robles raquíticos. Se internó por una zona ciega para los guardabosques, donde el suelo ya era una pasarela de hojas podridas, raíces sobresalientes y restos de basura que el viento arrastraba desde la ciudad. El olor vegetal de tierra mojada hizo un masaje suabe a la piel contaminada de Chris. Siguió el GPS hasta que la señal se detuvo en un claro anodino. A simple vista, no había nada más que barro y maleza, la mueca le salió sola al pensar que encontraría una X gigante que marcase el lugar. Pisoteó el suelo hasta que cierta zona de barro húmedo entregó más resistencia que el resto. Se arrodilló, hundiendo uñas en tierra, apartando capas de hierbajos hasta que el frío del metal le recorrió las llemas de los dedos. Una trampilla.

Tiró de dos anillas exteriores. El acero bostezando una boca de labios terrosos y dientes de escaleras que se perdían en la oscuridad. Chris cerró la trampilla tras de sí, tras comprobar con la linterna del móvil que el lugar se podía abrir desde dentro. Ese foco fue su guía hasta llegar al fondo. Lo acogió un cubículo de dos metros cuadrados donde su fuente de luz se reflejaba en hojas militares y carcasas. Era una armería compacta. En las paredes colgaban cuchillos militares de hoja negra mate y varias pistolas de nueve milímetros sin estrenar, flanqueadas por cajas de munición apiladas en grupos de cuatro. Sobre la repisa un par de Tarjetas 12-B de Exención de Balística, un as bajo la manga que te permitía portar una muerte funcional en nombre de la defensa personal. Junto a ellas, una identificación falsa con un nombre que no era el suyo y una carta con la letra apretada de su tío.

>> "Hola Chris, esto que ves son mis armas de reserva. Siempre he sido un poco paranoico, supuse que tu padre tarde o temprano se metería en algún problema legal con el tipo incorrecto, alguien como el Tylor ese, de la mafia de Ohio".

Chris soltó una mueca irónica al ver una frase tachada con saña: ~~"Puede que le fuese infiel a tu madre, pero siempre le fue fiel a la ley inversionista"~~.

>> "Para cuando encuentres esta carta habré cumplido con mi parte del trato y estaré disfrutando de mi jubilación en las Islas Caimán, y puesto que tristemente tu padre ya no está entre nosotros, haz con estas armas la justicia que consideres. Me disculpo por aparecer en tu vida cuando ya era demasiado tarde, eres un buen muchacho, y sé que harás lo correcto".

Una lágrima solitaria bajó por la mejilla. Se la limpió con el dorso de la mano, asintiendo para sí mismo. No había vuelta atrás.

Comenzó a cargar el armamento, llevaría solo lo necesario para no llamar la atención: Dos cuchillos en cada bolsillo de la chaqueta, dos Glock en los calzoncillos y la tarjeta con la identificación en el pantalón. Al salir del búnker y cerrar la trampilla, el aire de Chicago era hasta satisfactorio, todo apuntaba a que hoy sería un buen día para reunirse con viejos conocidos del instituto. 

***

Dedicó el resto del día a rastrear el Voter Registration de Illinois. Entre bases de datos públicas y algún pago rápido en una web de verificación de antecedentes, el nombre de cierta chica surgió entre el ruido documental.

Al día siguiente, tras terminar su turno, Chris empezó a cruzar datos. Buscó negocios locales vinculados a lo que recordaba de ella; historias de terror, maquillaje, tal vez, arte digital. Filtró por zonas donde una semiprofesional elegiría asentarse. Finalmente, lo encontró: un pequeño estudio en el corazón de Wicker Park, el epicentro hípster por autonomasia. Para llegar allí desde el sur, Chris tuvo que cruzar el Loop y enfilar la Avenida Milwaukee, la arteria vital de Chicago. Mientras conducía, viendo pasar los grafitis y las cafeterías, no pudo evitar una mueca de nostalgia. Pensó que así debían sentirse los viejos detectives que revisaban guías telefónicas: buscando agujas en pajares con filtros de blanco y negro.

Se presentó allí llevando ropa limpia, el pelo medianamente arreglado y una Glock encajada en el bolsillo profundo de su vaquero; un "por si acaso" contra el muslo. El letrero sobre la fachada de ladrillo desnudo rezaba en neón: Gotick12.

El local por dentro era de estética industrial, tuberías brillantes y cables expuestos. Había pantallas repartidas a media altura donde se mostraban comerciales de arte y renders 3D. Lo típico que le daría un glaucoma a un diseñador de interiores. Chris se acercó a la barra de acero cepillado y saludó a la figura que manipulaba una tableta gráfica. Era bajita, vestía rigurosamente de negro con medias y mallas de rejilla que le daban un aire neogótico. Llevaba el flequillo cayendo sobre el ojo derecho, ocultando un parche que formaba parte de su icónica marca personal.

—Buenas tardes. Perdón por venir sin cita, Alexa — saludó Chris, más firme de lo que se sentía.

La chica levantó la vista y abrió los ojos de par en par. Era Alexa Twelve, la que en su día fue amiga de Nina en el instituto.

—La gente normal suele llamar antes de presentarse, jajaja. Más aún después de tanto tiempo, Chris... ¿Cómo te ha ido?

Sin tener respuesta, Alexa saltó sobre el mostrador, para sorpresa de Chris, y caminó hacia la entrada donde colgó un cartel de "Cerrado por reformas" en la puerta de cristal, después echó el pestillo desde dentro. Chris supo que se venía una larga charla para ponerse al día. Le contó lo más esencial mientras se metían a una sala de consultas más a dentro de la tienda, normalmente área donde los clientes podían explayarse sobre los diseños con confianza. Luces, una mesa de vidrio y dos sillas. Chris tubo un preocupante deja bu y sintió la pistola en su bolsillo mientras la otra se dejaba caer en una silla.

— Así que, ¿Qué hay de tu familia? — preguntó él.

— Nos va bien, a Cristian sobre todo, tiene una licorería de moderado éxito en Austin, Texas — se balanceó un pelín hacia atrás en las patas traseras de la silla mientras Chris permanecía soldado. — ¿Quieres que te de su número y os ponéis al día?

— No, gracias, confío en tu palabra.

Alexa tamborileó con los dedos en la mesa. Chris, en tres pasos ordenados, se sentó con la espalda erguida. Ella suspiró, se imaginaba de sobra porque estaba aquí, las noticias habían estado en titulares por semanas, y ahora, meses después, aparecía un implicado.

— Durante un tiempo sufrí omnipotencia neurótica.

Él inclinó la barbilla hacia un lado. — ¿Cómo dices?

— El dias antes de la foto, yo saqué el tema de Claudia, hubo insultos, todo escaló, escaló y siguió escalando. Me consumía por dentro haber tirado la primera ficha de dominó que os dejó a todos así.

La boca de Chris quedó a medio abrir. "La primera ficha", algo así había dicho él de su padre. . 

No. 

No era momento de pensar en eso. — No he venido ha echarte las culpas de nada — hubiera puesto una mano en su hombro si no les separase el tablero de la mesa. — Ni que tú hubieras manejado el coche con el que me atropelló algún alcohólico desgraciado.

Hasta el parche pareció pestañear confundido. — ¿No lo sabes?

— ¿Saber qué?

— Quien te atropelló.

De un momento a otro, el pulso de Chris empezó a ir al ritmo del parpadeo de las luces de la sala. — No me gusta pensar en ese día.

— Fueron Claudia y los otros dos, aquel coche que llevaron coincidía con la descripción superficial que Nina le dio, y tenía señales de impacto, ¿Nadie te dijo?

Chris tragó con tanta fuerza que podría haber sorbido sus dientes. — Tampoco pregunté.

Había algo viciado en esa respuesta, una apertura fácil en la cual los dos se habían refugiado 8 años de tantas cosas. El panorama tampoco se lo había puesto fácil. Testimonios de los disparos cerca del centro, gente que dijo ver animales moviendo los cuerpos, o un cuarto hombre en el edificio que se había llevado a Nina, teoría plausible al encontrar su mochila, casquillos y ningún arma. La policía perdiendo el tiempo en búsquedas por todas las afueras, a nadie se le ocurrió mirar en la casa de Nina. Y más, y más, detalles y desinformación tras lo ocurrido en la noche que Nina enloqueció, como esa supuesta autopsia del cuerpo de Malcolm que decía que algo lo golpeó hasta dejar su cabeza como un multo de rojo carmesí.

— Pero ahora sí quiero saberlo. Estoy preparado.

El corazón de Alexa empezó a latir con más fuerza, casi podía sentirlo en su garganta. — No recuerdo tantos detalles como me gustaría, se que la policía no fue a tu casa porque buscaron primero en la de Claudia. Su coche estaba lleno de marihuana y la matrícula les llevó donde su padre que tenía una plantación ilegal o algo así. Se atrincheró y perdieron demasiado tiempo.

Chris no fingió ni sorpresa, esos tres inútiles no actuaban de manera normal, era evidente que tampoco pasaba el tiempo consumiendo cosas normales.

— Agradezco esos datos, pero no me refería a eso. Me interrogaron también. Se como la histeria colectiva hizo que se vieran sospechosos donde no los había, y todo el tema con el padre de Alexa lo manejó el mío en un juicio sobre daños y perjuicios. Lo que me interesa es si sabes algo más personal de Nina, algo que no se atreviese a contarme a mí.

La mueca y el desvío fácil del único ojo visible decían mucho de su anfitriona. — Me tenéis en muy alta estima, me hicieron preguntas similares en un interrogatorio, pero lamento decirte que no. Nunca volvió a ponerse en contacto conmigo. Pero mírame, yo no la he dejado ir, creo que por eso me he quedado en esta ciudad.

Conocía esa sensación de amargor, porque contra ella luchó todas las noches que se preguntaba por qué Nina hizo lo que hizo. 

Terapia de choque. 

Así llamó a su alistamiento.

— ¿Sabes lo de Francia?

— Si, ha sido titular, han reabierto el caso aquí. Pero sobre su paradero solo hay rumores en el fandom.

Chris asintió antes de fruncir el entrecejo. — ¿El fandom?

Suspiro que marcó las costillas, deseos de haberse mordido la lengua. — Nina se volvió casi una leyenda urbana por aquí, como Jack el destripador o el asesino del Zodiaco.

— O Jeff the killer — se acercó sobresaltado.

— No hombre, cosas reales — Alexa se despejó el flequillo del parche al mismo tiempo que tocaba teclas en la tablet. — Raritos de la estética "Killer" en internet.

Le mostró una página de Facebook que llevaba cerca de tres años inactiva. En ella compartían artes de Nina, noticias actualizadas, hasta anécdotas. Chris fijó sus retinas especialmente en un tipo con pelo muy negro, máscara y chaqueta blanca con el nombre de usuario "Scolinex". Parecía ser un roquero. Salía en la miniatura de una canción llamada "No pudiste matarme".

— ¿Y ese quien es? — señaló.

— O, un loquito, nadie le toma en serio, dice que es el alumno de Jane the killer y que sobrevivió a un ataque de Nina. Es como su "jeiter" número uno, pero también le dedica canciones y vive... — chasqueó la lengua antes de contestar. — Nada, ignóralo, también dice tener una foto de Nina, pero eso es IA, seguro.

— Espera, espera — Chris detuvo la tableta antes de que la apagase. — Eso me interesa, ¿Donde vive?

Alexa apretó los labios. — ¿No te has pasado por tu vieja casa, cierto?

Chris se levantó por resorte con un "gracias" que le salió solo.

— Espera, hombre — él giró levemente sobre sus talones. — Nina me metió en estas historias y estoy viendo patrones. Chris, no eres un creepypasta.

El elefante en la habitación finalmente llamó la atención de todos. 

— Ya sabes lo que te voy a contestar.

— ¿Qué?

— Me han obligado a serlo.

Alexa ni siquiera se atrevió a decirlo, pero a este punto casi podían leerse la mente. 

— El espejo se tragó a la amiga que conocías y escupió algo con dientes más largos y menos piedad. No hay redención para ella.

— Chris, para un poco, ¿Te estás escuchando?

Claro que se estaba escuchando, claro que sabía lo ridículo que sonaba. Cada paso que daba notaba un cartel en su cabeza en el que estaba escrito: "Busco venganza porque la terapia me da miedo". Su hermana había fallado en matarlo una vez, le había perdonado la vida la otra, y sujetar un arma de fuego era más sencillo que tratar de buscar una explicación. Iba a aferrarse a ese personaje misterioso en el que se había convertido. 

— Si soy la única cosa que no puede matar, entonces soy la única cosa que puede matarla.

Alexa se levantó, cualquier intento de diálogo fracasaría, estas cosas las aprendes trabajando de cara al público, así que buscó una tercera vía. — Había un policía que estaba muy implicado en el caso hasta que pausaron todo esto por falta de pruebas, me ayudó mucho y te podría ayudar a ti, al menos considera pedirle ayuda a la ley. Hacer justicia con sus manos desnudas fue lo que metió a Nina en todo esto.

Menudo hachazo en las costillas fue eso para Chris. Recordó regresar el primer día de instituto a su casa, a su madre escuchando como Nina había intentado defenderse de los tres bravucones, de la impotencia que le generaba todo. Solo respondió una cosa. — Se demasiado bien lo que tengo que hacer.

— Lo único que te pido es que no hagas una tontería.

Chris no contestó a esa última sugerencia y se fue del local. En el aparcamiento, reprimió hasta el fondo del estómago la necesidad de golpear algo, aunque fuese el volante, mientras se martirizaba; "¿Por que me abandonó? ¿Por qué me dejó vivo?". Encendió motores y se puso en rumbo hacia una casa que solo le echaría sal a sus heridas recién abiertas.


Capítulo 3: nuevos contactos.

Scolinex, cuyo nombre real era Remi Martínez, no era un mentiroso, simplemente contaba historias a medias. Cuando le preguntabas por Nina, miraba tus ojos como el mejor de los actores y decía: "Ha pasado mucho desde aquel fatídico día. La calle, la sonrisa. No se cómo viví para contarlo". Lo que de verdad pasó fue que volvió de correr a las tantas de la noche y se encontró con una joven corriendo en dirección contraria que dejó la puerta de su casa abierta.

"Supe que ella tenía algo, ese algo que la hacía muy especial, ese especial que muy pocas personas tienen", decía, y se llevaba una mano al corazón. Cualquiera que solo escuchara eso pensaría que fue atacado esa misma noche, que quemaron su casa con toda su familia dentro, o alguna otra situación dramática. Solo contando la mitad de la historia la gente puede imaginarse el resto, aunque lo hagan mal, y a Remi eso le vino perfecto para hacer su propia marca.

Scolinex the killer era la antítesis de Nina, alto, pálido hasta los huesos, oculto tras un antifaz como el fantasma de la ópera, y armado con un cuchillo. No le temblaban las cuerdas vocales al cantar: "Aún si es de mala educación, voy a gritar en esta fiesta".

Remi se sentía seguro tras ese personaje, ya no mentía cuando decía que Scolinex había luchado de igual a igual contra los peores criminales de la calle, porque en su mente diferenciaba persona de personaje, aunque explícitamente nunca aclaraba nada. Él sonreía y firmaba autógrafos como solista de Rock Alternativo con rotulador rojo y el texto: "No te vayas a dormir, princesa, o nunca despertarás".

***

Chris llamó al timbre. Lo habían cambiado, no sonaba como lo recordaba. La tapicería de la puerta, en cambio, seguía igual, como las ventanas o la pintura, a la cual solo le habían añadido capas nuevas. Miró de reojo su coche y pensó que, tal vez, así se sintió su padre llegando a entregarlo la primera vez. El pesar moral apretaba, pero la nostalgia de un tiempo pasado mejor, también era algo que llevaba en la chaqueta.

Le abrió la puerta un muchacho que ya rondaba los 25. Sin maquillaje, su piel tenía pigmento hispano y su cabello había sido tintado recientemente con "blu black" para algún show. Él propietario lo miró con desdén hasta que sus ojos encontraron la cara de Chris y poco a poco desvelaba lo que ocurría.

— Hola, me llamo Chris Hopkins, seguro que has leído sobre mí en los periódicos, ¿Me dejas pasar?

El hombre parpadeó dos veces más y se apartó casi sin querer, dejando que Chris cruzara. Todo estaba prácticamente igual. La escalera tenía la altura que recordaba, el interior solo había cambiado su tapicería, pero conservaba los suelos. Evidentemente, muebles y cuadros habían cambiado, pero la cocina no parecía tener reformas. La curiosidad pudo a los modales, y entró a la zona sin pedir permiso. Por la ventana se veía el patio. El manzano ya no estaba, mucho menos el saco oscilante de Nina, y la moqueta tenía una enorme mancha de sangre en la zona. . En la zona. Chris apretó los puños, ¿Qué coño era eso? Marcado con esparadrapo y sangre de atrezo, estaba la silueta de un cuerpo femenino. Pisó el lugar y respiró entre restos de fritanga y desodorante, no olía a metal, así que sabía que era falso, pero eso no pudo evitar el remolino de tristeza y odio que dentro albergaba.

Inhala durante 2 segundos.

Mantén durante 2 segundos.

Exhala durante 2 segundos.

Giró la cabeza hacia su anfitrión que intentó parecer interesado en el techo. — ¿Qué es esto?

— ¿Me lo preguntas a mi? ¿Quieres saber qué es algo específico de la casa? ¿A qué te refieres con "esto"?

Chris apuntó a la silueta con un dedo, la que claramente marcaba la silueta del lugar donde su madre murió apuñalada en el cuello, y como no obtuviese una respuesta satisfactoria, apuntaría con otra cosa a la frente de ese tipo.

Scolinex dejó escapar el aire entre sus dientes apretados. — Es... Parte de mi marca de publicidad, ya sabes, vivo donde Nina dejó recuerdos — viendo cómo las manos de Chris forjaban ladrillos, prefirió cambiar su enfoque. — Si vas a darme una paliza, no me toques las manos, las necesito para ganar dinero.

Chris apretó hasta dejar sus nudillos blancos. Movió sus pupilas a un calendario de la pared, tenía señalada una entrevista de trabajo para dentro de tres días y un concierto importante en ocho. Sus conocimientos a medias de lectura corporal le decían que si se tiraba a por él, su respuesta sería salir corriendo lo más rápido que pudiera. Uno tiene que tener porte para pelear, hasta para sostener un cuchillo, y ese chico era pura fachada, aún y si le sacaba dos años.

— No he venido a golpearte — hizo sonar su garganta como sinónimo de "aunque me han entrado ganas". — Busco información, dicen que sabes dónde está Nina.

—¿Y para eso llevas una pipa en el bolsillo? —soltó Remi, desviando ambos el mirar hacia el bolsillo de Chris. Tal vez la gente de Francia no lo notase, pero un joven acostumbrado a los bajos fondos sabía reconocer el peso muerto de un bloque de polímero que amenazaba con hacer que los pantalones cayeran por pura gravedad.

—Tengo un permiso — ni se notó que mentía—. Además, eso no viene a cuento. Me han dicho que tienes una foto de Nina.

Scolinex midió sus probabilidades de supervivencia, después señaló el sofá negro del salón con un gesto lánguido. Chris se sentó, muelles en su retaguardia. Mirando detenidamente, el sitio era un austero que soñaba con ser artístico: dos estanterías atestadas de vinilos de Metallica, Linkin Park y Kiss flanqueaban la estancia. El calor de la tarde se filtraba por las ventanas y parecía estancarse contra el techo; en esa casa, la calefacción era un lujo reservado para la planta de arriba.

Remi apartó un par de maquetas y rescató un marco oculto bajo un viejo tocadiscos. —Tengo que asegurarme de que eres quien dices ser —sostuvo el objeto contra su pecho como un escudo—. Esta es la única copia en físico que tengo. No se la enseño a turistas. Quiero ver tus cicatrices.

Se produjo un duelo de ojos entrecerrados. Sin mediar palabra, Chris se sujetó el dobladillo de la camiseta y se la subió hasta la altura de los pectorales.

Ahí estaban. 

Un mapa en relieve de carne blanquecina y tejido irregular. 

El registro de ocho años de traumas sin superar.

—Joder, hermano —susurró Scolinex.

Chris detectó una devoción genuina en sus palabras, y volvió a cubrirse. No quiso dejar que su mente vagara por las otras variables; no quería imaginar el cuarto de Nina convertido en un mausoleo, o su propia cama con cada mancha de sangre y cada perforación del colchón recreada al milímetro. Por un instante, el recuerdo fue tan vívido que sintió la presión fantasma de la almohada asfixiándolo de nuevo.

Remi extendió el marco. Sus dedos temblaban ligeramente, como emoción del coleccionista que finalmente toca la pieza central. —Aquí la tienes. Pero cuidado donde pones los dedos.

La mandíbula de Chris por poco se descuelga de su boca. Eran los mismos ojos, la misma cicatriz forzada a cuchillo y esos párpados desprovistos de pestañas. En la foto, Nina vestía con la parte superior de una chaqueta sin espalda y una diminuta camiseta roja que dejaba a la vista el escote y gran parte del ombligo.

—Es falsa, ¿a que sí? —sopló Scolinex—. Me dijeron que la sacaron del teléfono de un muerto.

—Es ella.

Se instaló un silencio incómodo mientras Chris maquinaba otras opciones. Sabía que la inteligencia artificial había avanzado mucho, pero había detalles que un algoritmo no podía inventar: la ausencia total de pestañas o la posición milimétrica de las heridas en las mejillas, marcas que seguían frescas en su memoria.

—¿De dónde has sacado esto? —preguntó Chris, sin apartar la vista de la foto y su reflejo.

—La compartieron en un grupo de fans del condado de Chester, dicen que está cerca del valle de Brandywine, por la zona de Filadelfia, Hawthorne Glen y Chadds Ford.

Chris rechinó dientes. ¿La fama de su hermana había llegado hasta Pensilvania, o peor aún, se estaba escondiendo por cualquiera de esas tres ciudades? Tenía que seguir tirando del hilo.

—¿Qué estaría haciendo mi hermana allí?

—No lo sé, pero las zonas cercanas a Filadelfia sobreviven sin ley. Un autobús de largas distancias evitando la autopista I-80 puede hacer maravillas... o eso me ha dicho un amigo.

—¿Y cómo conseguiste tú esta foto exactamente?

—En la Darkweb se comparten mil cosas —dijo el tipo con naturalidad—, desde autopsias hasta números de sicarios o casos que vuelven loco al internet. ¿Recuerdas lo de las dos proxis de Slenderman? Hay mil informes sobre eso, y Nina despierta el mismo tipo de interés.

Eso ya fue demasiado para Chris. La historia de su propia carne y sangre no iba a ser el entretenimiento de un puñado de perdedores anónimos ni un segundo más. Levantó el culo del sofá y se enfiló hacia la puerta.

—¿Y vas a matarla? — preguntó Scolinex a su espalda.

—Sí.

—¿Pero matarla de verdad, no?

Chris se detuvo en seco. —¿Qué?

—Es que en estas historias siempre pasa algo. Al final, o no vemos la pelea, o todo queda en un "continuará", o se mueren los dos.

A Chris le dieron ganas de pasarse la mano por la cara, decepcionado del género humano. Seguramente así era como lo vio Alexa, ella no decía nada por respeto, pero este tipo tenía menos filtros que un aspirador roto. —¿Qué "otros ejemplos" hay?

—Ya sabes, Liu, Jane... ese estilo.

—Todos esos son personajes ficticios —escupió Chris. — Madura de una vez.

Sin decir más, abrió la puerta y se largó con la foto que nunca había soltado bajo el brazo. Era su hermana, y aquel tipo le había faltado al respeto a la memoria de su madre, robarle era poco más que justicia poética.

Al día siguiente, encerrado en su departamento, Chris hizo recuento de daños. Contó sus ahorros y revisó sus licencias, solo para darse cuenta de que su fotografía real no coincidía con los datos de su nombre falso. Necesitaba una nueva cara, lo que significaba otra visita a una experta en maquillaje.

A las 17:00 se presentó en la puerta de la tienda de Alexa. Ella lo miró con una preocupación evidente; sabía de sobra que Chris no venía a encargarle un cartel con su cara estilo anime.

— Necesito tu ayuda —soltó él sin preámbulos.

— ¿Qué vas a hacer?

— Una tontería.


Capítulo 4: cruzando fronteras.


Lo mejor que podías hacer al llegar a Hawthorne Glen era irte. Todo estaba mal con esa ciudad, si es que podía llamarse así, era un asentamiento en el valle de Brandywine, su centro presumía una urbanización con múltiples edificios de 4 a 6 plantas y varias plazas repartidas, mientras que sus afueras conservaban casas victorianas de antiguos colonos que se mezclaban con los bosques y hectáreas de cultivo. También había una cifra récord de 572 muertes al año que solo subía.

Chris tenía muy claro su plan de acción, Alexa y él habían pulido detalles después de que le cambiase el vestuario. Se había hecho un par de arreglos, pero el principal era el cabello desordenado, una franja de tinte roja permanente en el flequillo y una visible cicatriz en la frente.

"Los 'the killer', ya tiene que ser una broma", pensó quemando rueda por la autopista.

Habían buceado hasta las entrañas de la web profunda hasta dar con un fenómeno de pandillas en esa ciudad. Los "the killer", adolescentes conflictivos e impulsivos, tan peligrosos como cualquier persona con un cuchillo. Eso no era lo preocupante, lo preocupante era lo enajenados que estaban, fuera por la droga o por problemas mentales sin tratar.

Chris miró al asiento del copiloto, ahí estaba el marco con la foto, un poco inclinado para que el sol no le reflejara en su cara, era melancólico pero no temerario. Llevaba también dos pistolas Glock 19 en el reverso de los bolsillos de la sudadera, un cuchillo militar en el cinto, y el número de contacto de ese policía que le sugirió Alexa. Había sido muy insistente, de hecho, obligó a Chris a guardarse el teléfono como contacto permanente so pena de no ayudarlo.

"Si lo borras lo sabré, y le llamaré yo personalmente", le había dicho. La posibilidad de que fuese un farol era altísima, pero Chris no quería jugársela por algo que, a fin de cuentas, no le hacía daño.

Cuando cruzó las calles de la ciudad, Chris tenía dos prioridades inmediatas antes de que el sol se ocultara tras el valle: un techo donde no le hicieran demasiadas preguntas y una forma de financiar su estancia. Para lo primero, decidió tirar de nostalgia táctica. Recordó la estrategia que su madre usó en Chicago, buscar en la órbita de los institutos locales. Esos radios siempre atraían hostales que ofrecían estancias prolongadas para padres recién llegados o profesores de paso. No era el lujo de una casa propia, pero funcionaba. Tras un par de vueltas, encontró un edificio perfecto. Estaba más lejos de lo que quería y el grifo solo escupía aire, pero tenía electricidad, una cama y una nevera con una puerta que cerraba bien.

—Un placer hacer negocios con usted, señor Sanderson —dijo el agente inmobiliario mientras guardaba el fajo de billetes.

"Bob Sanderson". 

El nombre falso que salía en su identificación.

Con la llave en el bolsillo, se dedicó a lo segundo en su lista mental. Salió a pata hacia la periferia, permitiéndose el lujo de observar. Bajo la luz del día, Hawthorne Glen jugaba a ser normal: vecinos apoyados en capós de coches, perros paseando y charlas de acera. Costaba creer que este lugar encabezara las listas de mortalidad del condado, hasta que tropezó con las vallas. El "Barrio de los Perros Libres". Había visto esto en internet, un perímetro vallando los restos de las peleas caninas que las apuestas ilegales habían dejado de herencia. Apresuró el paso al escuchar gruñidos en los callejones y sentir un olor desagradable en los metales de la valla. No quería pensar mucho, algo alimentaba a esos animales, en una ciudad con tantas desapariciones, los puntos se conectaban solos.

Dobló hacia la Avenida O’Neil, la arteria que bombeaba la vida comercial hacia los barrios residenciales. Allí, pegado en un cristal con cinta adhesiva, encontró su billete de entrada: un cartel que pedía un mozo con permiso de armas para la caja. Caminó tres manzanas más hasta que el rótulo neón lo confirmó: Armería Robinson. Al cruzar el umbral, todo fue aceite de armas en sus fosas nasales. El local era un bastión de madera oscura sin barniz que aguantaba el tipo por otros veinte años. En las paredes, el inventario hablaba de una clientela variada: desde Remington 700 y Mossberg 500 para los cazadores del valle, hasta las Sig Sauer P365 y Smith & Wesson 642 pensadas para quienes invertían en protección a corto plazo.

Al fondo, tras el mostrador, una mujer sin tiempo para maquillarse y el pelo recogido en una coleta alta, le miró sobre unos formularios de la ATF. Bestia una camiseta de Azumanga Daioh, y mantenía la paciencia aunque su  local sangraba tres mil dólares mensuales.

—Si vienes por el anuncio, espero que sepas distinguir una Glock 19 de un juguete — habló sin soltar el bolígrafo de los dientes—. Necesito a alguien que vigile el mostrador mientras yo intento que el Gobierno no me cierre el chiringuito por una coma mal puesta.

— Me manejo — Chris mostró sus armas en el reverso de la sudadera, desde que Scolinex lo descubrió, se había dado cuenta de que su entrenamiento militar no le había enseñado a esconder armas en la ropa de buena manera, así que ahora que tenía permiso, tampoco veía sentido en causar malentendidos.

La mujer no era de las que se dejaban impresionar por una cara nueva y un flequillo teñido; en Hawthorne Glen, la confianza era un lujo que cotizaba más alto que la munición de punta hueca.— Más te vale tener los papeles en regla, muchacho.

Chris no se inmutó. Metió la mano en la sudadera con movimientos lentos, dejando claro que no buscaba problemas, y depositó sobre la madera gastada su Tarjeta 12-B de Exención de Balística.

Ella giró el bolígrafo entre sus dedos. —Esto solo se lo dan a los marines cuando cambian de estado tras el servicio activo. Papeles de identificación. Para ahora mismo.

Inhala durante 2 segundos.

Mantén durante 2 segundos.

Exhala durante 2 segundos.

Chris sacó su carnet falso.

—Estuve en el ejército, servicios básicos. Digamos que ahora voy un poco sin rumbo para empezar de cero —. Esperó sonar convincente.

Mantuvo la respiración pausada. Sabía que si a la mujer le daba por hacer una comprobación profunda en los registros militares, el nombre de Bob Sanderson brillaría por su ausencia.

—Katy Robinson —se presentó ella por fin, devolviéndole el carnet—. Aquí pone que no tienes antecedentes penales, Bob. Espero que sea cierto; el último valiente que intentó engañarme descansa en una tumba a tres calles de aquí.

Chris sostuvo la mirada. Sabía que era un farol —una armera inteligente no confesaría un homicidio—, pero en sus labios la amenaza sonaba terriblemente creíble.

—¿Tu número de teléfono? —preguntó ella, con el móvil ya en la mano.

Chris se lo dictó. Apenas terminó de pronunciar el último dígito, el teléfono en su bolsillo vibró con un zumbido insistente.

—Por si acaso — Katy puso una sonrisa seca—. Hay cámaras ahí y ahí. Empiezas ya. Dieciséis dólares la hora, ¿te vale?

—Sí —respondió él.

—Pues empieza, tengo el contrato bajo estos papeles. Practica un poco y ahora lo firmas.

Katy dio un golpe seco al mostrador y accionó un pestillo. Una pequeña puerta bajo la repisa se abrió, invitando a Chris a pasar. "Los clientes no tardarán en llegar si empiezo tan rápido". 

Se equivocó. 

Helios empezó a deslizarse por el cielo del valle, estirando las sombras de los estantes sobre el suelo de madera. Los clientes llegaban a cuentagotas: leñadores mascullando malas cazas y viejos conocidos de Katy que solo entraban para sacar un refresco de la máquina expendedora de la entrada, intercambiando un par de frases antes de volver a pisar asfalto.

Katy levantó la vista de una colina de facturas, observando a Chris apoyado en el mostrador. —Te preguntarás por qué necesito ayuda si apenas entra alma viviente — Chris asintió en silencio—. Es solo para poder centrarme en esto. Hubo un retraso con las cartas de pago y tengo que ponerlo todo en orden por esta burocracia ineficiente. Lo que te quiero decir, Bob, es que esto durará un mes como mucho.

Chris la observó con respeto. Era una mujer de complexión estilizada pero con brazos de firmeza; echaba horas al gimnasio. Además, no se le había escapado el detalle de la escopeta recortada que descansaba en un soporte oculto bajo la repisa. Katy Robinson no bromeaba.

—Me imaginaba algo así —respondió Chris, manteniendo el tono neutral—. Esto es solo para salir del paso. He alquilado un piso por seiscientos al mes.

—Te están estafando.

—Lo sé. No tiene agua, pero es manejable. Supongo que los precios han bajado por culpa de los "The Killer".

Katy echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un suspiro pesado que pareció vaciarla por un momento. —Nuestra fama nos precede.

Chris estuvo a punto de presionar, de tirar de ese hilo para ver qué más soltaba, pero Katy se sumergió de nuevo en el papeleo. Insistir demasiado era el camino más rápido para levantar sospechas. Esperó paciente mientras ella garabateaba un par de firmas y apartaba los documentos para deslizarle un contrato temporal de tres semanas.

—No creo que pueda engañarte, así que te diré la verdad —dijo ella, bajando el tono —. Si escuchas algo por la noche, no bajes. Ya puede ser tu abuela llorando en la acera, que vas a ignorarlo.

Chris enarcó una ceja. —¿Tan seria es la delincuencia organizada aquí?

—Lo único organizado en Hawthorne Glen son los niños que reparten el periódico antes de ir a la escuela —replicó ella —. Este es un barrio seguro. Llevo cinco años al frente de esta tienda desde que terminé la universidad y nunca me han robado... Bueno, lo han intentado, pero no lo han conseguido.

Hizo una pausa y miró a ambos lados de la tienda, como si las sombras tuvieran oídos. —El problema es que, por las noches, la electricidad falla. Las pandillas se ponen rabiosas y los cazadores siempre terminan delirando; dicen que ven trotapieles, hombres sin cara o wendigos.

Katy alcanzó un periódico local de la repisa tras ella y se lo tendió. —Mira estas esquelas dedicadas a "encuentros sobrenaturales" de esta semana. Parecen más un hilo de 4chan que un reporte periodístico serio.

Chris tomó el diario. La mayoría eran noticias de relleno del exterior, y lo poco local hablaba de cortes de agua o del desplome de los alquileres. Los testimonios sobre monstruos en los bosques parecían relatos de gente que había pasado demasiado tiempo bebiendo aguardiente de contrabando. —¿Has dicho 4chan? —preguntó Chris con una mala sonrisa.

Katy no se inmutó, aunque sus ojos lucieron irónicos. —Todos tenemos un pasado.

Chris no preguntó su edad; no quería romper la tregua profesional que acababan de establecer. Mientras pasaba las hojas, su mente empezó a trabajar a toda máquina. El índice de asesinatos no cuadraba con monstruos de leyenda, sino con ataques nocturnos de las pandillas aprovechando la oscuridad. Eso le daba pie a un plan de acción.

***

Al terminar su turno, Chris caminó de regreso bajo una luz de atardecer más mortecino. El cuadro era casi idílico: padres que volvían del trabajo maletín en mano, banderas de equipos ondeando en los porches y adolescentes cruzando los jardines para acortar camino. No había rastro de la decadencia de Detroit, pero tampoco la opulencia de California. Era un limbo suburbano de inusual calma. Se detuvo en un bar de carretera llamado "Miller’s". 

"Quizás lo peor de esta ciudad solo sea la falta de originalidad para poner nombres a establecimientos", pensó mientras pedía tres cafés —uno para el momento y dos para llevar— y una caja de patatas fritas. El menú infantil incluía un hipopótamo baterista de plástico que lo tentó, pero con 23 palos ya estaba grande para juguetes de franquicia.

Al llegar a su piso, fue ducha rápida con un par de cubos de una fuente cerca y un rato de lectura bajo su lámpara nueva en el sofá de terciopelo que pilló en rebajas. La Metamorfosis de Kafka; no entendía ni la mitad de las metáforas, pero le gustaba el humor ácido entre líneas.

A las 3:00 a.m., ni un motor, ni un ladrido hacían ruido. Chris se ajustó la chaqueta, comprobó la tensión de las correas de sus Glock y se calzó las botas tácticas. Lo único que había en la calle era oscuridad. No había luna ni estrellas, pero tampoco nubes; solo cielo apagado. Navegó por los callejones, tanteando sombras, hasta que una voz rasgó el aire desde la esquina de un almacén.

—Ey, 2015... ¿Se te ha perdido algo?

Chris estuvo a punto de saltar hacia atrás. El chico que lo observaba era una visión de hiperrealismo cincelado en cristal: piel pálida y ojos desorbitados que brillaban vítreos. Sus manos temblaban con ritmo espasmódico. “Cannabis, supongo”, diagnosticó Chris en pensamientos instantáneos.

—Soy Gabriel "The Killer", y este es mi terreno. Si lo pisas, lo pagas con sangre.

Chris se puso en guardia. Gabriel escupió al suelo y amagó con volverse, un truco barato para lanzarse en un ataque sorpresa. Chris leyó el movimiento antes de que el puño saliera; esquivó el golpe con una finta lateral y contestó conectando una patada en el esternón con la suela táctica. El impacto lanzó al pandillero contra la pared de ladrillo.

Gabriel se levantó soltando manotazos desesperados que pretendían ser golpes. Chris los desvió con la palma, con la economía de quien sabe pelear de verdad, y cerró la distancia con un codazo giratorio que impactó de lleno en el cuello del chico. Lo desplomó.

Cuando el pandillero intentó sacar un cuchillo entre improperios, Chris decidió que la cortesía se acabó. El estruendo de 9 milímetros rompió el hombro del chico. Mientras el casquillo aún rebotaba en el pavimento, Chris le pisó la herida, hundiendo la bota contra el suelo ensangrentado.

—¡Aaaaah! ¡Vale, tío, el territorio es tuyo! ¡Me voy, me voy! —aulló Gabriel con lágrimas y sudor.

—No quiero un callejón. Quiero que le des un mensaje a tu jefe.

—¿Mi jefe? ¿Quién... Jeff?

Chris puso los ojos en blanco ante el cliché. —Qué oportuno. Dile a tu "Jeff the Killer" que voy tras Nina. Lo mismo le haré si a lo mismo se atreve.

Chris lo dejó marchar, observando cómo el chico de apenas 17 huía con el brazo inerte. Caminó en círculos un par de manzanas para confundir cualquier rastro de sangre que pudiera delatar sus huellas y regresó a casa con el arma aún en la mano. Había sido suficiente acción por una noche, cualquier otro combate lo acabaría rápido. Extrañamente, al tumbarse en la cama, cerró los ojos con una sonrisa. Quizás, y solo quizás, le estaba gustando esto.


Capítulo 5: malos vicios y buenas gentes.

Chris se levantó con una energía renovada. El desayuno —tostadas y un cacao con leche que le supo a gloria— fue el preludio de su rutina. Después un par de series de flexiones en mitad del salón y una ducha con el cubo que le quedaba. La falta de agua caliente empezaba a ser un problema; si no resolvía eso en un mes, el frío acabaría por pasarle factura.

Se cambió de chaqueta, dejando la de anoche —impregnada con el olor del plomo— en el fondo del armario, y frotó sus botas con saña hasta que el rastro de la sangre de Gabriel desapareció por completo. El turno de mañana, de ocho a doce, mostraba la cara más surrealista de la calle. Ver a los niños repartiendo periódicos en bicicleta le produjo una crisis anacrónica; parecía una estampa sacada de "Las aventuras de Tom Sawyer". Se preguntó a qué hora empezaban las clases antes de que la magia se rompiera por ese olor pútrido que emanaba del barrio de los perros.

Al llegar a la armería, Katy ya estaba en su puesto, rodeada de su mar de papeles, aunque hoy las torres eran más bajas. —¿Qué hay, Bob? ¿Listo para otro día de mirar el techo y contar balas?

—Puedes apostarlo —respondió Chris, intentando sonar como el empleado modelo que Bob Sanderson debería ser.

La parsimonia del comercio minorista lo golpeó pronto. Tras atender a solo seis clientes en dos horas, Chris sucumbió al aburrimiento y sacó el móvil. No era lo que esperaba. Se había imaginado conversaciones de taberna con veteranos de setenta años contando historias de guerra, o instruyendo a alguna mujer soltera sobre cómo asegurar el gatillo para proteger a sus gatos. Pero el local era un desierto sin dunas ni camellos.

—No me puedo aguantar la duda... —soltó Chris finalmente—. ¿Cómo llevas este negocio?

—Mal. ¿No lo ves? — resopló Katy al mirarlo de reojo.

Chris no se rió. Mantuvo el gesto serio, analizando las estanterías llenas de stock inmovilizado. Katy suspiró y le dio un codazo amistoso.

—No te lo tomes todo tan en serio, Bob. Si lo que te preocupa es tu paga, tengo ahorros de sobra para cubrir tu sueldo.

—No es eso. Es solo que desde que llegué, esta ciudad no ha sido lo que esperaba. Pero este negocio es... raro.

Katy hizo girar el bolígrafo entre sus dedos. —Que llevas dos días aquí, no le des muchas vueltas. Ya tendrás tiempo para odiar este sitio. Lo cierto es que a la armería siempre le ha ido bien. Me hice cargo cuando mi padre se retiró hace cinco años y yo no veía salida en la administración de empresas. Antes había más actividad, y la sigue habiendo en temporada de caza, pero ahora que los problemas solo ocurren de noche, la gente parece haber perdido el interés por la defensa personal. Piensa en esto como una funeraria, que no haya clientes es teóricamente bueno, pero malo para el negocio.

Chris asintió, aunque la lógica seguía pareciéndole forzada. Perdió otra hora sumergido en la pantalla hasta que, a falta de treinta minutos para cerrar, la puerta abriéndose anunció una invitada.

Chris alzó la cabeza y, por primera vez en su vida, entendió la expresión "fue un flechazo a primera vista". Una chica entró en el local peleándose con un mapa extendido, girándolo de un lado a otro cual volante roto. Era de esas personas que parecen pertenecer a otro plano de la realidad, de esas chicas que imaginas con vestido blanco y una pamela, posando en un atardecer frente al mar. Su pelo era de un rojo encendido y su sonrisa proyectaba tranquilidad. Sus ojos tenían un carmesí extraño que, fueran lentillas o un capricho genético, la hacían brillar como un lucero en mitad de la mañana.

La chica plegó el mapa con una resignación encantadora, evaluó la escena tras el mostrador y dirigió su mirada directamente a Katy.

—Buenos días. Venía a pedir indicaciones para llegar a la ciudad. He intentado seguir el mapa, pero creo que me he perdido definitivamente... He pasado por delante de esta armería cinco veces.

Katy, que hasta hace un segundo era la viva imagen de la desidia, se irguió con una pose de recepcionista. —Claro, cielo. ¿Qué estás buscando exactamente?

—Pues... la plaza principal del centro urbano.

Chris no pudo evitar que el cinismo acumulado en sus escasas veinticuatro horas aflorara. —Déjame adivinar. Se llama "La Gran Plaza Central del Centro Urbano" o algo igual de imaginativo.

La joven volvió a consultar el papel, extrañada. —No. . Solo es "La Gran Plaza Central". Vaya. ¿Sabes llegar?

—Yo soy... —empezó dispuesto a admitir que él también era un náufrago en ese mapa.

Pero no llegó a terminar. Katy le tapó la boca con su guante de mitones. —Claro que sabe —Katy puso una sonrisa radiante—. Bob conoce este lugar como la palma de su mano. Y va a llevarte encantado. Además, su turno acaba de terminar ahora mismo.

Chris giró la cabeza hacia su jefa como el periscopio de un submarino detectando una mina. Katy simplemente dejó caer los párpados como seña universal de: "Ve a por ella, tigre".

—Qué mala educación la nuestra —continuó Katy, liberando por fin la cara de Chris—. Soy Katy Robinson y este es mi empleado del mes, Bob Sanderson. ¿Tu nombre es...?

La chica soltó una risa cristalina, divertida por el evidente tejemaneje que se traía la dueña. —Rin Zalguero. Solo llevo cuatro días en la ciudad. Hoy quise explorar un poco la periferia, pero he terminado perdida entre tierras de cultivo y un bosque donde parece que hasta las ramas susurran.

—Pues no se hable más —Katy le dio una palmada de "ánimo" a Chris en el hombro y le indicó la salida con la cabeza.

Chris le devolvió una mirada que era una mezcla de agradecimiento y pánico. "¿Cómo mantengo esta mentira?", se preguntó mientras tomaba el mapa. "Pues igual que mantienes la de ser un tal Bob, hombre. Improvisa".

Salieron de la armería y empezaron a caminar. Para rellenar el silencio, Chris recurrió a su guion: el exmarine que buscaba paz tras el servicio activo. Rin, por su parte, le contó que su mudanza era una huida hacia adelante; su padre sufría de brotes de esquizofrenia controlada y el médico había recomendado un entorno natural, lejos del ruido de la metrópolis, para intentar centrarse, pero su sueldo de escritora fantasma solo le daba para un piso en el núcleo.

A medida que avanzaban, dejaron atrás la periferia rural, las casas victorianas y el asfalto agrietado daban paso a un pavimento más cuidado y fachadas de ladrillo rojo con piedra. Edificios de cinco o seis plantas que eran chocados por un aire más cargado de gasolina y eco de las conversaciones en las plazas. Entraron en el corazón de la bestia, donde la arquitectura urbana intentaba desesperadamente ocultar que, a solo unos kilómetros de allí, las noches eran tierra de nadie.

Llegaron a la plaza, una explanada de cemento liso que funcionaba como el pulmón gris de la ciudad. Estaba salpicada de bancos de madera y robles americanos que proyectaban penumbras al suelo. Lo que más resaltaba, por encima de los balcones corporativos y el trasiego de la gente diversa, era un busto de Benjamín Franklin con una placa que rezaba: "El importante impresor, editor, escritor, científico e inventor voló por primera vez su cometa aquí y no en Filadelfia". Una leyenda local tan falsa como la identidad de Bob, pero a Rin le pareció simpática y su risa hizo que, por extensión, a Chris también se lo pareciera.

—Yo vivo allí —dijo Rin, señalando una ventana con la persiana bajada, en un edificio que se perdía en la monotonía.

Chris hizo visera con la mano para protegerse del resplandor. —¿Por qué tenéis cerrado? Hoy hace un sol increíble.

—A papá no le gusta la luz, y a mí la oscuridad me ayuda a escribir. Más o menos. El trabajo de un "escritor fantasma" consiste en corregir capítulos, sumergirse en mundos ajenos y terminar historias por otros. Es poco, pero trae comida al plato.

Chris guardó silencio un momento. —Bueno, hoy no. Yo invito.

Le señaló un pequeño establecimiento cercano y la acompañó a merendar. Se sentaron a compartir algo ligero —un par de bocadillos y patatas— mientras Chris desplegaba su arsenal de verdades a medias. Le contó que sus padres habían muerto cuando era joven y que tenía una hermana a la que apenas veía. Mencionó el ejército como una válvula de escape para despejar la mente y, buscando un impacto visual, le mostró las cicatrices de su pecho.

—Heridas de un combate en el frente — mintió. No mencionó que la "enemiga" había sido su propia hermana, y que el acero no venía de una bayoneta, sino del cuchillo de cocina que ella empuñó la noche que intentó quitarle la vida.

Rin, por su parte, se abrió con honestidad. Le contó cómo dejó los estudios a los 19 años persiguiendo un sueño literario que, seis años después, se había transformado en un blog sobre espiritismo y en terminar novelas románticas para autores que perdían el interés a mitad del camino. Habló de su madre, Cecilia Zalguero, y del divorcio que lo cambió todo después de que su padre la agrediera en uno de sus brotes.

—Paso seis meses con cada uno —explicó ella, tras un trago de Nestí —. Si no vengo con él, se pone hecho un demonio. Dice cosas... muy feas. Siento que tengo que estar aquí como él estuvo para mí cuando florecían mis miedos.

"El divorcio parental es un asco", pensó Chris, acariciando sus propios traumas.

Para aligerar el ambiente, cambió de tema hacia sus lecturas recientes. La casualidad, o quizás la suerte de Bob Sanderson, hizo que Rin mencionara que tenía un ejemplar de "Tierra de Lobos". —Te lo prestaré —dijo ella, sonrisa cálida en sus labios—. Te gustará.

Chris aceptó de inmediato. No le importaba demasiado el libro, pero era la excusa perfecta para volver a verla. Sin perder tiempo, se ofreció a acompañarla hasta su departamento para recogerlo, caminando junto a ella.

El edificio era demasiado sobrio y brutalista. No había buzones para vecinos, las puertas carecían de mirilla y las paredes tenían la misma textura que el cristal opaco; era lo que un novelista de terror llamaría un "palacio construido con el sufrimiento de las madres". El piso de Rin en si era Dubai comparado con el suyo, aunque apenas distinguiera cosas por estar a oscuras. Había estanterías por doquier y una mesa de café china. En el centro, frente al televisor que daba las noticias, el señor Zalguero dormía profundamente en el sofá. Rin no encendió la luz.

—Pasa, no seas tímido.

Chris cruzó el umbral en alerta. No había fotos familiares, solo cuadros con retratos al óleo surrealistas de personas con ojos que parecían seguirlo. Sintió un escalofrío de recuerdos: era la misma intensidad vítrea que había visto en Gabriel la noche anterior. Rin alcanzó el libro de una balda y se lo ofreció. Chris sintió que se sonrojaba por un segundo, pero el momento se rompió cuando la televisión se apagó en un "clip". El señor Zalguero se puso en pie con un movimiento violento. Él, por instinto, puso a Rin detrás de si con un movimiento de brazo.

—Rin, ¿dónde mierda estabas? Tengo hambre.

Chris se quedó de piedra. Se había imaginado a un hombre gordo y calvo presa de la desidia, pero el sujeto que tenía delante parecía un tiburón de Wall Street: alto, de traje, corbata, zapatos de charol y perfume caro. Era más Patrick Bateman que Jomer Simpson en un mal día.

—¿Quién es este? ¿Qué hace en mi casa? —bramó Zalguero, acortando distancias.

—Es solo un amigo, papá —dijo Rin con calma en demasia—. Iba a dejarle un libro, ya se iba.

—¿Eso dice? El mal que rodea este mundo condenado a una incipiente destrucción, cuando él cante su canción más hermosa con la séptima boca me dice que este hombre no es de fiar. Insensata, has traído la destrucción a mi casa, ¿Quiere un libro? ¡Que se los lleve todos!

Volcó una de las estanterías. Los libros llovieron sobre el suelo oscuro. Rin solo suspiró.

Solo suspiró.

—¡Él quiere matarme! ¡Mírale la mano en la cintura!

Chris maldijo su entrenamiento. Inconscientemente, su mano derecha ya buscaba la culata de la Glock bajo la chaqueta. El señor Zalguero se agachó, agarró un tomo pesado y lo alzó sobre su cabeza. Chris fue más rápido: desenfundó y apuntó directamente al pecho del hombre.

—¡Quieto ahí!

Rin abrió los ojos de par en par, su cuerpo sin movimiento. El padre, lejos de asustarse, lanzó el libro que Chris esquivó por milímetros, y se abalanzó sobre él. Chris giró el arma y le propinó un golpe seco con la culata en la sien. El señor Zalguero se desplomó como un fardo.

Chris respiraba con sobresalto. Cuando se giró hacia Rin, quizás esperando un "gracias", recibió una bofetada que le hizo zumbar el oído.

—¡¿Qué crees que estás haciendo?! ¡¿No te enseñaron nada básico de tratamiento de enfermos en el ejército?! ¡No se pelea con alguien que sufre un brote psicótico!

—Yo... intentaba protegerte...

Rin lo abofeteó de nuevo, esta vez con más rabia.

—¿Es que los hombres solo sabéis resolver las cosas con violencia? ¡Con lo bien que me habías caído! — Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas mientras empujaba a Chris hacia el rellano. Le cerró la puerta en las narices como se cierran los signos de interrogación.

Chris se quedó solo en el pasillo, sin libro, sin Rin y con el peso de haber arruinado la única cosa buena que le había pasado. Al darse la vuelta para irse, vio el libro que Zalguero le había lanzado. Lo recogió del suelo. "Lazari, la niña de los mil y un demonios".

Se lo guardó bajo el brazo. No podía devolverlo ahora, pero tampoco iba a dejarlo allí tirado. Con dos horas por delante antes de volver a la armería, inició una caminata lenta hacia el Miller’s. Definitivamente, ahogar las penas era mejor que llorarlas.

***

Chris agitó la cucharilla en su café negro, vertiendo tanto azúcar que parecía jarabe. Era lo único que le acompañaba en la barra aparte del libro que todavía no había abierto. Se sentía patético, pero prefería convencerse de que solo estaba siendo dramático. Al Miller’s, un desierto de mesas vacías luego del horario de comidas, solo le quedaban un par de tipos silenciosos tragando alcohol. El cantinero ni siquiera lo miraba, hipnotizado por un programa de magia en la televisión colgada del techo, uno de esos que echan para rellenar cadenas después del telediario.

La puerta sonó como repique alegre, un hombre entró con paso firme y una energía de confeti en una historia de terror. —Esto corre por mi cuenta —anunció el recién llegado señalando a los otros dos clientes.

Si Chris no hubiera estado tan sumido en su autocompasión, habría detectado la señal de alarma cuando el resto de clientes se retiró. Pero no reaccionó hasta que el sujeto se sentó en el taburete contiguo y chasqueó los dedos dos veces frente al dueño del bar.

—¿Pero bueno, tú por aquí? —preguntó el tabernero sin una expresión distinguible en el semblante.

—Sí, va a ser lo de siempre.

Chris lo miró de reojo, el tipo era absurdamente alto, de veintisiete años, tal vez treinta, y vestía un jersey naranja tan chillón que dolía verlo. Su pelo tenía un tono marrón caramelo y lucía una sonrisa de anuncio de dentífrico. Lo más extraño era el broche de una margarita en su pecho y unos ojos que, en el ángulo adecuado, parecían reflejar todos los colores del arcoíris.

—No te conozco. ¿Eres nuevo por aquí? —preguntó el desconocido, girando el taburete hacia Chris.

—Eh, sí —respondió cortante.

—Jajaja, ya sé. Tú eres el chico nuevo de la armería, ¿a que sí?

Chris se enderezó con lentitud, sintiendo cómo el vello de su nuca se erizaba. El tipo tenía un cuello firme, pelo largo y una expresión de felicidad permanente que alertaba como un globo en un entierro.

—Mira, Travis... —empezó el desconocido.

—No me llamo Travis.

—Bob tampoco, y aquí estamos.

Chris retiró las manos del café y empezó a deslizarlas hacia los costados, buscando el metal bajo la chaqueta. El desconocido no dejó de sonreír, aunque ya no enseñaba los dientes.

—Sé muchas cosas de ti, señor turista. No eres el primero que llega para hacer lo mismo, aunque al menos has tenido la decencia de no traerte un caballo como el último. Eso sí que fue una extravagancia.

—¿Cómo dices que te llamas? — Chris tenía los dedos ya rozando la empuñadura.

—Jeff.

Apenas pronunció el monosílabo le dio un manotazo al café de Chris, haciendo que el líquido hirviente y azucarado le saltara directamente a los ojos. Chris intentó desenfundar a ciegas, pero Jeff fue preciso. Un puñetazo seco mandó la primera Glock volando hacia la otra esquina del bar. Jeff le atrapó la muñeca contraria y tiró de la chaqueta hacia atrás rompiendo las correas del segundo arma, dejando la pistola desparramada bajo alguna mesa. Chris rodó hacia atrás para ganar distancia y sacó su cuchillo militar, lo mejor que recordaba hacer. Pero Jeff, aprovechando su mayor envergadura, asió el taburete por una de las patas y golpeó directo la mano de Chris, mandando el cuchillo a tomar vientos.

Sin armas, Chris hizo lo único que podía: cerrar la distancia. Paró el siguiente golpe con el antebrazo, sintiendo vibrar sus huesos, y lanzó un rodillazo al estómago de Jeff. El impacto le hizo perder fuerza de agarre al gigante naranja, y Chris aprovechó para conectar un codazo seco en la mandíbula. Se separaron apenas cinco pasos el uno del otro. Jeff no había perdido la sonrisa, aunque un hilo de sangre asomaba por la comisura de sus labios. Estableció una guardia fluida, Chris se puso serio por primera vez.

Chris intentó un quiebro hacia la derecha, pero Jeff fue más rápido y le cazó la espinilla con una patada baja que lo desequilibró, dejándolo a la altura perfecta para un directo a la mandíbula. El mundo de Chris dio una vuelta de campana, logrando mantener la distancia solo gracias a una patada alta desesperada que obligó a Jeff a cubrirse. Este último circuló hacia atrás, Chris, viendo una mesa que no dudaba que él podría usar como arma, arremetió con un volado de derecha. 

Fue un error. 

Jeff se agachó como un resorte y rodeó la cintura de Chris con sus colosales brazos. Lo levantó en vilo como si no pesara para estrellarlo de espaldas contra el suelo. Chris respondió por puro instinto perdiendo aire, una patada a la clavícula desde el suelo. Cuando intentó reincorporarse, Jeff volvió a barrerle el apoyo. Chris se sentía pequeño, superado por una técnica de lucha que no esperaba. Jeff transicionó a un suplex alemán que hizo crujir los omóplatos de Chris contra la madera. Rodó en cuanto pudo, arqueando la espalda para ponerse en pie. Necesitaba mantener la pelea arriba; su entrenamiento no cubría el combate de suelo sin un cuchillo en la mano, y el suyo estaba a tres metros de distancia.

Jeff lanzó un cross de derecha. Chris decidió pararlo con la frente. Un estallido blanco en su cráneo. Jeff no esperaba que su rival absorbiera el golpe así, por la sorpresa, Chris amagó con la izquierda y conectó un cruzado de derecha que hizo retroceder al gigante. Siguió con una ráfaga al cuerpo, buscando hígado y riñones, pero Jeff era masa compacta. En un parpadeo, le fintó una patada y atrapó la pierna de Chris en un single leg de manual.

De vuelta al suelo. 

Jeff ganó la espalda de Chris, cerrando sus brazos sobre su mandíbula y cuello. La presión era insoportable; si Chris no perdía el conocimiento pronto, su mandíbula iba a estallar.

¡BUM!

La puerta del Miller’s se abrió de golpe y el rugido de una escopeta recortada hizo saltar astillas en el suelo.

—A ver, par de marsupiales —la voz de Katy Robinson despertó el interés de ambos más que el tiro—, o dejáis de mataros o aprendeís a caminar con muletas. ¿Qué queréis?

Jeff aflojó el agarre al ver a la armera en la puerta. Chris no le mordió el brazo solo porque tenía la cara entumecida.

—Te voy a descontar el boquete del suelo de tu sueldo. Y tú, Jeff, ¿qué demonios te pasa? ¿Ibas a matarlo?

—Claro que no —resopló Jeff —. Iba a dejarlo inconsciente para entregarlo a las autoridades, como a todos los otros Travis que aparecen por aquí.

—Suéltale. Ahora.

Se separaron. Chris se puso en pie con piernas que aún temblaban. —¿Qué demonios, Katy? —escupió Chris—. ¿Estás del lado del jefe de los "The Killer"?

Jeff se quedó parpadeando con incredulidad. —¿Jefe de los...? ¿De qué narices estás hablando?

—De vuestra pandilla criminal. Los asesinos organizados responsables de una tasa de homicidios que solo sube.

La cara de absoluta decepción que pusieron Katy y Jeff fue digna de comedia negra. Katy bajó el arma del todo y suspiró. —Ya dije que esa prensa sensacionalista nos traería problemas. Mira, Bob, o como te llames: este tío te ha atacado porque cree que eres un loco de los que vienen a "limpiar la ciudad", y tú le has atacado porque crees que es un psicópata adolescente. Así que, antes de que Miller nos llene el trasero de perdigones, vamos a pagar el estropicio y a hablar a otro sitio.

Salieron del bar bajo una tregua tensa. Katy los guio hasta un edificio en el barrio vecino que lucía una pancarta enorme. Chris se detuvo en seco y frotó sus ojos, convencido de que el golpe en la cabeza le estaba provocando alucinaciones. En el cartel aparecía la cara sonriente de Jeff bajo un título en letras brillantes:

"Gimnasio de Jeff the Hugger (Jeff el Abrazador)".

Chris miró alternativamente a Jeff y al cartel. Definitivamente le tenían que estar grabando.


Capítulo 6: medidas de inseguridad.

La sala de inscripciones del gimnasio era austeridad: una mesa de metal, un tablón de anuncios y cinco sillas. A esta hora no estaba abierto, así que no les escucharía nadie. Jeff comenzó a explicar que hizo una visita a la armería cuando encontró un casquillo en el lugar. Buscaba a cualquiera que hubiera comprado munición recientemente para identificar posibles amenazas. Katy le dijo que solo "Bob" era alguien nuevo con armas. Ella había tardado en atar cabos, y para cuando los encontró, ya se estaban dando de palos.

—Eso no explica por qué Gabriel te llamó "jefe" —soltó Chris, frotándose la mandíbula dolorida.

—Yo le entreno —respondió Jeff—. Pero no para asesinar, como tú crees. Mi gimnasio es un refugio para adolescentes perdidos. A los que tienen problemas de adicción, como Gabriel, no les cobro, les enseño disciplina.

Katy asintió, corroborando la historia. — No miente, somos amigos del instituto. Jeff me protegió y me entrenó cuando me hacían bullying por estar gorda. Ahora nos vemos de vez en cuando para no perder la costumbre. Te toca, "Bob". ¿Quién eres de verdad?

—Me llamo Chris Hopkins —confesó él—. He venido a esta ciudad buscando a la hermana que trató de matarme.

—Prepárate a morir —susurró Jeff. Al ver que ninguno de los dos se reía de la referencia, bajó la mirada. Su incapacidad para tomarse las cosas en serio era, irónicamente, su mejor baza contra la seriedad que involucra tratar con gente peligrosa.

—Yo te conozco — Katy analizó su rostro—. Eres el militar al que detuvieron en Francia por aquel tiroteo en París. —Chris asintió en silencio—. Pues dudo que tu hermana esté aquí. Te lo dije: lo único organizado en este sitio es el reparto de periódicos.

—No me lo creo. Las muertes suben cada día. ¿Me vais a decir que todo es casualidad y pandilleros? No tengo catorce años. Quiero saber qué oculta esta ciudad y nada me impedirá tomar mi venganza.

Jeff le miró fijamente. —Mira, Chris, lo que dices está genial. — Katy le lanzó una mirada de "pero qué me estás contando". —Es que siempre empiezo así los discursos para calmar a los chavales... Como sea, lo que dices no suena como un plan sensato. De hecho, ni siquiera suena como un plan. ¿Qué pruebas tienes de que ella está aquí?

—Una de sus víctimas le hizo una foto en este lugar antes de morir. O eso creo.

—¿"Crees"? —Katy arqueó una ceja.

—No la conocéis. Ella nunca levantaría sospechas. Le encantaba el sufijo "The Killer", y estoy seguro de que se escondería en un lugar donde ese apodo fuera parte del paisaje. Aquí nadie buscaría a un asesino, porque es como buscar una hormiga un poco más negra que el resto en un hormiguero. Pero tengo una ventaja: tiene que trabajar en algo que le dé mucho dinero. Lo suficiente para costearse viajes transatlánticos. Mi plan era agitar el avispero, ver qué "Killer" tiene más poder económico y tirar del hilo. ¿No se os ocurre nadie?

Jeff y Katy intercambiaron una mirada pesada, habían pensado en la misma persona.

—Gato "sin ojos" Jack —susurró Katy.

—No, escucha, no —cortó Jeff de inmediato—. Ese no es un pandillero, es un mafioso en toda regla. No te vas a meter ahí, Chris. Si crees que tu hermana está aquí, habla con la policía. Eres militar, te escucharán.

Katy levantó la mano para silenciar la posible réplica de Chris y miró a su amigo. — Jeff, no podemos ser moralistas con el chaval cuando conocemos las fallas del sistema. ¿Esperas eficiencia del mismo cuerpo que no hizo nada cuando tu primo mató a su familia?

Jeff frunció el ceño; había golpeado una fibra sensible.

—Es cruel, pero es verdad. Esta ciudad es una ratonera de locos y autoridades ineficientes. A la policía se la trae al pairo lo que a todas luces es poco más que una corazonada. Si yo fuera tú, también buscaría justicia por mi mano, pero tienes que planearlo bien y no dedicarte a disparar a infelices adictos al "Copia y Pega".

—¿Copia y Pega? —preguntó Chris, ajeno al término.

—Es... —Katy se mordió el labio— Es como un nuevo tipo de droga dura que solo funciona por las noches.

— No funciona solo por las noches — refunfuñó Jeff.

— Discúlpame, doctor, también funcionaría si te metes en una nevera rodeado de pasta aterradora. Es un químico que deja tu cuerpo sensible, y por el contraste frío nocturno genera reacciones que te hacen tener el viaje de tu vida. Mucha gente es adicta a eso, incluso cuando están sobrios pueden convencer a otros de probarlo.

— Se desplaza como un copy-paste — concluyó Chris.

Exactamente, por eso Jeff les da clases gratis, intenta sacarlos de ese mundo, pero hace tres años.

—Dos —corrigió Jeff secamente—. Hace dos años.

— Perdón, es un tema sensible. Hace dos años que sus empeños ya no dan resultado.

Chris sintió que el cincuenta por ciento del misterio se aclaraba. La droga explicaba los picos de violencia nocturna y el estado enajenado de Gabriel. Sin embargo, el puzzle seguía incompleto. Necesitaba saber más sobre ese tal Jack y su imperio económico.

—Ese "Gato sin ojos", ¿Qué tengo que saber de él?

Jeff se incorporó con las manos en los bolsillos y negó con la cabeza. — Ni nosotros lo sabemos con seguridad. Hay muchas teorías, la más acertada es que es un cirujano ilegal que ayuda a quien sea sin hacer muchas preguntas. Pero puedes encontrarte de todo, hay gente que piensa que no existe y otros piensan que es un zombi. 

— O un experimento fallido de un ritual — Katy dibujó una sonrisa amarga en su semblante. — Pero es real, te lo aseguro, es quien más dinero mueve en este sitio, algún que otro cazador furtivo que viene a la tienda se le va de la lengua, pero como tiene a la policía comiendo de su mano tampoco se le puede denunciar. 

— Yo no voy a denunciarlo.

Jeff giró en redondo. — Relaja esos caballos, amigo. Si se pudiera detener malgastando casquillos ya estaría bajo tierra de tantas enemistades como tiene. Maneja una gran red de mercenarios así como tráfico de órganos, y según he oído, paga bien. Los de bajo rango dispersan la droga y crean clientes, los de alto rango...

— Se ensucian las manos por él — creyó que eso explicaba mejor la foto de Nina, si la víctima sabía que estaba siendo amenazada por sicarios hubiera estado más atenta de conseguir evidencia fotográfica. — ¿Donde puedo encontrarlo?

Katy onduló sus dedos algo nerviosa. — ¿Cuál sería el último lugar de esta ciudad en el que buscarías y a su vez el más protegido?

A Chris le tomó dos segundos caer en la cuenta. — El barrio de los perros, ¿Pero como?

Jeff guardo silencio, pero Katy no. — Huele a mierda, por eso hay gente que tiene la teoría de que está muerto. Los perros no se acercan a él como no se acercan a las vallas, y si alguien quiere entrar, los perros ladran y le avisan para que se dé a la fuga.

Chris asintió, dejó entre ver ese sentimiento de "voy a ponerlo a prueba". Solo giró la cabeza repentinamente porque Jeff le puso una mano en el hombro. — No lo hagas, vas a firmar tu propia lápida.

Chris notó que se le hacía un nudo en lo más profundo del pecho. Cuando llegó aquí se había conseguido engañar a sí mismo, la primera noche se sintió como un protagonista de acción, pero hoy había descubierto que no era el chico americano que rescataba a la damisela en apuros, ni el militar retirado que gana cualquier pelea de bar, era sólo un niño con muchos trastornos, y desafortunadamente para Jeff, eso no era algo que el gimnasio pudiera arreglar. 

— Gracias, a los dos. Katy, no hace falta que me pagues, de todas formas, no voy a volver al trabajo. Jeff, lo siento, no debí disparar a uno de tus chicos solo para hacerme el duro. Sonará cliché y ridículo, pero voy a ese barrio para hacer frente a mis problemas, no se me ocurre otra manera.

Abandonó el gimnasio y regresó a su casa. Se hizo con unos planos de la ciudad vía Internet, y agradeció a la vida por la electricidad funcional. Memorizó calles y rutas, se ejercitó hasta sudar testosterona, y el tiempo que le sobró lo usó para coser su correa y funda rota. También le echó un ojo al libro de Rin, parecía tratar sobre cómo invocar demonios y otros seres que esperan tras la pared. Supuso que a esto se refería con que practicaba espiritismo. Descansaría sin ducharse, quizás el mal olor le ayudara contra los perros. No sabía que iba a pasar mañana, pero sabía que encontraría algo.

Así se fue a dormir el pequeño príncipe.


Capítulo 7: no todos son perros y muertos.

Las 3:33 de la mañana. La hora de los espíritus, el momento en el que descubres que los vivos dan más miedo que los muertos.

Chris se aproximó a la verja del Barrio de los Perros. El silencio era absoluto, tanto que llegó a pensar que la leyenda de las jaurías no era más que una tapadera para asustar a los curiosos. Pero en cuanto sus manos tocaron la reja y empezó a trepar, escuchó gruñir a los callejones. Los perros eran el sistema de alarma.

Las casas en esta zona eran reliquias decrépitas. Lo más moderno que vio fue un contenedor de basura de metal. Chris saltó sobre la tapa, se agarró al alféizar de una ventana, haciendo gala de agilidad forjada en calistenia y parkour, se impulsó hasta alcanzar el tejado. Se sintió intrépido, un aventurero en misión. Desde las alturas, la visión ofrecía callejones infestados de American Pit Bull Terriers y cruces derivados. No estaban desnutridos ni enfermos; alguien los alimentaba bien.

Chris comenzó a saltar entre los tejados, una apuesta temeraria donde cada teja crujiente crispaba los huesos. Sus botas tácticas, diseñadas para el barro y la roca mojada, se sentían traicioneras sobre la cerámica sin pulir. Abajo, algunos perros se detenían, olisqueando el aire con sospecha. Entonces, vio algo que cambió el juego: luces que se encendían en las ventanas.

Aquí vivía gente. 

Probablemente los mercenarios de Jack.

Sus pensamientos sacaron brillo. No necesitaba encontrar a Jack; esa no era su guerra. Su único objetivo era Nina. Incluso matarla mientras dormía sería una simetría poética: no fracasar en lo que ella intentó hacerle a él.

Partió una teja bajo su bota. Se encaramó a la chimenea de la casa que tenía la luz encendida y el olor le golpeó de inmediato: comida caliente. Una estufa de gas. Total, hasta su piso de mala muerte tenía luz, no era sorpresa que este estuviera en mejores condiciones. Al mirar hacia abajo, vio a los perros que custodiaban la entrada principal. Tenían collares de cuero grueso y mantenían a raya a los callejeros.

"Así que no todos están amaestrados. Perfecto", pensó Chris.

Agarró un trozo de la teja, con precisión militar, lo lanzó contra un American Staffordshire Terrier de proporciones masivas. El proyectil rebotó en su lomo y fue a parar lejos, al fondo del callejón. El perro, confundido y furioso, se lanzó contra lo primero que tenía cerca: un callejero que solo buscaba algo que roer. El estrépito de la pelea no tardó en atraer al dueño. Un hombre que salió a la calle gritando con un madero. En cuestión de segundos, otras cinco puertas se abrieron y varios hombres salieron con armas en mano, pensando que estaban bajo ataque. Chris los observó desde detrás de la chimenea. Parecían cazadores furtivos, tipos rudos que maldecían como marineros y se movían a lo bruto, nada de profesionales. 

"Nina jamás se juntaría con gente así", aunque solo tuviese el recuerdo lejano del asesinato de Claudia como prueba.

Descartó la zona norte de inmediato. Rememoró la ruta visual hacia el sector sur, tal vez allí tuviera más suerte. Ese sector era silencio tan denso que Chris podía escuchar su propia sangre bombeando. Se movió entre las cornisas hasta que un detalle rompió la monotonía del abandono. En una de las casas, las cortinas no eran jirones, sino lino rojo y violeta.

—Bingo —susurró.

La ventana cedió sin resistencia, abriéndose hacia fuera con un leve quejido. Chris se deslizó al interior. Todo limpio. La cama estaba hecha; alguien dormía allí, y ese alguien no era un vagabundo. Sus ojos se clavaron en un armario de madera. Era una réplica casi exacta del que Nina tenía en su infancia. Al abrirlo, el inventario era escaso: ropa, una escopeta vacía y un cuaderno de cuero negro. Chris lo tomó, y la caligrafía de la primera página le quebró el estómago.

> "Hoy he vuelto a ver a Jeff. No sé si está en mi cabeza, todavía no me atrevo a tocarlo. He intentado quemarme los párpados como él, pero solo he conseguido quemar mis pestañas".

Chris sintió un escalofrío. Saltó varias páginas, buscando la esencia del monstruo que compartía su sangre.

> "Matar sigue siendo gratificante. El consejo de Internet sobre escribir un diario para despejar la mente es cierto, pero nada me despeja más que arrebatar una vida. Apuñalé por la espalda a un hombre que amenazaba a una mujer; la hoja se deslizó en vertical por sus pulmones. Ella quiso agradecérmelo, y también la maté. No soy la heroína de nadie. Soy una asesina, y me hace increíblemente feliz ser así".

El mareo empezó a subirle por la garganta. Ignoró las crónicas de sus viajes de autostop lejos de la estatal, peleas clandestinas, como se hizo un nombre, y sus tratos con "Jack". Fue directo a la entrada de hace seis meses.

> "Querido diario, voy a matar a mi padre y a la mujer con la que le fue infiel a mamá. Ahora que me he hecho un nombre y gano dinero de sobra, tengo que ir. Voy a matarlos la misma noche que Chris regresa; él no entra en mis planes. Quiero que vea esos cuerpos, que contemple mi arte, que sepa que su hermana no ha perdido la fuerza ni la creatividad. Después, me iré".

Chris miró las entradas posteriores, el hermano pequeño que había en él quería encontrar migajas de remordimiento, pero no había nada, solo notas sueltas de sus encargos fuera de Pensilvania. Contuvo una arcada al cerrar. 

Esto era devoción al dolor. 

Guardó el diario en su chaqueta. Aún tenía el número del policía de Alexa; si Nina operaba como mercenaria interestatal para Jack, ese texto era la llave para cercarla y quitarle sus recursos. Quizás la prisión era un castigo más cruel que la muerte para alguien que se creía un espíritu libre.

La náusea y el vértigo nublaron su juicio. Salió por la ventana buscando el aire frío de la noche, pero su cuerpo no respondió con la precisión de siempre. 

Al saltar hacia el tejado contiguo, el equilibrio le falló, resbaló en la teja. 

Cayó al vacío desde un segundo piso, impactando de espaldas contra el suelo sin pavimento. Tal vez la tierra blanda fue lo único que evitó que quedase sin aire. En la oscuridad del callejón, decenas de ojos amarillos brillaron por él. Los perros giraron en carrera hacia su posición.

A la mierda las sutilezas, estaba lejos del sector norte que ya estaba ocupado con sus propios problemas, saldría por la verja suroeste, y saldría vivo.

Chris desenfundó ambas Glock disparando ráfagas. Retroceso y fuego donde los casquillos calientes golpeaban el suelo al mismo ritmo que los cuerpos de los perros. Caían por decenas, pero la oscuridad jugaba en su contra: las sombras de los animales se proyectaban sobre las paredes imposiblemente grandes. Giró una esquina a ciegas, con el pulmón ardiendo. Debió ser una ilusión lo que le golpeó de frente: una silueta canina, masiva como un rinoceronte. El impacto le sacó el aire de cuajo antes de que unos caninos se  hundieran en su pierna derecha.

—¡Mierda! —rugió Chris.

El dolor le subió hasta el coxis. Sin soltar el arma izquierda, sacó el cuchillo con la derecha y clavó la hoja repetidamente en cualquier superficie de piel que alcanzó. El animal soltó un gruñido y Chris aprovechó para propinarle una patada en el belfo, liberando su pierna y obligándose a ponerse en pie. 

Cojeaba.

la bota se llenaba de sangre caliente y, para su horror, los disparos ya no asustaban a la jauría colocada con el olor del hierro.

Desesperado, cargó con todo su peso contra la puerta de una casa cercana. Cedió revelando un interior cuidado: temática española, máscaras de carnaval colgadas y un par de, ¿Garras ninja?. No se detuvo a admirar la decoración. Se atrincheró cerrando la puerta de la cocina mientras escuchaba las garras arañar madera.

Vio los tubos de gas bajo la encimera. Miró su cargador. Le quedaban balas, pero no las suficientes. Tuvo una idea de esas que solo tienen los que ya no cuentan con volver a casa. Con movimientos espasmódicos, arrancó tiras de su chaqueta: una para taponarse los oídos y otra para vendarse la pierna, tratando de no dejar un rastro que se pudiera seguir. Luego, de un tirón seco, rompió las conexiones de gas. Siseo de combustible llenando la habitación. Esperó veinte segundos eternos mientras la puerta saltaba en mil pedazos. Cuando los primeros hocicos asomaron, Chris se lanzó por la ventana de la cocina. En mitad del aire, giró el cuerpo sobre su propio eje y disparó tres veces hacia el interior, buscando el metal de la estufa para provocar la chispa.

BOOM.

La explosión fue una bola de fuego que iluminó el cielo a dos manzanas a la redonda. La onda expansiva lo golpeó, lanzándolo a varios metros de distancia mientras el calor consumía a los perros que habían entrado y dejaba sordos de por vida a los que esperaban lo suficientemente lejos. Chris aterrizó pesadamente sobre el costado. Sintió un calor abrasador en el bolsillo de la chaqueta.

—No... el diario —masculló.

El cuaderno de Nina estaba ardiendo. 

Su única prueba.

Su mapa para acorralarla. 

Al ver las llamas devorarlo, comprendió que ya no podía arriesgarse a dejar rastros de su presencia allí. Con gesto de dolor, lanzó el diario al corazón del incendio antes de echar a correr. Saltó la verja de la zona suroeste con fuerza nacida de la pura supervivencia. Sus huesos protestaban diferente al accidente de tráfico; aquello fue un choque, esto era un desgarro de sus fuerzas segundo a segundo.

Se internó en los callejones exteriores, tambaleándose como un borracho. Su visión empezaba a cerrarse en túnel. "Solo he ayudado a que crezca la estadística", pensó con ironía.

De pronto, una voz rompió la niebla de su mente. Al principio pensó que era Nina, llamándolo desde el infierno para terminar el trabajo, pero no pronunciaba su nombre real. Era femenina, y no era la frialdad de Katy.

—¡Bob! ¡Bob! — le gritaba.

Chris intentó enfocar la vista, pero el mundo se volvió una pintura al óleo antes de poder reconocer el rostro que se inclinaba sobre él.


Capítulo 8: terror entre terroristas.

Chris despertó en una habitación que devolvía su propio reflejo. Consultó un reloj de pared de composición gótica. Había tenido trece horas de sueño profundo, una procesión de eventos que no había vivido pero recordaba, se vio a sí mismo paralizado mientras Nina hundía el acero en el cuello de su madre; recordó el sonido del metal atravesando el ojo de su madrastra tras la puerta; y sintió el frío de las baldosas en sus rodillas mientras su hermana abría a su padre en canal.

La voz femenina que lo rescató de la oscuridad aún resonaba en su memoria, y la pulcritud del cuarto delataba a su salvadora. Por eso, cuando la puerta se abrió y Rin entró en la habitación de dos camas, no se sorprendió.

—Bob, estás vivo. Qué alivio.

—Me alegro mucho de verte —respondió Chris. Movió la rodilla por instinto, pero no sintió dolor. Retiró la sábana con cautela, no había sangre seca, ni rastro de las dentelladas. ¿Acaso la explosión y la jauría habían sido un delirio febril? Pero una duda más urgente le atenazó el pecho—. Tengo que irme. ¿Qué opinará tu padre de que esté aquí?

Rin bajó la vista y entrelazó los dedos, con un gesto de pesadumbre. —Mi padre no está. Llamé a los Geriatric Care Manager y les dije que el golpe se lo había dado con el armario que volcó. Nadie creyó su historia sobre el espía que quería secuestrarlo, así que se lo llevaron para darle tratamiento especializado — agachó más la cabeza—. Te llamé violento y te acusé de no tener conocimientos médicos, pero al empujarte fuera de casa me di cuenta de que yo estaba haciendo lo mismo contigo.

Chris tragó saliva. Tenía la garganta áspera del polvo y el humo que había tragado. Al menos eso era una prueba física de que la explosión no fue un sueño.

—Lo medité con la almohada la noche entera —continuó Rin— y luego salí a buscarte.

—¿A las tres de la mañana?

—Es que por el día tuve que esperar a los médicos y rellenar mil papeles. Mucho trabajo, ya sabes.

Chris asintió; sus dos jornadas con Katy le hicieron conocedor de eso. —Pero fuiste por el lado suroeste, y mi calle está en el norte.

—Sigo perdiéndome muy fácilmente, perdón — Rin fabricó una sonrisa tímida.

—No, no te disculpes, soy yo quien... —Chris se interrumpió al clavar la vista en un cuadro colgado junto a la persiana entreabierta. Era un autorretrato del señor Zalguero: severo, en tonalidades rojas y negras. No tenía ojos—. Disculpa mi osadía, pero ¿qué son esas pinturas?

—Oh, las hizo él. Decía que así era el mundo.

—¿Cuerpos sin ojos?

—Los ojos son el espejo del alma —explicó Rin con voz suave—, y para mi padre, nada en esta ciudad tiene algo parecido.

A Chris le dolió ver verdad en esa frase. La indiferencia general, el tráfico de órganos, las vidas vendidas al mejor postor. Pensó en sus propios impulsos: querer ser un héroe con una pistola en la mano en lugar de intentar cambiar las cosas poco a poco como Jeff, o simplemente dejar que sigan su curso como hacía Katy.

—Pero te encuentras mejor, ¿no, Bob? —preguntó Rin, acercándose a la cama—. Te traje aquí utilizando todas mis fuerzas, y vaya que no fue fácil; hubo trayectos en los que tuve que arrastrarte de los brazos. Supongo que tú solo estabas dando un paseo nocturno cuando... —Ella suspiró profundamente—. ¿Viste esa explosión? Fue casi un acto terrorista. ¿Te imaginas cuántos cristales habrán estallado? ¿Cuánta gente tendrá problemas de oído? Menos mal que el fuego no llegó al bosque, por no hablar de los pobres perros agonizantes.

Chris la miró fijamente. La calidez de la habitación y la amabilidad que sentía no merecer. —Fui yo.

El silencio se instaló en el cuarto como un bloque de hielo.

—No me llamo Bob —continuó él—. Y prácticamente vine a esta ciudad a cometer actos terroristas. Me llamo Chris Hopkins y, a ojos de la ley, soy un criminal internacional que porta armas sin licencia.

Rin forzó una risa incómoda, ese tipo de risa que uno suelta cuando espera que el otro diga que todo es una broma. Pero como alguien que había lidiado con un padre que mantenía conversaciones con las paredes, Rin sabía distinguir el delirio de la confesión. Chris estaba soberanamente cuerdo.

Él palpó su cintura, sintiendo el vacío donde solían estar sus armas. —Si has lavado mis pistolas y mis heridas, me temo que te has convertido en mi codelincuente.

—Vaya. Mi segundo crimen.

—¿Cuál fue el primero?

—Encubrir una agresión a un familiar. —Ella extendió una mano y le apartó un mechón de pelo rojo con una ternura que Chris no sabía cómo procesar—. Ya sospechaba algo así. Apestabas a sudor y perro, pero pensé que simplemente te habías metido en problemas con la persona equivocada.

—Tienes que irte de aquí, Rin. No hoy mismo para no levantar sospechas, pero espera unos días y vuelve con tu madre.

—¿Y nos volveremos a ver?

Chris se descuadró. No era la reacción lógica. —No lo sé. Salga vivo de esta o no, mi cabeza terminará teniendo un precio.

Rin le puso las manos en las mejillas; estaban frías y cálidas al mismo tiempo, como una vela que produce sombra. — Entonces aprovecharé que la sigues teniendo unida al cuerpo.

Se dieron un beso, uno torpe y primerizo. Para Rin fue la luz al final de un túnel; para Chris, una medicina que adormecía sus cicatrices mejor que los tubos. Cuando se separaron, Rin se tapó los ojos con las manos, y caminó hacia atrás. —Ahora me iré a leer al salón. Espero que nadie tome las pistolas y el cuchillo táctico de la cocina; sería muy irresponsable de mi parte.

Chris sonrió, sintiéndose ridículamente enamorado de esa mujer. Notó que su cuerpo estaba limpio y se ruborizó al imaginar a Rin lavándolo a mano con una esponja mientras estaba inconsciente. Sus ropas eran otras, pero al palpar su chaqueta vio que el bolsillo quemado seguía ahí. Estaba destinado a perder esa funda con correas. Se llevó solo una pistola; la otra se la dejó a ella por si necesitara protegerse. Al salir, echó un último vistazo. Rin estaba de espaldas, sentada en el sofá que antes ocupaba su padre, fingiendo leer.

—Eres la mujer de los mil y un ángeles —soltó él. Se mordió la lengua al instante por lo cursi del cumplido. Suerte que no vio cómo las orejas de Rin se ponían más rojas que sus iris.

***

Corrió por la ciudad hasta el gimnasio de Jeff. Al entrar, el chirrido de sus botas militares interrumpió el entrenamiento de ocho jóvenes que golpeaban sacos o practicaban en un octógono. Jeff giró en redondo, sonriendo igual que siempre. Chris barrió la sala; ni rastro de Gabriel, no era peligroso, pero mejor así.

—¿Qué te trae por mis dominios, Íñigo Montoya? —preguntó Jeff.

Chris señaló la sala de recepción con un gesto de mandíbula. Jeff dio dos palmadas al aire. —Muy bien, chicos. Esto corre por mi cuenta.

Los jóvenes recogieron sus cosas lanzando miradas de "este tipo va a cobrar" a Chris. Una vez solos, Jeff cerró con llave y se sentaron en la austera oficina.

"Códigos secretos, a estas alturas no estoy sorprendido", pensó Chris.

—Permíteme adivinar: tú estás detrás de los fuegos artificiales de anoche.

Chris asintió.

—Tienes suerte de que todo el mundo estuviera lejos — Jeff hizo rodar sus ojos arcoíris—. Solo has roto unos cuantos marcos de ventana, pero el caos de bomberos y policías que has movilizado es otra cosa.

—Mejor, porque voy a hacer una locura. — Chris le entregó su teléfono, un ladrillo tecnológico que sobrevivía de milagro. —Ahí he escrito todo lo que sé del caso y el número de un policía importante. Llámalo cuando yo termine. Después, quédate al margen como hasta ahora.

La sonrisa de Jeff se fue borrando poco a poco. —¿Qué vas a hacer tú?

—Jack tiene que seguir en el barrio de los perros. Conseguí pruebas de que Nina está con él, pero se quemaron. Sus mercenarios estarán heridos por la explosión; estará desprotegido pero confiado, creyendo que la policía le sirve de escudo. Si no le atrapo ahora, no habrá otra oportunidad.

Jeff tamborileó sobre su pierna. —No le llaman "Gato sin ojos" por nada. Le reconocerás porque lleva unos cristales muy opacos en la cara; dicen que es sensible a la luz. Solo sé lo que cuentan los chicos, que son en su mayoría leyendas. Usa un bisturí, suele ir encapuchado y huele a muerto. Además, es fuerte, Chris, fuerte como la muerte. También se mete esteroides experimentales. Es todo lo que sé.

Chris se puso de pie, ajustándose la chaqueta. —Bien. Gracias por todo.

—Una cosa más —añadió Jeff mientras Chris caminaba hacia la puerta—. Mantén el combate de pie. Eres malísimo en el suelo.

Chris sonrió con la misma intensidad que su amigo. Asintió de nuevo y salió a la calle, rumbo a un sector de la ciudad que, a pesar del sol, se sentía más sombrío que el edificio de Rin.


Capítulo 9: hay más de una manera de sacarle los ojos a un gato.

Chris barajó un par de ideas: provocar un tiroteo para desviar a las patrullas o embestir las verjas con su coche, pero las descartó de inmediato. Si el estruendo era demasiado grande, Jack se escabulliría por un túnel como la rata que era, y Chris lo quería allí, acorralado. Necesitaba una distracción sutil, algo que rompiese la organización. Vio entonces a un chaval de quince años que pedaleaba con desgana en su bicicleta y lo frenó en seco sujetándolo del brazo.

—¡Oye! ¿Qué haces? —saltó el chico, asustado.

—Niño, te doy cien pavos si le estampas un periódico a uno de esos dos policías de la esquina y le dices que, por orden de la central, ahora también repartes en esta zona.

—Ni por doscientos hago esa locura —replicó el chaval.

Chris sacó otro fajo de billetes sin pestañear. —Que sean quinientos, entonces.

Segundos después, un fajo de papel impactó de lleno en la cara de un oficial mientras el chico se alejaba a toda pastilla sobre los pedales. —¡Supongo que ahora también reparto en esta zona!

—¡Oye, niño! ¡Vuelve aquí! —bramó el policía, mientras su compañero intentaba contenerlo para que no abandonara el puesto.

Aprovechando el momento de confusión, Chris se deslizó dentro. Saltó desde un cubo de basura hacia los tejados como lo hizo en la noche. La zona estaba extrañamente despejada; los bomberos ya habían cumplido su parte y solo quedaban un par de agentes locales, poco acostumbrados a la acción real, peleándose con rejas metálicas para contener a los perros que habían sobrevivido a la explosión. "Ahora sí sois eficientes", pensó Chris con amargura.

Se movió entre las sombras de las chimeneas. No conocía el rostro de Jack, pero sí su estatus, eso le llevó a una casa donde se concentraban tres patrullas. Tuvo que esperar treinta minutos, agazapado. Si pasaba de la hora, entraría disparando, pero la suerte de los desesperados le sonrió. Un hombre pálido salió al porche acompañado por tres agentes. No hablaban alto, pero la repulsión en los rostros de los oficiales era evidente. Chris se agazapó más en su escondite. El tipo llevaba cristales oscuros, una capucha y una piel tan pálida que las venas marcadas le daban un tono azulado. Si alguien merecía el nombre de Gato "Sin Ojos" Jack, definitivamente era aquel tipo.

En cuanto el último coche de policía se alejó, Chris pasó a la acción. Se descolgó por la pared trasera, rodando por el suelo despejado para evitar los ángulos de visión de las ventanas. Se arrastró hasta el lateral derecho y se asomó con cautela. A través del cristal de una ventana, vio a Jack caminando por el salón mientras hablaba por teléfono. El cirujano masticaba con parsimonia algo que, por su textura y forma, se parecía demasiado a un riñón humano recién extraído. Chris contuvo una arcada hasta que le dolió la mandíbula. El tipo estaba solo. No habría una oportunidad mejor que esta.

Chris irrumpió en la estancia atravesando el cristal de la ventana y, antes de tocar el suelo, ya estaba girando el cuerpo para encarar a Jack. El cirujano intentó un paso atrás, pero la Glock escupió una bala de lleno en su pie derecho. Jack, de reflejo, le arrojó el resto de su alimento. Chris hizo un quiebro hacia la izquierda, esquivando aquella masa de carne. Buscó el centro de masa y la cabeza, pero Jack aceleraba con músculos dopados. Volcó un pesado mueble de roble y se lanzó tras él en el mismo movimiento. Las balas de Chris solo lograron astillar madera.

Sin respiros, Chris saltó sobre la cobertura. Cayó con todo el peso de sus botas tácticas sobre el rostro de Jack. Para su sorpresa, aquellos cristales opacos ni se agrietaron. Jack reaccionó como un felino, lanzó un tajo ascendente con su bisturí que casi le amputa un dedo a Chris, quien tuvo que bajar el cañón para protegerse. En el forcejeo, la pistola disparó de nuevo, atravesando el otro pie de Jack. El hombre soltó un alarido, pero la violencia era su lengua materna. Con un movimiento que parecía un martillazo, golpeó la mano de Chris, mandando la Glock al otro extremo de la sala. Acto seguido, le asestó un rodillazo en el tabique nasal.

Chris sorbió la sangre y, aprovechando la cercanía, le pisó la herida de bala en el pie. Jack gritó agonía, momento que Chris aprovechó para conectar un gancho de izquierda que le arrebató un par de dientes. Al verlos saltar, Chris sintió un escalofrío: eran demasiado cónicos, más felino que hombre. No hubo tiempo para el asombro. Chris giró sobre su eje y le hundió la bota en el esternón. Jack intentó atraparle la pierna para llevarlo al suelo, pero él recordó el consejo de Jeff. Desenfundó su cuchillo táctico y lo clavó profundamente en la muñeca. La fuerza de Jack se desvaneció al cortarse los tendones.

Jack, sin punto de apoyo, recibió un puñetazo que le ladeó la cabeza. Respondió con un golpe al costillar, los nudillos tenían puntas duras, como garras retráctiles. Definitivamente, en esta ciudad, los nombres no eran metáforas. Chris recuperó el aliento, le entregó un recto a la altura de los pulmones y, desviando un último zarpazo con el antebrazo, lo agarró por la cintura. Corrió con toda la inercia que le daban sus piernas y lo estrelló de espaldas contra el suelo, justo sobre el lecho de cristales rotos de la ventana.

Jack quedó clavado contra los vidrios, gimiendo. Chris le plantó la bota en el cuello, presionando la tráquea lo justo para inmovilizarlo, mientras se estiraba para recuperar su pistola. La martilló, el cañón en la frente.

—Hola, Jack —dijo Chris, con la voz cargada de un odio —. Vengo a hablar de negocios.

Jack siseo la descomposición que lo envolvía. —¿Quién eres tú?

—El hermano de una persona a la que le has arruinado la vida.

—¿Sabes lo poco específico que acabas de ser? Eso es el currículum de todos.

Chris apretó el cuello con la bota hasta que el cirujano empezó a ponerse morpúreo. —Déjame ser específico, entonces. Le pagaste un billete de ida y vuelta a París. Te estoy hablando de Nina Hopkins. ¿A que ahora sí te suena?

Jack se tensó. Sus ojos diminutos se marcaron en azul y negro. —Sí... sí, ya sé quién dices. Es de mis mejores mercenarias. Pero ¿crees que yo la metí en esto? Ya era un monstruo cuando la conocí.

—Pues ahora vas a tomar tu teléfono —ordenó Chris, recogiendo el aparato del suelo—, la vas a llamar y le vas a decir que tienes un encargo para ella. Aquí. A solas.

—Ella está...

—Sin excusas. Vi su diario. Sé que está a cinco horas de aquí —Chris estaba diciendo verdades a medias, pero el dedo cerca del gatillo le daba credibilidad—. Si tarda un segundo más de lo necesario en regresar, te vuelo la tapa de los sesos. ¿Lo pillas?

Jack asintió en un espasmo. Chris le dictó palabra por palabra lo que debía decir, observando cada movimiento con la misma desconfianza que Katy mostró el día que él entró en la armería. Una letra de más, un tono equivocado, y Jack dejaría de ser un problema.

La llamada conectó. 

Al otro lado, una voz femenina.

—¿Qué quieres?

—Tengo un trabajo importante para ti —dijo Jack, siguiendo el guion de Chris—, pero esta línea no es segura. Te enterarás por el camino de un atentado terrorista en el barrio de los perros. Creo saber quién es el culpable y necesito que le hagas una visita.

—No me interesa. Me han ofrecido más por una enfermera de Nueva York.

—Te interesa, créeme —añadió Jack, forzando una nota de urgencia—. El fuego del cabrón se ha extendido hasta tu casa. Adiós a tu armario y a tus cosas.

—Hijo de puta... Me tienes ahí en tres horas.

Colgó. Chris dejó fuera a Jack de un golpe de culata, solo tubo una cosa que pensar. "Voy a cumplir mi deber, a mí se dirige Nina. Esta será la última batalla entre hermanos".


Capítulo 10: una batalla entre hermanos.

Tres horas después, la silueta de Nina saltó la entrada suroeste y se dirigió a su residencia. Se detuvo en seco al ver que la fachada estaba intacta. Ni humo, ni fuego, ni cristales rotos.

—¿Con quién se cree que está jugando ese cabrón? —masculló para sí misma.

Entró en la casa tras desenfundar su pistola de mano, una Walther PDP. En la sala principal, la figura de un hombre estaba a contraluz de la ventana. Olía a muerto. Nina, supo de inmediato dos cosas, que era Jack y que esto era una trampa de manual. Temeraria por naturaleza y segura de que no había ángulos muertos en esa habitación, se acercó y giró la silla con lujo de violencia. Jack estaba amordazado y sus manos atadas con una soga gruesa. Sin las gafas opacas, sus ojos parecían dos pupilas felinas ciegas. Nina sacó un cuchillo de cocina de su cinturón y cortó las cuerdas de un tajo limpio.

—Te has metido en una trampa, idiota —escupió Jack en cuanto le quitaron la mordaza.

Nina giró sobre sus talones. —Ya lo sé. Ahora hay alguien detrás de mí.

Apuntó a la nada, pero el ataque no vino de los rincones. Chris se dejó caer desde el techo, aterrizando justo frente a la entrada, arma en mano y disparando. La sorpresa fue mutua por una fracción de segundo. Nina reaccionó por instinto, apartando a Jack de la línea de fuego mientras disparaba su Walther. Una bala de Chris pasó silbando, rozando peligrosamente la cadera de Nina hasta estrellarse contra el cristal de la ventana. Jack, viendo su oportunidad, lanzó la silla contra los restos del ventanal y saltó al vacío de la calle en el mismo instante en que Chris se desplazaba para buscar un mejor ángulo. Nina siguió devolviendo el fuego. Sabía que si le daba la espalda a su hermano, él la acribillaría.

Nina disparó a ciegas a través de la pared de yeso que usaba como cobertura. Chris soltó un "¡joder!" que hizo que ella asomara el cuerpo para rematarlo, pero fue una trampa. Chris disparó con precisión a su Walther, arrebatandola el arma de las manos, reventando el borde de la ventana de expulsión y dejándola encasquillada. Nina no se quedó a lamentar. En cuanto la pistola saltó, reacciono rápido y soltó una patada en el arma para que no le diera y se perdiera en la calle.

Chris la embistió desde la cintura hasta empujarla casi al fondo de la sala, pero Nina plantó los tobillos con la firmeza de una columna de granito. Por el rabillo del ojo, vio cómo ella sacaba un cuchillo de cocina dispuesta a perforarle la espalda; fintó hacia atrás en un milisegundo mientras desenvainaba su propio cuchillo táctico. El aire se llenó de acero contra acero. Dibujaron arcos, esquivaron y bloqueando con una velocidad que desafiaba la percepción humana. Chris no entendía cómo Nina, siendo más pequeña, lograba frenar sus embestidas. En un intercambio de cuchilladas el filo de Nina se deslizó por el antebrazo de Chris, dejando un surco de sangre caliente. Él lanzó una finta directa a la cara y entonces lo vio. Nina rebotaba sobre la punta de los pies un segundo antes de cada impacto. Al mirarla recortada contra la luz naranja del atardecer que entraba por la ventana rota, Chris notó el patrón de venas en cuello y sienes, eran casi azules, estaba usando la misma química que Jack.

Nina lanzó una patada baja, no para golpearlo, sino para proyectar una ráfaga de los cristales rotos hacia su rostro. Chris pivotó a la derecha para protegerse los ojos, y en ese instante vio llegar el cuchillo de su hermana buscando su yugular. En un movimiento preciso, Chris encajó la guarda de su cuchillo táctico entre el mango y la hoja de Nina. Giró la muñeca haciendo palanca, y logró desarmarla. Nina cabeceó para evitar un puñetazo y, aunque Chris intentó clavarle el cuchillo en el torso, ella bloqueó el golpe con el antebrazo hasta que el acero fue a tocar hueso, trabándose allí. Sus venas azules casi brillaron. Aprovechando que Chris tenía el brazo comprometido en el bloqueo, ella le asestó un puñetazo en cuarenta y cinco grados que lo hizo retroceder cuatro pasos mientras tiraba del encaje hacia atrás. El cuchillo táctico se perdió en alguna sombra.

Ambos se separaron jadeantes. Nina extendió sus manos pálidas frente a ella en un gesto de tregua.—Espera, espera, espera... ¿De verdad quieres que nuestro último encuentro sea así? ¿Ni siquiera un buenos días?

Chris sopesó la situación. Su cuerpo gritaba de dolor, pero mantuvo la guardia alta mientras relajaba ligeramente los hombros. Nina dejó caer las manos a los costados.

Chris se veía desaliñado con la camiseta pegada al cuerpo por el sudor, las botas chirriando sobre la losa y los rasguños de sus peleas recientes que habían sustituido la cicatriz falsa que trajo. Nina vestía una sudadera morada con un corazón roto estampado, pantalones de cuadros rojos y negros y botas militares, estaba más cerca de parecer un arlequín que otra cosa.

— No tengo nada que hablar contigo — espetó Chris.

Nina se pasó la lengua por las costras químicas de sus labio. — No me importa cómo llegaste aquí; te perdí la pista cuando el tío te llevó como a un recluso. Pero me alegro de verte sano y fuerte. Créelo o no, siempre he querido lo mejor para ti.

Chris tragó saliva. No sabía si era sinceridad o solo otra capa de la psicosis. —Entonces, ¿por qué lo hiciste, Nina?

—Jeff me lo pidió. O eso es lo que digo... A veces creo que es la excusa que me pongo para no admitir que no vi otra salida, Chris. Estábamos sufriendo mucho y las cosas no iban a mejorar. Le dije a mamá que te contara lo del divorcio, pero después del accidente de coche sabía que eso te iba a destrozar. Pensé que era mejor librarnos de problemas dejando a mamá descansar en paz.

Chris escupió al suelo, sintiendo una náusea que no venía de las heridas. —Egoísmo. Puro y duro narcisismo disfrazado de compasión. ¿Dónde está la hermana que me defendió? Ese día podrías haber dicho que nos marcháramos y sabes que te habría seguido. Pero ya no quieres ser una heroína, porque eso te recuerda tu permanente fracaso enfrentando los problemas reales.

Nina procesó las palabras como si fueran una frecuencia de radio extraña. —¿Has leído mi diario?

Chris desvió la vista. —Estaba investigando. Buscando pruebas.

—Yo no fui a leer tu diario cuando estuve en tu casa.

—¡No! ¡Fuiste directamente a matar a mi padre!

— Nuestro padre.

— Eso no cambia nada.

—El rencor no es bueno, Chris.

—Las drogas tampoco, y estás hasta el cuello.

—Puedo dejarlo cuando quiera —aseguró ella, aunque las venas de su cuello palpitaban adicción.

Chris suspiró rabia impotente. —Nina, ya basta. Mírate. Hablas con asesinos que no existen, pones precio a vidas inocentes y te vistes como un personaje de creepypasta... ¡Estás viviendo una mentira!

—Ese argumento es omnidireccional — respondió cruzándose de brazos.

Chris se atragantó con su propia travesía: había llegado allí creyéndose un héroe de acción, un justiciero que disparaba a pandilleros en la noche sin entender el ecosistema. ¿Realmente eran iguales?

—No —dijo Chris, reafirmando sus pies sobre los cristales rotos—. Yo no hablo con gente que no existe. Nina, por tu bien y por el mío, voy a matarte.

Nina esbozó melancolía psicótica en el semblante.—Ahora que planteas este escenario, me doy cuenta de que hice mal en dejarte con vida. Te causé tanto sufrimiento y, en lugar de terminar con él, lo prolongué. No te preocupes, mi pequeño príncipe... hoy dormirás tranquilo.

Sin previo aviso, ambos se lanzaron a mano limpia al centro de la habitación. Nina se apoyó en la planta del pie derecho disparando una patada frontal que Chris detuvo con la boca del estómago mientras lanzaba un cruzado de derecha que le abrió una herida en la frente a su hermana. Ella reculó hacia atrás, viendo brotar recuerdos. "No le sirvió a Jhonny y no te va a servir a ti", pensó.

Chris descendió un codazo a modo de cuña que Nina evitó con un regate a la derecha mientras daba con su tibia en la entrepierna. Su hermano se agachó por el dolor y entonces clavó los nudillos en su oído. Chris giró un pie para mantener el equilibrio, intentó golpear el costado pero Nina ya no estaba en su línea. Mierda, era muy móvil, pero eso ya lo sabía, la había visto entrenar. Su memoria le recompensó con un recuerdo, también la había visto en acción. 

Retrocedió un paso para estar en el área justa y Nina plantó bien su base para intentar una patada a los riñones que Chris cazó al vuelo, aunque la inercia le repercutiera en el costado. Con toda la fuerza y su puntera táctica, pateó directamente el tobillo. A Nina se le marcaron venas vítreas en los ojos, y con el instinto de un animal, le mordió el brazo a Chris, logrando distraerlo para separarse.

Ahora Nina cojeaba ostensiblemente. Chris no le dio tregua y comenzó a castigar su flanco débil para anular su capacidad de pivote. Sin equilibrio, las patadas de Nina perdieron peligro y sus puños, con menos alcance que los de su hermano, fallaban golpes hacia los ojos y la garganta. Chris le cruzó la cara con un derechazo que la hizo tambalear hacia una esquina. Sus ojos fueron una luz de estrategia errática antes de recibir un recto en pleno tabique que la mandó al suelo. Chris se lanzó sobre ella para terminar el encuentro, pero Nina sacó su cuchillo de su espalda, se había desplazado para caer sobre él, y lo hundió con saña en el costado de su hermano, peligrosamente cerca de las costillas.

Chris sintió el frío invadiendo su cuerpo. Sabía que era malo en el suelo, pero su memoria muscular del entrenamiento tomó el control. Sujetó la muñeca de Nina con fuerza, intentando rodar para alejarse, pero una patada certera en la herida abierta lo mandó de vuelta a las tablas. Nina alzó el brazo para perforar de nuevo. Esta vez el filo golpeó hueso en una costilla. Chris sintió que el mundo se apagaba; no había forma de detener una hemorragia así. En el último segundo, la atención de Nina se desvió hacia la puerta. El destello de un cañón iluminó la estancia y un disparo le impactó de lleno en el hombro izquierdo.

—¡Policía de Chicago! ¡Manos arriba! —tronó una voz de autoridad.

Nina, en un acto de pura demencia, lanzó su cuchillo hacia el oficial, pero por el daño recibido fue sin fuerza. El hombre lo esquivó y volvió a disparar dando en el costado al tiempo que ella saltaba por la ventana rota hacia el atardecer apagado. El policía hizo amago de seguirla, pero se detuvo al ver a Chris desangrándose en el suelo. Jeff entró casi al mismo tiempo, derrapando sobre los cristales. Se lanzó de rodillas junto a Chris. —Sé primeros auxilios —gritó Jeff al oficial—. ¡Tú llama a una ambulancia, ya!

Mientras la visión de Chris se degradaba entre el negro y el rojo, Katy Robinson también irrumpió en la casa con la escopeta recortada en alto. —¡Yo la sigo! ¡No va a llegar muy lejos! —. Saltó tras el rastro de sangre entre callejones.

Chris intentó tomar aire, una tarea cada vez más titánica. Jeff, con su eterno sonreír comenzó a presionar las heridas. —Nada, hombre... las he visto peores.

Chris, rozando el umbral de la inconsciencia, se contagió por un segundo de esa alegría absurda. —No importa... Tengo ocho de esas.

Cerró los ojos con la esperanza de que Rin apareciera una vez más para rescatarlo, pero la oscuridad fue más rápida que el sonido de las sirenas. .


Epílogo uno.

Vaya plan de locos resultó ser el de Jeff. En cuanto los pasos de Chris se perdieron tras la puerta del gimnasio, el "Abrazador" dejó de sonreír y echó mano del teléfono. Llamó a aquel policía que Alexa mencionó y, acto seguido, a Katy; porque en Hawthorne Glen nunca llevas suficientes armas encima.

El agente se llamaba David. Era uno de esos hombres de la vieja escuela comprometido con su papel. No perdió un segundo: agarró su gabardina, se calzó el sombrero y, con el revólver al cinto, voló dos horas de Chicago a Filadelfia para luego quemar asfalto durante cuatro más hasta el valle.

Reunidos los tres bajo el amparo de un coche patrulla, lo estamparon directamente contra las verjas del Barrio de los Perros. Por una vez, la placa servía para dejar a la burocracia en lista de espera.

Mientras David y Jeff ayudaban a Chris, Katy se movía con la recortada lista. Plantó botas en barro, buscando el rastro de Nina en un reguero de sangre hasta la puerta de una casa. Estaba bloqueada desde dentro. Katy voló la cerradura de un cartuchazo y apartó el mueble que le impedía el paso, perdiendo minutos valiosos. Nina se había esfumado bajo una alfombra. Katy la retiró, revelando un hoyo de los tantos túneles que Jack mantenía para sus fugas. El agujero se abría hacia una oscuridad, un laberinto del que no conocía el mapa. Katy arrugó la frente mirando el vacío. No había forma de seguir esa cacería a ciegas. .


Epílogo dos.

Nina se presionaba el costado con una mano después de haberse extraído la bala usando únicamente sus dedos. Gracias al cóctel químico que corría por sus venas, su cuerpo era una factoría de morfina natural; sin embargo, sabía de sobra que no sentir el dolor no era sinónimo de no recibir daño. Huir hasta un hospital no era una opción si la policía la buscaba, pero la pérdida de sangre empezaba a alcanzar su punto crítico.

Se arrastró por un acueducto infecto que desembocaba en la linde del bosque, sintiéndose presa perdida en ninguna parte. Justo cuando sus fuerzas flaquearon, una mano blanca marcada por quemaduras de tercer grado, la sujetó con fuerza hidráulica desde la muñeca. Nina movió la vista, luchando contra el desmayo. Frente a ella se alzaba un hombre de unos treinta y tantos, con una sudadera blanca manchada que había visto tiempos mejores, grietas de cuchillo en la sonrisa y unos ojos que brillaban como el sodio, desprovistos de párpados. 

Era él. 

Jeff the Killer.

—Estoy tan decepcionado — papel de lija sobre hueso.

—¿Esto... también es una ilusión? —balbuceó Nina fatigada.

—No, niña. Yo soy muy real.

Jeff apretó la muñeca de Nina hasta que el hueso crujió y luego la arrojó al suelo como si fuera basura. Ella no tuvo fuerzas ni para gritar.

—Tenías mi apoyo, mi apodo y mis métodos, y lo has malgastado todo por dinero fácil. — Le pisó la herida del costado con saña hasta que logró arrancarle un alarido. —Gente como tú me cansa. Ni siquiera me apetece mataros; os merecéis una muerte tan ridícula como vuestra propia historia.

Empezó a alejarse hacia la espesura, dejando tras de sí un rastro de huellas marcadas en sangre.

—Espero que, si volvemos a vernos, de verdad seas un problema. Si no... simplemente ve a dormir.

Nina quiso replicar, gritarle que no era más que un producto de su psicosis, pero alargó la mano y tocó la huella más cercana. Sus dedos se humedecieron.

—Era real... —titubeó, el corazón martilleando costillas.

Unos pasos pesados se detuvieron tras ella. Alguien que exhalaba un hedor a formol y muerte, y volvía porque había reconocido los gritos.

—¿Nina? — preguntó Gato "sin ojos" Jack.

—Las huellas... Jack, ¿tú también ves las huellas?

Jack observó el rastro de pisadas que se perdía entre los árboles mientras sacaba aguja e hilo limpio de un compartimiento que siempre llevaba consigo. —Sí. ¿Son tuyas?

—No. Son de alguien a quien voy a encontrar. .


Epílogo 3.

Chris despertó masticando suero de una mascarilla de plástico que procedió a retirarse sin la debida autorización. Miró a su izquierda, encontró a un hombre de gabardina y sombrero de ala ancha tomando notas en una libreta. La placa en su hombro lo identificaba como David O’brain, detective en jefe de departamento. Levantó la vista de sus notas y lo miró con una sonrisa de veterano. 

— Parece que nos hayas hecho esperar dos años, chico, ¿Cómo te encuentras?

Chris respiró y no sintió ningún dolor en el pecho, pero si vió dos cicatrices nuevas al retirarse la sábana. — ¿Han sanado tan rápido? 

— ¿Rápido? Llevas una semana inconsciente.

Chris dejó caer sus manos a sus lados, pese al tiempo, seguía siendo una recuperación rápida para una cicatrización profunda.

— ¿Nina está muerta?

— Seguimos su rastro hasta una desembocadura en el bosque, pero frenaba abruptamente. 

— Entonces no está muerta.

David hizo chasquear su lengua, después de todo lo que le habían contado sobre esa ciudad, era la posibilidad más amplia con diferencia. 

— Tanto esfuerzo para nada — masculló Chris.

— No digas eso, chico, rastreando el sitio se encontró el móvil de Jack, y una lista de mercenarios y criminales que sus contactos sin cabecilla al mando no supieron encubrir.

— No me importa.

Chris se quedó mirando al techo, librar a la ciudad de Jack nunca había sido su lucha. Al final Scolinex tenía razón, estas historias nunca concluyen con una muerte satisfactoria para ninguno.

— Sea sincero, ¿Qué pasará con mis crímenes?

— ¿Qué crímenes? — David anotó algo en su agenda.

— Todo lo que ha ocurrido en estos 4 días.

"4 días", ni siquiera 96 horas completas.

— Ni idea, todavía estamos buscando a ese tal Bob Sanderson, lo único que sabemos de él es que alquiló un piso por el que no ha vuelto a aparecer — tachó dos cosas de su libreta. — Pero tenía un libro muy curioso, "Lazari, la niña de los mil y un demonios", escrito por Cecilia Zalguero, ¿Te suena ese nombre?

Chris se frotó los ojos, ¿Lo decía en serio?

— No te preocupes si te ves abrumado, y levántate que ya puedes.

David empezó a andar y Chris descubrió que su biomecánica no sufría ningún problema. — ¿Qué está pasando aquí?

— Acompáñame, chico, voy a mostrarte algo que va a darte lo que quieres.

— ¿El qué?

— Chris. . Venganza. .



Fin.

---

Notas:

El barrio de Nina y Chris está en Chicago.

"Estética Killer".

Escenario: 

- Hawthorne Glen (Pensilvania).

> Tres zonas de interés: centro urbano, barrios exteriores y barrios victorianos.

> Número de habitantes: 7.000.

> Homicidios: 572 muertes al año y contando.

- Armería Robinson:

> Abierta hace 20 años.

> Vende armas de caza y de calibre corto (Remington 700 (Rifle de cerrojo), Mossberg 500 (Escopeta de corredera), Ruger 10/22 (Rifle semiautomático), Sig Sauer P365 (Micro-compacta 9mm), Glock 19 y Smith & Wesson Model 642).

> Regulado por la Inspección Inminente de la ATF, la Licencia FFL y el impuestos sobre la nómina, lo que le hace gastar 3.000 dolares mensuales.

> Necesita a alguien en el mostrador mientras ella hace cuentas para poner en orden el papeleo de la inspección.

- El rincón de Jeff "The Hugger".

> Jeff cobra una suscripción (digamos $110 al mes), pero no a los chicos con problemas de adicciones, 

> Zona de tatami para combate de suelo, con olor a Pino.

> Jaula de octogo.

> Zona de sacos y pesas con una única caminadora de cinta.

> Pared de la fama con todos los chicos que han conseguido salir y tener algún título (aunque no sea importante, porque para él sí lo es), 


Chris Hopkins: 23 años, 1,76 m, 78 kilos, // 4 años en el ejercito tras terminar la universidad a los 18, es un marine que no está en servicio y no tiene licencia de armas, // tiene dos Glock 19 y un cuchillo militar, // cobra 16 dólares la hora.

Nina: 24 años, 1'70 m, 70 kilos, // 8 años en las calles como luchadora clandestina y sicaria,

Katy Robinson: 33 años, 1'74 m, 68 kilos, // estudió administración de empresas y se fue a Hawthorne Glen cuando su padre se retiró del negocio.

Jeff "the hugger": 37 años, 1'88 m, 89 kilos // lleva en el varios desde que uno de sus primos se volvió loco y mató a su familia, Certificación de Entrenador Personal (NASM), Seguro de Responsabilidad Civil (Liability Insurance), Licencia de la Comisión Atlética del Estado de Pensilvania (PSAC) y está federado.

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