Dame una tubería y moveré el mundo.
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Nota antes de la lectura.
Este relato es una antología de 5 aventuras sobre la chica de pelo verde que aparece en el capítulo 50 de Doki Doki Figth Club - parte final. No es estrictamente necesario conocer esa historia para entender esta, pero puede servir de ayuda.
Sin más que decir, disfruten el relato.
***
Prólogo.
Al fin abres esos ojos, Roxi. Bienvenida al mundo de los vivos.
¿Qué trapito vamos a elegir hoy? Tienes dos opciones: el conjunto que te hace parecer un cadáver o el que te hace parecer anorexica. Difícil elección, ¿verdad?
Mira qué hábil eres, escondiendo otra vez ese bastón ortopédico doblándolo en el fondo de la mochila. Y ahí vas, estirando el brazo bajo la cama para sacar tu preciada tubería de hierro. Pesa, ¿a que sí? Mamá se va a poner hecha una furia si descubre que prefieres ir por ahí como una indigente armada antes que como una "niña bien asistida". Aunque, piénsalo, si pillas tétanos, a lo mejor hasta consigues que se quede cinco minutos más en casa contigo.
¡La pañoleta, Roxi! ¡No olvides la...! Ah, tarde. Ya sales sin ella. Qué valiente. Vas a dejar que todo el mundo admire tu piel bajo los parches de cuero cabelludo donde el pelo verde se rindió hace semanas. Van a vomitar, te lo juro por Vulcano, señor de los metales.
Caminas por el barrio y, ¡oh, fíjate!, qué paz. Es Viena en el Cinquecento, solo que con más lotes de casas vacías. Es lógico que nos tengan aquí, en las afueras, lejos de la gente "limpia". ¿No sería idílico tener lepra? Se te caería la nariz, pero al menos eso tiene cura.
Ahí viene tu carroza Cenicienta, el autobús urbano de 500 caballos. Saludas a la señora Giménez con esa sonrisita de dar pena. Te encanta porque no te cobra y siempre va maquillada. Mírala, qué piel tan lisa, qué pelo tan firme. No como el tuyo, que tendrá que cepillar del asiento.
Miras por la ventana. El mundo ahí fuera está insultantemente bien. El sol brilla, los árboles están verdes de verdad, verdes de verdad, no como tu marchita cabellera. Fuera hay vida, y dentro de tu pecho lo que hay es una mina de carbón a pleno rendimiento.
Toses bruscamente, un sonido seco que desgarra tu garganta. Te llevas la mano a la boca y miras la palma. Esa ha sido mejor que la anterior, ¿eh? Ha tenido cuerpo. Literalmente. ¿Eso que brilla entre la flema negra no es un trozo de tu pulmón?
Llegamos a la parada.
Ahí están los otros, traídos de la mano por padres que aún tienen esperanza. Mira a Laila, sin brazos y con esos pies de robot; o a Flora, con ese sombrero de amapolas intentando ocultar el bulto que le devora la cabeza.
Por supuesto, ahí viene tu única y flamante amiga: Oreko. Te saluda con ese entusiasmo patético mientras el cristal de su casco de buzo se empaña con cada una de sus respiraciones asistidas. Qué cuadro, Roxi. La niña de la tubería y la niña de la pecera.
Escucha a la niña de la pecera, Roxi.
Oreko te está soltando todo ese rollo sobre su equinoterapia y tú ahí, cada vez mejor en el noble arte de fingir que te importa. Te habla de la inteligencia de los caballos, de la conexión álmica y de un tal Clever Hans.
Oh, a ese sí que lo conocemos, ¿verdad? Hans, el caballo que sabía sumar. Lástima que no supiera restar las balas. Acabó emplatado para los soldados por los que luchó. Él si que sirvió para algo. Tú, en cambio... si alguien intentara hincarte el diente, estoy segura de que sabrías a oxido industrial.
Hablando de comer, el estómago te ruge.
No has desayunado.
Muy mal, Roxi. Si a mamá le importaras también estaría decepcionada. Y no me mires a mí con esa cara de perro apaleado; prefieres observar los ventanales de ventilación natural y esas cruces con rosarios que cuelgan de las paredes.
¡Atención, todas las unidades! Código rojo en el pasillo dos, el compañero de la bonita sonrisa se aproxima. Pero tranquila, falsa alarma. El señor de la chaqueta de cuero raída de sonrisa incontrolable, benditos trastornos mentales, está demasiado ocupado charlando con las chicas de la "sección estética". Las que solo tienen quemaduras parciales en la cara, les faltan un par de dedos o lucen esos dientes picados. Son mucho más decorativas que tú.
Él no va a bajar la vista hacia tu tubería oxidada.
Pero va, ¿quién necesita su validación cuando me tienes a mí? Que se vaya con su secta a sacrificar un cordero a Término o a cualquier dios pagano. ¿No crees, Roxi?
Venga.
Di algo.
No es divertido si no me devuelves el golpe.
Muéveme los labios, deja que los demás te miren raro por hablar sola.
¿y si tú no eres real? A lo mejor tú eres solo un producto de mi cabeza para imaginarme lo que se siente al ser una niña antipática, miserable y con los pulmones llenos de hollín.
Ahora entramos en los salones espaciosos.
Qué lujo, ¿eh? Grandes ventanas que dan a patios internos rebosantes de vegetación "purificadora". El concreto pulido brilla bajo tus pies tan aséptico, ideal para fregar la sangre sin dejar rastro. Y fíjate en esos detalles de azulejos de talavera traídos desde México. Son preciosos, Valen más que toda tu existencia y la de tu madre juntas. No podrías pagarlos ni vendiendo los pocos órganos funcionales que te quedan.
El profesor empieza con la sintaxis. Sustantivos, verbos, complementos directos... y tú ya estás en otra parte. Estás fabricando esa excusa para ir a ver a mamá al trabajo. Venga, admítelo, no vas a poner un pie allí. Pierde clientes cada vez que entras en el cabaret con esa pinta de espectro de la tuberculosis.
Además, mírate al espejo. No os parecéis ni en el blanco de los ojos. Ya sabes la fama que tienen las mujeres que adoptan hijos por aquí. Mejor olvida el cabaret. Vamos a casa a perder el tiempo frente al ordenador hasta entrar en estado de Flow.
¡Yupi! Hora de comer. El bocadillo de atún con mayonesa siempre sabe mejor cuando tienes vistas a las amapolas por la ventana y a la vía intravenosa de tu amiga justo al lado. Espero que esta vez te dignes a digerirlo; no me apetece esperarte en el baño mientras lo echas todo.
En la mesa de al lado, el chico de la sonrisa, Smile para los amigos, está dando un discurso sobre su hermana recién nacida. Una familia feliz, un futuro brillante... pero tú no hablas ese idioma, ¿verdad, Roxi?
Clan, clan, clan.
Ahí vas con tu trozo de hierro.
Te acercas con la niña pecera a la mesa de Flora para "preguntar sobre matemáticas". Qué tramposilla me has salido. Sabes que es hija de una de las enfermeras y quieres que te filtre las preguntas del examen. De verdad, Roxi, tanta maldad va a hacer que se me salten las lágrimas. Aprovecharte así de una pobre chica en silla de ruedas a la que le quedan tres días contados.
¿Ya han terminado las clases? Vaya, el tiempo vuela cuando no tienes una vida miserable.
¡Ey, la mochila! Te la has dejado olvidada.
Lástima, porque el autobús ya asoma por la esquina y si no lo tomas ahora, no llegarás a ver a mamá. Pues nada, tendrá que verte llegar solo con la tubería y sin libros; la que te va a caer va a ser de época.
Ya estás arriba. Solo tú y tus pensamientos de color hollín. No miras a ningún pasajero, te quedas ahí pasmada. No te preocupes, yo te hago la crónica social: hay una mujer con gafas de sol fumando justo debajo del cartel de "prohibido fumar", hay una chica de diecinueve años devorándose las uñas, y hay... mira, esa se está guardando un bisturí.
¿Y por la ventana? Oh, vaya. Ese instituto acaba de volar en mil pedazos. Qué bueno debe de ser este cristal, ¿verdad? Casi no se ha oído nada, solo un *vump*.
Te lo digo en serio, Roxi, el edificio ha explotado.
Pero nada, ignórame. Sigue regodeándote en tu autocompasión.
Tampoco vas a prestar atención a la chica golpeada que acaba de subir al autobús, ¿no? La pobre pide ir a la comisaría. Qué tonta, los autobuses urbanos no son taxis.
Oye, mira... pongo mis manos etéreas en tu rostro y lo giro hacia la acción.
¿Has sentido eso? ¿Te he tocado de verdad? Ah, no, solo ha sido casualidad; estás mirando cómo la chica que acaba de subir le da una patada giratoria a una de las mujeres.
Vaya, yo no he pagado por este espectáculo de violencia gratuita, pero me está encantando. Le ha dado una paliza a todas las mujeres y ahora... ahora nos está mirando a nosotras. ¿Ves? Si hubieras prestado atención desde el principio, ahora sabríamos qué hacer.
Nos está diciendo que nos bajemos. Yo que tú le haría caso.
Qué generosa, te ha dado un par de monedas llenas de sangre y te ha dicho que esperes al próximo. ¿Vas a hacerle caso? ¡Ja! Sales corriendo porque te va la vida en ello, y te dejas la tubería atrás.
Corres.
Estás a quince minutos del cabaret.
Llegas y ahí está ella, en la puerta, rodeada de clientes. Lleva ese uniforme de mucama del siglo XIX y la máscara de gas; la estética retrofuturista vende. Todos miran en la misma dirección, hacia el edificio destruido. El primer ataque terrorista en años y tú te lo has perdido pese a estar en primera fila.
Te tiras a sus brazos y ella te devuelve el abrazo. ¿Estáis llorando?
Bueno... solo por ser el momento que es, no voy a hacer ningún chiste hiriente. Mirando el lado bueno, Roxi, con todo este caos seguro que mañana tenemos vacaciones.
Capítulo 1: puestos a secar.
Clac. Clac. Clac.
¿Ese es el sonido de la ventilación, o el de tu corazón intentando salir de tu pecho hundido? Avanzas por el pasillo arrastrando los pies. Giras en esas esquinas sin curvas. No hay bombillas, la luz brota de las paredes clínica y te lija las córneas, a la par que despeja tu piel translúcida, tus venas y ese pelo de moho.
—¿A dónde vas, Roxi? —te susurro, y no escuchas, tú nunca escuchas—. Mira la señalética. "Radiología", "Morgue", "Sala de Espera". Deberías entrar en una, a ver si por fin alguien te abre y confirma que estás llena de hollín hasta las cejas.
Pasas por la sala de consulta.
Qué acogedor.
Sillas de plástico naranja sin nadie que se siente y ordenadores que muestran gráficos sin nadie que los mire. Hay tazas de café que llevan dos años enfriándose. ¿No te mueres de ganas de tocar algo, de sentir que estás ahí?
No empujes esas puertas de vaivén, pequeña tonta. Te lo digo por tu bien, aunque sé que me odias porque te digo la verdad, me preocupo por ti.
Pero claro, pasas.
El ascensor es nuevo, un tumor sin fichar. La música de hilo musical es tan alegre que la odio y tú no pareces odiarla. También odio que no la odies.
Subimos. Las puertas se abren y ¡tadá! Bienvenida al espectáculo.
Aquí el blanco se ensucia de un rojo lúgubre. Pasillos infinitos donde los cuerpos cuelgan del techo como abrigos en un ropero. Giran despacio, rozándose unos con otros sin dejar espacio a la ventilación. Que poca imaginación tienes, ¿Cómo va a soportar el triste falso techo registrables semejante peso?
—Míralos bien —te obligo a subir la cabeza—. Ese de allí tiene tu misma curvatura de espalda. Y aquel otro... se parece a Mar, ¿no crees? Tan quieta, tan limpia, tan poco dispuesta a hablarte.
Toses. Ese sonido de caja de clavos en la garganta. Escupes un coágulo negro que va al suelo. Es tu cuenta atrás, Roxi. Pierdes un segundo de esos cuarenta años que te prometieron.
—Tú también serás una de estas piezas de cecina. Este hospital no tiene médicos porque no hay nada que curar.
Caminas bajo zapatos que se balancean y azulejos fríos. Sola rodeada de una muerte inminente, como siempre.
— Despierta antes de que uno de esos ganchos baje a por ti. Mami ha dejado las pastillas en la mesita, esas que saben a tiza. Tómatelas. Agárrate a tu tubería de hierro y salgamos de esto. Aquí hay criaturas más peligrosas que yo, Roxi.
Pasas a través de mí y te apoyas en la pared con esa mano más hueso que carne. Arrastras los pies hasta otro ascensor, uno todavía más lúgubre que el anterior. Las puertas solloza metal, y entramos en una caja sin botones. Ya me dirás cómo funciona esto. Inverosímil como es tu maldita costumbre, el ascensor sube solo. Cuando las puertas se separan, estamos en una habitación formada cien por cien de carne viva, paredes que se contraen y se expanden con el ritmo de un útero pariendo.
Caminas pisando tripas y líquido que se cuela entre los dedos de los pies. Te veo poner una mueca resiliente, pero sigues.
Siempre sigues.
Delante de nosotras, una figura gigantesca de brazos extendidos y rostro sepultado bajo pelo negro. Viste una bata azul de hospital, de esas que dejan el culo al aire, y sabemos que es mujer solo porque su torso está abierto en una cesárea que le costó la vida.
—¿No irás a meter tu mano ahí?
Por supuesto, lo haces. Metes el brazo en ese tajo caliente y sacas tu confiable tubería de hierro. Mírate, ahora te ves menos muerta.
—¿No vamos a preguntarnos quién es esta mujer, Roxi? Seguro que carga un simbolismo fascinante.
Pero ya te has ido.
Me ignoras con soberbia.
Tengo que seguirte por un pasillo que desemboca en un rellano hecho de úlceras vivas, una costra gigante que tienes el cuajo de abrir con tus manos desnudas.
Salimos a un pasillo nuevo.
Me encanta este sitio, de verdad. Tiene un toque... ¿cómo se llamaba esta estética que tanto te gusta?
—"Gótico steampunk" —me contestas entre dientes, mientras te pones a explorar esos nuevos pasillos que parecen el interior de los circuitos de un ordenador.
Vaya, vaya. O sea que sí me escuchas. Me tenías preocupada, pensaba que el hollín te había llegado ya a los oídos. Vuelve aquí, que todavía no hemos terminado de hablar.
Te sigo mientras levantas la vista hacia un cielo de herrumbre. Caminamos bajo el parpadeo histérico de lámparas de descarga que bañan tu piel de un ambar cadavérico. ¿De dónde sacas estas ideas, Roxi? No has vivido un día así en tu corta vida, esto es demasiado industrial para una niña que apenas sale de su cuarto.
—Oye, no me ignores. Has estado dos años sin hablarme. Casi me vuelvo loca aquí dentro, encerrada con tus miedos de guardería.
— Yo ya estoy loca por escucharte —me sueltas—. ¿Por qué tú no te vas como los dolores de pecho cuando tomo pastillas?
—No lo sé —le respondo a tu espalda —. Yo también dudo si soy un producto de tu imaginación, o si tú eres...
— Yo no soy un producto de tu imaginación —sentencias —. Yo soy la real.
—Te lo tienes muy creído.
Giras en una esquina de cables expuestos como nervios de un brazo. De pronto, el aire se espesa con un olor a azafrán. ¿Recuerdas la última vez que probamos el azafrán con agua tibia, Roxi? Casi te asfixias y te mueres. Tendría que ser más específica, eso te pasa con casi todo.
Seguimos avanzando por este laberinto de incineradores al ritmo de un naufragio. La luz aquí hace que tus venas brillen con negrura.
No, no, no.
Ni lo pienses.
Si tienes un colapso ahora, yo no te voy a cargar hasta la salida.
Llegas a una rejilla de la que emana un vapor de azufre. Introduces la tubería de hierro, haces palanca con toda la fuerza de tus brazos de alambre y la arrancas. Te lanzas al hueco y te escabulles como los gatos. Tus codos se van a raspar con el metal rugoso y aquí dentro hace un calor que derrite las ideas. Vas a terminar necesitando prótesis antes de los veinte si sigues maltratando este envase que llamas cuerpo.
El interior de esta tráquea industrial de latón devorada por el tizne. Avanzas por una estrechez de absoluta escoria y grasa de motor. Finalmente, das un par de patadas a una trampilla y sales al vacío. Te detienes justo al borde de un salto de seis pies que te separa de un mar de aguas tan cristalinas que cualquiera diría que es agua potable.
¿Qué vas a hacer? No sabes nadar y menos con esos pulmones de caucho.
Pero no me respondes.
Ya has saltado.
Salto detrás de ti. El agua parece almidón. Te estás hundiendo, Roxi, y ni siquiera haces el mínimo esfuerzo por bracear. Tu indiferencia me enferma, la gracia de los sueños es que parecen reales, y tú aquí como si no necesitarás oxígeno. Curioso para alguien que hace un rato estaba por echar por la borda sus pulmones.
¿Qué demonios estás buscando aquí abajo?
— Lo sabrás cuando lo veamos — tan críptica como de costumbre.
Pisas el fondo. Tierra suave, arena que limpia tu calzado del hollín y las tripas de la planta anterior. Caminas a contracorriente de este agua prístina de anticongelante. Debería saber cómo te sientes pero soy incapaz de acceder a tu subconsciente en suspensión. Qué raro, esta barrera apareció hace un tiempo y seguimos sin saber por qué. Pero como tu filosofía de vida es huir hacia adelante sin preguntar nada, pues aquí estamos.
— Es porque me estoy haciendo más fuerte — noto un deje de orgullo—. Ya no te necesito.
—No digas eso, desagradecida. ¿Qué hay de todos los buenos momentos que hemos vivido juntas? — trato de recuperar mi lugar en tu nuca—. Recuerda aquella vez que te soplé cómo insultar a la madre de aquel crio, o la tarde que te expliqué lo que era un papiloma... Bueno, hay tantos recuerdos. He sido mejor amiga para ti que la niña pecera.
Me ignoras. Pasas entre varias rocas pardas de arrecife que rompen la corriente grisácea, y llegamos a una estructura que apenas merece el nombre de casa: un cuadrado pedroso plantado en medio del mar.
Abres su puerta de latón.
Roxi, ¿por qué estás tan obsesionada con ese material? Hay más elementos en la tabla periódica.
Dentro, nos recibe una maquinaria que ocupa el treinta y cinco por ciento del cuarto. Un trozo de chatarra soberbio, parece una tarántula mecánica boca abajo; paneles de calor gigantes donde debería estar el cuerpo y una calavera grabada en lo que sería su abdomen metálico. Un calor insofocable contra el agua. Está cubierto de una pátina de óxido verde, y zumba en el centro del asentamiento con una vibración. Hay un taburete cómicamente alto que llega hasta las teclas del panel.
La puerta se abre con hidrodinamismo y, oh, a esa la conozco. Vestida con ese trapo de una pieza que parece un saco de patatas al que alguien le ha cosido una falda larga, entra la aparición que tanto has echado de menos.
Es Oreko.
La versión que tu cerebro averiado ha decidido proyectar. Nos saluda con energía y nada hasta lo alto del taburete. Acomoda sus posaderas en el asiento y arranca una tecla naranja del panel. Te la lanza con puntería y tú la atrapas al vuelo.
—¿Eso era todo? —me mofo —. Esto es un sueño, Roxi. ¿para qué quieres...?
Pero entonces aplastas la tecla entre tus dedos y se moldea hasta convertirse en una pistola. Pegas tres tiros al suelo.
bang, bang, bang.
El sonido bajo el agua se bifurca en ondas inconexas.
Asientes para ti misma.
Ahí vas, Roxi. Con una tubería de hierro en la mano izquierda y una 9 mm en la derecha. Eres la ángel con recortada de los vertederos industriales.
Tú ya estás empujando la salida.
Cuando cruzamos el umbral, el páramo es directamente un pasillo de instituto.
Caminas hacia el ala este, donde nuestra única compañía son esos muros de un ocre desvaído tan propios de tu mente fértil. Nuevamente, no hay lámparas en el techo, ni rodapiés, ni baldosas; nada que diferencie este pasillo de un sótano. En las paredes cuelgan pancartas de rosas y cruces rojas, intercaladas con dibujos de bocas sin dientes y manos a las que les faltan dedos.
Un momento, Roxi... esto no es una pesadilla nueva. Es aquel club de lectura al que fuiste en...
—¡Jajaja! —Esa risa no es mía, y desde luego no es tuya.
Ambas desviamos la mirada en la misma dirección, tú estás apuntando con la pistola. Nos metemos en la boca de una habitación sin puerta. Allí está una chica "normal", ya sabes, ese tipo de humano que no se cae por culpa de tumores. Se ríe sola mientras se da cabezazos rítmicos contra los pupitres que la tienen atrapada.
—¡Sácalas! ¡Sácalas de mi cabeza! —grita, fuera de sí.
Agarra el mueble con las dos manos, echa la cabeza hacia atrás en un espasmo y tú le disparas volándole la tapa de los sesos. A eso le llamo yo misericordia.
La cabeza golpea el suelo al caer hacia atrás.
Sus tripas empiezan a cobrar forma, retorciéndose hasta transformarse en una cucaracha del tamaño de un niño de tres años que ha aprendido a ponerse de pie. Tiene dos bocas: una en la frente y otra en el estómago.
Y aquí estoy explicándole esto a las manchas de humedad del techo, porque tú hace un minuto que has echado a correr por los pasillos.
Das un quiebro a la izquierda y disparas a más criaturas que brotan de los rincones de las paredes. Cada vez que las vuelas en pedazos, escupen óxido al aire. Tendrías que haber traído una máscara de gas en lugar de una pistola, Roxi. Empiezas a toser escoria, literalmente escoria, trozos de óxido carbonatado, también... latón, cómo no.
Las criaturas se multiplican, saliendo de los pósteres de rosas y cruces. Son coágulos vivientes. Mientras hablo, uno te ha mordido la pierna. Lo pateas lejos, pero el bicho se lleva un trozo de tu músculo, dejando el hueso a la vista, blanco y obsceno. Te quedas sin balas y lanzas la pistola contra ellos mientras intentas ahuyentarlos con tu tubería. No funciona. Te hacen cortes profundos, se meten por tus heridas, se deslizan incluso por debajo de tus uñas. Empiezas a toser violentamente y unos cuernos de cobre emergen a través de tu cráneo y hacen sangre en tu frente.
— Ayuda... Ayúdame —balbuceas.
—¿Cómo se piden las cosas, Roxi? —te pregunto, saboreando el momento.
—Por favor.
—¿Prometes no volver a ignorarme en lo que te queda de vida? O sea, las próximas dos semanas.
— Sí.
Te pellizco la cara con toda mi intención y despiertas con un fuerte sobresalto en la silla de tu ordenador. Tus cascos casi vuelan de tus oídos al salir de ese estado de flow. Cuánto tiempo sin vernos, "realidad".
— Pásame las pastillas — ordenas.
Mi mano atraviesa el bote de plástico porque lo único real de mí son mis palabras. Te enarco las cejas y me ahorro el comentario hiriente para que veas que somos las mejores amigas.
— Sí, sí, ni que lo digas.
Nada mejor para un sábado que despertarse a las cuatro de la tarde. Nos queda todo un día por delante para desaprovechar, Roxi.
Capítulo 2: como buenos desconocidos.
Abres el bote de Dacortin. Esas pastillas son lo único que mantiene tus bronquios lo suficientemente abiertos para que no suenes a fuelle. Te pones la cazadora que te queda tres tallas grande con esa libreta que últimamente nunca sueltas y tomas el bastón ortopédico.
Supongo que necesitas ver a Mamá. Quizás un poco de café negro te asiente los cables, aunque no tengas edad, mamá te lo da bajo llave. Miras debajo de la cama, donde descansa tu amada tubería de hierro, pero sabes que no puedes llevar chatarra al cabaret. Te yergues lo mejor que puedes, no mucho, te ajustas la pañoleta para ocultar esos parches de cuero cabelludo, no tan ocultos como te gustaría, y empiezas a bajar las escaleras.
— Estás pensando en la terrorista esa del autobús de hace dos años, ¿verdad? Sé que aún conservas en un cajón las monedas manchadas con su sangre.
—Si eres parte de mí, ¿por qué la pregunta? ¿No puedes leer mi mente? —me hablas con ese tono de sabelotodo.
—No lo sé, Roxi. A lo mejor no soy parte de ti y soy el fantasma de tu hermana gemela que murió en el útero porque le robaste todo el oxígeno.
— Yo no creo en fantasmas —dices, pisando el rellano.
Hago rodar mis ojos fantasmales. — ¿Y en qué crees, si se puede saber? ¿En la seguridad social?
— En la noosfera — suenas a sermón de alguien con un gorro de pirata —. Ahí fuera hay una fina capa de realidad profunda que nos conecta a todos, y sus más grandes secretos se encuentran en mi subconsciente.
— Roxi, no eres especial por ser autoconsciente en tus sueños. Solo estás alimentando tu profecía autocumplida cuando lees esos delirios con tantas ganas en la computadora. Por eso no te presto atención cuando te pones en plan conspirativa.
—Es lo que estaba buscando hoy —te detienes frente a la puerta del portal y miras —. El secreto en la última capa de la realidad está en mi cabeza, y solo descendiendo hasta la muerte misma de mi subconsciente podré encontrarlo.
— Apuesto a qué está hecho de latón.
Me ignoras y apoyas firmemente el bastón contra la acera, ajustando esa empuñadura ergonómica a tu palma para aliviar la carga sobre tus rodillas.
No hace un día especialmente soleado, pero tampoco especialmente gris; la luz tiene la temperatura tibia del agua en las cañerías. Tu paso de pato mareado en minifalda combina con la gente que hay por aquí, ninguna, ese es el chiste. No hay floristerías, no hay tiendas de moda, no hay bibliotecas.
Doblas la esquina en la parada del bus porque prefieres ir andando cinco manzanas. ¿Es para bajar de peso? No te obsesiones con las modelos de las revistas; no vivirás lo suficiente para ser una de ellas.
Esquivas a dos mujeres de mediana edad e ignoras a un hombre que lee el periódico en un banco. Uy, a ver qué dice el titular: "Vuelven los ataques del hombre que roba baterías de coches". Ja, qué tontería preocuparse por eso, aquí hay menos coches que personas, el miedo ha vaciado las calles desde el atentado en el instituto.
Venga, Roxi, háblame un rato, con lo bien que nos estábamos llevando.
De pronto extraño el "clan" con la tubería de hierro. Con el ortopédico, cada paso va acompañado por el golpe amortiguado del regatón contra el suelo.
Nos desplazamos la distancia restante como dos alimañas llevadas por la marea.
Llegamos a la puerta y solo has tosido cinco veces. ¡Nuevo récord! Deberíamos celebrarlo, pero sospecho que te estás guardando todo el hollín para una 'grand finale' frente a tu madre.
Ignoras a los clientes con la cortesía de una rata que cruza una cocina.
Te arrastras hasta la barra donde atiende Mamá.
Como ni siquiera vas a hacer el esfuerzo de mirarlos, yo te los describo. Hay un hombre en la esquina norte hablando con una mujer que, por cómo le toca la mano, claramente es su amante. Hay una señora que se está frotando los tacones contra la tapicería, con cara de asco tras haber pisado una colilla que le ha quemado la suela. Y hay una increíble cantidad de jóvenes que aún no han descubierto el alcohol; no veo otra explicación al hecho de que estén todos tomando té.
Los camareros y camareras vienen y van con su vestimenta retrofuturista, moviéndose como engranajes fieles a la temática. Yo, si fuera tú, rompería alguna tubería por aquí. ¿Qué sentido tiene que todos lleven esas máscaras de gas tan bonitas si no hay ninguna fuga de gas propano?
Hay que romper el teatro para la gente que aún tiene los pulmones rosados.
Por la puerta de la cocina, justo detrás de la barra, emerge Mar. ¿De verdad no te molesta verla tan distante, Roxi? Es tu madre, pero ni siquiera puedes buscar sus ojos en los dos gigantescos cristales rojos de la máscara.
— Buenos días, Roxi, ya pensé que no vendrías —te dice su voz filtrada por la válvulas.
— Hola, mamá. Lo de siempre —respondes tú.
Otra triste conversación de una triste familia. Qué pereza me das. No te presto mucha atención porque un "notas" se sienta en el taburete de al lado. Camiseta blanca, pantalón negro y mocasines. Tiene tu edad, juraría que lo he visto merodeando por los pasillos de tu escuela, cerca del grupo del chico de la sonrisa. Pide un café y tu madre, en un despliegue de prioridades, lo atiende a él primero.
— No te enfades, Roxi, siempre has sido el segundo plato — te susurro mientras mis dedos inmateriales juguetean bajo tu pañoleta, en lugares donde el pelo se dio por vencido.
Finges fatal que no te importa. Sacas esa libreta a la que llamas diario y te pones a hacer garabatos. ¿A eso lo llamas dibujos? Son monigotes de palo, Roxi, no le hacen justicia a la carnicería arquitectónica que vimos.
Tu madre te deja la taza al lado mientras terminas de llenar la segunda página; levantas el bolígrafo para pasar la hoja, pero ella es más rápida y sus lentes rojas se clavan en uno de los bocetos.
— ¿Esa es Oreko? — pregunta.
Tienes el dedo justo encima de la chica con el casco de buzo.
— Sí — respondes —. Yo todavía la echo de menos. Aún después de de un año.
Bueno, bueno, tampoco te martirices, Roxi. Tú no le regalaste su enfermedad respiratoria, y solo estuvo agonizando diez minutos cuando se cayó de la cama. Fue rápido, a su modo, creo.
— Pobrecita —tu madre agacha el filtro. Oh, conozco ese gesto perfectamente. Prepárate, que viene otra dosis de realidad—. La madre de Flora vino hace media hora, estuvimos charlando. El diagnóstico es claro, no llegará viva al viernes que viene.
Flora. Otra ficha que se cae del tablero. Van tantos que he perdido la cuenta.
Tragas tu café de golpe, sintiendo cómo te quema la garganta, y al volver a dejar la taza en el plato solo atinas a decir:
— Lo siento por ella. Era una buena chica.
¿En serio? ¿"Era una buena chica"? Supongo que no encontraste otra frase genérica mejor en tu inventario.
Regresas a tu mundo de conspiraciones. Escribes NOOSFERA en mayúsculas y cursiva. La verdad es que tienes una letra muy bonita, Roxi. Espero que sea esa caligrafía artística la razón por la que el notas de al lado te está fusilando la agenda con la mirada.
Levantas la cabeza porque disimulas de pena y él, lejos de apartar la vista, sigue leyendo. Tapas tu escrito con el brazo, protegiendo tus secretos de palo.
— ¿Qué estás haciendo?
— Me llamo Pablo, voy a tu clase —responde. En tu defensa, él también disimula de pena —. No sabía que había iniciados fuera del culto de Smile.
—¿Perdona?
—Por la cruz y las rosas de la otra página —dice aludiendo a la página donde retrataste lo que viste en el pasillo.
Tus manos vuelan y cierras el diario de un golpe que hace temblar la encimera, derramando un par de gotas de café negro.
¿Qué vas a hacer ahora? Cualquier cosa en este mundo se mueve más rápido que tú y si intentas golpearlo, seguro que te rompes una falange.
—¿Pasa algo, cielo? — Mamá sale de la cocina en cuanto escucha el impacto. Qué oído más fino tiene la jefa para trabajar entre microondas y cafeteras.
—Sí —dices —. Este chico quería pagar y marcharse.
Qué malévolo y satisfactorio ha sido eso. Me encanta cuando sacas los dientes de leche. Mamá se mueve con fluidez, la motosierra de goma EVA y plástico duro que lleva colgada para complementar su traje le da un toque de "hoy no aguanto tonterías".
El tal Pablo te mira, traga lo que le queda de su bebida y paga la cuenta sin rechistar. Sí, chaval, mejor lárgate antes de que mi Roxi te tosa y te pegue algún tipo de trastorno por oxidación.
Nos quedamos solas con el eco de musitaciones. Hacemos un excelente equipo. Yo pongo el veneno y tú pones la mala educación.
Sigues escribiendo y bla, bla, bla. De todas las formas que hay para desaprovechar un día, nunca eliges la emocionante. De regreso a casa, después de que mamá terminara su turno, accede a llevarte a caballito. ¿Es agradable la sensación del viento dándote en la calva, Roxi? A mí este frío ametrallado no me produce nada, pero verte hacer la garrapata tiene su gracia.
Ya estás tumbada en la cama, pero tu cerebro sigue dando vueltas. Qué afortunada eres, te vas a quedar medio muerta en un rato, y yo, pobre de mí, voy a tener que estar contemplándote toda la noche. No puedo escribir un libro, no puedo meterme en tu ordenador y no puedo ver tus sueños, porque tú no sueñas si no estás conectada a ese cubículo del Imperio Austrohúngaro al que llamas "PC nuevo".
Pero no estás cerrando los ojos.
—Retch, ¿tú no sentiste nada en los pasillos ocre?
"Espera, ¿me lo preguntas de verdad o solo estás delirando ante el inevitable y lento abrazo de una muerte segura que te carcome los bronquios?".
—Solo di que no y ya —te giras hacia el otro lado abrazando la almohada.
Qué sensible te pones cuando quieres. "No siento nada, genio; no tengo sistema nervioso. A decir verdad, creo que tampoco tengo conciencia, solo soy la voz que te recuerda que hueles a carbón anestesiante".
—Siempre he asumido que eres una versión malvada de mí —murmuras contra la tela—, la que me dice cosas que no quiero recordar y solo puede pensar en enfermedades y ratas. Eso me producía una sensación determinada que hace unos años que ya no siento, pero volví a sentirlo cuando estaba siendo devorada viva.
Estoy por recomendarte terapia, pero hay una alta probabilidad de que yo desaparezca si vuelves a entrar en tus cabales, así que desvío el tema: "Deberías estar acostumbrada a ser devorada viva, Roxi. Eres lo más parecido que existe a un ser humano que se oxida".
—Era distinto. Era como un susurro angelical, como un vaso de agua dulce en un pantano de agua estancada. Hay algo allí abajo, y parece bueno.
— Muchas cosas malas se hacen pasar por buenas para atraerte, niña. Recuerda que Satanás también puede convertirse en un ángel de luz —. Te acurrucas más. Los discursos religiosos te molestan. De cabeza a mi lista de cosas que usar en el futuro.
—Es por esto que estuve años sin hablarte —suspiras—, nunca dices nada agradable.
"Porque nunca me preguntas cosas agradables. Si me dijeras: 'Oye, ¿qué opinas del notas de la cafetería?', yo te diría: 'Tendrías que haberle tirado la bebida en la entrepierna por estar cotilleando', y nos reiríamos juntas".
—Eso no me parece gracioso.
Deja de ocultar tu rostro con la almohada y repítemelo a la cara.
—Ojalá desaparezcas cuando despierte, Retch.
— No te conviene. No aprobarás el próximo examen sin mí.
—¿De qué estás hablando ahora?
— Ya sabes... como Flora se va a morir y lo único que te importaba de ella es que su madre era profesora y te pasaba los apuntes.
Te mueves con una increíble velocidad de un metro por hora y me tiras la almohada. Describe una parábola patética y cae a medio metro de mis pies.
—No es verdad —te levantas... bueno, te arrastras para recuperarla —. Flora era una amiga, y su muerte me afecta. Pero tú de sentimientos no entiendes nada.
Lo que tú digas, Nietzsche. Pero deja cartas por escrito antes de irte; será lo único que me quede cuando la gangrena te consuma en tu lecho de muerte y yo me quede aquí, si es que no me desaparezco contigo.
Capítulo 3: La perfección es igual para todos, ¿No?
Ya es otro bonito lunes sin oportunidades que aprovechar. Caminas por los pasillos de la escuela arrastrando tu tubería de hierro y ninguna de las patéticas enfermeras que ocupan el cargo de profesoras tiene las agallas de decirte que eso está mal. En esa cabecita tuya, piensas que te dejan llevar un arma porque eres tan patética que han decidido permitirte ser "feliz" tus últimos segundos de vida.
No estás muy alejada de la realidad.
Barbi nilista con tubería incluida. Los antidepresivos se venden por separado.
Clase de historia. Aburrida. ¿Cuándo llegamos a la parte interesante sobre las hambrunas alimenticias y la intoxicación de agua por construir fábricas cerca de los ríos?
Y ahora, educación física. Festival de bufones hasta sudar un poquito.
Ninguno de los que comparten aula contigo podría dar una patada a un balón sin quebrarse.
Luego está el fenómeno de circo que imparte la clase. Rin. Cada vez que la miro pienso que no puede ser real. Una profesora de gimnasia sin brazos. Es el inicio de un chiste.
Tú estás ahí, haciendo tu entrenamiento de marcha en las barras paralelas.
No te agobies, Roxi, no vayas rápido.
A la profesora no es que le importes mucho, está de espaldas viendo cómo los trastornados trotan despacito para no escupir el corazón.
Te están sudando las manos y el metal de las barras empieza a resbalar. Tienes que dar media vuelta.
Mirada valiente, cuerpo cobarde.
Intentas hacerlo sola, sin ayuda, y el apoyo te falla.
Próxima parada: la colchoneta.
Pero una pierna sale como un pistón. Te detiene lo justo para no sacarte las costillas y te levanta hasta que vuelves a estar apoyada lánguidamente en las barras.
—Hazlo bien, no rápido —suelta Rin.
Esta mujer tiene un ojo en todo y la capacidad de conversación de un pan molido. Se da la vuelta y sigue a lo suyo. En fin... la manca hablando de brazos, ¿me equivoco? Puedes reírte, Roxi, es gracioso.
Bla, bla, bla.
Matemáticas sin Flora. Sin tu amiguísima del tumor bajo el sombrero. ¿Sientes ese vacío en el pupitre de al lado? Tu tristeza por este asunto aumenta en números negativos, ¿verdad? ¿Verdad, Roxi? Eres una interesada oportunista, exactamente como yo, pero lo tuyo es mil veces peor porque tienes cargo de conciencia.
Hora del almuerzo.
A ver qué nos ha echado mamá en la bolsa. Una naranja. Qué detalle tan optimista por su parte, Mar sigue pensando que tu piel cenicienta y tus pulmones de carbón ganarán algo de color con un poco de vitamina C. .
Cuidado, Roxi. El señor payaso sonriente de la chaqueta de cuero sin mangas y sus fanáticos vienen hacia aquí. El "Chico de la Sonrisa" se detiene frente a tu mesa con ese martillo asomando por el bolsillo.
—Buenas tardes, Roxi — habla como si os conocierais de toda la vida—. ¿Puedes venir a la azotea conmigo?
¿Te va a tirar del edificio? Qué romántico.
En fin, no es como si pudieras correr de ellos, y la verja de la azotea es lo suficientemente alta porque, bueno, ya sabes que en este centro tienen que sacaros para airearos.
Suspiras tan profundamente que tus bronquios asoman por las fosas nasales.
—¿Me vas a tirar de la azotea? — le sueltas.
No, hombre, Roxi, eso no se pregunta. Se enfrenta con una coreografía de Mátrix.
Smile se ríe. Empieza como risilla de cortesía, pero acaba en carcajadas que crecen hasta durar treinta segundos incómodos. Sus seguidores asienten.
—No, nada de eso —dice finalmente —. Pero sabemos que sabes lo que es la noosfera. Y creo que tengo información que te interesará.
Estás subiendo mucho las cejas, Roxi. Te estás delatando.
Él se mete las manos en los bolsillos y echa a andar hacia las escaleras. Lo sigues. Su séquito se queda atrás, formando un muro de pieles quemadas y dientes faltantes. Rey y bufón van a tener una charla a solas en las alturas.
Caminamos por pasillos despejados, ese tipo de zonas por las que nunca te mueves. Vas muy lenta. La neuroarquitectura de este sitio me daña los ojos; tanta luz LED blanca... ¿por qué demonios están encendidas? Hoy hace sol.
Tu tubería hueca va rallando las baldosas. El eco poroso, absorbido por tanto material insonoro en cada esquina, me repugna.
El Señor Sonrisa no está ajustando su paso a tu caminar lento; va a lo suyo, con una autoconfianza que deberías imitar.
Subimos las escaleras de mármol. Filtros HEPA de alta eficiencia y un control estricto de la humedad para evitar crisis respiratorias. Pero al ímpetu de tu espíritu no le importan las buenas intenciones, te estás desmoronando mientras toses cada cinco escalones.
Finalmente, la azotea. Vallas altas, brisa fresca y prácticamente sin ruido. Puedes ver al profesorado en el patio, hablan de alumnos a los que tendrán que aprobar para no decirles cuánto tiempo les queda en esta vida.
Todo el suelo es blanco. Blanco, blanco, siempre blanco. Realmente odio ese color de gasa sin sangre.
Smile está ahí mientras el aire le mueve el pelo. Parece uno de esos romances escolares eróticos que le dejan a mamá en los manuales de vestimenta del cabaret.
Oye, no me mires así, ni que fuera mi culpa.
Smile estira los brazos sobre su cabeza y le da otro brote de risa mientras terminas de arrastrarte hacia él. Todos vamos a fingir que no se está riendo de ti, abuela.
—Sabes... también soy capaz de verla.
Ambas nos detenemos. No, no tengo ni idea de qué está hablando este iluminado.
—La voz de tu cabeza —continúa él, señalando el vacío donde me encuentro—. Esa que crees que solo escuchas tú y que está ahora mismo a tu izquierda.
Vuelves a girar la cabeza para mirarme. ¡Por los clavos de..., Roxi! Tu lenguaje corporal te hace un libro abierto. Creo que tendré que salvarte la calva de nuevo.
Qué bueno es el niñato... como si no fuera conocimiento público que hablas sola en los pasillos.
Pregúntale cuántos dedos tengo levantados, anda.
—¿Cuántos dedos tiene levantados? — preguntas.
—Dos —responde Smile con su sonrisa fija—. Ambos son sus dedos corazón apuntando en mi dirección.
No es eso. Estoy haciendo el símbolo de la paz con ambas manos. He actuado de manera diametralmente opuesta a lo que se esperaría. ¿Lo ves? Acabo de salvarte de una estafa piramidal.
De nada.
—Estás mintiendo —le dices.
Como si le hubieras pinchado un globo ocular, Smile desinfla el gesto. Mira otra vez a las nubes, vuelve a girar sobre sus talones.
—Si estuviera conectado como un programa en tu subconsciente, sí podría verla — resopla él.
Claro, y si Mar tuviera cables y tuercas sería un autómata.
Solo levantas un poco las cejas, manteniendo escepticismo, aunque por dentro mueres de ganas de creerle, ¿Verdad, Roxi?
—¿Qué sabes de la noosfera? — pregunta.
No hables, Roxi. Seguramente no sabe nada y solo quiere que tú le confieses tus secretos primero para luego repetírtelos con palabras más bonitas.
Ya lo sabes.
Como el silencio persiste y tú te mantienes más cerrada que una tumba de latón, él se vuelve a girar riendo.
—Te diré lo que yo sé. Es la realidad más superficial que existe, tanto así que la única forma de llegar es por otra vía igual de superficial: el subconsciente.
—Gracias, Wikipedia. ¿Algo más? — le tiras.
Pero niña, ¡qué respuesta! Al próximo coágulo que escupas le voy a poner tu nombre. Sin embargo, Smile no se amedrenta.
—Sé que has bajado hasta el sótano. Y sé que has visto a los monstruos de los sellos. ¿Puedo pedirte que no sigas explorando?
Toses un ladrido metálico por la sorpresa. Tapas tu boca con el brazo mientras apoyas todo tu peso en la tubería; te vas a partir la rodilla antes que un pulmón si sigues forzando esa postura.
—Encontramos una tubería allí abajo y solo pudimos pensar en una persona.
¿Qué te parece? Este chico está perdidamente enamorado de ti, ¿por qué si no se fijaría en la chica tubería de pulmones de mugre?
—Sé que lo que hay allí te llama la atención —dice Smile —, pero pusimos esos sellos para que nadie pudiese acercarse.
—¿Por qué? ¿Qué escondéis? —le retas.
—No lo sabemos. Pero es algo antiguo y seductor, así que no puede ser nada bueno.
—¿Solo por ser algo llamativo y que transmite calma asumes que es peligroso? —le cuestionas tú.
—No hay otra forma de llegar a ese lugar que no sea desde esta precisa ciudad. Todo apunta a que es una trampa.
Compartís un duelo de miradas bajo el sol de mediodía. Él ve tus ojeras de enfermedad crónica y tú miras sus marcas que casi parecen malas cicatrices. Para tu frustración, Roxi, te das cuenta de que sabe de lo que está hablando.
— Sé por qué lo estás buscando, pero si no te detienes acabarás como Brayana Navarro.
No respondes. Ni te molestes en intentar recordar su cara, ella no te prestaba los apuntes de matemáticas, así que no la conoces.
—Bajó un piso más de la cuenta —continúa Smile—, y llevamos años sin saber de ella. Lo único que queda es su cuerpo, el que todavía utilizamos como espantapájaros.
¡Ah! ¡Ya sé quién es! Es la chica a la que le volaste la tapa de los sesos el sábado pasado.
Viendo cómo apartas el gesto, puedo suponer que tú también has hecho la conexión.
—Nadie fuera de nuestro círculo había conseguido llegar hasta ahí. ¿Cómo te colaste?
Pura perseverancia, ¿no, Roxi? Empezaste a hundirte con tanto ímpetu, que atravesaste los márgenes de lo psicológicamente posible.
—Me tomó años de mucha sincronización, eso es todo —respondes, tu voz temblando tanto como la tubería.
Smile se queda mudo un segundo y, de repente, estalla. Empieza a reírse con una fuerza que le dobla el espinazo. Abajo, en el patio, algunos profesores levantan la cabeza y miran hacia aquí con desidia.
Tenemos como un minuto antes de que alguien suba a ver qué pasa.
— Me gustaría que me escucharas —dice Smile, recuperando el aire y la verticalidad—. Son muchos los que especulan sobre qué puede haber ahí abajo, pero en general se considera que te volverás la versión perfecta de ti misma.
"Perfecta", qué palabra tan vacía.
— Eso no es algo bueno —continúa él —. Dos círculos perfectos por definición son iguales. No saldría una versión tuya con mejoras, te volverías un pizarrón en blanco, sin virtudes ni defectos. Solo simetría.
—¿Tienes pruebas de lo que dices? — cuestionas.
—No. Desde Brayana y los sellos que pusimos, nadie ha vuelto a bajar. Pero es lo más lógico.
—¿Lógico? Lo que dices es como decir que el sueño puede matar al soñador.
—Demuéstrame que no puede.
Los sensores de tu paranoia se activan al instante. Escucho pisadas en dirección a la puerta de la azotea y tú también. Ahora va a entrar alguna enfermera disimulando su cargo para preguntarnos qué tal nos encontramos. Qué suerte la nuestra; incluso si el risitas quisiera darte de martillazos, ya no podría.
Un chirrido metálico.
Entra esa señora de treinta y pocos, con sus gafas de montura fina y esa sonrisa de comercial de jarabe.
—Buenos días, chicos. ¿Disfrutando de la brisa?
Smile, alabada sea la redundancia, sonríe.
—Doctora Hiciar —dices con tu mejor voz de desvalida—, me duelen los huesos. ¿Me puede llevar a clase?
—No soy doctora, hija, pero claro que sí —responde acercándose con lástima —. ¿Tú necesitas algo, Smile?
Qué te parece, Roxi: "Smile" sí era su nombre de pila. Pero tú no estás para apreciar detalles antroponímicos; te has hecho la tonta de maravilla y ahora esta señora de escasos setenta kilos te acurruca entre sus brazos, y te suelta la charla de siempre sobre cómo subir escaleras es un ejercicio que debes hacer con supervisión y bla, bla, bla.
He dejado de prestar atención durante todo el trayecto de vuelta.
No he vuelto a interesarme hasta que hemos regresado a casa y te has plantado delante del ordenador.
De unos años a esta parte me pasa con más frecuencia, eres la morfina natural de los espíritus, Roxi.
—¿Qué vamos a buscar hoy, "Lúcida de la Caverna"? — te pregunto.
—Voy a llegar al fondo de esto.
—No tengas prisa, pequeña —te respondo mientras floto sobre tu cama revuelta—. No creo que Smile y sus fanáticos quieran matarte de verdad; si quisieran, podrían hacerlo hasta con una piedra. Eres básicamente cristal soplado y no tienes ni un poco de pelo que amortigüe el golpe.
—Dijo que encontró una tubería. — Tus dedos vuelan sobre el teclado—. Eso significa que él puede moverse por ese lugar. Hay alguna manera de evitar a las cucarachas.
—Esto es una locura hasta a para mí, Roxi. ¿Por qué demonios querrías ser "simétrica"? Aparte de lo obvio.
—Nadie sabe lo que hay ahí realmente — tus pupilas reflejan el brillo azul de la pantalla—, pero tiene que haber varias formas de llegar. Por eso tantos han hablado de experiencias distintas a lo largo de la historia.
— Cuatro locos con insomnio en un foro de mala muerte no son "tantos a lo largo de la historia".
—No quiero ser perfecta. Pero si rozó la perfección con la punta de los dedos, quizás algunos de mis problemas desaparezcan.
Me doy cuenta de que ya no estás hablando conmigo.
Clicas de un hipervínculo a otro: "Proyecciones Astrales", "Arquitectura del Subconsciente", "Sueños Platónicos", "Terror Geométrico", "Casos de Desaparición en Sueños". El zumbido del ventilador del ordenador se transforma en el aullido de los condenados.
Allá vamos otra vez, Roxi. Rumbo a descender a los laberintos intrincados de tu mente perturbada.
Capítulo 4: Todo lo que no necesitas.
Abres los ojos en una sala redonda. Las paredes parecen estar hechas de abono y hay lombrices del tamaño de topos moviéndose por los muros.
—Era cuestión de tiempo que la maquinaria pasara de moda —te digo, apartando la vista de un bicho que asoma su cabeza —, pero no esperaba que el siguiente paso fuera la botánica.
Nos movemos como si hubiésemos sido enterradas vivas. Hay sedimentos de rocas que brillan y extrañas esquinas que parecen sudar sangre. Nuestra única compañía son esas lombrices intestinales y larvas cuyos huevos tienen la forma de píldoras de Dacortin. Todo brilla como un tratamiento de quimioterapia.
Pasamos por arcos de puertas sin puertas, demasiado simétricos como para ser naturales. Yo intento entretenerte comentando cómo funciona el proceso de incubación de huevos en los cadáveres, pero sé que no me estás prestando atención.
Más entradas, más pasillos de tierra. Más huellas en el barro, hasta llegar a una tubería en el suelo que recoges con un desliz. Vaya, haces esto muy bien aquí abajo para ser alguien que en el mundo real se mueve como si tuviese dos pies izquierdos.
Nos estamos adentrando en una zona de matorrales que palpitan. Cuanto más avanzamos, las paredes brillantes se contraen, y las plantas se oscurecen, marchitándose como si estuvieran muertas pero se hubieran olvidado de morir. Te abres paso saltando sobre rosales mustios y espinas que intentan morderte los tobillos. Cada vez hay menos luz y, de repente, noto que nos falta el aire.
—Qué raro —jadeo —. No recuerdo que necesitásemos aire. Estoy segura de que es la primera vez, ¿verdad, Roxi? Oye, para un segundo, me duele la cabeza. ¿Por qué estás tan decidida? ¿Cómo sabes a dónde ir en todo momento?
El núcleo es una zona de marañas oscuras de múltiples lianas, sanas y enfermas, entrecruzadas. Las apartas a golpe de tubería, llegando hasta una habitación donde hay alguien postrada en una cama de plata fina.
Tiene los ojos cerrados, lleva su bonito sombrero de siempre y, en lugar de piernas, está echando raíces profundas que se hunden en el abono.
Es Flora.
Te acercas a ella y yo me quedo atrás, viéndote solo de espaldas. Creo que voy a vomitar polen, qué olor tan insoportable.
Levantas la tubería con ambas manos, por encima de tu cabeza, entonces... Oye, ¿qué haces?
CRACK.
Vaya... no me imaginaba que una tráquea rota sonase así. Es grotesco hasta para ti hacer palanca de esa manera con el metal para separar. Te guardas la cabeza de tu amiga en un bolsillo.
Todas las enredaderas se marchitan y desaparecen, revelando un camino despejado hacia adelante.
Te mueves con una agilidad insondable y te zambulles de cabeza en un charco que dormitaba en una esquina. Das brazadas largas, hundiéndote cada vez más y más en ese mismo mar de restos herrumbrosos que ya visitamos. Vas directa a la casa de Oreko.
¿Por qué tanta prisa, Roxi? Supongo que crees que Smile y los suyos van a seguirte hasta aquí abajo. Seguramente lo estén haciendo, pero venga, no te creas tan importante, habrán lidiado con locos mucho peores que tú. A todo su grupito le falta un tornillo, o la caja de herramientas entera.
Abres la puerta de latón y Oreko deja de trabajar en su máquina aracnoide para saludarte con la efusividad de una vieja amiga.
Te tira dos prótesis robóticas, tú de forma sistemática te arrancas tus propios brazos de carne para intercambiarlos. Ahora tienes extremidades de hierro, Roxi. Te giras para marcharte, pero ella silba arrojándote otra tubería.
Nada de esto me sorprende.
Debería horrorizarme ver cómo te despiezas, pero solo me sorprende que no le des ni las gracias.
Abres la puerta para salir.
El escenario cambia.
Estamos en un paraje blanco y espeso.
Cada paso que das se siente como caminar sobre llagas inflamadas.
Todo parece derretirse a nuestro alrededor y el horizonte nos devuelve el paisaje difuminado de una pintura al óleo, como si alguien hubiese extraído todo el hollín de tus pulmones en el cielo.
Por supuesto, tú no prestas atención a esto, ni a las miles de manos que brotan de la tierra blanca. Toman formas de mujeres sometidas que lloran y gimotean.
Vale, esta metáfora no la entiendo.
Muchas de esas poses parecen sugerentes. Freud se lo pasaría pipa aquí.
¿Al menos me puedes explicar qué hace esa mujer sin rostro tomando café en el borde de un acantilado? ¿No? Como sea, seguro que ni es relevante para tu gran epopeya subconsciente.
Varias manos gigantes te toman por el ombligo y te elevan como un juguete. Te introducen con cuidado en una extraña grieta con forma de concha de la que fluye un nacimiento de agua.
Te dejas caer en posición fetal mientras el líquido te envuelve, y cuando tus pies vuelven a tocar suelo firme estamos en los pasillos del sótano del instituto. Nuestra única compañía son papeles amarillentos y muchísimos más dibujos de rosas y cruces que la última vez.
Esta vez ni siquiera tenemos el teatro de Brayana. Las cucarachas del tamaño de niños empiezan a brotar de las paredes en cuanto notan tu presencia.
Pero tú ya traías los deberes hechos.
Sacas la cabeza de Flora, la elevas por encima de tu propio cenit.
Con tus nuevos dedos metálicos, hundes las yemas en sus cuencas. Luego, la crujes a la mitad, quedando completamente empapada de esa sangre llena de florituras.
Repites el proceso con tu propia cara. Con el filo del hierro, te tallas cruces en los ojos.
Funciona de algún modo.
Múltiples rosas empiezan a emerger de tu piel, brotando incluso de las juntas de tus prótesis. Usando tu cuerpo como abono, ese tumor floral se expande. Disipa a las criaturas como si fueran humo.
No pareces dispuesta a explicarme por qué sabías que esto funcionaría. Solo esgrimes tus dos tuberías, una en cada mano, y avanzas cautelosamente por el pasillo.
Cada vez que pasamos una puerta, el escenario se repite: el mismo ocre, el mismo olor a humedad, los mismos ángulos. Pero de alguna extraña manera, todo se siente distinto. Es curioso... empiezo a notar esa calma de la que antes me hablabas. Tal vez sean las luces, o tal vez sea el destino, pero estoy emocionada.
—¿De qué imperfecciones podrías desacerte? ¿Cual te atormenta más en el día a día? La tos, la falta de pelo, tu obsesión por el latón, o tal vez. . O tal vez, tal vez, ¿Yo?
Me detengo en el aire, y tú también detienes tus pasos. Me miras por encima del hombro, con esos párpados de los que sobresalen espinas.
— ¿No quieres deshacerte de mi con esto, verdad, Roxi?
Echas a correr.
—¡Hija de puta! ¿Después de todo lo que hemos pasado me lo agradeces así? ¡Vuelve aquí, pulmones de caverna! ¡Tengo un par de cosas que decirte!
Estoy a punto de alcanzarte. Si consigo pellizcarte la nuca con la fuerza suficiente, te sacaré de este trance, y te juro que cuando despiertes jamás te dejaré un momento de paz. No volverás a tener la concentración necesaria para regresar aquí en los meses que te quedan de vida.
Giras hacia una entrada de pabellón justo cuando mis dedos están a punto de pinzar tu piel. En una maniobra, apoyándote en un solo pie, consigues clavar mi mano a la pared con una de las tuberías. El metal atraviesa mi palma dejando un mosaico de huesos rotos.
Arranco la tubería de la pared y la esgrimo contra ti.
Intercambiamos un par de golpes de acero. Cuando estás a punto de acertar un golpe en mi pecho, hago mi cuerpo intangible, dejando que tu hierro pase a través de mí, y tomo la tubería desde abajo.
Te acierto un golpe en la mandíbula.
Tu mentón salta hacia un lado y, los huesos de tu cara parecen dos picos.
Lanzo otro golpe hacia tus piernas, pero lo evades con un salto. Lanzas tu propio contraataque. Cuando intento desvanecerme de nuevo, pasas a través de mí.
Vuelves a correr.
No te voy a dejar irte.
Jamás.
Te sigo mientras la atmósfera se vuelve cada vez más plomo líquido. Ya ni siquiera puedo ver el suelo.
La vemos.
Una puerta de oro abierta de par en par.
Una superficie lisa y cegadora que fragmenta la oscuridad del sótano.
Cuando estoy a punto de alcanzarte con un golpe horizontal, detienes la tubería con tu brazo de hierro. Me empujas el metal contra mi garganta, sacándome ese aire que no necesito.
Me duele, Roxi.
Duele, me arrodillo ante ti.
En esto me superas.
Tú has vivido en el dolor y lo aguantas mejor de lo que yo he podido hacerlo jamás.
Roxi, por favor... estoy llorando petróleo desde mi cuello oprimido.
No me dejes sola.
Me ignoras.
Fiel a tu promesa, no entras. Rozas tus dedos con una nítida geometría absurda que no parece tener un color en particular.
Es como sombras de caballeros proyectadas en una pared.
De repente, un par de brazos sanos y fuertes brotan de tus omóplatos. Avanzas como si estuvieras sonámbula y, con cada paso que das dentro de esas luces de colores siento que te pierdo un poco más.
Una figura en simetría opuesta a ti empieza a nacer, ¿De que otra forma llamarlo?
Sus pies abren tus talones, sus costillas parten tus vértebras. Eso que ha salido de ti mientras tú entrabas, se parece a ti, pero es más perfecta.
Tiene la espalda erguida, los pómulos rosados de salud y una musculatura natural.
La "Perfección" levanta la mano y la tubería vuela de mi agarre.
No sé qué está, o qué estás, pensando.
Me arranca el brazo, me toma del inicio del cuello y me lanza prácticamente dentro de la puerta. Lo único que queda fuera es poco más que mi zapato, pero noto como si todos mis huesos se hubieran roto en la caída.
Desde el suelo, te veo.
Te veo a ti, o a lo que queda.
Eres poco más que una tira de piel muerta atada a una cabeza que todavía mueve los ojos.
Esta definición de perfección no se encuentra en ningún diccionario, Roxi.
Capítulo 5: Dame una tubería y moveré el mundo.
—Jódete — te escupo desde el suelo.
—Por esto —murmuras —, precisamente por esto quería que te fueras.
—Pues no has podido. Ahora vas a pasar el resto de la eternidad aquí encerrada, conmigo insultándote cada vez que parpadees.
—Oh, vaya. Esto es tan diferente del resto de mi vida.
—¿Me pones los ojos en blanco a mí, niña? ¡A mí! Soy la única que te ha acompañado siempre, la única de tus contactos que no te ha abandonado y la única que iba a seguirte hasta el final de tus días sin morir por alguna enfermedad rara de esas que tanto te gustan.
—¡Retch, maldita sea! —estallas —. Tú eres la enfermedad rara. Todo lo que haces es insultarme siempre, pero siempre de siempre. Has estado conmigo y has visto todo lo jodido que me ha pasado, y tu actitud ante todo ha sido siempre destructiva. ¿Por qué eres así?
—¡Me crearon así!
—¿Qué? Yo no te creé así. Tú simplemente has estado aquí desde siempre. Eres un subproducto de mi asco.
—¡Tú no eres mi creadora! . O... ¿creo que no lo eres?
—¿De qué estás hablando, Retch?
—¡No lo sé! ¡No lo sé! — desearía poder mover mis manos y golpear algo—. Mi existencia nunca ha tenido sentido. Desde que tengo memoria, tú siempre me has mirado mal, Roxi. Pensé que mi única función era ser mala contigo. Yo no puedo recibir café por parte de mamá, yo no puedo notar el aire en mis pulmones carcomidos. No puedo experimentar la amistad porque la única persona que me ve eres tú, y me odias.
—Te odio porque tú me odias. Y tú me odias por... ¿Siquiera te acuerdas de por qué empezó todo esto?
Intento hacer memoria. Busco, pero es como intentar leer un libro quemado. Mis recuerdos lúcidos solo llegan hasta el día del atentado en el instituto.
No.
No lo recuerdo.
— Yo verdaderamente sentía que cumplía un propósito... Quizás era una orden directa de tu subconsciente muerto, pero ya no puedo acceder a él. No lo sé, pero podríamos haberlo hablado antes de que intentaras borrarme.
—Sí —dices con un suspiro —. Saber escuchar siempre fue tu punto fuerte, ¿verdad?
—Mira quién habla.
Estamos solas, Roxi. No creo que nadie venga a salvarnos.
—Mamá se va a llevar un gran susto cuando te encuentre inconsciente frente al ordenador.
—No quiero pensar en eso.
—Ahora morir por óxido en los pulmones no suena tan mal, ¿no?
Me fulminas con la mirada.
Ya no hay rosas brotando de tu piel y ninguna de tus prótesis metálicas funciona. Después mueves la cabeza con dificultad, evitando a toda costa el contacto visual conmigo.
—Vale, no nos desesperemos — fuerzo un tono de enfermera —. Venga, actitud nueva. Positivas, como cuando te ayudé con aquella explicación del papiloma, ¿te acuerdas? Tu versión geométrica no puede despertarse en el mundo real. Si pudiera, sería lo primero que hubiera hecho. Así que, a lo mejor, si tú te despiertas primero, podemos salir las dos de este agujero.
Me miras. Por primera vez en mucho tiempo, parece que me das la razón.
—Yo no puedo moverme, Roxi, pero tú puedes usar tu mentón para arrastrarte.
Ya me agradecerás después que te haya dejado la mandíbula hecha un par de picos. Con la determinación de una orugua con artrosis clavas, empujas y te arrastras en mi dirección. Finalmente, estás lo suficientemente cerca de mi cara y yo te muerdo.
—¿Notas algo? —te pregunto, sintiendo sabor a polvo en tu piel.
—No. creo que solo funciona con pellizcos.
No te suelto.
Te muerdo con mucha más fuerza. Me gritas que pare, o me vas a morder de vuelta, pero no hay tiempo para explicaciones. Estoy notando algo en mi pie.
Esa fuerza me arrastra hacia fuera con un tirón violento, y como tú estás enganchada a mí, te saco conmigo del umbral de oro. Nuestros cuerpos giran por el suelo del sótano ocre, y entonces le vemos.
Es Smile.
Aquí, en el pútrido escalón más bajo de la Noosfera. Puede que sea porque estamos arrastradas por el suelo, pero parece más alto, y las cicatrices de sus ojos están tan marcadas que son surcos de un mapa.
—Sí que te has esforzado en demostrarme que el sueño puede matar al soñador — nos regala una sonrisa, pero más a ti.
—Oh, Smile, mi héroe — suelto yo, escupiendo parte de tu mejilla —. En cuanto salgamos de aquí, sacrificaré una cabra en tu honor.
—¿Quién es Roxi y quién es la conciencia? —pregunta él.
—Ella es Roxi —respondo —, pero te aseguro que yo no soy su conciencia. Soy más como el espíritu de su hermana gemela malvada. Mi teoría es que nació por cesárea y yo tuve que morir en el proceso.
—¿Qué? —Smile parpadea.
—Ignórala —le sueltas tú, Roxi —. Cuando no se sabe las historias, se las inventa.
—Es difícil interpretar tu subconsciente cuando no me explicas nada.
—¿Puedes devolvernos la movilidad? —añades ignorándome.
Smile suspira. Saca un par de rosas atadas a una cruz de oro; tienen el mismo color que las raíces de Flora en aquella habitación. Al contacto con nuestros huesos, noto cómo algo crece dentro de mi columna, soldando mis pedazos. Tú también vuelves a ponerte en pie, estirando tus extremidades mecánicas que vuelven a estar bollantes.
—Pensé que el culo se te hacía papilla si bajabas hasta aquí —comento en dirección a sonrrisitas.
—Tenemos nuestros trucos. Por ejemplo, recorrer el camino que ha despejado la entidad simétrica que está destruyendo todo el lugar con una tubería.
—Yo le dije que no lo hiciera —me apresuro a decir.
Tengo que admitirlo, es gratificante hablar con otro ser vivo que no seas tú, y es todavía más gratificante acusarte de algo cuando tengo razón. La vergüenza del escarnio público te pone colorada. Tú, la chica de la palidez de muerto, estás roja como un semáforo de tren.
—Dejaré que tus monjes viertan mi sangre virgen en un cáliz cuando esto acabe — dices estirando las piernas —, pero ahora tenemos que arreglar esto, ¿no?
—Más nos vale, porque esa cosa ha abierto una grieta y todo el lugar se está inundando —. Smile indica un fuerte olor a humedad con la cabeza.
Echamos una mirada de pánico compartida.
Va directa a por Oreko.
—Guíanos —ordenas.
"¿Nos?". ¿Me has incluido, Roxi? Bueno, Retch al rescate una vez más.
Corremos por los pasillos.
Charcos de cobre y estaño donde antes había suelo firme y monstruos-cucaracha. El agua se vierte rápidamente hasta llegarnos a las rodillas. Se siente como si hubiéramos entrado en la boca de una cañería de aguas residuales.
Los tres saltamos dentro de la marea.
Ya estamos bajo el mar.
Una explosión de vapor calienta el agua salada a nuestro alrededor.
Oreko está pilotando su maquinaria de calavera arácnida, luchando a vida o muerte contra tu Simetría.
Hay que ver cómo se las gasta Lady Pecera. Levanta una de las tres únicas patas que le quedan y asesta un golpe punzante que le arranca un buen pedazo del costado a Simetría. Pero tu "yo perfecta" no siente dolor, respondiendo con un golpe de hierro que desestabiliza el armatoste por completo.
Otra explosión submarina.
Supongo que ahora nos toca a nosotros.
—Muy bien, ¿sabéis pelear? —pregunta Smile.
Compartimos una mirada rápida. "Sabemos golpear fuerte", respondo.
Smile pestañea confundido. —Técnicamente estamos en un sueño, ¿no recordáis alguna...—. Su pregunta se queda a medias. Tiene que reaccionar para bloquear con el mango de su arma una tubería lanzada hacia él a mil y pico kilómetros por hora. El impacto genera una onda de choque que hace vibrar dientes.
Nos ponemos en algo que llamaremos "guardia" mientras tu simetría viene a por nosotras.
Ya está aquí, y de una bofetada me estrella contra un saliente de roca parda.
Tú bloqueas uno de sus golpes con tus prótesis de hierro.
Ella patea tu talón y pierdes el equilibrio. Aprovecha el hueco para subir con un golpe de tubería desde abajo, directo a tu pecho.
Hierro en tripas húmedas.
Smile entra con un golpe de martillo de lleno en el hombro de Simetría que suena a dislocación.
Tú lanzas un resorte con todo el mecanismo de tu brazo hidráulico, el puño justo en la herida abierta que le dejó Lady Pecera.
Smile intenta cruzarle los oídos con un golpe horizontal, pero simetría se agacha. Hunde su puño en el pecho de Smile al mismo tiempo que se desliza lejos de tus intentos de golpearla. De una brazada, parece lanzarte agua a presión, la densidad del líquido, empuja a Smile de espaldas contra ti. Luego, lanza una patada recta a la zona de los pulmones, y os manda a los dos rodando hacia atrás por el lecho marino.
Parece que tu simetría tiene una fijación enfermiza con los golpes hacia la caja torácica.
Ataca al punto débil que mejor conoces.
Eso sería útil si supiera cómo explotarlo. Le llego por atrás en un patético intento de agarre, pero solo consigo recibir su codo en toda la cara. Mi capacidad de volverme intangible contra ella no sirve. Seguro que es por alguna estupidez metafísica, como que los anelos de perfección son intocables también.
Puedo sentir los pulmones que no tengo cuando sus rodillas se clavan en mi pecho, y duele como meterse agujas de latón entre las encias.
Smile cae desde lo alto con un tirabuzón, la cabeza del martillo impacta de lleno en el cráneo de simetría, sacando parte de su perfecto bulbo raquídeo a relucir. Ella bloquea el siguiente golpe con su tubería en un intercambio efusivo mientras yo me arrastro, como puedo, hacia ti.
No parece que estés bien, Roxi. De hecho, parece que estás sufriendo aquí dentro los mismos problemas que en la vida real.
—Necesito que te calmes. ¿No puedes invocar una taza de café negro? ¿Un poco de paz?
Entonces vomitas. ¿Eso son monedas? Cantos manchados de un fluido espeso que no te pertenece.
Toma a Smile de la cabeza. Cuando parece que le va a tronar el cuello, la violencia más explícita que viste la golpea en la cara. Esas monedas han convocado a tu único recuerdo de acción real: la chica del autobús.
No es una mujer de hueso, es una silueta totalmente blanca. De cada uno de sus nudillos sobresalen las monedas como si fueran nudilleras americanas. Empieza a desatar una lluvia de golpes contra la cabeza de simetría, y cada uno es una explosión que sacude el agua hasta el fondo. Evita un golpe de tubería girando sobre sí misma, dando la espalda a su oponente, y en una maniobra que reconoces, dispara una patada hacia atrás, directa al centro del pecho con tal fuerza que le saca las costillas por la espalda.
Lady Pecera no ha dicho su última palabra. Las dos patas que le quedan a su máquina caen y se clavan atravesando omóplatos en una "X".
Es nuestro turno.
El golpe final.
La escena resultante es una explosión de presión que borra por completo a simetría de este panorama, levantando nubes de arena de costa y vapor.
Carajo.
Qué bien que hayamos acabado con esto, Roxi. Pero no creo que pueda acostumbrarme a este dolor en los pulmones.
O, espera. No es eso.
Bajo la mirada y veo el hierro. En su último movimiento esa cosa me ha lanzado su tubería. Me está atravesando de lado a lado.
Smile y tú me miráis con miedo. De mi herida abierta sale petróleo y líquidos vitales negros que se mezclan con el agua salada.
—Esto no se cura con pastillas... ¿a que no?
Ahora . .
Epílogo 1.
Retch murió.
La tubería explotó y se la llevó como se lleva el tiempo todas las biografías que no se publican. Roxi iba a tener que aprender muchas cosas en la larga vida que le quedaba por delante, porque cuando despertó descubrió que sus pulmones funcionaban de maravilla. Estuvo rato, y no poco, llorando al ver que su deseo se había hecho realidad.
Ahora vivía sin dolor en los pulmones y sin Retch.
Si lloraba de tristeza o felicidad, es algo que quedará a interpretación del lector.
En el centro de la noosfera hay una puerta de oro, y detrás de ella le espera una falsa sensación de perfección a quien la busque. Sepa que la puerta está bloqueada por una tubería, sellos de alerta y una tumba que todavía huele a fondo marino.
Epílogo 2.
Clases de refuerzo.
Un gimnasio vacío a las 5 de la tarde.
Rin está ayudando a Roxi en sus ejercicios de barras paralelas. La mira con su vista caída y no puede evitar notar que Roxi ya no hace movimientos de cabeza como si escuchase voces.
— Noto nueva confianza en ti, ¿Han mejorado las cosas ahí abajo? — pregunta señalando los pulmones con el dedo gordo del pie.
— Hay buenas noticias, parece que Flora se está recuperando de su tumor, algo lo debilitó y se pudo intervenir quirúrgicamente. En dos semanas estará mostrando su cara por aquí con un sombrero nuevo.
— Impresionante, ¿No estaba en fase terminal?
Roxi se suelta de las barras y camina tranquilamente hacia Rin totalmente sana y tomando una gran bocanada de aire que le limpia los pulmones. — Han pasado cosas muy extrañas últimamente, profesora. He aprendido muchas cosas en estos tres días, por ejemplo, me he informado sobre las declaraciones públicas de cierta persona.
Rin mira a su alumna a hablarle como si solo fuera capaz de mover la boca mientras el resto de su cuerpo queda completamente rígido. — ¿Qué estás tratando de decirme?
— Monika pregunta que si quiere brazos de hierro.
Rin lleva sus pupilas hasta lo alto de sus párpados como si recordara. — ¿Mónica del Castillo? Sé que sus padres andan bien de dinero, pero no creo que tanto, o no estaría estudiando en una institución pública.
— Hablo de Monika, sin tilde, usted sabe quién es, conoce sus movimientos. Por favor, mire cómo me muevo, y no me trate como si fuera estúpida solo porque tengo 15 años.
Rin suspira muy suavemente y mira sus pies como si pudiese imaginarse pisoteando a sus compañeras de instituto. — No, creo que no tengo nada que decirte.
— Buenas noches — Roxi se despide tomando su tubería del suelo y caminando mientras finge tener dolores de espalda.
Rin la examina de arriba a bajo antes de mirar el atardecer por los ventanales. Algo le dice que hoy no va a tener una buena noche.
Fin.
***
Biblia del Proyecto: Roxi & Retch.
1. El Escenario: Las Palmas de Santa Catalina
Contexto: Un país ubicado entre México y Texas, donde se habla español y tiene traducción católica. Montañas rodean la periferia y plazas españolas conviven con edificios de oficina y centros residenciales.
Escenarios de interés:
— Cabaret Retrofuturista "El Pulmón de Latón": Son establecimientos de paso que mezclan la estética del siglo XIX con el arte industrial.
— Centro de enseñanza caritativo "Las palmas juntas por un mañana mejor": lugar de estudio de la protagonista que atiende y cuida niños con discapacidades de entre 8 y 16 años, siempre que las condiciones no sean muy grandes. Se caracteriza por suelos pulidos, grandes ventanales para ventilación natural, jardines y salones de clase donde un profesor imparte varias asignaturas. Para asignaturas voluntarias más específicas (robótica, historia de las religiones, etc) hay aulas aparte.
— Sueños de Roxi: si se concreta mientras juega con su computadora, puede entrar en un estado de flow que la permite soñar despierta. Generalmente sueña con hospitales, complejos industriales y el fondo del mar.
2. La Protagonista: Roxi
Condición: Padece Fibrosis del Hollín (SFH). Tiene 15 años, tenía 13 el día del incidente con Felicia, pero aparentaba menos porque su enfermedad la hace envejecer más lento.
Sus pulmones se están degenerando, no vivirá hasta los 40 años, pero está en tratamiento. Cómo ella es joven, lo que piensa es que sus pulmones se están convirtiendo en carbón/cristal negro.
Psique: Vive en una negación constante. Rechaza los símbolos de la enfermedad (como su bastón ortopédico) para no sentirse "vieja" o "inválida".
Físico: muy delgada y pelo verde por culpa de tintes que debe echarse para que no se caiga. Parches de pelo el zonas amplias como patillas y coronilla.
El "Bastón": Usa una tubería de hierro como apoyo. Es su arma en el mundo onírico, pero en la vida real la utiliza para sentirse protegida, aunque en realidad, nadie la hace mucho caso.
3. El Alter Ego: Retch
Voz Narrativa: Segunda persona del presente. Es cruel, cínica y conoce cada inseguridad de Roxi por ser la voz de su subconsciente.
Función: Es el mecanismo de defensa y autodestrucción de Roxi. La empuja a enfrentarse a la realidad a través del escarnio.
4. El Círculo Social y el Entorno.
Madre Adoptiva (Mar Sakurasawa): Mucama en un cabaret. Trabaja horas extra para pagar un piso de 4 habitaciones y los gastos médicos. El contraste es brutal: vive en el lujo para volver a una casa vacía donde su hija suele estar durmiendo para olvidar que está enferma.
— Oreko: La mejor amiga. Usa un casco de buzo para proteger su cuello tras una traqueotomía. Le gusta la equinoterapia y es quien le ha enseñado a Roxi todo sobre el mar.
— Flora: En silla de ruedas, con un tumor oculto bajo un sombrero. Hija de una enfermera que también da clases en el centro.
— Laila: amiga de flora, chica sin brazos y de pies ortopédicos.
— El chico de la sonrisa: el popular de la clase. Es el que más pasa desapercibido porque su enfermedad es un trastorno mental que hace que se ría descontroladamente en cualquier momento. Se junta con chicas y chicos de deformidades leves (piel quemada, falta de dientes, falta de dedos, etc). Le gustan los martillos y siempre lleva uno en su chaqueta de cuero de mangas raidas.
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