Volvemos en 5 minutos.
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Capítulo 1.
"(...) Como ya he dicho, la mayoría de dibujos que os he enseñado antes pertenece a textiles. Pero luego queda otra pregunta, ¿Es el hecho de que la mayor parte del arte que os he enseñado sea arte funerario relevante?... No lo sé, qué cada cual llegue a sus propias conclusiones".
Cierro el libro y me quedó mirando las letras que parecían garabatos de una pluma que marcaba con fuerza. "Entre el mito y el subconsciente", rezaba el título iluminado por mi lamparilla de noche. Froto mis ojos, 3 de la mañana y aun despierta, mamá se levantará dentro de dos horas, como no me duerma de inmediato, vamos a tener otra vez "la charla" que tanto me molesta.
No soy una chica rebelde, lo había sido alguna vez como cualquier persona en la infancia, pero ahora simplemente me cuesta conciliar el sueño. Si me vieras, me encontrarías con la cabeza un poco inclinada, los párpados caídos tanto que pareciera caminar con los ojos cerrados y unas ojeras que podrían cubrir desde Kioto hasta Osaka. Se puede decir que vivo al filo de la narcolepsia, pero no tengo diagnosticado nada, y prefiero que siga siendo así, hablar con médicos y doctores no me inspira confianza.
Apoyo mi nuca en la almohada, cierro los ojos y trato de llegar a mi estado de eumnia, un buen sueño, pero yo solo puedo soñar con vacíos incoloros y pasillos sempiternos tras puertas sin salida. Que fugaz es el descanso en mi cama, la única cama del piso, mamá duerme en su propia habitación, en un futón. Mamá dice que las niñas buenas no duermen en el suelo.
Suena la alarma en mi despertador estilizado de segunda mano, un cuadrado con cuatro impresiones digitales de Scandal. Me levanto, siento cierto dolor en el cuello por dormir retorcida, no importa cuánto lo intente, inconscientemente siempre termino en posición fetal abrazada a la almohada. Mamá dice que es un acto reflejo de nacimiento, pero no me quiere explicar porque lo sabe. Miro la hora, 6:10, bastante temprano, me dará tiempo a tomar el tren que sale en 40 minutos.
Mis calcetas blancas contra el familiar suelo laminado. El frío me congela la planta y mi pulgar es el único que resiste. Camino hasta la cocina, el bento está sobre la mesa con una nota que reza: "Que tengas buen día hoy, hija". Lo habro por curiosidad. Arroz y tortilla, con un tímido tomate diminuto encima para la decoración. Tengo que sacar un suspiro de mi interior. 180.000 netos al mes, ese es todo el ingreso que llega a nuestro piso de 27,5 tatamis. Mamá y yo somos incapaces de vivir mejor, y no me causa consuelo pensar que al menos no estamos en la calle.
Desayuno tostadas y un zumo, ajusto bien mi uniforme al cuerpo, y tomo mi mochila. Las correas se ven más desgastadas que ayer, atrás quedaron sus días de gloria, pero es normal que el tiempo haga estragos después de usarla por seis años seguidos. Tomo mis cascos Sennheiser y el Sony Walkman desde el cual escucho música. Nada de teléfonos, están prohibidos en el lugar donde estudio.
El frío de la mañana en Tokio tiene un filo que corta respiraciones, especialmente cuando caminas hacia la estación. Saco mi tarjeta Icoca —un recuerdo de cuando vivíamos más cerca de Osaka. "bip" en el torno. Un gélido saludo a otro día rutinario.
El tren de la línea Chuo viene atestado. Masa informe de trajes oscuros y perfume de oficina que te empuja sin tocar. Logro encajarme cerca de la puerta, apoyando la frente contra el cristal frío, incapaz de otra cosa que no sea resignación. Rompiendo el horizonte, lo único que parte el hormigón gris, es el Tokyo Skytree. Todavía brilla con orgullo nuevo. Inaugurado el año pasado; un Umi-Bozu de acero. Mi uniforme de marinera solo resalta más la ironía. Apatía, no me despierta otro sentimiento.
Cuando llego a la escuela, es el ritual de siempre. Cruzo el patio y el pasillo principal como una sombra. No odio a la gente, es que las conversaciones sobre el último episodio de Shingeki no Kyojin o qué tipo de crepe comieron en Harajuku me resultan ruido blanco.
—Mira, ahí va la autista.
Habla un grupo de chicas que se resisten a dejar morir la moda gyaru: su ingenio más corto que sus faldas. Prefiero cuando me ignoran.
Llego a los casilleros, dejo mis zapatos de calle y me pongo los uwabaki. El frío se filtra por las suelas delgadas de goma. Al entrar al salón, voy directa a mi sitio. Por suerte, mi pupitre no está lejos de la única estufa de gas. Con un movimiento imperceptible de cadera, arrastro el mueble unos centímetros más cerca del calor, lo justo para no levantar sospechas del profesor pero lo suficiente para que el aire caliente me roce las rodillas.
Me siento y ajusto mis cascos.
Empieza a sonar "Another Brick in the Wall". Es la única canción de namá que sobrevivió a todas nuestras mudanzas. Mamá dice que era lo que sonaba en las discotecas a las que iba, pero no le gusta hablar del tema.
No tardará en llegar el profesor. Tendré que levantarme para el kiritsu (saludo). Yo debería prestar atención a la gente que va pasando, y sin embargo, mis ojos a medio cerrar se centran en la pizarra verde con marcas de tiza anterior a mi nacimiento. Si esto fuera un videoclip, ahora saldría escrito "Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis".
El día sigue cuál película sin volumen. Las clases de la mañana son tomar apuntes. Palabras clave. Mi caligrafía es pequeña y apretada, mamá no lo dice, pero sé que no podemos permitirnos muchos cuadernos. Mamá dice que las niñas buenas son aplicadas y prácticas; yo solo soy lo segundo.
En el almuerzo me siento en un rincón del patio con dos compañeras. Ellas hablan sobre un drama de la TBS que dieron anoche y yo abro mi bento. El arroz frío tiene una textura reconfortante. Encajo aquí, atendiendo a su conversación, pero sin intervenir, sólo leo el aire.
Luego llega la limpieza.
Me asignan los baños del segundo piso. Tomo el cepillo y empiezo a fregar los azulejos del espacio femenino. Me gusta el color pastel que forman los productos de limpieza en el cubo, los mismos que luego se disuelven como una marea cuando restriego bien el suelo.
He terminado.
Camino hacia el baño de los chicos con el cubo en la mano. Veo a un grupo de alumnos de primer año en la entrada; se ponen rojos como tomates y retroceden balbuceando disculpas.
—¡Madoka! ¿Qué haces? —una de mis compañeras me toma del brazo, tirando de mí hacia atrás—. No puedes entrar ahí, es el de los chicos.
La miro sin entender.
— Solo voy a fregar los suelos.
Ella se queda callada un segundo. Si esto es una especie de contrato social, no lo entiendo.
Las dos últimas horas de clase son de cálculo y japonés.
Finalmente dan las cuatro. Hacemos nuestro ritual de despedida.
Empiezan los clubes. Voy a mí aula, me reciben instrumentos que descansan en sus estuches. Siempre he sentido pasión por la música. En casa, en un rincón de nuestro piso, descansa mi Squier Affinity Stratocaster de cuerdas afinadas y clavijas fijas. También sé tocar la flauta; mamá me enseñó cuando era pequeña, en esos días en los que todavía tenía tiempo de explicarme cosas.
El profesor Takano Sakamoto levanta la vista de sus partituras. Es un hombre de vista alegre y cuerpo fino. Somos solo siete. Es un espacio pequeño, vacío entre dos átomos, distancias inconmensurables entre este mundo y mis demás problemas.
—Madoka, justo a tiempo — dice con su voz pausada.
Hoy practicaremos Anton Diabelli, Sonatinas Op. 151 a 168. Mis dedos encuentran las teclas en ritmos justos a veces, bastante errados la mayoría del tiempo. Pero aquí es divertido aprender. Solo nosotros en un réquiem contra el universo indiferente. Esto es lo más cercano a la magia que experimento en mi vida.
Al final las puertas se terminan cerrando cuando llega la hora. Soy la última en salir, y me despido con la mano. A veces pienso que esta situación es triste, pero rápido lo niego para mí, no podría apreciar la belleza de estos momentos diferentes si todos fueran iguales.
Regreso a casa en el tren de las 19:00.
Mamá llegará tarde hoy, igual que siempre. Hace todas las horas extra que su cuerpo le permite. Es una Office Lady de primera. Normalmente regresa a las 21:30.
Son las 22:00 y ya he terminado mis deberes. Hay nada de alimento en mi estómago desde el bento de esta mañana, y finalmente la puerta se abre. Mamá a traído pizza. La abrazo y sonrio, y le pregunto que tal ha ido el día aunque se que va a mentirme y decir que todo ha ido bien.
Le cuento mi día, mis clases, y me invento una conversación con los vecinos. Mamá nunca habla con ellos, se va cuando todos duermen, el día que no esté cansada y empiece a hacer preguntas, no sabré que hacer. Pero eso no ocurre ni los fines de semana. Mamá nunca deja su estado dormitante.
Así son todos mis días. Nada cambia demasiado. Retiro las sábanas, apago las luces, y miro mi mesa de trabajo. Mis ojos, normalmente tan cerca de cerrarse por completo que parece que camino sin ver, se abren un poco cuando diviso una libreta que estoy segura de no haber dejado ahí. Como dormir no es algo que consiga sin esfuerzo, me levanto y la tomo entre mis dedos. Podría ser de mamá, tal vez la dejó olvidada cuando vino a darme el beso de buenas noches. La abro y todo está lleno de garabatos, pero debajo de la montaña de rayones sin sentido distingo ciertos símbolos que parecen letras. No hay duda, es la caligrafía de mi madre. Será solo un libro de cuentas viejas.
Lo dejo donde estaba y cierro los ojos mientras mi cuerpo cae en el colchón como Alicia por la madriguera. Cuando los vuelvo a abrir, ya no tengo trece años.
***
Datos del mundo:
- 2013, Tokio.
- Educación primaria:
-
Madoka Karanaki Suniko:
Físico: 13 años (16 en los sueños), cabello largo, oscuro y liso que suele llevar en dos coletas bajas, ojeras, ojos rojos, párpados caídos.
Uniforme escolar: traje de marinero y falda plisada.
Ropa de casa: jersey rosa, falda plisada roja, calcetines blanco.
Personalidad:
- Rebelde en la infancia, pero ahora mayormente distante.
- Tiene una guitarra (Squier Affinity Stratocaster).
- Suele andar con unos cascos Sennheiser.
- Le gustan las cosas nuevas, hacerse preguntas antes de encontrarse con lo desconocido (pero no mientras interactúa con ello).
- Da explicaciones detalladas con comparativas.
- La literatura clásica europea y su filosofía.
- En el mundo de los sueños tiene 16 años.
Palabras frecuentes: "sempiterno", "eumnia (buen sueño)", "chispas", "distantes", "fugaz", "deja bu", "parajes", "vigilia", "frustrada", "dormitante",
Verbos frecuentes: "susurrar", "pensar", "estremecer", "incapaz", "recta", "inspira", "reza",
Frases hechas: "o si siquiera", "niego para mí", "no hay...", "hay nada", "yo no debería y sin embargo...", "es imposible", "filo de un...", "se puede decir...",
Frases más largas menos frecuentes: "como a Dante en el poema", "pudieron ser y no fueron", "las cosas son lo que son, pero no me lo parecen", "no estoy muy segura de que exista", "amo esta...", "como un ser de hojalata", "Mamá dice que...",
Poniko (Alice): 38 años.
Takano Sakamoto: 44 años
Título: "Fragmentos del Infinito"
Capítulo 1: La Puerta al Otro Mundo
Madoka es una niña de 13 años que lleva una vida aparentemente normal en Japón. Aunque su madre trabaja largas horas y su presencia es esporádica, Madoka encuentra consuelo en su profesor, quien actúa como una figura paterna en su vida. En la escuela, es conocida por ser callada pero observadora, y aunque no es particularmente solitaria, tiende a aislarse cuando las conversaciones pierden profundidad.
Una noche, después de un día particularmente largo, Madoka descubre una libreta en su habitación, llena de garabatos y símbolos que no recuerda haber escrito. Esa noche, tiene un sueño lúcido en el que atraviesa una puerta que la lleva a un mundo extraño. En este mundo, no es la niña de 13 años que todos conocen, sino una versión de sí misma más madura, de 16 años. Este "yo" onírico conserva su cabello corto y suéter, pero su carácter es diferente: más frío, metódico y curioso, reflejando una sabiduría prematura que Madoka no comprende del todo.
En este mundo, se encuentra con una figura conocida como Poniko, quien le dice una frase críptica: Ella se ha ido, y ahora es tu turno de buscar lo que falta.
Capítulo 2: Los Ecos de Madotsuki*
Madoka comienza a explorar su mundo onírico, recolectando objetos que parecen tener un significado oculto. Cada objeto está vinculado a una emoción o experiencia que ella no reconoce como propia. Por ejemplo, un paraguas que gotea lágrimas representa un dolor profundo, mientras que una pequeña linterna parpadeante simboliza la esperanza. A medida que los recolecta, empieza a darse cuenta de que este mundo no es solo suyo, sino un eco del pasado de alguien más: la Madotsuki original.
Poniko, quien parece conocer más de lo que dice, actúa como una guía intermitente, apareciendo para desafiar a Madoka con acertijos y enigmas que la empujan a cuestionar su propia identidad. ¿Es ella misma, o está continuando un ciclo que no le pertenece? Este dilema la lleva a una duda existencial que trasciende los límites de su realidad.
Capítulo 3: La Conexión Rota
En el mundo real, Madoka comienza a mostrar signos de desconexión. Aunque sigue asistiendo a la escuela y manteniendo una apariencia normal, sus pensamientos están dominados por lo que encuentra en sus sueños. Su profesor nota su cambio y trata de acercarse a ella, mostrándole apoyo, pero Madoka no sabe cómo explicar lo que está experimentando. Por otro lado, su madre, aunque bienintencionada, está demasiado ocupada para notar los cambios en su hija.
En el mundo onírico, Madoka se encuentra con nuevas versiones de las criaturas de los sueños, reinterpretadas según su perspectiva. Los Toriningen no son hostiles, sino guardianes de secretos que le impiden avanzar sin enfrentar sus propias emociones. Uboa, en cambio, aparece como un reflejo oscuro de Madoka misma, manifestando sus miedos más profundos.
Durante una confrontación con Uboa, Madoka recibe una visión de la Madotsuki original saltando hacia el vacío. Esto la llena de preguntas: ¿Es ese su destino? ¿Está destinada a repetir la historia de Madotsuki, o puede romper el ciclo?
Capítulo 4: El Propósito y la Respuesta
A lo largo de su exploración, Madoka descubre que su incursión en el mundo onírico no es para escapar, sino para comprender. Cada objeto que recolecta le revela fragmentos de su propia vida: momentos de soledad cuando su madre no estaba, la necesidad de aprobación de su profesor, y un miedo subyacente a crecer en un mundo que no comprende del todo.
Finalmente, Madoka se da cuenta de que su búsqueda no es sobre quién era Madotsuki, sino sobre quién quiere ser ella. Este descubrimiento cambia la naturaleza de sus sueños: en lugar de ser un lugar de confusión y peligro, se convierten en un espacio donde puede enfrentar sus dudas y moldear su futuro.
Capítulo Final: La Elección
El clímax de la historia llega cuando Madoka encuentra una puerta final, idéntica a la que atravesó la Madotsuki original. Poniko le advierte que cruzarla significa abandonar todo lo que ha conocido, mientras que quedarse implica aceptar la incertidumbre de la vida real.
Madoka elige quedarse en su mundo real, llevándose consigo las lecciones de su mundo onírico. Aunque todavía siente dudas, ahora tiene la confianza para enfrenta
rlas y construir un futuro propio.
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Muy bien Grok, esta información es para una novela colectiva, yo he hecho mi parte con la información que me has dado (gracias por eso), ahora te paso las anotaciones de mi compañero para que des más contexto a su información.
Nombre de la hija: Madoka Karanaki Suniko san.
Nombre de la madre: Alice Sukino.
La historia ocurre en Tokio. ya lleva tiempo ali, solo menciona ciertos detalles de su infancia como que ella antes solia ser rebelde a su 6 años, que siempre daba vueltas en el piso, o que siempre tenia cierta relacion con su amdre ya que criar a madoka no er anada facil, aunque bueno te digo algo...hay un arco de donde se mencionan una amigas que madoka tuvo antes de volverse fria..pero rpefiero contarlo en un futuro proximo, lo que dire es que eran tres chicas que le encantaba la musica, de ahi es como madoka aguarro el gusto por el rock el cual conservo esa guittara que le pertenecia a una de sus ex amigas.
Relación con los vecinos: algunos vecinos si, pero casi conoce de ellos, apenas solo pudo hablar un poco con ellos, ya que se mantiene reservada para ya sabes, no verse sospechosa.
¿Qué piensa de su padre? tu sabes porque nunca tuvo padre, fue porque apesar de haber tenido esa fista, el no tuvo la responsabilidad de haber parido una hija en frente d euna joven de 19 años el cual estaba pasando por momentos traumaticos en una cama hospitalizada como ocurrio en la novela en si, su padre mas bien no queria sentirse culpado ante todo porque, bueno, el unico que madoka considera alguien paterno, es Takano que es su profesor de piano, ya que como Alice y el siempre tuvieron confianza desde que takano era solo un adolecente de 15 años y alice solo tenia 7 años, eran como hermanos.
no está tan lejos del colegio pero aveces prefiere tomar rutas algo faciles de cruzar, aveces toma trenes para facilitar el camino.
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